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domingo, 20 de septiembre de 2026

Kaputt.- Curzio Malaparte (1898-1957)

V.- Las ciudades prohibidas

«En ninguna parte de Europa me había parecido el alemán tan desnudo, tan al descubierto, como en Polonia. En el transcurso de mi larga experiencia bélica, me había ido persuadiendo de que el alemán no tiene ningún miedo del hombre fuerte, del hombre armado que lo afronta con valor y se mantiene erguido. El alemán tiene miedo de los inermes, de los débiles, de los enfermos. El tema del "miedo", de la crueldad alemana como efecto del miedo, se había convertido en el tema fundamental de toda mi experiencia. Al que le vea bien, con inteligencia moderna y cristiana, este "miedo" mueve a piedad y a horror, y este miedo no me había suscitado nunca tanto horror y piedad como ahora en Polonia, en donde se me aparecía con toda su complejidad el elemento morboso y femenino de su naturaleza. Lo que mueve al alemán a la crueldad, a los actos más fría, más metódica, más científicamente crueles, es el miedo. El miedo a los oprimidos, a los inermes, a los débiles, a los enfermos; el miedo a los viejos, a las mujeres y a los niños, el miedo a los judíos. Y si bien ellos se esfuerzan en esconder este misterioso "miedo", se ven siempre conducidos fatalmente a hablar de él y en los momentos más inoportunos. Especialmente en la mesa, donde, bien por el calor del vino y de la comida, o por la confianza que experimentan al no sentirse solos, o por la inconsciente necesidad de demostrarse a sí mismos que no tienen miedo, el alemán se descubre y se abandona a hablar de hambre, de fusilamientos y de devastaciones con una complacencia morbosa que rebela no sólo el rencor, los celos, el amor desilusionado y el odio, sino también un miserable y maravilloso furor de abyección. La misteriosa nobleza de los oprimidos, de los enfermos, de los débiles, de los inermes, de los viejos, de las mujeres y de los niños la advierte el alemán, la siente, la envidia y la teme, quizá más que ningún otro pueblo de Europa. Y por eso se venga de ello. Hay una especie de anhelante humillación en la arrogancia y en la brutalidad del alemán, una profunda necesidad de autodenigración en su despiadada crueldad, un furor de abyección en su misterioso "miedo".
 Yo escuchaba las palabras de los comensales con una piedad y un horror que vanamente me esforzaba en ocultar, cuando Frank, dándose cuenta de mi estado quizá para hacerme partícipe de su propia y morbosa humillación, se volvió hacia mí con irónica sorpresa y me preguntó:
 -¿Ha visto el ghetto, mein lieber Malaparte? (1)
 En efecto, unos días antes había estado en el ghetto de Varsovia. Crucé el umbral de la "ciudad prohibida", rodeada por la alta muralla de ladrillos rojos que los alemanes han construido para meter el recinto como dentro de una jaula. En la puerta, vigilada por una guardia de las SS armada de ametralladoras, estaba fijo el manifiesto, firmado por el gobernador Fischer, que condenaba con la pena de muerte al judío que intentara salir. Y desde los primeros pasos, lo mismo que en las "ciudades prohibidas" de Cracovia, Lublin, Czestochowa, me había aterrado el silencio glacial que reinaba por las calles atestadas de miserables turbas harapientas y atemorizadas. Había intentado adentrarme yo solo por el ghetto, sin la escolta del agente de la Gestapo que me seguía por todas partes como una sombra, pero las órdenes del gobernador Fischer eran severas, y también aquella vez tuve que resignarme a la compañía de la "guardia negra", un joven alto, rubio, de rostro flaco y mirada clara y fría. Tenía un rostro bellísimo, una frente alta y pura, que el casco de acero sombreaba. Caminaba entre los hebreos como un ángel del Dios de Israel.
