Mostrando entradas con la etiqueta Esclavos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Esclavos. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de agosto de 2022

El virrey de Ouidah.- Bruce Chatwin (1940-1989)


COLLECTION - Kmana - bags and accessories
Cinco


   «Y a partir de ese momento los dahomeyanos llamaron a Francisco Manoel: Adjinakou el Elefante.
 Al cabo de un año era el Virrey del Rey en Ouidah y había transformado a Dahomey en la maquinaria militar más eficiente de África Occidental.
 Durante el lapso que pasó en la costa, asumió los modales y el estilo de vida de un gran señor brasileño. Desde Cabo Verde hasta el Bonny River llegaban trotamundos de todos los colores a comer en su mesa y catar los recursos de su bodega. Aunque el título “Dom” se reservaba generalmente para los miembros de la Familia Real portuguesa, todos lo llamaban “Dom Francisco”.
 Le dio a Ouidah el aire de ciudad civilizada al ordenar que se excavaran alcantarillas y que se abrieran calles a través de su laberinto de callejones pestilentes. Plantó palmeras africanas y cocoteros, e introdujo la piña. Las planicies eran un mar de maíz y mandioca, y había arrozales a lo largo de la laguna.
 Como prohibió el uso del látigo en sus plantaciones, sus propios trabajadores lo adoraban. Camino a los campos cultivados, desfilaban frente a su ventana y cantaban esta letanía:

     El Elefante despliega su red /  Por tierra y por mar
     Compra madre, padres, hijos / Y la hiena aúlla en vano
     Los amigos se congregan en torno a los aromas de su cocina
     Los monos bailan cuando beben vino de palmera
     Es la Buena Esponja que nos frota y nos limpia
     Consolida sus murallas con fuego / Nos da perlas cuando le damos un mosquito
     En un día vendió a todos los esclavos de Ouidah / Su manantial nunca se secará.
 
