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domingo, 14 de abril de 2024

54.- Wu Ming (Roberto Bui -Wu Ming 1-, Giovanni Cattabriga -Wu Ming 2-, Luca Di Meo -Wu Ming 3-, Federico Guglielmi -Wu Ming 4- y Riccardo Pedrini -Wu Ming 5-)


Narrativa transmediática y communal fiction en Wu Ming ...
Primera parte: Šipan

Capítulo 5

  «Declaración realizada el 8/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana sobre la desaparición de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 Me llamo Pagano Salvatore, nacido en Nápoles el día 21 de julio de 1934. Mi madre se llamaba Carmela, pero todos la conocían como Nennella, sobre todo en Vergini. El barrio, quiero decir. El barrio de Vergini.
 De mi padre nada sé, y no digo más.
 A mí, sin embargo, los amigos, los chalanes de Agnano y también otros amigos, me llaman Kociss. Bueno, también Salva el de la Virgen, pero más Kociss. ¿No lo entiende? Kociss, con «k», ya sé que en nuestro alfabeto no existe, pero en el americano y los extranjeros, sí. La k, quiero decir. Pero ¿no conoce usted al gran futbolista húngaro? ¡Kociss!
 ¿Si soy futbolista? No, pero qué importa, número uno, porque yo al balón sé jugar de verdad, y aunque tengo casi veinte años, si tuviera más suerte hasta podría triunfar, pero da igual, porque el nombre me lo gané por algo que no tiene nada que ver con el balón, bueno, sí, tiene que ver, pero esto es otra historia. En fin, ¿tiene presente a ese gran equipo que es Hungría, que este año ganará a todos en la Copa del Mundo que se juega en Suiza? Pues en ese equipo hay varios jugadores y hay uno que mete cada gol de cabeza que, cómo le diría, los clava. Fulminantes. Él y Puskas meten goles a paladas, lo nunca visto, vamos. Y este que le digo los mete casi todos de cabeza, el no va más. Kociss.
 Pero, bueno, a lo que iba, que algunos amigos y otros también, ya sabe cómo son los amigos, siempre de coña, en fin, que me llaman así porque según dicen cuando me pongo a discutir con algún tipejo que tiene mal perder, cosa que no suele ocurrir, quede claro, pues eso, que pocas veces eso pasa y que si tú de qué vas, a mí no me vaciles, salen a relucir las madres y hasta ahí hemos llegado, ya me entiende, pues eso, que según ellos les suelto un cabezazo, aunque eso pasaría una vez, dos como mucho, ya sabe cómo son los amigos, y dicen que les dejo grogui, y por eso me pusieron ese nombre. Pero no era esto lo importante, perdone, lo que quería decirle es que en el asunto ese del televisor yo no tengo nada que ver.
[…]

