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lunes, 31 de agosto de 2020

La casa de las bellas durmientes.- Yasunari Kawabata (1899-1972)

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Sobre pájaros y animales

   «Pero cuando se despertó a la mañana siguiente, dos dormían como una cálida bola de algodón. El tercero yacía muerto bajo la percha, con las alas medio extendidas, las patas rígidas y los ojos entreabiertos. Como si no conviniera que los otros vieran el cadáver, lo sacó y, sin decírselo a la criada, lo tiró al cubo de la basura. "Una horrible especie de asesinato", pensó.
 ¿Cuál había muerto?, se preguntó contemplando la jaula. Contrariamente a lo que hubiera esperado, el superviviente parecía ser la hembra antigua. Su afecto por la antigua era mayor. Tal vez el favoritismo le hizo pensar que era la superviviente. Vivía sin familia, y el favoritismo le molestaba.
 -Si ha de hacer tales distinciones, ¿por qué vive con pájaros y animales? Hay un buen objeto para sustituirles llamado ser humano.
 Se considera que los reyezuelos de corona dorada son débiles y mueren pronto; pero su pareja era muy sana.
 Compró un alcaudón recién nacido a un cazador furtivo y éste fue el principio: se acercaba la estación en que no podría salir por tener que alimentar a las crías que llegaban de las montañas. Pétalos de wistaria caían sobre el agua cuando sacó el barreño a la veranda para bañar a los pájaros.
 Mientras escuchaba los aleteos contra el agua y limpiaba las jaulas, oyó voces infantiles detrás de la cerca. Parecían estar esperando la muerte de algún pequeño animal. Se encaramó sobre la cerca, pensando que tal vez uno de sus cachorros de terrier se hubiera extraviado fuera del jardín. Era una cría de alondra. Incapaz aún de sostenerse sobre las patas, se tambaleaba sobre el montón de basura. Se le ocurrió la idea de darle amparo.
 -Es de aquella casa -un chico de la escuela primaria señaló una casa verde frente a la cual crecían unas paulonias de aspecto venenoso-. Lo han tirado. Se morirá, ¿verdad?
 -Sí, morirá -dijo fríamente, alejándose de la cerca.
 La familia de la casa verde tenía tres o cuatro alondras. Probablemente se habían deshecho de una que no quería cantar. El impulso piadoso le abandonó con rapidez; no tenía objeto quedarse con un pájaro que había sido desechado como si fuera basura.
 Hay pájaros entre cuyas crías es imposible distinguir al macho de la hembra. Los tratantes bajan de las montañas cestas llenas de ellas y se desprenden de las hembras en cuanto pueden reconocerlas. La hembra no canta y no se vende. El amor hacia pájaros y animales se convierte en una búsqueda de los superiores, y de este modo la crueldad echa raíces. Estaba en su naturaleza querer a cualquier animal doméstico en cuanto lo veía, pero sabía por experiencia que este afecto fácil era de hecho una falta de afecto, y que causaba un retraso en el ritmo de su vida. Y por este motivo, por muy hermoso que fuese un animal, por mucho que le encarecieran que se quedase con él, se negaba a quedárselo si había sido criado por otra persona.
