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domingo, 28 de junio de 2026

Diez días que estremecieron el mundo.- John Reed (1887-1920)

 

Notas y aclaraciones
Organizaciones más importantes

 «1.-Soviet.- Esta palabra existe hace tiempo en la lengua rusa y corresponde al vocablo inglés council (consejo). Bajo el zar, por ejemplo, el Consejo Imperial de Estado se llamaba Gosudarstvennyi Soviet. Pero desde los tiempos de la revolución la palabra Soviet empezó a asociarse a determinado tipo de representación, elegida por miembros de las organizaciones económicas de los trabajadores: Soviet de Diputados Obreros, Soldados o Campesinos. Por eso yo uso la palabra Soviet solamente en relación con estos organismos. Además de los Soviets locales, que son elegidos en cada ciudad y aldea -y en las grandes ciudades se eligen también Soviets distritales (Raionny)- existen Soviets regionales (Oblastny) o provinciales (Gubiernsky) y en la capital el Comité Ejecutivo de todos los Soviets de Rusia, llamado para abreviar CEC (véase más abajo, comités centrales). Los Soviets de Diputados Obreros y y los Soviets de Diputados Soldados se unieron muy pronto casi en todas partes poco después de la Revolución de Marzo. Sin embargo, para examinar cuestiones especiales, que afectaban sus intereses particulares, las secciones de obreros y soldados continuaron reuniéndose por separado. Los Soviets de Diputados Campesinos se unieron a los demás solamente después del coup d'état bolchevique. Estaban organizados igual que los Soviets de Obreros y Soldados y en la capital había un Comité Ejecutivo de los Soviets Campesinos de toda Rusia.
 2.-Sindicatos.- Aunque en Rusia los sindicatos obreros estaban organizados por ramas se llamaban, sin embargo, sindicatos profesionales y en la época de la revolución bolchevique contaban de tres a cuatro millones de afiliados. Estos sindicatos estaban unidos también en una organización de toda Rusia, algo así como una Federación Rusa del Trabajo, que tenía su Comité Ejecutivo Central en la capital.
 3.-Comités de fábrica.- Eran organizaciones surgidas espontáneamente, creadas en las empresas por los obreros en su afán de ejercer el control en la industria, aprovechando el desorden en la administración originado por la revolución. Estos comités se adueñaban por vía revolucionaria de las empresas y las dirigían. Los comités de fábrica tenían también su organización de toda Rusia con un Comité Central en Petrogrado, que colaboraba con los sindicatos.
 4.-Dumas.- La palabra duma significa aproximadamente "órgano deliberativo". La vieja Duma Imperial, que subsistió en forma democratizada seis meses después de la revolución, feneció de muerte natural en septiembre de 1917. La Duma Municipal, que se menciona en este libro, fue creada como resultado de la reorganización del Consejo Municipal o autoadministración municipal, como lo llamaban con mayor frecuencia. La Duma se elegía por votación directa y secreta y el único motivo por el cual no logró atraer a su lado a las masas durante la revolución bolchevique fue la caída general de la influencia de toda representación puramente política, mientras crecía la influencia de las organizaciones basadas en grupos económicos.
 5.-Zemstvos.- Esta palabra puede traducirse aproximadamente como "consejos rurales". Bajo el zarismo eran organizaciones semipolíticas semisociales con atribuciones administrativas muy reducidas. Los creaban y dirigían principalmente intelectuales de corte liberal, procedentes de la clase terrateniente. El aspecto más importante de la actividad de los zemstvos era la instrucción pública y las atenciones sociales a los campesinos. Durante la guerra los zemstvos asumieron poco a poco toda la labor de avituallamiento del Ejército ruso con víveres y uniformes. Efectuaban asimismo compras en el extranjero y realizaban una labor educativa entre los soldados, de modo semejante a la Asociación Cristiana de Jóvenes en el Ejército norteamericano. Después de la Revolución de Marzo los zemstvos fueron democratizados con el fin de convertirlos en organismo de poder local en las zonas rurales. Pero, igual que las dumas municipales, no pudieron competir con los Soviets.
 6.-Cooperativas.- Eran sociedades cooperativas de consumo de obreros y campesinos que antes de la revolución contaban con millones de adheridos en toda Rusia. Fundado por liberales y socialistas "moderados", el movimiento cooperativo no gozaba del apoyo de los grupos socialistas revolucionarios, puesto que este camino era un sustituto del paso total de los medios de producción y distribución a manos de los obreros. Después de la Revolución de Marzo las cooperativas empezaron a ampliarse rápidamente: en ellas predominaban los socialistas populares, los mencheviques y los eseristas y estas cooperativas actuaron como una fuerza conservadora hasta la revolución bolchevique. Sin embargo, precisamente fueron las cooperativas las que alimentaron a Rusia cuando el viejo sistema de comercio y transporte se vino abajo.
 7.-Comités del Ejército.- Los comités del Ejército fueron constituidos en el frente por los soldados para combatir la influencia reaccionaria de la vieja oficialidad. Cada compañía, regimiento, brigada, división y cuerpo tenían sus comités y por encima de todos ellos se hallaba el comité electo de cada Ejército. El Comité Central del Ejército colaboraba con el Estado Mayor Central. El desorden en la dirección del Ejército, originado por la revolución, hizo recaer sobre los comités del Ejército la mayor parte del trabajo del departamento de intendencia y, en algunos casos, hasta el mando de las tropas.
 8.-Comités de la Marina.- Eran las organizaciones correspondientes en la Marina.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Akal, 2023, en traducción de Ángel Pozo Sandoval y revisión de la traducción, edición y notas de Antonio J. Antón Fernández, pp. 33-35. ISBN: 978-84-460-5396-5.]

