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domingo, 14 de abril de 2024

54.- Wu Ming (Roberto Bui -Wu Ming 1-, Giovanni Cattabriga -Wu Ming 2-, Luca Di Meo -Wu Ming 3-, Federico Guglielmi -Wu Ming 4- y Riccardo Pedrini -Wu Ming 5-)


Narrativa transmediática y communal fiction en Wu Ming ...
Primera parte: Šipan

Capítulo 5

  «Declaración realizada el 8/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana sobre la desaparición de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 Me llamo Pagano Salvatore, nacido en Nápoles el día 21 de julio de 1934. Mi madre se llamaba Carmela, pero todos la conocían como Nennella, sobre todo en Vergini. El barrio, quiero decir. El barrio de Vergini.
 De mi padre nada sé, y no digo más.
 A mí, sin embargo, los amigos, los chalanes de Agnano y también otros amigos, me llaman Kociss. Bueno, también Salva el de la Virgen, pero más Kociss. ¿No lo entiende? Kociss, con «k», ya sé que en nuestro alfabeto no existe, pero en el americano y los extranjeros, sí. La k, quiero decir. Pero ¿no conoce usted al gran futbolista húngaro? ¡Kociss!
 ¿Si soy futbolista? No, pero qué importa, número uno, porque yo al balón sé jugar de verdad, y aunque tengo casi veinte años, si tuviera más suerte hasta podría triunfar, pero da igual, porque el nombre me lo gané por algo que no tiene nada que ver con el balón, bueno, sí, tiene que ver, pero esto es otra historia. En fin, ¿tiene presente a ese gran equipo que es Hungría, que este año ganará a todos en la Copa del Mundo que se juega en Suiza? Pues en ese equipo hay varios jugadores y hay uno que mete cada gol de cabeza que, cómo le diría, los clava. Fulminantes. Él y Puskas meten goles a paladas, lo nunca visto, vamos. Y este que le digo los mete casi todos de cabeza, el no va más. Kociss.
 Pero, bueno, a lo que iba, que algunos amigos y otros también, ya sabe cómo son los amigos, siempre de coña, en fin, que me llaman así porque según dicen cuando me pongo a discutir con algún tipejo que tiene mal perder, cosa que no suele ocurrir, quede claro, pues eso, que pocas veces eso pasa y que si tú de qué vas, a mí no me vaciles, salen a relucir las madres y hasta ahí hemos llegado, ya me entiende, pues eso, que según ellos les suelto un cabezazo, aunque eso pasaría una vez, dos como mucho, ya sabe cómo son los amigos, y dicen que les dejo grogui, y por eso me pusieron ese nombre. Pero no era esto lo importante, perdone, lo que quería decirle es que en el asunto ese del televisor yo no tengo nada que ver.
[…]