 En su soledad, llegó a su arbitraria conclusión: no le gustaba la gente. Maridos y esposas, padres e hijos, hermanos y hermanas: los vínculos no se rompían con facilidad ni siquiera con la persona menos satisfactoria. Había que resignarse a vivir con ellos. Y todo el mundo poseía lo que se llama un ego.
La casa de las bellas durmientes de Kawabata, Yasunari: tapa dura (1985) |  Alcaná Libros En cambio, había cierta pureza triste en convertir en juguetes las vidas y costumbres de los animales, y, decidiéndose por una forma ideal, en cruzarlos de una manera artificial y pervertida: existía en ello una innovación divina. Con una sonrisa sarcástica, excusó como símbolos de la tragedia del universo y del hombre a estos amantes de los animales que atormentan animales, buscando siempre una raza más y más pura.
 Una tarde del noviembre pasado fue a verle el dueño de una perrera que parecía una naranja arrugada debido a una afección del riñón o algo por el estilo.
 -Una cosa terrible. Le quité la correa cuando llegamos al parque y la perdí en la niebla durante menos de un minuto, y ya tenía un perro encima. La aparté y la cosí a puntapiés hasta que no pudo levantarse. No comprendo cómo concibió, pero suele ocurrir justamente cuando no se desea.
 -Y usted es considerado un profesional.
 -Sí, no puedo decírselo a nadie, es algo muy embarazoso. Maldita perra. En pocos segundos me hizo perder cuatrocientos o quinientos yens* -sus labios amarillentos temblaban.
 El altivo doberman seguía, escabulléndose, con la cabeza gacha, y miraba con miedo al enfermo renal. La niebla llegaba a grandes oleadas.
 El perro tenía que venderse a través de los buenos oficios del hombre. Sería un descrédito para él, insistió, si, una vez vendido, tenía una camada mixta; pero algún tiempo después, evidentemente corto de dinero, el hombre vendió a la perra sin decir nada. Dos o tres días más tarde, el comprador acudió a verle, llevando la perra. Al día siguiente de haberla adquirido había tenido una camada muerta.
 -La criada la oyó gemir y abrió el postigo y vio a la perra bajo la veranda, comiéndose un cachorro. Estaba sorprendida y un poco asustada y no podía ver bien en la oscuridad. No sabemos cuántos cachorros nacieron, pero ella cree que la perra se comía al último. Llamaron al veterinario inmediatamente, y éste dijo que ningún propietario de perros debe vender una perra preñada. Ésta debió ser montada por un perro callejero y su dueño le había pegado casi hasta matarla. Dijo que no había sido un nacimiento normal y que tal vez la perra ya tuviera la costumbre de comerse a sus cachorros. Tuve que quedarme de nuevo con ella. Todos estamos furiosos. Es algo terrible hacer esto a un animal.
 -Déjeme ver -repuso con aire despreocupado, levantando la perra y tocándole las tetillas-. Ya ha tenido camadas otras veces. Empezó a comerlas porque estaban muertas -habló con indiferencia, aunque él también estaba furioso y apenado.»

