Mostrando entradas con la etiqueta Indeterminismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Indeterminismo. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de febrero de 2023

Proceso al azar.- Jorge Wagensberg (1948-2018) y otros


Jorge Wagensberg | Planeta de Libros
Las reglas del juego


  «Las cosas, sencillamente, ocurren. Estas frescas y breves palabras dicen la verdad. La cuestión, ya lo advirtió Aristóteles, se centra en distinguir entre el antes y el después. Los sucesos que ya han ocurrido ahí están, escritos en el gran libro del universo. Es un libro en el que ninguna corrección es posible. Ni una coma. El lector de la historia, raro y minúsculo habitante de la última página, comprueba efectivamente que las cosas ocurren para tejer así un pretérito que existe y que es único. Mirar hacia atrás es una tarea plácida; ciertos, pasajes se han emborronado y, mientras no mejoren mucho las técnicas de lectura, ya no es posible saber cuántas coces dio el caballo de Napoleón; otros fragmentos, en cambio, como la Sinfonía Concertante de Mozart, permanecen claros y nítidos. Por tal facultad de lectura, este individuo —el pensador— se considera parte privilegiada del todo. El universo en su devenir es contemplado, sí, por una de sus partes: la inteligencia. Pero todo empieza cuando nuestro héroe vuelve el rostro hacia el después, hacia las páginas (se diría que) en blanco. En este momento su alma se agita. Existe un solo pasado, pero ¿cuántos futuros? Grande es entonces su inquietud, grande y fértil. Porque el tratamiento inmediato para calmar una inquietud suele consistir en su traducción en una o varias preguntas:

   Primera pregunta: De lo escrito y de lo que puedo leer ¿es posible conseguir alguna garantía para hacer apuestas sobre lo que está por escribir?
   Segunda pregunta: ¿Acaso no puedo incluso influir, por modestamente que sea, en la redacción de lo todavía no escrito?

