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domingo, 6 de septiembre de 2020

En un café.- Mary Lavin (1912-1996)

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Guantes de gamuza

  «Y el Gran Día terminó, de un momento a otro.
 Una vez más las ruedas hicieron crujir la grava y se oyeron portezuelas cerrarse.
 Hasta que el último coche hubo desaparecido, las tres monjas de coro recién ordenadas permanecieron en la puerta y luego se giraron, inseguras, y entraron en el convento. ¿Qué harían ahora? Sintieron una leve consternación. Vieron a Empresa privada que, sin dirigirles una sola mirada, avanzó por el pasillo que comunicaba la capilla y el noviciado y se metió por aquella puertecita que ahora las tres conocían mejor que las puertas de sus casas, que ya no volverían a cruzar. Al igual que las puertas de sus casas, ahora ésta también estaba cerrada para ellas.
 Verónica echó un vistazo al gran reloj del vestíbulo. Sólo eran las cinco.
 De pronto tomó conciencia de que estaba tan cansada que casi no se tenía en pie.
 Se les acercó la madre superiora.
 -Sor Eucharia os comunicará vuestras nuevas tareas -les anunció. Miró entonces a Verónica-. Estás agotada, hermana. Creo que lo mejor será que te metas en la cama nada más tomar el té. De hecho, es mejor que te tomes el té ahora mismo y te subas ya a la celda.
 Una sensación de gran alivio se apoderó de Verónica. Se había visto sometida a una tremenda presión durante todo el día.
 Cuando las otras dos, Concepta y Assumpta, se marcharon con sor Eucharia, Veronica se quedó un momento parada en el vestíbulo vacío. Luego, bajó al pasillo que daba al refectorio. La fatiga le había provocado cierto abatimiento, y caminaba con los hombros un poco encorvados. Dios estaba en su derecho de ponerles a unas monjas las cosas más fáciles que a otras, pero el agotamiento no era precisamente una buena ofrenda para él. Y en realidad estaba más cansada por el ajetreo de la familia que por el trastorno que provocaba aquello a lo que había renunciado.
 Sin embargo, en aquel momento le llamó una voz.
 -Un segundito, hermana. -Era otra vez la madre superiora-. Creo que tu hermana se ha dejado esto. ¿Volverás a verla pronto, o se lo mandamos por correo? -Tenía en la mano un par de guantes de gamuza-. Quizá puedas guardárselos tú hasta la próxima vez que la veas -sugirió la superiora.
 Verónica cogió los guantes e hizo una reverencia.
 Sor Úrsula, la encargada del refectorio, no estaba por allí, pero las mesas estaban puestas, y Verónica se sentó y comió un poco de pan con mantequilla y se sirvió un vaso de leche de la gran jarra de la mesa auxiliar. Con eso tuvo bastante. De todos modos no tenía hambre, sólo estaba cansada, molida.
 Al atravesar otra vez el pasillo en dirección a su nueva celda, no ya a la otra, en la que se había quitado el vestido blanco de satén y se había puesto el hábito, oyó el coro entonando el Tantum ergo. Ya casi había acabado la bendición. Pero, cuando llegó al rellano se fijó en un pequeño lavabo que había a un lado de la pared, con dos grifos, lo cual significaba que había agua caliente y fría. Todavía llevaba en las manos los guantes de Mabel.
 Pese al cansancio, se le ocurrió que estaría bien lavar los guantes y devolvérselos limpios. Los guantes de gamuza se manchaban enseguida. Y tanto Mabel como ella le daban mucha importancia a no usar nunca dos veces el mismo par sin lavarlos.
 Obedeciendo a un impulso, se quitó los puños rígidos de lino, los dejó encima de la repisa que había sobre el lavabo y abrió el grifo del agua caliente. Subió una nube de vapor. Hizo espuma, se enfundó los guantes y sumergió las manos en el agua.
En un café | errata naturae ¡Ay, aquella sensación viscosa de la gamuza mojada! Era casi como estar delante del cuartito de aseo del piso más alto de la casa que Mabel  y ella habían usado toda la vida. En tiempos de los anteriores propietarios, había sido un cuartito para la criada, pero Mabel y ella lo adoptaron para su uso y disfrute. Muy raras veces subía hasta allí su madre, y cuando lo hacía cerraba los ojos, horrorizada por el estado en que se encontraba. "Este sitio es una vergüenza", decía. "Si al menos no lo tuvierais tan lleno de cosas..."
 Era verdad que parecía un vertedero, con las paredes húmedas y estanterías llenas de antiestéticos peines rotos y tarros usados de crema, cajas inservibles de polvos y maquillaje, decenas de tarros de perfume y sabe Dios qué más. […]
 Sin embargo, Mabel y ella pasaban casi todo su tiempo allá arriba, cotilleando e intercambiando confidencias, cuando debían estar lavándose los dientes, limándose las uñas o cuidándose el cutis y el pelo.
 Fue allí, una tarde, donde se armó de valor y le contó sus planes a Mabel.
 Pero, de pronto, Verónica no se sintió con fuerzas de recordar todo aquello. En los ojos se le formaron dos lagrimones que le rodaron por las mejillas. Y pensar que nunca más vería aquel cuartito. Sólo era capaz de pensar en los botes y tubos de Mabel en el alféizar de la ventana y en los bordes del lavabo desconchado. Abrumada por unos recuerdos de productos cosméticos deteriorados, paredes húmedas y una pila de envases rotos, Verónica se sintió indefensa.
 ¿Dónde estaban su ángel de la guarda y los de las otras chicas? ¿Qué ramo u ofrenda espiritual tenían ellas para ofrecer? Pasados unos segundos, Verónica tuvo que reírse de sí misma. Se enjugó los ojos y enjuagó los guantes. Había esperado hasta el último momento, pero parecía que por fin había emprendido el buen camino. Las otras chicas podían tener una ofrenda más razonable; ella sólo había renunciado a un par de tarros de pintura y a un cuartito húmedo, cuando puso su sacrificio junto a los demás. Realmente estaba diciéndole no a la vida. La fatiga se disipó en un instante, y su ángel, con sendas lágrimas en las palmas de las manos, salió volando hacia el cielo.
 Verónica cogió los guantes, se los llevó a su celda y los colgó para que se secaran. A los pocos minutos dormía profundamente.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Errata Naturae Editores, 2018, en traducción de Regina López Muñoz. ISBN: 978-84-16544-67-7.]

