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jueves, 20 de junio de 2019

Fiesta en una botella.- John Collier (1901-1980)

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Ah, la Universidad

«En las afueras de Londres había un padre de avanzada edad que quería mucho a su único hijo. Así que, cuando el chico era un joven de unos dieciocho años de edad, el anciano lo llamó y, con un brillo benevolente en sus gafas de carey, le dijo:
 -Bueno, Jack, has terminado la escuela. Seguro que te hace ilusión ir a la Universidad.
 -Sí, papá -contestó el hijo.
 -Muestra buen juicio -dijo el padre-. Los mejores años de la vida son sin duda los que se pasan en la Universidad. Aparte del rico panal de conocimientos, las dulces voces de los profesores, los venerables edificios grises y la atmósfera de cultura y refinamiento, está el placer de hallarse en posesión de una cómoda asignación.
 -Sí, papá -contestó el hijo.
 -Una habitación propia -continuó el padre-, pequeñas cenas con los amigos, crédito infinito con los comerciantes, pipas, cigarros, burdeos, borgoña, ropas.
 -Sí, papá -contestó el hijo.
 -Hay pequeños clubes exclusivos -dijo el anciano-, toda clase de deportes. Vacaciones, teatro, bailes, fiestas, bromas, juergas, se saltan muros, se engaña a los vigilantes en los exámenes, se practican todas las diversiones que puedas imaginar.
 -¡Sí! ¡Sí, papá! -gritó el hijo.
 -Sin duda no hay nada mejor que ir a la Universidad -dijo el padre-. ¡La primavera de la vida! ¡Un placer tras otro! El mundo parece una docena de ostras, cada una con una perla dentro. ¡Ah, la Universidad! Sin embargo, no voy a enviarte allí.
 -Entonces, ¿por qué demonios hablas tanto de ella? -preguntó el propio Jack.
 -Lo he hecho para que no pensaras que subestimaba despreocupadamente los placeres a los que te pido que renuncies -dijo su padre-. Ya ves, Jack, mi salud no es la mejor de las posibles; nada me sienta bien, salvo el champán, y, si fumo un cigarro de segunda clase, se me queda un mal sabor de boca. Mis gastos se han incrementado de forma abominable y me quedará muy poco que dejarte, pero mi mayor deseo es ver que tienes una vida cómoda.
 -Si ese es tu deseo, podrías cumplirlo mandándome a la Universidad -dijo Jack.
 -Tenemos que pensar en el futuro -dijo su padre-. Tendrás que ganarte la vida, y en un mundo en el que la cultura es el menos comercializable de los recursos. A menos que vayas a ser director de un colegio o clérigo, no obtendrás grandes ventajas de la Universidad.
 -Entonces, ¿qué debo ser? -preguntó el joven.
 -Hace poco leí -dijo su padre- unas palabras que arrojaron un repentino brillo sobre la tristeza con la que consideraba tu futuro: "La mayoría de los jugadores son malos". Esas palabras estaban en un pequeño folleto sobre ese juego delicioso y universalmente popular llamado póquer. Es un juego que se juega con fichas, normalmente, y cada una de esas fichas representa una buena cantidad de dinero.
 -¿Quieres decir que voy a ser un truhan? -gritó el hijo.
 -Nada de eso -contestó rápidamente el anciano-. Te estoy pidiendo que seas fuerte, Jack. Te estoy pidiendo que muestres algo de iniciativa, de personalidad. ¿Por qué aprender lo que todo el mundo aprende? Tú, querido hijo, serás el primero en estudiar el póquer de forma tan sistemática como otros estudian idiomas, ciencias, matemáticas, etcétera: el primero en afrontarlo como estudiante. He preparado un acogedor cuarto con silla, mesa y unas barajas completamente nuevas. Una estantería contiene varias obras clásicas sobre el juego y hay un retrato de Maquiavelo encima de la chimenea.
 Las protestas del joven fueron en vano, así que se puso a estudiar a regañadientes. Trabajó duro, dominó los libros, borró el dibujo de cien paquetes de cartas y al final del segundo año salió a afrontar el mundo con la bendición de su padre y el dinero suficiente para organizar unas partidas de poca monta.
 Cuando Jack se fue, el anciano se consoló con su copa de champán y su cigarro de primera clase y otros pequeños placeres que son el solaz de los ancianos y los solitarios. Le iba muy bien con ellos cuando un día sonó el teléfono. Era una llamada desde el extranjero de Jack, cuya existencia el anciano casi había olvidado.
 -Hola, papá -dijo Jack, con un tono de excitación-. Estoy en París, jugando una partida de póquer con unos norteamericanos.
 -¡Buena suerte! -dijo el anciano, y se preparó para colgar el teléfono.
 -¡Escucha, papá! -gritó el hijo-. Es así. Bueno... Por una vez, estoy jugando sin límite.
 -¡Que Dios se apiade de ti! -dijo el anciano.
 -Todavía quedan dos -dijo el hijo-. Han puesto cincuenta mil dólares y ya he puesto hasta mi último centavo.
 -Preferiría ver a un hijo mío en la Universidad antes que verlo en esta situación -gruñó el anciano.
 -¡Pero tengo cuatro reyes! -gritó el joven.
 -Puedes estar seguro de que los otros tienen ases o escalera de color -dijo el anciano-. Pasa, hijo mío. Sal y juégate colillas con los habituales de tu pensión.
 -¡Pero escucha, papá! -gritó el hijo-. Esto es póquer descubierto, nada disparatado. He visto un as. He visto todos los dieces y los cincos. No puede haber una escalera de color.
 -¿Es así? -gritó el anciano-. Que no se diga que no apoyé a mi hijo. Espera. Voy a ayudarte.
 El hijo volvió a la mesa y rogó a sus oponentes que pospusieran las cosas hasta que llegara su padre, y ellos, sonriendo a sus cartas, estaban más que dispuestos a hacerle caso.
 Un par de horas más tarde el anciano llegó en avión a Le Bourget y, poco después, estaba junto a la mesa, frotándose las manos, sonriente, afable, la luz brillando en sus gafas de carey. Estrechó la mano de los norteamericanos y observó su aspecto ridículo.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Contraseña, 2011, en traducción de Daniel Gascón. ISBN: 978-84-937818-7-3.]