Ningún capitán podía eludir la vigilancia de sus guardacostas. Nadie podía cargar un esclavo sin pagar un arancel de exportación, ni descargar un fardo de algodón sin pagarle un tributo. Los banqueros de Nueva York o Marsella aceptaban sus letras. Solo o en sociedad, puso en servicio una flota de clípers de Baltimore.
  Estos nuevos barcos habían sido diseñados con el fin de dejar atrás a cualquier crucero de la Royal Navy. Todos tenían altos mástiles oblicuos, cascos negros de líneas elegantes, y él los había bautizado con nombres de aves marinas: Fregata, Albatroz, Gaivota, Alcatraz o Andorinha-do-Mar.
 Pero navegaban con la quilla en ángulo agudo: incluso con un mar moderado, la tripulación debía asegurar las escotillas con listones y cerrar los enrejados. La temperatura subía vertiginosamente en la bodega y los cargamentos morían, de calor, de disentería y por falta de aire.
 Como todo traficante de esclavos que se respetara, atribuía sus pérdidas a los británicos.
 Cada año, al llegar la estación seca, desechaba los hábitos civilizados e iba a la guerra.
 Su primera misión había consistido en reformar el ejército dahomeyano. Él y el Rey se libraron de los panzones, los cobardes y los patentemente borrachos. Y como las mujeres dahomeyanas eran combatientes mucho más feroces que los hombres —y podían recargar un arma por la boca en la mitad de tiempo— enviaron oficiales de reclutamiento a las aldeas para alistar a las vírgenes más musculosas.
 A las reclutas se las conocía como las “Esposas Leopardo del Rey”.
 Comían carne cruda, se afeitaban la cabeza y se limaban los dientes hasta afilarles las puntas. Aprendían a disparar desde el hombro y no desde la cadera, y a no tirar nunca contra el follaje agitado. Durante el entrenamiento debían escalar empalizadas de nopales, de donde volvían vociferando: “¡Hou! ¡Hou! ¡Somos hombres!”… y como tenían la obligación de mantenerse célibes, les permitían saciar sus apetitos sexuales con una tropa de prostitutas.
 Dom Francisco insistía en compartir todas las penurias de la marcha.
 Atravesaba sabanas incendiadas y cruzaba a nado ríos infestados de cocodrilos. Antes del asalto a una aldea, se entrelazaba hojas en el sombrero y permanecía inmóvil hasta que cantaba el gallo. Entonces, cuando la aurora recortaba la silueta de los techos como si se tratara de los dientes de una sierra, sonaba un silbato, el aire se poblaba de gritos roncos y, hacia el final de la mañana, las amazonas desfilaban ante el Rey, meciendo cabezas cortadas como si se tratara de pesas de gimnasia.
 Dom Francisco saludaba cada nueva atrocidad con una sonrisa vidriosa. No experimentaba pizca de compasión por la madre que imploraba por su hijo, ni por el anciano que contemplaba con expresión incrédula el velo purpúreo desplegado sobre las ruinas humeantes.
 Durante años continuó sumido en esta pesadilla autónoma. Pero un día, antes del saqueo de Sokologbo, estaba oculto detrás de un peñasco cuando unos críos se acercaron brincando por el sendero, blandiendo espantapájaros para ahuyentar las palomas de las plantaciones de mijo. Nunca habría de olvidar los boqueos que exhalaron cuando las amazonas se abalanzaron desde los matorrales y los estrangularon uno por uno.
 Durante toda aquella mañana, mientras los dahomeyanos ejecutaban su faena, él permaneció con el rostro oculto entre las manos, murmurando: «No. ¡Los niños no!», y nunca más fue a la guerra.
 Pero el Rey se convirtió en un guerrero más temible que cualquiera de sus antepasados.
 Arrasó Grito en 1818, Lozogohé en 1820 y Lemón en 1825. Mató a Atobé de Mahi, Adafé de Napou y Achadé de Léfou-Léfou. Hizo que los atakpameanos comieran a sus padres guisados. Juró derrotar a los egbas en su bastión de Abeokuta, y le dijo al Alafin de Oyo que “comiera huevos de loro”.