sábado, 25 de agosto de 2018

La mentalidad maya. Textos literarios.- Anónimo (2000 a. C. - 1700)

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Textos de origen lacandón
Ante un eclipse de sol
«Oh, Señor, el más excelente, no permitas que este fuego desaparezca. Sal fuera, al calor, después cumpliré contigo, oh Señor, el más excelente. Mira, sal, ven al calor, yo, aunque pobre, veo al más excelente. Está oprimido. No me he equivocado. No me relaciono con nadie, oh Señor, yo no me relaciono con nadie, ni con los míos, oh Señor. [...]

Ofrenda de las primicias de la cosecha de fríjoles a los braseros de los dioses
 He aquí los primeros fríjoles. Te los doy, ¡oh Señor! Yo los comeré. [...]

Una ofrenda de posol ofrecida en el fuego
 Mi ofrenda de posol es para ti, ¡Padre! Frente a ti vierto, sirvo de nuevo en tu boca, para tu bienestar, para que vengas y divinices a mis hijos, para que desciendas. Detén tu paso para beber mi ofrenda, que es para ti. Mi ofrenda es para ti, ¡Padre!, a ti te la doy para que la ofrezcas al padre. Mi ofrenda es para ti, ¡Padre!, frente a ti la ofrezco nuevamente para ti, para ti, para tu felicidad. Toma la ofrenda, es para ti. Tómala, es para ti, es regalo para ti. Toma la ofrenda de nuevo, para tu felicidad, para que alegres a mis hijos. Toma la ofrenda para que me alegres. Yo, solo, te hago sacrificio. [...]