   La primera pregunta es el punto de partida de un valioso producto de la inteligencia, el conocimiento científico. Y la segunda resume la esperanza de una de las funciones más notables del conocimiento, la capacidad para elegir nuestro devenir: ¿la libertad?
   La ciencia es una forma de conocer el mundo que empieza por separar el lector de lo escrito, el observador de lo observado, el sujeto del objeto. Es el primer principio del método científico: si el mundo es objetivo, el observador observa sin por ello alterar la observación; es la hipótesis realista. El segundo principio que el científico asume tácitamente para elaborar ciencia podría llamarse la hipótesis determinista y afecta de lleno a esta convocatoria de Figueres: los sucesos del mundo no son independientes entre sí, exhiben cierta regularidad, causas parecidas producen efectos parecidos… El mundo, sí, es inteligible. Se trata de un fuerte principio que hace que la afirmación “los sucesos ocurren” no sea, precisamente, una tautología cándida. Dicho de otro modo, en virtud del principio determinista, adquiere sentido nada menos que el concepto de ley de la naturaleza. Porque en la naturaleza no todo es posible; de todos los sucesos virtuales que podrían ser —sea el caos— no todos son. Existen conjuntos de sucesos prohibidos y, cuando el científico cree descubrir una limitación que restringe el caos, entonces dice haber descubierto una ley. Podemos atribuir la potencia de una ley a su capacidad para prohibir, de modo que las leyes muy potentes pueden llegar a dar la sensación de obligar más que de prohibir. Es, sin duda, el caso de la física, disciplina que presume de la colección más prestigiosa de leyes de la naturaleza. Los objetos que obedecen a tales leyes (el sistema planetario, por ejemplo) tienen en verdad un aspecto muy poco caótico. Su comportamiento es ordenado y armónico, decimos. El científico no afirma “éste es el mejor de los mundos posibles”, pero sí cree que, “de todos los mundos posibles, no es éste el de menor armonía”. Capacidad para prohibir, he aquí, al menos, una buena aproximación al grado de determinismo que contiene una ley científica. Pero una presunta ley que aspire al calificativo de científica debe someterse todavía a un tercer principio: el de la dialéctica entre su enunciado y la experiencia. Ello requiere la invención de un método de contraste, llámese verificar, corroborar o falsar, y de ciertos mecanismos de conexión con el mundo real, llámese percibir, observar, experimentar o simular. La esencia de la ciencia es, pues, la investigación con un método que empuñe estos tres principios: de la realidad, de la inteligibilidad y de la dialéctica.
  Pero la complejidad de los objetos de nuestro interés puede llegar a desanimarnos a la hora de una rigurosa observación de tales principios. ¿Cómo ser realistas al abordar, por ejemplo, el estudio de la propia mente?, es decir, ¿cómo separar la mente de sí misma? ¿Cómo ser determinista al estudiar el caprichoso comportamiento de un ser vivo? ¿Cómo experimentar cuando diseñamos un programa macroeconómico a largo plazo? En tales casos, y si mantenemos nuestra pretensión de elaborar conocimiento en forma de leyes, los principios del método científico deben forzosamente relajarse. Por este procedimiento, por el procedimiento de ablandar el método, la ciencia deriva hacia la ideología. La esencia de la ideología ya no es la investigación, sino la creencia. De este discurso se infiere que hay que rellenar con ideología todos aquellos agujeros que la ciencia deja vacíos. Si nuestro propósito no es afrontar la segunda pregunta, si no pretendemos utilizar el conocimiento para conducir nuestro futuro, entonces no hay problema. Si el conocimiento que buscamos no es de leyes, sino de imágenes del mundo, abandonar el método científico puede ser muy recomendable; incluso puede convenir tomar principios radicalmente opuestos. Es el caso del arte, una forma de conocimiento en la que el creador tiene muy poco interés por distanciarse de lo creado. El conocimiento científico como producto, como resultado, está, pues, exento de ideología; es, si se quiere, frío, inodoro e insípido. Pero todo científico tiene, como ser humano, una ideología. Y ningún científico puede evitar en algún momento de su trabajo la colisión entre sus creencias y la ciencia que elabora o manipula. No hace falta profundizar demasiado en la cuestión para percatarse de que la misión de los tres principios del método científico consiste precisamente en ahuyentar perturbaciones ideológicas. La mente del científico se excluye a sí misma durante el propio proceso de investigación, pero no esquiva las interferencias ideológicas en dos importantes fases de su trabajo: al principio, cuando encara la formulación de sus preguntas, y al final, cuando analiza e interpreta las respuestas