jueves, 29 de diciembre de 2016

"CeroCeroCero. Cómo la cocaína gobierna el mundo".- Roberto Saviano (1979)


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 Coca nº. 5
 12.-Los zares a la conquista del mundo

 «La mafia rusa ha surgido gracias a hombres que han sabido explotar con inteligencia y crueldad las nuevas oportunidades, pero también porque tiene a sus espaldas una historia hecha de estructuras y de reglas con las que dominar en el Gran Desorden. En años de navegación por las alcantarillas criminales del mundo he podido constatar que es siempre esto lo que hace crecer a las mafias: el vacío de poder, la debilidad, la podredumbre de un Estado frente a una organización que ofrece y representa orden. Las semejanzas entre las mafias más distantes a menudo resultan asombrosas. Las organizaciones rusas se forjaron en la represión estaliniana, que amontonó en los gulags a miles de delincuentes y disidentes políticos. Fue allí donde nació la sociedad de los vori v zakone, que en pocos años llegaron a gestionar los gulags de toda la Unión Soviética. Un origen que, por lo tanto, no tiene nada en común con las organizaciones italianas, y sin embargo la característica principal que les ha permitido sobrevivir y prosperar es la misma: la regla. Dicha regla tiene numerosas declinaciones y se explicita en rituales y mitologías, se concreta en preceptos que hay que seguir al pie de la letra para ser considerado un digno miembro de la organización y establece cómo entrar a formar parte de ella. Todo está codificado y todo vive dentro de la regla. El honor y la fidelidad aúnan al camorrista y al vor, así como el carácter sagrado de algunos gestos y la administración de la justicia interna. También los rituales se asemejan y poco importa que éstos se produzcan en momentos distintos en las respectivas organizaciones. Lo que fundamenta el ritual, esto es, el paso de un estado a otro, es común, porque también lo es la voluntad de crear una realidad diferente, con códigos distintos pero igualmente coherentes. El camorrista y el vor son bautizados, sufren castigos si fracasan, son premiados si obtienen un resultado. Son vidas paralelas que a menudo se superponen. Parecida es también la evolución de su comportamiento y su apertura a la modernidad. Si antaño un vor era un asceta que rehuía todo goce terrenal y toda imposición, hasta el punto de hacerse tatuar las rodillas para significar que nunca se arrodillaría ante las autoridades, hoy se admiten el lujo y la ostentación. Residir en la Costa Azul ya no es un pecado.
 Los capos rusos van de marca desde los calzoncillos hasta las maletas, gozan de protecciones políticas, controlan nombramientos y contrataciones públicas, celebran macrofiestas increíbles  sin que intervenga la policía... Los grupos están cada vez más organizados: cada clan tiene una obschak, una caja común en la que confluye un determinado porcentaje de los ingresos derivados de los delitos, como extorsiones y atracos, que se utilizará para cubrir los gastos de los vori que acaben en la cárcel o para pagar sobornos a políticos y policías corruptos. A su servicio tienen soldados, ejércitos de abogados e intermediarios extremadamente hábiles.
 En la época comunista los vori trabajaron codo a codo con la élite de la Unión Soviética, ejerciendo su influencia en cada rincón del aparato estatal. Durante la época de Brézhnev explotaron el profundo estancamiento de la economía comunista y crearon un impresionante mercado negro: la Mafiya podía satisfacer todos los deseos de quien podía permitírselos. Los directores de restaurantes y comercios, los gerentes de las empresas estatales, los funcionarios del gobierno y los políticos: todos traficaban. Desde la comida hasta las medicinas, todos los bienes se comercializaban en el mercado negro. Los vori encontraban lo que le estaba prohibido al pueblo en nombre del socialismo y llevaban a las casas de los dirigentes del Partido los bienes del "sucio capitalismo". Así se forjó una alianza entre nomenklatura y delincuencia destinada a tener enormes consecuencias.
 La caída del comunismo dejó un abismo económico, moral y social que la Mafiya se apresuró a llenar. Generaciones de personas sin trabajo, sin dinero, con hambre a menudo en sentido literal: las organizaciones rusas podían reclutar mano de obra a legiones. Policías, militares, veteranos de la guerra afgana, se ofrecieron sin reservas. Antiguos miembros del KGB y funcionarios del gobierno soviético pusieron sus cuentas bancarias y sus contactos al servicio de las actividades del crimen organizado, incluyendo el tráfico de droga y de armas. La transición al capitalismo no se había provisto de las leyes ni las infraestructuras adecuadas. Las hermandades, en cambio, tenían dinero, una agilidad rapaz y capacidad de intimidación: ¿quién podía combatirlas? Los llamados "nuevos rusos", los que con la apertura de los mercados estaban logrando enriquecerse a un ritmo vertiginoso, encontraron conveniente pagar un "impuesto" con el que aseguraban a sus empresas protección frente a otros grupos, además de una posible ayuda para resolver problemas con deudores y competidores. Los peces pequeños no podían más que agachar la cabeza. Entre los extorsionadores había quien se paseaba con un par de tijeras y un dedo cortado: "Si no pagas, también te lo hago a ti." Occidente sólo captaba algunos ecos de violencia desmesurada; por lo demás, se mostraba distraído e iluso. Hasta las donaciones de Estados Unidos y los países europeos para reforzar la sociedad civil postsoviética contribuyeron indirectamente a engordar a la Mafiya. Éstas se destinaban preferentemente a organizaciones no gubernamentales, temiendo que de lo contrario pudieran acabar en los bolsillos de los ex comunistas y dar nuevas fuerzas al viejo régimen y a los viejos burócratas. Pero de ese modo muchas ayudas fueron interceptadas por los grupos criminales y nunca llegaron a su destino.
 Con la entrada en vigor de una nueva ley del sector bancario, brotaron nuevos bancos como setas. Los mafiosos ya no necesitaban corromper a los dirigentes de las viejas entidades. Con el dinero, que no faltaba, y algunos testaferros podían abrir un banco, colocando a amigos y parientes, incluyendo a gente recién salida de la cárcel. Por último vino el gran plan de privatización, que había de dar  a todos los ciudadanos un porcentaje de participación en las empresas soviéticas, desde los colosos energéticos hasta los hoteles de Moscú.»

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