Mostrando entradas con la etiqueta Envidia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Envidia. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de agosto de 2026

El hombre y lo divino.- María Zambrano (1904-1991)

 

III.- Los procesos de lo divino
El infierno terrestre: la envidia
1.-La envidia: mal sagrado
Los males sagrados

 «Existen males sagrados, antiquísimos males que azotan al cuerpo humano. La lepra, la epilepsia y algunos otros que la medicina científica no ha logrado todavía reducir al concepto de enfermedad, sustrayéndolos de ese territorio en que el alma humana siente la maldición, el estigma. No son simplemente enfermedades, sino señales, marcas de algo que parece que no puede ser visible sino de esa horrible manera. El estigma parece ser a veces huella y efigie de un objeto lejano y amado que ha descendido a dejar su impresión como prenda cierta de semejanza en el ser en que ha caído, quien queda así sustraído a lo común. Los males sagrados son estigmas, porque señalan y mantienen aparte al ser hollado por ellos.
 Y este apartamiento de quien sufre un mal sagrado le señala como algo o alguien de otro mundo. La barrera que le separa de los demás no es una cualidad, sino la señal de que algo de "otro mundo" le posee y, como no puede enteramente no estar en éste visible, se descompone. Como si en tales males se mostrase la lucha incesante de los modos de ser en una misma existencia, ninguno capaz de vencer; seres arrebatados a la vida por algo o alguien que, no pudiendo hacerlo por completo, se contenta con marcarlos.
 Tales enfermedades parecen tener su trasunto en la vida moral. Podemos reconocerlos en diversos caracteres. El primero parece ser el del respeto que inspiran, respeto que traza un círculo de silencio en torno. Este vacío es la primera manera de padecimiento exasperante para quien lo sufre. Pues no es sentido como un simple padecer, sino como condena.
 La envidia corresponde, sin duda, a esta clase de males. Siempre se produce un círculo de silencio en torno suyo cuando aparece. Impone respeto e imprime carácter y como ningún otro mal sitúa lejos y aparte a quien la padece. No es una pasión exactamente y aun la idea de pecado parece dejar escapar algo de su esencia, pues pecado es también la avaricia o la ira y no tienen ni el carácter de estigmas, ni de ningún otro de los múltiples que señalan a los males sagrados, que por el momento encerramos en ese vacío, en ese silencio apretado que se hace en torno suyo. Pertenecen al mundo de lo sagrado. Y la primera acción de lo sagrado es enmudecer a quienes lo contemplan.
 Aunque ese enmudecimiento y este silencio tal vez no sea la primera reacción que hayan experimentado los hombres, sino solamente la defensa contra algo de lo sagrado, algo que hace temer o esperar el contagio; contagio, contaminación, que lo sagrado produce en el mundo. Y en su virtud sea éste el primer carácter que tendríamos que reconocer para identificar a estos males sagrados: la acción contagiosa, ante la cual, en determinadas situaciones, la conciencia humana, el saber o la experiencia, levanta ese muro de silencio y respeto. El respeto viene a ser nada más que la acción defensiva ante la capacidad contaminadora de lo sagrado. "Respeto sagrado", es decir, respeto para que lo sagrado no nos contamine, distancia que marca la diferencia de vida, de planos vitales; límite y frontera de nuestro ser y de otra realidad infinitamente activa y repelente a un tiempo.

Señales de lo sagrado: la destrucción

 Actividad incesante en su foco último, contagio en su contacto con nosotros, parece ser la primera manifestación de lo sagrado. Contagio no siempre de males. Más bien, el mal sagrado es como estigma, mal en quien se imprime, pero no un anuncio de un mal análogo del foco donde irradia. Extraña ambivalencia, vacilación esencial de los males sagrados que parecen ser un mal tanto más terrible porque el foco de donde proceden puede muy bien no serlo; como si el mal estuviese solamente en haberse dejado contagiar, en haberse acercado a algo que debía ser respetado, en haber sido arrebatado y contaminado por ese algo infinitamente activo. Por eso estos estigmas no son retratos, huellas, sino contagios, contaminaciones.
 Y tales contagios toman la forma caprichosa y arbitraria, la forma informe propia de lo que no es, ni puede quizá "ser"; las múltiples, infinitas formas en que se presenta la destrucción. Todos los males sagrados, los físicos y los morales, no aparecen con forma y figura propia, sino como algo inapresable, huidizo y sin delimitación. Tal vez en ello estribe una de las analogías con las enfermedades corpóreas por su carácter irreductible a forma y dotadas de una sorprendente actividad. Es la destrucción, la destrucción en marcha que no produce forma alguna, que no es imagen de un cuerpo en otro cuerpo, ni tiene figura; múltiple, acción huidiza e incaptable.
 La destrucción con carácter ilimitado capaz de alimentarse a sí misma es un proceso inacabable del que no se vislumbra el término. Destrucción que se alimenta de sí, como si fuese la liberación de una oculta fuente de energía y que remeda así a la pureza activa y creadora, su contrario. Tal es la ambivalencia de lo sagrado.
 Distingamos, pues, de la simple destrucción que tiene un límite fijado de antemano -cosa sumamente tranquilizadora-, esta otra destrucción propiamente sagrada, sin término y sin fin. Destrucción pura que encuentra alimento en sí misma. Las enfermedades corporales que aparecen de esta manera son portadoras de una promesa de vida inacabable como si el mal, para poder persistir, cuidara de la duración de su presa. Algunas de las llamadas comúnmente pasiones, como la envidia, destruyen al ser que la padece y que, al mismo tiempo, cobra bríos por ella misma. El consumido por la envidia encuentra en ella su alimento. Una destrucción que se alimenta a sí misma; tal parece ser la primera, original, definición de la envidia.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Fondo de Cultura Económica, 1993, pp. 277-280. ISBN: 84-375-0363-9.]