 *Unos cien dólares.

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de Pilar Giralt. ISBN: 84-7530-162-2.]

viernes, 17 de enero de 2020

El hombre de los dados.- Luke Rhinehart [George P. Cockcroft] (1932)

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Capítulo setenta y tres

 «Los Centros de Dados. ¡Ah! Los recuerdos, los recuerdos. ¡Qué días aquellos! Los dioses volvían a jugar entre sí sobre la tierra. ¡Cuánta libertad! ¡Cuánta creatividad! ¡Cuánta trivialidad! ¡Cuánto caos último! Y todo sin la guía de la mano del hombre, sino por la del gran Dado ciego que a todos nos ama. Una vez, sólo una vez en la vida he sabido el significado de vivir en comunidad, de pertenecer a un objetivo amplio compartido por mis amigos y mis enemigos. Tan sólo en los CEETA supe qué era la liberación total, completa, desgarradora, inolvidable, la iluminación total. Durante el último año no he dejado de reconocer al instante a quienes han pasado un mes en uno de nuestros centros, los hubiera visto con anterioridad o no. Pero nos miramos y nuestras caras refulgen, fluyen las carcajadas y nos abrazamos. El mundo seguirá su descenso continuado si cierran los CEETA.
  Supongo que, en un lugar u otro, habrán leído la típica histeria de los medios de comunicación a propósito de los centros: la sala del amor, las orgías, la violencia, las drogas, las crisis nerviosas que desembocan en psicosis, el crimen, la locura… La revista Time publicó un artículo espléndido sobre nosotros, objetivamente titulado, “Las cloacas CEETA”. Decía así:
  Los cimientos de la humanidad tienen una nueva grieta: unos psiquiátricos-moteles donde todo vale. Fundados en 1969 por el ingenuo filántropo Horace J. Wipple, y disfrazados de centros de terapia, los Centros para la Experimentación en Entornos Totalmente Aleatorios (CEETA) han sido, desde su nacimiento, una invitación impertérrita a la orgía, a la rapiña y a la locura. A partir de las premisas de la teoría de los dados, enunciada originalmente por un psiquiatra lunático, Lucius M. Rhinehart (Time, 26 de octubre de 1970), el propósito de los Centros es liberar a sus clientes del peso de la identidad individual. Quienes llegan a un Centro para realizar una estancia de 30 días, tienen que abandonar nombres coherentes, vestuario, manierismos, rasgos de personalidad, preferencias sexuales, sentimientos religiosos… En resumen, abandonarse a sí mismos.
  Los internos, denominados “estudiantes”, llevan casi siempre máscaras y siguen las “Órdenes” de los dados para determinar cómo pasan el tiempo y quién fingen ser. Los presuntos terapeutas se convierten en estudiantes que experimentan con un nuevo personaje. Los policías que fingen mantener el orden son, casi siempre, estudiantes que desempeñan el papel de policías. El uso de la marihuana, del chocolate y del ácido es común. Las orgías se suceden a cada hora en salas con nombres tan imaginativos como “La sala del amor” o “La cama” (esta última es un cuarto totalmente oscuro con un colchón en el suelo, en el que se apiñan los estudiantes según el capricho de los dados y donde sucede de todo).
  Los resultados son previsibles: unos cuantos individuos enfermos tienen la impresión de estar pasándoselo en grande, unos cuantos tipos sanos acaban enloqueciendo y el resto sobreviven de un modo u otro, tratando de convencerse de que están viviendo “una experiencia importante”.
  En las colinas de Los Altos, en California, la “experiencia importante” de la semana pasada acabó con el arresto de Evelyn Richards y de Mike O’Reilly. Los dos estaban disfrutando de un festín amoroso ordenado por los dados en la capilla Whitmore de la Universidad de Stanford, algo que no hizo ninguna gracia ni a los habitantes del pueblo ni a la policía.