Capítulo 11

  Declaración hecha el 25/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana por Pagano Salvatore, de padre desconocido, sospechoso del robo de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 De acuerdo, entendido. Dice usted que hubo una persona que me vio por la base. Agnano, quiero decir. La base de los Aliados de Agnano. Pero ¿qué significa eso? Puede haberse equivocado, ya sabe lo que pasa cuando está oscuro, que cree uno reconocer a un amigo y en cambio es alguien que no tiene nada que ver. Eso es, así debe de haber sido. ¿Qué cree? Hay más de una persona que le puede decir que estaba en la fiesta. Ya le hablé la vez pasada de la fiesta, esa de Reyes. En el orfelinato de Santa Teresa. Por supuesto, para repartir los regalos a los críos, ¿cómo no? Puede preguntarle a sor Juliana, si usted quiere, allí no estaba oscuro, ella me vio perfectamente la cara, incluso hablamos. Y estaba además sor Magdalena, puede preguntarle también a ella. No pensará que dos monjas vayan a mentirle, son esposas de Cristo, ya conoce a las monjas, oración y buenas obras, no saben siquiera lo que es la mentira, es decir, entiéndame, lo saben, pero piensan que cuando se miente la Virgen llora, de veras, eso nos decían, ¿ya sabes lo que pasa si dices mentiras?
 A mí fueron ellas las que me educaron. Las monjas, quiero decir. Sor Juliana y sor Magdalena juntas. Usted mismo puede comprobarlo, hasta los trece años viví en el orfelinato de Santa Teresa, porque, en fin, mi madre apenas tenía dinero para ir tirando, la pobre, y con el oficio al que se dedicaba, no sé si me explico, una criatura era una buena carga. De mi padre, en cambio, no añado más. Hermanos, hermanas, tal vez tengo muchos, pero nunca nadie me ha dicho nada.
 Y ya que va, cuando vea a las monjas, pregúnteles a ellas si soy yo un delincuente, como dice. Ya sabe, ellas no dicen nunca mentiras. ¿Salvatore Pagano? Es un buen chaval, sí, siempre con los caballos, con las apuestas, pero ¿qué quiere usted?, de alguna manera se tiene que vivir. Porque a ellas, las monjas, tampoco las apuestas les hacen mucha gracia. Pues si uno apuesta demasiado, hace llorar a santa Teresa. Eso nos decían. Cada pecado tiene a su santo que llora, y cuanto más grave es el pecado más importante es el santo. Pero, perdone, le estaba hablando de las monjas. ¿Salvatore Pagano? No ha robado nunca nada, le dirían, aparte de algún que otro caramelo, y sí, claro, también algún que otro cigarrillo, y una vez, pero una sola vez, una botella de vino de la bodega, pero un televisor, eso es demasiado, ¿y dónde habría puesto él un televisor? No, no, Salva es un buen chaval, le dirían.
 Porque, mire, para demostrarle que quiero ser sincero con usted hasta el fondo, como en un confesionario, aparte de los caramelos, los cigarrillos y la botella de vino, una vez, pero una sola, ¿eh?, hubo también otra cosa. Y no creo que esto las hermanas se lo vayan a contar, porque, en fin, también ellas, en este caso, ¿entendido, no? Y esto es lo más gordo que he hecho nunca, con la mejor de las intenciones, por supuesto, algo justo, sí señor, pues de lo contrario las hermanas no me lo hubieran dejado hacer nunca, pues vivía aún medio con ellas, en aquel entonces. Sí, medio, en fin, a medias, a ratos, por el día me iba por mi cuenta y por la noche volvía con ellas a dormir. Tenía trece años, entonces.