obtenidas. El científico se obliga a sí mismo a ser realista, determinista y dialéctico, por método, por oficio, pero esto no quiere decir que su visión del mundo contenga tales ingredientes. Más aún, en ocasiones debe admitir que los objetos que describe exhiben propiedades contrarias. ¡El objeto se opone al método! Pero incluso en estos casos el científico se aferra con fuerza a su método y retrocede todo lo que sea necesario para poder aplicarlo de nuevo. Si, por ejemplo, un suceso parece aleatorio, inventa la noción de probabilidad e intenta encontrar una ecuación determinista que utilice tal magnitud como variable. La física cuántica nos muestra una naturaleza con falta (entre otras cosas) de realismo y determinismo, pero realistas y deterministas son sus ecuaciones. La heterodoxia en esta disciplina tiene su origen en la ideología que se destila del propio método científico. Y la existencia de esta heterodoxia (llegue o no llegue a triunfar un día) ha hecho ya correr ríos de literatura científica, ha propuesto ya experimentos. La ideología, por tanto, influye en la investigación durante su fase de planteamiento. Supongamos ahora que cierta teoría (sugerida quizás en origen por cierta ideología) es elaborada científicamente, como debe ser, sin ideología. Decir que tal teoría no puede favorecer, a su vez, cierta ideología se parece más a un deseo o a un consejo que a la realidad. En la intimidad, el salto de lo epistemológico a lo ontológico es inevitable. La física cuántica dice: “El observador no puede saber…”. El salto consiste en que cierto científico (por ejemplo, Richard Feynman) añada: “… ni tampoco la propia naturaleza”. Es la transición del azar de la ignorancia al azar absoluto. ¿Por qué no? Las creencias no son el producto de conclusiones, sino, en todo caso, de estímulos. Cuando hablamos del determinismo del mundo (todo está escrito, incluso las páginas aparentemente en blanco) parece como si el peso de la demostración deba recaer sobre los indeterministas, sobre aquellos que conceden un margen de contingencia a la naturaleza. La razón está probablemente en las raíces de los grandes monoteísmos occidentales y en el propio método científico. Sin embargo, la ideología de un científico no es independiente de la disciplina en la que trabaja. La disciplina «marca» ideología. No se suelen hacer encuestas ideológicas entre científicos, pero creo que puede afirmarse que un observador de los planetas tiende a ser más determinista que un estudioso de la evolución biológica. Las ideologías son sensibles a los estímulos científicos. Luego las ideologías pueden debatirse discutiendo sus respectivos estímulos científicos. Si las ideologías no se discuten es porque los científicos que discuten entre sí son, cada día más, de una misma disciplina. Éste es el sentido de la convocatoria de Figueres: pensadores provenientes de diferentes disciplinas debaten sus ciencias y creencias ante una audiencia que procede de distintas áreas del conocimiento. La intención es conseguir un fuego cruzado de estímulos sobre una cuestión a la que ningún científico, ningún pensador, ningún artista, ningún ser humano puede sustraerse: el determinismo (o indeterminismo) del mundo (o del conocimiento del mundo).
  El segundo principio del método científico nos invita a una actitud determinista. La idea es seductora si nuestra voluntad es la investigación, pero puede entrar en conflicto con nuestra creencia. A cada uno le toca, en la intimidad, sufrir o consolarse con su propia visión del mundo. Entre el determinismo duro (todo estado del universo es consecuencia necesaria de cualquier otro, todo lo que acontece —en el pasado o en el futuro— está escrito en alguna parte) y su negación (existe el azar, no todo lo que ocurre es necesario, tiene causa u obedece a una ley), la inteligencia busca una posición en la que acomodar sus creencias, digamos, humanistas (la libertad, la creatividad artística e intelectual, la responsabilidad, la ética…). La inteligencia se enreda en un espinoso barullo de preguntas: ¿qué es el azar? ¿Un producto de nuestra ignorancia o un derecho intrínseco de la naturaleza? Si el azar es ignorancia, ¿qué sentido tiene decir que en la evolución del mundo interviene el despiste de un eventual observador? Es el azar ontológico (el Azar) y el azar epistemológico (el azar). Ornar Kayyam, por ejemplo, experimentaba amargura con la conclusión determinista:
Proceso al azar (Metatemas): Amazon.es: AA. VV.: Libros 
     “La vida es tan sólo un tablero cuyos cuadros blancos
       son los días y los negros las noches
       con el que el Hado se divierte con los humanos.
      Como si fueran piezas de ajedrez nos mueve a su antojo.
      Y con penas humanas da sus jaques mate.
      Terminado el juego nos saca del encasillado
       para arrojarnos, uno tras otro, en el cajón de la nada”.
 
