domingo, 14 de junio de 2020

La libertad entre la historia y la utopía.- Luce Fabbri (1908-2000)

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Laicismo y libertad de enseñanza (1954)

  «Totalitarismo es omnipotencia política-económica del Estado, acompañada de la formación de una casta burocrática, militar y policíaca (que incluso podría volver a ser, como en algunos antecedentes históricos, sacerdotal), identificada con el partido único o la iglesia única. Esta nueva clase dominante tiende a recoger la herencia del viejo capitalismo en quiebra.
 Aumentar las atribuciones del Estado (aunque sea contra un determinado tipo de totalitarismo) quiere decir preparar el terreno para que, sobre las ruinas de un mundo capitalista hecho de injusticias e ineficiente, se instale esta forma moderna de absolutismo.
 La libertad no es cómoda; es un estado de tensión constante, una conquista continua de territorios interiores y exteriores, un riesgo de todos los minutos. La obediencia ciega es pereza y cobardía de la voluntad, ofuscación de la autoconciencia, que es conciencia de la responsabilidad; la aceptación del dogma es pereza y cobardía del pensamiento. La imposición es también pereza, esa pereza característica de los "hombres de acción" frente a las dificultades del verdadero trabajo creador, que es siempre libre.
 La libertad es, pues, esencialmente lo contrario de la pereza; es iniciativa, es responsabilidad, aceptación de los riesgos, tolerancia, discusión. Para que nuestros hijos se hagan hombres deben ser educados en este clima difícil y esencialmente activo, de la libertad.
 Los avances totalitarios se han tenido justamente en momentos de pereza colectiva, en los cuales la democracia se hace rutina, reduciéndose a mecanismo mayoritario, separándose del fermento liberal y durmiéndose en la "inmutabilidad constitucional", es decir, en momentos en que la colectividad dejaba en manos de sus castas dirigentes -generalmente interesadas en el mantenimiento de sus privilegios económicos y políticos- toda iniciativa. El contraste entre la libertad formal de que se goza en los países democráticos y las injusticias sociales que, al amparo de todo el aparato jurídico, niegan en el terreno práctico esa misma libertad, constituye un permanente peligro totalitario. El combate por la libertad es, pues, inseparable del combate por la justicia y se confunde con él. En realidad la capacidad de resistencia antitotalitaria del cuerpo social se mide por la fuerza de iniciativa de la comunidad en su base, en este combate por la justicia económica, por la libertad individual, por la autonomía de los núcleos funcionales.
 No hay mejor defensa de la libertad que la libertad misma. […]
 Si aplicamos estas consideraciones al campo especial de la enseñanza, veremos que el problema no varía. Tenemos reglamentos que prohíben y sancionan la propaganda política o religiosa en el aula, es decir, prohíben y sancionan determinadas acciones del profesor, para proteger de prematuras presiones ideológicas la personalidad de los alumnos en proceso de formación y eso está bien.
 Ahora hay quien quisiera ir más lejos y propone hacer el proceso a las opiniones de los profesores. Se piden medidas contra los inscritos a un partido totalitario (el comunista) y contra los que no aceptan la expresión oficial de la doctrina democrática. Naturalmente entre los que piden y apoyarían tales medidas están los conservadores y los ex-simpatizantes de Hitler, al lado de los que, durante la guerra, apoyaban calurosamente a los comunistas, cuando pedían medidas similares contra los "antidemócratas" de entonces. Y hoy como ayer en otros países, esas medidas restrictivas acabarían por ser aplicadas exclusivamente contra algunos totalitarios doctrinales y sinceros y todos los que combaten la actual democracia en el sentido de una mayor libertad, es decir a los militares de punta del totalitarismo, a la espera de ser empleadas en un segundo tiempo, contra los actuales demócratas a favor de un totalitarismo cualquiera, como en Praga, en Caracas o en Madrid.
 Pero, dejando de lado lo que tienen de parcial e incompleto por un aspecto y de confusionista por otro, estas medidas propuestas, comentémoslas como si en realidad estuvieran dirigidas exclusivamente contra profesores totalitarios y contra todos ellos. Con el argumento fundamental que se esgrime estamos de acuerdo; todos los aspectos de la conducta del profesor forman realmente parte de su docencia, ya que la docencia no es sólo un trabajo para ganarse la vida sino una forma (humilde y responsable a la vez) de encarar la vida.
Luce Fabbri: LA LIBERTAD ENTRE LA HISTORIA Y LA UTOPÍA (Barcelona ... Pero de este argumento sacamos conclusiones opuestas.
Prohibiéndonos determinadas ideas y actitudes, se les quita valor a todas nuestras ideas y actitudes. He aquí que nuestra lucha antiautoritaria fuera del aula ya no vale nada frente a nuestros alumnos, si el antitotalitarismo se impone por decreto como condición para conservar el mendrugo. Así se vacía la libertad y la democracia pierde el valor fermental que, a pesar de todo, conserva de sus orígenes revolucionarios.
 El laicismo no es negativo; es positivo. No es agnosticismo: es transmisión al educando de ese mimo sentido de la responsabilidad individual, de ese mismo espíritu de iniciativa personal, que ha llevado a cada uno de nosotros a tomar una posición militante.
 Pensar con cabeza propia, elegir a cada instante el camino según conciencia, responder frente a los demás de esta elección: éste es el ideal de la dignidad del hombre que presentamos a nuestros alumnos a la vez que los ayudamos, con toda la objetividad de que seamos capaces, a asesorarse para el ejercicio de esta libertad difícil. Nuestras opiniones personales para cada problema existen, pero forman parte de un vasto panorama que tratamos de presentar con toda la imparcialidad que nos sea posible.
 Es difícil que alumnos que hayan conocido esta atmósfera se encierren voluntariamente en un sistema dogmático. Si lo hacen es porque el dogma ha sido hábilmente disfrazado; pero, una vez que lo hayan reconocido, reaccionan. Si no reaccionan, es que nosotros hemos fallado. No es necesario ser muchos para desempeñar esta función. Tanto es así que todo totalitarismo -en acto o en potencia- se ve obligado a eliminar a los docentes de espíritu libre, por pocos que sean. Para encerrar a la juventud hay que tapiar todas las ventanas.
 A pesar de esto, la existencia de los profesores totalitarios es un peligro que hay que combatir; pero somos nosotros los soldados de este combate y nuestra arma es el laicismo, libre de todo dogmatismo religioso, político, nacional.
 Hay que afrontar el peligro, ya que éste forma parte de la naturaleza misma de la libertad. Las medidas represivas entrañan un peligro mucho mayor en cuanto matan lo que pretenden defender; tienden a crear esa atmósfera de temor, de conformismo, de hipocresía, que es como la aceptación anticipada de la servidumbre. Malo sería que se adoptaran: mucho peor que los profesores las dejaran implantarse sin resistencia, otorgándoseles a los totalitarios la doble ventaja de la persecución previa que ennoblece a los ojos de la juventud las causas más injustas, y de la preparación del terreno espiritual y de las armas legales coactivas para consolidar un eventual triunfo futuro.
 Única posible solución, única solución nuestra: la aceptación de los peligros de la libertad para nosotros y para las nuevas generaciones que nos hacemos a veces la ilusión de formar y que en realidad se forman solas, tomando de nosotros sólo una parte de lo mucho que quisiéramos darle: conocimientos que consideran como instrumentos y -si lo merecemos- el ejemplo; casi nunca las opiniones.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Antonia Fontanillas Borrás y Sonya Torres Planells, 1998. ISBN: 84-605-8337-6]

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