domingo, 11 de diciembre de 2016

"Mefisto".- Klaus Mann (1906-1949)


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  Capítulo IX: En muchas ciudades

 «Bárbara visitaba a veces a su padre, que vivía solo en una ciudad del sur de Francia, junto al Mediterráneo. Había abandonado Alemania inmediatamente después del incendio del Reichstag, para furia y decepción de una horda de estudiantes nacionalsocialistas que encontraron su casa vacía cuando la asaltaron, para demostrar al "académico rojo" lo que la "auténtica juventud alemana" pensaba de él. La "auténtica juventud alemana" estaba decidida a dar una paliza al anciano y mundialmente conocido caballero, meterlo después en un coche y llevarlo al campo de concentración más próximo. La banda se enfureció porque en la casa sólo había una anciana criada. Para hacer algo por la causa nacional, y dar un sentido al paseo nocturno, robaron a la anciana y la encerraron en el sótano, para poder divertirse arriba, en la biblioteca. "La auténtica juventud alemana" pisoteó las obras de Goethe y Kant, Voltaire y Schopenhauer, Shakespeare y Nietzsche. "Todo es marxista", afirmaron los uniformados con asco. Cuando las obras de Lenin y Freud fueron a parar a la chimenea, bailaron la danza de la alegría. A la vuelta los jóvenes manifestaron con alegría que habían pasado en casa del académico un par de horas muy agradables.
 -Y si el cerdo cochino hubiera estado en persona allí -gritaban los alegres jóvenes-, ¡qué buena caza habría sido!
 Bruckner se había llevado en sus maletas los documentos más importantes y un número muy limitado de libros, sus preferidos. Primero viajó unas semanas por Suiza y Checoslovaquia y, por fin, se estableció en el sur de Francia. Alquiló una casa pequeñita, en cuyo jardín había un par de palmeras y bellos arbustos floridos y desde la cual, sobre todo, se divisaba el mar.
 El anciano caballero salía poco y estaba casi siempre solo. Durante horas recorría su jardín de arriba a abajo, o se sentaba delante de la casa sin desviar los ojos del mar, cuyo cambiante color no se cansaba de mirar.
 -Es un gran consuelo para mí -le dijo a Bárbara, su hija-. Me hace tanto bien tener el agua delante de mí... Llevaba tanto tiempo sin venir por aquí que me había olvidado de lo azul que puede ser el Mediterráneo... Todos los alemanes que merecieron este nombre sintieron nostalgia hacia él y todos lo honraron como la sagrada cuna de nuestra civilización. Ahora, en nuestro país, repentinamente hay que odiarlo. Los alemanes se quieren liberar con violencia de su suave poder y de su fuerte compasión; creen poder prescindir de su bella claridad; gritan que les sobra. Pero lo que afirman que les sobra es su propia civilización. ¿Quieren negar todo lo grande que han dado al mundo? Casi lo parece... ¡Ah, estos alemanes! ¡Cuánto van a tener que sufrir y con qué crueldad van a hacer sufrir a otros!
 El régimen nacionalsocialista había confiscado la casa y los bienes del académico y le privó de la nacionalidad alemana. Bruckner se enteró de que había sido "desnaturalizado" y ya no era alemán por una nota aparecida en la prensa francesa. Unos días después de haber recibido la noticia empezó a trabajar. "Será un gran libro -escribió a Bárbara- y se llamará 'Los Alemanes'. En él voy a resumir todo lo que sé de ellos, lo que temo por ellos y lo que espero para ellos. Y sé mucho, temo mucho y aún sigo esperando mucho de ellos."
 Sufriendo y pensando transcurrían los días en la amada costa extranjera. A veces pasaban semanas sin que pronunciase una sola palabra, fuera del par de frases en francés que dirigía a la muchacha que se ocupaba de su casa. Recibía muchas cartas. Personas que antes habían sido sus discípulos y ahora estaban en la emigración o que, desesperadas, continuaban en Alemania, se dirigían a él en busca de apoyo moral o de consejo espiritual.
 "Su nombre continúa siendo para nosotros la esencia de una Alemania diferente, mejor", osó escribirle alguien desde Baviera, naturalmente con letra falsa y sin remite.
 El consejero leía estas confesiones y estos juramentos de fidelidad con emoción y amargura. "Y que todos aquellos que sienten y escriben así hayan permitido, hayan causado también, que nuestro país se llegara a convertir en lo que es hoy", pensaba a menudo. Apartaba las cartas, y abría de nuevo su manuscrito, que crecía despacio y rico en amor, en reconocimiento, en pesar y consuelo, en profunda duda y en confianza vestida de mil reservas.»

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