   Para otros, en cambio, la misma visión determinista del mundo supone la garantía de la verdadera libertad, paz interior, incluso el más alto sentido de la creatividad artística e intelectual. Es el citadísimo caso de Einstein que extraía un gran consuelo del determinismo. Ésta es una frase de la carta de condolencia que Einstein escribiera a la viuda de su íntimo amigo Michele Besso:
 Michele se me ha adelantado en abandonar este extraño mundo. No tiene importancia. Para nosotros, físicos convencidos, la distinción entre pasado y futuro es una ilusión, aunque sea una ilusión tenaz”.
 Para Einstein, que moriría sólo tres semanas después de escribir estas líneas, las crueldades más absurdas se disolvían con su concepción determinista del mundo. Muchos artistas y escritores presumen también de determinismo: “Mi novela se escribe sola, tal cuadro, tal escultura tiene su propia dinámica, obedece a sus propias leyes, algo guía mi mano”. “Yo no busco, encuentro”, decía Picasso.
   En definitiva, distintos estímulos científicos favorecen actitudes distintas frente a la concepción del mundo, y una misma concepción del mundo puede producir muy diferentes inquietudes existenciales en el alma humana. He aquí, pues, la relación entre las reglas del juego en Figueres (los estímulos científicos de cada uno) y las reglas de juego del mundo (las leyes que producen tales estímulos y su interpretación). La ciencia es, en este caso, el anfitrión para prender la mecha de un diálogo: Peter T. Landsberg, por su protagonismo en tantos frentes de la ciencia actual, mecánica estadística, biofísica, pensamiento científico; Günther Ludwig, por su labor de fundamentación en la física cuántica; René Thom, creador de la teoría de las catástrofes, por su influencia en la evolución de las matemáticas; Evry Schatzman, por su penetración en la astrofísica y la cosmología; Ramón Margalef, por su contribución a las nuevas ideas en ecología y biología; e Ilya Prigogine, animador del concepto de autoorganización como paradigma interdisciplinar de la complejidad, por la teoría de los procesos irreversibles. Están, pues, representados el mundo abstracto, el imperceptible por pequeño, el imperceptible por grande y el imperceptible por complejo. En la historia del conocimiento existen momentos luminosos en los que el intercambio de estímulos se da espontáneamente. Ello era natural en Grecia, se dio durante el Renacimiento italiano, y basta abrir mentalmente la puerta de una cafetería de Viena de ciertos años de este siglo para encontrar el mismo fenómeno. En Figueres se intenta la experiencia de forzar esta clase de espontaneidad en un escenario que no en vano es la casa de Salvador Dalí. El intercambio de conocimientos es más difícil que el intercambio de estímulos porque, al fin y al cabo, uno no se alimenta sólo de lo que comprende profundamente. Es ésta, pues, una convocatoria para remover las investigaciones y las ideologías, las ciencias y las creencias, en torno al concepto del azar. No hay duda de que el marxismo contiene más ideología que el psicoanálisis; que el psicoanálisis contiene más ideología que la física atómica y que la física atómica contiene más ideología que la topología algebraica. No hay duda de que todas estas raciones de ideología tienen sus estímulos científicos. Por ello, las reglas del juego de Figueres se inventaron para que, sobre todo, circulara el aire fresco de los estímulos científicos bajo la cúpula geodésica del Teatro-Museo. Y así ocurrió, en una atmósfera polícroma y expectante, los días uno y dos de noviembre de mil novecientos ochenta y cinco. Cada uno se fue a su casa con su particular dosis de estímulos y acaso algún estímulo, en algún dominio, fructifique sin conciencia clara del momento y lugar de fecundación. El conocimiento elaborado olvida con frecuencia sus estímulos iniciales. No es grave. El conocimiento se nutre de la invención de reglas de juego para el mundo y también de reglas de juego para que los pensadores se encuentren en un mismo punto y se exciten con su mutua presencia. Este texto es el testimonio de uno de ellos.
   Mayo de 1986.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 1986, pp. 10-18. ISBN: 978-84-7223457-4.]