Capítulo 11

  Declaración hecha el 25/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana por Pagano Salvatore, de padre desconocido, sospechoso del robo de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 De acuerdo, entendido. Dice usted que hubo una persona que me vio por la base. Agnano, quiero decir. La base de los Aliados de Agnano. Pero ¿qué significa eso? Puede haberse equivocado, ya sabe lo que pasa cuando está oscuro, que cree uno reconocer a un amigo y en cambio es alguien que no tiene nada que ver. Eso es, así debe de haber sido. ¿Qué cree? Hay más de una persona que le puede decir que estaba en la fiesta. Ya le hablé la vez pasada de la fiesta, esa de Reyes. En el orfelinato de Santa Teresa. Por supuesto, para repartir los regalos a los críos, ¿cómo no? Puede preguntarle a sor Juliana, si usted quiere, allí no estaba oscuro, ella me vio perfectamente la cara, incluso hablamos. Y estaba además sor Magdalena, puede preguntarle también a ella. No pensará que dos monjas vayan a mentirle, son esposas de Cristo, ya conoce a las monjas, oración y buenas obras, no saben siquiera lo que es la mentira, es decir, entiéndame, lo saben, pero piensan que cuando se miente la Virgen llora, de veras, eso nos decían, ¿ya sabes lo que pasa si dices mentiras?
 A mí fueron ellas las que me educaron. Las monjas, quiero decir. Sor Juliana y sor Magdalena juntas. Usted mismo puede comprobarlo, hasta los trece años viví en el orfelinato de Santa Teresa, porque, en fin, mi madre apenas tenía dinero para ir tirando, la pobre, y con el oficio al que se dedicaba, no sé si me explico, una criatura era una buena carga. De mi padre, en cambio, no añado más. Hermanos, hermanas, tal vez tengo muchos, pero nunca nadie me ha dicho nada.
 Y ya que va, cuando vea a las monjas, pregúnteles a ellas si soy yo un delincuente, como dice. Ya sabe, ellas no dicen nunca mentiras. ¿Salvatore Pagano? Es un buen chaval, sí, siempre con los caballos, con las apuestas, pero ¿qué quiere usted?, de alguna manera se tiene que vivir. Porque a ellas, las monjas, tampoco las apuestas les hacen mucha gracia. Pues si uno apuesta demasiado, hace llorar a santa Teresa. Eso nos decían. Cada pecado tiene a su santo que llora, y cuanto más grave es el pecado más importante es el santo. Pero, perdone, le estaba hablando de las monjas. ¿Salvatore Pagano? No ha robado nunca nada, le dirían, aparte de algún que otro caramelo, y sí, claro, también algún que otro cigarrillo, y una vez, pero una sola vez, una botella de vino de la bodega, pero un televisor, eso es demasiado, ¿y dónde habría puesto él un televisor? No, no, Salva es un buen chaval, le dirían.
 Porque, mire, para demostrarle que quiero ser sincero con usted hasta el fondo, como en un confesionario, aparte de los caramelos, los cigarrillos y la botella de vino, una vez, pero una sola, ¿eh?, hubo también otra cosa. Y no creo que esto las hermanas se lo vayan a contar, porque, en fin, también ellas, en este caso, ¿entendido, no? Y esto es lo más gordo que he hecho nunca, con la mejor de las intenciones, por supuesto, algo justo, sí señor, pues de lo contrario las hermanas no me lo hubieran dejado hacer nunca, pues vivía aún medio con ellas, en aquel entonces. Sí, medio, en fin, a medias, a ratos, por el día me iba por mi cuenta y por la noche volvía con ellas a dormir. Tenía trece años, entonces.