 El silencio, leve y transparente, parecía flotar en el aire; y en su fondo se oía el ligero chasquido de mil pasos en la nieve, semejante a un rechinar de dientes. Atraída por mi uniforme de oficial italiano, la multitud levantaba el rostro barbudo, mirándome con los ojos apagados, enrojecidos por el frío, la fiebre y el hambre. Las lágrimas brillaban en las pupilas, se deslizaban entre las sucias barbas. Si por casualidad empujaba a alguien en la aglomeración y le pedía excusas, diciendo "Prosze Pana" (2), el tropezado levantaba entonces la cabeza, mirándome incrédulo, lleno de asombro. Yo sonreía repitiendo: "Prosze Pana", porque me daba cuenta de que mi amabilidad era para ellos una cosa maravillosa. Sabía que desde hacía dos años y medio de angustia y bestial esclavitud, era aquella la primera vez que un oficial enemigo (no alemán, sino italiano, aunque para ellos no bastara, sin embargo) decía amablemente "Prosze Pana" a un infeliz judío del ghetto de la que fue la hermosa Varsovia.
 De vez en cuando me veía obligado a pasar por encima de un muerto. Caminaba entre la multitud sin ver dónde ponía los pies, y por eso tropezaba de vez en cuando con un cadáver extendido sobre la acera entre los rituales candelabros hebreos. Los muertos yacían abandonados en la nieve, en espera de que un furgón pasara a recogerlos: pero la mortalidad era muy grande y los furgones escasos. No había tiempo para recoger a todos, y por eso los muertos permanecían días y días extendidos sobre la nieve entre apagados candelabros. Muchos yacían encima de las baldosas de los zaguanes de las casas, en los pasillos, en los rellanos de las escaleras, o en las camas dentro de habitaciones atestadas de gente pálida y silenciosa. Mostraban las barbas sucias de nieve y fango. Y algunos tenían los ojos desencajados, siguiéndonos largo rato con una mirada terriblemente fija. Rígidos y duros, parecían estatuas de madera, recordándome los cadáveres judíos de Chagall. Las barbas parecían azules en los rostros lívidos y descarnados por el hielo de la muerte; de un azul tan puro que recordaba el del mar, aquel misterioso y brillante azul del mar en ciertas horas misteriosas del día.
 El silencio de las calles de la "ciudad prohibida", aquel silencio glacial, estremecido como por un escalofrío, por el leve rechinar de dientes, me oprimía de tal modo que, de pronto, me puse a hablar solo, en voz alta. Todos se volvieron a mirarme con una expresión de profundo asombro y de temor en las miradas. Entonces empecé a observar los rostros de la multitud. La mayoría de los hombres aparecían con barba, y las pocas caras afeitadas que se veían eran espantosas, tan desnudas se reflejaban en ellas el hambre y la desesperación. Las de los adolescentes estaban cubiertas por un vello rizado negruzco o rojizo sobre la piel, que parecía de cera; las caras de las mujeres y de los niños eran como de papel. Y en todas se veía ya impresa la azulada sombra de la muerte.
 Los ojos, en aquellos rostros de papel gris o blanco, de una blancura de yeso, parecían extraños insectos, dispuestos a hurgar en lo más profundo de las órbitas con sus patitas velludas y a chupar aquel poco de luz que resplandecía en sus cuencas. Al acercarme yo, aquellos repugnantes insectos se movían inquietos; dejando por un instante su presa, salían del fondo de las órbitas como de una madriguera, mirándome fijamente, atemorizados. Eran ojos de una vivacidad extraordinaria, ardientes de fiebre, húmedos y melancólicos. Otros relucían con reflejos verdosos semejantes a escarabajos y otros eran rojizos, negros, blancos, apagados y opacos, tenues por el velo sutil de la catarata. Los ojos de las mujeres mostraban una valiente firmeza y sostenían mi mirada con insolente desprecio. Luego se detenían en la cara de mi acompañante y entonces yo observaba que una sombra de miedo y asco los empañaba repentinamente. Pero los ojos de los niños eran terribles, no podía mirarlos. Sobre aquella negra multitud, vestida con largos caftanes negros, las frentes cubiertas con gorros negros también, planeaba un cielo de algodón sucio, un cielo de algodón hidrófilo.
 En las encrucijadas de las calles vigilaban parejas de guardias hebreos, con la estrella de David estampada en color rojo en el brazalete amarillo.»