  Los estudiantes de Stanford, visitantes habituales del CEETA de Los Altos, están enfrentados sobre el Centro de Terapia de los Dados. Los estudiantes Richard y O’Reilly aseguran que sus traumas han desaparecido desde la estancia de tres semanas en el Centro local. Pero el presidente de la Asociación de Estudiantes, Bob Orly, manifestó la opinión de buena parte del resto de estudiantes al decir:
  “El deseo de liberarse de la propia identidad personal es un síntoma de debilidad. La humanidad siempre ha tendido a la destrucción cuando ha seguido la llamada de quienes nos han animado a deshacernos del yo, del ego, de la identidad. La gente que va a los Centros es la misma que se ve arrastrada por el mundo de las drogas. Toda esta historia de vivir según te lo diga un dado no es sino una manera lenta de suicidarse que han descubierto quienes son demasiado débiles para intentarlo de veras”.
  El fin de semana, la policía de Palo Alto llevó a cabo la segunda redada en el Centro de Los Altos, pero no se incautó de nada más que de una caja de películas pornográficas, filmadas posiblemente en los Centros. El director, Lawrence Taylor, asegura que lo único que lamenta de las redadas es la publicidad favorable que da al Centro entre los jóvenes. “Tenemos que declinar un centenar de solicitudes cada semana. No queremos parecer exclusivos, pero no contamos con las instalaciones adecuadas”.
  Un equipo de redactores de Time descubrió que los amigos y los familiares de quienes han sobrevivido a las experiencias en los CEETA están, sin excepción alguna, alterados con los cambios que se han producido en sus seres queridos. “Irresponsable, errático, destructivo” fueron las palabras con las que Jacob Bleiss, un chico de diecinueve años de New Haven, describió a su padre después de que éste regresara del CEETA de Catskill (Nueva York). “No soporta el trabajo, casi nunca está en casa, pega a mi madre y parece estar pensando en la nada casi todo el tiempo. Y no para de reír como un idiota.”
  Las carcajadas irracionales, un síntoma clásico de la histeria, es una de las manifestaciones más evidentes de lo que los psiquiatras han empezado a denominar como “la enfermedad de los CEETA”. El doctor Jerome Rochman, del Hope Medical Center de la Universidad de Chicago, afirmó la semana pasada en Peoria:
  “Si alguien me hubiera pedido que creara una institución que destruyera totalmente la personalidad humana con toda su grandeza inherente, la lucha, las dudas morales, la compasión por el prójimo y el sentido de una identidad individual específica, posiblemente habría creado los CEETA. Los resultados son predecibles: apatía, informalidad, indecisión, depresiones, incapacidad para relacionarse, destructividad social, histeria…”
  El doctor Paul Bulber, de Oxford, en Mississippi, va más allá: “La teoría y la práctica de la terapia de los dados, tanto en los CEETA como fuera de ellos, es una de las mayores amenazas para nuestra civilización, mucho peor que el comunismo. Subvierten todo aquello que defiende la sociedad norteamericana y que defiende cualquier sociedad. Deberían erradicarlos de la faz de la tierra”.
  El juez Hobart Button, del tribunal del distrito de Santa Clara, fue posiblemente quien mejor resumió el sentir de mucha gente cuando dijo a los estudiantes Richards y O’Reilly: “Las ilusiones que hacen que la gente tire su vida por la borda son atroces. La atracción por las drogas y por los CEETA es como la atracción que sienten los lemmings por el mar”. O las ratas por las cloacas.
  Time, dentro de los límites necesarios que impone la ficción, estaba totalmente en lo cierto.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2003, en traducción de Manuel Manzano. ISBN: 84-233-3474-0.]