domingo, 12 de mayo de 2019

El huracán y la mariposa.- Yolanda Guerrero (1962)


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XXXVI: Camila

«Yo, María Camila de la Virgen Baena Mondragón, recuerdo a sus señorías ahora más que nunca lo de la clemencia a cambio de verdad, porque lo que voy a declarar es el asunto más grueso y lo que más me compromete e incluso puede hacer peligrar mi vida.
 Antes de seguir queden advertidos de que lo que voy a contar sin nombres, que hasta ahora sólo el de Yosmán he mencionado y ese fue el trato. A él se lo entrego a sus señorías porque es hierba del diablo, pero incluso el de Franklin es inventado, conque ninguno más leerán en esta declaración, que yo no soy cabra, como decía Humberto, ni tampoco chivata, como se dice en España, así que voy a rajar a leña justa.
 Nuestra familia, la banda que también llamábamos clica de la Drago9 y que creó Yosmán, tenía nueve grandes jefes que dirigían el negocio, porque nueve son las clases de dragones que existen, según él mismo había estudiado. Los nueve jefes eran los dragones del cielo, del espíritu, de los tesoros escondidos, del mundo subterráneo, el que tiene alas, el que tiene cuernos, el enroscado, el amarillo y, por último, el rey dragón, que era el mero mero, Yosmán y no otro. Vayan ustedes averiguando a qué comercio se dedicaba cada uno, que eso no lo voy a desvelar yo ahora. Las señorías que me lean sabrán.
 La Drago9 tenía también a la cabeza una comandancia de cuatro que éramos los especiales y más entrenados, y los que sabíamos por dónde se le derramaban los pensamientos a Yosmán cuando andaba hasta atrás de farlopa o de anfetas.
 Estaba el dragón rey del mar del Sur, que traía de las tierras de allá abajo muchachitas con piel de chocolate y dientes de marfil y las colocaba en burdeles mucho mejores que el congal de mi ranchito. Yo no sufría por ellas porque sabía que en esos lugares comerían más y de mayor calidad que en las selvas de donde las había sacado el dragón de nuestra clica, que él mismo me lo dijo y yo le creí.
 Estaba también el dragón rey del mar del Este, el que mercaba en Oriente pistolas y cuernos de chivo más modernos que el que tenía el Archi junto a la cama, y se los vendía a quien pudiera pagar, que sus señorías no imaginan cuánto demente con ansia de clavar hojas de acero en las entrañas hay en el mundo. Una vez oí un grillerío sobre unos locos con turbante que le pidieron al dragón del Este unas cuantas limaduras de explosivo, y pongo la mano y el cuerpo en el fuego que nuestro dragón no se las vendió, porque éramos una broza de delincuentes, no de asesinos. Esto no lo puedo jurar, pero yo necesito creerlo para dormir por las noches.
 Venía luego el de mar del Norte, que montaba peladeros para despelucar a los codiciosos que perdían la cabeza por una buena timba con apuestas a lo grande, y salían con las orejas caídas y con cara de perro calentado a golpes. Pero yo me reía de ellos y le decía a nuestro dragón una frase que muchas veces escuché al Archiduque, y era que no la saquen del comal hasta que se haga totopo, que quería decir algo así como que no dejaran que el pendejo se les fuera sin soltar toda la lana, que para eso era un canalla avaricioso que seguro se estaba jugando sobre la mesa el salario con el que debía dar de comer a sus churumbeles, y que todo lo malo que le pasara lo tenía merecido.
 Y, por último, estaba yo, que fui la leidi de Yosmán y La Leidi de la Drago9, la reina del mar del Oeste, la que partía el queso porque era la dealer, la narco de la familia, para que me entiendan, y en mi tiendita se podían pillar los mejores jaimitos y volcanes. Pero estaba especializada en lo clásico, en talco y sobre todo en dama blanca... ya saben de qué les estoy hablando. Merqué con muchas piedritas en los años que Yosmán me tuvo recibiéndolas y trayéndolas, y les aseguro que yo nunca me arponeé, o mejor dicho me arponeé poco, muy poco para lo que podía, porque toda la nieve del mundo estaba a mi disposición. Esto lo digo sin miedo, aunque pos si acaso vuelvo a recordarles lo de la clemencia.
 Hasta que se fue todo a la fregada y ya no hubo polvo blanco, ni tiendita, ni Yosmán, ni dragones que vinieran en mi auxilio.
 
