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domingo, 16 de mayo de 2021

Escrito en el cuerpo.- Jeanette Winterson (1959)


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Los sentidos especiales


 «Un rápido declive tras la remisión es característico del cuerpo enfermo de leucemia. La remisión puede lograrse por radioterapia o quimioterapia o simplemente ocurre, nadie sabe por qué. Ningún médico puede predecir con exactitud si la enfermedad se va a estabilizar ni por cuánto tiempo. Esto puede decirse de todos los cánceres. El cuerpo baila consigo mismo.
 La progenie de la célula enferma deja de dividirse o el ritmo disminuye radicalmente, el crecimiento del tumor se detiene. Puede que el paciente deje de sufrir dolores. Si la remisión llega pronto en la prognosis, antes de que los efectos tóxicos del tratamiento hayan apaleado el cuerpo hasta lograr una nueva y completa sumisión, puede que el paciente se sienta bien. Desgraciadamente, es bastante probable que el precio de unos pocos meses más de vida, o de unos pocos años, sea pérdida del cabello, decoloración de la piel, enfriamiento crónico, fiebre y alteraciones neurológicas. Ésa es la apuesta.
 El problema es la metástasis. El cáncer tiene una propiedad única: puede viajar desde el lugar de origen hasta los tejidos más distantes. Normalmente es la metástasis lo que mata al paciente, y la biología de la metástasis es lo que los médicos no entienden. No están preparados para entenderla. La idea que un médico tiene del cuerpo es una serie de trozos que hay que aislar y tratar según sea necesario; que el cuerpo enfermo actúe como un todo es un concepto desconcertante. La medicina holística es para curanderos y chiflados, ¿no? No importa. Haz rodar el carrito de las drogas, bombardea el campo de batalla, intenta aplicar la radiación directamente sobre el tumor. ¿No funciona? Saca palancas, sierras, cuchillos y agujas. ¿El bazo del tamaño de una pelota de fútbol? Medidas desesperadas para enfermedades desesperadas. Sobre todo porque la metástasis suele producirse antes de que el paciente vea a un médico. No les gusta decírtelo, pero si el cáncer ya está avanzado, tratar el problema obvio, ya sea pulmón, pecho, piel, intestino o sangre, no altera la prognosis.
 Hoy he ido al cementerio y he estado andando entre las tumbas, pensando en los muertos. La familiar calavera y los huesos cruzados de las tumbas más antiguas me pesaban con su inquietante alegría. ¿Por qué esas cabezas sonrientes despojadas de todo  lo humano parecen tan satisfechas? Que las calaveras sonrían resulta repugnante para los que llegan con flores oscuras y caras serias de duelo. Ésta es tierra de duelo, un lugar de silencio y aflicción. Para nosotros, con abrigo y bajo la lluvia, la combinación del cielo gris y tumbas grises resulta opresiva. Así acabaremos todos, pero no pensemos en eso. Mientras el cuerpo sea sólido y resista ese viento afilado como un cuchillo, no pensemos en la profundidad del barro ni en la paciente hiedra cuyas raíces consiguen dar con nosotros.
 Seis hombres con abrigos largos y bufandas blancas llevaban el cuerpo a la tumba. Aunque llamarla tumba en ese momento sería dignificarla. En un jardín será una zanja para una nueva esparraguera. Se llena de estiércol y se coloca la planta. Un agujero optimista. Pero ésta no es la zanja de una esparraguera, sino el último lugar de descanso de los fallecidos.
 Mirar el ataúd. Es de roble macizo, no de contrachapado. Las asas son de bronce, no de acero lacado. El forro interior es de pura seda rellena de esponja marina. La seda natural se pudre con gran elegancia. Rodea el cuerpo de airosos jirones. Los forros acrílicos, baratos y populares, no se descomponen. Es como si te enterraran dentro de un calcetín de nailon.
 Aquí, el bricolage no ha tenido éxito. Hay algo macabro en hacerse el propio ataúd. Puedes comprar piezas de madera para hacer barcos, casas, muebles de jardín, pero no ataúdes. Aunque si llevaran los agujeros taladrados y bien alineados, no creo que se produjeran desastres. ¿No sería el gesto más afectuoso que se pueda tener con el amado?
 En el funeral de hoy se amontonan las flores; pálidos lirios, rosas blancas y ramas de sauce llorón. Siempre se empieza bien y luego llega la apatía y los tulipanes de plástico en una botella de leche. La alternativa es un jarrón imitando porcelana de Wedgwood junto a la lápida, llueva o haga sol, y en lo alto un ramillete silvestre comprado en la cadena Woolworth.