 No era cruel. A él también le asqueaba ver sangre y apartaba los ojos de las ejecuciones. Anhelaba poner fin a los ciclos de guerra y venganza… pero nunca podía resistir la tentación de acumular más calaveras.
El virrey de ouidah: Amazon.es: Chatwin, Bruce: Libros Las calaveras de sus enemigos le confirmaban que estaba vivo en un mundo de cosas reales. Bebía de calaveras, escupía dentro de calaveras. Las calaveras conformaban las patas de su trono, los laterales de su lecho y el camino que conducía a la alcoba. Conocía el nombre de cada calavera de su Mansión de las Calaveras y entablaba conversaciones imaginarias con cada una de ellas por turno: los enemigos menores se apilaban sobre bandejas de cobre, pero los de gran envergadura estaban envueltos en seda y descansaban en cestas encaladas.
 Claro que no podría haber sido indulgente con muchas víctimas aunque lo hubiera deseado. Los comandantes de sus ejércitos lo espiaban para descubrir la primera señal de debilidad, y un contingente de sacerdotes estaba siempre a mano para aconsejar qué cautivos debían ir al País de la Muerte, y cuáles a las Américas.
 Dom Francisco urdía tácticas para salvarlos del cuchillo: descubrió que el mejor sistema consistía en distraer la atención de los nobles con alguna novedad importada de Europa.
 Un año, cuando los arquitectos de palacio planeaban un mosaico de calaveras, sugirió utilizar en cambio platos de porcelana. Al principio, al Rey lo regocijó la idea de “fragmentar” un bien tan valioso y arrojó al suelo una pila íntegra. Luego, como si hubiera oído refunfuñar a sus antepasados, frunció el ceño, su ojo muerto absorbió la luz del vivo, y bramó:
 —La guerra se libra para cosechar cabezas, no para venderlas unidas a los cuerpos.
 Los dos amigos perdieron gradualmente el arte de comunicarse, como no fuera mediante regalos. Pero aunque los de Dom Francisco generalmente complacían al Rey, éste no tenía nada que ofrecer, excepto mujeres… y sus ideas acerca de la amistad eran de naturaleza tal que apostaba espías dentro del Fuerte de Ouidah para asegurarse de que las utilizaba a todas y cada una.
 La favorita de su serrallo continuaba siendo Jijibou.
 Ésta había capeado las conmociones y se había convertido en una mujer mofletuda, esbelta como un caballo, con un brillo satinado en la piel. Pasaba los días en la sombra de su cabaña, embozada en un paño anaranjado, y nunca la vieron sonreír.
 Su padre, el barquero nativo, había muerto. Se había ahogado el día en que su canoa había dado una vuelta de campana y, si bien Jijibou intuía que su marido lo había vendido a un traficante de esclavos, no por ello permitía que sus sospechas se convirtieran en un estorbo para las faenas domésticas.
 Jijibou inspeccionaba a las jóvenes para asegurarse de que eran vírgenes, apaciguaba sus temores y las conducía a la alcoba. Presentaba cada nuevo vástago a su padre, pero los berridos no hacían más que recordarle a él su cría brasileña y, cuando sus dedos diminutos le cogían la barba, él rechinaba los dientes y se cubría los oídos y se iba deprisa.
 Para salvaguardar las normas de decoro de la Iglesia, él insistía en que se celebrara el bautizo cristiano y le imponía a Jijibou una simulación en virtud de la cual ella pasaba por ser la verdadera madre. Él intentaba leerle los pensamientos mientras estaba junto a la pila bautismal. Pero si Jijibou lo sorprendía mirándola, entrecerraba los ojos y las comisuras de su boca se curvaban hacia abajo.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Muchnik Editores, 1980, en traducción de Eduardo Goligorsky. ISBN: 978-8485501540]