54 wu ming - Vendido en Venta Directa - 145141054 ¿Le he dicho, no, que hay ciertos amigos, pero pocos, y otros también que me conocen como Salva el de la Virgen? No, no, tranquilo, no estoy cambiando de tema otra vez. Esto tiene que ver con esa cosa gorda, pero justa, que hice hace mucho tiempo, la de las monjas. En fin, le decía que me llaman así, Salva el de la Virgen, por el hecho de que yo, no solo precisamente, mejor dicho, junto con otras personas, hice llorar a la Virgen. ¿Para qué mentir, disculpe? Eso es una forma de hablar. No, a estas Vírgenes no las he hecho llorar con mentiras. Esas lloraban de verdad. Es decir, de verdad no, no era un verdadero milagro, era una mentira, pero lloraban, eso sí. ¿Que no entiende? Se lo explicaré mejor: esas otras personas con las que estaba echaban una mano a otras personas, gente importante, peces gordos. Estos peces gordos iban a muchísimos pueblos de los alrededores de Nápoles, Acerra, Marano, Afragola, hablaban de sus cosas, hacían propaganda, contaban sus proyectos. Y cuando se iban, y la gente seguía aún toda allí, al pie del escenario, pues estos peces gordos hablaban desde un escenario, nos presentábamos nosotros. O sea, esas otras personas y yo. Y no es que yo tuviera que hacer gran cosa, me mandaban a la iglesia del pueblo, junto con el párroco, que estaba también con nosotros, y en un momento dado tenía que salir yo corriendo afuera, como loco, diciendo que había visto llorar a la Virgen, que era un milagro, ¡corred!, que una viejecita que estaba a mi lado se había desmayado del susto. Y había veces en que esas otras personas que estaban conmigo habían colocado una botellita de agua dentro de la estatuilla de la Virgen, y ella lloraba de veras, es decir, de veras no exactamente, no es que fuera un milagro, pero, en fin, parecía que llorase. Pero en otras ocasiones no era necesario, bastaba con que los del pueblo vieran al chaval y a la viejecita que decían sí, que la Virgen había llorado, que ellos la habían visto, mientras aquel pez gordo decía que había que votar por él, cruz sobre cruz, pues si no ni Virgen ni Italia ni nada, iban a llegar esos ogros que se comían a los niños y… ¿No quiere que le cuente esta historia? ¿Que ya la conoce? Está bien, está bien, no diré nada más, ya le dije que era algo gordo, que a usted se lo quería contar todo, como en un confesionario, en fin, pero a mí esa gente me la hicieron conocer las monjas, y me dijeron que, bueno, había mentiras y mentiras, y que ésa era con buenas intenciones, también usted hubiera dicho mentiras buenas, y esta era una de ellas, y era tan buena que a fuerza de decirla parece que salvamos a Italia en el cuarenta y ocho, yo y esas otras personas… Está bien, no le interesa, ya lo he entendido, acabo enseguida, en cualquier caso fue por eso por lo que algunos amigos, pero pocos, y también otros me llamaban Salva el de la Virgen. A mí, Kociss me gusta mucho más.
 Pero si no quiere oír esta historia, vuelvo a decirle que yo con este problema del televisor americano no tengo nada que ver. Y esto de la Virgen es lo más gordo que he hecho nunca.
 ¿Las cinco mil liras, dice? ¿Qué cinco mil liras? ¿Que las tenía en el bolsillo? Bueno, sí, es cierto, cinco mil liras, pero esas son mías. ¿Y cree que si hubiera vendido a alguien un televisor americano le habría pedido nada más que cinco mil liras? Vale veinte veces más, por lo menos. Pero le parece extraño que uno como yo vaya por ahí con cinco mil liras en el bolsillo. Y bueno, ya le he dicho que tampoco a las monjas les gusta, pero que yo apuesto a los caballos, que santa Teresa me perdone, y las veces que gano, me saco alguna cosa. Además, ya sabe lo que pasa, siempre ando por el hipódromo, y limpia aquí, lleva esto allá, vete rápido a hacer una apuesta para el señor que no quiere molestarse, y también así se saca uno algo. Pero poquita cosa, cuatrocientas, quinientas liras como mucho. Las cinco mil liras, esas las gané a los caballos. En el Gran Premio del domingo éramos tres, me parece, yo aposté por Monte Allegro, todos decían que ganaría Ninfa y en cambio ganó Monte Allegro. Ya sabe, Agnano es mi segunda casa, o mejor dicho, incluso la primera, y yo los caballos los conozco bien de verdad, y Ninfa el día antes había tenido un cólico de miedo, mientras que Monte Allegro estaba en buena forma. El totalizador lo daba a cien liras, puede comprobarlo usted mismo, y yo aposté por él todos mis ahorros, quinientas liras, exactamente.
 ¡Una gran apuesta, comisario, nunca he visto tanto dinero en mi vida!»