 Me pregunto si se me escapa algo. Quizá lo semejante se atrae y por eso las flores están marchitas. Quizá ya están marchitas cuando las ponen. Quizá la gente cree que en un cementerio las cosas deben estar muertas. Hay cierta lógica en la idea. Quizá es de mala educación ensuciar todo el lugar con la floreciente belleza del verano y el esplendor del otoño. Para mí preferiría una berberis roja contra una losa de mármol de color crema.
 Pero volvamos al agujero, como todos haremos. 1’85 de longitud, 1’85 de profundidad y 0’70 de anchura es lo corriente, aunque se admiten variaciones a petición del cliente. El agujero es un gran nivelador, porque por mucha fantasía que le metan dentro, por fin ricos y pobres ocupan el mismo lugar. Aire rodeado de barro. El Gallípoli básico, como dicen los del oficio.
 El agujero lleva su trabajo. Dicen que eso es algo que el público no aprecia. Es un trabajo anticuado y largo, y tiene que llevarse a cabo hiele o granice. Cavar mientras el cieno te empapa las botas. Apoyarse en la pared para tomarse un respiro y calarse hasta los huesos. En el siglo XIX, los enterradores morían con frecuencia por culpa de la humedad. En aquellos tiempos, cavar la propia tumba no era una frase retórica.
 Para los que se quedan, el agujero es un lugar espantoso. Un abismo de vértigo y pérdida. Es la última vez que estás junto a la persona que amas y tienes que abandonarla en una oscura sima donde los gusanos van a emprender su tarea.
Resultado de imagen de escrito en el cuerpo anagrama Para la mayoría, la imagen del cadáver justo antes de que cierren la tapa dura toda la vida, y eclipsa otros recuerdos más agradables. Antes de bajar el cuerpo, como dicen en el depósito, hay que lavarlo, desinfectarlo, drenarlo, tamponarlo y maquillarlo. No hace tantos años estas faenas se hacían en casa, pero entonces no eran faenas, sino actos de amor.
 ¿Qué haríais vosotros? ¿Dejar el cuerpo en manos de extraños? El cuerpo que ha yacido a tu lado en la salud y en la enfermedad. El cuerpo que aún ansían tus brazos, muerto o no. Cada músculo te era familiar, conocías secretamente el movimiento de los párpados durante el sueño. Éste es el cuerpo donde está escrito tu nombre, pasando a manos de extraños.
 Tu amada ha descendido a una tierra lejana. La llamas, pero tu amada no oye. La llamas en los campos y los valles pero tu amada no responde. El cielo está mudo y cerrado, no hay nadie en él. La tierra es dura y seca. Tu amada no volverá por ese camino. Quizá sólo os espera un velo. Tu amada espera en las colinas. Ten paciencia y ve con pies ligeros, abandonando tu cuerpo como si fuera un rollo de escritura.
 Me alejé del funeral y subí hacia la parte privada del cementerio. Habían dejado que creciera salvaje. La hiedra ceñía ángeles y biblias abiertas. La maleza estaba viva. Las ardillas que saltaban entre las tumbas y el mirlo que cantaba en un árbol no estaban interesados en la mortalidad. A ellos les bastaban los gusanos, las nueces y el amanecer.
 “Amada esposa de John”. “Hija única de Andrew y Kate”. “Aquí yace alguien que amó sin prudencia, pero demasiado bien”. Ceniza a las cenizas, polvo al polvo.
 Bajo los acebos, dos hombres cavaban una fosa con rítmica determinación. Uno se tocó la gorra al verme pasar y me sentí parte de un fraude al recibir una simpatía que no me correspondía. En el día que agonizaba, el sonido de la pala y las voces bajas de los hombres me parecían alegres. Ellos volverían a casa, se tomarían una taza de té y se lavarían. Era absurdo que la ronda de la vida fuese, incluso aquí, tan alentadora.
 Miré el reloj. Pronto sería la hora de cierre. Debía irme, no por miedo, sino por respeto. El sol, poniéndose tras la hilera de abedules, llenaba el sendero de sombras alargadas. Las inflexibles lápidas reflejaban la luz y ésta doraba las letras profundamente grabadas, brillaba a lo largo de las trompetas de los ángeles. La tierra bullía de luz. No el amarillo ocre de la primavera, sino el grávido carmín del otoño. La estación de la sangre. Ya estaban disparando en el bosque.
 Apresuré el paso. Perversamente, quería quedarme. ¿Qué hacen los muertos de noche? ¿Avanzan sonriendo al viento que silba entre sus costillas? ¿Qué les importa el frío? Me soplé las manos y llegué a la verja cuando el guarda nocturno estaba echando la pesada cadena con su candado. ¿Me estaba encerrando fuera, o encerrándolos a ellos dentro? Me guiñó un ojo como un conspirador y se dio unas palmaditas en la ingle, de donde colgaba una linterna eléctrica de cincuenta centímetros de longitud.
 -Nada se me escapa –dijo.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1998, en traducción de Encarna Castejón, pp. 209-215. ISBN: 84-339-1498-7.]