 Durante mucho tiempo creí que la culpa había sido de los tigres, los pinches Tigres de Chinautla. A los tigres ni agua, leidi, me advertía Yosmán, que no hay animal más enemigo del dragón que el tigre y sólo busca nuestro mal y aniquilarnos a todos. A mí al principio no me parecían tan pérfidos, porque en la clica que montaron nuestros rivales había pendejos que hablaban como yo, con la misma mezcla de palabras de otro país y de este, que a veces ni nosotros mismos sabíamos lo que decíamos. Se llamaban los Tigres de Chinautla porque sus papás habían nacido en un país pegado a aquel en el que nací yo, el suyo era Guatemala, y algunos crecieron en un pueblito llamado Santa Cruz Chinautla. De él tomaron el nombre, para no olvidarse nunca de dónde viene uno porque así es más fácil después saber adónde se quiere ir, que a mí aquellas cosas que me decía mi amiga la tigresa Yenni, y este también es un nombre inventado, se me quedaban muy dentro.
 Todos los tigres son malos, me insistía Yosmán, nosotros los dragones y ellos los tigres somos la noche y el día. O, de una forma más culta, el yin y el yang, unas palabras extrañas que usaban los monjes antiguos de países muy lejanos para hablar de los hombres y las mujeres, según creía yo entender a mi agüitado, y por lo visto todo lo yang era masculino y lo yin femenino.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Catedral, 2017. ISBN: 978-84-16673-28-5.]

jueves, 24 de enero de 2019

Sin arte.- Péter Esterházy (1950-2016)

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Miki Görög. Epílogo u otra madre.
Pascal