 (1) Mi querido Malaparte.
 (2) Perdone.

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones G.P., 1969, en versión española de R. Coll Robert, pp. 106-109. Depósito legal: B. 23.565-1969]

jueves, 10 de diciembre de 2020

La vida en minúscula.-Alfred Polgar (1873-1955)

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Discurso, por desgracia nunca pronunciado, ante la tumba de las víctimas

  «Hablo con vosotros, los muertos; sin embargo, al decir "vosotros" estoy ya tergiversando, hago juegos de manos, me interno en una niebla retórica, en unas tinieblas propicias a toda clase de rumores. Porque ¿en quién estoy pensando cuando digo "vosotros"? ¿Me refiero a los cadáveres que están en sus ataúdes, a los pulverulentos despojos que hay en las urnas, cosas, por tanto, objetos a los que no cuadra (si no es en los cuentos) ni el "tú" ni tampoco el "yo"? ¿O me refiero, al decir "vosotros", a lo que fuisteis antes de convertiros en lo que sois ahora? Entonces mi "vosotros" sería también un engaño, aunque sólo fuera porque vosotros ya no sois en lo más mínimo aquello que fuisteis, sino algo completamente diferente: muertos; sólo por eso os dedico mi solemne discurso.
 Permitidme, con todo, os lo ruego, este hipotético "vosotros", pues de lo contrario mi discurso no conseguiría tomar alas y, por otra parte, ya sabéis que es la costumbre invocar a los muertos mientras se les entierra, es decir, cuando se hallan ya a varias eternidades de distancia, como si estuvieran aún a nuestro lado, como si estuvieran poniendo aún el pie en la barca de Caronte y pudieran todavía prestar oído a nuestro lacrimoso "¡buen viaje!" y contemplar el húmedo pañuelo con el que les decimos adiós. (Yo he llegado a oír como alguien despedía con un Leb wohl!* a un muerto al que iban a bajar a la fosa, lo que sonaba casi como si le aconsejaran tranquilidad y buenos alimentos).
 Me permito, pues, la mentira de decir "vosotros". Será sin embargo la única mentira de la que se pueda acusar a mi oración: lo que sigue es la pura verdad, despiadada, imperturbable, no traicionada por las lágrimas, la que sólo se puede decir hablando con los muertos, con un auditorio que no oye nada. Dicho esto, no puedo dejar de manifestaros que fuisteis unos locos consumados al sacrificaros por una "causa", que cometisteis una estupidez ilimitada, atroz, realmente merecedora de la muerte, al deshaceros de la vida en nombre precisamente de aquello que la hacía, en vuestra opinión, digna de ser vivida, cuando, para salvar el contenido, hicisteis pedazos, insensatos, el recipiente que lo protegía. Exhorto, pues, como los demás oradores y sin embargo de otro modo, a vuestros hermanos a que tomen ejemplo de vosotros. Disuasorio. Al morir por ella, habéis causado un daño irreparable  a la "Idea" por la que vivisteis; vuestra muerte, en el mejor de los casos, le ha servido de adorno, de patético atavío, mientras que vuestra vida le servía de fuerza motriz, de piedra basilar, de espíritu, de manos que construyen, de voluntad y de pasión. Vuestra muerte hace avanzar la causa por la que habéis muerto, afirman los pregoneros de vuestra Iglesia, pues, en su opinión, quien quiera contribuir a redimir a la humanidad ha de estar dispuesto a sacrificar su vida ante tal empresa. Puede ser (dejando aparte que cada redención de la humanidad se limita a dejarla en un estado que requiere a u vez una nueva redención y, así de nuevo, en una espiral infinita). Puede ser. Pero sacrificar la vida a una empresa, lo que significa es, bien entendido, dedicarle todas las energías y posibilidades de las que esa vida dispone, y no, como habéis hecho vosotros, arrebatársela radicalmente. ¿O acaso creéis de verdad que vuestra vida significa algo grandioso para la idea por la que vivíais? ¡Qué aires delirantes de Redentor, qué sobrevaloración megalómana de vuestro ya-no-estar, qué puerilidad tomar en serio el patetismo retórico con el que los supervivientes revisten vuestra muerte para no tener que reconocerla en toda su crasa insensatez! A los que celebran que hayáis muerto por la causa, ¿de dónde les viene el valor de hablar así? De la certeza de que ya no podéis oír lo que dicen. Si les faltara esa certeza, se cuidarían de mantener la boca cerrada y de agazaparse, muertos de miedo, en el corro más denso de los vivos. Venid, si es que algo terrenal os puede preocupar todavía, volved dentro de poco de la nada en la que os habéis precipitado y comprobad los resultados de vuestro heroico sacrificio. Preguntad a los que estuvieron más lejos de vosotros qué ha sido de la perpetua memoria que os fue prometida: con periódicos viejos habrán de refrescar la suya aquéllos que juraron no dejaros caer en el olvido. Preguntad a los que estuvieron más cerca de vosotros si la idea sublime por las que los dejasteis ha restado amargura a una sola de sus lágrimas. Me temo que habréis de oír a esposa e hijos maldecir la causa por la que derramasteis vuestra sangre. Volved al cabo de los años y buscad los templos sobre cuyos altares os dejasteis inmolar. No encontraréis sino ruinas pintorescas, depuestos ya los dioses, reducidos los sacros rituales a números de archivo, testimonio de los errores e insanos desvaríos de tiempos ya pasados.
 Yo no sé en aras de qué causa, partido, deber o idea habéis muerto. Supongo que aquello en cuyo dudoso interés os dejasteis masacrar debe de haber sido algo muy alto y muy hermoso, Pero eso no cambia en nada lo absurdo de vuestra acción. Como os faltaba luz en esta tierra efímera, os habéis precipitado en la interminable oscuridad. Para perfeccionar el mundo en el que respirabais, un mundo que existía, sin embargo, sólo en vosotros y a través de vosotros (pues el mundo es una función, una ficción del yo, y con la destrucción de cada yo es el mundo entero el que se destruye), lo habéis aniquilado enteramente. Por enaltecer la vida os habéis pasado a la muerte, su enemigo primordial.
 Vuestros correligionarios os tranquilizan diciendo que vuestra muerte no habrá sido en vano y se tranquilizan a sí mismos con el argumento de que sin víctimas la humanidad no progresa. Tal vez sea cierto. Lo que yo creo es, sin embargo, que sólo habremos llegado a una fase realmente superior de desarrollo cuando los combatientes se avergüencen de los compañeros inmolados en vez de enorgullecerse de ellos, cuando se depositen coronas en las tumbas porque nadie yace en ellas y cuando el culto a los caídos se sustituya por el culto a las tumbas vacías.
[…]