miércoles, 27 de octubre de 2021

La marquesa de O... y otros cuentos.- Heinrich W. von Kleist (1777-1811)


Resultado de imagen de heinrich von kleist
Los desposorios en Santo Domingo


  «En Puerto Príncipe, en la parte francesa de la isla de Santo Domingo, a principios de este siglo, cuando los negros mataron a los blancos, vivía en la plantación del señor Guillaume de Villeneuve un viejo negro temible llamado Congo Hoango. Éste, que provenía de la Costa de Oro africana, y que en su juventud parecía de carácter bondadoso y fiel, fue colmado de innumerables beneficios por parte de su señor, al que en otro tiempo, durante un viaje a Cuba, había salvado la vida. No solamente don Guillermo le concedió la libertad en aquel mismo instante, sino que además, a su regreso a Santo Domingo, le concedió casa y granja, y pasados unos años, aunque no había tal costumbre en la isla, le hizo administrador de sus considerables posesiones, y como no quisiera volver a casarse le dio para sustituir a su mujer a una vieja mulata llamada Babekan, que vivía en la plantación y con la cual su difunta mujer estaba emparentada. Bien, como el negro llegase a la edad de sesenta años, le concedió una cantidad muy considerable como jubilación y llegó a la cumbre de sus beneficios, dejándole un legado en su herencia; pero todas estas muestras de agradecimiento no pudieron librar al señor de Villeneuve de la furia de aquel ser rabioso. Congo Hoango fue el primero en coger el fusil cuando el torbellino de furor que se desató sobre las plantaciones como consecuencia de las medidas irreflexivas de la Convención Nacional, y recordando la tiranía que le había arrancado de su patria, metió un tiro a su amo en la cabeza. Luego incendió la casa donde se había refugiado la esposa de éste con sus tres hijos y el resto de la colonia de blancos, devastó la plantación entera a la que tenían derecho los herederos que vivían en Puerto Príncipe y, como todas las plantaciones eran semejantes, reunió a los negros y los armó para acudir en ayuda de sus compañeros en su lucha contra los blancos. Tan pronto acechaba a los fugitivos que en grupos armados atravesaban la región como caía en pleno día sobre los plantadores que permanecían en las edificaciones y pasaba a cuchillo todo lo que encontraba.
 Dominado por su inhumano deseo de venganza, incluso exigió a la vieja Babekan y a su hija, una joven mestiza de quince años llamada Toni, que tomaran parte en esta guerra rabiosa que le rejuvenecía; y como los edificios principales de la plantación en la que ahora vivía estaban deshabitados y muy próximos a la calle principal, de manera que durante su ausencia se refugiaban en ellos los fugitivos blancos y criollos que iban en busca de comida y refugio, adiestró a las mujeres para que entretuviesen con socorros y halagos a los perros blancos, pues así los llamaba, hasta su regreso.
 Babekan, que padecía de tuberculosis como consecuencia de unos crueles castigos que había sufrido durante su juventud, acostumbraba en estos casos a vestir con las mejores galas a la joven Toni, que debido a su color tostado servía muy bien para estas crueles argucias; animaba a la joven a que no negase a los desconocidos caricia alguna, excepción hecha de la última, que le había sido prohibida bajo pena de muerte, así que cuando Congo Hoango volvía con la tropa de negros de sus correrías por la región, la suerte que esperaba a los desgraciados que habían sido atraídos por aquellas malas artes, era la muerte.
 Como todos saben, en el año de 1803, cuando el general Desalines avanzó con trece mil negros hacia Puerto Príncipe, todo aquel cuyo color era blanco se aprestó a defender la plaza, pues era el último baluarte del poder francés en la isla, y si caía esta plaza todos los blancos que allí se encontraban estaban perdidos sin remisión.
 Sucedió, pues, que precisamente en ausencia del viejo Congo Hoango, que se había marchado en compañía de todos los negros para ayudar al general Desalines a transportar un cargamento de pólvora y plomo a través de las filas francesas, sucedió que en una noche lluviosa y tormentosa alguien golpeó a la puerta de atrás de la casa. La vieja Babekan, que yacía en el lecho, se levantó, y echándose una falda por encima abrió la ventana y preguntó quién era: “Por la Virgen y todos los Santos –dijo el desconocido en voz baja, acercándose a la ventana-, contestadme a esta pregunta, antes que me descubra”, y alargó la mano en la oscuridad de la noche, con intención de coger la mano de la vieja, preguntando: “¿Sois negra?” Babekan dijo: “Entonces seguro que sois un blanco, ya que esta tenebrosa noche os parece mejor que cualquier negra. Entrad –añadió-, y no temáis nada; aquí vive una mulata, la única que está en la casa conmigo, es mi hija, una mestiza”. Al decir esto cerró la ventana, como si fuera a bajar y a abrirle