domingo, 23 de febrero de 2025

El goce del paraíso.- John Ralston Saul (1947)

 

Capítulo cuatro

 «Delante de ellos, a la sombra de unos árboles, un grupo de estudiantes bloqueaba el camino. Cuanto más se acercaban mayor parecía el grupo. Debían de ser unos quinientos. Durante los últimos minutos habían oído la voz de un hombre por unos rudimentarios altavoces. De pronto Field se dio cuenta de que la persona que estaba de pie en los peldaños del edificio estudiantil, vestido de campesino y con un sombrero de paja redondo, era Michael Woodward.
 -¡No me digas que viene aquí a distribuir condones!
 -No. No le permiten que hable del control de natalidad en el campus. El doctor Meechai habla del budismo en la sociedad moderna -respondió Songlin sin ocultar su admiración.
 Field era mucho más alto que el resto de los presentes, por lo que destacaba incluso desde el fondo.
 Las frases salían de la boca de Woodward en  un tono suave, casi un susurro, y su gesticulación era tan escasa que no se sabía si estaba vivo.
 -Para los economistas, el desarrollo significa incrementar el valor de la moneda y de todo lo relacionado con ella, estimulando así la avaricia. Para los políticos, el desarrollo significa incrementar el poder, fomentando por consiguiente la envidia. Ambos miden los resultados desde un punto de vista cuantitativo, promoviendo de ese modo la ignorancia. ¿Qué son la envidia, la avaricia y la ignorancia? Son el trío budista de las maldades -decía en un tono que ya de por sí ilustraba la humildad budista, en vivo contraste, pensó Field, con el exhibicionismo de Espoir-. Dirían que no soy moderno. Pero ¿qué significa eso? Si moderno significa bueno, entonces debe ser bueno para nosotros. Pero si moderno significa malo, ¿para qué lo queremos? ¿Cómo podemos cerciorarnos de que es bueno? Utilizándolo para nuestros intereses. Debemos adaptarlo a nuestro estilo, al estilo budista, al estilo tailandés. Los occidentales desprecian el sistema que no proporciona los incentivos necesarios para adquirir artículos de importación, ni se muestra ansioso por explotar al máximo los recursos naturales. ¿Es éste nuestro problema? ¿Por qué tendría nuestro sistema que hacer lo uno o lo otro? ¿Qué hay de bueno en esos conceptos? ¿Qué hace que ésos sean los criterios del modernismo?
 -Doctor Meechai, ¿significa esto que todos deberíamos vestir como campesinos? -preguntó alguien del público.
 Se oyeron algunas risitas desconcertantes. Woodward se metió la mano bajo el cinturón y tiró del pantalón como si fuera un payaso.
 -En veinte años he visto cómo todo el mundo adoptaba indumentaria occidental y ¿cuál es el resultado? Millones de genitales cálidos y constreñidos.
 Las risitas se convirtieron en carcajadas.
 -Aquí no se me permite hablar del sexo -prosiguió-, pero como médico puedo aseguraros que el constreñimiento no es sano.
 Volvieron a oírse abundantes carcajadas, aunque todos los muchachos iban constreñidos.
 -Estoy harto de oírle, prefiero hablar contigo -dijo Field, tirando de Songlin.
 -¿Conoces al doctor Meechai? -le preguntó asombrada.
 -Es un buen amigo mío -respondió, recordando que sólo le había mencionado por su nombre tailandés-. Háblame de lo que te enseñan.
 Field no había ido a la universidad y por consiguiente su curiosidad era auténtica. Fueron paseando hasta el bar donde se habían encontrado y se sentaron junto a una mesa. Pidieron dos zumos de fruta. Los rayos de sol que cruzaban las copas de los árboles iluminaban el rostro de Songlin y era incapaz de dejar de mirarla mientras ella hablaba. Aun siendo tailandesa, discernía indicios de sí mismo en su expresión.
  -¿Por qué no te dejas crecer el cabello?
 -Sólo las campesinas llevan el pelo largo -dijo sin prejuicio alguno, pasándose la mano por el cabello corto, al estilo europeo.
 -Tal vez, pero te favorecería.
 Parecía sentirse a la vez contenta y avergonzada por la atención que recibía. Por su parte, Field se ruborizó al darse cuenta de que estaba acostumbrado al cabello largo de las chicas de los bares de alterne, que eran todas campesinas.
 Al cabo de un rato de estar sentados, apareció Woodward, acompañado de un grupo de estudiantes. Al ver a Field, le dijo en thai:
 -No te has quedado para oír el final.
 -Acércate. Te presentaré a mi hija -respondió Field, encogiéndose de hombros.
 -Hace cuatro años que oigo hablar de ti, pero tu padre te mantiene oculta -dijo Woodward, abandonando su pose didáctica, dando las gracias a la delegación estudiantil y sentándose con Fiel y su hija-. Creo que te quiere demasiado -le dijo a Songlin, que se ruborizó-. Pero hay que reconocer que es un tipo imposible.
 Songlin manifestó su respeto guardando silencio, lo que jamás hacía con su padre y que él tampoco fomentaba. Sin embargo, ahora parecía esperar que fuera Woodward quien hablara y a Field le asombró comprobar que su amigo aceptaba la adulación con modestia.
 Al cabo de un rato se despidieron ambos de Songlin y caminaron juntos hacia Rama IV.
 -¿Qué opinas de mi discurso? -preguntó Woodward en inglés, cuando estaban lo suficientemente lejos como para que no los oyeran-. No has hecho ningún comentario.
 -¿Qué quieres que te diga?
 -Siempre sueles opinar sobre todo.
 -Claro. Si lo que pretendes es que te vuelen la tapa de los sesos, vas por buen camino.
 -¿Tú crees? Sólo hablo de religión.
 -Puede que yo no tenga ningún objetivo en la vida, Michael, pero no soy ingenuo. No irás a decirme que eres más inmaduro que tu público.
 -No te comprendo.
 -¿No? Escúchame. Échales discursos a los habitantes del suburbio, si lo deseas, nadie se preocupa de ellos; pero no te metas con los estudiantes. La gente a la que odias tiene un miedo atroz a las universidades, un miedo verdaderamente atroz, porque si los estudiantes se levantaran tendrían que disparar contra sus propios hijos. Pero contigo no tendrían tantos reparos -dijo Field levantando la mano para llamar un taxi.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1988, en traducción de Enric Tremps, pp. 80-83. ISBN: 84-226-2768-X.]