domingo, 5 de enero de 2020

Camino en zigzag.- Anita Desai (1937)

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II parte: La estancia de Vera
Capítulo 5

«Pero tanto Paola como André reconocían que no había mucho que ver. El palenque, la plaza de toros abandonada...
 -Ya verás como es un pueblo fantasma. Está en ruinas.
 Eso era lo que Eric quería ver.
 -Sólo que hoy revive con la fiesta. ¿Nunca has visto la fiesta de los muertos?
 -En nuestro país se celebra algo parecido -explicó Eric con pocas ganas-. La fiesta de Halloween, la noche anterior al Día de Todos los Santos.
 -¿Ah, sí? ¡Vaya!
 Les explicó que se vaciaban calabazas para hacer lámparas y que los niños salían por la noche, disfrazados y con máscaras, para pedir caramelos... pero renunció a seguir, al ver que ellos no lo entendían.
 -A mí me daba mucho miedo -confesó-. Me escondía para no salir.
 -Bueno, pero aquí no es así. Cubrimos el umbral de la puerta con pétalos de cempasúchil, la flor de los muertos de los aztecas, para ayudar a los difuntos a encontrar el camino, y ponemos fotografías para que reconozcan cuál es su casa y velas para iluminarles, porque si no tienen luz se encienden los dedos y se queman -explicó Paola-. Y también les ofrecemos copal, incienso y flores con un perfume muy intenso.
 -Y comida con muchas especias -la interrumpió André.
 -Sí, claro, y cuando los difuntos se la comen, el aroma de la comida desaparece porque se apoderan del espíritu de la comida.
 -Y eso les dura un año entero.
 -Y para los angelitos, los que murieron de niños, sacamos cositas... chocolate, chicles, cacahuetes y, por supuesto, azúcar. Pájaros y corderitos de azúcar. Si preparamos sopa o un guiso para los niños, lo hacemos suave, que no pique.
 -Las familias dicen que oyen tintinear los platos cuando llegan los niños -intervino André.
 -Y los campesinos tienen la costumbre de dejar escobas y prensas de tortillas para las hijas, y azadones y palas para los hijos, para que puedan continuar con sus labores en el otro mundo.
 A Eric le pareció tan triste que se preguntó si tal vez, cuando era niño, no había presentido tras el carnaval de Halloween la sombra que otros preferían ignorar, la de los espíritus que habitaban entre la noche y el día, entre la vida y la muerte. Y una vez más volvía a encontrarse con ella; se puso nervioso y tuvo que hacer un esfuerzo para escuchar el animado relato de la pareja.
 -Hoy se visitan las casas de los difuntos a los que conociste, para comer con la familia.
 -Tienes que hacerlo. Se cuentan muchas historias sobre la gente que no lo hace. Díselo.
 -Sí. Un hombre que no creía en nada de esto se pasó toda la noche bebiendo. Cuando volvió a casa, por la mañana, vio a una multitud de difuntos que regresaban a su mundo, y entre ellos iban sus padres. Iban con las manos vacías. Otros llevaban montones de ofrendas, pero sus padres sólo llevaban barro, barro en llamas. Nada más entrar en la casa cayó enfermo y murió.
 -Pero algunos difuntos no quieren volver. Los angelitos, que llegan el 31 de octubre a mediodía, tienen que marcharse el 1 de noviembre a mediodía. Luego vienen los mayores. A las tres de la mañana se lanzan fuegos artificiales para indicarles que ha llegado la hora de que regresen. Un sacerdote recorre el pueblo tocando una campana y cantando. Cuando los muertos lo oyen, deben dirigirse al panteón; nosotros los acompañamos, para lavar, limpiar y decorar las tumbas donde serán acogidos.
 -No dejes de ir al panteón para ver esto. Está en lo alto del camino... en el cementerio de la montaña. Has elegido un buen día para visitar a tus antepasados.
 Sacudiéndose la sombra de sus viejos temores, Eric les aseguró que él también lo creía; y empezaría en ese mismo instante, antes de que hiciera más calor.
 El ambiente cambió de pronto en el comedor, con sus manteles de colores, y en la cocina cesó el ruido de cacharros, la charla y las risas de las criadas. Fue como si todos se reunieran para compartir lo que Eric estaba pensando y sintiendo en ese momento.
 -Adiós -le dijeron, y lo vieron marchar.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2006, en traducción de Catalina Martínez Muñoz. ISBN: 978-84-206-4590-2.]

viernes, 5 de julio de 2019

Bajo el árbol de los Toraya.- Philippe Claudel (1962)