Muchacha de dieciséis años

 Una muchacha de dieciséis años se ha ahorcado en la cárcel.
 Había ido a la policía a pedir un "certificado sanitario", de los que necesitan las jóvenes para obtener el permiso y ofrecer libremente en la calle la alegría del sexo que esconden sus cuerpos. Las autoridades no consienten el comercio ambulante descontrolado. La venta al por menor de ungüentos, libretas, sexo, cordones de zapatos y otras naderías que precisamos en nuestra vida cotidiana está sujeta a licencia.
 Una muchacha superficial no se habría preocupado demasiado de las prescripciones. Pero Anna era una persona respetuosa con la policía, que sabía lo que es la ley. Así que se fue a visitar a papá Estado y le pidió el permiso.
Resultado de imagen de alfred polgar la vid a minuscula A los dieciséis años, a las muchachas de aquí no les dan el certificado sanitario. A los catorce pueden trabajar en las fábricas, a los diecisiete obtienen el derecho a la prostitución, a los veinte al voto.
 El hombre de la policía al que se había presentado Anna estaba obligado a decirle que no. Pero al ver que estaba tan acongojada y que se iba tan triste, se compadeció de la chiquita y la llamó para que volviera. La encerró en una celda en la que, además de chinches, había tres muchachas perdidas que se habían apartado con ligereza de la recta vía que las conducía a su inexorable destino de criadas o encargadas de los servicios.
 ¿Qué se puede hacer con una joven que ni es virtuosa ni tiene la edad legal para no serlo?
  ¿No hay que ser bondadoso con ella y decirle cosas amables, darle buenos consejos y mostrarle dónde está el hueco que dejó abierto el Hijo del Carpintero para que pudiera penetrar la luz hasta las más profundas tinieblas?
 Los huecos a los que el policía encamina a los atribulados y oprimidos no son de ese tipo.
 Lo sabemos por la biología: no existe vida sin células. Y lo mismo vale para el organismo social. Su existencia está ligada a la de la celda y la celda lo sostiene y consolida.
 En la cárcel reinan la paz y el silencio. Las paredes que la circundan no dejan pasar la voz de la tentación. Al abrigo estás, polillita, de los mortales halagos de la luz, sea del sol o de las bombillas. El solícito guardián te trae comida y bebida, que no tientan a tu tierno cuerpecillo, las horas van pasando en silencio y el ángel del recogimiento envuelve tu alma con sus alas protectoras y la convida a un suave refrigerio.
 A pesar de todo, Anna no estaba contenta.
 Le parecía una traición que la hubiesen detenido, una agresión contra ella, tan indefensa y confiada. Había acudido a cumplir con un deber que estipula la ley -legibus obsequimur- y ahora la castigaban por hacerlo. Había confiado su libertad a la protección de la superioridad... y la superioridad le había robado la libertad. Le pareció un engaño monstruoso. El orden moral del mundo, en el que creía estar integrada, se derrumbó con estrépito. Yo diría que eso fue lo que la llevó a suicidarse, y no el miedo al correccional y a sus métodos expeditivos y brutales para lograr que todos los ánimos entren en razón. No fue capaz de superar la felonía de la que había sido víctima. Se le hundió la ley bajo los pies, como si se hubiera abierto una trampa, y allí en el fondo, privada de la luz, poseídos por las tinieblas el tiempo y el espacio, se disolvió también la frontera entre la muerte y la vida.
 Le faltó la tierra bajo los pies y, como nadie puede vivir sin un punto de apoyo, se ahorcó en el marco de la ventana.»
 