domingo, 19 de mayo de 2024

Obras morales y de costumbres I (Moralia).- Plutarco (45-120)


Plutarco de Queronea (ca. 50-120 d. C.). Museo de Delfos, Grecia ...
Sobre cómo se debe escuchar

3
  «Por esto en fin, porque el escuchar proporciona a los jóvenes un gran provecho y un no menor riesgo, creo que es bueno dialogar siempre con uno mismo y con otro, sobre el oír. Ya que también de esto vemos que la mayoría hacen mal uso, los que se ejercitan en hablar antes de acostumbrarse a escuchar y creen que de las palabras existen un aprendizaje y una práctica; en cambio, de la acción de escuchar creen que también los que la utilizan de cualquier forma sacan provecho. Sin embargo, para los que juegan a la pelota se da a la vez el aprendizaje de lanzar y coger la pelota, pero en el uso de la palabra el recibirla bien es anterior al lanzarla, igual que el recibir y mantener algún germen de vida es anterior a su nacimiento.
 En efecto, también se dice que las aves tienen partos de huevos vacíos procedentes de ciertas concepciones imperfectas y sin vida; también el discurso de los jóvenes, que no son capaces de escuchar ni están acostumbrados a beneficiarse del acto de oír, surgiendo, en realidad, vacío:
       Se esparce bajo las nubes sin gloria y sin ser visto*.
 Por otra parte las vasijas se inclinan y se vuelven para la recogida de los líquidos vertidos, para que, en realidad, se produzca una adquisición y no una pérdida; en cambio, ellos no aprenden a entregarse al que habla y adaptar lo escuchado con atención, para que no se escape ninguna de las cosas dichas con utilidad, sino que lo que es más ridículo de todo es que, si se encuentran casualmente con alguien, que les cuenta un banquete, una fiesta, un sueño o un ultraje que le ha ocurrido a él con otro, lo escuchan en silencio y continúan escuchándolo con interés; pero si alguien, intentando convencerlos, les enseña algo de utilidad o les aconseja lo necesario, o les reprocha cuando cometen errores, o les apacigua cuando se enfadan, no lo soportan, sino que, si pueden, pretendiendo ser superiores, discuten abiertamente sus palabras; si no lo consiguen, escapándose cambian a otras conversaciones y vaciedades, llenando sus oídos como vasijas de mala calidad y rotas de todo tipo de cosas más que de lo necesario. En efecto, a los caballos, los que los crían bien, los hacen obedientes al freno y a los niños sumisos a las palabras, enseñándoseles a escuchar mucho, pero no a hablar. Pues también Espíntaro, elogiando a Epaminondas, decía que no era fácil encontrar a ningún otro hombre que conociera más cosas y que hablara menos. También se dice que la naturaleza nos dio a cada uno de nosotros dos orejas, y en cambio, una sola lengua, porque debe cada uno hablar menos que escuchar.