Las hojas de palma eran sostenidas sobre el humo de incienso ardiente
 Frente a ti inhalo tu humo, por eso estoy bien. Yo gozo de la vida. Yo te sacrifico. Que no me muerda la serpiente, que no me muerda el tigre. Por eso estoy bien. Que no haya dolor. Que no haya fiebre. Que no aprisione el dolor al espíritu de mis hijos. Que no aprisione la fiebre al espíritu de mis hijos, ni al espíritu de mis hijos ni al de mi mujer.

 Plegaria por un niño pequeño, con hojas de palma purificadas por el humo del incienso
 Guarda a mi hijo, mi Señor, que no tenga dolor, que no tenga fiebre. Que no lo aprisione el dolor en los pies. No lo castigues con fiebre en los pies. No castigues a mi hijo con mordeduras de serpiente. No lo castigues con la muerte. Mi hijo juega, se divierte. Cuando crezca, él te hará ofrenda de posol, él te dará ofrenda de copal. Cuando crezca, te dará tortillas. Cuando crezca, te dará papel. Cuando crezca, te hará sacrificio. [...]

Tonada semirritual para la fermentación de la bebida sagrada
 La corteza [del balch'é] pasa por mis manos, la corteza [del balch'é] pasa por mis pies. Yo soy el que oficio primero. Yo soy el que ayuda a oficiar. Yo soy el que le da calor. Yo soy el que lo hace hervir. Yo soy el que hace hervir. Yo soy el que oficio primero. Yo soy el que lo mueve con cuchara. Yo lo mezclo. Yo soy el que lo oficio después. Lo curaré con chile verde, eso quita, hace buenas las penas. Lo curaré con chile verde y me pondré bueno, me hará mentir [en la embriaguez]. [...]

Purificación por el fuego del copal
 ¡Que se rompa! ¡Que se quiebre! Yo te quemo. ¡Vive! ¡Despierta! No duermas, ¡trabaja! Yo soy el que te despierta a la vida. Yo soy el que te eleva a la vida, dentro del recipiente. Yo soy el que te reanima. Yo soy el que te despierta a la vida. Yo soy el que te eleva a la vida. Yo soy el que construye tus huesos. Yo soy el que construye tu cabeza. Yo soy el que construye tus pulmones. Soy el que te construye, tu hacedor. Para ti, esta bebida sagrada. Para ti, esta ofrenda de balch'é. Yo soy el que te eleva a la vida. ¡Despierta! ¡Vive!     

 Ofrenda a los dioses, de papel de corteza de árbol de artesanía
 Hélo aquí. Acepta mi papel. Con él te envuelvo la cabeza, de nuevo, para tu felicidad. Es para ti, para que cuides a mis hijos. Cuando ellos crezcan, mis hijos te harán sacrificio. Acepta el papel, es para ti, ofrécelo al padre. Con él te envuelvo la cabeza, para que cuides a mi esposa, que hace posol, que hace tortillas. [...]

 Agua sagrada sobre el fuego en nombre de los dioses
 Agua sagrada vierto y sirvo en tu boca. Te estoy dando agua sagrada otra vez para tu bienestar, es para ti, ofrécela al padre. Agua sagrada vierto y sirvo para ti, en tu boca, es para ti, para ti, ven y mira. Desciende, mira. Frente a ti cumplo con agua sagrada, que vierto y sirvo en tu boca. Es para ti, para que la bebas de nuevo para tu bienestar. Agua sagrada te doy en la boca, de nuevo, para tu bienestar. Anímense, hijos míos. Agua sagrada te doy. Anímate, esposa mía. Agua sagrada te doy de nuevo en la boca para tu bienestar. Me animo. Yo, solo, te hago sacrificio.»

