Mostrando entradas con la etiqueta Desnudez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Desnudez. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de julio de 2021

Kappa.- Ryunosuke Akutagawa (1892-1927)


Resultado de imagen de akutagawa
3


 «Antes de proseguir, creo que debería describir brevemente a los kappa. Hasta ahora se dudaba de su existencia pero, puesto que yo he vivido entre ellos, doy fe de que son reales sin ningún género de duda. Así que dicho esto, pasemos a los detalles concretos. Debo decir que su aspecto se ajusta plenamente a la descripción que se encuentra en el libro Breve historia del tigre de agua: tienen una coronilla de pelo corto, y pies y manos palmeadas, como los patos. La altura media de un kappa no llega a un metro y, según el doctor Chak, su peso suele oscilar entre nueve y trece kilos, aunque también advirtió que hay kappas más corpulentos que pueden llegar a pesar hasta veinticinco kilos. Justo en el centro de su cabeza tienen un platillo ovalado que se endurece a medida que el kappa se hace mayor. De hecho, el platillo de Bag, un kappa viejo, es bastante distinto al tacto del de uno joven, como el de Chak. Sin embargo, el atributo más extraño del kappa es el color de su piel. Los kappa no son de un color determinado, como los humanos; cambian en función de lo que les rodea, de forma parecida a los camaleones. Cuando están cerca de la hierba, se vuelven verdes, y cuando se posan sobre una roca, su piel se vuelve grisácea como la piedra. Ignoro si los kappa comparten algo más con los camaleones. Cuando descubrí la cualidad cambiante del color de su piel, me acordé de que, según las leyendas tradicionales, los kappa del oeste eran verdes y los del norte eran rojos. Además, recordé que cuando estaba persiguiendo a Bag, no entendía cómo podía escabullirse tan fácilmente y durante tanto tiempo: está claro que era gracias a este ardid óptico, se ocultaba en el paisaje y lo convertía en su aliado.
 Los kappa poseen una capa de grasa de un dedo de espesor bajo la piel y, aunque la temperatura de este país subterráneo es relativamente baja –pues suele rondar los diez grados-, no precisan de ropa. Eso sí, llevan gafas, e incluso algunos tienen carteras y petacas de tabaco. Por suerte, los kappa, igual que los canguros, tienen una bolsita en el abdomen, y en ella transportan los accesorios que en ese momento no utilizan. A mí me resultaba un poco raro verlos corretear por ahí sin ni siquiera un pedazo de tela que cubriera sus partes y, una vez, le pregunté a Bag de dónde venía la costumbre de ir desnudos por el mundo. Él se echó a reír, a carcajadas, doblando la cintura, y por fin, cuando recuperó el aliento, logró replicar:
 -Pues, a nosotros lo que nos parece curiosísimo es la obsesión que tenéis los humanos por taparos todo el rato.

 4

 Gradualmente, aprendí el idioma kappanés y pude comprender más sobre sus costumbres y prácticas sociales. Lo más asombroso y confuso era la forma en que los kappa lo entendían todo al revés: cuando los seres humanos nos tomamos algo en serio, a ellos les divierte sobremanera. Igualmente, todo lo que nos parece gracioso a nosotros, los kappa lo consideran extremadamente serio.
 Por ejemplo, los humanos creen que la compasión y la decencia son cualidades importantísimas y muy, pero que muy serias; sin embargo, cada vez que los kappa oyen estas palabras estallan en risotadas interminables. Está claro que su sentido del humor difiere mucho del nuestro.
 Una vez charlaba con el doctor Chak acerca de los métodos anticonceptivos. De repente, abrió la boca y exhaló una carcajada, y otra y otra, hasta que sus quevedos temblaron sobre su nariz. Como era de esperar, eso me puso de mal humor (a uno no le gusta que se rían de lo que dice sin saber por qué), y le pregunté secamente de qué se reía. Aunque en aquel entonces aún no dominaba el kappanés, así que puede que me confundiera un poco, su respuesta fue la siguiente:
 -¡Pero bueno! Es ridículo que los padres tengan en cuenta sus circunstancias personales y su conveniencia. ¿No le parece el colmo del egoísmo?
Resultado de imagen de akutagawa kappa atico de los libros No le dije lo que realmente pensaba: que a mí me parecía ridículo el modo en que las hembras kappa dan a luz. Poco antes de esa conversación con el doctor Chak, hbaía ido con Bag a su casa para observar a su mujer mientras ésta paría. Igual que nosotros, los kappa llaman al médico o a una comadrona para que les ayude durante el nacimiento del bebé. Pero justo antes de que nazca el crío, el padre, casi como si estuviera manteniendo una conversación telefónica, acerca la boca a la vagina de la madre y pregunta en voz muy alta:
 -¿Quieres nacer, o no? Piensa muy seriamente antes de contestar.
 Así procedió Bag, se arrodilló en el suelo de modo que su cabeza quedara frente al sexo de su mujer y formuló varias veces esa pregunta, acercándose más en cada ocasión. Después, se levantó y, siguiendo las instrucciones del médico, hizo gárgaras con un líquido desinfectante. No tardó en llegar, desde el útero de la madre, la vocecilla del niño, que replicó vacilante:
 -Muchas gracias por preguntar, pero no quiero nacer. Me aterroriza la posibilidad de heredar las costumbres, los complejos y hasta pudiera ser que la locura de mi padre. –Y añadió-: Aparte de eso, creo que la existencia de un kappa no sirve para nada. Es más, creo que su propósito es más bien maligno.
 La respuesta puso en situación muy embarazosa a Bag, que empezó a rascarse la cabeza nerviosamente. Mientras, la comadrona que estaba ayudando en el parto introdujo un grueso tubo de cristal en el útero de la esposa del pescador y lo utilizó para inyectar un fluido en la placenta. Claramente, era una sustancia calmante, pues, aliviada, la madre soltó un profundo suspiro. Al mismo tiempo, su hinchada barriga empezó a disminuir, igual que un balón se desinfla al perder aire.
 Como habréis deducido por la respuesta del feto de Bag, los bebés kappa pueden andar y hablar desde el mismo instante en que nacen. Una vez, Chak me contó la historia de un crío que pronunció un discurso sobre la existencia de Dios cuando apenas contaba con veintiséis días de vida. Lamentablemente, dicen que el pobre se murió antes de cumplir los dos meses.»