4
 Ciertamente, en cualquier caso, para el joven un adorno seguro es el silencio, sobre todo, cuando, al escuchar a otro, no se altera ni se alborota ante cada cuestión, sino que, aunque el discurso no sea demasiado agradable, lo soporta y espera a que termine el interlocutor, y una vez que termina, no se lanza inmediatamente a la réplica, sino que, como dice Esquines, deja pasar un tiempo, por si quisiera añadir algo a lo dicho el que ha hablado o cambiar y quitar algo. Los que inmediatamente se oponen, actúan torpemente, porque ni escuchan ni son escuchados al hablar a los que estaban hablando; pero el que está acostumbrado a escuchar con moderación y con respeto recibe y conserva el discurso provechoso; en cambio, distingue y descubre mejor el inútil o falso, mostrándose amigo de la verdad y no amigo de la disputa ni impetuoso ni alborotador. De ahí que, no sin razón, dicen algunos que es más necesario sacar de los jóvenes el aire presuntuoso y la vanidad que el aire de los odres, si se quiere verter en ellos algo provechoso, y, si no, no pueden admitir nada, porque están llenos de orgullo y de arrogancia.

5
 Y, ciertamente, la envidia, cuando se presenta con la maledicencia y la mala voluntad, no sólo a ninguna acción hace bien, sino que para todo lo bueno es un obstáculo y para el que escucha es el peor asesor y consejero, porque hace lo provechoso molesto, desagradable y difícil de admitir a causa de que los que tienen envidia disfruten más con cualquier cosa que con lo que está bien dicho. Sin embargo, al que le molesta la riqueza, la fama y la belleza que se encuentra en otros, es simplemente un envidioso; pues se disgusta con los demás porque son afortunados; pero, en cambio, cuando uno se irrita con un discurso bien expresado se aflige de su propio bien. En efecto, así como la luz para los que ven, también la palabra para los que oyen es un bien, si quieren aceptarla. Ciertamente, algunas otras inclinaciones deformadas y perversas crean envidia en otras cosas; la engendrada contra los que hablan a partir de una inoportuna ambición y de un injusto afán de honra, ni siquiera permite que el que está en esta situación ponga atención a lo que se dice, sino que se inquieta y desvía su pensamiento, porque al mismo tiempo inspecciona su propia condición, si es inferior a la del que habla, porque a la vez observa a los demás, por si se maravillan y se quedan admirados y porque está perturbado por los elogios y enfadado con los presentes, si aceptan al orador, dejando y descuidando los discursos ya pronunciados, porque le causa pena al recordarlos, y ante los que quedan por pronunciar, agitado y temeroso de que puedan llegar a ser mejores que los que ya se han pronunciado, esforzándose, para que los que hablan terminen lo más rápidamente posible cuando hablan hermosamente; y, una vez acabada la intervención, no está a favor de nada de lo que se ha dicho, sino que está dispuesto a poner a votación las voces y las posturas de los presentes y a los que hacen elogios, huyéndoles como a los locos y apartándose de ellos; en cambio, corre y se une en rebaño con los que censuran y distorsionan lo dicho. En el caso de que no haya nada que distorsionar, lo comparan con otros, en la idea de que han hablado mejor y con mayor poder de persuasión sobre el mismo tema, destruyendo y estropeando la intervención, hasta que, la convierten en algo inútil y vano.
078. Obras morales y de costumbres I. Sobre la educación de los ... 
6
 Por eso, es preciso que, uno, habiendo hecho un pacto con su deseo de escuchar frente a su deseo por la fama, escuche al que habla con actitud propicia y favorable, como si estuviera invitado a un banquete sagrado y a las primicias de un sacrificio, elogiando aquellas partes, en las que halla fuerza, compartiendo con gusto el afán mismo del que expone en público aquellas cosas que conoce e intenta convencer a los demás por medio de los argumentos por los que él mismo ha sido convencido. En efecto, lo que se ha tratado rectamente se debe pensar que, no de casualidad ni de manera espontánea, se ha tratado bien, sino por dedicación, esfuerzo y aprendizaje, y se deben imitar estas cosas admirándolas e intentando emularlas; en cambio, en las que se han cometido errores es necesario que la inteligencia inspeccione a causa de qué motivos y de dónde ha surgido la desviación.
 Pues, así como dice Jenofonte que los que administran la casa compran tanto a los amigos como a los enemigos, así también los oradores, no sólo cuando lo hacen rectamente sino también cuando cometen errores, proporcionan provecho a los que están pendientes de ellos y prestan atención a su discurso, pues también la simplicidad del pensamiento, la pobreza en la expresión, la forma vulgar, la inquietud con un deleite, falto de gusto hacia el elogio y otras cosas semejantes se nos hacen más evidentes en otros, cuando escuchamos, que en nosotros mismos, cuando hablamos. Por lo que es preciso trasladar el examen del que habla hacia nosotros mismos, observando atentamente por si cometemos algún error semejante sin darnos cuenta. Pues es lo más fácil del mundo reprochar al vecino, aunque sea sin provecho y sin fundamento, a no ser que nos lleve a una rectificación y vigilancia de errores semejantes. Y no debe uno vacilar, ante los que cometen errores, de aplicarse a sí mismo aquello de Platón: “¿Seré yo acaso igual que ellos?” pues, así como en los ojos de los más cercanos vemos que brillan los nuestros, así también en los discursos es preciso que los nuestros se reflejen en los de los demás, para que no despreciemos con demasiado atrevimiento a los otros y nos esforcemos en poner mayor cuidado al hablar nosotros.
 También es provechosa para esto la comparación, cuando, al quedarnos solos después de la audición y habiendo tomado alguna de las partes, que parece que no ha sido expresada de forma bella o conveniente, intentamos lo mismo y nos animamos a nosotros mismos, ensayando unas veces la manera de cómo subsanar un fallo, rectificar otras, decir lo mismo de manera diferente o reelaborar el tema desde el principio en otras ocasiones. Esto también lo hizo Platón con el discurso de Lisias. Pues el hacer objeciones a un discurso ya dicho no es difícil sino muy fácil; pero el oponer otro mejor es, ciertamente, laborioso.
 Igual que aquel lacedemonio, que habiendo oído que Filipo había destruido Olinto totalmente, dijo: “Pero él no hubiera sido capaz de levantar una ciudad semejante”. En efecto, cuando en una discusión sobre el mismo tema no nos diferenciamos claramente de los que ya han hablado, nos cuidamos mucho de despreciarlos, y, rápidamente, quedan rotas nuestra presunción y propia estima, refutadas con tales comparaciones.»