      [Wu Ming es el pseudónimo de un grupo de escritores italianos que trabajan de forma colectiva].
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Mondadori, 2003, en traducción de José Ramón Monreal, pp. 50 y 75-76. ISBN: 978-84-3970-985-5.]


domingo, 25 de diciembre de 2022

La muerte y la doncella.- Ariel Dorfman (1942)


JTM
Tercer acto. Escena 1


  «Está atardeciendo. Gerardo y Paulina están afuera, en la terraza frente al mar, Gerardo tiene una grabadora. Roberto adentro, atado.
   Paulina: No entiendo por qué.
   Gerardo: Necesito saber.
   Paulina: ¿Por qué? (Pausa breve)
  Gerardo: Te quiero, Paulina. Necesito saberlo de tus labios. No es justo que después de tantos años quien me lo diga sea él. No sería… tolerable.
  Paulina:  En cambio si yo te lo digo ¿es… tolerable?
  Gerardo: Más tolerable que si me lo dice primero él.
 Paulina: Ya te lo conté una vez, Gerardo. ¿No te bastó?
  Gerardo: Hace quince años me empezaste a contar y después…
 Paulina: No te iba a seguir contando frente a esa puta, ¿no? Apareció esa puta, saliendo de tu dormitorio medio desnuda preguntándote que por qué estabas tardando tanto, no iba a…
   Gerardo: No era puta.
   Paulina: ¿Sabía ella dónde estaba yo? (Pausa breve.) Sabía, claro que sabía. Una puta. Acostarse con un hombre cuando su mujer no estaba precisamente en condiciones de defenderse, ¿no?
   Gerardo: No vamos a empezar con esto de nuevo, Paulina.
   Paulina: Tú empezaste.
   Gerardo: Cuántas veces te lo tengo que… Llevaba dos meses tratando de ubicarte. Ella pasó a verme, dijo que podía ayudar. Nos tomamos unos tragos y… por Dios, yo también soy humano.
   Paulina: Mientras yo te defendí, mientras tu nombre no salió de mi boca. Pregúntale, pregúntale a Miranda si yo siquiera te mencioné una vez, mientras que tú…
   Gerardo: Ya me perdonaste, ya me perdonaste, ¡hasta cuando! Nos vamos a morir de tanto pasado, nos vamos a sofocar de tanto dolor y recriminación. Terminemos la conversación que interrumpimos hace quince años, cerremos este capítulo de una vez por todas, terminémosla de una vez y no volvamos a hablar de esto nunca más.
   Paulina: Borrón y cuenta nueva, ¿eh?
  Gerardo: Borrón no, cuenta nueva sí. ¿O vamos a estar pagando una y otra y otra vez la misma cuenta? Hay que vivir, garita, vivir, hay tanto futuro que nos…
   Paulina: ¿Y qué querías? ¿Qué te hablara frente a ella? ¿Qué te dijera, me violaron, pero yo no dije tu nombre, frente a ella, que yo te lo…? ¿Cuántas veces?
   Gerardo: ¿Cuántas veces qué?
   Paulina: ¿Cuántas veces le hiciste el amor? ¿Cuántas?
   Gerardo: Paulina…
   Paulina: ¿Cuántas?
   Gerardo: Mi amor.
   Paulina: ¿Cuántas? Yo te cuento, tú me cuentas.
 Gerardo: (desesperado, sacudiéndola y después abrazándola) Paulina, Paulina, Paulina. ¿Me quieres destruir? ¿Eso quieres?
   Paulina: No.
   Gerardo: Lo vas a conseguir. Lo vas a conseguir y vas a quedarte sola en un mundo en que yo no exista, en que no me vas a tener más. ¿Eso es lo que quieres?
   Paulina: Quiero saber cuántas veces hiciste el amor con esa puta.
   Gerardo: No sigas, Paulina. No digas ni una palabra más.
  Paulina: La habías visto antes, ¿no? No fue ésa la primera noche. Gerardo, la verdad, necesito saber la verdad.
   Gerardo: ¿Aunque nos destruya?
