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viernes, 31 de julio de 2020

Es mi hombre.- Carlos Arniches (1866-1943)

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Acto primero
Escena IX

  «Don Mariano: Algo de eso, sin ser eso. La cosa no es ninguna ganga: no quiero engañarte, Antonio. Pagan bien; pero hay que ganarlo.
 Don Antonio: A mí el trabajo no me asusta.
 Don Mariano: No es cosa de trabajo.
 Don Antonio: ¿Que no...? ¿Entonces, qué es?
 Don Mariano: Os voy a sacar de dudas. De lo que yo puedo colocarte, hoy mismo si quieres, es de inspector de sala en la casa de Andorra.
 Don Antonio: (Con cierta perplejidad.) ¿Inspector de qué?
 Marcos: ¿En la casa de Andorra?
 Leonor: ¿Y qué es eso?
 Don Mariano: Pues nada, un círculo de recreo... Inspector de sala de un círculo de recreo.
 Don Antonio: (Con decepción.) ¡Mi madre!
 Don Mariano: De recreos mayores, vamos. Donde se... (Se moja el dedo índice y sobre la palma de la mano golpea como pasando cartas.)
 Don Antonio: Ya, ya... ¿Y yo...?
 Don Mariano: El contratista de juego es un íntimo amigo mío, Paco el Maluenda; hombre serio y formal en estos negocios y, el otro día, hablando, me dijo que necesitaba un hombre, un hombre de agallas...
 Leonor: ¿De qué?...
 Don Antonio: De agallas, hija.
 Don Mariano: Es una casa algo castigadilla por tahúres y barateros y hay que limpiar aquello; ya comprenderás... Y yo me he acordado de ti.
 Don Antonio: Te has acordao de mí pa limpiar...
 Leonor: ¿Limpiar mi papá?
 Don Mariano: La chica me pidió una cosa a la desesperá, fuese lo que fuese; porque estáis muriendo de hambre. Yo os hubiera querido traer la gloria; pero no he podido más que esto. Si sirve, sirve, y si no...
 Don Antonio: Sí; pero yo en una casa de juego, entre matones, para tenerlos a raya... Bueno, Mariano; esto ha sido buscarme una colocación, pero en la estantería de una sacramental...; porque ni mi carácter ni mis chichas...
 Don Mariano: ¡Por Dios, Antonio; no seas apocao, que os va a matar la miseria en un rincón a tu hija y a ti! Hay que tener bríos; hazlo siquiera por ella... Hay que lanzarse al mundo, tener acción, pegarle dos patás al hambre, tener gana de vivir. Cuando la vida vuelve la espalda, se la pone de cara a bofetás, a bocaos, ¡cómo sea!
 Don Antonio: Sí, lo comprendo. Pero es que yo...
 Don Mariano: Y te advierto que salíais d'apuros, porque dan mil pesetas mensuales.
 Don Antonio: (En el colmo del asombro y de la exaltación.) ¿Qué?... ¡Qué has dicho!... ¿Mil pesetas?...
 Don Mariano: ¡Mil! y si ties empuje y suerte, pue que más.
 Don Antonio: ¡Más!... ¡Yo, mil pesetas!... ¡Uno..., dos..., cinco...; cerca de siete duros diarios!... ¡Voy, Mariano, voy!
 Don Mariano: ¡Bien hecho!