«Mientras vivió, Miki Görög fue la prueba palpable de que la mente civil y la mente futbolística, la inteligencia, la sensibilidad, no son lo mismo, durante el partido casi nos deteníamos y nos lo quedábamos mirando, pero él no nos veía a nosotros, sólo veía el juego, se metía en el juego, hijito mío, y en los entrenamientos se percibía todavía mejor su particular saber, ¿qué te parece, lo lleva atado o no lo lleva atado?, así bromeábamos, porque el balón jamás se alejaba más de dos palmos de su pie, lo cual sólo podía concebirse si llevaba el balón atado al tobillo como la bola de hierro al del conde de Montecristo, él jamás miraba la pelota, hijito mío, daba la impresión de que se habían puesto de acuerdo, de que lo había acordado ya todo con la pelota, ni siquiera miraba a sus compañeros, para saber dónde estaban o dónde estarían, qué les pasaba por la cabeza, él se centraba en observar el juego en sí, lo repito una y otra vez, hijito mío, el juego, ver qué quería el juego, qué permitía el juego, hablo sobre él como sobre los grandes de verdad, aunque sé perfectamente que no lo era, en los juveniles se le vieron ya las limitaciones, siguió siendo el mejor durante un tiempo, pero no creció, se quedó bajito, debilucho, lo podían apartar de un empujón, unos años antes no se podía, hasta Kaszás junior rebotaba en él como si lo hubiera rodeado una campana protectora, un ejército de ángeles, hijito mío, un angelical ejército de buenos karatecas, pero luego los ángeles desaparecieron, allí quedó solo ese pobre hombre con su enorme talento, se juega al fútbol, hijito mío, para mayor gloria de Dios, para el prestigio de la patria y para el propio placer, en este orden, ésos son los requisitos de la calidad, a bote pronto no sería capaz de decir nada a lo cual no fuesen aplicables, incluso aunque Dios no existiera y la patria nos importara un rábano, su estupidez fuera del campo no llamaba la atención porque era un muchacho (un muchachito) sumamente simpático, de manera que los maestros no le creían del todo esa absoluta falta de luces, querían extraer de su oscuridad el tesoro escondido, pero el meneaba la cabeza sonriendo, no me sopléis, que no vale la pena y además tocaba la guitarra con habilidad, gracias a él escuchamos por primera vez a los Beatles, she loves you, yeah, yeah, yeah, incluso fundó una orquesta, tres guitarras y una batería, conmigo sólo quería hablar de Dios, de que no existe.
 No existe.
 Por aquel entonces leí la argumentación de Pascal, para mí sorprendente y hasta cierto punto escandalosa, por no decir clamorosa, basada en cierto cálculo de probabilidades, y traté de encajársela a Miki siguiendo el espíritu de difusión del evangelio, íbamos a entrenarnos, el camino que ahora lleva a la cantina, que une el bulevar grande con el pequeño, no estaba asfaltado todavía en aquella época, a veces pasaba traqueteando un carro de riego que esparcía aceite, supongo que para evitar las polvaredas, íbamos a entrenarnos, el trayecto hasta el campo se antojaba suficiente para aclarar las aparentes (!) incertidumbres en torno a Dios, según Pascal (tal como lo entendía entonces) no era preciso probar la existencia de Dios al estudiante de enseñanza básica Miki Görög, sino proyectar cierta luz sobre la circunstancia de que era mejor negocio creer que no creer, él ni siquiera sabía ni habría comprendido lo que significaba probar, él sólo sabía esto: existe o no existe, o, mejor dicho, en su caso todo giraba alrededor del no existir, el no existir en casa, en la escuela, el no existir en su cabeza, existir sólo existía en el campo, y entonces si existía existir también en su cabeza, también en sus pies, de repente lo sabía todo, realmente todo, hijito mío, y el todo es mucho, sabía incluso que no sólo él debía jugar bien sino el equipo, pues sólo así podía él jugar bien, veía el conjunto mejor que todos, y era elegante y discreto como un lord inglés, no se dirigía a don Vili ante los demás, que si esto era preferible así o asá, él ni siquiera proponía, se limitaba a preguntar, ¿no ha pensado el míster en no poner a Tomi a marcar al hombre?, para eso basta y sobra la Ranita perfectamente, él a lo sumo se tiraría un poquito hacia la banda derecha, don Vili quería a Miki Görög hasta el punto de emocionarse, pero después se dio cuenta de que no acabaría siendo un gran jugador, en parte por su estructura ósea, pero en parte también por la cantidad de noes, por todo ese no existir, su vida consistía en demasiados noes, don Vili era un buen entrenador, enseguida se daba cuenta de qué decía su jugador, intuía eso de tirarse hacia la banda, pero sabía que Miki era muy consciente de cuáles serían las consecuencias, consecuencias de carácter universal, si Tomi no marcaba individualmente.
 Veía la inexistencia de Dios igual que el dos por dos son cuatro; si existiera, yo sabría de él, ¿no? (yo supiera, decía; maniático y escrupuloso, yo me estremecía como si acabara de pisar mierda), pero no sé de él, no puedo hablar con él, y él tampoco habla conmigo, no conozco a nadie que hubiera hablado con él, fue entonces cuando introduje a Pascal, como si terminara de inventarlo, asegurándole que yo simplemente lo tenía más fácil, porque supongamos que Dios no existe, pues entonces me jodí con las misas dominicales, ya que podría haber pasado la mañana durmiendo a pierna suelta hasta el mediodía, pero si existe, entonces, él y Miki Görög desde luego la habrán cagado de lo lindo, nadie perdona que no crean en él, a cualquier persona le cae fatal que pasen de ella, aunque sea Dios, o sea, que había que pensárselo muy mucho, porque a lo sumo se estaba jugando el tiempo dedicado a las misas y quizá también a las clases de religión, pero a cambio, yo no pretendía esbozarle ni siquiera mínimamente todo lo que, ¡la vida eterna!, gritó de forma inopinada Miki Görög, y empezó a correr, a galopar como después de uno de sus goles, ¡la vida eterna, coño, realmente no es poca cosa!, y alzó entonces un brazo al cielo, se detuvo, me esperó, ¿tú cómo lo sabes?, le pregunté, me lo dijo mi madre; su madre semejaba un viejo y pesado armario (¿con olor a naftalina?), los dos no se parecían en absoluto, sólo por su forma de andar e incluso de correr, porque una vez la vi perseguir a su hijo, lo esperaba delante de la escuela, cuando Miki la vio, enseguida salió por la izquierda, más o menos entre la posición del back derecho, hijito mío, y la del centro half clásico, y se enfiló concretamente hacia el Bosquecillo, y la madre lo siguió, los dos corrían con la misma postura que Florián Albert, con el tronco ligeramente rígido, con los codos levantados y doblados hacia dentro, con la soberbia de las aves zancudas, el arrogante ganso Gedeón, mientras las anos parecían volar por separado, y aunque se trataba de una escena de persecución daba la impresión de que no corrían con todas sus fuerzas, al final, eso sí, Miki Görög acudió a una única clase de religión, ¿qué tal?, le pregunté después, se encogió de hombros, olía a jabón, ¿quién?, inquirí aunque sabía que se refería a nuestro capellán, olía a jabón y a polvos de talco, ya no volvió más, y yo tampoco le insistí, el olor a jabón flotaba entre nosotros como una especie de explicación, como algo que, si bien no refutaba la existencia de Dios, parecía contradecirse en cierta medida con ella, o una cosa o la otra, aquí lo único que existe es vuestro olor a jabón.»
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2010, en traducción de Adan Kovacsics. ISBN: 978-84-92649-45-7.]

domingo, 29 de julio de 2018

Celebraciones.- Michel Tournier (1924-2016)