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«Le debo a Sergio Leone haber querido hacer cine. Yo tenía diez años. Todos los domingos iba a ver una película al Georges, uno de los dos cines de la pequeña ciudad de mi infancia. La mayoría de las veces eran comedias francesas, burdas y admirables, con guiones tontos y permeables a más no poder, que me encantaban. Policías, ladrones, sinvergüenzas simpáticos y canallas de tres al cuarto. La programación reflejaba los inmensos éxitos de la época. De Funès. Bourvil. Los Charlots. Me tragaba bodrios increíbles, destinados a los soldados de reemplazo, en los que actores como Pierre Tornade, Jacques François, Grosso et Modo y Michel Galabru solían aparecer con uniforme militar y en situaciones ridículas.
 Íbamos al cine como quien iba de paseo, sin preocuparnos demasiado del paisaje que nos rodeaba, por el simple gusto de estirar las piernas. Estar en la sala, a oscuras, sintiendo a nuestro alrededor la presencia de otros cuerpos, y ver aparecer de pronto en la gran pantalla pedazos de vida, combinarlos unos con otros, sentir lo mismo que los demás a la vez que ellos y luego, cuando aparece la palabra "fin", abandonar la noche artificial y volver a la luz del día, que devuelve a cada uno a su sitio y a sus reducidas dimensiones y dispersa a quienes momentos antes reían, sufrían y temblaban al unísono: el cine es una experiencia de las tinieblas felices. Felices porque se vuelve de ellas. 
 Creo que durante mucho tiempo veía las películas como si fueran una especie de libros de imágenes animadas. Su autor era anónimo. Incluso creo que no pensaba que detrás de todo aquello hubiera un hombre. Las películas no reflejaban una mirada personal sobre lo que me mostraban. No me planteaba ninguna pregunta sobre su elaboración. No me parecían el resultado de un trabajo. Y de pronto llegó Leone. El primer cineasta cuyo nombre aprendí y retuve. Leone. Sergio Leone.
 Recuerdo los ojos del protagonista, enormes en la pantalla del cine Georges. Dos ojos inmensos que ocupaban todo el lienzo. Y esos ojos nos miraban con insistencia. El plano se alargaba. Ésos fueron los ojos que lo cambiaron todo. Por primera vez comprendí que alguien había decidido destacar el perímetro de la mirada sobre el resto del cuerpo del actor y enfrentar al espectador con sus ojos gigantescos. Del mismo modo que, más tarde, en la misma película, decide lo contrario, empequeñecer el cuerpo del protagonista, reducirlos a él y su caballo a las proporciones de una hormiga y hacer que se pierdan en el espacio del paisaje, como una partícula de vida moviéndose en un desierto de piedras rojizas.
 A partir de ese día vi el cine y, por extensión el mundo, con otros ojos. Quería descubrir cómo se había creado la película que me ofrecían. En otras palabras, intentaba meterme en la cocina para saber cómo había elegido los ingredientes el cocinero, cómo los había preparado, cómo había ligado las salsas. Y en cuanto al mundo, ya no dejaba que se me tragara ni me zarandeara; intentaba fijarme en detalles, identificar elementos distintivos, aislarlos dentro de un marco como si mi ojo se hubiera convertido en una cámara. Me parecía que de ese modo, mediante las técnicas de encuadre, la elección de objetivos de distancia focal corta, media o larga y los procesos de montaje, podía enfrentarme mejor a aquel sitio al que me habían arrojado. Al final, me hacía la ilusión de que de todo aquello surgía un sentido, de que mi vida iba a convertirse en la película que yo decidiera hacer.
 Pasarían años antes de que tuviera una cámara -una Kodak Súper 8 que el padre de un amigo me vendió por muy poco dinero-, pero me inicié muy pronto en el cine. Estoy convencido de que, en el fondo, el cine puede prescindir de la cámara, de la película, de la sala. Hacer cine es decidir reorganizar los elementos que nos rodean. Es elegir contar una historia de la que formas parte. Es tomar el mando un poco y por un tiempo.
 No sé por qué vuelvo a pensar en todo esto sentado sobre la tumba de Eugène. Hoy hace un tiempo que quizá invita a plantearse preguntas serias. Acudo a este cementerio a menudo. Primero porque es agradable, con tumbas bonitas y árboles grandes que les dan sombra, gatos sin dueño que pasean sus siluetas altivas por los senderos de gravilla y escasos visitantes. Y además vengo por Eugène, claro. Hace casi dos años que descansa bajo una losa de cemento sobre la que todavía no han colocado ninguna lápida. Durante unos meses eso me preocupó. Ahora me he acostumbrado. En cierto modo es como si la tumba fuera provisional. Como si le hubieran dado la oportunidad de probarla durante un tiempo y devolverla si no le convencía. Si no está satisfecho, le devolvemos su dinero. Eugène parece conforme con esta losa de cemento, que se ha agrietado por el centro y se desmenuza por la esquina superior derecha. En todo caso, de momento, no se ha quejado.
 Me siento también sobre la tumba de su vecino, Georges Loerty (1876-1928). Bajo los años de nacimiento y muerte pone que era poeta. He tratado de encontrar alguno de sus libros para poder leerle fragmentos a Eugène y que lo conozca, pero no he dado con ninguno, ni en las librerías de viejo ni en Internet. Tampoco he encontrado más información sobre Georges Loerty. Es como si nunca hubiera existido. Dejamos de vivir, pero en realidad también dejamos de morir, numerosas veces.
 Nunca traigo flores a la tumba de Eugène. A él no le iba eso. El regalo más apropiado y que más le pegaría sería una botella de Burdeos, pero sólo bebería yo, y en un sitio así no parece serio. Además, en la entrada del cementerio hay un letrero que especifica que dentro está prohibido comer y beber. "Por respeto". No sé qué tiene que ver el respeto con todo esto. ¿Respeto por quién? ¿Por los muertos? ¿Por los vivos? ¿Por la comida? ¿Por la bebida?
 Suelo hablarle a Eugène, en voz alta o en silencio. Le cuento cómo me va y eso me ayuda a aclararme yo también. Le hablo de los grandes acontecimientos mundiales que se ha perdido. De películas que le habrían gustado -por ejemplo, no le perdono que haya muerto sin ver La gran belleza, de Paolo Sorrentino-, los libros que seguro que me habría regalado -"Debería gustarte..."-. Le hablo de la estupidez y su progreso, de Florence, de Elena, en cuya casa paso ahora alguna que otra noche escondiéndome por las mañanas, avergonzado de tener veintitrés años más que ella y un cuerpo que se bloquea, de mi proyecto sobre una película titulada La fábrica interior, cuyas grandes líneas le expuse unos meses antes de su muerte.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Salamandra, 2017, en traducción de José Antonio Soriano Marco. ISBN: 978-84-9838-782-7.]