 [Los fragmentos pertenecen a la edición en español de Editora Nacional, en edición de José Vila Selma. ISBN: 84-276-0554-4.]

lunes, 25 de junio de 2018

El Evangelio de Taciano (evangelio apócrifo).- Taciano "el Sirio" (c. 120 - c.180)


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Capítulo XXVII: Jesús habla de la ofrenda ante el altar, cuando se tiene deuda pendiente

«Y cuando lleves tu oferta al altar y recuerdes que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu oferta ante el altar y ve a reconciliarte primero  con tu hermano.
 Y entonces vuelve y ofrece tu presente.
 Reconcíliate pronto con tu adversario, cuando vayas con él por el camino.
 Porque no acontezca que el adversario te lleve al juez, y el juez al alguacil y seas puesto en prisión.
 Que, en verdad te digo, que no saldrás de allí hasta no haber pagado el último cuadrante.

Capítulo XXVIII: Jesús condena el adulterio y la concupiscencia
 Oísteis que fue dicho a los antiguos: No adulterarás.
 Mas yo os digo que cualquiera que mire a una mujer con concupiscencia, ya adulteró con ella en su corazón.
 Y si tu ojo derecho pudiera serte causa de escándalo, sácatelo.
 Porque vale más que perezca un solo miembro tuyo que no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.
 Y si tu mano derecha te fuese causa de escándalo, córtatela, y échala fuera de ti.
 Porque es mejor que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.
 [...]
 
 Capítulo XXX: Jesús condena el perjurio y el juramento
 Oísteis que fue dicho a los antiguos: No perjuraréis.
 Sino que cumplirás tus juramentos al Señor.
 Mas yo os digo: No juréis nunca.
 Ni por el cielo, que es el trono de Dios, ni por la tierra, que es el escabel de sus pies.
 Ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey.
 Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes de uno de tus cabellos blancos hacer uno negro.
 Y no sea vuestro hablar más que: Sí, sí; y: No, no.
 Porque lo que exceda de esto malo es.

 Capítulo XXXI: Jesús condena la ley del talión
 Oísteis que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente.
 Mas yo os digo: No resistáis al mal.
 Y al que te golpeare la mejilla derecha, preséntale también la otra.
 Y al que quisiera llevarte a juicio para quitarte tu ropa, dale también el manto.
 Y al que te hiciera andar cargado durante mil pasos, acompáñalo dos mil.
 Al que te pidiere, dale. Y al que te tomare prestado, no se lo vuelvas a pedir.
 Haced con los hombres lo que quisierais que ellos hicieran con vosotros.

  Capítulo XXXII: Jesús ordena a sus discípulos devolver bien por mal
 Oísteis que se dijo a los antiguos: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.
 Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos.
 Bendecid a los que os odian y orad por los que os persiguen y os calumnian.
 Para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos.
 Porque él hace salir el sol para malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos.
 Porque, si amáis a quienes os aman, ¿qué recompensa mereceréis?
 ¿No hacen también lo mismo los publicanos?
 Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué gracia tendréis? ¿No hacen acaso igual los pecadores?
 Y si prestáis a quienes os lo puede devolver, ¿qué mérito hacéis con ello?
 Porque también los pecadores hacen lo mismo, para recibir otro tanto.
 ¿Qué hacéis de más deseando salud a los que os la desean?
 Así que habéis de hacer el bien a vuestros enemigos y amarlos.
 Y prestar sin esperar nada por ello.
 Y grande será así vuestro galardón.
 Porque seréis hijos del Altísimo, que es benigno para los malos e ingratos.
 Sed misericordiosos porque vuestro Padre es misericordioso.
 Procurad sed perfectos, como lo es vuestro Padre celestial.

Capítulo XXXIII: Jesús exhorta a hacer limosnas recatadamente
 No hagáis vuestra justicia ante los hombres, para ser vistos por ellos.
 Porque entonces no tendréis gracia ante vuestro Padre, que está en los cielos.
 Y cuando repartas limosnas, no hagas sonar trompetas ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y plazas.
 Porque lo hacen para ser honrados de los hombres.
 Y os digo en verdad que ya recibirán su merecido.
 De modo que cuando hagas limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace tu mano derecha.
 Para que tu limosna sea en secreto, porque tu Padre ve en secreto y él te recompensará.»

