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domingo, 19 de junio de 2022

El jilguero.- Donna Tartt (1963)


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Badr al-Dine
XII

  «Antes de conocer a Boris yo llevaba mi soledad de forma estoica, sin ser muy consciente de lo solo que estaba. Supongo que si él o yo hubiéramos vivido en una casa la mitad de normal, con toques de queda, tareas domésticas y supervisión por parte de los adultos, no nos habríamos vuelto tan inseparables, pero casi a partir de aquel día pasamos todo el tiempo juntos, gorroneando comida y compartiendo el dinero que teníamos.
 En Nueva York yo había crecido rodeado de un montón de chicos que tenían mucho mundo, habían vivido en el extranjero y hablaban tres o cuatro idiomas, o hacían cursos de verano en Heidelberg y pasaban las vacaciones en lugares como Río, Innsbruck o Cap d’Antibes. Pero Boris, como un viejo capitán de barco, los dejaba a todos en la sombra. Él había montado a camello; había comido larvas witjuti, jugado a críquet, contraído malaria, vivido en las calles de Ucrania («pero sólo dos semanas»), desactivado él mismo un cartucho de dinamita y nadado en ríos australianos plagados de cocodrilos. Había leído a Chéjov en ruso, y a autores que yo desconocía en ucraniano y polaco. Había soportado la oscuridad de mediados de invierno en Rusia, donde las temperaturas caían hasta cuarenta grados bajo cero —ventiscas interminables, nieve y hielo negro— y donde la única alegría era la palmera de neón verde encendida las veinticuatro horas del día fuera del bar provinciano adonde a su padre le gustaba ir a beber. Aunque solo tenía un año más que yo —quince—, se había acostado con una chica en Alaska. Le gorroneó un cigarrillo en el aparcamiento de un supermercado y ella le preguntó si quería sentarse en el coche con ella, y así empezó todo.
  —Pero ¿sabes qué? —dijo exhalando el humo por una comisura de la boca—. Me parece que a ella no le gustó mucho.
  —¿Y a ti?
  —Dios, sí. Aunque, si te digo la verdad, me di cuenta de que no lo estaba haciendo muy bien. Creo que no había demasiado espacio en el coche.
  Todos los días volvíamos a casa juntos en el autobús escolar. En el centro cívico a medio construir que había en el borde de los Desatoy a Estates, con candados en las puertas y palmeras muertas en las macetas, había un parque infantil abandonado donde comprábamos refrescos y barritas de chocolate del suministro cada vez más reducido de las máquinas expendedoras, y nos sentábamos en los columpios a fumar y hablar. Los arranques de mal humor y las depresiones de Boris, que eran frecuentes, se alternaban con insensatos estallidos de carcajadas; era desenfrenado y pesimista, a veces me hacía reír hasta que me dolían los costados, y siempre tenía tanto que decir que perdíamos la noción del tiempo y nos quedábamos allí hasta que ya era de noche. En Ucrania había visto cómo pegaban un tiro en el estómago a un cargo público al dirigirse a su coche, convirtiéndose en testigo no del francotirador sino del hombre de anchos hombros con un abrigo demasiado pequeño que cayó de rodillas sobre la nieve en la oscuridad. Me habló de los pequeños colegios con tejado de zinc que había cerca de la reserva de los chippewa de Alberta, me cantó canciones infantiles en polaco (“Como deberes, en Polonia, nos hacían aprender de memoria un poema, una canción o una especie de oración”) y me enseñó palabrotas en ruso (“Esos son los verdaderos tacos, los de los gulags”). Me contó también que en Indonesia su amigo Bami, el cocinero, lo había convertido al islam: renunció al cerdo, hacía ayuno durante el Ramadán y rezaba de cara a La Meca cinco veces al día.