viernes, 3 de julio de 2020

La consolación de la filosofía.- Severino Boecio (480-524/525)

Resultado de imagen de boecio 

Libro V: La omnisciencia providente de Dios y la libertad de la voluntad humana son compatibles
Prosa tercera

    «1.-"Pues bien -dije-, ahora surge otra dificultad mayor".
 2.-"¿Cuál? Porque conjeturo ya lo que te inquieta".
 3.-"Me parece que hay absoluta oposición y repugnancia entre la presciencia universal de Dios y la existencia del libre albedrío.
 4.-Porque si Dios todo lo prevé sin que pueda equivocarse, necesariamente ha de verificarse lo que la Providencia ha previsto.
 5.-Luego si desde toda la eternidad conoce no solamente los actos sino también los propósitos y la voluntad de los hombres, no existe el libre albedrío, puesto que no se verificarán más que los actos y propósitos conocidos por la infalible presciencia de Dios.
 6.-Si los acontecimientos pudieran seguir una ruta diferente de la prevista, la presciencia del futuro no sería firme, sino más bien una conjetura incierta; y parece cosa impía atribuir esto a la divinidad.
 7.-Por otra parte me resulta del todo inaceptable la serie de razonamientos con que algunos pretenden soltar el nudo de la cuestión.
 8.-Dicen que si se producen determinados acontecimientos, no es porque hayan sido previstos por la Providencia, sino al contrario, por cuanto se habían de verificar, no pudieron evadirse de la infinita mirada de Dios. Con lo cual no hacen sino invertir la cuestión, sin por eso resolverla.
 9.-Porque lo necesario es que no suceda lo previsto sino que se prevea aquello que ha de suceder; como tratando de averiguar si la presciencia es la causa de que necesariamente ocurra un acaecimiento o a la inversa, si esta necesidad es la causa de la presciencia. Pero lo que importa demostrar es que cualquiera que sea el orden de las causas, forzosamente los acontecimientos cumplen lo previsto, aun cuando esta previsión  o presciencia no implique la necesidad de que aquéllos se verifiquen.
 10.-Por ejemplo: si una persona está sentada, el juicio que esto afirma es necesariamente cierto; y recíprocamente, si es cierto el juicio que afirma que está sentada tal persona, necesariamente aquella persona sentada está.
 11.-Existe, pues, una necesidad en los dos casos: en el segundo, la necesidad de que esté sentada, y en el primero la necesidad de que sea verdadero el juicio que tal cosa afirma.
 12.-Pero si uno está sentado, ello no se cumple porque sea cierto el juicio que lo declara; al contrario, este juicio es verdadero porque antes de él se ha dado el hecho de que alguien estuviera sentado.
 13.-De suerte que aun cuando la verdad procede de causa exterior, en los dos casos existe igual necesidad.
 14.-De análoga manera podemos razonar acerca de la Providencia y de los acontecimientos futuros; pues aun cuando sean previstos porque tienen que suceder, sin ser cierto que sucedan por haber sido previstos, sin embargo, por parte de la Providencia es de toda necesidad que lo que haya de suceder sea previsto y que todo lo previsto se verifique: con lo cual desaparece el libre albedrío humano.
 15.-Ahora bien, sería cosa absurda el afirmar que el desarrollo de los acontecimientos en el tiempo sea la causa de la presciencia divina.
 16.-Creer que Dios prevé las cosas futuras porque han de suceder, equivale a suponer que los hechos pasados son la causa de esta suprema Providencia.
 17.-Por lo demás, si yo sé con certeza que una cosa existe, es necesario que exista; e igualmente si con certeza sé que ha de existir, necesariamente un día u otro existirá: es decir, que es infalible la realización de una cosa prevista.
 18.-Por último, si uno se representa una cosa diferentemente de como es, no sólo tiene conocimiento de ella, sino que su idea es falsa, en un todo opuesta a la verdad del conocimiento.
 19.-Por consiguiente, si debe darse un hecho sin que su realización sea cierta y necesaria, ¿cómo puede preverse su cumplimiento?
LA CONSOLACIÓN DE LA FILOSOFÍA de Boecio: Bueno | Librovicios 20.-Pues así como el conocimiento verdadero excluye el error, de igual manera lo que mediante aquél se sabe no puede meno de existir tal y como se conoció.
 21.-Si la ciencia no conoce la mentira, es porque necesariamente las cosas son como aquélla se las representa.
 22.-¿Y cómo puede Dios prever los futuros inciertos?
 23.-Si juzga inevitable la realización de hechos que pueden no producirse, se equivoca; y es cosa impía no sólo el pensar sino aun decir tal cosa.
 24.-Y si juzga de los hechos como son en sí, es decir, que lo mismo pueden verificarse que no verificarse, ¿a qué se reduce la divina presciencia que nada sabe seguro ni firme?
 25.-En tal caso, ¿en qué se diferencia de aquel ridículo oráculo de Tiresias: 'Cuanto yo dijere, sucederá o no sucederá'?
 26.-¿En qué sería superior la Providencia a la opinión humana, si juzgaba como inciertos los acontecimientos cuya realización no es segura?
 27.-Por lo tanto, si en esta fuente universal del conocimiento en la que todo es certidumbre, nada puede haber incierto, es segura la realización de los hechos que la Providencia prevé como ciertos.
 28.-Luego, ni en los actos ni el propósito humano existe verdadera libertad, puesto que la inteligencia divina que todo lo prevé infaliblemente los encadena y relaciona entre sí de tal modo que necesariamente los conduce a un fin determinado.
 29.-Admitida esta doctrina, desplómase el edificio levantado por los hombres, como es fácil de ver.
 30.-Inútil será prometer recompensas a los buenos ni amenazar con castigos a los malos, ya que no merecieron una cosa ni otra por no ser libres y voluntarios lo movimientos del alma.
 31.-Se verá ser la máxima injusticia lo que hoy se considera la suma equidad, a saber, el castigar a los malos y premiar a los buenos: porque no lleva a los hombres al bien o al mal la propia voluntad, sino la invencible necesidad de lo que fatalmente tiene que suceder.
 32.-No habría ni virtudes ni vicios, sino desordenada e informe confusion de merecimientos. Más diré: si el orden universal procede de la Providencia, si la voluntad humana carece de toda facultad de elección, ¡oh pensamiento impío!, hasta nuestros mismos vicios tendrán por principio al autor de todo bien.
 33.-No habrá, pues, motivo alguno que nos induzca a esperar o a pedir mediante la oración. Porque ¿qué se puede esperar ni qué cabe suplicar si todo lo apetecible está sujeto a leyes inflexibles?
 34.-Con lo cual quedan suprimidos los únicos lazos que unen al hombre con Dios, la esperanza y la oración. Creemos, en efecto, que por el mérito de una humildad justa nos granjeamos el incomparable favor del beneplácito divino; y éste es el único medio de hablar con Dios y de unirnos, mediante la adoración, a su luz inaccesible, aun antes de poseerla".»
     