     [El texto pertenece a la edición en español de la Editorial Ático de los Libros, 2010, en traducción de David Favard, pp. 19-24. ISBN: 978-84-938295-0-6.]

miércoles, 14 de abril de 2021

La noche y el momento.- Claude-Prosper Jolyot de Crébillon (1707-1777)


Resultado de imagen de crebillon «Cidalisa: Es, desde luego, lo mejor que podíais hacer. Pues ahora os confesaré que no era esa la habitación donde pensaba que os encontrabais esta noche.
 Clitandro: Como veis, me hallo en la vuestra. Pero decidme entonces, ¿a cuál de las mujeres que están en vuestra casa me había destinado vuestra imaginación?
 Cidalisa: Más bien a Julia.
 Clitandro: ¿A Julia? ¿Y eso? ¿Acaso he tenido una relación con ella?
 Cidalisa: ¿Cómo? ¿Qué si habéis tenido una relación con ella? ¿Estáis de broma?
 Clitandro: Lo cierto es que la pregunta me parece igual de inoportuna que a vos. Julia es encantadora, pero me extraña que me atribuyáis tan íntimas relaciones con ella cuando nunca la he cortejado.
 Cidalisa: Sin embargo, creo saber lo que digo. Pero ¿qué os sucede, Clitandro? Os estremecéis. ¿Acaso os acordáis de Araminta?
 Clitandro: No me extrañaría que pensar en ella me produjera ese efecto, porque lo cierto es que siempre que me viene a la mente es con horror.
 Cidalisa: ¿Acaso estáis muriéndoos de frío?
 Clitandro: Es normal, la noche empieza a refrescar, sólo llevo un batín encima y me está pareciendo terriblemente ligero.
 Cidalisa: Vaya, pues lo siento, porque estaba deseando que me contarais vuestra historia con Julia y este contratiempo me parece de lo más fastidioso. ¿A quién se le ocurre venir con un simple batín de seda encima? Pero no quiero ni imaginarme que debajo no llevéis nada y estéis completamente desnudo.
 Clitandro: Así es, efectivamente. ¿Y por qué no? Apenas si estamos a comienzos del otoño.
 Cidalisa: (Muy seca.) En vuestros aposentos podéis ir como os plazca, pero me permitiréis que os señale que para venir a los míos vuestra vestimenta me resulta bastante singular.
 Clitandro: (Violento.) Me colocáis en una situación de lo más embarazosa y me siento fatal si por un momento habéis podido creer que tenía intención de faltaros al respeto.
 Cidalisa: (Digna.) No creo dar pruebas con ello de mal humor, ni de lo que ahora se denomina mojigatería o antaño pudor, pero os confieso que no concibo cómo habéis podido venir a presentaros ante mí de tal guisa.
 Clitandro: (Mientras le besa respetuosamente la mano.) ¡Ay, señora, me mortificáis! Lo cierto es que sólo había proyectado a medias pasar a veros. Quería y no quería. Temía perder el tiempo y si me permitís deciros toda la verdad, la sospecha de esa cita galante me atormentaba lo indecible. Pero también me devoraba la curiosidad y la necesidad de averiguarlo. Mientras meditaba dejé que mis gentes me desvistieran, absorto en mis pensamientos. Y sin ropa debía de estar cuando me decidí a pasar a veros. La confusión de mis ideas, nuestra conversación que empezó de inmediato, y una fuerte preocupación no me han permitido darme cuenta de cómo iba vestido, de cómo voy ahora mismo, y dejadme que os pida perdón igual que si hubiera tenido intención de ofenderos.
 Cidalisa: (Más sosegada.) Me veis más tranquila que si hubiera creído efectivamente que tenía razones para quejarme de vos. Pero estaréis de acuerdo conmigo en que cualquier otra habría encontrado vuestro proceder en extremo ligero.
 Clitandro: No me habría sorprendido efectivamente que cualquier otra hubiera supuesto bien poca estima por ella. Pero vos, señora, vos que me conocéis y sabéis hasta qué punto os respeto (aunque todavía no sepáis hasta qué punto me sería imposible no solamente faltaros al respeto sino incluso desearos), ¿cómo me obligáis a justificarme?