  —Pero ya no soy musulmán —comentó, arrastrando un dedo del pie por el polvo. Estábamos tumbados de espalda en el tiovivo, mareados por las vueltas—. Lo dejé hace tiempo.
  —¿Por qué?
  —Porque bebo.
  (Eso era quedarse corto: Boris bebía cerveza como otros chicos bebían Pepsi, y empezaba en cuanto llegábamos a casa del colegio).
  —¿Y a quién le importa? —pregunté—. ¿Por qué tiene que enterarse alguien?
  Hizo un ruidito de impaciencia.
  —Porque no está bien profesar una fe si no observas sus dictados. Es poco respetuoso hacia el islam.
  —Tonterías. Boris de Arabia. Suena bien.
  —Vete a la mierda.
  —No, en serio.
  —Me reí, apoyándome sobre los codos—. ¿De verdad llegaste a creer todo eso?
  —¿En qué?
   —Ya sabes. Alá y Mahoma. “No hay más Dios que Alá…”
  —No —respondió él un poco enfadado—, mi islam era una cuestión política.
  —¿Como los terroristas con bombas en el zapato?
EL JILGUERO - TARTT DONNA - Sinopsis del libro, reseñas, criticas ...  Él soltó una risotada.
  —Joder, no. Además, el islam no predica la violencia.
  —¿Entonces qué?
  Se bajó del tiovivo con la mirada alerta.
  —¿Qué quieres decir? ¿Intentas insinuar algo?
  —Eh, para el carro. Sólo estoy haciéndote una pregunta.
  —¿Y qué pregunta es?
  —¿Si te convertiste y todo eso es porque creías?
  Se echó hacia atrás y se rio como si le hubiera perdonado la vida.
   —¿Creer? ¡Ja! Yo no creo en nada.
  —¿Quieres decir ahora?
  —Quiero decir nunca. Bueno…, en la Virgen María. Pero ¿en Alá y en Dios…? No mucho.
  —Entonces, ¿por qué querías ser musulmán?
  —Porque… —Alzó las manos, como hacía a veces cuando no le salían las palabras— son unas personas maravillosas. ¡Fueron muy amables conmigo!
  —Eso es un comienzo.
  —Pero es cierto. Me pusieron un nombre árabe, Badr al-Dine. Badr es “luna”, y todo junto significa algo así como “la luna de la fidelidad”, pero dijeron: “Boris, tú eres badr porque iluminas todo, ahora que eres musulmán, iluminarás con tu religión el mundo, brillarás allá donde vayas”. Me encantó ser badr. Además, la mezquita era preciosa. Un palacio medio en ruinas, con estrellas centelleando en la noche y pájaros en el tejado. Un viejo javanés nos enseñaba el Corán. Me daban de comer y eran amables, y se aseguraban de que fuera aseado y tuviera ropa limpia. A veces me dormía sobre la alfombra de rezo. Y en salah, cerca del amanecer, cuando los pájaros se despertaban, siempre se oía el batir de sus alas.
  Aunque su acento era una mezcla realmente extraña de australiano y ucraniano, hablaba inglés casi con tanta fluidez como yo; y, teniendo en cuenta el poco tiempo que llevaba viviendo en Estados Unidos, era un conversador razonable al estilo amerikanskii. Siempre estaba manoseando su ajado diccionario de bolsillo (con su nombre garabateado en la primera página en alfabeto cirílico y en cuidadoso inglés debajo: BORIS VOLODIMIROVICH PAVLIKOVSKY), y yo no paraba de encontrar viejas servilletas de 7-Eleven y hojas de papel con listas de palabras y términos que él había confeccionado:
embridar y domesticar
celeridad
trattoria
sabelotodo = rhenjqkfwfy
propincuidad
Negligencia en el deber.

