lunes, 19 de diciembre de 2016

"Romance de ciego".- Ángeles de Irisarri (1947)


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  «Doña Olimpia de Castresana, señora de Arriazu, tras cepillarse su largo y rubio cabello ante el espejo del tocador y hacerse el moño, se colocó la mantilla, se pellizcó las mejillas para que tomaran color, se asentó bien el polisón, recogió la cola del vestido en la mano, con aquella gracia que Dios le había dado, tomó el devocionario y echó a andar por el largo pasillo de su casa con paso firme. En la entrada, la esperaba, aviada para salir, Eusebia, su doncella, que le dio los buenos días y le franqueó la puerta. Ambas se persignaron ante la imagen del Sagrado Corazón que protegía la vivienda de todo mal, y bajaron las escaleras con tiento, no fueran a trompicarse, pues que había poca luz.
 Ya en la calle, dejaron atrás la casa de la plaza de la Constitución, 3, la del café Suizo, y enfilaron el Coso, donde saludaron al sereno, al cruzarse con él, y luego la calle de Alfonso I. Se dirigían al santo templo del Pilar para oír misa de Infantes, holgadas de tiempo y antes de que hubiera comenzado el trajín habitual en la ciudad de Zaragoza.
 A ver, que Olimpia, cinco años ya casada y sin hijos, tenía hecho voto de ir todos los días, fuera invierno o verano, a la temprana misa por pedir favor a la Virgen para quedarse encinta, consciente de que la Señora había tenido un Hijo, el mejor hijo del mundo, y que no la abandonaría en aquella situación de desespero. De desespero, sí, porque, tragándose la vergüenza, había pedido opinión a varios médicos de la ciudad que la habían hecho examinar por acreditadas parteras y ninguna había encontrado daño o carencia en sus entrañas y, aunque le habían recetado baños de asiento, jarabes, sellos, gotas y hasta sahumerios y esto y lo otro, los remedios no le hacían el más mínimo favor. Por eso andaba algunos días casi desesperada y a punto de ponerse a buscar fuentes milagrosas por todo el territorio nacional e incluso más allá de los Pirineos, pese a que no le gustaba viajar. Y, a momentos, desdeñando la ciencia de los galenos, hasta se mostraba dispuesta a consultar a alguna curandera o bruja que le aplicara auxilio antiguo o le hiciera encanto o ensalmo o conjuro, si menester fuera, que la dejara embarazada.
 Caminaban ama y criada con paso vivo en razón de que, antes de entrar en el santo templo, daban vuelta al recinto, desafiando la fuerza del viento por la parte del Ebro los días en que soplaba cierzo, que era a menudo, por ver si alguna perdularia había abandonado a su hijo recién nacido a la caridad de los canónigos o de la buena gente. Pero no, no, que ya llevaban dos años rodeando la iglesia antes de las seis de la madrugada sin encontrar nada.
 Y, una vez más, nada hacía pensar que en aquel día, 26 de septiembre de 1886, festividad de San Cosme y San Damián, todo había de cambiar en la vida de Olimpia y en la de todas las personas que moraban en el piso principal de la plaza de la Constitución, 3. Nada hacía prever que aquella jornada no hubiera de ser tan anodina como la de ayer, pues el cielo estaba en su lugar de siempre, se respiraba calma por doquiera y la dama andaba ni más ni menos ensimismada que cualquier otra mañana, recordando quizá lo que se comentó en su casa, en la tertulia de ayer noche, sobre el cuartelazo del general Villacampa, ocurrido en Madrid diez fechas atrás. O tal vez preguntándose por enésima vez qué hacía yendo a misa de Infantes. O rememorando las palabras, siempre las mismas, del doctor López-Tass, su médico de cabecera:
 -Adopte usted un niño o niña del hospicio, doña Olimpia, hay muchos hijos de doncellas necia so engañadas...
 -No, doctor, no...
 O las de don Dionisio, fraile jesuita y su confesor, que resultaban siempre las mismas también:
 -Confórmate, hija mía, con los designios de Dios... El Señor da a unos mucho y a otros poco... A ti no te ha dado hijos todavía, pero sí abundantes bienes de fortuna... No te puedes quejar...
 O las de su marido, las mismas también:
 -Reza, haz novenas... Ve a San Nicolás, a Santa Rita, a la Virgen del Pilar...
 -Ya lo hago, me paso el día de iglesia en iglesia...
 -Insiste, querida.
 Y sí, Olimpia insistía e iba a diario a oír misa de Infantes y, a más de prometer una fortuna en limosnas a la Corte Celestial, ya tenía ofrecidas aquel mes, por no remontarse más atrás, veinticinco pesetas a la Virgen del Pilar y treinta a Santa Rita, abogada de los imposibles -cuya imagen se venera en la parroquia de la catedral de La Seo-, y entregadas otras tantas. Y, por presionar a una y a otra, no pensaba darles un ochavo más a ninguna de las dos en lo que quedaba de mes, poco ya.»

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