54 wu ming - Vendido en Venta Directa - 145141054 ¿Le he dicho, no, que hay ciertos amigos, pero pocos, y otros también que me conocen como Salva el de la Virgen? No, no, tranquilo, no estoy cambiando de tema otra vez. Esto tiene que ver con esa cosa gorda, pero justa, que hice hace mucho tiempo, la de las monjas. En fin, le decía que me llaman así, Salva el de la Virgen, por el hecho de que yo, no solo precisamente, mejor dicho, junto con otras personas, hice llorar a la Virgen. ¿Para qué mentir, disculpe? Eso es una forma de hablar. No, a estas Vírgenes no las he hecho llorar con mentiras. Esas lloraban de verdad. Es decir, de verdad no, no era un verdadero milagro, era una mentira, pero lloraban, eso sí. ¿Que no entiende? Se lo explicaré mejor: esas otras personas con las que estaba echaban una mano a otras personas, gente importante, peces gordos. Estos peces gordos iban a muchísimos pueblos de los alrededores de Nápoles, Acerra, Marano, Afragola, hablaban de sus cosas, hacían propaganda, contaban sus proyectos. Y cuando se iban, y la gente seguía aún toda allí, al pie del escenario, pues estos peces gordos hablaban desde un escenario, nos presentábamos nosotros. O sea, esas otras personas y yo. Y no es que yo tuviera que hacer gran cosa, me mandaban a la iglesia del pueblo, junto con el párroco, que estaba también con nosotros, y en un momento dado tenía que salir yo corriendo afuera, como loco, diciendo que había visto llorar a la Virgen, que era un milagro, ¡corred!, que una viejecita que estaba a mi lado se había desmayado del susto. Y había veces en que esas otras personas que estaban conmigo habían colocado una botellita de agua dentro de la estatuilla de la Virgen, y ella lloraba de veras, es decir, de veras no exactamente, no es que fuera un milagro, pero, en fin, parecía que llorase. Pero en otras ocasiones no era necesario, bastaba con que los del pueblo vieran al chaval y a la viejecita que decían sí, que la Virgen había llorado, que ellos la habían visto, mientras aquel pez gordo decía que había que votar por él, cruz sobre cruz, pues si no ni Virgen ni Italia ni nada, iban a llegar esos ogros que se comían a los niños y… ¿No quiere que le cuente esta historia? ¿Que ya la conoce? Está bien, está bien, no diré nada más, ya le dije que era algo gordo, que a usted se lo quería contar todo, como en un confesionario, en fin, pero a mí esa gente me la hicieron conocer las monjas, y me dijeron que, bueno, había mentiras y mentiras, y que ésa era con buenas intenciones, también usted hubiera dicho mentiras buenas, y esta era una de ellas, y era tan buena que a fuerza de decirla parece que salvamos a Italia en el cuarenta y ocho, yo y esas otras personas… Está bien, no le interesa, ya lo he entendido, acabo enseguida, en cualquier caso fue por eso por lo que algunos amigos, pero pocos, y también otros me llamaban Salva el de la Virgen. A mí, Kociss me gusta mucho más.
 Pero si no quiere oír esta historia, vuelvo a decirle que yo con este problema del televisor americano no tengo nada que ver. Y esto de la Virgen es lo más gordo que he hecho nunca.
 ¿Las cinco mil liras, dice? ¿Qué cinco mil liras? ¿Que las tenía en el bolsillo? Bueno, sí, es cierto, cinco mil liras, pero esas son mías. ¿Y cree que si hubiera vendido a alguien un televisor americano le habría pedido nada más que cinco mil liras? Vale veinte veces más, por lo menos. Pero le parece extraño que uno como yo vaya por ahí con cinco mil liras en el bolsillo. Y bueno, ya le he dicho que tampoco a las monjas les gusta, pero que yo apuesto a los caballos, que santa Teresa me perdone, y las veces que gano, me saco alguna cosa. Además, ya sabe lo que pasa, siempre ando por el hipódromo, y limpia aquí, lleva esto allá, vete rápido a hacer una apuesta para el señor que no quiere molestarse, y también así se saca uno algo. Pero poquita cosa, cuatrocientas, quinientas liras como mucho. Las cinco mil liras, esas las gané a los caballos. En el Gran Premio del domingo éramos tres, me parece, yo aposté por Monte Allegro, todos decían que ganaría Ninfa y en cambio ganó Monte Allegro. Ya sabe, Agnano es mi segunda casa, o mejor dicho, incluso la primera, y yo los caballos los conozco bien de verdad, y Ninfa el día antes había tenido un cólico de miedo, mientras que Monte Allegro estaba en buena forma. El totalizador lo daba a cien liras, puede comprobarlo usted mismo, y yo aposté por él todos mis ahorros, quinientas liras, exactamente.
 ¡Una gran apuesta, comisario, nunca he visto tanto dinero en mi vida!»