 [Los fragmentos pertenecen a la edición en español de Ediciones Orbis, en  traducción de Edmundo González-Blanco. ISBN: 84-7657-004-2.]

jueves, 22 de marzo de 2018

Los campos del honor.- Jean Rouaud (1952)


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III

«Joseph no morirá. Su hermana Marie ha hecho el viaje de Random a Tours con una provisión de medallas piadosas que, nada más llegar, desliza bajo la almohada de su hermano y de sus compañeros de infortunio. Ha aguardado para ello a que le den la espalda las enfermeras de uniforme blanco que evolucionan como bailarinas entre las camas. Algunas, que no creen sino en la ciencia y sus virtudes cartesianas, se irritan contra esos amuletos, iría mucho mejor un vagón de morfina. Porque la benéfica morfina escasea. Las enfermeras, solicitadas por todas partes, la dosifican con esmero, la reparten según empíricos coeficientes: la intensidad de los gemidos, la proximidad de la muerte. Cuando se les acaba, quisieran taparse los oídos, gritar más fuerte que todos aquellos dolores acumulados. Esta guerra va demasiado lejos. Todos están de acuerdo, será la última. Para Joseph y millones más, desde luego.
 Sentada a la cabecera de su hermano, Marie se ha puesto a trabajar de inmediato. Ha sacado su rosario, elegido en su cielo al encargado de los sufrimientos -se trata del propio Cristo, aunque los santos mártires, despedazados, lapidados, quemados, no hayan desmerecido-, y rosario tras rosario le ruegue que cargue como un peso más en sus fornidas espaldas de carpintero ese silbido que brota del pecho de su hermano. A cambio -discurre qué le podría dar, ya que sólo se tiene a sí misma-, sí, da ese deseo que por las noches le invade las entrañas, da su sangre de mujer. Sangre por sangre, el trato es justo. Joseph recupera los colores, pronto se incorpora en la cama, reclama comida. En Touraine es primavera, el Loira crece con las aguas del deshielo, en un vaso los últimos restos de muguete. Joseph evoca la eventualidad de una próxima vuelta a casa, finge animación, bromea con una muchacha de servicio, promete que se casará con ella en cuanto esté curado. La muchacha se ríe (ya van por lo menos veinte que se lo piden), Marie un poco menos -esa carita arrogante-. Luego, vuelve a notarse cansado, tose un poco, quiere descansar. Se echa, extiende los brazos a lo largo del cuerpo, entorna los párpados. Tras esa breve remisión, vuelven los estertores, la fiebre, las visiones de aquel teatro de horror. Al caer la noche, el joven de tez macilenta entra en agonía. Esta vez el médico militar no da ya ninguna esperanza. La joven prometida pasa regularmente en la penumbra, y despacito, para no despertar a los que duermen, le pone un paño húmedo en la frente, le sube las sábanas hasta el pecho, y, cuando un brutal acceso de tos le hace incorporarse en la cama, lo coge como a un niño en sus brazos y le vierte entre los labios una cucharada de jarabe. Al despuntar el día, cuando un blanco resplandor inunda la inmensa sala común y se oye en el silencio del alba el chapoteo del río, sus ojos tienen una espantosa fijeza. Marie, que llega la primera, se queda sobrecogida. Le dicen que no es aún el final pero que debe prepararse. Se producirá a media tarde con una mirada más dulce.