 Don Antonio: ¡Mil pesetas!... Voy, sea como sea.
 Leonor: No, papá.
 Don Antonio: (Exaltado.) ¡Voy!
 Marcos: Pero, don Antonio...
 Don Antonio: (Gritando.) Voy, he dicho. No contradecirme. Ahora, que quizá no me admitan; porque como yo tengo este aspecto así...
La señorita de Trevelez. Es mi hombre de Carlos Arniches: Salvat ... Don Mariano: Está previsto. Le he dicho al Maluenda que de figura eres poquita cosa, pero que ties un valor frío, que hielas la sangre.
 Don Antonio: ¿Que hielo yo...?
 Don Mariano: Y que ni en la bronca más terrible se te oye la voz.
 Don Antonio: ¡A mí qué se me va a oír en las broncas!
 Don Mariano: Y que, siempre correzto y bien educao, con la mayor finura le metes al tío de más fachenda una cuarta de acero en el estómago...; por lo cual le he dicho que te llaman Antonio Jiménez, el Modoso.
 Don Antonio: ¡El Modoso!... ¿Yo, el Modoso?... Y una cuarta de... (Hace gestos como de contraer el estómago.) ¡Ay, que me da frío!
 Leonor: ¡Mi papá con mote!
 Don Antonio: Pues nada, Mariano, sea lo que Dios quiera; voy.
 Leonor: No, papá.
 Marcos: Pero, don Antonio, que con las chichas de usté, si le dan un cate...
 Don Antonio: Voy, he dicho. Y no contradecirme, ¡vaya!... (Los asusta con su energía.) Bueno, Mariano, ¿y desde cuándo podría yo cobrar? (Lo ha llevado aparte.)
 Don Mariano: Desde en seguida, verás. Yo, por lo pronto, te voy a dejar cinco duros. Toma. (Se los da.)
 Don Antonio: (Se los guarda.) Gracias.
 Don Mariano: Coméis hoy, te arreglas, y a las tres te espero yo, con Paco el Maluenda, en la calle de Sevilla.
 Don Antonio: Muy bien.
 Don Mariano: Te presento, habláis, nos vamos a la casa de Andorra; te darán tu "smoking".
 Don Antonio: ¿"Smoking..."? ¿De modo que eso de la cuarta hay que hacerlo de etiqueta? (Acción de dar un navajazo.)
 Don Mariano: Es lo obligao. Empiezas tu servicio a la noche, y si te arreglas, te darán hoy mismo el dinero; porque pagan adelantao.
 Don Antonio: ¿Adelantao?... Ni una palabra más.
 Don Mariano: Yo te ilustraré de too. Estoy allí de cajero.
 Don Antonio: Bueno; oye, tú, ¿y qué clase de tipos son los que...?
 Don Mariano: Naa, hombre; too es tomarle el aire a la cosa.
 Don Antonio: ¿El aire?
 Don Mariano: El peorcito es uno que le llaman el Ciclón.
 Don Antonio: ¿El Ciclón?... ¿Y dices que tomarle el aire?...
 Don Mariano: Y si me crees a mí, pocas palabras; dos tiros a tiempo y te haces el amo.
 Don Antonio: ¿Dos tiros a tiempo y el amo?...
 Don Mariano: A propósito... (Le enseña una pistola discretamente.) Tú no tendrás...
 Don Antonio: No, no tengo...
 Don Mariano: Pues toma. Está cargada.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1969. Depósito legal: B. 34.701-1969.]