      [Wu Ming es el pseudónimo de un grupo de escritores italianos que trabajan de forma colectiva].
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Mondadori, 2003, en traducción de José Ramón Monreal, pp. 50 y 75-76. ISBN: 978-84-3970-985-5.]


miércoles, 27 de enero de 2021

Pic-Nic. El triciclo. El laberinto.- Fernando Arrabal (1932)


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Pic-Nic

  «Sra. Tepán: Esto es lo agradable de salir los domingos al campo. Siempre se encuentra gente simpática. (Pausa.) Y usted, ¿por qué es enemigo?
 Zepo: No sé de estas cosas. Yo tengo muy poca cultura.
 Sra. Tepán: ¿Eso es de nacimiento, o se hizo usted enemigo más tarde?
 Zepo: No sé. Ya le digo que no sé.
 Sra. Tepán: Entonces, ¿cómo ha venido a la guerra?
 Zepo: Yo estaba un día en mi casa arreglando una plancha eléctrica de mi madre cuando vino un señor y me dijo: “¿Es usted Zepo? –Sí. Pues me han dicho que tienes que ir a la guerra”. Y yo entonces le pregunté: “Pero, ¿a qué guerra?” Y él me dijo: “Qué bruto eres, ¿es que no lees los periódicos?” Yo le dije que sí, pero no lo de las guerras…
 Zapo: Igualito, igualito me pasó a mí.
 Sr. Tepán: Sí, igualmente te vinieron a ti a buscar.
 Sra. Tepán: No, no era igual, aquel día tú no estabas arreglando una plancha eléctrica, sino una avería del coche.
 Sr. Tepán: Digo en lo otro. (A Zepo.) Continúe. ¿Y qué pasó luego?
 Zepo: Le dije que además tenía novia y que si no iba conmigo al cine los domingos lo iba a pasar muy aburrido. Me respondió que eso de la novia no tenía importancia.
 Zapo: Igualito, igualito que a mí.
 Zepo: Luego bajó mi padre y dijo que yo no podía ir a la guerra porque no tenía caballo.
 Zapo: Igualito dijo mi padre.
 Zepo: Pero el señor dijo que no hacía falta caballo y yo le pregunté si podía llevar a mi novia y me dijo que no. Entonces le pregunté si podía llevar a mi tía para que me hiciera natillas los jueves, que me gustan mucho.
 Sra. Tepán: (Dándose cuenta de que ha olvidado algo.) ¡Ay, las natillas!
 Zepo: Y me volvió a decir que no.
 Zapo: Igualito me pasó a mí.
 Zepo: Y, desde entonces, casi siempre solo en esta trinchera.
 Sra. Tepán: Yo creo que ya que el señor prisionero y tú os encontráis tan cerca y tan aburridos, podríais reuniros todas las noches para jugar juntos.
 Zapo: Ay, no, mamá. Es un enemigo.
 Sr. Tepán: Nada, hombre, no tengas miedo.
 Zapo: Es que si supieras lo que el general nos ha contado de los enemigos.
 Sra. Tepán: ¿Qué ha dicho el general?
 Zapo: Pues nos ha dicho que los enemigos son muy malos, muy malos, muy malos. Dice que cuando cogen prisioneros les ponen chinitas en los zapatos para que cuando anden se hagan daño.
 Sra. Tepán: ¡Qué barbaridad! ¡Qué malísimos son!
 Sr. Tepán: (A Zepo, indignado.) ¿Y no le da a usted vergüenza pertenecer a ese ejército de criminales?
 Zepo: Yo no he hecho nada. Yo no me meto con nadie.
 Sra. Tepán: Con esa carita de buena persona, quería engañarnos.
 Sr. Tepán: Hemos hecho mal en desatarlo, a lo mejor, si nos descuidamos, nos mete unas chinitas en los zapatos.
 Zepo: No se pongan conmigo así.
 Sr. Tepán: ¿Y cómo quiere que nos pongamos? Esto me indigna. Ya sé lo que voy a hacer: voy a ir al capitán y le voy a pedir que me deje entrar en la guerra.
 Zapo: No te van a dejar. Eres demasiado viejo.
 Sr. Tepán: Pues entonces me compraré un caballo y una espada y vendré a hacer la guerra por mi cuenta.
 Sra. Tepán: Muy bien. De ser hombre, yo haría lo mismo.