 *Literalmente, "que vivas bien". (N. del T.)
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2005, en traducción de Manuel Lobo Serra, pp. 47-50 y 105-107. ISBN: 84-96489-05-1.]
 

sábado, 1 de febrero de 2020

El libro de los muertos.- Anónimo (1550 a.C.)

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El peso del corazón del difunto
I

«Osiris Ani, el escriba, dice:
 Mi corazón mi madre, mi corazón mi madre, mi corazón que me entrega el ser. Nada me sea adverso en el juicio, ni se me opongan los Tchatcha, (1) ni nos separemos en presencia del que sostiene la balanza. Tú eres mi ka (2), trabas juntos los miembros en mi cuerpo y los corroboras. ¡Ojalá vayas al lugar dichoso que es mi meta! Y los Shenit (3) no apesten mi nombre, ni contra mí se mienta ante el dios. Excelente, excelente es para ti oír...
 Thoth, juez de Verdad y de Justicia en la gran asamblea de los dioses, congregada ante Osiris, dice:
 Oíd esta sentencia. Se pesó equitativamente el corazón de Osiris y de testigo sirvióle su alma; se le halló veraz en la prueba de la Gran Balanza. No se descubrió en él maldad: no disipó las ofrendas de los templos, ni fueron dañinas sus acciones, ni murmuró mientras estuvo en la tierra.
 La magna asamblea de los divinos contesta a Thoth, que tiene sus lares en Jemennu:
 Será verdad lo que brota de tus labios. Osiris Ani, el victorioso escriba, es puro y justo. No pecó, no realizó ningún mal contra nosotros. No se permitirá que sobre él prevalezca el devorador Amemet. Tendrá manjares, y entrada a la presencia de Osiris, el dios, y se le concederá un campo para siempre en Sejet-hetepu, entre los que siguen a Horus.

II

 Dice el hijo de Isis, Horus:
 A ti vengo, oh Un-nefer, portador del Osiris Ani. Su corazón se estimó justo y llega de la balanza; no faltó a dios ni a diosa. Thoth le pesó cumpliendo la orden pronunciada por la congregación de los dioses; y es recto y veracísimo. Haz que se le otorguen pasteles y cerveza, que se presente al dios Osiris y que sea de los seguidores de Horus por siempre y para siempre.
 Y el Osiris Ani dice:
 He aquí, en tu presencia estoy, oh señor de Amentet. Mi cuerpo está limpio de pecado. Jamás contrarié a la verdad, ni nada hice con corazón falaz. Sea, pues, de los dichosos que forman tu cortejo, un Osiris beneficiado por el dios hermoso y amado del dueño del mundo. En verdad soy un escriba real que te ama, soy yo, Ani, que triunfó ante el dios Osiris. […]

CLIII: Capítulo de no dejar que el cuerpo perezca

 El victorioso Osiris Nu, sobrestante del palacio y canciller en jefe, dice:
 Honor a ti, oh Osiris, divino padre mío. Vine a embalsamarte; embalsama mis miembros para que no perezca y me extinga, sino que me asemeje a mi divino padre Jepera, prototipo de quien no conoció la corrupción. Por consiguiente, da reciedumbre a mi aliento, oh señor de los vientos, que engrandeces los seres semejantes a sí mismos. Corrobórame dos veces y otórgame una forma vigorosa, oh dueño del cofre natural. Haz que entre en el país sempiterno, como lo hicieron por ti en compañía de tu padre Tem, cuyo cuerpo de continuo ignoró la corrupción, ser incorrupto. Jamás efectué lo que detestas, antes bien clamé entre los que aman a tu ka. No permitas que mi cuerpo se cambie en gusanos, pero líbrame como tú hiciste por ti mismo. Te impetro que no me dejes caer en la podredumbre lo mismo que accedes a que cada dios, y cada diosa, y cada animal, y cada reptil vean la putridez una vez que el alma se separa de ellos tras la muerte. Y cuando parte el alma, el hombre contempla la putrefacción y pútridos los huesos de su cuerpo; hediondos, los miembros se deshacen, el esqueleto se troca en un cúmulo desamparado y la carne en un líquido fétido, y el mortal se hermana con la ruina que le sobreviene, y se transforma en innumerables gusanos, y llega a su fin, y perece en presencia del divino Shu lo mismo que cada dios, y cada diosa, y cada ave plumífera, y cada pez, y todo lo que se arrastra, y cada reptil... y cada animal, y todas las cosas. Por tanto, caerán sobre sus vientres cuando me reconozcan y los aterrorizaré; y así ocurrirá a todos los seres después de la muerte, sean bestias, pájaros, peces, gusanos o reptiles. Haz que la vida surja de la muerte y que la descomposición producto del reptil no me concluya, ni me ataquen las distintas formas de cuanto repta. No me entregues al verdugo que ocupa la cámara de tortura (?), que mata los miembros y los repudre sin descubrirse, que destruye los cadáveres y vive de la matanza. Déjame existir y cumplir su mensaje y efectuar lo que mandó. No cedas a sus dedos, no le des autoridad sobre mí, pues estoy bajo tu imperio, oh señor de los dioses.
 Honor a ti, oh Osiris, divino padre mío, que conservas tu ser con tus miembros. No decaíste, no te convertiste en gusanos, no menguaste, no fuiste corrupción ni podredura, ni gusanos. Soy el divino Jepera, y mis miembros gozarán de perdurable existencia. No decaeré, no me corromperé, no me pudriré, no me cambiaré en gusanos y no veré la descomposición en presencia del dios Shu. Tendré mi ser, poseeré mi ser; viviré, viviré; germinaré, germinaré, germinaré; caminaré en paz; no me pudriré; no perecerán mis intestinos (?); no sufriré mal; mi ojo no soportará menoscabo; no se borrará la forma de mi rostro (?); no se ensordecerá mi oreja; mi cabeza no se desprenderá de mi cuello; no me arrebatarán la lengua; no se raerá mi cabello; no rasurarán mis cejas; ni se me acarreará ningún daño lamentable. Se corroborará mi cuerpo y no se arruinará ni se destruirá en esta tierra.»