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Sarpe, 1984, en traducción de Pablo Masa. ISBN: 84-7291-692-8.]

viernes, 17 de enero de 2020

El hombre de los dados.- Luke Rhinehart [George P. Cockcroft] (1932)

Resultado de imagen de luke rhinehart 

Capítulo setenta y tres

 «Los Centros de Dados. ¡Ah! Los recuerdos, los recuerdos. ¡Qué días aquellos! Los dioses volvían a jugar entre sí sobre la tierra. ¡Cuánta libertad! ¡Cuánta creatividad! ¡Cuánta trivialidad! ¡Cuánto caos último! Y todo sin la guía de la mano del hombre, sino por la del gran Dado ciego que a todos nos ama. Una vez, sólo una vez en la vida he sabido el significado de vivir en comunidad, de pertenecer a un objetivo amplio compartido por mis amigos y mis enemigos. Tan sólo en los CEETA supe qué era la liberación total, completa, desgarradora, inolvidable, la iluminación total. Durante el último año no he dejado de reconocer al instante a quienes han pasado un mes en uno de nuestros centros, los hubiera visto con anterioridad o no. Pero nos miramos y nuestras caras refulgen, fluyen las carcajadas y nos abrazamos. El mundo seguirá su descenso continuado si cierran los CEETA.
  Supongo que, en un lugar u otro, habrán leído la típica histeria de los medios de comunicación a propósito de los centros: la sala del amor, las orgías, la violencia, las drogas, las crisis nerviosas que desembocan en psicosis, el crimen, la locura… La revista Time publicó un artículo espléndido sobre nosotros, objetivamente titulado, “Las cloacas CEETA”. Decía así:
  Los cimientos de la humanidad tienen una nueva grieta: unos psiquiátricos-moteles donde todo vale. Fundados en 1969 por el ingenuo filántropo Horace J. Wipple, y disfrazados de centros de terapia, los Centros para la Experimentación en Entornos Totalmente Aleatorios (CEETA) han sido, desde su nacimiento, una invitación impertérrita a la orgía, a la rapiña y a la locura. A partir de las premisas de la teoría de los dados, enunciada originalmente por un psiquiatra lunático, Lucius M. Rhinehart (Time, 26 de octubre de 1970), el propósito de los Centros es liberar a sus clientes del peso de la identidad individual. Quienes llegan a un Centro para realizar una estancia de 30 días, tienen que abandonar nombres coherentes, vestuario, manierismos, rasgos de personalidad, preferencias sexuales, sentimientos religiosos… En resumen, abandonarse a sí mismos.
  Los internos, denominados “estudiantes”, llevan casi siempre máscaras y siguen las “Órdenes” de los dados para determinar cómo pasan el tiempo y quién fingen ser. Los presuntos terapeutas se convierten en estudiantes que experimentan con un nuevo personaje. Los policías que fingen mantener el orden son, casi siempre, estudiantes que desempeñan el papel de policías. El uso de la marihuana, del chocolate y del ácido es común. Las orgías se suceden a cada hora en salas con nombres tan imaginativos como “La sala del amor” o “La cama” (esta última es un cuarto totalmente oscuro con un colchón en el suelo, en el que se apiñan los estudiantes según el capricho de los dados y donde sucede de todo).
  Los resultados son previsibles: unos cuantos individuos enfermos tienen la impresión de estar pasándoselo en grande, unos cuantos tipos sanos acaban enloqueciendo y el resto sobreviven de un modo u otro, tratando de convencerse de que están viviendo “una experiencia importante”.
  En las colinas de Los Altos, en California, la “experiencia importante” de la semana pasada acabó con el arresto de Evelyn Richards y de Mike O’Reilly. Los dos estaban disfrutando de un festín amoroso ordenado por los dados en la capilla Whitmore de la Universidad de Stanford, algo que no hizo ninguna gracia ni a los habitantes del pueblo ni a la policía.
  Los estudiantes de Stanford, visitantes habituales del CEETA de Los Altos, están enfrentados sobre el Centro de Terapia de los Dados. Los estudiantes Richard y O’Reilly aseguran que sus traumas han desaparecido desde la estancia de tres semanas en el Centro local. Pero el presidente de la Asociación de Estudiantes, Bob Orly, manifestó la opinión de buena parte del resto de estudiantes al decir:
  “El deseo de liberarse de la propia identidad personal es un síntoma de debilidad. La humanidad siempre ha tendido a la destrucción cuando ha seguido la llamada de quienes nos han animado a deshacernos del yo, del ego, de la identidad. La gente que va a los Centros es la misma que se ve arrastrada por el mundo de las drogas. Toda esta historia de vivir según te lo diga un dado no es sino una manera lenta de suicidarse que han descubierto quienes son demasiado débiles para intentarlo de veras”.
  El fin de semana, la policía de Palo Alto llevó a cabo la segunda redada en el Centro de Los Altos, pero no se incautó de nada más que de una caja de películas pornográficas, filmadas posiblemente en los Centros. El director, Lawrence Taylor, asegura que lo único que lamenta de las redadas es la publicidad favorable que da al Centro entre los jóvenes. “Tenemos que declinar un centenar de solicitudes cada semana. No queremos parecer exclusivos, pero no contamos con las instalaciones adecuadas”.
  Un equipo de redactores de Time descubrió que los amigos y los familiares de quienes han sobrevivido a las experiencias en los CEETA están, sin excepción alguna, alterados con los cambios que se han producido en sus seres queridos. “Irresponsable, errático, destructivo” fueron las palabras con las que Jacob Bleiss, un chico de diecinueve años de New Haven, describió a su padre después de que éste regresara del CEETA de Catskill (Nueva York). “No soporta el trabajo, casi nunca está en casa, pega a mi madre y parece estar pensando en la nada casi todo el tiempo. Y no para de reír como un idiota.”
  Las carcajadas irracionales, un síntoma clásico de la histeria, es una de las manifestaciones más evidentes de lo que los psiquiatras han empezado a denominar como “la enfermedad de los CEETA”. El doctor Jerome Rochman, del Hope Medical Center de la Universidad de Chicago, afirmó la semana pasada en Peoria:
  “Si alguien me hubiera pedido que creara una institución que destruyera totalmente la personalidad humana con toda su grandeza inherente, la lucha, las dudas morales, la compasión por el prójimo y el sentido de una identidad individual específica, posiblemente habría creado los CEETA. Los resultados son predecibles: apatía, informalidad, indecisión, depresiones, incapacidad para relacionarse, destructividad social, histeria…”
  El doctor Paul Bulber, de Oxford, en Mississippi, va más allá: “La teoría y la práctica de la terapia de los dados, tanto en los CEETA como fuera de ellos, es una de las mayores amenazas para nuestra civilización, mucho peor que el comunismo. Subvierten todo aquello que defiende la sociedad norteamericana y que defiende cualquier sociedad. Deberían erradicarlos de la faz de la tierra”.
  El juez Hobart Button, del tribunal del distrito de Santa Clara, fue posiblemente quien mejor resumió el sentir de mucha gente cuando dijo a los estudiantes Richards y O’Reilly: “Las ilusiones que hacen que la gente tire su vida por la borda son atroces. La atracción por las drogas y por los CEETA es como la atracción que sienten los lemmings por el mar”. O las ratas por las cloacas.
  Time, dentro de los límites necesarios que impone la ficción, estaba totalmente en lo cierto.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2003, en traducción de Manuel Manzano. ISBN: 84-233-3474-0.]