 Cidalisa: Me siento en efecto tan poco digna de menoscabo que no tendréis dificultad alguna en convencerme de que no queréis menospreciarme; pero dejemos eso y pasemos a otra cosa. Y bien, ¿qué hay de Julia?
 Clitandro: Seguro que Julia no se está muriendo de frío como yo en estos momentos, así que me trae sin cuidado.
 Cidalisa: Pues me trae sin cuidado si os morís y, estéis como estéis, quiero, aunque sólo sea para castigaros, que me contestéis a lo que os preguntaba cuando me habéis interrumpido.
  Clitandro: ¿Deseáis oír esa historia de verdad?
  Cidalisa: Lo deseo, sí, de verdad.
  Clitandro: Puesto que así lo deseáis, y de verdad, sé de un modo que me dispondrá a contaros lo que tanto queréis.
 Cidalisa: ¿Y ese modo es…?
 Clitandro: No sé si vais a aceptar.
 Cidalisa: Hablad y veremos.
 Clitandro: Dejar que me acueste junto a vos.
 Cidalisa: ¿Nada más?
 Clitandro: Eso es todo.
 Cidalisa: (Burlona.) Habéis perdido la cabeza, Clitandro, para tomarme por una Araminta.
 Clitandro: No soy tan estúpido como para cometer semejante equivocación. Os juro que os lo propongo con la mayor decencia del mundo.
 Cidalisa: Después de todo lo que acabo de deciros, sería una inconsecuencia por mi parte acceder a lo que solicitáis.
 Clitandro: Cuando se trata de salvar la vida de alguien, ¿cómo podéis hablar de inconsecuencia?
 Cidalisa: Clitandro, estáis loco, loco de encerrar.
 Clitandro: ¡Pero cómo! ¿Dudaríais en serio de mi respeto por vos?
 Cidalisa: No, quiero creer que me respetáis en serio, y como es una idea que me satisface mucho, y como no quisiera dejar de tenerla, no os daré la ocasión de cambiar de actitud.
 Clitandro: Pensad bien en lo que me decís. Estamos solos. Vuestros criados se encuentran lejos, sin contar a Justina, que no os resultaría de gran ayuda puesto que ha demostrado que tiene el sueño pesado. Os halláis, pues, indefensa ante mí, así que si me dejara llevar por mi furor podría intentar atacaros, y sin embargo bien veis que, a pesar de encontraros más atractiva que a cualquier otra mujer, no os he hecho la más ligera proposición. No veo por qué habría de ser menos prudente dentro de vuestra cama que sobre ella. Concededme, os lo ruego, lo que os pido, puesto que se trata de un acto intrascendente.
 Cidalisa: (Enfadada.) ¡Oh, Clitandro, me irritáis! Nunca consentiré.
 Clitandro: Pues bien, señora, os ahorraré la pena de tener que rechazarme. (Aquí retira el batín, lo tira a un lado de la cama, se precipita dentro del lecho de Cidalisa y la toma en sus brazos.)
 Cidalisa: (Aterrorizada.) ¡Clitandro! ¡Señor! ¡Si no salís inmediatamente de nuestra cama, si no me dejáis, si no os vais de inmediato, no volveré a veros nunca más!
 Clitandro: (Apasionadamente.) Pero, señora, ¿de verdad es lo que queréis? No sé si os dais cuenta de que podrían oír vuestros gritos, y si alguien entrara aquí ahora, ¿qué creéis que imaginaría al encontrarnos en semejante situación?
 Cidalisa: (Enfadada.) Me da igual. Me arriesgo a que la gente crea cualquier cosa antes de verme realmente víctima de vuestra temeridad.
 Clitandro: ¡Señora, ni Lucrecio se atrevió a pensar como vos!
 Cidalisa: (Furibunda.) ¡Seguís con vuestras burlas!
 Clitandro: La verdad es que no me atrevería, viendo lo enfadada que estáis por mi culpa, aunque os aseguro que, a pesar de lo que pueda pareceros, no lo he hecho adrede.
 Cidalisa: (En el mismo tono.) Dejadlo de una vez, señor; es indigno de vos abusar de mi estima y mi amistad de esta manera. ¡Os odio! Soltadme, ¡soltadme de una vez!