 (1): Tchatcha: Jefes o Cabezas. Los "Tchatcha" de Osiris eran Mestha, Hapi, Tuamáutef y Qebhsennuf.
 (2) Ka: el significado de este término ha dado pie a una serie de eruditos estudios. Suele traducirse por "doble".
 (3) Shenit: magistrados u oficiales divinos. 

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1988, en traducción de Juan A.G. Larraya. ISBN: 84-599-1226-4.]

miércoles, 29 de enero de 2020

La patria de la electricidad y otros relatos.- Andréi Platónov (1899-1951)

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El peso de los caídos

«Una madre regresó a su casa. Había estado fuera, refugiada de los alemanes, pero no pudo acostumbrarse a vivir en otro lugar que no fuera su pueblo natal, por lo que regresó a casa.
 Dos veces debió atravesar por tierra de nadie, cerca de las fortificaciones alemanas, porque el frente por allí era desigual y ella había tomado el camino recto, el más rápido. No le temía a nadie, no se cuidaba de nadie, y los enemigos no le hicieron daño. Avanzaba triste por los campos, despeinada y con la cara desencajada, como de ciega. Le daba igual lo que había en ese momento en el mundo y lo que estaba sucediendo en él, y nada en el universo podía ni alegrarla ni entristecerla, porque su desgracia era eterna y su tristeza inabarcable: ella, una madre, había perdido a todos sus hijos. Ahora se sentía tan débil e indiferente que avanzaba como una brizna de paja llevada por el viento y en todo encontraba la misma indiferencia hacia ella. Al sentir que nadie la necesitaba y que, por lo mismo, tampoco ella necesitaba a nadie, sintió aún mayor pesar. A veces esto basta para que una persona muera, pero ella no murió: necesitaba ver la casa en la que había vivido toda su vida y el lugar en el que habían muerto sus hijos en combate o ejecutados.
 En el camino se cruzó varias veces con los alemanes, pero éstos no tocaron a la mujer; les extrañó ver a una vieja tan desgraciada, les horrorizó la mucha humanidad que descubrieron en su cara y la dejaron irse para que se muriera por su cuenta. A veces, en las caras de las personas se refleja una opaca luz de extrañeza que es capaz de asustar a los animales y a las personas malintencionadas. Nadie tiene fuerza suficiente para acabar con estas personas y a nadie le resulta posible acercarse a ellas. El animal y la persona prefieren pelear con sus semejantes y dejar ir a quienes no se les parecen, porque temen ser vencidos por una fuerza desconocida.
 Después de atravesar toda la guerra, la vieja madre alcanzó por fin su casa, pero encontró su pueblo natal vacío. Su casa pequeña y pobre, revocada con barro pintado de amarillo, con su chimenea de ladrillo que parecía la cabeza de una persona meditabunda, hacía mucho que había sido quemada por el fuego alemán, que sólo dejó cenizas tras de sí. Sólo la hierba, como la que crece sobre las tumbas, nacía entre aquellas cenizas. También había desaparecido todo el vecindario, toda la vieja ciudad. Una luz blanca y triste lo iluminaba todo y era posible ver en la lejanía a través de la tierra silenciosa. Pasaría muy poco tiempo y la hierba cubriría del todo este lugar antes habitado, los vientos soplarían libres, los torrentes de lluvia lo igualarían y ya no quedaría huella humana ni nadie para asimilar y heredar como un conocimiento útil todo el sufrimiento de la vida terrestre. Este último pensamiento hizo suspirar a la mujer, y también el dolor que sentía su corazón por tanta vida perdida y sin memoria. Pero su corazón era bondadoso y quería vivir para amar a los muertos, para terminar los planes que la muerte había interrumpido.