Cuando el diccionario le fallaba me consultaba a mí. “¿Qué significa sofomoro?”, me preguntaba examinando el tablón de anuncios que colgaba en el pasillo del colegio. “¿Hgar?” “¿Cncias Pol?” Nunca había oído la mayoría de los platos que había en la cafetería: fajitas, falafel, tetrazzini de pavo. Aunque entendía mucho de cine y de música, llevaba décadas de retraso; no tenía la menor idea de deportes o de la televisión, y aparte de unas pocas marcas europeas importantes como Mercedes y BMW, no distinguía un coche de otro. El dinero estadounidense lo confundía, y a veces también la geografía de Estados Unidos: ¿en qué provincia estaba California? ¿Podía decirle cuál era la capital de Nueva Inglaterra?
  Pero estaba acostumbrado a estar solo. Se despertaba alegremente por sí mismo para ir al colegio, hacía autoestop, firmaba sus boletines de las notas, y robaba comida y material de colegio. Una vez a la semana más o menos nos desviábamos unas millas de nuestro trayecto bajo un calor sofocante, protegidos por paraguas como miembros de alguna tribu indonesia, para coger el diminuto autobús local llamado CAT que por lo que yo sabía no utilizaba nadie salvo los borrachos o la gente demasiado pobre para tener un coche e hijos. Circulaba con poca frecuencia, y si lo perdíamos teníamos que esperar un buen rato a que llegara el siguiente, aunque entre las paradas había un centro comercial con un frío y brillante supermercado atendido por poco personal; allí Boris robaba bistecs, mantequilla, cajas de té, pepinos (una gran exquisitez para él), paquetes de beicon o incluso jarabe para la tos en una ocasión que yo tenía un resfriado, metiéndoselo en el forro rasgado de su fea gabardina gris (una prenda de hombre, demasiado grande para él, con los hombros caídos y un aire sombrío de bloque del Este, que hacía pensar en racionamiento de víveres y fábricas de la era soviética, y complejos industriales en Lvov u Odessa). Mientras daba vueltas alrededor, y o me quedaba al principio del pasillo, tan nervioso que a veces tenía miedo de desmayarme. Pero no tardé en llenarme los bolsillos de manzanas y chocolate (otros de los artículos favoritos de Boris) antes de acercarme con descaro al mostrador para comprar pan, leche y otros productos demasiado grandes para robarlos.»