domingo, 20 de mayo de 2018

Laberinto de fortuna.- Juan de Mena (1411-1456)


Resultado de imagen de juan de mena
II.- Argumenta contra la Fortuna

«Tus casos fallaçes, Fortuna, cantamos, / estados de gentes que giras e trocas;
tus grandes discordias, tus firmezas pocas, / y los qu'en tu rueda quexosos fallamos.
Fasta que al tempo de agora vengamos / de fechos pasados cobdicia mi pluma
y de los presentes fazer breve suma, / y dé fin Apolo, pues nos començamos. [...]

IV.-Ennarra
Como no creo que fuessen menores / que los d'Afrricano los fechos del Çid,
nin que feroçes menos en la lid / entrasen los nuestros que los agenores,
las grandes façañas de nuestros señores, / la mucha constancia de quien los más ama,
yaze en teniebras, dormida su fama, / dañada d'olvido por falta de auctores.

V.-Pone en exemplo
La gran Babilonia, que uvo cercado / la madre de Nino de tierra cozida,
si ya por el suelo nos es destruida, / ¡quánto más presto lo mal fabricado!
E si los muros que Febo a travado / argólica fuerça pudo subverter,
¿qué fábrica pueden mis manos fazer / que no faga curso segund lo passado? [...]

VII.-Disputa con la Fortuna
Pues dame liçençia, mudable Fortuna, / por tal que blasme de ti como devo.
Lo que a los sabios non debe ser nuevo / inoto a persona podrá ser alguna;
e pues que tu fecho así contrapuna, / fas a tus casos como se concorden,
ca todas las cosas regidas por orden / son amigables de forma más una. [...]

IX.- Concluye contra la Fortuna
¿Pues cómo, Fortuna, regir todas cosas / con ley absoluta sin orden te plaze?
¡Tú non farías lo qu'el cielo faze, / e fazen los tiempos, las plantas e rosas!
O muestra tus hobras ser siempre dañosas, / o prósperas, buenas, durables, eternas;
non nos fatigues con vezes alternas, / alegres agora e agora enojosas.

X.-Propiedades de la Fortuna
Mas bien acatada tu varia mudança, / por ley te goviernas, maguer discrepante,
ca tu firmeza es non ser constante, / tu temperamento es distemperança,
tu más cierta orden es desordenança, / es la tu regla seer muy enorme,
tu conformidat es non ser confforme, / tú desesperas a toda sperança. [...]

XII.-Aplicación
Assí, fluctüosa Fortuna aborrida, / tus casos inçiertos semejan atales,
que corren por ondas de bienes e males, / faziendo non çierta ninguna corrida.
Pues ya por que vea la tu sinmedida, / la casa me muestra do anda tu rueda,
por que de vista decir cierto pueda / el modo en que tractas allá nuestra vida. [...]

LVI.-De las tres ruedas que vido en la casa de la Fortuna
Bolviendo los ojos a do me mandava, / vi más adentro muy grandes tres ruedas:
las dos eran firmes, inmotas e quedas, / mas la de en medio boltar non çesava;
e vi que debaxo de todas estaba / caída por tierra giente infinita,
que avía en la fruente cada qual escripta / el nombre e la suerte por donde passava,

LVII.-Pregunta el auctor a la Providencia
aunque la una que no se movía, / la gente que en ella havía de ser
e la que debaxo esperava caer / con túrbido velo su mote cobría.
Yo que de aquesto muy poco sentía / fiz de mi dubda complida palabra,
a mi guiadora rogando que abra / esta figura que non entendía.

LVIII.-Respuesta
La qual me respuso: "Saber te conviene / que de tres edades te quiero decir:
pasadas, presentes e de porvenir; / ocupa su rueda cada qual e tiene.
Las dos que son quedas, la una contiene / la gente pasada y la otra futura;
la que se buelve en el medio procura / la que en el siglo presente detiene.

LIX.-Prosigue la Providencia
Así que conosce tú que la terçera / contiene las formas e las simulacras
de muchas personas profanas e sacras / de gente que al mundo será venidera,
e por ende cubierta de tal velo era / su faç, aunque formas tú viesses de hombres,
porque sus vidas aun nin sus nombres / saberse por seso mortal non podiera.