 Se anuncia ya la muerte de Joseph, su nombre aparece en una imagen piadosa y patriótica que se vende a medio franco, para obras de beneficencia, en la parroquia de Commercy (subprefectura de la Meuse, especialidad en magdalenas), orlada con una fina franja negra, monumento de tristeza con un título de novela heroica: "Los campos del honor", y un subtítulo de quiosco de estación: "Donde corrió a mares la Sangre de Francia en 1914-16." (Sigue la batalla. Anuncian un folleto que saldrá después de la guerra con todo lo sucedido.) Una gran cruz negra, con el monograma de Cristo en el centro, se aureola con los nombres de las regiones trágicas: Artois, Serbia, Dardanelos, Marne y Mosa, Lorena y Alsacia, Argonne e Yser, como una corona de espanto que enumera en la trama de ramas de olivo el subconjunto de los mártires comunes, igualados por la matanza, de tal manera que Vimy aparece escrito tan grande como Lens, Dixmude como Ostende, Les Eparges como Nancy. Que esta imagen recuerde a todos cuán agradecidos debemos estar a Dios por la prodigiosa batalla del Marne y por la solidez que desde entonces tiene nuestro frente. Y si la batalla, como está escrito, tuvo tanto de prodigio, o sea de cruz de Clodoveo en el cielo de Tolbiac, de santa Genoveva liberando París, de Juana de Arco en Orleáns y de León I consiguiendo del vándalo Genserico que respetara la vida de los habitantes de Roma, fue quizá porque Dios estaba también con nosotros, Padre consternado al ver el uso que hacen sus hijos de su libertad, conservando para cada uno la misma piedad, el mismo amor desconsolado.
 Piadoso recuerdo de los héroes, en especial de -anotar a continuación el nombre, riachuelo que confluye hacia el gran río rojo, la cloaca máxima, la loba menstrual-, cosa de la que se encarga con su caligrafía irreprochable su hermana Marie, entonces joven maestra, que pierde dos hermanos en la historia (la oficial, para una vez que ésta interfiere en la nuestra, la abandonada) y agrega al margen, pues sólo queda sitio para el nombre y ha de ser corto (es un formulario para plebeyos, para la masa, la que se inscribe en los monumentos a los muertos esculpidos al estilo del descendimiento de la cruz, aplastando las columnas de nombres con una especie de representación republicana de la salvación): "21 años, herido en Bélgica, fallecido en Tours, el 26 de mayo de 1916." Y tan sucinto comentario salva a Joseph de la larga noche amnésica.
 Entre estos dos límites, en ese espacio de puntos suspensivos, la tía inscribe con tinta violeta tamizada por el tiempo el misterio por dilucidar de una vida que se acaba. Veintiún años. Sabemos -ella nos lo contó- que a los catorce años La Pérouse mandaba ya una fragata, por lo que siete años más tarde atesoraba sin duda la memoria de un viejo lobo de mar, en cambio Joseph abandona su pueblo para morir y no ve más que un paisaje devastado, y del viaje sólo la promiscuidad de los vagones de ganado y la cubierta de lona de una ambulancia sobre sus ojos enfermos, Joseph que quizá no conoció el placer de una mujer, Joseph catapultado en medio del infierno de los hombres, Joseph demasiado joven para ese acto capital, "Joseph morir" el 26 de mayo de 1916, así lo escribe la tía.»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, en traducción de Javier Albiñana. ISBN: 84-339-1139-2.]