     [El texto pertenece  a la edición en español de Ediciones Lumen, 2014, en traducción de Aurora Echeverría Pérez. ISBN: 978-84-2640-125-0.]

lunes, 29 de julio de 2019

Esperanzas juveniles.- John Galsworthy (1867-1933)

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Capítulo XXXII

«-La situación, Honorable, parece ser ésta. Usted mismo ha de juzgar si es más aceptable la declaración jurada de cuatro ciudadanos  o bien sólo la de dos.
 El magistrado se removió en su silla.
 -Estoy perfectamente informado de la situación, señor Buttall. ¿Qué dice usted, capitán Cherrell, de la atestiguación según la cual el "boy" Manuel estaba ausente?
 Los ojos de Dinny se posaron en el rostro de su hermano. Estaba impasible y se mostraba ligeramente icónico.
 -Nada, sir. No sé dónde se hallaba Manuel. Estaba demasiado ocupado en salvar mi vida. Sólo sé que se me acercó casi en seguida.
 -¿Casi? ¿Cuánto tiempo después?
 -En realidad, lo ignoro, sir. Tal vez tardó un minuto. Yo intentaba detener la sangre y me desmayé en el instante en que llegó.
 Durante los siguientes discursos de los dos abogados, la apatía de Dinny volvió y desapareció de nuevo en el curso de los cinco minutos de silencio que les sucedieron. En todo el Tribunal, tan sólo el magistrado parecía ocupado; y era como si nunca hubiese tenido que acabar. Mirándole a través de las pestañas entornadas, le veía consultar una serie de documentos. Tenía el rostro colorado, la nariz larga, la barbilla puntiaguda, y unos ojos que le agradaban todas las veces que lograba verlos. Instintivamente sentía que no se encontraba a sus anchas. Finalmente dijo:
 -En este caso, yo no debo indagar si ha sido cometido un delito o si el acusado lo ha cometido; tan sólo debo preguntarme si las declaraciones que me han sido presentadas son tales que me convenzan de que la acusación que contienen constituye un delito por el cual pueda pedirse la extradición, si el mandato extendido por el país extranjero está debidamente autentificado y si se han aducido pruebas suficientes para justificar, por parte de dicho país, que el acusado debe sufrir proceso ante los Tribunales.
 Se detuvo un momento, y luego añadió:
 -No cabe duda de que el delito  alegado es susceptible de extradición y que el mandato extranjero está debidamente autentificado.
 Se detuvo de nuevo y, en un silencio de muerte, Dinny oyó un largo suspiro, como si hubiera sido emitido por un espectro; tan aislado e incorpóreo fue su sonido. Los ojos del magistrado se volvieron para mirar a Hubert y continuó:
 -A pesar mío, he llegado a la conclusión de que, basándome sobre las declaraciones aducidas, es mi deber recluir en la cárcel al acusado, donde aguardará a que le entreguen al Gobierno extranjero, tras mandato del secretario de Estado, si éste juzgara oportuno extender dicho mandato. He escuchado la declaración del acusado, según la cual él tenía una antecedente justificación que quitaba al hecho de que le acusaban todo carácter de delito, sostenida por la declaración de un testigo y contradicha por la de otros cuatro. No tengo la posibilidad de escoger entre la calidad contradictoria de estas dos declaraciones, salvo en la proporción de cuatro contra dos y, por consiguiente, dejaré de ocuparme de ello. Frente a la declaración jurada de cuatro testigos, que sostienen que hubo premeditación, no creo que la afirmación contraria del acusado, no corroborada por prueba alguna, podría justificar, en caso de delito cometido en este país, la negativa de entregarle a los Tribunales. Por lo tanto, no puedo aceptarla como justificación de la negativa de entregarle, tratándose de un delito cometido en otro país. No titubeo en confesar mi poca satisfacción al llegar a esta conclusión, pero me parece que no tengo otra salida. La cuestión, repito, no estriba en el hecho de que el acusado sea más o menos inocente, pero en lo que se refiere a si se ha de celebrar o no un proceso, yo no puedo asumir la responsabilidad de decir que no habría de tener lugar. En ocasiones como esta, la última palabra ha de decirla el secretario de Estado, quien extiende la orden de entrega. Yo, por lo tanto, lo recluyo en la cárcel, donde aguardará a que el mandato sea extendido. No será entregado usted hasta que no haya expirado el plazo de quince días, y tiene usted derecho a pedir la aplicación de la ley del Habeas Corpus, por lo que a la legalidad de su encarcelamiento se refiere. Yo no tengo poder de otorgarle ulterior libertad provisional, pero puede que la logre si la solicita a la Real Corte.
 Los ojos horrorizados de Dinny vieron que Hubert, muy tieso, hacía una ligera inclinación al magistrado y salía del banco lentamente y sin volverse. Tras de él salió también su abogado.
 Ella permaneció sentada, como atontada, y su única impresión de los momentos que siguieron fue la visión del petrificado rostro de Jean y de las bronceadas manos de Alan, que se apretaban sobre el puño de su bastón.
 Volvió en sí al darse cuenta de que las lágrimas surcaban las mejillas de su madre, y que su padre se había puesto en pie.
 -Vamos -dijo éste-, salgamos de aquí.
 En ese momento lo sintió más por su padre que por cualquier otro. Desde que había sucedido el hecho, ¡había hablado tan poco y sufrido tanto! ¡Para él era espantoso! Dinny comprendía harto bien sus sencillos sentimientos. Para él, la negativa de creer en la palabra de Hubert significaba un insulto lanzado a la cara de su hijo, a la suya, padre de Hubert, y también a la cara de todo cuanto ellos representaban: a la cara de todos los soldados y de todos los caballeros.
 Fuera lo que fuese que sucediese más adelante, jamás volvería a rehacerse del golpe. Entre la justicia y lo que era justo, ¡qué inexorable incompatibilidad! ¿Es que había hombres más honorables que su padre, que su hermano y que aquel mismo magistrado?»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1991, en traducción de Emilia Bartel. ISBN: 84-402-1076-0.]