domingo, 12 de mayo de 2019

El huracán y la mariposa.- Yolanda Guerrero (1962)


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XXXVI: Camila

«Yo, María Camila de la Virgen Baena Mondragón, recuerdo a sus señorías ahora más que nunca lo de la clemencia a cambio de verdad, porque lo que voy a declarar es el asunto más grueso y lo que más me compromete e incluso puede hacer peligrar mi vida.
 Antes de seguir queden advertidos de que lo que voy a contar sin nombres, que hasta ahora sólo el de Yosmán he mencionado y ese fue el trato. A él se lo entrego a sus señorías porque es hierba del diablo, pero incluso el de Franklin es inventado, conque ninguno más leerán en esta declaración, que yo no soy cabra, como decía Humberto, ni tampoco chivata, como se dice en España, así que voy a rajar a leña justa.
 Nuestra familia, la banda que también llamábamos clica de la Drago9 y que creó Yosmán, tenía nueve grandes jefes que dirigían el negocio, porque nueve son las clases de dragones que existen, según él mismo había estudiado. Los nueve jefes eran los dragones del cielo, del espíritu, de los tesoros escondidos, del mundo subterráneo, el que tiene alas, el que tiene cuernos, el enroscado, el amarillo y, por último, el rey dragón, que era el mero mero, Yosmán y no otro. Vayan ustedes averiguando a qué comercio se dedicaba cada uno, que eso no lo voy a desvelar yo ahora. Las señorías que me lean sabrán.
 La Drago9 tenía también a la cabeza una comandancia de cuatro que éramos los especiales y más entrenados, y los que sabíamos por dónde se le derramaban los pensamientos a Yosmán cuando andaba hasta atrás de farlopa o de anfetas.
 Estaba el dragón rey del mar del Sur, que traía de las tierras de allá abajo muchachitas con piel de chocolate y dientes de marfil y las colocaba en burdeles mucho mejores que el congal de mi ranchito. Yo no sufría por ellas porque sabía que en esos lugares comerían más y de mayor calidad que en las selvas de donde las había sacado el dragón de nuestra clica, que él mismo me lo dijo y yo le creí.
 Estaba también el dragón rey del mar del Este, el que mercaba en Oriente pistolas y cuernos de chivo más modernos que el que tenía el Archi junto a la cama, y se los vendía a quien pudiera pagar, que sus señorías no imaginan cuánto demente con ansia de clavar hojas de acero en las entrañas hay en el mundo. Una vez oí un grillerío sobre unos locos con turbante que le pidieron al dragón del Este unas cuantas limaduras de explosivo, y pongo la mano y el cuerpo en el fuego que nuestro dragón no se las vendió, porque éramos una broza de delincuentes, no de asesinos. Esto no lo puedo jurar, pero yo necesito creerlo para dormir por las noches.
 Venía luego el de mar del Norte, que montaba peladeros para despelucar a los codiciosos que perdían la cabeza por una buena timba con apuestas a lo grande, y salían con las orejas caídas y con cara de perro calentado a golpes. Pero yo me reía de ellos y le decía a nuestro dragón una frase que muchas veces escuché al Archiduque, y era que no la saquen del comal hasta que se haga totopo, que quería decir algo así como que no dejaran que el pendejo se les fuera sin soltar toda la lana, que para eso era un canalla avaricioso que seguro se estaba jugando sobre la mesa el salario con el que debía dar de comer a sus churumbeles, y que todo lo malo que le pasara lo tenía merecido.
 Y, por último, estaba yo, que fui la leidi de Yosmán y La Leidi de la Drago9, la reina del mar del Oeste, la que partía el queso porque era la dealer, la narco de la familia, para que me entiendan, y en mi tiendita se podían pillar los mejores jaimitos y volcanes. Pero estaba especializada en lo clásico, en talco y sobre todo en dama blanca... ya saben de qué les estoy hablando. Merqué con muchas piedritas en los años que Yosmán me tuvo recibiéndolas y trayéndolas, y les aseguro que yo nunca me arponeé, o mejor dicho me arponeé poco, muy poco para lo que podía, porque toda la nieve del mundo estaba a mi disposición. Esto lo digo sin miedo, aunque pos si acaso vuelvo a recordarles lo de la clemencia.
 Hasta que se fue todo a la fregada y ya no hubo polvo blanco, ni tiendita, ni Yosmán, ni dragones que vinieran en mi auxilio.
 
 Durante mucho tiempo creí que la culpa había sido de los tigres, los pinches Tigres de Chinautla. A los tigres ni agua, leidi, me advertía Yosmán, que no hay animal más enemigo del dragón que el tigre y sólo busca nuestro mal y aniquilarnos a todos. A mí al principio no me parecían tan pérfidos, porque en la clica que montaron nuestros rivales había pendejos que hablaban como yo, con la misma mezcla de palabras de otro país y de este, que a veces ni nosotros mismos sabíamos lo que decíamos. Se llamaban los Tigres de Chinautla porque sus papás habían nacido en un país pegado a aquel en el que nací yo, el suyo era Guatemala, y algunos crecieron en un pueblito llamado Santa Cruz Chinautla. De él tomaron el nombre, para no olvidarse nunca de dónde viene uno porque así es más fácil después saber adónde se quiere ir, que a mí aquellas cosas que me decía mi amiga la tigresa Yenni, y este también es un nombre inventado, se me quedaban muy dentro.
 Todos los tigres son malos, me insistía Yosmán, nosotros los dragones y ellos los tigres somos la noche y el día. O, de una forma más culta, el yin y el yang, unas palabras extrañas que usaban los monjes antiguos de países muy lejanos para hablar de los hombres y las mujeres, según creía yo entender a mi agüitado, y por lo visto todo lo yang era masculino y lo yin femenino.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Catedral, 2017. ISBN: 978-84-16673-28-5.]