sábado, 3 de febrero de 2018

La gaviota.- Fernán Caballero [Cecilia Böhl de Faber y Larrea] (1796-1877)


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 Capítulo V

«Mientras Stein hacía estas reflexiones, vio que Momo salía de la hacienda en dirección al pueblo. Al ver a Stein, le propuso que le acompañase; éste aceptó, y los dos se pusieron en camino en dirección al lugar.
  El día estaba tan hermoso, que sólo podía compararse a un diamante de aguas exquisitas, de vivísimo esplendor y cuyo precio no aminora el más pequeño defecto. El alma y el oído reposaban suavemente en medio del silencio profundo de la naturaleza. En el azul turquí del cielo no se divisaba más que una nubecilla blanca, cuya perezosa inmovilidad la hacía semejante a una odalisca, ceñida de velos de gasa y muellemente recostada en su otomana azul.
  Pronto llegaron a la colina próxima al pueblo, en que estaban la cruz y la capilla.
  La subida de la cuesta, aunque corta y poco empinada, había agotado las fuerzas aún no restablecidas de Stein. Quiso descansar un rato y se puso a examinar aquel lugar.
  Acercóse al cementerio. Estaba tan verde y tan florido, como si hubiera querido apartar de la muerte el horror que inspira. Las cruces estaban ceñidas de vistosas enredaderas, en cuyas ramas revoloteaban los pajarillos, cantando: ¡Descansa en paz! Nadie habría creído que aquella fuese la mansión de los muertos, si en la entrada no se leyese esta inscripción: «CREO EN LA REMISIÓN DE LOS PECADOS, EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE Y EN LA VIDA PERDURABLE. AMÉN». La capilla era un edificio cuadrado, estrecho y sencillo, cerrado con una reja y coronada su modesta media naranja por una cruz de hierro. La única entrada era una puertecita inmediata al altar.
  En este había un gran cuadro pintado al óleo que representaba una de las caídas del Señor con la cruz. Detrás, la Virgen, San Juan y las tres Marías; al lado del Señor, los feroces soldados romanos. De puro vieja, había tomado esta pintura un tono tan oscuro, que era difícil discernir los objetos; pero aumentando al mismo tiempo el efecto de la profunda devoción que inspiraba su vista, sea porque la meditación y el espiritualismo se avienen mal con los colores chillones y relumbrantes, o sea por el sello de veneración que imprime el tiempo a las obras de arte, mayormente cuando representan objetos de devoción; que entonces parecen doblemente santificados por el culto de tantas generaciones. Todo pasa y todo muda en torno de esos piadosos monumentos; menos ellos, que permanecen sin haber agotado los tesoros de consuelos que a manos llenas prodigan. La devoción de los fieles había adornado el cuadro con indiferentes objetos de hojuela de plata, colocados de tal modo que parecían formar parte de la pintura: eran estos una corona de espinas sobre la cabeza del Señor; una diadema de rayos sobre la de la Virgen, y remates en las extremidades de la cruz. Esta costumbre extraña y aun ridícula a los ojos del artista, a los del cristiano es buena y piadosa. Pero a bien que la capilla del Cristo del Socorro no era un museo; jamás había atravesado un artista sus umbrales: allí no acudían más que sencillos devotos que sólo iban a rezar.
  Las dos paredes laterales estaban cubiertas de exvotos de arriba a abajo.
  Los exvotos son testimonios públicos y auténticos de beneficios recibidos, consignados por el agradecimiento al pie de los altares, unas veces antes de obtener la gracia que se pide; otras se prometen en grandes infortunios y circunstancias apuradas. Allí se ven largas trenzas de cabello, que la hija amante ofreció, como su más precioso tesoro, el día en que su madre fue arrancada a las garras de la muerte; niños de plata colgados de cintas color de rosa, que una madre afligida, al ver a su hijo mortalmente herido, consagró por obtener su alivio al Señor del Socorro; brazos, ojos, piernas de plata o de cera, según las facultades del votante; cuadros de naufragios o de otros grandes peligros, en medio de los cuales los fieles tuvieron la sencillez de creer que sus plegarias podrían ser oídas y otorgadas por la misericordia divina; pues por lo visto las gentes de alta razón, los ilustrados, los que dicen ser los más y se tienen por los mejores no creen que la oración es un lazo entre Dios y el hombre. Estos cuadros no eran obras maestras del arte; pero quizá si lo fueran, perderían su fisonomía y, sobre todo, su candor. ¡Y hay todavía personas que presumiendo hallarse dotadas de un mérito superior, cierran sus almas a las dulces impresiones del candor, que es la inocencia y la serenidad del alma! ¿Acaso ignoran que el candor se va perdiendo, al paso que el entusiasmo se apaga? Conservad, españoles, y respetad los débiles vestigios que quedan de cosas tan santas como inestimables. No imitéis al Mar Muerto, que mata con sus exhalaciones los pájaros que vuelan sobre sus olas, ni, como él, sequéis las raíces de los árboles, a cuya sombra han vivido felices muchos países y tantas generaciones.