   Paulina: Tú me cuentas, yo te cuento. ¿Cuántas veces, Gerardo?
   Gerardo: Dos veces.
   Paulina: Esa noche. ¿Y antes?
   Gerardo: (muy bajo) Tres.
   Paulina: ¿Qué?
   Gerardo: (más fuerte) Tres veces antes.
   Paulina: ¿Tanto te gustó? (Pausa) Y a ella le gustó, ¿no? Le tiene que haber gustado si volvió…
   Gerardo: ¿Te das cuenta de lo que me estás haciendo, Paulina?
   Paulina: ¿Irreparable?
 Gerardo: (desesperado) ¿Pero qué más quieres? ¿Qué más quieres de mí? Sobrevivimos la dictadura, la sobrevivimos, y ahora ¿nos vamos a destruir, vamos a hacernos tú y yo lo que estos desgraciados fueron incapaces de hacernos?
   Paulina: No.
   Gerardo: ¿Quieres que me vaya? ¿Eso quieres? ¿Qué salga por esa puerta y no vuelva nunca más?
   Paulina: No.
Descargar] La muerte y la doncella - Ariel Dorfman en PDF — Libros ...  Gerardo: Lo vas a conseguir. Uno también se puede morir de demasiada verdad. (Pausa) ¿Me quieres destruir? Me tienes en tus manos como si fuera un bebé, indefenso, en tus manos, desnudo. ¿Me quieres destruir? ¿Me vas a tratar como tratas al hombre que te…?
   Paulina: No.
   Gerardo: ¿Me quieres…?
  Paulina: (Susurrando) Te quiero vivo. Te quiero adentro mío, vivo. Te quiero haciéndome el amor y te quiero en la Comisión defendiendo la verdad y te quiero en mi Schubert que voy a recuperar y te quiero adoptando un niño conmigo…
   Gerardo: Sí, Paulina, sí, mi amor.
   Paulina: Y te quiero cuidar minuto a minuto como tú me cuidaste a mí a partir de esa…
   Gerardo: Nunca vuelvas a mencionar a esa puta noche. Si sigues y sigues con esa noche, me vas a destruir, Paulina. ¿Eso quieres?
   Paulina: No.
   Gerardo: ¿Me vas a contar entonces?
   Paulina: Sí.
   Gerardo: ¿Todo?
   Paulina: Todo. Te lo voy a contar todo.
   Gerardo: Así… así vamos a salir adelante… Sin escondernos nada, juntos, como hemos estado estos años, así, ¿sin odio? ¿No es cierto?
   Paulina: Sí.
   Gerardo: ¿No te importa que te ponga la grabadora?
   Paulina: Pónmela. (Gerardo pone la grabadora)
   Gerardo: Como si estuvieras frente a la Comisión.
   Paulina: No sé cómo empezar.
   Gerardo: Empieza con tu nombre.
   Paulina: Me llamo Paulina Salas. Ahora estoy casada con el abogado don Gerardo Escobar pero en ese tiempo…
   Gerardo: Fecha…
   Paulina: El 6 de abril de 1975, yo era soltera. Iba por la calle San Antonio…
   Gerardo: Lo más preciso que puedas…
   Paulina: A la altura de Huérfanos, cuando escuché detrás mío un… tres hombres se bajaron de un auto, me encañonaron, si habla una palabra le volamos la cabeza, señorita, uno de ellos me escupió las palabras en el oído. Tenía olor a ajo. No me sorprendió que tuviera ese olor sino que a mí me importara, que me fijara en eso, que pensara en el almuerzo que él acababa de comerse, que estaba digiriendo con todos los ór­ganos que yo había estudiado en mi carrera en Medicina. Después me reproché a mí misma, tuve mucho tiempo en realidad para pensarlo, yo sabía que en esas circunstancias había que gritar, que la gente supiera que me agarraron, gritar mi nombre, soy Paulina Salas, me están secuestran­do, que si uno no pega ese grito en ese primer momento ya te derrotaron, y yo agaché el moño, me entregué a ellos sin protestar, me puse a obedecerlos demasiado pronto. Siempre fui de­masiado obediente toda mi vida.» 