la puerta; y con el pretexto de que no encontraba la llave, después de coger algunos vestidos, corrió a la habitación de su hija, a la que despertó diciendo: “¡Toni! ¡Toni!” “¿Qué sucede, madre?” “¡Rápido! –dijo-. ¡Levántate y vístete! Aquñi tienes los vestidos, ropa blanca y medias. Un blanco, al que persiguen, está a la puerta y solicita que le dejemos entrar”. Toni preguntó: “¿Un blanco?” medio incorporándose en la cama. Cogió los vestidos que la vieja tenía en la mano y dijo: “¿Está solo, madre? No hemos de temer nada. ¿Y si le dejamos pasar?” “¡Nada, nada! –repuso la vieja, que traía luz-. Está solo y desarmado y el miedo hace temblar todos sus miembros”. Y mientras Toni se levantaba y se ponía el vestido y las medias, encendió el gran farol que estaba en un rincón del cuarto, anudó rápidamente el pelo de la joven, al estilo del país, en lo alto de la cabeza, y después que le hubo atado el justillo, le puso un sombrero, diole el farol en la mano y le ordenó dirigirse al patio para ir en busca del desconocido.
Resultado de imagen de heinrich von kleist la marquesa de o Entretanto, como ladrasen los perros, se despertó un niño llamado Nanky, que Congo Hoango había tenido como hijo natural de una negra y que dormía con su hermano Seppy en los edificios contiguos, y como viese al resplandor de la luna a un hombre que estaba cerca de la escalera de la parte posterior de la casa, se apresuró a ir hacia la puerta del patio por la que el desconocido había entrado, y como ya había hecho otras veces, le echó el cerrojo. El desconocido, que no comprendía qué significaban todos estos preparativos, preguntó al niño, después de comprobar con espanto que era un negro, quién vivía en estos establecimientos, y como escuchase la respuesta de que todo aquello pertenecía al negro Congo Hoango después de la muerte del señor de Villeneuve, estaba ya a punto de dar un empujón al niño, quitarle la llave del patio que llevaba en la mano y dirigirse al campo, cuando apareció Toni con un farol en la mano: “Rápido –dijo cogiéndole de la mano y haciéndole entrar-, venid aquí”. Hizo lo posible mientras decía esto para que la luz le diera de lleno sobre el rostro: “¿Quién eres? –dijo el desconocido, luchando por desprenderse y mirando su rostro con interés, por más de un motivo-. ¿Quién vive en esta casa, donde según me dices vas a salvarme?” “Nadie, por la luz del sol –dijo la muchacha-, nadie más que mi madre y yo”, y procuraba apresuradamente hacerle entrar. “¿Cómo que nadie? –exclamó el desconocido mientras, dando un paso atrás, se desprendía de su mano-. ¿Acaso no me ha dicho ese niño que aquí vive un negro llamado Hoango?” “Yo te digo que no –repuso la muchacha, mientras golpeaba el suelo con el pie en señal de desagrado-, y aunque esta casa perteneciese al sanguinario que lleva tal nombre, ahora está ausente y lejos de aquí más de diez millas”. Después de haber dicho esto, cogió al desconocido con las dos manos y le hizo entrar en la casa, dio órdenes al niño de que no dijese a nadie quién había entrado y después de haber traspasado la puerta, llevando al desconocido de la mano, le hizo subir las escaleras y le condujo al cuarto de su madre.
 “Bueno –dijo la vieja, que había escuchado la conversación desde lo alto de la ventana y había visto que era un oficial-. ¿Qué significa esa espada que lleváis bajo el brazo, dispuesta a dar mandobles? –y añadió mientras se encajaba bien las gafas-: Os hemos acogido en vuestra huida en nuestra casa, con peligro de nuestras vidas, y veo que habéis venido a pagar una buena acción con una traición, según es costumbre de vuestros compañeros”. “El cielo me valga”, repuso el desconocido, que estaba frente a ella. Cogió la mano de la vieja, la puso sobre su corazón y después de lanzar algunas miradas temerosas por la habitación, se desciñó la espada que llevaba al cinto y dijo: “¡Aquí tenéis ante vosotros a uno de los seres más desgraciados, pero jamás ingrato ni malvado!” “¿Quién sois?” preguntó la vieja, acercándole una silla, al tiempo que ordenaba a la muchacha que fuese a la cocina para que le trajese lo antes posible algo de cenar. “Soy un oficial de las fuerzas francesas, aunque como podréis juzgar no soy francés; mi patria es Suiza y mi nombre es Gustavo de Ried. ¡Ojalá nunca la hubiese abandonado a cambio de esta desgraciada región! Vengo de Fort Dauphin, donde, como ya sabréis, todos los blancos han sido asesinados, y tengo intención de llegar a Puerto Príncipe antes de que el general Desalines llegue con las tropas a su mando y le ponga sitio”. “¿De Fort Dauphin? –exclamó la vieja-. ¿Y con el color de vuestro semblante habéis podido atravesar todo este camino por medio de esta región de negros sublevados?”»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2005, en traducción de Carmen Bravo-Villasante, pp. 85-90. ISBN: 84-206-5886-3.]