sábado, 3 de febrero de 2018

La gaviota.- Fernán Caballero [Cecilia Böhl de Faber y Larrea] (1796-1877)


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 Capítulo V

«Mientras Stein hacía estas reflexiones, vio que Momo salía de la hacienda en dirección al pueblo. Al ver a Stein, le propuso que le acompañase; éste aceptó, y los dos se pusieron en camino en dirección al lugar.
  El día estaba tan hermoso, que sólo podía compararse a un diamante de aguas exquisitas, de vivísimo esplendor y cuyo precio no aminora el más pequeño defecto. El alma y el oído reposaban suavemente en medio del silencio profundo de la naturaleza. En el azul turquí del cielo no se divisaba más que una nubecilla blanca, cuya perezosa inmovilidad la hacía semejante a una odalisca, ceñida de velos de gasa y muellemente recostada en su otomana azul.
  Pronto llegaron a la colina próxima al pueblo, en que estaban la cruz y la capilla.
  La subida de la cuesta, aunque corta y poco empinada, había agotado las fuerzas aún no restablecidas de Stein. Quiso descansar un rato y se puso a examinar aquel lugar.
  Acercóse al cementerio. Estaba tan verde y tan florido, como si hubiera querido apartar de la muerte el horror que inspira. Las cruces estaban ceñidas de vistosas enredaderas, en cuyas ramas revoloteaban los pajarillos, cantando: ¡Descansa en paz! Nadie habría creído que aquella fuese la mansión de los muertos, si en la entrada no se leyese esta inscripción: «CREO EN LA REMISIÓN DE LOS PECADOS, EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE Y EN LA VIDA PERDURABLE. AMÉN». La capilla era un edificio cuadrado, estrecho y sencillo, cerrado con una reja y coronada su modesta media naranja por una cruz de hierro. La única entrada era una puertecita inmediata al altar.
  En este había un gran cuadro pintado al óleo que representaba una de las caídas del Señor con la cruz. Detrás, la Virgen, San Juan y las tres Marías; al lado del Señor, los feroces soldados romanos. De puro vieja, había tomado esta pintura un tono tan oscuro, que era difícil discernir los objetos; pero aumentando al mismo tiempo el efecto de la profunda devoción que inspiraba su vista, sea porque la meditación y el espiritualismo se avienen mal con los colores chillones y relumbrantes, o sea por el sello de veneración que imprime el tiempo a las obras de arte, mayormente cuando representan objetos de devoción; que entonces parecen doblemente santificados por el culto de tantas generaciones. Todo pasa y todo muda en torno de esos piadosos monumentos; menos ellos, que permanecen sin haber agotado los tesoros de consuelos que a manos llenas prodigan. La devoción de los fieles había adornado el cuadro con indiferentes objetos de hojuela de plata, colocados de tal modo que parecían formar parte de la pintura: eran estos una corona de espinas sobre la cabeza del Señor; una diadema de rayos sobre la de la Virgen, y remates en las extremidades de la cruz. Esta costumbre extraña y aun ridícula a los ojos del artista, a los del cristiano es buena y piadosa. Pero a bien que la capilla del Cristo del Socorro no era un museo; jamás había atravesado un artista sus umbrales: allí no acudían más que sencillos devotos que sólo iban a rezar.
  Las dos paredes laterales estaban cubiertas de exvotos de arriba a abajo.
  Los exvotos son testimonios públicos y auténticos de beneficios recibidos, consignados por el agradecimiento al pie de los altares, unas veces antes de obtener la gracia que se pide; otras se prometen en grandes infortunios y circunstancias apuradas. Allí se ven largas trenzas de cabello, que la hija amante ofreció, como su más precioso tesoro, el día en que su madre fue arrancada a las garras de la muerte; niños de plata colgados de cintas color de rosa, que una madre afligida, al ver a su hijo mortalmente herido, consagró por obtener su alivio al Señor del Socorro; brazos, ojos, piernas de plata o de cera, según las facultades del votante; cuadros de naufragios o de otros grandes peligros, en medio