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Cuerpos y bienes
El dinero

«Creo sinceramente que las relaciones que cada uno de nosotros mantiene con el dinero son tan fundamentales y corresponden tanto a su personalidad como las que tiene con el sexo, Dios o la muerte. Por ejemplo, quien haya visto día tras día a sus padres peleando en sórdidas disputas alrededor de un monedero vacío, conservará unas heridas psicológicas que podrían influir en él durante toda la vida. Probablemente hará fortuna, orientando todos sus actos –sin siquiera darse cuenta de ello- a la acumulación de dinero.
 Demos pues ejemplo de confesión financiera. Sin duda, yo represento el caso exactamente contrario al anterior. Mi padre no poseía ninguna fortuna familiar, pero se ganaba la vida muy bien. Resultado: yo jamás oí hablar de “dinero” en casa. Si no era para establecer este principio, que es una de las poquísimas lecciones que me diera mi padre: cuando se tiene dinero, se gasta; cuando no queda, se gana.
 Yo tenía siete años cuando todo el mundo hablaba del secuestro del hijo de Charles Lindberg (1932). Acabé preguntándole a mi padre: “Si los gángsters me raptaran, ¿cuánto dinero darías para recuperarme?” Él fingió sumirse en un cálculo mental y por fin me dijo: “Quizá llegaría hasta los cincuenta francos, ¡pero ni un céntimo más!” La suma me pareció enorme y quedé imbuido, a la vez, de la generosidad de mi padre y de mi propio precio. Por desgracia, mi madre lo estropeó todo diciéndome: “Tu padre bromea. Puedes estar seguro de que tu padre daría todo lo que tiene para recuperarte.” Aquellas palabras me escandalizaron. Me parecieron excesivas, pasionales y a la postre inquietantes. Ya me veía como la causa de la ruina de toda la familia. ¡Realmente, las mujeres resultan imprevisibles!
 Sea como sea, el caso es que sigo sin tener el menor sentido del dinero. Será que gano el suficiente para no tener que pensar en él. ¿Qué más se puede desear? Si acudo a mis recuerdos, me doy cuenta de que durante muchos años viví en una pobreza extrema. Ni siquiera me daba cuenta de ello.
 En lo que se refiere al “tren de la casa”, como se decía antes, voy bastante de acuerdo con mi tiempo. La desaparición del “servicio” me parece una buena cosa. Me habría horrorizado tener criados. La verdadera libertad consiste en hacérselo todo uno mismo. En cambio, me parece que me habría encantado ser un mayordomo con mucho estilo en una gran mansión aristocrática. Ser testigo de todo sin ser visto por nadie, porque uno no forma parte de “la sociedad”. Cuando los invitados y los señores se ríen de una broma, el rostro del mayordomo debe permanecer helado. Una sonrisa por su parte constituye una grosera falta de profesionalidad. La señora de la casa le recibe a horcajadas sobre el bidé. Es que no es un hombre. En el fondo, yo debo tener alma de criado.
 Compadezco a aquellos que tienen un respeto sacrosanto por el dinero. Desprecio a aquellos que lo temen o lo odian. Hay una profunda afinidad entre el dinero y el sexo. Dar dinero a un(a) compañero(a) sexual es el gesto más natural y sin duda el más arcaico del mundo. Es la Morgengabe de los antiguos germanos. Lean el capítulo “Matrimonio” del Código Civil. No se habla en él más que de dinero. La diferencia de sexos no es condición indispensable para el matrimonio, de manera que los matrimonios homosexuales son perfectamente legales. El odio hacia el dinero es sólo la máscara del odio hacia el sexo. La ecuación sexo=dinero es causa de grandes satisfacciones. Quien da dinero se asegura una especie de dominio feudal sobre el cuerpo y el alma de quien lo recibe. “Bolsa: 1.Saco pequeño para el dinero; 2. Envoltorio de los testículos” (Larousse).
 Pero llega el momento de hablar del oro y ahí, para mí, todo cambia. Para ser completo, tengo que contar la historia de mi lingote.
[…]       
Un jugador en el mar
 Ocurrió en Montignac-l’Océan, una estación famosa por su playa y por su casino. Como no sabía qué hacer por la noche, decidí que iría a tentar la suerte con la ruleta, cosa que constituía para mí una auténtica novedad. Me rondaba por la cabeza la frase de un amigo mío matemático: “En comparación con la Loto o el Quarté, la ruleta es una auténtica inversión de padre de familia.” Sin duda ello es cierto para un calculador de probabilidades, pero la ruleta también es más apetitosa y no se sabe de nadie que se haya arruinado jamás con la Loto.
 Cambié doce fichas y las deposité tímidamente, una tras otra, sobre el tapete verde. La raqueta del croupier las arrastró inexorablemente, una tras otra. Lo había perdido todo. Ya estaba iniciado, pero también vacunado para siempre jamás contra la fiebre del juego. Pensé agriamente que la diosa Fortuna no tenía absolutamente ninguna psicología. Si hubiera querido seducirme, tendría que haberme dejado ganar un poquito, ¡qué caray!