     [El texto pertenece a la edición en español de Editor digital Titivillus, 1990.]

martes, 27 de agosto de 2019

Discursos.- Iseo (420 a.C. - 350 a.C.)


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XII.- En defensa de Eufileto
Argumento

«Al demo de Erquia lo cita ante el tribunal uno de sus miembros excluido por votación, que alega haber sido privado injustamente del derecho de ciudadanía. Se había redactado por parte de los atenienses una ley según la cual se haría un censo de los ciudadanos por demos; el que fuera excluido en votación por los miembros de su demo no participaría del derecho de ciudadanía, pero los que hubieran sido excluidos injustamente podrían hacer una apelación ante el tribunal después de citar a los miembros de su demo y, si por segunda vez resultaban convictos, serían vendidos como esclavos y confiscados sus bienes. De acuerdo con esta ley, Eufileto, después de citar a los miembros del demo de Erquia porque, según él, habían votado en su contra injustamente, emprende este proceso. [...]
 Que, en efecto, jueces, Eufileto, aquí presente es hermano nuestro, lo habéis oído no sólo a nosotros, sino también a todos los parientes que han testificado. Pero pensad primeramente en nuestro padre, por qué razón iba a mentir y a haber adoptado a éste como hijo suyo si no lo era. Os daréis cuenta de que todos los que hacen algo semejante es, bien porque no tienen hijos legítimos, bien porque, a causa de la pobreza, se ven obligados a adoptar extranjeros para sacar de ellos algún beneficio si , con su ayuda, llegan a hacerse atenienses. Pues bien, a nuestro padre no le sucede ninguna de estas dos cosas: nosotros somos sus dos hijos legítimos, de modo que, al menos por soledad, no habría adoptado a éste. Pero, además, tampoco necesitaba del sustento ni de la buena situación de Eufileto, porque tiene un medio de vida suficiente y, aparte, se os ha atestiguado que desde pequeño lo ha criado, instruido e introducido en su fratría y éstos no son gastos insignificantes. Así que no es lógico, ciudadanos, que nuestro padre intentara un acto tan injusto, cuando no sacaba ningún provecho. Y tampoco a mí nadie me supondría tan completamente insensato como para testificar en falso a favor de Eufileto, de modo que fuésemos más a repartir el patrimonio familiar. En efecto, no tendría posibilidad siquiera de reclamar después que no es hermano mío, pues ninguno de vosotros soportaría escuchar mi voz si ahora, exponiéndome al peligro de un proceso por falso testimonio, declaro que es nuestro hermano, y después se me ve contradiciendo estas palabras. Además, no sólo nosotros, jueces, es razonable que hayamos testificado la verdad, sino también los demás parientes. Porque pensad, en primer lugar, que los maridos de nuestras hermanas jamás habrían declarado en falso sobre Eufileto: la madre de éste se había convertido en madrastra de nuestras hermanas y casi siempre acostumbran a tener discrepancias mutuas las madrastras y las hijastras; de modo que si éste le hubiese nacido a la madrastra de algún otro hombre y no de nuestro padre, jamás, ciudadanos, nuestras hermanas habrían permitido que sus maridos testificaran  ni se lo habrían consentido. Y por cierto, tampoco nuestro tío, que lo es por parte de madre e indudablemente no tiene con él ningún parentesco, habría querido, jueces, presentar a favor de la madre de éste un testimonio falso, que nos causa un daño evidente, si, pese a ser extranjero, lo adoptamos como hermano nuestro. Además, jueces, ¿cómo alguno de vosotros podría acusar de falso testimonio a Demárato, aquí presente, y a Hegemón y Nicóstrato, que, en primer lugar, son conocidos por no haber hecho nunca nada vergonzoso y, en segundo lugar, siendo parientes nuestros y conociéndonos a todos, han atestiguado cada uno su parentesco con Eufileto, aquí presente? Así que con gusto preguntaría al más respetable de nuestros oponentes si hay algún otro medio de poder demostrar que es ateniense, distinto a este por el que nosotros demostramos que Eufileto lo es. Yo creo que él no podría decir nada más, salvo que su madre es ciudadana y esposa legítima y su padre ciudadano, y podría presentar como testigos de que esto es cierto a sus parientes. Luego, jueces, si nuestros adversarios estuvieran en peligro de ser condenados, os pedirían que confiarais más en el testimonio de sus familiares que en los acusadores; pero ahora que os hemos presentado todas estas pruebas, ¿os van a pedir que deis más crédito a sus palabras que al padre de Eufileto, a mí, a mi hermano, a los miembros de la fratría y a todo nuestra familia? Y por cierto, nuestros adversarios actúan así, sin correr ningún peligro, por una enemistad privada, mientras que nosotros declaramos arriesgándonos todos a un proceso por falso testimonio. Junto a estos testimonios, jueces, en primer lugar la madre de Eufileto, que nuestros oponentes admiten ciudadana, quería prestar juramento  ante el árbitro, en el Delfinio, de que realmente Eufileto, aquí presente es hijo suyo y de nuestro padre. Y en verdad, ¿quién debía saberlo mejor que ella? En segundo lugar, jueces, nuestro padre, que lógicamente es quien, después de su madre, conoce mejor a su hijo, tanto entonces como ahora desea jurar que Eufileto, aquí presente, es hijo suyo nacido de una ciudadana y esposa legítima suya. Además, jueces, resulta que yo tenía trece años, como dije antes también, cuando éste nació y estoy dispuesto a jurar que, en verdad, Eufileto, aquí presente, es mi hermano paterno. De modo, jueces, que sería justo considerarais más fiables nuestros juramentos que las palabras de nuestros adversarios porque nosotros, que lo conocemos perfectamente, queremos prestar juramento sobre él, mientras que nuestros adversarios dicen esto porque lo han oído a sus enemigos o lo inventan ellos mismos. Además, jueces, nosotros hacemos comparecer como testigos ante los árbitros y ante vosotros a nuestros familiares, de los que no es justo desconfiar; nuestros adversarios, en cambio, cuando Eufileto incoó el primer proceso contra la comunidad del demo y el demarco de entonces, que ahora está muerto, pese a que el árbitro tuvo el caso durante dos años, no pudieron hallar ningún testimonio de que Eufileto es hijo de otro padre distinto del nuestro. Para los árbitros éste era el indicio más importante de que nuestros oponentes mentían y uno y otro dictaminaron contra ellos.»
 [El texto pertenece a la edición en español de RBA, 2007, en traducción de María Dolores Jiménez López. ISBN: 978-84-473-5413-9.]