viernes, 8 de noviembre de 2019

Yo que he servido al rey de Inglaterra.- Bohumil Hrabal (1914-1997)

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4.-Y ya no he vuelto a encontrar la cabeza

«Y así me encontré en la estación de Praga delante del tren para Tabor, entonces me subí la manga para mirar qué hora era y cuando levanté los ojos vi que junto al quiosco estaba Zdenev, me quedé completamente de piedra, esto era lo mío, cómo lo increíble se hacía realidad, me quedé rígido con la mano puesta sobre la manga subida y vi a Zdenev que miraba a su alrededor como si llevara mucho tiempo esperando, y luego levantó la mano, seguramente esperaba a alguien, pues quiso también mirar el reloj, pero de pronto me rodearon tres hombres con abrigos de cuero y me detuvieron, yo seguía con la mano sobre el reloj, pude ver a Zdenev que me miraba como en un sueño, se puso pálido, permanecía inmóvil y miraba cómo los alemanes me metían en el coche y me llevaban, y yo me preguntaba sorprendido adónde me llevaban y por qué, y me llevaron a Pankrác, se abrieron las puertas y me condujeron de nuevo como si fuera un criminal y me empujaron a una celda... en un primer momento me sentí confuso por lo ocurrido, pero después casi me alegraba, sólo temía que me soltaran demasiado pronto, deseaba, pues de todas formas la guerra ya tocaba a su fin, deseaba estar encarcelado, estar en un campo de concentración, deseaba estar encarcelado precisamente por los alemanes, y los alemanes -mi estrella de la suerte volvió a brillar- abrieron las puertas y fui conducido a interrogatorio y, cuando di todos los datos y el motivo por el que había venido a Praga, el que me interrogaba se puso serio y a continuación preguntó: ¿a quién estaba esperando? Y yo dije que a nadie y entonces se abrieron las puertas y entraron dos, vestidos de paisano, se abalanzaron sobre mí y me machacaron la nariz, me saltaron los dientes, caí al suelo, se inclinaron sobre mí y de nuevo me preguntaban: ¿a quién esperaba?, quién debía de pasarme las noticias?, y yo dije que había llegado a Praga de visita, tan sólo de excursión, y uno de ellos se agachó, levantó mi cara y me agarró del pelo y golpeaba el suelo con mi cabeza, el que me interrogaba gritaba que mirar el reloj era la señal convenida y que yo formaba parte del movimiento bolchevique clandestino... y luego me llevaron y me metieron con los demás presos, éstos me sacaron los dientes partidos, me limpiaron la sangre y la ceja abierta y yo me reía y reía, de algún modo no sentía nada, ni aquellos golpes, ni aquellos palos, ni estas heridas, todos los demás me miraban como si fuera un dios, un héroe, cuando los SS me habían tirado allí, con asco me gritaron: ¡cerdo bolchevique!, y para mí ese insulto sonaba como música celestial, como un sobrenombre cariñoso, pues ya empezaba a darme cuenta de que esto era mi salvoconducto, mi billete de vuelta a Praga, la tinta simpática, el único jugo con el que podría borrar todo aquello a lo que había llegado casándome con una alemana, poniéndome en Cheb delante de los médicos nazis que examinaron si mis partes eran dignas de tener trato con una aria germana... este rostro machacado por haber mirado el reloj era mi carnet por el que una vez sería absuelto y entraría otra vez en Praga como un luchador antinazi y, sobre todo, me permitiría mostrar a todos esos Sroubek y Brandejs y demás propietarios de hoteles, que yo pertenecía a su clase, ya que, si seguía con vida, seguramente compraría uno de esos grandes hoteles, aunque a lo mejor no en la misma Praga, sino en algún otro sitio, pues con ese maletín de sellos podría -tal y como quería Liza- comprarme dos hoteles, y escoger entre Austria o Suiza, pero a los ojos de los dueños de hoteles austríacos y suizos yo sería un don nadie, con ellos no tenía necesidad de mostrar ni demostrar nada, con ellos no tenía ninguna cuenta pendiente del pasado, no tenía ninguna necesidad de mostrarme superior a ellos, pero sí de tener un hotel en Praga y pertenecer al gremio de los hoteleros de Praga y llegar a ser el secretario de todos los hoteles praguenses, pues así tendrían que reconocerme -no amarme, sino respetarme-, y a mí para el futuro otra cosa no me interesaba... Estuve unos catorce días en Pankrác, los siguientes interrogatorios demostraron que se trataba de un error, que realmente esperaban a un hombre que debía mirar el reloj, que ya habían apresado al enlace, al que habían sacado lo que necesitaban, excepto de qué otra persona se trataba, y yo me acordé de que allí estuvo Zdenek y también él quiso mirar el reloj, de que Zdenek era mi amigo y lo había visto todo, me habían detenido en su lugar, él debía ser alguien muy importante y, si nadie de mi celda lo hiciese, él seguramente me defendería, y cuando volvía de los interrogatorios, antes de que me empujaran dentro de la celda, me reabría de un manotazo la hemorragia de la nariz y otra vez sonreía y me reía, y la sangre me brotaba por la nariz... y luego me soltaron, el que me había interrogado me pidió disculpas, pero añadió que era en interés del Reich que noventa y nueve justos fuesen castigados por equivocación antes que un solo culpable se les escapara...
 Y así, al anochecer, me encontraba delante de las puertas de prisión de Pankrác y detrás de mí salió otro en libertad... y ése, cuando salió se derrumbó, se sentó en la acera, los tranvías pasaban en la oscuridad morada de las ventanas oscurecidas, los viandantes iban y venían, los jóvenes se paseaban cogidos de las manos y los niños jugaban en la penumbra, como si no hubiera guerra, como si el mundo fuera todo flores y abrazos y miradas amorosas, y las muchachas, en aquella oscuridad cálida, llevaban unas blusitas y unas faldas tan seductoras que hasta yo sentía ganas de mirar lo que se ofrecía a los ojos de los hombres, todo dispuesto a propósito en una perspectiva erótica... ¡qué belleza!... dijo aquel hombre cuando hubo vuelto en sí, y yo me ofrecí a ayudarle... digo, ¿cuánto tiempo? Y él dijo que había estado diez años a la sombra... y quiso levantarse pero no lo conseguía, tuve que sostenerle, me preguntó si no tenía prisa.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1999, en traducción de Jitka Mlejnková y Alberto Ortiz. ISBN: 84-08-46216-4.]

lunes, 4 de noviembre de 2019

Gog.- Giovanni Papini (1881-1956)