 Zepo: Señora, no se ponga así conmigo. Además le diré que a nosotros nuestro general nos ha dicho lo mismo de ustedes.
 Sra. Tepán: ¿Cómo se ha atrevido a mentir de esa forma?
 Zapo: Pero, ¿todo igual?                
 Zepo: Exactamente igual.
 Sr. Tepán: ¿No sería el mismo el que os habló a los dos?
 Sra. Tepán: Pero si es el mismo, por lo menos podría cambiar de discurso. También tiene poca gracia eso de que a todo el mundo le diga las mismas cosas.
 Sr. Tepán: (A Zepo, cambiando de tono.) ¿Quiere otro vasito?
 Sra. Tepán: Espero que nuestro almuerzo le haya gustado…
 Sr. Tepán: Por lo menos ha estado mejor que el del domingo pasado
 Zepo: ¿Qué les pasó?
 Sr. Tepán: Pues que salimos al campo, colocamos la comida encima de la manta y en cuanto nos dimos la vuelta llegó una vaca y se comió toda la merienda. Hasta las servilletas.
 Zepo: ¡Vaya una vaca sinvergüenza!
 Sr. Tepán: Sí, pero luego, para desquitarnos, nos comimos la vaca. (Ríen.)
 Zapo: (A Zepo.) Pues, desde luego se quitarían el hambre…
 Sr. Tepán: ¡Salud! (Beben.)
 Sra. Tepán: (A Zepo.) Y en la trinchera, ¿qué hace usted para distraerse?
 Zepo: Yo, para distraerme, lo que hago es pasarme el tiempo haciendo flores de trapo. Me aburro mucho.
 Sra. Tepán: ¿Y qué hace usted con las flores?
 Zepo: Antes se las enviaba a mi novia. Pero un día me dijo que ya había llenado el invernadero y la bodega de flores de trapo y que si no me molestaba que le enviara otra cosa, que ya no sabía qué hacer con tanta flor.
 Sra. Tepán: ¿Y qué hizo usted?
 Zepo: Intenté aprender a hacer otra cosa, pero no pude. Así que seguí haciendo flores de trapo para pasar el rato.
 Sra. Tepán: ¿Y las tira?
Resultado de imagen de pic nic el triciclo el laberinto pdf Zepo: No. Ahora les he encontrado una buena utilidad: doy una flor para cada compañero que muere. Así ya sé que por muchas que haga, nunca daré abasto.
 Sr. Tepán: Pues ha encontrado una buena solución.
 Zepo: (Tímido.) Sí.
 Zapo: Pues yo me distraigo haciendo jerseys.
 Sra. Tepán: Pero, oiga, ¿es que todos los soldados se aburren tanto como usted?
 Zepo: Eso depende de lo que hagan para divertirse.
  Zapo: En mi lado ocurre lo mismo.
 Sr. Tepán: Pues entonces podemos hacer una cosa: parar la guerra.
 Zepo: ¿Cómo?
 Sr. Tepán: Pues muy sencillo. Tú le dices a todos los soldados de nuestro ejército que los soldados enemigos no quieren hacer la guerra, y usted le dice lo mismo a sus amigos. Y cada uno se vuelve a su casa.
 Zapo: ¡Formidable!
 Sra. Tepán: Y así podrá usted terminar de arreglar la plancha eléctrica.
 Zapo: ¿Cómo no se nos habrá ocurrido antes una idea tan buena para terminar con este lío de la guerra?
 Sra. Tepán: Estas ideas sólo las puede tener tu padre. No olvides que es universitario y filatélico.
 Zepo: Oiga, pero si paramos así la guerra, ¿qué va a pasar con los generales y los cabos?
 Sra. Tepán: Les daremos unas panoplias para que se queden tranquilos.
 Zepo: Muy buena idea.
 Sr. Tepán: ¿Veis qué fácil? Ya está todo arreglado.
 Zepo: Tendremos un éxito formidable.
 Zapo: Qué contentos se van a poner mis amigos.
 Sra. Tepán: ¿Qué os parece si para celebrarlo bailamos el pasodoble de antes?
 Zepo: Muy bien.
 Zapo: Sí, pon el disco, mamá.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra (Grupo Anaya), 2005, en edición de Ángel Berenguer, pp. 151-162. ISBN: 84-376-0100-2] 

domingo, 7 de enero de 2018

Estambul. Ciudad y recuerdos.- Orhan Pamuk (1952)