de los cuales los fieles tuvieron la sencillez de creer que sus plegarias podrían ser oídas y otorgadas por la misericordia divina; pues por lo visto las gentes de alta razón, los ilustrados, los que dicen ser los más y se tienen por los mejores no creen que la oración es un lazo entre Dios y el hombre. Estos cuadros no eran obras maestras del arte; pero quizá si lo fueran, perderían su fisonomía y, sobre todo, su candor. ¡Y hay todavía personas que presumiendo hallarse dotadas de un mérito superior, cierran sus almas a las dulces impresiones del candor, que es la inocencia y la serenidad del alma! ¿Acaso ignoran que el candor se va perdiendo, al paso que el entusiasmo se apaga? Conservad, españoles, y respetad los débiles vestigios que quedan de cosas tan santas como inestimables. No imitéis al Mar Muerto, que mata con sus exhalaciones los pájaros que vuelan sobre sus olas, ni, como él, sequéis las raíces de los árboles, a cuya sombra han vivido felices muchos países y tantas generaciones.
  Entre los exvotos había uno que por su singularidad causó mucha extrañeza a Stein. La mesa del altar no era perfectamente cuadrada desde arriba abajo, sino que se estrechaba en línea curva hacia el pie. Entre su base y el enladrillado había un pequeño espacio. Stein percibió allí en la oscuridad un objeto apoyado contra la pared; y a fuerza de fijar en él sus miradas, vino a distinguir que era un trabuco. Tal era su volumen y tal debía ser su peso, que no podía entenderse cómo un hombre podía manejarlo: lo mismo que sucede cuando miramos las armaduras de la Edad Media. Su boca era tan grande que podía entrar holgadamente por ella una naranja. Estaba roto, y sus diversas partes, toscamente atadas con cuerdas.
  -Momo -dijo Stein-, ¿qué significa eso? ¿Es de veras un trabuco?
  -Me parece -dijo Momo- que bien a la vista está.
  -Pero ¿por qué se pone un arma homicida en este lugar pacífico y santo? En verdad que aquí puede decirse aquello de que pega como un par de pistolas a un Santo Cristo.
  -Pero ya ve usted -respondió Momo- que no está en manos del Señor, sino a sus pies, como ofrenda. El día en que se trajo aquí ese trabuco (que hace muchísimos años) fue el mismo en que se le puso a ese Cristo el nombre del Señor del Socorro.
  -Y ¿con qué motivo? -preguntó Stein.
  -Don Federico -dijo Momo abriendo tantos ojos-, todo el mundo sabe eso. ¡Y usted no lo sabe!
  -¿Has olvidado que soy forastero? -replicó Stein.
  -Es verdad -repuso Momo-; pues se lo diré a su merced. Hubo en esta tierra un salteador de caminos que no se contentaba con robar a la gente, sino que mataba a los hombres como moscas, o porque no le delatasen o por antojo. Un día, dos hermanos vecinos de aquí, tuvieron que hacer un viaje. Todo el pueblo fue a despedirlos, deseándoles que no topasen con aquel forajido que no perdonaba vida y tenía atemorizado al mundo. Pero ellos, que eran buenos cristianos, se encomendaron a este Señor, y salieron confiando en su amparo. Al emparejar con un olivar, se echaron en cara al ladrón, que les salía al encuentro con su trabuco en la mano. Echóselo al pecho y les apuntó. En aquel trance se arrodillaron los hermanos clamando al Cristo: «¡Socorro, Señor!» El desalmado disparó el trabuco, pero quien quedó alma del otro mundo fue él mismo, porque quiso Dios que en las manos se le reventase el trabuco. ¡Y el trabuquillo era flojo en gracia de Dios! Ya lo está usted mirando; porque en memoria del milagroso socorro, lo ataron con esas cuerdas y lo depositaron aquí, y al Señor se le quedó la advocación del Socorro. ¿Conque no lo sabía usted, don Federico?
  -No lo sabía, Momo -respondió este, y añadió como respondiendo a sus propias reflexiones-: ¡si tú supieras cuánto ignoran aquellos que dicen que se lo saben todo!
  -Vamos, ¿se viene usted, don Federico? -dijo Momo después de un rato de silencio. Mire usted que no me puedo detener.
  -Estoy cansado -contestó éste-, vete tú, que aquí te aguardaré.
  -Pues con Dios -repuso Momo, poniéndose en camino [...]