sábado, 14 de abril de 2018

Retrato en sepia.- Isabel Allende (1942)


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Segunda parte (1880-1896)

«No conocí a mi abuelo Feliciano Rodríguez de Santa Cruz, murió unos meses antes que yo llegara a vivir a su casa. Le dio una apoplejía cuando estaba sentado a la cabecera de la mesa en un banquete en su mansión de Nob Hill, atragantado por un pastel de venado y vino tinto francés. Lo recogieron del suelo entre varios y lo recostaron moribundo en un sofá, con su hermosa cabeza de príncipe árabe sobre el regazo de Paulina del Valle, quien para darle ánimo le repetía: "No te mueras, Feliciano, mira que a las viudas no las convida nadie... ¡Respira, hombre! Si respiras, te prometo que hoy sin falta le quito el pestillo a la puerta de mi pieza." Cuentan que Feliciano alcanzó a sonreír antes de que el corazón le reventara en sangre. Existen innumerables retratos de aquel chileno fornido y alegre; es fácil imaginarlo vivo, porque en ninguno está posando para el pintor o para el fotógrafo, en todos da la impresión de haber sido sorprendido en un gesto espontáneo. Se reía con dientes de tiburón, gesticulaba al hablar, se movía con la seguridad y petulancia de un pirata. A su muerte, Paulina del Valle se desmoronó; fue tal su depresión que no pudo asistir al funeral ni a ninguno de los múltiples homenajes que le rindió la ciudad. Como sus tres hijos estaban ausentes, le tocó al mayordomo Williams y a los abogados de la familia hacerse cargo de las exequias. Los dos hijos menores llegaron unas semanas más tarde, pero Matías andaba en Alemania y, con la excusa de su salud, no apareció para consolar a su madre. Por primera vez en su vida Paulina perdió la coquetería, el apetito y el interés en los libros de contabilidad, rehusaba salir y pasaba días en la cama. No permitió que nadie la viera en esas condiciones, los únicos que supieron de su llanto fueron sus mucamas y Williams, quien fingía no darse cuenta, limitándose a vigilar a prudente distancia para ayudarla si se lo pedía. Una tarde se detuvo por casualidad frente al gran espejo dorado que ocupaba media pared de su baño y vio en lo que se había convertido: una bruja gorda y desarrapada, con una cabecita de tortuga coronada por una mata de greñas grises. Dio un grito de horror. Ningún hombre en el mundo -y menos Feliciano- merecía tanta abnegación, concluyó. Había tocado fondo, era hora de dar una patada en el suelo y elevarse otra vez a la superficie. Tocó la campanilla para llamar a sus mucamas y les ordenó que la ayudaran a bañarse y le trajeran a su peluquero. A partir de ese día se repuso del duelo con voluntad de hierro, sin más ayuda que montañas de dulces y largos baños de tina. La noche solía sorprenderla con la boca llena y sumida en la bañera, pero no volvió a llorar. Para Navidad emergió de su reclusión con varios kilos de más y perfectamente compuesta, entonces comprobó sorprendida que en su ausencia el mundo siguió rodando  y nadie la había echado de menos, lo cual fue un incentivo más para ponerse  definitivamente de pie. No permitiría que la ignoraran, decidió, acababa de cumplir sesenta años y pensaba vivir unos treinta más, aunque no fuera más que para mortificar a sus semejantes. Llevaría luto por unos meses, era lo menos que podía hacer por respeto a Feliciano, pero a él no le gustaría