*Verso de autor desconocido, quizá de Empédocles.

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 1992, en traducción de  C. Morales Otal y J. García López y revisada por R. M. ª Aguilar, pp. 102-105. ISBN: 978-84-2490-973-4.]

domingo, 18 de septiembre de 2022

Relatos completos.- Dylan Thomas (1914-1953)


Dylan Thomas | British author | Britannica
Hacia el comienzo

La historia verdadera

  «La anciana del piso de arriba estaba muriéndose desde que Helen alcanzaba a recordar. Estaba tendida en las sábanas, como una mujer de cera, desde que Helen era una niña que acudía a la casa con su madre para llevar fruta recién cogida y verdura fresca a la moribunda. Ahora, Helen era una mujer hecha y derecha, con su delantal y su vestido estampado; llevaba el cabello claro recogido en un moño en la nuca. Se levantaba todas las mañanas con los primeros rayos del sol, encendía el fuego en el hogar, dejaba entrar al gato de ojos rojos. Preparaba una tetera y subía al dormitorio, a la parte de atrás de la casa de campo, para inclinarse sobre la anciana cuyos ojos invidentes jamás estaban cerrados. Todas las mañanas le miraba a las cuencas de los ojos y pasaba las manos por delante. Sin embargo, no se movían sus párpados, y a ella le resultaba imposible saber si la anciana respiraba o no. «Son las ocho, las ocho en punto», decía. Y los ojos esbozaban una sonrisa. Una mano decrépita asomaba de las sábanas y permanecía quieta hasta que Helen la tomaba entre sus manos carnosas y la cerraba en torno a la taza de té. Cuando se vaciaba la taza, Helen la volvía a llenar; cuando la tetera se terminaba, retiraba las blancas sábanas de la cama. Allí estaba la anciana, estirada en su camisón, y el color de su piel era tan grisáceo como el del cabello. Helen aseaba las sábanas, las remetía y atendía a las necesidades de la anciana. Luego se llevaba la tetera.
  Todas las mañanas preparaba el desayuno para el mozo que faenaba en la huerta. Iba a la puerta de atrás, la abría y lo veía, a lo lejos, con la azada. “Son las ocho y media”, le decía. Era un feo mozo, con los ojos más rojos que el gato, como dos taimadas ranuras abiertas en la frente desde las que espiaba las primeras sombras que se formaban en el seno de Helen. Ella le ponía el desayuno delante. Cuando se levantaba, al terminar, siempre le hacía la misma pregunta: “¿Quieres que te haga alguna cosa?”. Ella nunca contestaba “sí”. El mozo volvía a sacar patatas del campo arado o a contar los huevos que habían puesto las gallinas, y si había moras o frambuesas que recoger en los matorrales que rodeaban la huerta, ella se le sumaba antes del mediodía. Al ver cómo se apilaban las frambuesas en la palma de su mano, ella a veces pensaba en la mancha del dinero bajo el colchón de la anciana. Si había que matar una gallina, ella le cortaba el pescuezo con más limpieza que el mozo, que dejaba el cuchillo en la herida y luego se limpiaba la hoja ensangrentada contra la manga. Ella tomaba la gallina, notaba su sangre caliente y la veía correr descabezada por el camino. Luego iba a lavarse las manos.
  Fue durante las primeras semanas de la primavera cuando ella tomó la resolución de matar a la anciana del piso de arriba. Tenía tan solo veinte años. Eran muchas las cosas que deseaba. Deseaba tener un hombre que fuera solo suyo, deseaba un vestido negro para los domingos y un sombrero adornado con una flor. No tenía ningún dinero. Los días en que el mozo llevaba los huevos y las verduras al mercado, le daba los seis peniques que la anciana le daba a ella, y el dinero que el mozo traía a la vuelta, en un pañuelo, ella lo depositaba en las manos de la anciana. Trabajaba para ganarse el pan y el cobijo, tal como trabajaba el mozo, aunque ella dormía en una habitación del piso de arriba y él dormía en un jergón de paja, encima de los establos vacíos.
  Una mañana de mercado salió a dar una vuelta por la huerta, para que su plan se asentase en su ánimo. Era un espléndido día del mes de mayo, sin más que un par de nubes en el cielo, como dos manos amorfas que se cerraban sobre la cabeza del sol. “Si pudiera volar —pensó—, echaría a volar, entraría por la ventana y le hincaría los dientes en el cuello”. Sin embargo, el viento fresco se llevó sus pensamientos a otra parte. De sobra sabía que no era una muchacha normal y corriente, pues en las tardes de invierno se dedicaba a leer libros, mientras el mozo se dedicaba a soñar tumbado en el jergón y la anciana permanecía a solas y a oscuras. Había leído una historia sobre un dios que se transformaba en dinero, había leído cosas sobre las serpientes que tienen las voces de los hombres, había leído sobre un hombre que estuvo en la cima de un monte hablando con una hoguera.