  Stein contemplaba aquel pueblecito tan tranquilo, medio pescador, medio marinero, llevando con una mano el arado y con la otra el remo. No se componía, como los de Alemania, de casas esparcidas sin orden con sus techos tan campestres, de paja, y sus jardines; ni reposaba, como los de Inglaterra, bajo la sombra de sus pintorescos árboles; ni como los de Flandes formaba dos hileras de lindas casas a los lados del camino. Constaba de algunas calles anchas, aunque mal trazadas, cuyas casas de un solo piso y de desigual elevación, estaban cubiertas de vetustas tejas: las ventanas eran escasas, y más escasas aún las vidrieras y toda clase de adorno. Pero tenía una gran plaza, a la sazón verde como una pradera, y en ella una hermosísima iglesia; y el conjunto era diáfano, aseado y alegre.
  Catorce cruces iguales a la que cerca de Stein estaba, se seguían de distancia en distancia, hasta la última, que se alzaba en medio de la plaza haciendo frente a la iglesia. Era esto la via crucis
 
 [El extracto pertenece a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.]

domingo, 2 de julio de 2017

"El Cabra".- Alexandre Jardin (1965)


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I

«El amor conyugal es un pescado lleno de espinas, pensaba Gaspard. No comestible, una ilusión, un espejismo, sí, pero sublime; un resumen de la belleza del mundo, por decirlo de algún modo.
 La falta de entusiasmo de Camille le abrumaba. Ah, el matrimonio... Tienes una amante, pero si cuelga unas cortinas en las ventanas la veréis convertida en "ama de casa". ¡Qué estropicio! Gaspard iba macerando en su tristeza sin demostrarlo. ¿A quién confiarse, además? A Alphonse, claro. ¿Pero, qué decirle? ¿Que había creído y seguía creyendo en lo imposible, en la perpetua pasión, en el dedo alianzado? Un sueño, ¿verdad? Incluso a su amigo campesino la empresa podía parecerle, con razón, descabellada.
 Afligido, el notario consagró toda su atención a las actividades tradicionales: la construcción del helicóptero de madera con Alphonse, las sucesiones, las ventas de inmuebles y las lavativas que propinaba a su pasante. Lo aprovechó, también, para ayudar a su hija en la empresa de "poner orden" en el cementerio de Sancy.
 Natacha se había empeñado en restablecer cierta justicia en aquel lugar. Desde lo alto de sus siete años, encontraba inicuo que algunas sepulturas desbordaran de flores mientras que otras, desheredadas, fueran presas de líquenes y malas hierbas. Así, de vez en cuando, iba al cementerio para repartir equitativamente  coronas y ramos entre los pensionistas. La vecindad de los muertos no parecía afectar su moral, muy al contrario, esa promiscuidad la incitaba a tararear canciones infantiles mientras llevaba a cabo su labor o, mejor dicho, su misión.
 Pero aquel socialismo post mortem no gustaba a Malbuse, el hombre para todo del ayuntamiento, más o menos encargado de la jardinería del cementerio. Las familias indígenas se habían quejado por aquellas prácticas calificadas de "subversivas" o, incluso, de "comunistas". ¡Siempre la dichosa política...! Lo cierto es que Malbuse se había jurado atrapar a aquel anarquista de cuchillo entre los dientes que se permitía perjudicar a los más honrados difuntos del municipio. Su ardor se debía a que, para complementar su paga, se encargaba de cavar las tumbas en cada entierro. Consecuentemente, cuidaba su imagen ante los feligreses del lugar. Por lo de la propina después de la inhumación. Así fue cómo, cierto día, oculto tras una capilla funeraria, sorprendió con asombro a la minúscula Natacha mientras estaba actuando.
 La cogió por la oreja, le pegó una bronca de no te menees y fue a advertir al notario de que, si volvía a sorprenderla en flagrante delito, avisaría a los gendarmes, palabra de Malbuse. Poco hospitalario, el Cabra le trató de zoquete y le aconsejó, calurosamente, ir a que le sodomizaran o, si tenía prejuicios, a que le metieran un pepino gigante por el ojete. Corramos un tupido velo ante el resto de las invectivas. El Cabra se encendía cuando tocaban a sus renacuajos.
 Atónito, Malbuse puso pies en polvorosa sin más tardanza, perseguido por el notario que blandía las tenazas de la chimenea. En el portal, se detuvo jadeante y le expidió un postrer envío, un último cargamento de sustantivos zoológicos. Natacha reía aplaudiendo. ¡Cómo le gustaba que su padre estuviera como una cabra!
 Naturalmente, siguió haciéndolo; pero esta vez escoltada por el Cabra. Zarparon entre las brumas del alba, provistos de una laya y un rastrillo para limpiar las estelas y las losas más olvidadas. Natacha llevaba incluso un cepillo metálico para devolver su lozanía a los epitafios grabados en el granito o el mármol. Habían decidido que ella se encargaría de todo mientras su padre vigilaba apostado a la entrada del cementerio. De este modo, si el siniestro Malbuse sacaba la nariz, podría darse el piro por la puerta trasera.
 Natacha estaba dichosa. Se habían levantado al alba, los dos solos, sin hacer ruido. Camille y el Tulipán seguían empollando su sueño. No les habían puesto al corriente de su expedición. Un secreto de verdad entre ambos, una intimidad más. El Cabra le hirvió la leche, sí, logrando que se saliera, le sirvió dos rebanadas de pan tostado con mantequilla y miel en los bordes; luego, furtivamente, se fueron con los bolsillos llenos de provisiones y cargados con sus herramientas. La verja del cementerio estaba cerrada. Tuvieron que saltar la tapia: una sillita con las manos y ¡hala!. Cayendo sobre sus cortas piernas, Natacha se volvió entonces hacia la concurrencia.
 -¡Buenos días a todos! -les gritó alegremente a las losas.
 Sorprendido por esa familiaridad, el Cabra se instaló junto al portal y fingió escrutar los alrededores. No había, pues, peligro alguno; pero Natacha conservaría durante mucho tiempo la imagen de un padre cómplice y protector. Le estaba, así, regalando un recuerdo. Cada uno educa a sus hijos como puede.
 Gaspard era un profano en el arte de ser papá, como en el de ser marido. Improvisaba con la esperanza de que algún día lograría representar bien esos papeles.
 Triste, triste, triste estaba el notario. Ah, si al menos Camille... Casi deseaba que no fuera suya para conquistarla; pero era su mujer, y legítima además. Incluso habían tenido testigos.»
 