 Se sentó en medio de aquellas cenizas frías y apoyó sus manos en el polvo en que se había convertido su casa. Sabía cuál era su destino, sabía que le había llegado su hora, pero se resistía porque si ella moría, ¿qué pasaría con el recuerdo de sus niños?, ¿quién los conservaría en su amor si también su corazón dejaba de respirar?
 La madre no sabía la respuesta a esta pregunta y meditaba sola. Se le acercó su vecina, Yevdokía Petrovna, una mujer joven y de buen ver, antes gorda, pero ahora débil, silenciosa e indiferente. Una bomba había matado a sus dos hijos pequeños cuando regresaba con ellos de la ciudad. Su esposo había desaparecido en unos trabajos de excavación, y ella había vuelto para enterrar a sus hijos y terminar de vivir el tiempo que le quedaba en aquel lugar muerto.
 -Buenas, Maria Vasílievna -dijo Yevdokía Petrovna.
 -¿Eres tú, Dunia? -le preguntó Maria Vasílievna-. Siéntate, hablemos. Inspeccióname la cabeza, porque hace mucho que no me baño. […]
 -¿Los tuyos murieron todos? -preguntó Maria Vasílievna.
 -¡Sí, todos, claro! -le contestó Dunia-. ¿Y los tuyos?
 -Todos, no queda nadie -dijo Maria Vasílievna.
 -Entonces estamos a la par: ni tú ni yo tenemos a nadie -comentó Dunia satisfecha de que su desgracia no fuera única en el mundo, de que a los demás les hubiera tocado la misma desdicha.
 -Mi desgracia es mayor que la tuya: antes también era viuda -dijo Maria Vasílievna-. Y mis dos hijos han caído cerca del pueblo. Se alistaron en el batallón de trabajadores cuando los alemanes salieron de Petropávlovsk a la carretera de Mitrofánievsk… Mi hija me llevó bien lejos de aquí porque me quería mucho, era mi hija. Después se alejó de mí, empezó a amar a todo el mundo, compadeció a un hombre -mi hija era una muchacha bondadosa-, se inclinó sobre él, que estaba débil y herido, y entonces la mataron, desde arriba, desde un avión... ¿Y yo qué? No tengo nada y regresé. ¿Qué tengo ahora? Me da igual. Tengo la sensación de estar muerta...
 -Bueno, ya nada se puede hacer. Sigue viviendo como una muerta; yo también vivo así -dijo Dunia-. Todos los míos descansan y los tuyos también descansan... Sé dónde están los tuyos, sé adónde los arrastraron a todos para enterrarlos, yo estaba aquí y lo vi con mis propios ojos. Primero, contaron a todos los muertos, levantaron un acta, pusieron a un lado a los suyos y a nuestros muertos los llevaron más allá. Luego desnudaron a todos los nuestros y apuntaron en el acta cuánta ropa se podía aprovechar. Se alargaron en este tipo de asuntos y luego empezaron a empujarlos y a lanzarlos a la tumba.
 -¿Y quién la cavó? -se preocupó Maria Vasílievna-. ¿Cavaron profundo? Una tumba profunda sería más caliente porque estaban desnudos, sentirán frío.
 -¡No, nada de profunda! -le informó Dunia-. ¡Una fosa de proyectil fue su tumba! Los amontonaron hasta llenarla, pero no había sitio para todos los muertos, así que pasaron por encima con un tanque de guerra, los muertos se aplastaron, se hizo más espacio y echaron allí a los muertos restantes. No tenían ganas de cavar, ahorraban sus fuerzas; echaron un poco de tierra por encima. Allí descansan los muertos en el frío; sólo los muertos pueden aguantar el sufrimiento de estar eternamente desnudos en el frío...
 -¿Y a los míos también los destrozaron con el tanque o los colocaron arriba, sin aplastarlos? -preguntó Maria Vasílievna.
 -¿A los tuyos? -contestó Dunia-. La verdad es que no lo pude ver... Allí, detrás del pueblo, cerca de la carretera descansan todos; si vas, los verás. Yo hice una cruz con ramas y la puse allí, pero fue por gusto; una cruz se cae aunque sea de hierro y la gente olvidará a los muertos...»
   