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Visita a Lenin

«Los primeros minutos del coloquio fueron más bien penosos. Lenin se esforzaba en estudiarme, pero con aire distraído, como si cumpliese un deber que ahora ya no le importaba. Y yo, ante aquella máscara azafranada y cansada, no tenía valor para hacer las preguntas que me había propuesto. Murmuré al azar un cumplido sobre la gran obra realizada por él en Rusia. Y entonces aquella cara medio muerta se llenó de arrugas espectrales que querían ser una sonrisa sarcástica.
 -Pero si todo estaba hecho -exclamó Lenin con un brío inesperado y casi cruel-; todo estaba hecho antes de que llegásemos nosotros. Los extranjeros y los imbéciles suponen que aquí se ha creado algo nuevo. Error de burgueses ciegos. Los bolcheviques no han hecho más que adoptar, desarrollándolo, al régimen instaurado por los zares y que es el único adaptado al pueblo ruso. No se pueden gobernar cien millones de brutos sin el bastón, los espías, la Policía secreta, el terror, las horcas, los tribunales militares, las galerías y las torturas. Nosotros hemos cambiado únicamente la clase que fundaba su hegemonía sobre este sistema. Eran sesenta mil nobles y tal vez unos cuarenta mil grandes burócratas; en total, cien mil personas. Hoy se cuentan cerca de dos millones de proletarios y de comunistas. Es un progreso, un gran progreso, porque los privilegios son veinte veces más numerosos, pero el noventa y ocho por ciento de la población no ha ganado mucho en el cambio. Esté seguro de que no ha ganado nada, y es al mismo tiempo lo que se quiere, lo que se desea, aunque por otra parte era del todo inevitable.
 Y Lenin comenzó a reír en sordina como un comerciante que ha engatusado a alguien y contempla alegremente las espaldas del burlado que se va.
 -Entonces -murmuré-, ¿y Marx, y el progreso, y lo demás?
 Lenin me miró con aire de estupefacción.
 -A usted, que es un hombre potente y extranjero -añadió-, se lo podemos decir todo. Nadie lo creerá. Pero recuerde que Marx mismo nos ha enseñado el valor puramente instrumental y ficticio de las teorías. Dado el estado de Rusia y de Europa, me he tenido que servir de la ideología comunista para conseguir mi verdadero fin. En otros países y en otros tiempos hubiera elegido otra. Marx no era más que un burgués hebreo aferrado a las estadísticas inglesas y admirador secreto del industrialismo. Le faltaba el sentido de la barbarie y por esta razón era apenas una tercera parte de hombre. Un cerebro saturado de cerveza y de hegelianismo, en el que el amigo Engels esbozaba alguna idea genial. La Revolución Rusa es una completa negación de las profecías de Marx. Donde no había casi burguesía, allí ha vencido el comunismo.
 Los hombres, señor Gog, son salvajes espantosos que deben ser dominados por un salvaje sin escrúpulos, como yo. El resto es charlatanería, literatura, filosofía y músicas para uso de los tontos. Y como los salvajes son semejantes a los delincuentes, el principal ideal de todo Gobierno debe ser el de que el país se asemeje lo más posible a un establecimiento penal. La vieja mazmorra zarista es la última palabra de la sabiduría política. Bien meditado, la vida del presidiario es la más adaptada al promedio vulgar de los hombres. No siendo libres están, al fin, exentos de los peligros y de las molestias de la responsabilidad y se hallan en condiciones de no poder realizar el mal. Apenas un hombre entra en la prisión, debe, por la fuerza, llevar la vida de un inocente. Además, no tiene pensamientos ni preocupaciones, pues ya están aquí los que piensan y mandan por él: trabaja con el cuerpo, pero su espíritu descansa. Y sabe que todos los días tendrá que comer y podrá dormir, aunque no trabaje, aunque esté enfermo, y todo esto sin las preocupaciones que incumben al libre para procurarse su pan cada mañana y un lecho cada noche. Mi sueño es transformar a Rusia en un inmenso establecimiento penal y no se imagine que lo diga por egoísmo, pues con un tal sistema, los más esclavos y más sacrificados son los jefes y los que los secundan.