 Clitandro: Si intentaba reteneros, no era para violentaros sino para impedir que hicierais una tontería. ¡Ya os suelto! ¡Volvéis a ser libre! ¿Y bien? ¿Qué os he hecho? Y sin embargo estoy junto a vos en el mismo lecho. ¿No os parece bastante prueba de mi respeto?
 Cidalisa: ¡Silencio! ¿Y qué creéis que van a pensar mis criados cuando vean la cama mañana por la mañana?
 Clitandro: Nada, señora, puesto que la haré antes de irme.
 Cidalisa: ¡Y estoy convencida de que haréis una obra de arte!
 Clitandro: Lo veréis vos misma. ¡Ay! Pero ¿por qué me odiáis tanto? Acercaos un poquito, que la calma en la que me veis os tranquilice.
Resultado de imagen de el momento y la noche Cidalisa: Podéis dar por descontado que si intentáis la menor cosa, seréis objeto de mi más cruel aversión el resto de mi vida.
  Clitandro: Que así sea. Si me sobrepaso, odiadme todo lo que quiero que me améis.
  Cidalisa: No soportaré la más mínima proposición, por moderada que sea.
 Clitandro: ¡Cuánto rigor! Pero no importa, ¡de acuerdo! Nada de proposiciones o que la vergüenza recaiga sobre mí.
  Cidalisa: Me gustaría veros sinceramente convencido.
  Clitandro: No sé cómo reaccionan los demás en estos casos, pero a mí no me gusta que me rechacen. ¿No estábamos hablando de Araminta?
  Cidalisa: No, ya la habíamos pasado. Pero ¿en serio pensáis quedaros en mi cama?
  Clitandro: ¡Señora, creía que ya nos habíamos puesto de acuerdo al respecto y que ambos habíamos expuesto nuestras condiciones!
  Cidalisa: (Riéndose.) Aunque desde luego estoy muy enfadada con vos, no puedo dejar de reírme al ver la situación singular en la que me encuentro.
 Clitandro: Me parece más sensato que hagáis de ello un objeto de chanza que de enojo.
 Cidalisa: ¿Y quién os manda a vos meteros en un lecho donde no se os desea, cuando hay tantos aquí en los que habríais sido recibido con los brazos abiertos?
 Clitandro: No dudo de que Araminta me hubiera concedido esa gracia, pero no veo a ninguna más.
 Cidalisa: Precisamente la única que no os interesa. ¿Y Julia?
 Clitandro: En estos momentos Julia no me tienta más que Araminta, o por decirlo de otra manera, no deseo más a la una que a la otra, pero es cierto que si Julia quisiera no sería con ella tan riguroso como con ese monstruo al que os habéis referido antes. ¿No os parecería lógico?
 Cidalisa: ¿Lógico porque Julia posee esa sensibilidad que le falta a la otra?
 Clitandro: De ser iguales en ese importante terreno, ¿no creéis que a pesar de todo Julia debería tener prefeeencia?
 Cidalisa: Sin duda. Pero si en ese terreno, como vos decís, no hubiera igualdad, creo que debería darse la preferencia a la más sensible sobre la más bella.
 Clitandro: ¿Tan convencida estáis de que esa virtud, cuando la hallamos en una mujer, resulta más valiosa para nosotros que todo lo demás?
 Cidalisa: No, pero creo que os hace perdonar muchas cosas.
 Clitandro: Es cierto que en general preferimos a esas mujeres; digo en general, porque no todos los hombres opinan lo mismo a este respecto.
 Cidalisa: Por lo que vengo observando, en este capítulo, como en otros muchos, sois siempre injustos con nosotras. ¿Qué una mujer es como Araminta? Os aburre. ¿Finge lo que no es capaz de sentir? Os parece mal. ¿Es sensible? Por mucho placer que extraigáis de ello, os asusta. ¿Qué hemos de hacer, pues, para agradaros, o para no inquietaros?
 Clitandro: Como vos, señora; que tengan esa sensibilidad moderada que el amante ha de buscar, que surge sólo ante su presencia, determinada exclusivamente por sus caricias, y que cualquier otro intentaría despertar en vano.»