  Al fondo de la huerta, donde la cerca mantenía a raya la maleza y los campos asilvestrados, llegó a un montón de tierra. Allí había enterrado al perro que mató porque se dedicaba a perseguir y a matar a las gallinas. Sobre una tosca cruz estaba escrita al revés la fecha de su muerte, de modo que el perro aún no había muerto. “Podría enterrarla aquí mismo —se dijo Helen—. Lo haría al lado de la tumba, de modo que nadie la encontraría jamás”. Se frotó las manos y llegó a la puerta de atrás de la casa, antes de que las dos nubes rodeasen el sol.
  Dentro todavía tenía que preparar la comida para la anciana, tenía que hacer un puré de patata. Con el cuchillo en la mano y las peladuras en el regazo pensó en el asesinato que estaba a punto de cometer. El único sonido era el que producía el cuchillo, pues ya no soplaba el viento, y su corazón estaba tan callado como si lo hubiese envuelto en un trapo. En la casa no se movía nada; tenía la mano quieta en el regazo; no se le ocurrió pensar que el humo subiera por la chimenea y que saliera al cielo aquietado. Su ánimo, a solas en el mundo, tictaqueaba lentamente. Luego, cuando todo estaba en silencio, cantó el gallo y ella recordó al mozo, que no, tardaría en regresar del mercado. Había tomado la determinación de matar antes de su regreso, pero era preciso abrir una tumba y rellenar el agujero con la tierra. Helen notó que la mano se le moría de nuevo en el regazo. Y en medio de su muerte oyó que la mano del mozo retiraba el pestillo del cerrojo. Entró en la cocina, la vio pelar patatas y dejó el pañuelo sobre la mesa. Al oír el tintineo del dinero, alzó la mirada y sonrió. Él no la había visto sonreír nunca.
💥 Relatos completos de Dylan Thomas 🥇 libro gratis pdf y epub ...  No tardó en servirle la comida, y se sentó de costado junto al fuego del hogar. Cuando él se llevó el cuchillo a la boca, por el rabillo del ojo notó que ella lo miraba.
  —¿Le has subido la comida? —preguntó él.
  Ella no contestó. Cuando hubo terminado de comer, se levantó de la mesa.
  —¿Quieres que te haga alguna cosa? —preguntó el mozo, igual que se lo había preguntado un millar de veces.
  —Sí.
  Ella nunca le había dicho “sí”. Él nunca había oído hablar de esa manera a una mujer. Nunca habían estado tan oscuras las primeras sombras de sus senos. Se acercó trastabillando hacia ella, y ella alzó las manos para ponérselas en los hombros.
  —¿Qué es lo que harías por mí? —le preguntó ella, y se aflojó los tirantes del vestido, de modo que se quedó con los pechos a la vista. Le tomó la mano y se la colocó sobre las carnes. Él miró fijamente su desnudez, pronunció su nombre y la tomó. Ella lo sujetó muy cerca de sí.
  —¿Qué es lo que harías por mí? —insistió. Dejó que todo su vestido cayera al suelo, y se despojó deprisa del resto de sus ropas—. Harás lo que yo quiera —añadió, y las manos de él cayeron sobre ella.
  Al cabo de un minuto se desasió de su abrazo y echó a correr por la cocina. Desnuda, de espaldas a la puerta que llevaba al piso de arriba, le indicó que se acercase y le dijo qué había de hacer.
  —Ayúdame y seremos ricos —dijo. Él sonrió y asintió. Trató de palparla de nuevo, pero ella le sujetó los dedos, abrió la puerta y lo condujo al piso de arriba—. Quédate quieto aquí —dijo. En la habitación de la anciana miró a su alrededor como si fuera la última vez: miró la jarra desportillada, la ventana entreabierta, la cama, la inscripción de la pared—. Es la una —dijo, y con un movimiento súbito golpeó la cabeza de la anciana contra la pared. Le bastaron tres golpecitos, y la cabeza se cascó como un huevo.
  —¿Qué es lo que has hecho? —exclamó el mozo. Helen le llamó. Se quedó boquiabierto mirando a la mujer desnuda, que se limpiaba las manos con la ropa de cama, y mirando la sangre que había formado una mancha roja y redonda en la pared.
  —Quieto —dijo Helen, pero él volvió a gritar nada más oír su voz tranquila, y bajó las escaleras de tres en tres.
  “Así que Helen tendrá que volar —se dijo—. Hay que salir volando del cuarto de la anciana”. Abrió más la ventana y salió. “Estoy volando”, se dijo.
Pero no lo estaba.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Debolsillo, 2003, en traducción de Miguel Martínez-Lage, pp. 29-32. ISBN: 978-8497596190]