verla convertida en una de esas viudas griegas que se entierran en trapos negros por el resto de sus vidas. Se dispuso a planear un nuevo guardarropa en colores pasteles para el año siguiente y un viaje de placer por Europa. Siempre quiso ir a Egipto, pero Feliciano opinaba que ése era un país de arena y momias donde todo lo interesante había sucedido tres mil años antes. Ahora que estaba sola podría realizar ese sueño. Pronto se dio cuenta, sin embargo, cuánto había cambiado su existencia y cuán poco la estimaba la sociedad de San Francisco; toda su fortuna no alcanzaba para hacerse perdonar su origen hispano y su acento de cocinera. Tal como había dicho en broma, nadie la convidaba, ya no era la primera en recibir invitación a las fiestas, no le pedían que inaugurara un hospital o un monumento, su nombre dejó de mencionarse en las páginas sociales y apenas la saludaban en la ópera. Estaba excluida. Por otra parte resultaba muy difícil incrementar sus negocios, porque sin su marido no tenía quien la representara en los medios financieros. Hizo un cálculo minucioso de sus haberes y se dio cuenta de que sus tres hijos botaban el dinero más rápido de lo que ella podía ganarlo, había deudas por todas partes y antes de fallecer Feliciano había hecho algunas inversiones pésimas sin consultarla. No era tan rica como pensaba, pero estaba lejos de sentirse derrotada. Llamó a Williams y le ordenó contratar un decorador para remodelar los salones, un chef para planear una serie de banquetes que ofrecería con motivo del Año Nuevo, un agente de viaje para hablar de Egipto y un sastre para planear sus nuevos vestidos. En eso estaba, reponiéndose del susto de la viudez con medidas de emergencia, cuando se presentó en su casa una niña vestida de popelina blanca, con un bonete de encaje y botitas de charol, de la mano de una mujer de luto. Eran Eliza Sommers y su nieta Aurora, a quienes Paulina del Valle no había visto en cinco años.
 -Aquí le traigo a la niña, tal como usted quería, Paulina -dijo Eliza tristemente.
 -Dios santo, ¿qué pasó? -preguntó Paulina del Valle pillada de sorpresa.
 -Mi marido ha muerto.
 -Veo que las dos somos viudas... -murmuró Paulina.
 Eliza Sommers le explicó que no podría cuidar a su nieta porque debía llevar el cadáver de Tao Chi'en a China, tal como se lo había prometido siempre. Paulina del Valle llamó a Williams y le ordenó que acompañara a la niña al jardín para mostrarle los pavos reales, mientras ellas hablaban.
 -¿Cuándo piensa regresar, Eliza? -preguntó Paulina.
 -Puede ser un viaje muy largo.
 -No quiero encariñarme con la niña y dentro de unos meses tener que devolvérsela. Se me partiría el corazón.
 -Le prometo que eso no sucederá, Paulina. Usted puede ofrecer a mi nieta una vida mucho mejor de la que yo puedo darle. No pertenezco a ningún lugar. Sin Tao, carece de sentido vivir en Chinatown, tampoco calzo entre americanos y no tengo nada que hacer en Chile. Soy extranjera en todas partes, pero deseo que Lai-Ming tenga raíces, una familia y buena educación. Corresponde a Severo del Valle, su padre legal, hacerse cargo de ella, pero está muy lejos y tiene otros hijos. Como usted siempre quiso tener a la niña pensé que...
 -¡Hizo muy bien, Eliza! -la interrumpió Paulina.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Plaza & Janés editores. ISBN: 84-01-34155-8.]
  