LX.-Razón de la Providencia porque los ombres no pueden saber lo porvenir
El umano seso se çiega e oprime / en las baxas artes que le da Minerva;
pues vee que faría en las que reserva / aquél que los fuegos corruscos esgrime.
Por eso ninguno non piense ni estime / prestigïando poder ser sçiente
de lo conçebido en la divina mente, / por mucho que en ello trasçenda ni rime.»


 [El extracto pertenece a la edición  en español de Ediciones Cátedra, 1979, en edición de John G. Cummins. ISBN: 84-376-0210-6.]

jueves, 9 de marzo de 2017

"Alex en el país de los números".- Alex Bellos (1969)


Resultado de imagen de alex bellos 
 9.- El azar es algo bueno

 «En el blackjack, a Ed Thorp se le presentó una cuestión diferente. Su sistema de recuento de cartas implicaba que en ciertos momentos durante la partida podría saber si tenía ventaja sobre el repartidor. Thorp se preguntó: ¿cuál es la mejor estrategia en las apuestas cuando las probabilidades están a tu favor?
 Imagina que hay una apuesta donde las probabilidades de ganar o perder son 55:45. Por simplicidad, se paga par, es decir, la misma cantidad que se apuesta. Jugamos 500 partidas. La ventaja -el edge- es del 10 por ciento. A largo plazo, nuestras ganancias generarán por término medio un beneficio de 10 dólares por cada 100 dólares apostados. Para maximizar el beneficio total, es evidente que se ha de maximizar el total combinado de las apuestas. La manera de hacerlo no resulta obvia de inmediato, pues maximizar la riqueza requiere minimizar el riesgo de perderlo todo.
 Así es como funcionan cuatro estrategias a la hora de apostar:
 
Estrategia 1: Apostar todo. Como hizo Ashley Revell, supone jugarse todo en la primera apuesta. Si pierdes, te habrás arruinado. Si ganas, habrás duplicado tu capital. En este caso, vuelve a apostar todo en la siguiente ronda. La única manera de evitar perderlo todo es ganando las 500 partidas. La probabilidad de que esto ocurra, si la probabilidad de ganar cada partida es de 0'55, es aproximadamente de 1 entre 10 elevado a 130, es decir, un 1 seguido de 130 ceros. En otras palabras, casi con toda seguridad en la partida 500 estarás arruinado. Obviamente, esta no es una buena estrategia a largo plazo.
 
 Estrategia 2: Apuesta fija. En cada partida apuestas una cantidad fija. Tu riqueza crecerá o se reducirá en esa cantidad. Como ganas más veces que pierdes, tu capital en general aumentará, pero lo hará solo en incrementos de la misma cantidad fija. Como se muestra en la gráfica de la página siguiente, tu dinero no crece muy rápido.
 
 Estrategia 3: Martingala. Esta confiere una mayor velocidad de crecimiento que la apuesta fija, ya que las pérdidas se compensan al duplicar la apuesta, pero conlleva un riesgo mucho más alto. Puedes arruinarte solo con perder unas pocas partidas seguidas. Nuevamente, esta no es una buena estrategia  alargo plazo.
 
 Estrategia 4: Apuesta proporcional. En este caso, apuestas una fracción de los fondos disponibles en consonancia con la ventaja que tienes. Existen diversas variantes del sistema de apuestas proporcionales, pero la técnica con la que la riqueza crece más rápidamente es la estrategia de Kelly. Este método te dice que apuestes la fracción de los fondos determinada por la cuota. En este caso la ventaja es el 10 por ciento y la apuesta se paga 1 a 1. Así pues, en cada partida apuestas el 10 por ciento de los fondos. Si ganas, los fondos aumentarán un 10 por ciento, y la siguiente apuesta también será un 10 por ciento mayor que la primera. Si pierdes, los fondos se reducirán un 10 por ciento y la segunda apuesta también bajará un 10 por ciento.
 Esta es una estrategia muy segura porque, si tienes una racha de malos resultados, el valor absoluto de la apuesta disminuye, lo que significa que las pérdidas son limitadas. Por otra parte, también ofrece grandes recompensas potenciales, pues -al igual que el interés compuesto- en una racha de buena suerte la riqueza crece exponencialmente. Tiene lo mejor de ambos mundos: riesgo bajo y crecimiento alto. Observa cómo evolucionará: comienza despacio, pero finalmente, después de unas 400 apuestas, acelera y deja muy atrás al resto.
 
 El matemático tejano John Kelly Jr. esbozó su famosa fórmula en un artículo de 1956, y cuando Ed Thorp la puso en práctica en la mesa de blackjack, los resultados fueron asombrosos. "Como dijo un general, hay que llegar lo antes posible y con la mayor cantidad". Con ventajas pequeñas y una juiciosa administración del dinero, pueden conseguirse enormes ingresos.»