martes, 13 de julio de 2021

El gran Meaulnes.- Alain Fournier (1886-1914)


Resultado de imagen de alain fournier
Segunda parte

Capítulo III: El cómico en la escuela

 «Pero ya entrábamos a clase y cada uno se puso en su sitio. El alumno nuevo se sentó cerca de la columna, a la izquierda del largo banco en el cual Meaulnes ocupaba, a la derecha, el primer sitio. Giraudat, Delouche y los otros tres del primer banco se habían apretado unos contra otros para hacerle sitio, como si todo lo hubieran convenido de antemano.
 A menudo, en invierno, teníamos así entre nosotros alumnos de paso, marineros atrapados por los hielos del canal, aprendices, viajeros inmovilizados por la nieve. Venían a clase dos días, un mes, raramente más… Objetos de curiosidad durante la primera hora, se les olvidaba enseguida y pronto desaparecían entre el montón de los alumnos corrientes.
 Pero este no se iba a hacer olvidar tan pronto. Todavía recuerdo a este tipo singular y todos los tesoros extraños que llevaba en su cartera que se colgaba a la espalda. Primero fue la pluma “con vistas”, que sacó para hacer el dictado. En un agujerito del mango, cerrando un ojo, se veía aparecer, turbia y exagerada, la basílica de Lourdes o algún monumento desconocido. Escogió uno y los otros lo pasaron de mano en mano. Después fue un plumier chino, lleno de compases y de instrumentos divertidos, que fueron deslizándose por el banco de la izquierda, silenciosamente, con disimulo, de mano en mano, bajo los cuadernos, para que el señor Seurel no pudiera ver nada.
 Pasaron también libros nuevos que yo miraba con envidia, ya que había leído los títulos en las cubiertas de los raros volúmenes de nuestra biblioteca: La loma de los mirlos, La roca de las gaviotas, Mi amigo Benois… Unos, sobre las rodillas, hojeaban con una mano los volúmenes venidos de no se sabía dónde, quizá robados, y con la otra mano escribían el dictado. Otros hacían girar los compases dentro de los cajones. Otros, rápidamente, mientras el señor Seurel volviendo la espalda continuaba el dictado yendo del pupitre a la ventana, cerraban un ojo y apagaban el otro a la vista glauca y agujereada de Nuestra Señora de París. Y el alumno forastero, la pluma en la mano, su perfil fino contra la columna gris, guiñaba los ojos satisfecho de todo aquel juego furtivo que se organizaba a su alrededor.
 Poco a poco, con todo eso, la clase se inquietó: los objetos que se “hacían pasar”, a medida que llegaban, uno después de otro, a manos del gran Meaulnes, éste, negligentemente, sin mirarlos, los dejaba a su lado. Pronto formaron un montón, matemático y de diversos colores, como el que hay a los pies de la mujer que representa la Ciencia en las composiciones alegóricas. El señor Seurel iba fatalmente a descubrir aquella exposición insólita y se daría cuenta del manejo. Además, debía estar pensando en hacer una investigación sobre los acontecimientos de la noche. La presencia del cómico vino a facilitar su tarea…
 No tardó, en efecto, en pararse sorprendido delante del gran Meaulnes.
 -¿De quién es todo esto? –preguntó señalando “todo eso” con el lomo de su libro cerrado sobre su índice.
 -Yo no sé nada –respondió Meaulnes, con un tono malhumorado, sin levantar la cabeza.
 Pero el colegial desconocido intervino.
 -Es mío –dijo.
 Y añadió enseguida, con un amplio gesto elegante de joven señor, al que no pudo resistir el viejo preceptor:
 -Pero si quiere mirarlos, los pongo a vuestra disposición.
 Entonces, en unos segundos, sin ruido, como para no turbar el nuevo estado de cosas que se había creado, toda la clase se deslizó, curiosa, alrededor del maestro, que inclinaba sobre ese tesoro la cabeza, medio calva, medio rizada, y del joven personaje pálido que daba las explicaciones necesarias con aire de triunfo tranquilo. Entretanto, silencioso en su banco, abandonado del todo, el gran Meaulnes había abierto su cuaderno de borrador y, frunciendo el entrecejo, se absorbía en un problema difícil.
 La hora del recreo nos sorprendió en esta ocupación. No habíamos acabado el dictado y reinaba el desorden en la clase. A decir verdad, el recreo duraba desde por la mañana.
 A las diez y media, cuando los alumnos invadieron el patio sombrío y embarrado, se pudo ver enseguida que había un amo nuevo que mandaba en los juegos.