   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1999, en traducción de José Manuel Prieto. ISBN: 84-226-7967-1.]

domingo, 5 de enero de 2020

Camino en zigzag.- Anita Desai (1937)

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II parte: La estancia de Vera
Capítulo 5

«Pero tanto Paola como André reconocían que no había mucho que ver. El palenque, la plaza de toros abandonada...
 -Ya verás como es un pueblo fantasma. Está en ruinas.
 Eso era lo que Eric quería ver.
 -Sólo que hoy revive con la fiesta. ¿Nunca has visto la fiesta de los muertos?
 -En nuestro país se celebra algo parecido -explicó Eric con pocas ganas-. La fiesta de Halloween, la noche anterior al Día de Todos los Santos.
 -¿Ah, sí? ¡Vaya!
 Les explicó que se vaciaban calabazas para hacer lámparas y que los niños salían por la noche, disfrazados y con máscaras, para pedir caramelos... pero renunció a seguir, al ver que ellos no lo entendían.
 -A mí me daba mucho miedo -confesó-. Me escondía para no salir.
 -Bueno, pero aquí no es así. Cubrimos el umbral de la puerta con pétalos de cempasúchil, la flor de los muertos de los aztecas, para ayudar a los difuntos a encontrar el camino, y ponemos fotografías para que reconozcan cuál es su casa y velas para iluminarles, porque si no tienen luz se encienden los dedos y se queman -explicó Paola-. Y también les ofrecemos copal, incienso y flores con un perfume muy intenso.
 -Y comida con muchas especias -la interrumpió André.
 -Sí, claro, y cuando los difuntos se la comen, el aroma de la comida desaparece porque se apoderan del espíritu de la comida.
 -Y eso les dura un año entero.
 -Y para los angelitos, los que murieron de niños, sacamos cositas... chocolate, chicles, cacahuetes y, por supuesto, azúcar. Pájaros y corderitos de azúcar. Si preparamos sopa o un guiso para los niños, lo hacemos suave, que no pique.
 -Las familias dicen que oyen tintinear los platos cuando llegan los niños -intervino André.
 -Y los campesinos tienen la costumbre de dejar escobas y prensas de tortillas para las hijas, y azadones y palas para los hijos, para que puedan continuar con sus labores en el otro mundo.
 A Eric le pareció tan triste que se preguntó si tal vez, cuando era niño, no había presentido tras el carnaval de Halloween la sombra que otros preferían ignorar, la de los espíritus que habitaban entre la noche y el día, entre la vida y la muerte. Y una vez más volvía a encontrarse con ella; se puso nervioso y tuvo que hacer un esfuerzo para escuchar el animado relato de la pareja.
 -Hoy se visitan las casas de los difuntos a los que conociste, para comer con la familia.
 -Tienes que hacerlo. Se cuentan muchas historias sobre la gente que no lo hace. Díselo.
 -Sí. Un hombre que no creía en nada de esto se pasó toda la noche bebiendo. Cuando volvió a casa, por la mañana, vio a una multitud de difuntos que regresaban a su mundo, y entre ellos iban sus padres. Iban con las manos vacías. Otros llevaban montones de ofrendas, pero sus padres sólo llevaban barro, barro en llamas. Nada más entrar en la casa cayó enfermo y murió.
 -Pero algunos difuntos no quieren volver. Los angelitos, que llegan el 31 de octubre a mediodía, tienen que marcharse el 1 de noviembre a mediodía. Luego vienen los mayores. A las tres de la mañana se lanzan fuegos artificiales para indicarles que ha llegado la hora de que regresen. Un sacerdote recorre el pueblo tocando una campana y cantando. Cuando los muertos lo oyen, deben dirigirse al panteón; nosotros los acompañamos, para lavar, limpiar y decorar las tumbas donde serán acogidos.
 -No dejes de ir al panteón para ver esto. Está en lo alto del camino... en el cementerio de la montaña. Has elegido un buen día para visitar a tus antepasados.
 Sacudiéndose la sombra de sus viejos temores, Eric les aseguró que él también lo creía; y empezaría en ese mismo instante, antes de que hiciera más calor.
 El ambiente cambió de pronto en el comedor, con sus manteles de colores, y en la cocina cesó el ruido de cacharros, la charla y las risas de las criadas. Fue como si todos se reunieran para compartir lo que Eric estaba pensando y sintiendo en ese momento.
 -Adiós -le dijeron, y lo vieron marchar.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2006, en traducción de Catalina Martínez Muñoz. ISBN: 978-84-206-4590-2.]