domingo, 24 de julio de 2016

"En brazos de la mujer madura".- Stephen Vizinczey (1933)


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16.-De las mujeres maduras que se hacen las niñas

 "Mi taxista era un tipo fornido de cara cuadrada y chata y ojos inexpresivos que no parecía muy dado a conversar. Pero, puesto que no tenía a nadie más, le dije que acababa de llegar al Canadá y necesitaba una habitación barata cerca de la Universidad. Por suerte, el hombre resultó ser austríaco y cuando supo que yo llegaba de Hungría y conocía bien Salzburgo, se mostró muy cordial y prometió ayudarme. Hablando por el retrovisor, observó que yo era lo bastante joven como para ser su hijo, me advirtió que en Toronto no había cafés y me aconsejó que me buscara una novia cuanto antes, porque las prostitutas eran muy caras. Mientras íbamos hacia la ciudad por la Queen Elizabeth Way, bordeada de  altos álamos y arbustos, y por la orilla del lago Ontario, empecé a pensar que el paisaje era bastante agradable  y no muy distinto del que rodea el lago Balaton. Pero el austríaco insistía en que estaba poblado por unos individuos muy distintos de los que yo conociera mi tierra.
 -Los nativos son tan humanos como los de cualquier parte, pero no lo reconocen a no ser que estén borrachos. Y entonces se quedan roques en el suelo de taxi o tienen la brillante idea de atracarte. A veces pienso que preferiría ser un cochero vienés de los tiempos de Francisco José. -Hizo una breve pausa, para honrar el paso del imperio austrohúngaro que ni él ni yo habíamos conocido-. Los canadienses aman, por encima de todo, el dinero, lo cual me parece bien -prosiguió-, pero después viene el licor, la tele, el hockey y la comida. El sexo queda muy abajo en la lista. Cuando tú agarrarías a una muchacha, un canadiense agarra otra copa. El país está lleno de hombres gordos y mujeres desgraciadas. -Comenté que él parecía también un peso pesado-. De acuerdo -reconoció, y, agorero, prosiguió-: Cuando usted lleve aquí tantos años como yo, veremos cómo está.
 Paramos en Huron Street, una calle estrecha y arbolada, de casas victorianas de ladrillo rojo convertidas en pensiones y llamamos a varias puertas, preguntando precios. El austríaco reprendió a media docena de patronas por sus pretensiones y al fin me aconsejó una buhardilla. Tenía el techo bajo e inclinado, un papel muy complicado en la pared y suelo de linóleo, pero yo estaba deseando instalarme aunque fuera temporalmente. Volvimos al taxi en busca del equipaje y le di las gracias por su increíble amabilidad.
 -Mañana no le haría el menor caso -dijo, levantando las manos con las palmas hacia arriba-, pero no iba a desentenderme de un hombre el primer día que pasa en el Canadá. Yo mismo llegué aquí en el 51. ¡En pleno invierno! El primer día no se olvida, créame. Es el peor.
 Aceptó el importe de la carrera pero no la propina y nos despedimos con un afectuoso apretón de manos.
 Volví a verle tres años después: había dejado el taxi y tenía una tienda de Strudel vienés en Yonge Street. Debían de irle bien las cosas, porque la última vez que hablamos me dijo que había estado de vacaciones en el Japón. Al verle convertido en próspero comerciante y turista internacional, todavía con sus kilos de más, un tanto melancólico por efecto de la súbita opulencia, se reforzó el recuerdo que guardaba de él, un guía casi místico en este continente de emigrantes.
 Todas aquellas cosas contra las que me previno, cosas que hoy me disgustan tanto como el día en que llegué -la bebida, el hockey y la televisión- son tan típicas de la vida de los Estados Unidos como del Canadá, pero también lo es la buena disposición para ofrecer una oportunidad al recién llegado. Gracias al amigo del signor Bihari en el Consulado de Roma, conocí a numerosos funcionarios académicos deseosos de ayudarme. El primer año me consiguieron un empleo en un colegio masculino y, después, me ayudaron a obtener una plaza de profesor adjunto en la Universidad de Toronto. Después de cinco años en la de Toronto vine a la Universidad de Michigan, en Ann Arbor, donde sigo hasta la fecha, aunque pienso solicitar una plaza en Columbia. Será que algunas personas, una vez que han abandonado el escenario de su infancia, no pueden quedarse definitivamente en un sitio; o será que, por mucho tiempo que pase en este continente, nunca podré sentirme como en mi casa y por eso he de ir de un lado a otro".     

domingo, 16 de agosto de 2015

"Los europeos".- Henry James (1843-1916)