       [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Cabaret Voltaire, 2013, en traducción de Lydia Vázquez Jiménez, pp. 50-60. ISBN: 978-84-940353-9-5.]

jueves, 17 de septiembre de 2020

Tres relatos.- Tommaso Landolfi (1908-1979)

Resultado de imagen de tommaso landolfi 

Mano robada
3

   «Todos se pusieron a desvestirse con desgana y no tardaron en estar desnudos, o, mejor dicho, casi todos, porque dos o tres mujeres, poco ufanas de una parte de sus encantos, se habían dejado el sostén. En realidad, Marcello no sabía cómo consumar su victoria: en su comportamiento público o aparente, ¿qué debía hacer exactamente? Y, por otra parte, ¿cómo podía introducir o legitimar la contemplación, que era su único y verdadero fin? Decidió pasearse por entre los desnudos y detenerse delante de cada uno de ellos, lo que le brindaría el pretexto para detenerse a gusto delante de aquella única. Naturalmente, había procurado no mirarla más y ahora, al ponerse en marcha, mientras los más retrasados estaban aún desabrochándose, le dio la espalda.
 -Vamos, querida, tienes que armarte de valor: fuera ese sostén.
 Y la mujer a la que se dirigía lo obedecía, al tiempo que alzaba los brazos al cielo para salvar lo salvable o sostener lo sostenible.
 -Estupendo, ¿quién lo iba a decir? Te felicito.
 Y así sucesivamente. Y, entretanto, empeñado en no volverse, intentaba mirar con la nuca y le parecía recibir el soplo de la desnudez de ella.
 Pero, cuando, tras acabar el recorrido y las bromitas, se volvió de verdad con un estremecimiento (el que en las alcobas precede al placer), vio a la muchacha -aunque imperturbable entre tanta gente desnuda e incluso como si estuviese en su casa- totalmente vestida aún. Su actitud era altiva y al tiempo sumamente delicada, femenina, en una palabra, de la forma más auténtica; se apoyaba más en un pie que en el otro, con lo que un costado resaltaba más y resultaba más curvado y las rodillas, en parte cruzadas, dejaban al descubierto la pantorrilla de la pierna más suelta; por su parte, la cabecita, con su melena rubia echada hacia atrás y ligeramente inclinada sobre un hombro, parecía desafiar a la mala suerte y al mundo entero. Ante aquella visión tan discordante, Marcello se sintió, más que atónito, inexplicablemente avergonzado.
 -Pero usted, a ver... -balbució al final.
 -Ninguno de estos señores y señoras -replicó con calma la muchacha- ha querido invocar la otra opción establecida y es asunto suyo, pero esa opción existe y usted mismo la ha formulado. Pues bien, yo me inclino por ella: eso es todo.
 Siguió un silencio general, al que sucedió un murmullo confuso: parecía que aquellos intelectuales, acostumbrados a toda clase de aventuras (del intelecto), habían sido tomados por sorpresa.
 -Pero, ¡cómo! -volvió a balbucir Marcello-. ¿Cómo puede usted...?
 -¿Existe o no esa dichosa opción? -lo interrumpió ella con frialdad e incluso con cierta alegría en la voz-. Claro que sí, por lo que no me parece que haya objeciones posibles. Yo no me desnudo; así, pues, indíqueme con qué medio debo suicidarme, ahora mismo y delante de ustedes, como habíamos convenido. Lo haré, no lo duden.
 ¡Había que ver! Se le escapaba con una broma. ¿Qué otra cosa podía ser, si no? ¿Quién habría tenido el valor de imponerle en serio la observancia de lo acordado?... Pero ¿de verdad bromeaba? Sus ojos estaban sombríos, Marcello no recordaba haber visto nunca una mirada tan sombría; el pecho le palpitaba y aquella insinuación de alegría se parecía, si acaso, a la sonrisa macabra de un condenado... pero, aun cuando estuviera de verdad dispuesta a hacer realidad su propósito, no se trataba ni se podía tratar de nada serio, por lo que, al fin y al cabo, significaba para él una nueva derrota, una derrota en la victoria y, por tanto, más clamorosa, sin remedio, ¡algo atroz, intolerable! Y el joven no sabía a qué recurrir dentro de sí ni de qué maldita forma afrontar su absurda situación ni qué palabras añadir.
 En cualquier caso, la situación era para muchos de los presentes un bocado demasiado exquisito: una situación fructífera, como la habría calificado el marqués. ¿En qué?