 Lenin calló un momento y se puso a contemplar un diseño que tenía ante sí. Representaba, según me pareció, un palacio alto como una torre, agujereado por innumerables ventanas redondas. Me atreví a formular una de mis preguntas:
 -¿Y los campesinos?
 -Odio a los campesinos -respondió Vladimiro Ilitch con un gesto de asco-, odio al mujik idealizado por aquel reblandecido occidental llamado Turguenev y por aquel hipócrita fauno convertido que se llama Tolstoi. Los campesinos representan todo lo que detesto: al pasado, la fe, la herejía y la manía religiosa, el trabajo manual. Los tolero y los acaricio, pero los odio. Quisiera verlos desaparecer todos, hasta el último. Un electricista vale, para mí, por cien campesinos.
 Se llegará, según espero, a vivir con los alimentos producidos en pocos minutos por las máquinas en nuestras fábricas químicas, y podremos al fin hacer la matanza de todos los labriegos inútiles. La vida en la naturaleza es una vergüenza prehistórica.
 Tenga usted en cuenta que el bolcheviquismo representa una triple guerra: la de los bárbaros científicos contra los intelectuales podridos, del Oriente contra el Occidente y de la ciudad contra el campo. Y en esta guerra no dudaremos en la elección de las armas. El individuo es algo que debe ser suprimido. Es una invención de aquellos gandules griegos o de aquellos fantásticos germanos. Quien resista será estirpado como una pústula maligna. La sangre es el mejor abono ofrecido a la Naturaleza.
 No crea que yo sea cruel. Todos estos fusilamientos y todas esas horcas que se levantan por mi orden me disgustan. Odio a las víctimas, sobre todo porque me obligan a matarlas. Pero no puedo hacer otra cosa. Me vanaglorio de ser el director de una penitenciaría modelo, de un presidio pacífico y bien organizado. Pero aquí se hallan, como en todas las prisiones, los rebeldes, los inquietos, aquéllos que tienen la estúpida nostalgia de las viejas ideologías y de las mitologías homicidas. Todos esos son suprimidos. No puedo permitir que algunos millares de enfermos comprometan la felicidad futura de millones de hombres. Además al fin y  al cabo, las antiguas sangrías no eran una mala cura para los cuerpos. Hay una cierta voluptuosidad en sentirse amo de la vida y de la muerte. Desde que el viejo Dios ha muerto -no sé si en Francia o en Alemania-, ciertas satisfacciones han sido acaparadas por el hombre. Yo soy, si quiere, un semidiós local, acampado entre Asia y Europa, y por tanto me puedo permitir algún pequeño capricho. Son gustos de los que después de la decadencia de los paganos se había perdido el secreto. Los sacrificios humanos tenían algo bueno: eran un símbolo profundo, una alta enseñanza, una fiesta saludable. Y yo, en vez de los himnos de los fieles, siento llegar hasta mí los alaridos de los prisioneros y de los moribundos y le aseguro que no cambiaría con la Novena Sinfonía de Beethoven esa sinfonía, canto anunciador de la beatitud próxima.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Plaza & Janés Editores, 1961, en traducción de Mario Verdaguer. Depósito legal: B.883-1961.]