lunes, 29 de julio de 2019

Esperanzas juveniles.- John Galsworthy (1867-1933)

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Capítulo XXXII

«-La situación, Honorable, parece ser ésta. Usted mismo ha de juzgar si es más aceptable la declaración jurada de cuatro ciudadanos  o bien sólo la de dos.
 El magistrado se removió en su silla.
 -Estoy perfectamente informado de la situación, señor Buttall. ¿Qué dice usted, capitán Cherrell, de la atestiguación según la cual el "boy" Manuel estaba ausente?
 Los ojos de Dinny se posaron en el rostro de su hermano. Estaba impasible y se mostraba ligeramente icónico.
 -Nada, sir. No sé dónde se hallaba Manuel. Estaba demasiado ocupado en salvar mi vida. Sólo sé que se me acercó casi en seguida.
 -¿Casi? ¿Cuánto tiempo después?
 -En realidad, lo ignoro, sir. Tal vez tardó un minuto. Yo intentaba detener la sangre y me desmayé en el instante en que llegó.
 Durante los siguientes discursos de los dos abogados, la apatía de Dinny volvió y desapareció de nuevo en el curso de los cinco minutos de silencio que les sucedieron. En todo el Tribunal, tan sólo el magistrado parecía ocupado; y era como si nunca hubiese tenido que acabar. Mirándole a través de las pestañas entornadas, le veía consultar una serie de documentos. Tenía el rostro colorado, la nariz larga, la barbilla puntiaguda, y unos ojos que le agradaban todas las veces que lograba verlos. Instintivamente sentía que no se encontraba a sus anchas. Finalmente dijo:
 -En este caso, yo no debo indagar si ha sido cometido un delito o si el acusado lo ha cometido; tan sólo debo preguntarme si las declaraciones que me han sido presentadas son tales que me convenzan de que la acusación que contienen constituye un delito por el cual pueda pedirse la extradición, si el mandato extendido por el país extranjero está debidamente autentificado y si se han aducido pruebas suficientes para justificar, por parte de dicho país, que el acusado debe sufrir proceso ante los Tribunales.
 Se detuvo un momento, y luego añadió:
 -No cabe duda de que el delito  alegado es susceptible de extradición y que el mandato extranjero está debidamente autentificado.
 Se detuvo de nuevo y, en un silencio de muerte, Dinny oyó un largo suspiro, como si hubiera sido emitido por un espectro; tan aislado e incorpóreo fue su sonido. Los ojos del magistrado se volvieron para mirar a Hubert y continuó:
 -A pesar mío, he llegado a la conclusión de que, basándome sobre las declaraciones aducidas, es mi deber recluir en la cárcel al acusado, donde aguardará a que le entreguen al Gobierno extranjero, tras mandato del secretario de Estado, si éste juzgara oportuno extender dicho mandato. He escuchado la declaración del acusado, según la cual él tenía una antecedente justificación que quitaba al hecho de que le acusaban todo carácter de delito, sostenida por la declaración de un testigo y contradicha por la de otros cuatro. No tengo la posibilidad de escoger entre la calidad contradictoria de estas dos declaraciones, salvo en la proporción de cuatro contra dos y, por consiguiente, dejaré de ocuparme de ello. Frente a la declaración jurada de cuatro testigos, que sostienen que hubo premeditación, no creo que la afirmación contraria del acusado, no corroborada por prueba alguna, podría justificar, en caso de delito cometido en este país, la negativa de entregarle a los Tribunales. Por lo tanto, no puedo aceptarla como justificación de la negativa de entregarle, tratándose de un delito cometido en otro país. No titubeo en confesar mi poca satisfacción al llegar a esta conclusión, pero me parece que no tengo otra salida. La cuestión, repito, no estriba en el hecho de que el acusado sea más o menos inocente, pero en lo que se refiere a si se ha de celebrar o no un proceso, yo no puedo asumir la responsabilidad de decir que no habría de tener lugar. En ocasiones como esta, la última palabra ha de decirla el secretario de Estado, quien extiende la orden de entrega. Yo, por lo tanto, lo recluyo en la cárcel, donde aguardará a que el mandato sea extendido. No será entregado usted hasta que no haya expirado el plazo de quince días, y tiene usted derecho a pedir la aplicación de la ley del Habeas Corpus, por lo que a la legalidad de su encarcelamiento se refiere. Yo no tengo poder de otorgarle ulterior libertad provisional, pero puede que la logre si la solicita a la Real Corte.
 Los ojos horrorizados de Dinny vieron que Hubert, muy tieso, hacía una ligera inclinación al magistrado y salía del banco lentamente y sin volverse. Tras de él salió también su abogado.
 Ella permaneció sentada, como atontada, y su única impresión de los momentos que siguieron fue la visión del petrificado rostro de Jean y de las bronceadas manos de Alan, que se apretaban sobre el puño de su bastón.
 Volvió en sí al darse cuenta de que las lágrimas surcaban las mejillas de su madre, y que su padre se había puesto en pie.
 -Vamos -dijo éste-, salgamos de aquí.
 En ese momento lo sintió más por su padre que por cualquier otro. Desde que había sucedido el hecho, ¡había hablado tan poco y sufrido tanto! ¡Para él era espantoso! Dinny comprendía harto bien sus sencillos sentimientos. Para él, la negativa de creer en la palabra de Hubert significaba un insulto lanzado a la cara de su hijo, a la suya, padre de Hubert, y también a la cara de todo cuanto ellos representaban: a la cara de todos los soldados y de todos los caballeros.
 Fuera lo que fuese que sucediese más adelante, jamás volvería a rehacerse del golpe. Entre la justicia y lo que era justo, ¡qué inexorable incompatibilidad! ¿Es que había hombres más honorables que su padre, que su hermano y que aquel mismo magistrado?»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1991, en traducción de Emilia Bartel. ISBN: 84-402-1076-0.]

domingo, 12 de mayo de 2019

El huracán y la mariposa.- Yolanda Guerrero (1962)