 En discursos, evidentemente, pero, a la postre, también en audacias (si bien en piel ajena); muchos tal vez no distaran de admitir, al menos en principio, una solución literal, como habría dicho aquella vez uno de aquellos críticos o escritores, es decir, el propio suicidio de la muchacha. El caso es se habían despertado y, como cada uno de ellos sentía un agradable hormigueo en las meninges y se había cubierto someramente, no tardó en brotar una discusión.
 -Pues se ve que algo tiene que ocultar -había sentenciado a media voz la más boba de las mujeres.
 Pero aquella maldad había caído en el vacío.
Ediciones Siruela -Vamos a ver: era, verdad, una broma, lo ha sido desde el principio -dijo entonces el marqués, como un intento de recuperar la sensatez y sin por ello deshacer toda la ambigüedad.
 -Un momento -intervino un literato agitando su exangüe mano-. Todo es broma y nada lo es, ya me entendéis, o, si no, habrá que decir que el propio concepto de broma es meramente subjetivo. Por ser aún más claros, broma sería sin discusión, si ella, la interesada, así lo considerara y lo hubiese considerado siempre. De lo contrario, ¿cómo íbamos a atrevernos nosotros...?
 -Lo único claro es tu maldita petulancia de literato, con tus paradojas, sutilezas y disecciones, de las que nos has dado pruebas numerosas veces y aún nos ofrecerías a millares, si no te lo impidiéramos -interrumpió afablemente un pintor grueso-. Déjalo: aparte de lo que tú quieres, las cosas han de tener, en cambio, un valor objetivo propio, no por nada existe el sentido común. Vamos, ¿que a ti te gustaría matar a Gisa o permitirle matarse, que es lo mismo, por el simple hecho de que no le apetece desnudarse? Pero, ¿para qué te sirve la cabeza?
 -No has entendido nada, como de costumbre -rebatió el otro con una sonrisa ni siquiera demasiado ácida-, y, en cuanto al dichoso sentido común, con él es con el que hacéis la pintura que hacéis, pero no: yo digo, e intenta seguirme, que nunca se puede saber qué lugar ocupa o cuál es el destino de determinada cosa en un marco interior, es decir, en el marco interior, por definición desconocido, de otro. Supón, por ejemplo, que ella quisiera, consciente o inconscientemente, matarse y que necesitara esta tortuosa preparación para lograrlo o que el suicidio haya ido resultándole, en un momento o por el motivo que sea, una necesidad, como efecto forzoso de alguna combinación desconocida o qué sé yo. Desde ese punto de vista, nosotros no tendríamos, desde luego, derecho a impedírselo ni a obstaculizárselo siquiera, como reconocerás, y no es eso todo: debes pensar también en la tremenda sensación de culpa que desencadenaría en ella su incumplimiento; no me refiero directamente al de las reglas de este juego sin sentido, no, sino a un incumplimiento cualquiera que se hubiese presentado en su ánimo, aun cuando así lo configurara una deformación intelectual o del corazón. Por lo demás, observa, entre paréntesis, que un incumplimiento en plan de burla o meramente formal siempre puede convertirse inesperadamente, por la acción de causas patentes o misteriosas, en otro más profundo, encarnar, si puedo expresarme así, o representar o simbolizar un estado íntimo, una relación íntima a la que urja una solución, o también poner de manifiesto un conflicto latente. El alma ajena nos resulta, querido, y siempre nos resultará inaccesible. Ahora bien, en ese caso no bastaría evidentemente, con decir: no lo hagas, sino que habría más bien que examinar atentamente el propio caso... ¿Me explico? […]
 -¡Ya estás tú, con tu sensación de culpa y tus conflictos latentes! -dijo, en cambio, otro literato, celoso de la notoriedad del primero-. La verdad es que la sensación de culpa debe ser una manía tuya, como lo confirman tus libros. ¡Qué caramba! ¿No tienes la impresión de estar dando una clase magistral? Pareces un profesor de no sé qué, de Dios sabe qué, delante de una pieza de anatomía: ¡vamos! Que el objeto de tu disquisición está delante de nosotros, vivo y lozano y basta con interrogarlo.
 -¡Cómo si interrogando a una persona se pudiera saber algo sobre ella! -replicó el primero como herido en su dignidad.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Siruela, 2007, en traducción de Carlos Manzano. ISBN: 978-84-9841-080-8.]