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Diez días que estremecieron el mundo.- John Reed (1887-1920)


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Capítulo V: Avance incontenible

«Lenin leyó el Decreto sobre la Tierra:
 "1.-Queda abolida en el acto sin ninguna indemnización la propiedad terrateniente.
 2.-Las fincas de los terratenientes, así como todas las tierras de la Corona, de los monasterios y de la Iglesia, con todo su ganado de labor y aperos de labranza, edificios y todas las dependencias, pasan a disposición de los comités agrarios subdistritales y de los Soviets de Diputados Campesinos de distrito hasta que se reúna la Asamblea Constituyente.
 3.-Cualquier deterioro de los bienes confiscados, que desde este momento pertenecen a todo el pueblo, será considerado un grave delito, punible por el tribunal revolucionario. Los Soviets de Diputados Campesinos de distrito adoptarán todas las medidas necesarias para asegurar el orden más riguroso en la confiscación de las fincas de los terratenientes, para determinar exactamente los terrenos confiscables y su extensión, para inventariar con detalle todos los bienes confiscados y para proteger con el mayor rigor revolucionario todas las explotaciones agrícolas, edificios, aperos, ganado, reservas de víveres, que pasan al pueblo.
 4.-Para la realización de las grandes transformaciones agrarias, hasta que la Asamblea Constituyente las determine definitivamente, debe servir de guía en todas partes el mandato campesino que se reproduce a continuación, confeccionado por la Redacción de Izvestia Userossíiskogo Sovieta Krestiánskij Deputátov, sobre la base de los 242 mandatos campesinos locales (Petrogrado, Nº 88, 19 de agosto de 1917).
 5.-No se confiscan las tierras de los simples campesinos y cosacos".
 "Esto -añadió Lenin- no es el proyecto del ex-ministro Chernov, que hablaba de "levantar los andamios" e intentaba hacer la reforma por arriba. El problema del reparto de la tierra será resuelto por abajo, en el campo mismo. La dimensión de la parcela que recibirá cada campesino variará de acuerdo a las localidades...
 ¡Bajo el Gobierno Provisional los terratenientes se negaban categóricamente a obedecer las órdenes de los comités agrarios, de los mismos comités agrarios que fueron pensados por Lvov, llevados a la práctica por Shingariov y que eran administrados por Kerenski!"
 Los debates no habían comenzado aún pero un hombre se abrió paso a viva fuerza entre la gente y subió a la tribuna. Era Pianij, miembro del Comité Ejecutivo de los Soviets Campesinos. Estaba furioso.
 "¡El Comité Ejecutivo de los Soviets de Diputados Campesinos de toda Rusia protesta contra la detención de nuestros compañeros, los ministros Salazkin y Máslov! -arrojó con dureza al rostro de los delegados-. ¡Exigimos su libertad al instante! Se encuentran en la fortaleza de Pedro y Pablo. ¡Es necesaria una acción inmediata! ¡No hay que perder ni un momento!"
 Le siguió un soldado con la barba en desorden y los ojos llameantes. "¡Estáis aquí sentados y habláis de entregar la tierra a los campesinos y, al mismo tiempo, procedéis como tiranos y usurpadores con los representantes electos de los campesinos! ¡Yo os digo -levantó el puño-, yo os digo que como se les caiga un solo pelo de la cabeza habrá rebelión en el campo!" La gente murmuró confusa.