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33.-Colegio extranjero, extranjero en el colegio

«Otra cosa que se une en mi mente a los recuerdos de aquellos años, algo que hacía con los mismos sentimientos de culpa y soledad y que continué practicando mientras estudiaba arquitectura en la Universidad Técnica, era hacer novillos. No obstante, en realidad se trataba de una actividad que había iniciado hacía mucho, ya en la escuela primaria.
 Al principio, mientras estaba en la escuela primaria, hacía novillos porque me aburría, porque me daba vergüenza algún fallo del que nadie se había dado cuenta o porque sabía que aquel día habría vacunaciones. También me escapaba por razones que no tenían relación con la escuela, porque mis padres habían discutido o por simples y pura pereza e irresponsabilidad o porque había perdido la costumbre de ir después de alguna larga enfermedad durante la cual me habían tenido en palmitas en casa. Un poema que había que memorizar, el maltrato en secundaria de algún matón difícil de manejar, o, en el bachillerato y la universidad, la amargura, la depresión o la angustia existencial, todo eran excusas para escaparme de clase. A veces también hacía novillos simplemente porque era un gato hogareño. Huía porque cuando mi hermano estaba en clase yo me quedaba a solas con mi madre, porque solo podría hacer mejor lo que más me apeteciera en nuestro cuarto, porque, de hecho, hacía ya tiempo que había comprendido que no podría ser tan buen estudiante como mi hermano. Pero la verdadera razón era más profunda y se situaba en un lugar relacionado con la amargura.
 Empecé a hacer novillos porque mi abuela no podía conmigo el invierno en que tuvo que cuidarnos cuando mis padres se fueron a Ginebra, donde mi padre había encontrado trabajo  tras agotar todo el dinero que nos había quedado de mi abuelo. Cuando el portero Ismail Efendi, que nos llevaba todas las mañanas a la escuela, llamaba al timbre de la puerta, mi hermano salía con la cartera en la mano y yo, con mis ocho años, empezaba a dar vueltas por la casa mascullando alguna excusa: no había terminado de preparar la cartera, me había acordado en el último momento de algo que se me había olvidado, que si la abuela podía darme una lira, que si me dolía la barriga, que si los zapatos estaban mojados, que si tenía que cambiarme de camisa... Mi hermano, que notaba mis malas intenciones y al que no le gustaba llegar tarde a clase, decía: "Vámonos, Ismail, ya volverás luego a recoger a Orhan".
 La escuela a la que nos llevaba el portero, el liceo Işik, estaba a cuatro minutos de casa. Cuando Ismail Efendi regresaba para llevarme después de haber dejado a mi hermano, las clases ya estaban a punto de empezar. Perdía un poco más el tiempo, aparentaba culpar a los demás de algo que me faltaba o que no estaba listo o, mientras el portero me estaba esperando en la puerta, simulaba no haber oído el timbre por el dolor de barriga. Como todos aquellos embustes y numeritos me ponían bastante nervioso y gracias a la ayuda de la leche que cada mañana me veía obligado a tomar con odio (todavía podía sentir asqueado en la nariz su calor espumoso y su olor repugnante), la verdad era que la barriga me dolía un poco realmente. Poco después entraba en acción el corazón de mantequilla de mi abuela:
 -Bueno, Ismail, ya se ha hecho tarde y han debido tocar la campanilla hace rato. Ya puestos, que tampoco vaya hoy-. Y se volvía hacia mí frunciendo el ceño-. Pero mírame, mañana vas, ¿entendido? O llamaré a la policía. Y les escribiré una carta a tus padres.