sábado, 25 de mayo de 2019

El camino de la sabiduría.- Deepak Chopra (1946)


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Lección 14
Vivir con la lección

«La muerte es un acontecimiento último, pero antes de que ocurra se sufren muchas pérdidas de menor importancia durante nuestra andadura. Si dedicas un momento a pensar en ella, puedes ver fácilmente la pauta de ganancias y pérdidas que se observa durante toda tu vida. Mientras están ocurriendo, las pérdidas parecen dolorosas y el ego reacciona inevitablemente a la pérdida queriendo aferrarse a lo que está a punto de perder. Sin embargo, pasar de la infancia a la adolescencia significa una pérdida desde una perspectiva y una ganancia desde otra; casarse representa perder la vida en solitario y ganar una pareja. Las ganancias y las pérdidas son dos caras de lo mismo. La única cosa de la vida que trae consigo una ganancia absoluta es la adquisición de conciencia, que es el objetivo de la búsqueda.
 -¿Alguna vez se te ha ocurrido pensar que no puedes perder nada -preguntó Merlín- porque, para empezar, nunca lo tuviste? Lo único que realmente has tenido alguna vez eres tú mismo. Este yo puede pasar algún tiempo en una casa o un empleo, puede pasar tiempo en presencia de ciertas cosas o con cierta cantidad de dinero, pero con el tiempo todo eso cambiará. Entonces todo lo que tendrás es un recuerdo, una imagen, un concepto. Estas cosas no son reales; son invenciones de la mente. Los pensamientos son como los huéspedes de un hotel: se inscriben y se marchan mientras que tú sigues allí. Considera los objetos y las posesiones de la misma manera. Vienen y se van. Lo que queda eres tú mismo.
 La vida está llena de adversidades pequeñas o grandes. El ego ha echado sobre sí la carga de proteger tu vida. Te defiende de pérdidas y desastres y rechaza el concepto de la muerte durante tanto tiempo como le es posible. Pero el mago acoge con los brazos abiertos cualquier adversidad, cualquier pérdida, por la siguiente razón, que tú puedes aplicar a tu propia vida: todo lo que hay en la creación está hecho de energía. Después de ser creada, cualquier forma de energía dada debe mantenerse durante cierto tiempo. Después de un período de estabilidad, la fuerza de vida quiere hacer que algo nuevo salga a escena. A tal efecto, las pautas viejas, gastadas, deben disolverse.
 Esta disolución todavía tiene lugar en nombre de la vida, pues nada más que vida hay a nuestro alrededor. Sin embargo, el ego se une a ciertas formas de energía que no quiere ver disueltas. Una gran cantidad de dinero, una casa, una relación, un gobierno... a su manera, cada una de estas cosas es una forma de energía que tratamos de proteger del flujo del tiempo. La gente lucha a muerte, como suele decirse, lo cual significa que defenderá algo hasta que la disolución sea la única salida.
 En verdad, semejantes luchas no son necesarias. No puedes luchar para hacer que una rosa florezca. No puedes luchar para que un embrión evolucione hasta convertirse en un bebé: son cosas que sencillamente suceden, siguiendo sus ritmos propios. Tu ego acepta fácilmente este hecho relativo a las rosas y los bebés, pero no cuando se refiere al dinero, la casa, las relaciones y otras cosas a las que cobra apego. Mas el mago considera que las mismas leyes universales gobiernan la totalidad de la vida. Después de todo, el ego no luchó por ponerte en este mundo.
 La lucha del ego es una forma de oposición a la vida, porque pretende imponer vida artificial.
 -La naturaleza quita cosas por sus propias razones y en el momento que ella juzga más oportuno -dijo Merlín-. Si quieres flores cuando no es la temporada, puedes bordar flores que durarán eternamente, pero ¿quién podría pretender que realmente estaban vivas?
 De modo parecido, siempre que sientes la necesidad de controlar y luchar, de impedir que las personas, el dinero o las cosas se alejen de ti, te estás oponiendo a la fuerza universal que lo mantiene todo en equilibrio.
 -Tendrás que adquirir confianza antes de que puedas renunciar a tu control. Tu condicionamiento conduce a la desconfianza, porque los mortales queréis desesperadamente creer que sois inmunes a los ciclos de la naturaleza -dijo Merlín con cierto regocijo-. Mientras vuestro cuerpo nace, envejece y muere, tejéis fantasías en las que dejáis detrás de vosotros edificios y estatuas inmortales, reputaciones y arcas repletas de riqueza. Haz lo que quieras, pero si deseas librarte del dolor y la muerte, primero debes deshacerte de esta creencia errónea de que estás más allá de la naturaleza.
 Cuando puedas empezar a ver las semillas de la oportunidad en las cenizas del desastre, entonces es que la confianza está empezando a crecer. Esta confianza llega en etapas. En primer lugar, empieza por ver que los juicios del ego sobre la pérdida son falsos.
 -El dolor no es la verdad -dijo Merlín-. Es lo que los mortales experimentan para encontrar la verdad.
 En segundo lugar, busca la otra faz del desastre o la pérdida, la minúscula semilla de lo nuevo que quiere nacer.
 -Cuando mires en las cenizas -aconsejó Merlín-, mira bien.
 En tercer lugar, sustituye la culpa y las quejas por el conocimiento sereno y seguro de que estás protegido en el plan de la naturaleza: lo que hayas perdido es temporal e irreal. Tenía que desaparecer, no porque la naturaleza sea cruel e indiferente, sino porque cada paso que das hacia lo real es precioso. Bajo esta luz empezarás a ver que las pérdidas y las ganancias son sólo una máscara. Debajo de ella está la luz constante de lo eterno, que brilla a través de todo y teje unidad a partir del caos.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Martínez Roca, 1999, en traducción de Jordi Beltrán. ISBN: 84-270-2438-X.]