 Subió a la tribuna Trotski, sereno y venenoso, consciente de su poder. La asamblea lo recibió con un clamor de saludo. "Ayer el Comité Militar Revolucionario tomó la decisión en principio de poner en libertad a los ministros eseristas y mencheviques: Máslov, Salazkin, Gvozdiov y Maliantóvich. Si continúan en la fortaleza de Pedro y Pablo, es solamente porque estamos demasiado ocupados... Claro está, permanecerán en arresto domiciliario hasta que se investigue su complicidad en los actos de traición de Kerenski durante la korniloviada".
 "¡Jamás -exclamó Pianij-, jamás sucedió en ninguna revolución lo que estamos viendo ahora!"
 "Se equivoca- respondió Trotski-. Cosas semejantes las ha visto incluso nuestra revolución. Centenares de camaradas nuestros fueron detenidos en los días de julio... ¡Cuando la camarada Kollontái a instancias del médico fue liberada de la cárcel, Avxéntiev puso a su puerta dos agentes de la policía secreta zarista!" Los representantes campesinos se retiraron maldiciendo. La asamblea los despidió con irónico abucheo.
 El representante de los eseristas de izquierda habló a favor del Decreto sobre la Tierra. Plenamente de acuerdo en principio, los eseristas de izquierda, sin embargo sólo podrían votar después de discutir la cuestión. Había que consultar a los Soviets Campesinos.
 Los mencheviques internacionalistas insistieron también en discutir el problema en el seno de su partido.
 Luego intervino el líder de los maximalistas, es decir, del ala anarquista de los campesinos. "¡Debemos rendir honor al partido político que ya en el primer día, sin charlatanerías de ningún género, pone en práctica tal obra!..."
 Apareció en la tribuna un campesino típico: pelo largo, botas altas y zamarra de piel de oveja. Hizo reverencias hacia todos los lados de la sala. "Buenas, compañeros y ciudadanos -dijo-. Aquí andan rondando por todas partes los kadetes. Vosotros detenéis a nuestros campesinos socialistas. ¿Por qué no detenéis a los kadetes?"
 Aquello fue la señal para las discusiones entre los excitados campesinos. Exactamente lo mismo habían discutido los soldados la noche anterior. Aquí estaban los verdaderos proletarios del campo...
 "¡Los miembros de nuestro Comité Ejecutivo, Avxéntiev y otros, a quienes nosotros teníamos por defensores de los campesinos, son tan kadetes como los otros! ¡Hay que detenerlos! ¡Hay que detenerlos!"
 Otra voz: "¿Qué son esos Pianij y Avxéntiev? ¡No son campesinos! ¡Son unos charlatanes!"
 ¡Cómo se sintió atraída la sala por estos delegados, reconociendo en ellos a sus hermanos!
 Los eseristas de izquierda propusieron un intervalo de media hora. Cuando los delegados empezaron a salir de la sala, Lenin se levantó de su sitio:
 "¡No podemos perder tiempo, camaradas! ¡Estas noticias de colosal importancia debe conocerlas mañana por la mañana toda Rusia! ¡Nada de dilaciones!"
 En medio de las acaloradas discusiones y conversaciones y del rumor de centenares de pasos, se oyó la voz de un emisario del Comité Militar Revolucionario, que gritaba:
 "¡En la habitación diecisiete hacen falta quince agitadores! ¡Para marchar al frente!..."»
 
  [El fragmento pertenece a la edición en español de Ediciones Akal, en traducción de Ángel Pozo Sandoval. ISBN: 84-7600-142-8.]