 Fui a sentarme en la terraza y dejé reposar la mirada abarcando con ella el horizonte fosforescente en el que parpadeaba un faro rojo.
 -¿Me permite?
 Un hombre se inclinaba ante mí. Pude distinguir su pelo blanco, un rostro ascético y un smoking raído que me pareció el colmo de la elegancia, puesto que visiblemente era usado cada noche. Pensé que quería coger una silla. Pero no, lo que quería era sentarse a mi mesa. Después de todo, estábamos en una especie de club. Así pues, se sentó frente a mí.
 No me había visto nunca en el casino. No, en efecto, era la primera vez que venía. Y sin  duda, también la última. Le informé de mi breve experiencia. En total, estuvimos dos horas hablando y fue entonces cuando fui realmente iniciado en el juego. Mis modestas pérdidas me permitían cuando menos pagar las consumiciones. Era todo lo que me pedía a cambio de las lecciones que me dio.
 Al llegar al final se puso lírico y perentorio:
 -Sepa usted, caballero, que nosotros, los hombres de suerte, formamos una raza aparte que obedece a unas leyes que ustedes, los hombres de razón, ignoran. No pretendo iniciarle en unos secretos a los que se muestra usted totalmente refractario. Pero escuche esta anécdota que tal vez le hará calibrar las dimensiones del abismo que nos separa.
 En mi juventud tuve un compañero de juego; cada noche nos jugábamos nuestra fortuna, cada noche nuestras vidas, cada mañana nuestro honor… Precisamente una mañana, después de una noche de infierno, mi amigo se precipitó en brazos de su padre. Le confesó sumido en llanto que lo había jugado todo y todo lo había perdido. Las deudas de honor se habían comido sus bienes, sus tierras, los castillos de toda la familia. Sólo le quedaba la mano para hacer señales en la carretera y los ojos para llorar. El viejo lo empujó con una mirada flamígera: “No, te queda otra salida.” Se acerca a la pared, descuelga de una panoplia una antigua pistola de plata, se toma el tiempo necesario para cargarla y la pone en la mano de su único heredero. “Y ahora, ve y cumple con tu deber.” Pues es bien cierto que el hombre devorado por las deudas de honor se libera de ellas suicidándose.
 El joven huyó. El padre estuvo esperando angustiado la detonación que le diría que había perdido a su hijo. Pero no pasaba nada. Pasó el día. Pasó la noche. El anciano creyó morir de pena.
 Al día siguiente, a la misma hora que el día anterior, el joven interrumpió en su habitación. Estaba riendo y llevaba en las manos bolsas de oro. “¡Hurra, padre! –exclamó-. Vendí el arma preciosa que me diste. Y regresé al casino. ¡Y he ganado, he ganado, he ganado! ¡He recuperado todo lo que había perdido y mucho más!”
 Esta historia contiene dos lecciones. La primera es que estamos poseídos por una esperanza indestructible. In-des-truc-ti-ble, ¿comprende usted? No hay catástrofe capaz de abatirnos. ¿Sabe usted por qué? Porque toda pérdida contiene en sí la promesa de una ganancia, toda ruina la certeza de una inmensa e inminente fortuna. A veces el mundo se presenta como un tejido de causas y efectos con un desarrollo inexorable. No hay lugar para la esperanza, para el sueño. Ese determinismo implacable tranquiliza al hombre de razón. Al jugador, le desespera. El azar que el jugador introduce por la fuerza entre las mallas de esa red mediante las cartas o la ruleta, es para él una bocanada de oxígeno. Se dice que la naturaleza tiene horror al vacío. Pero el jugador siente una necesidad vital de ese vacío. El hombre de razón y él obedecen a dos principios opuestos. “No dejar nada al azar” es la ley del hombre de razón. “Dar siempre una oportunidad al azar” es la del jugador.
 La otra lección de esta anécdota es el amor por la vida que anima al jugador, que es su ánima. Sin duda, para usted, esto es lo más ininteligible, el amor por la vida. Henry Miller decía: “A quien no sigue su destino, la mala suerte le arrastra por la cola.” Discúlpeme, pero creo que eso es lo que le ha ocurrido a usted esta noche.
 Y ahora recuerden esto, por favor. La pasión por el juego es la más puramente espiritual de todas las pasiones. No tiene prolongación psicológica como la del sexo o el alcohol. Por tanto, no perjudica la salud. Y –paradoja suprema- es desinteresada. Sí, señor, desinteresada, por sorprendente que pueda parecerle. En ustedes, los hombres de razón, el interés orienta todas las palabras y los actos, como el imán dirige en un único sentido todas las limaduras de hierro. El dinero concebido así mata todo lo que vive a su alrededor. El único recurso que les queda a ustedes es fingir que se olvidan de esa parte sórdida de su existencia. Para nosotros, al contrario, es el carburante de nuestros sueños, un elixir mágico, el genio bueno y todopoderoso que se nos lleva volando.»