 Años después, y ya que en el instituto nadie se enteraba si no iba a clase, hacer novillos se convirtió en algo mucho más placentero. Como el precio del sentimiento de culpabilidad hacía más valioso cada paso que daba por las calles de la ciudad y como no tenía ningún otro objetivo en la mente sino hacer novillos, durante mis paseos por las calles me fijaba en cosas que sólo podría ver alguien sin objetivo alguno, un holgazán, un vagabundo: las enormes alas del sombrero de esa señora, la cara quemada de ese mendigo, en la que nunca me había fijado a pesar de pasar a su lado todos los días, los barberos y sus aprendices leyendo el periódico en la barbería, la chica del anuncio de conservas en el muro lateral del edificio de enfrente, el interior del reloj en forma de hucha de la plaza de Taksim (si no me hubiera escapado del instituto nunca habría estado allí a esas horas para ver cómo lo arreglaban), la soledad de los establecimientos de hamburguesas, los cerrajeros, los traperos, los tapiceros y los colmados de las calles de atrás de Beyoğlu, las tiendas de filatelia, de instrumentos musicales, de libros viejos, de sellos de caucho o de máquinas de escribir de la cuesta de Yüksekkaldirim, y todo me resultaba tan real y bonito como nunca lo había notado en otros momentos, por ejemplo cuando pasaba por allí con mis amigos o cuando paseaba de niño con mi madre, y tan interesante que me habría gustado tocarlo. Compraba a los vendedores ambulantes que veía por la calle lo que más me apeteciera: roscos de pan, mejillones fritos, arroz, castañas, albóndigas a la parrilla, bocadillos de pescado, galletas de harina, ayran, jarabes... Tenía momentos de extrema felicidad, como cuando me paraba en un rincón con una botella de gaseosa en la mano y contemplaba a los niños jugar al fútbol en la calle (¿habrían hecho novillos como yo  o es que ni siquiera iban a la escuela?) o al bajar por una cuesta hasta entonces desconocida, pero también había otros en que no apartaba la mirada del reloj, en los que tenía la cabeza en lo que estarían haciendo en ese momento en el colegio o en los que me asfixiaban los sentimientos de culpabilidad y la amargura.
 Escapándome de clase en mis años de instituto descubrí Bebek, las calles de atrás de Ortaköy, las colinas de Rumelihisari, los muelles de los barcos de Rumelihisari, Emirgân e Ístinye, la mayor parte de los cuales todavía funcionaba entonces, y lo cafés de pescadores de los alrededores, los lugares donde se podía pasear en barca, los parajes a los que se podía ir en los barcos que salían de allí, el placer de montarme en los vapores del Bósforo, los pueblecitos de la ruta y las calles laterales en las que todavía se pueden ver viejas casas rumíes que no cierran las puertas de día, ancianas que dormían junto a las ventanas y gatos felices.
 Tras cometer aquellos delitos, tomaba muchas decisiones que me habrían de llevar por el buen camino: sería mejor estudiante, pintaría más, iría a Estados Unidos a estudiar pintura, no fastidiaría más a mis profesores norteamericanos, convertidos en caricaturas de pura buena voluntad, ni a los turcos, que de puro desalentados y malintencionados no sabían hacer más que fastidiarnos a su vez, y no me echarían más de clase. Con la ayuda de mis sentimientos de culpabilidad, en poco tiempo me transformé en un ambicioso "idealista". Gracias a dicho idealismo, podía condenar rápidamente y sin dudar lo más mínimo a todos los adultos, profesores o mayores por mentirosos, perezosos, hipócritas o numereros. Por aquellos años, para mí el pecado más imperdonable y más frecuente de los adultos era que no fueran lo bastante honestos, auténticos, originales o sinceros.»  
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Mondadori, 2006, en traducción de Rafael Carpintero Ortega. ISBN: 84-397-2029-7.]