  Entre los exvotos había uno que por su singularidad causó mucha extrañeza a Stein. La mesa del altar no era perfectamente cuadrada desde arriba abajo, sino que se estrechaba en línea curva hacia el pie. Entre su base y el enladrillado había un pequeño espacio. Stein percibió allí en la oscuridad un objeto apoyado contra la pared; y a fuerza de fijar en él sus miradas, vino a distinguir que era un trabuco. Tal era su volumen y tal debía ser su peso, que no podía entenderse cómo un hombre podía manejarlo: lo mismo que sucede cuando miramos las armaduras de la Edad Media. Su boca era tan grande que podía entrar holgadamente por ella una naranja. Estaba roto, y sus diversas partes, toscamente atadas con cuerdas.
  -Momo -dijo Stein-, ¿qué significa eso? ¿Es de veras un trabuco?
  -Me parece -dijo Momo- que bien a la vista está.
  -Pero ¿por qué se pone un arma homicida en este lugar pacífico y santo? En verdad que aquí puede decirse aquello de que pega como un par de pistolas a un Santo Cristo.
  -Pero ya ve usted -respondió Momo- que no está en manos del Señor, sino a sus pies, como ofrenda. El día en que se trajo aquí ese trabuco (que hace muchísimos años) fue el mismo en que se le puso a ese Cristo el nombre del Señor del Socorro.
  -Y ¿con qué motivo? -preguntó Stein.
  -Don Federico -dijo Momo abriendo tantos ojos-, todo el mundo sabe eso. ¡Y usted no lo sabe!
  -¿Has olvidado que soy forastero? -replicó Stein.
  -Es verdad -repuso Momo-; pues se lo diré a su merced. Hubo en esta tierra un salteador de caminos que no se contentaba con robar a la gente, sino que mataba a los hombres como moscas, o porque no le delatasen o por antojo. Un día, dos hermanos vecinos de aquí, tuvieron que hacer un viaje. Todo el pueblo fue a despedirlos, deseándoles que no topasen con aquel forajido que no perdonaba vida y tenía atemorizado al mundo. Pero ellos, que eran buenos cristianos, se encomendaron a este Señor, y salieron confiando en su amparo. Al emparejar con un olivar, se echaron en cara al ladrón, que les salía al encuentro con su trabuco en la mano. Echóselo al pecho y les apuntó. En aquel trance se arrodillaron los hermanos clamando al Cristo: «¡Socorro, Señor!» El desalmado disparó el trabuco, pero quien quedó alma del otro mundo fue él mismo, porque quiso Dios que en las manos se le reventase el trabuco. ¡Y el trabuquillo era flojo en gracia de Dios! Ya lo está usted mirando; porque en memoria del milagroso socorro, lo ataron con esas cuerdas y lo depositaron aquí, y al Señor se le quedó la advocación del Socorro. ¿Conque no lo sabía usted, don Federico?
  -No lo sabía, Momo -respondió este, y añadió como respondiendo a sus propias reflexiones-: ¡si tú supieras cuánto ignoran aquellos que dicen que se lo saben todo!
  -Vamos, ¿se viene usted, don Federico? -dijo Momo después de un rato de silencio. Mire usted que no me puedo detener.
  -Estoy cansado -contestó éste-, vete tú, que aquí te aguardaré.
  -Pues con Dios -repuso Momo, poniéndose en camino [...]

  Stein contemplaba aquel pueblecito tan tranquilo, medio pescador, medio marinero, llevando con una mano el arado y con la otra el remo. No se componía, como los de Alemania, de casas esparcidas sin orden con sus techos tan campestres, de paja, y sus jardines; ni reposaba, como los de Inglaterra, bajo la sombra de sus pintorescos árboles; ni como los de Flandes formaba dos hileras de lindas casas a los lados del camino. Constaba de algunas calles anchas, aunque mal trazadas, cuyas casas de un solo piso y de desigual elevación, estaban cubiertas de vetustas tejas: las ventanas eran escasas, y más escasas aún las vidrieras y toda clase de adorno. Pero tenía una gran plaza, a la sazón verde como una pradera, y en ella una hermosísima iglesia; y el conjunto era diáfano, aseado y alegre.
  Catorce cruces iguales a la que cerca de Stein estaba, se seguían de distancia en distancia, hasta la última, que se alzaba en medio de la plaza haciendo frente a la iglesia. Era esto la via crucis.»
 
 [El extracto pertenece a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.]