 [Los fragmentos pertenecen a la edición en español de Editorial Acantilado, 2002, en traducción de Luis María Todó. ISBN: 84-95359-88-X. ]

lunes, 11 de septiembre de 2017

"La venganza de don Mendo: caricatura de tragedia".- Pedro Muñoz Seca (1879-1936)


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Jornada primera

«Magdalena: ¿Cómo no quieres, di, que te idolatre?
Apóyate en mi brazo, ocupa el catre
y cuéntame tu mal, que ya te escucho.
(Ocupa  don Mendo un catrecillo de cuero y Magdalena se arrodilla a su lado. Pausa.)
Ha un rato que te espero, Mendo amado,
¿por qué restas callado?
 Mendo: No resto, no; es que lucho, / pero ya mi mutismo ha terminado;
vine a desembuchar y desembucho. / Voy a contarte, amor mío,
una historia infortunada: / la historia de una velada
en el castillo sombrío / del Marqués de la Moncada.
Ayer... !triste día el de ayer!... / Antes del anochecer
y en mi alazán caballero / iba yo con mi escudero
por el parque de Alcover, / cuando cerca de la cerca
que pone fin a la alberca / de los predios de Albornoz,
me llamó en alto una voz, / una voz que insistió terca.
Hice en seco una parada, / volví el rostro, y la voz era
del Marqués de la Moncada, / que con otro camarada
estaba al pie de una higuera.
 Magdalena: .¿Quién era el otro?
 Mendo: El Barón / de Vedia, un aragonés
antipático y zumbón / que está en casa del Marqués
de huésped o de gorrón. / Hablamos... ¿Y vos qué hacéis?...
Aburrirme... Y el de Vedia / dijo: No os aburriréis;
os propongo, si queréis, / jugar a las siete y media.
 Magdalena: ¿Y por qué marcó esa hora / tan rara? Pudo ser luego...
 Mendo: Es que tu inocencia ignora / que a más de una hora, señora,
las siete y media es un juego.
 Magdalena: ¿Un juego?
 Mendo: Y un juego vil / que no hay que jugarle a ciegas,
pues juegas cien veces, mil... / y de las mil, ves febril
que o te pasas o no llegas. / Y el no llegar da dolor,
pues indica que mal tasas / y eres del otro deudor.
Mas !ay de ti si te pasas! / ¡Si te pasas es peor!
 Magdalena: ¿Y tú... don Mendo?
 Mendo: Serena / escúchame, Magdalena,
porque no fui yo... ¡no fui! / Fue el maldito cariñena
que se apoderó de mí. / Entre un vaso y otro vaso
el Barón las cartas dio; / yo vi un cinco, y dije “paso”,
el Marqués creyó otro el caso, / pidió carta... y se pasó.
El Barón dijo “plantado”; / el corazón me dio un brinco;
descubrió el naipe tapado / y era un seis, el mío era un cinco;
el Barón había ganado. / Otra y otra vez jugué,
pero nada conseguí, / quince veces me pasé,
y una vez que me planté / volví mi naipe... y perdí.
Ya mi peculio en un brete / al fin me da Vedia un siete;
le pido naipe al de Vedia, / y Vedia pone una media
sobre el mugriento tapete. / Mas otro siete él tenía
y también naipe pidió... / y negra suerte la mía,
que siete y media cantó. / Ay me ganó en la porfía...
Mil dineros se llevó, / !por vida de Satanás!
Y más tarde... ¡qué sé yo! / de boquilla se jugó,
y me ganó diez mil más. / ¿Te haces cargo, di, amor mío?
¿Te haces cargo de mis males? / ¿Ves ya por qué no sonrío?
¿Comprendes por qué este río / brota de mis lagrimales?
(Se seca una lágrima de cada ojo.)
Yo mal no quedo, !no quedo! / !Quien diga que yo un borrón
eché a mi grey, que alce el dedo!... / Y como pagar no puedo
los dineros al Barón, / para acabar de sufrir
he decidido... partir / a otras tierras, a otro abrigo.
 Magdalena: (Ocultando su alegría.)¿Que me dices?... ¿Vas a huir?
 Mendo: Voy a huir, pero contigo.
 Magdalena: ¿Perdiste el juicio?
 Mendo: No tal. / Resuelto está, vive Dios.
Y si te parece mal, / aquí mesmo, este puñal,
(Saca un puñal enorme.)
nos dará muerte a los dos. / Primero lo hundiré en ti,
y te daré muerte, sí, / ¡lo juro por Belcebú!,
y luego tú misma, tú, / hundes el acero en mí.
 Magdalena: (Ocultando su miedo.) Es que tú puedes pagar
con algo... que alguien te preste.... / y luego para medrar
puedes partir con la hueste / que organiza el de Melgar.
Y yo aquí te aguardaría / y al Conde prepararía,
y al volver de tu cruzada / nuestra unión sancionaría.
 Mendo: ¡Calla!
 Magdalena: ¡Sí!... ¿Qué piensas?
 Mendo: ¡Nada!
 Magdalena: ¡Salvado, don Mendo, estás! / Pagas las deudas, te vas,
luchas, vences, y al regreso / loca de amor me hallarás
aquí.
 Mendo: ¡Nunca!... ¡Nunca!...
 Magdalena: ¿Y eso?
 Mendo: Porque... ¿cómo a pagar voy? / ¿Cómo?
 Magdalena: (Se dirige a un mueble y saca un estuche de orfebrería.)
Si ya tuya soy / y lo mío tuyo es...
(Le da el estuche.)
este collar que te doy / has de aceptarlo, Marqués.
 Mendo: ¡Dios santo!
 Magdalena: Ve mi intención, / de rodillas te lo ruego,
véndelo, paga al Barón, / tu honor salva, y parte luego
a unirte al rey de Aragón.
 Mendo: (Dudando.) Es que...
 Magdalena: Todo está arreglado.
 Mendo: Pero mi honor...
 Magdalena: No comprendo...
 Mendo: Temo que algún deslenguado / lo sepa, y diga: don Mendo
es un vil y un desahogado, / que sin pizca de aprensión
aprovechó una ocasión / que él creyó propicia y obvia
y pagó a cierto Barón / con alhajas de su novia.
Y me anulo y me atribulo / y mi horror no disimulo,
pues aunque el nombre te asombre / quien obra así tiene un nombre,
y ese nombre es el de... chulo.
 Magdalena: ¡Basta, don Mendo!
 Mendo: ¡No!... ¡No!...
 Magdalena: (Trágica.) ¡O aceptas ese collar / que mi mano te donó,
o tú no me has de matar, / pues he de matarme yo!
(Ruido de espadas que chocan dentro.)
 Mendo: ¡Calla!
 Magdalena: ¿Qué es eso?... ¡Dios santo!»