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VII

 "-¿Has dado vueltas alguna vez a la idea de instalarte en los Estados Unidos? -le preguntó una mañana, mientras Félix manejaba hábilmente el pincel.
 -Querido tío -dijo Félix-, perdóneme si su pregunta me hace sonreír. En primer lugar, nunca he dado vuelta a ninguna idea. A menudo las ideas me dan vuelta a . Pero me temo que no he hecho nunca un plan seriamente. Sé lo que va a decir, o más bien lo que piensa, porque no creo que llegue a decirlo: que es una actitud muy frívola e insensata por mi parte. Lo es; pero estoy hecho así. Tomo la vida como viene, y nunca he tenido que cruzarme de brazos. En segundo lugar, nunca me propondría instalarme. No puedo instalarme, querido tío; no soy sedentario. Ya sé que es eso lo que se espera aquí de los extranjeros; siempre se instalan. Pero, para contestar a su pregunta, yo nunca le he dado vueltas a esa idea.
 -¿Piensas volver a Europa y reanudar una vida tan desordenada como antes? -preguntó Mr. Wentworth.
 -No puedo decir que tenga esa intención. Pero es muy probable que vuelva a Europa. Después de todo, soy europeo. Me siento así, ¿sabe? En buena parte dependerá de mi hermana. Ella es todavía más europea que yo. Aquí, sabe usted, Eugenia es como un cuadro fuera de su marco. Y en cuanto a "reanudar", querido tío, nunca he abandonado mi desordenada manera de vivir. ¿Cree usted que puede haber para mí algo más irregular que esto?
 -¿Que qué? -preguntó Mr. Wentworth, con su gravedad y palidez acostumbradas.
 -Bueno, ¡que todas estas cosas! Vivir entre ustedes de esta manera, esta encantadora, tranquila y seria vida de familia; fraternizar con Charlotte y Gertrude, visitar a veinte señoritas y salir con ellas a pasear, sentarme con usted por las noches en la veranda y escuchar los grillos, y acostarme a las diez en punto.
 -Tu descripción resulta muy animada -dijo Mr. Wentworth-, pero no veo nada de inconveniente en todo lo que describes.
 -Ni yo tampoco, querido tío. Es extraordinariamente agradable; no me gustaría si fuera inconveniente. Le aseguro que no me gustan las cosas inconvenientes; aunque me atrevería a decir que usted sí lo cree -continuó Félix, sin dejar de pintar.
 -Nunca te he acusado de eso.
 -No lo haga, por favor -dijo Félix-. Porque, ¿sabe usted?, en el fondo soy terriblemente burgués.
 -¿Terriblemente burgués? -repitió Mr. Wentworth.
 -Quiero decir, con otras palabras, un hombre sencillo, temeroso de Dios -Mr. Wentworth le miró con cierto recelo, de persona prudente a quien se pretende engañar, mientras Félix continuaba-: Confío en llegar a disfrutar de una ancianidad venerable y venerada. Quiero decir que espero vivir muchos años. Difícilmente puede llamarse plan a esto, pero es un claro deseo, una sonrosada visión. Quiero ser un anciano con mucha vitalidad. ¡Incluso frívolo!
 -Es natural -dijo su tío sentenciosamente- que una persona desee prolongar una vida agradable. Quizá tenemos una tendencia egoísta a no dar por terminados nuestros placeres. Pero imagino -añadió- que piensas casarte.
 -Eso también, querido tío, es una esperanza, un deseo, una visión -dijo Félix.
 [...]
 -Creo que si te casaras -dijo Mr. Wentworth-, encontrarías la felicidad.
 -Sicurissimo! -exclamó Félix. Y después, deteniendo el pincel, miró a su tío con una sonrisa-. Hay algo que siento tentaciones de decirle. ¿Puedo hacerlo?
 Mr. Wentworth se irguió levemente.
 -Soy muy discreto: nunca repito lo que se me dice -pero esperaba que Félix no se arriesgara demasiado.
 Félix estaba riéndose de su respuesta.
 -Resulta extraño oírle hablar de cómo ser feliz. Me parece que usted no sabe mucho de eso, querido tío. ¿Resulta muy brutal lo que he dicho?
 El anciano permaneció silencioso un instante, y después, con una seca dignidad que conmovió inmediatamente a su sobrino, dijo:
 -A veces podemos señalar un camino que nosotros mismos somos incapaces de seguir".