viernes, 14 de diciembre de 2018

Diario del Primer Viaje.- Fray Bartolomé de las Casas (1484 - 1566)

 Resultado de imagen de fray bartolome de las casas  
Jueves, 11º de Octubre

«Navegó al Güesudueste. Tuvieron mucha mar, más que en todo el viaje avían tenido. Vieron pardelas y un junco verde junto a la nao. Vieron los de la caravela Pinta una caña y un palo y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con hierro y un pedaço de caña y otra yerva que naçe en tierra y una tablilla. Los de la caravela Niña también vieron otras señales de tierra y un palillo cargado d'escaramojos. Con  estas señales respiraron y alegráronse todos. Anduvieron en este día, hasta puesto el sol, 27 leguas. Después del sol puesto, navegó a su primer camino al Güeste. Andarían doze millas cada ora, y hasta dos oras después de media noche andarían 90 millas, que son 22 leguas y media. Y porque la caravela Pinta era más velera e iva delante del Almirante, halló tierra y hizo las señas qu'el Almirante avía mandado. Esta tierra vido primero un marinero que se dezía Rodrigo de Triana, puesto que el Almirante, a las diez de la noche, estando en el castillo de popa, vido lumbre; aunque fue cosa tan çerrada que no quiso afirmar que fuese tierra, pero llamó a Pero Gutiérrez repostero d'estrados del Rey e díxole que pareçía lumbre, que mirasse él, y así lo hizo y vídola. Díxolo también a Rodrigo Sánchez de Segovia, qu'el Rey y la Reina enbiavan en el armada por veedor, el cual no vido nada porque no estava en lugar do la pudiese ver. Después qu'el Almirante lo dixo, se vido una vez o dos, y era como una candelilla de cera que se alçava y levantava, lo cual a pocos pareçía ser indiçio de tierra; pero el Almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra. Por lo cual, cuando dixeron la Salve, que la acostumbran dezir e cantar a su manera todos los marineros y se hallan todos, rogó y amonestólos el Almirante que hiziesen buena guarda al castillo de proa, y mirasen bien por la tierra, y que al que le dixese primero que vía tierra le daría luego un jubón de seda, sin las otras mercedes que los Reyes avían prometido, que eran diez mil maravedís de juro a quien primero la viese. A las dos oras después de media noche pareció la tierra, de la cual estarían dos leguas. Amainaron todas las velas y quedaron con el treo que es la vela grande, sin bonetas, y pusiéronse a la corda, temporizando hasta el día viernes que llegaron a una isleta de los lucayos, que se llamava en lengua de indios Guanahaní. Luego vieron gente desnuda y el Almirante salió a tierra en la barca armada y Martín Alonso Pinçón y Viceinte Anes, su hermano, que era capitán de la Niña. Sacó el Almirante la vandera real y los capitanes con dos banderas de la Cruz Verde, que llevaba el Almirante en todos los navíos por seña, con una F y una I, ençima de cada letra su corona, una de un cabo de la + y otra de otro. Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra y a Rodrigo d'Escobedo escribano de toda el armada, y a Rodrigo Sánches de Segovia, y dixo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante todos tomava, como de hecho tomó, possessión de la dicha isla por el Rey e por la Reina sus señores, haziendo las protestaçiones que se requirían, como más largo se contiene en los testimonios que allí se hizieron por escripto. Luego se ayuntó allí mucha gente de la isla. Esto que se sigue son palabras formales del Almirante en su libro de su primera navegaçión y descubrimiento d'estas Indias. "Yo", dize él, "porque nos tuviesen mucha amistad, porque cognosçí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra sancta fe con amor que no por fuerça, les di a alguno d'ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidro que se ponían al pescueço, y otras cosas muchas de poco valor, con que ovieron mucho plazer y quedaron tanto nuestros que eran maravilla. Los cuales después venían a las barcas de los navíos adonde nos estábamos, nadando, y nos traían papagayos y hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocavan por otras cosas que nos les dávamos, como cuentezillas de vidro y cascaveles. En fin, todo tomavan y daban de aquello que tenían de buen voluntad, mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mugeres, aunque no vide más de una farto moça, y todos los que yo vi eran todos mançebos, que ninguno vide de edad de más de XXX años, muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos gruessos cuasi como sedas de cola de cavallos e cortos. Los cabellos traen por ençima de las çejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan. D'ellos se pintan de prieto, y d'ellos son de la color de los canarios, ni negros ni blancos, y d'ellos se pintan de blanco y d'ellos de colorado y d'ellos de lo que fallan; y d'ellos se pintan las caras y d'ellos todo el cuerpo y d'ellos solo los ojos y d'ellos solo el nariz. Ellos no traen armas ni las cognosçen, porque les amostré espadas y las tomavan por el filo y se cortavan con ignorançia. No tienen algún fierro; sus azagayas son unas varas sin fierro y algunas d'ellas tienen al cabo un diente de peçe y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos. Yo vide algunos que tenían señales de feridas en sus cuerpos y les hize señas qué era aquello y ellos me amostraron cómo allí venían gente de otras islas que estaban acerca y les querían tomar y se defendían. Y yo creí e creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por captivos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy presto dizen todo lo que les dezía. Y creo que ligeramente se harían cristianos, que me pareció que ninguna secta tenían. Yo plaziendo a Nuestro Señor levaré de aquí al tiempo de mi partida seis a Vuestras Altezas para que deprendan fablar. Ninguna bestia de ninguna manera vide, salvo papagayos en esta isla". Todas son palabras del Almirante.»
 
   [El texto pertenece a la obra "Cristóbal Colón. Textos y documentos completos", al cuidado de Consuelo Varela, en edición de Alianza Universidad, 1997. ISBN:84-206-2320-2.]