domingo, 24 de marzo de 2019

Trieste.- Dasa Drndic (1946-2018)


Resultado de imagen de dasa drndic 
Franz Suchomel, SS-Unterscharführer (subteniente)

«-¿Cómo fue posible "procesar" a dieciocho mil personas al día?
 Dieciocho mil. Es una exageración.
 -Pero es lo que está escrito en los informes.
 No tengo ninguna duda.
 -Para poder liquidar dieciocho mil personas al día...
 Se trata de una mera exageración, señor Lanzmann.
 -¿Cuántos, entonces?
 De doce a quince mil. Trabajando todas las noches. En el mes de enero, los trenes empezaban a llegar a las seis de la madrugada.
 -Es decir, que primero llegaban los trenes, ¿y luego?
 Los trenes llegaban a Treblinka desde Malkinia. La distancia que las separa es de unos diez kilómetros. Treblinka es un pueblecito. En el auge de la acción llegaban entre treinta y cincuenta vagones diarios. Cada vez llegaban a la rampa del campo quince vagones, mientras los otros esperaban en la estación. Las aperturas en los vagones estaban protegidas con alambre de espino, nadie hubiera podido escapar. En los techos de los vagones hacían guardia los cerberos -los ucranianos y los letones. En la rampa delante de cada vagón había dos judíos de la Unidad Azul, encargados de meter prisa a la gente, vamos, más rápido, más rápido, todos fuera. Detrás de ellos estaban los SS y los ucranianos armados. Los efectivos de la Unidad Azul estaban distribuidos por aquí y los de la Unidad Roja, por allá. Allí mismo.
 -¿Y qué hacían los de la Unidad Roja?
 Se llevaban la ropa. En la misma rampa, las personas se tenían que desnudar. Y los de la Unidad Roja eran los encargados de llevarse la ropa de allí.
 -¿Cuánto tiempo pasaba entre el desembarque y que se empezasen a desnudar?
 Las mujeres, por ejemplo, una hora, hora y media. Para vaciar el tren entero, dos horas. En dos horas todo estaba acabado...
 -Dos horas desde la llegada hasta...
 La muerte.
 -¿Todo estaba acabado en dos horas?
 Sí, en dos horas, en dos horas y media. Nunca más de tres.
 -¿Todo un tren?
 El tren entero
 -¿Y para un convoy? ¿Para diez vagones? ¿Cuánto tiempo se necesitaba para procesar diez vagones?
 No lo sé. Los convoyes llegaban uno detrás del otro, ¿me entiende usted? Los hombres estaban sentados allí, esperando. Y nosotros enseguida empezamos a dirigirlos hacia el "tubo". Las mujeres iban las últimas. Ellas esperaban ahí, en grupos de cincuenta. Ellas esperaban ahí, un grupo de cincuenta, sesenta mujeres con niños, esperaban a que en las cámaras se retirasen los cadáveres de los que iban primero. Todos esperaban desnudos. En verano y en invierno.
 -Los inviernos en Treblinka debían de ser fríos.
 Hasta menos cuatro o cinco grados. A nosotros, al comienzo, nos parecía un frío terrible. No llevábamos los uniformes adecuados.
 -Dentro del túnel debía de hacer aún más frío. Describa usted ese túnel.
 Era ancho, unos cuatro metros, y cerrado por los dos lados con alambre de espino en el cual estaban enganchadas ramas de pino. ¿Lo entiende usted? Eso se llama camuflaje. Existía en el campo también una Unidad de Camuflaje, que consistía en doce judíos. Iban cada día a los bosques y traían ramas frescas. No era posible ver nada a través de ese vallado. Ni desde dentro ni desde fuera.
 -¿Ese túnel se llamaba "el camino hacia el cielo", Himmelsweg, no es verdad?
 Los judíos lo llamaban el Día de la Ascensión.
 -¿Y luego? Las personas entraban en el túnel, completamente desnudas. ¿Y luego?
 Completamente desnudas. Aquí, ¿lo ve?, aquí había dos guardias ucranianos con látigos y aguijoneaban a todos los que se rezagaban. Repartían latigazos sólo a los hombres. A las mujeres no.
 -Parece humano.
 La mujeres esperaban en el túnel. Podían oír el zumbido de los motores. Es posible que oyeran las súplicas desde dentro de las cámaras. Mientras estaban allí esperando sentían "el pánico de la muerte". Y cuando uno siente "el pánico de la muerte", los esfínteres se relajan, todo se relaja. El vientre se vacía por delante y por detrás. Le pasó lo mismo a mi madre cuando estaba muriendo. Se meo dentro de su propia cama. Pobre.
 -¿Su madre?
 Sí. Así fue, allí donde estaban esperando las mujeres quedaban después seis filas de deposiciones. De deposiciones diversas.
 -¿Lo hacían de pie?
 Es posible que de pie o bien agachadas. No lo vi nunca en persona. Lo único que vi fueron sus deposiciones.
 -¿Y eso es lo que les pasaba a las mujeres?
 Sí, a las mujeres. Los hombres no tenían tiempo. Ellos eran azuzados para pasar el túnel lo más rápido posible. Svidse, Svidse, gritaban los guardias y repartían latigazos. No puedo pronunciar bien esa palabra, me faltan los dientes. Svidse, quiere decir más rápido. Y las mujeres tenían que esperar a que las cámaras se vaciaran.
 -Es decir, ¿ése era el procedimiento?
 Sí. Todo tenía que hacerse con prisa, con mucha prisa. La Unidad Azul tenía que "acompañar" a los viejos y a los enfermos hasta el "ambulatorio" para que no obstaculizaran el flujo de las personas hacia las cámaras de gas. Los alemanes eran los que decidían quién estaba destinado al "ambulatorio" y quién acababa en la cámara. A algunos hasta los llevaban en camilla. Las mujeres viejas, los niños enfermos, los niños de las madres enfermas, los nietos de viejecitas débiles, esas personas eran destinadas al "ambulatorio". En el edificio del "ambulatorio" estaba la bandera blanca con la cruz roja, nadie se esperaba lo que les habían preparado, no protestaban. Hasta el "ambulatorio" conducía un pasillo protegido por un vallado que continuaba hasta las fosas. Hasta que no llegaban delante de las fosas, esas personas no podían ver los montones de cadáveres. Allí mismo tenían que desnudarse completamente y sentarse al borde de la fosa. Recibían un disparo en la nuca y se desplomaban dentro del precipicio. Dentro de la fosa había basura y restos de papel. Siempre había también fuego encendido. Las personas son un combustible excelente.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Automática Editorial, 2015, en traducción de Simona Skrabec. ISBN: 978-84-15509-28-8.]

martes, 19 de febrero de 2019

Utopía.- Tomás Moro (1478-1535)