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XXXVI: Camila

«Yo, María Camila de la Virgen Baena Mondragón, recuerdo a sus señorías ahora más que nunca lo de la clemencia a cambio de verdad, porque lo que voy a declarar es el asunto más grueso y lo que más me compromete e incluso puede hacer peligrar mi vida.
 Antes de seguir queden advertidos de que lo que voy a contar sin nombres, que hasta ahora sólo el de Yosmán he mencionado y ese fue el trato. A él se lo entrego a sus señorías porque es hierba del diablo, pero incluso el de Franklin es inventado, conque ninguno más leerán en esta declaración, que yo no soy cabra, como decía Humberto, ni tampoco chivata, como se dice en España, así que voy a rajar a leña justa.
 Nuestra familia, la banda que también llamábamos clica de la Drago9 y que creó Yosmán, tenía nueve grandes jefes que dirigían el negocio, porque nueve son las clases de dragones que existen, según él mismo había estudiado. Los nueve jefes eran los dragones del cielo, del espíritu, de los tesoros escondidos, del mundo subterráneo, el que tiene alas, el que tiene cuernos, el enroscado, el amarillo y, por último, el rey dragón, que era el mero mero, Yosmán y no otro. Vayan ustedes averiguando a qué comercio se dedicaba cada uno, que eso no lo voy a desvelar yo ahora. Las señorías que me lean sabrán.
 La Drago9 tenía también a la cabeza una comandancia de cuatro que éramos los especiales y más entrenados, y los que sabíamos por dónde se le derramaban los pensamientos a Yosmán cuando andaba hasta atrás de farlopa o de anfetas.
 Estaba el dragón rey del mar del Sur, que traía de las tierras de allá abajo muchachitas con piel de chocolate y dientes de marfil y las colocaba en burdeles mucho mejores que el congal de mi ranchito. Yo no sufría por ellas porque sabía que en esos lugares comerían más y de mayor calidad que en las selvas de donde las había sacado el dragón de nuestra clica, que él mismo me lo dijo y yo le creí.
 Estaba también el dragón rey del mar del Este, el que mercaba en Oriente pistolas y cuernos de chivo más modernos que el que tenía el Archi junto a la cama, y se los vendía a quien pudiera pagar, que sus señorías no imaginan cuánto demente con ansia de clavar hojas de acero en las entrañas hay en el mundo. Una vez oí un grillerío sobre unos locos con turbante que le pidieron al dragón del Este unas cuantas limaduras de explosivo, y pongo la mano y el cuerpo en el fuego que nuestro dragón no se las vendió, porque éramos una broza de delincuentes, no de asesinos. Esto no lo puedo jurar, pero yo necesito creerlo para dormir por las noches.
 Venía luego el de mar del Norte, que montaba peladeros para despelucar a los codiciosos que perdían la cabeza por una buena timba con apuestas a lo grande, y salían con las orejas caídas y con cara de perro calentado a golpes. Pero yo me reía de ellos y le decía a nuestro dragón una frase que muchas veces escuché al Archiduque, y era que no la saquen del comal hasta que se haga totopo, que quería decir algo así como que no dejaran que el pendejo se les fuera sin soltar toda la lana, que para eso era un canalla avaricioso que seguro se estaba jugando sobre la mesa el salario con el que debía dar de comer a sus churumbeles, y que todo lo malo que le pasara lo tenía merecido.
 Y, por último, estaba yo, que fui la leidi de Yosmán y La Leidi de la Drago9, la reina del mar del Oeste, la que partía el queso porque era la dealer, la narco de la familia, para que me entiendan, y en mi tiendita se podían pillar los mejores jaimitos y volcanes. Pero estaba especializada en lo clásico, en talco y sobre todo en dama blanca... ya saben de qué les estoy hablando. Merqué con muchas piedritas en los años que Yosmán me tuvo recibiéndolas y trayéndolas, y les aseguro que yo nunca me arponeé, o mejor dicho me arponeé poco, muy poco para lo que podía, porque toda la nieve del mundo estaba a mi disposición. Esto lo digo sin miedo, aunque pos si acaso vuelvo a recordarles lo de la clemencia.
 Hasta que se fue todo a la fregada y ya no hubo polvo blanco, ni tiendita, ni Yosmán, ni dragones que vinieran en mi auxilio.
 
 Durante mucho tiempo creí que la culpa había sido de los tigres, los pinches Tigres de Chinautla. A los tigres ni agua, leidi, me advertía Yosmán, que no hay animal más enemigo del dragón que el tigre y sólo busca nuestro mal y aniquilarnos a todos. A mí al principio no me parecían tan pérfidos, porque en la clica que montaron nuestros rivales había pendejos que hablaban como yo, con la misma mezcla de palabras de otro país y de este, que a veces ni nosotros mismos sabíamos lo que decíamos. Se llamaban los Tigres de Chinautla porque sus papás habían nacido en un país pegado a aquel en el que nací yo, el suyo era Guatemala, y algunos crecieron en un pueblito llamado Santa Cruz Chinautla. De él tomaron el nombre, para no olvidarse nunca de dónde viene uno porque así es más fácil después saber adónde se quiere ir, que a mí aquellas cosas que me decía mi amiga la tigresa Yenni, y este también es un nombre inventado, se me quedaban muy dentro.
 Todos los tigres son malos, me insistía Yosmán, nosotros los dragones y ellos los tigres somos la noche y el día. O, de una forma más culta, el yin y el yang, unas palabras extrañas que usaban los monjes antiguos de países muy lejanos para hablar de los hombres y las mujeres, según creía yo entender a mi agüitado, y por lo visto todo lo yang era masculino y lo yin femenino.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Catedral, 2017. ISBN: 978-84-16673-28-5.]