 De todas las diversiones nuevas que el cómico introdujo entre nosotros a partir de aquella mañana, sólo me acuerdo de la más cruel: era una especie de torneo en el que los caballos eran los alumnos mayores, que llevaban a la espalda a los más pequeños.
 Divididos en dos grupos que arrancaban de los dos extremos del patio, caían los unos sobre los otros tratando de tirar al suelo al adversario con la violencia del golpe, y los jinetes, usando las bufandas como lazos o los brazos extendidos como lanzas, se esforzaban en desmontar a sus rivales. Había quien, perdiendo el equilibrio al esquivar un golpe, caía al barro, el jinete rodando bajo su montura. Había jinetes medio desmontados a los que el caballo les agarraba por las piernas y que, enardecidos en la lucha, volvían a subírsele a la espalda. Montado sobre el grandote de Delage, que tenía unos miembros desmesurados, el pelo rojo y las orejas como soplillos, el menudo jinete de la cabeza vendada  excitaba a las tropas rivales y dirigía malignamente su montura riéndose a carcajadas.
 Augustin, de pie a la puerta de la clase, miraba de mal humor cómo se organizaba el juego. Yo estaba junto a él, indeciso.
 -Es un vivo –dijo entre dientes, las manos en los bolsillos-. Venir aquí esta mañana era la única manera de que no se sospechara de él. Y el señor Seurel ha caído en la trampa.
 Se quedó así un momento, su cabeza rapada al viento, maldiciendo contra ese comiquillo por quien iban a darse de porrazos todos aquellos chicos de los que, hasta hacía poco, él había sido capitán. Y yo, que era un chico pacífico, no dejaba de darle la razón.
Resultado de imagen de alain fournier el gran meaulnes Por todas partes, por todos los rincones, aprovechando la ausencia del maestro, seguía la lucha: los más pequeños habían acabado por subirse los unos encima de los otros, corrían, se revolcaban por el suelo antes de recibir el golpe del adversario… Pronto no quedó nadie de pie en el patio: sólo había un grupo encarnizado y arremolinado del cual surgía, de vez en cuando, la venda blanca del nuevo jefe.
 Entonces el gran Meaulnes no pudo contenerse. Agachó la cabeza, se puso en jarras y me gritó:
 -¡Vamos allá, François!
 Sorprendido por esta decisión repentina, salté sobre sus hombros sin dudarlo y en un momento estuvimos en medio de la pelea, mientras que la mayoría de los combatientes, aterrados, huían gritando:
 -¡Que viene Meaulnes! ¡Que viene el gran Meaulnes!
 En medio de los que quedaban se puso a dar vueltas sobre sí mismo, diciéndome:
 -¡Extiende los brazos! Agárrales como yo hice anoche.
 Y yo, embriagado por la batalla, seguro del triunfo, agarraba al pasar a los chicos, que se debatían, oscilaban un instante sobre los hombros de los mayores y caían al barro. En un abrir y cerrar de ojos no quedó en pie más que el recién llegado montado sobre Delage; pero este, poco deseoso de tener que habérselas con Augustin, dando un violento golpe hacia atrás, se incorporó e hizo desmontar al jinete blanco.
 Con la mano sobre el hombro de su cabalgadura, como un capitán sostiene las riendas de su caballo, el muchacho, de pie en el suelo, miró al gran Meaulnes con un poco de emoción y una admiración inmensa.
 -¡Hay que ver! –dijo.
 Pero sonó enseguida la campana dispersando a los alumnos que se habían reunido a nuestro alrededor esperando una escena interesante. Y Meaulnes, decepcionado de no haber podido tirar por tierra a su enemigo, volvió la espalda diciendo con mal humor:
 -¡Otra vez será!
 Hasta mediodía la clase continuó como en vísperas de vacaciones, mezclada de intermedios divertidos y de conversaciones en las que el colegial-cómico era el centro. […] Después contó sus viajes por los pueblos de los alrededores, cuando descarga el temporal sobre el pobre techo de cinc del carro y hay que bajarse en las cuestas para empujar las ruedas. Los alumnos de detrás dejaban sus mesas para venir a escuchar más de cerca. Los menos noveleros aprovechaban la ocasión para calentarse alrededor de la estufa. […]
 -¿Y de qué vivís? –preguntó el señor Seurel, que seguía todo aquello con la curiosidad un poco pueril de maestro de escuela y que preguntaba mucho.
 El chico dudó un instante, como si nunca le hubiese inquietado ese detalle.
 -Pues, yo creo que de lo que ganamos el otoño anterior –respondió-. Es Ganache el que lleva las cuentas.
 Nadie le preguntó quién era Ganache.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Mondadori, 2004, en traducción de Pilar Gefaell, pp. 127-133. ISBN: 84-397-1059-3.]