Resultado de imagen de tomás moro 
Libro II
Los esclavos

«La mujer no se casa antes de los dieciocho años; el varón no antes de cumplidos cuatro más. Si antes del casamiento el varón o la mujer es convicto de livianidad furtiva se reprende seriamente a él o a ella y a ellos se les veda del todo el casamiento a menos que la venia del príncipe dispensara la pena; pero tanto el padre como la madre de familias en cuya casa se dio entrada al crimen incurren en grande infamia por haber guardado poco diligentemente sus obligaciones. Toman satisfacción de esta fechoría tan severamente porque se dan cuenta de antemano que serían raros los que se adherirían al amor conyugal, en el que ven han de pasar toda la vida con uno solo y soportar además todas las molestias que ello trae consigo, si no se les aparta diligentemente del concúbito indiscriminado.
 En la elección del cónyuge observan ellos seria y severamente un rito ineptísimo (como nos pareció a nosotros) y sobremanera ridículo. A la mujer, en efecto sea virgen o viuda, la exhibe desnuda ante el pretendiente una matrona grave y honesta, y, a su vez, un varón probo pone desnudo ante la muchacha al pretendiente. Como nosotros, riéndonos, desaprobáramos esta costumbre como inepta, ellos, por el contrario, mostraron su admiración por la estulticia insigne de todas las demás gentes, quienes siendo tan cautos a la hora de comprar un potrillo, donde se trata de unas pocas monedas, que aunque está casi desnudo, se niegan a comprarlo antes de quitada la silla y levantadas todas las mantillas por temor de que bajo esas coberturas se oculte alguna llaga, a la hora de elegir cónyuge, asunto del que va a depender el placer o el asco de por toda la vida, obran tan negligentemente que, estando oculto por los vestidos el resto del cuerpo, evalúan a la mujer entera por una porción de apenas un solo palmo (pues aparte del rostro no se deja ver nada) y la toman para sí no sin gran riesgo de congeniar de mala manera (si hay algo después que repugne). Pues no todos son tan discretos que hagan cuenta únicamente de los aspectos morales; y además, en los casamientos de los discretos mismos las dotes del cuerpo aportan un complemento no escaso a las virtudes del espíritu. Ciertamente, bajo esas envolturas puede ocultarse una deformidad tan fea que sea parte a extrañar toda inclinación por la esposa cuando ya no es lícito separarse en cuanto al cuerpo. Si esta deformidad ocurre por algún accidente después de contraídas las nupcias, se impone que cada cual cargue con su suerte, pero antes debe precaverse por las leyes que a nadie se le seduzca con engaños.
 Y esto hubo de cuidarse con tanta mayor solicitud cuanto en aquellas regiones del orbe sólo ellos se contentan cada uno con un solo cónyuge, y no es frecuente que el matrimonio se disuelva de otra forma que con la muerte, a no ser cuando entra en cuestión el adulterio o el perjuicio por causa de una conducta moral que no hay por qué soportar. En efecto, concedido por el senado el permiso de cambiar de cónyuge al perjudicado de este modo, el otro lleva para siempre una vida infame a la vez que célibe. De otra parte no admiten de ninguna manera repudiar contra su grado a la cónyuge que no tiene culpa de que el ajamiento se haya apoderado de su cuerpo, pues, por un lado, juzgan cruel abandonar a alguien cuando más necesita de consuelo y, por otro, la expectativa para la vejez sería incierta y endeble porque atrae enfermedades y es ella misma una enfermedad.
 Sucede por cierto a veces que cuando el modo de vida de los cónyuges no se armoniza suficientemente, si ambos encuentran otros con los que esperan vivir más dichosamente, separados con el beneplácito de los dos, contraigan nuevos matrimonios; no, sin embargo, sin la autorización del senado, el cual no admite los divorcios hasta que la causa haya sido diligentemente examinada por sí mismos y sus mujeres. Y ni aún así es fácil, porque saben que la cosa menos útil para afianzar el amor de los cónyuges es ponerles a la mano la fácil esperanza de unas nuevas nupcias.
 Castigan a los profanadores del matrimonio con la más dura esclavitud, y, si ninguno de los dos era célibe, los que han padecido la ofensa, repudiados los adúlteros, se unen entre sí en matrimonio si quieren, si no, con quienes les parezca. Mas si uno de los lesionados perdura en el amor hacia un cónyuge que tan mal lo merece, no le está prohibido usar de la ley del matrimonio si quiere seguir al condenado a trabajar. Y sucede a veces que la penitencia del uno y la oficiosa solicitud del otro, moviendo a conmiseración al príncipe, impetran la libertad de nuevo. Al que ya es reincidente, sin embargo, en este delito se le inflige la muerte.
 Ninguna ley ha establecido una pena determinada para las otras infracciones, sino que el senado decreta el suplicio según sean atroces o al contrario. Los maridos castigan a las esposas y los padres a los hijos, a menos que hayan perpetrado algo tan monstruoso que interese a las costumbres morales penarlo públicamente. Casi todas las infracciones más graves, empero, se penan con el mal de la esclavitud, pues consideran que esto no es menos doloroso para los infractores y para la república más provechoso que si se apresuran a sacrificar a los culpables y a suprimirlos inmediatamente, porque con su trabajo son más útiles que con su muerte, y con su ejemplo disuaden durante más tiempo a los otros de un crimen semejante. Si los que son así reducidos se rebelan y se obstinan, entonces se les degüella al cabo como bestias indómitas a los que la cárcel y las cadenas no son parte a cohibir. Por el contrario, a los que son pacientes no se les arrebata absolutamente toda esperanza, puesto que si, doblegados por las largas penalidades, dan muestras de un arrepentimiento que arguye que el pecado les disgusta más que la pena, se les suaviza la esclavitud o se les condena en virtud a veces de la prerrogativa del príncipe, a veces de los sufragios del pueblo. No está sujeto a menos punición haber solicitado el estupro de haber estuprado, pues en todo crimen igualan el propósito cierto e intencionado al hecho, porque piensan que lo que faltó no ha de beneficiar a quien nada hizo para que faltara.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1997, en traducción de Emilio García Estébanez. ISBN: 84-487-0137-2.]