viernes, 30 de junio de 2017

"El cementerio marino".- Paul Valéry (1871-1945)


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I
«Ese techo, tranquilo de palomas, / palpita entre los pinos y las tumbas.
El Mediodía justo en él enciende / el mar, el mar, sin cesar empezando...
Recompensa después de un pensamiento: / mirar por fin la calma de los dioses.

II
¡Qué labor de relámpagos consume / tantos diamantes de invisible espuma,
y qué paz, ah, parece concebirse! / Cuando sobre el abismo un sol reposa,
trabajos puros de una eterna causa, / refulge el tiempo y soñar es saber.

III
Tesoro estable y a Minerva templo, / masa de calma y visible reserva,
agua parpadeante, Ojo que guardas / bajo un velo de llama tanto sueño,
¡oh, mi silencio! En el alma edificio, / mas cima de oro con mil tejas, Techo.

IV
¡Techo del Tiempo, que un suspiro cifra! / A esta pureza subo y me acostumbro,
de mi marina mirada ceñido. / Como mi ofrenda suprema a los dioses,
el centelleo tan sereno siembra / en la altitud soberano desdén.

V
Como en fruición la fruta se deshace / y su ausencia en delicia se convierte
mientras muere su forma en una boca, / aspiro aquí mi futura humareda
y el cielo canta al alma consumida / el cambio de la orilla en sus rumores.

VI
Mírame a mí, que cambio, bello cielo. / Después de tanto orgullo y tan extraña
ociosidad, mas llena de potencia, / a este brillante espacio me abandono:
sobre casas de muertos va mi sombra, / que me somete a su blando vaivén.

VII
A teas de solsticio el alma expuesta, / yo te sostengo, admirable justicia
de la luz: luz en armas sin piedad. / A tu lugar, y pura, te devuelvo,
mírate. Pero... Devolver las luces / una adusta mitad supone en sombra.

VIII
Para mí solo, en mí solo, en mí mismo / y junto a un corazón, del verso fuente,
entre el vacío y el suceso puro, / de mi grandeza interna espero el eco:
es la amarga cisterna que en el alma / hace sonar, futuro siempre, un hueco.

IX
¿Sabes, falso cautivo de las frondas, / golfo glotón de flojos enrejados,
sobre mis ojos, fúlgidos secretos / qué cuerpo al fin me arrastra a su pereza,
qué frente aquí le inclina a tierra ósea? / Una centella piensa en mis ausentes.

X
Cerrado, sacro -fuego sin materia- / trozo terrestre a la luz ofrecido,
me place este lugar: ah, bajo antorchas, / oros y piedras, árboles umbríos,
trémulo mármol bajo tantas sombras. / El mar fiel duerme aquí, sobre mis tumbas.

XI
¡Al idólatra aparta, perra espléndida! / Cuando, sonrisa de pastor, yo solo
apaciento, carneros misteriosos, / blanco rebaño de tranquilas tumbas,
aléjame las prudentes palomas, / los sueños vanos, los curiosos ángeles.
 
XII
El porvenir, aquí, sólo es pereza. / Nítido insecto rasca sequedades.
Quemado asciende por los aires todo: / ¿En qué severa esencia recibido?
Ebria de esencia al fin, la vida es vasta, / y la amargura es dulce, y claro el ánimo.»