martes, 6 de diciembre de 2016

"El jugador".- Fedor Dostoievski (1821-1881)


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 Capítulo XII

 «La abuela se mostraba impaciente e irritada; estaba claro que la ruleta no se le podía ir de la cabeza. No prestaba atención a nada y estaba muy distraída. En el camino, por ejemplo, no preguntó por nada, como antes. Al ver un coche lujosísimo, que pasó ante nosotros como un torbellino, levantó la mano y preguntó. “¿Qué es eso? ¿De quién es?”, pero ni siquiera escuchó mi respuesta; su estado meditabundo se veía interrumpido sin cesar por bruscos movimientos del cuerpo y exclamaciones de impaciencia. Cuando le señalé de lejos, ya al acercarnos al casino, al barón y a la baronesa Wurmerhelm, miró distraídamente y dijo con la más absoluta indiferencia: "¡Ah!", y, volviéndose rápidamente hacia Potápich y Marfa, que caminaban detrás de nosotros, les dijo:
 -¿Para qué venís vosotros? ¡No os voy a llevar cada vez! ¡Idos a casa! Me basto contigo -añadió, volviéndose hacia mí, cuando los otros, después de hacer una presurosa reverencia, dieron la vuelta.
 En el casino ya esperaban a la abuela. Inmediatamente la acompañaron al mismo sitio de antes, junto al croupier. Se me figura que estos croupiers, siempre tan tiesos y que aparentan ser simples funcionarios a los que no les importa en absoluto que la banca gane o pierda, no son tan indiferentes a las pérdidas de la banca, y se comprende que están aleccionados para atraer a los jugadores y velar por los intereses del negocio: para esto reciben sus primas. A la abuela, por lo menos, la miraron como a una víctima. Luego sucedió lo que los nuestros suponían.
 La cosa fue como sigue:
 La abuela se lanzó directamente al zéro y me mandó poner doce federicos. Los pusimos una vez, otra, otra, y el zéro no salió. "¡Pon, pon!", me empujaba impaciente la abuela. Yo la obedecía.
 -¿Cuántas veces hemos apostado? -me preguntó, por fin, rechinando los dientes de impaciencia.
 -Doce, abuela. Hemos perdido ciento cuarenta y cuatro federicos. Ya le decía, abuela, que hasta la noche...
 -¡Cállate! -me interrumpió-. Pon al zéro y apuesta mil florines al rojo. Toma este billete.
 El rojo salió, pero el zéro falló de nuevo; nos entregaron los mil florines de ganancia.
 -¡Ya ves, ya ves! -murmuró la abuela-. Hemos recuperado casi todo lo que habíamos perdido. Apunta otra vez al zéro; pondremos otras diez veces y lo dejaremos.
 Pero la quinta vez la abuela se desanimó por completo.
 -Deja ese repugnante zéro, que se vaya al diablo. Toma, apuesta los cuatro mil florines al rojo -ordenó.
 -¡Abuela! Eso es mucho, ¿y si no sale el rojo? -dije en tono suplicante; pero ella estuvo a punto de pegarme.
 Por lo demás, me daba tales codazos, que casi podía decirse que no cesaba de pegarme. No había otro remedio: puse en el rojo los cuatro mil florines que antes habíamos ganado. La rueda empezó a dar vueltas. La abuela permanecía tiesa, tranquila y orgullosa, sin dudar de que iba a ganar irremisiblemente.
 -Zéro -anunció el croupier.
 En un principio la abuela no comprendió, pero al ver que el croupier se llevaba sus cuatro mil florines con todo lo que había sobre la mesa y al saber que el zéro, que tanto tiempo llevaba sin aparecer y en el que habíamos perdido casi doscientos federicos, había salido, como a propósito, cuando ella acababa de abandonarlo, lanzó un ¡ay! y dio una palmada que se oyó en toda la sala. A nuestro alrededor se oyeron risas.
 -¡Dios mío! ¡Ha salido el maldito! -clamó la abuela-. ¡El condenado! ¡Tú tienes la culpa! ¡Tú tienes la culpa de todo! -se revolvió furiosa contra mí, dándome un empujón-. Tú me lo quistaste de la cabeza.
 -Le he hablado sensatamente, abuela, ¿cómo puedo responder de todas las probabilidades?
 -¡Ya te daré yo probabilidades! -murmuró ella amenazadoramente-. Vete de aquí.
 -Adiós, abuela -y di la vuelta, disponiéndome a marcharme.
 -¡Alexei Ivánovich, Alexei Ivánovich, quédate! ¿Adónde vas? ¿Qué te pasa? ¡Vaya, se ha enfadado! ¡Estúpido! Ea, quédate, quédate un rato más, no te enfades, ¡yo misma soy una estúpida! Dime qué es lo que hay que hacer ahora.
 -Yo, abuela, no quiero decirle nada, porque luego me echará a mí la culpa. Juegue usted misma; diga lo que quiere y yo haré las posturas.
 -¡Bueno, bueno! ¡Pon otros cuatro mil florines al rojo! Toma el billetero, sácalos -y sacó el billetero del bolsillo y me lo entregó-. Date prisa, ahí hay veinte mil rublos en dinero.
 -Abuela -murmuré-, esas apuestas...
 -Aunque me muera, he de desquitarme. ¡Pon!
 Jugamos y perdimos.»