viernes, 9 de diciembre de 2016

"El sentido social del gusto. Elementos para una sociología de la cultura".- Pierre Bourdieu (1930-2002)


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  1.-Cuestiones sobre el arte a partir de una escuela cuestionada
  Pierre Bourdieu
 
  «Agradezco a Nadine Descendre y a Inés Champey, y a todos ustedes, que han aceptado las reglas del juego enviándome un cuestionario por escrito. En efecto, pensé que al venir a una Escuela de Bellas Artes como ésta (como algunas otras), que se enfrenta con cierta incomprensión e, incluso, hostilidad, debía hallar una forma menos convencional y más adecuada que la conferencia tradicional, y más cercana a un modelo artístico —"intervención" o "happening"—, para abordar los problemas ligados a la animadversión con respecto a la creación contemporánea que hoy se manifiesta cada vez con más frecuencia —como lo atestigua una carta de Paul Devautour que acabo de recibir, a propósito de otra escuela de Bellas Artes, cuya existencia se ve amenazada por su propia municipalidad—. Ustedes me han enviado muchas preguntas que revelan sus preocupaciones. Me han parecido, en su mayor parte, muy difíciles. Algunas, porque son demasiado claras, demasiado simples en apariencia, demasiado fáciles de comprender y entonces se corre el riesgo de no ver las cuestiones profundas y complicadas que disimulan bajo su aire de familiaridad o de banalidad; otras, porque son demasiado oscuras, parecen desprovistas de sentido e incluso absurdas, y la tentación de desecharlas con rapidez es grande; sin embargo, pueden contener verdaderas preguntas que, a falta de los instrumentos necesarios para formularlas, no han podido enunciarse. ¿Qué puedo hacer aquí, pues, con ustedes? Me gustaría practicar un verdadero diálogo y ayudarlos a dar a luz, según la metáfora socrática de la mayéutica, los problemas que llevan en ustedes mismos. Quisiera ayudarlos a devenir los sujetos de sus problemas, partir de sus propios problemas, y contribuir a plantearlos con claridad, en lugar de imponerles los míos. Esto es exactamente lo contrario de lo que se hace la mayoría de las veces, sobre todo en el dominio del arte y de la crítica de arte, donde se practica con asiduidad el abuso de poder, que consiste en imponer a espíritus poco armados construcciones teóricas y problemas más o menos fantásticos. Algo de esto resuena en la oscuridad de algunas de sus preguntas.
 Dicho esto, y dadas las condiciones en las que nos encontramos —ustedes son muchos y no tenemos demasiado tiempo—, les propongo practicar una suerte de diálogo, en la medida en que yo responderé las preguntas y trataré de dejar lapsos abiertos a sus intervenciones. Sin embargo, será un falso diálogo o, mejor, el comienzo de un diálogo que podrán continuar entre ustedes. Voy a comenzar por referirles las preguntas tal como las he entendido. Me parece que la situación en que se encuentra la Escuela de Bellas Artes de Nimes, en tanto es cuestionada, como suele decirse, favorece la interrogación. Una institución en crisis es más reflexiva, está más dispuesta a la interrogación sobre sí que una institución sin problemas. Lo mismo sucede con los agentes sociales: la gente que está bien en el mundo social no encuentra nada para criticar al mundo tal como es, no tiene nada muy interesante que decir sobre él. Las preguntas que he recibido me parecen en general interesantes por el sentido que revelan, que se expresa a través de ellas, sin que ustedes lo busquen deliberadamente, y que quisiera intentar explicitar. Ustedes están aquí presentes. Podrán, pues, corregir, redireccionar, completar.
 En primer lugar, una cantidad de preguntas trata sobre ustedes mismos en cuanto aprendices de artistas, como esta pregunta (la 1): "¿Cuál es la diferencia entre un aprendiz de artista (o un artista) y un ciudadano común?". La cuestión de la diferencia entre un aprendiz de artista, alguien que está en una escuela donde encuentra natural iniciarse en el arte, incluso en el arte contemporáneo, y los ciudadanos comunes de una ciudad común, para quienes todo esto no es natural y se preguntan si es bueno que exista una escuela de Bellas Artes, si el arte contemporáneo puede enseñarse, si debe enseñarse, es uno de los puntos fundamentales que ustedes plantean, porque a su vez les viene de la realidad misma, producto del cuestionamiento de la Escuela de Bellas Artes de Nimes.
 Esta pregunta acarrea otras, explicitadas en algunos casos y, en otros, implícitas: "¿Qué es un artista?", "¿En qué se reconoce que alguien es un artista?". Hay otra pregunta que no es totalmente idéntica (la 2): "¿Cuál es la diferencia entre un artista verdadero y uno falso, un impostor?". ¿Un artista es alguien que dice de sí mismo que es un artista, o es aquel de quien los otros dicen que es artista? Pero los otros, ¿quiénes son? ¿Son los otros artistas, o la gente de su pueblo que cree que es un artista, que puede creer que un pintor aficionado es un artista? Puede verse que la cuestión de decidir quién tiene el derecho de decir de alguien que es un artista es muy importante y muy dificil. ¿Es la crítica, el coleccionista? ¿Es el comerciante de cuadros? ¿Es el público, el "gran público" o el "pequeño público" de los conocedores? Estas preguntas son planteadas por ciertos artistas que llevan a cabo acciones que se declaran como imposturas; imposturas que algunos, sin embargo, consideran artísticas.
 Otro conjunto de preguntas (por ejemplo, la 3): "¿Por qué y cómo se deviene artista?", dentro del cual hay una muy interesante, que voy a leer ¡aunque no sea una lista de laureados! (la 4): "Aparte del deseo de gloria, ¿qué es lo que produce la vocación de ser artista?". El deseo de gloria podría considerarse una explicación suficiente, y muchos de ustedes podrían creer que la sociología se contenta con invocar el interés de practicar esta conducta. Explicación que no explica nada, ya que es visiblemente tautológica.
 Por el momento, no respondo a las preguntas, me contento con formularlas para que dejen de ser simples frases en el papel. Ustedes plantean, además, interrogaciones correlativas: "¿Quién tiene razón cuando se trata de decir lo que está bien en materia de arte y en materia de artista? ¿El artista mismo? ¿Los críticos? ¿O el 'pueblo' (con o sin comillas)?". ¿Qué decir? El "pueblo" no habla de arte (ni siquiera de política) a menos que se lo haga hablar; los políticos, los periodistas, todos se constituyen en portavoces del pueblo, hablan en nombre del pueblo (pregunta 5): "¿Cómo explica usted que esto provoque tanta agresividad en la ciudad y en el periódico de la región?".
 Hablar en nombre del pueblo, y también en lugar del pueblo, es dar una respuesta "populista" a otra pregunta planteada por uno de ustedes (la 6): "¿Quién tiene derecho a juzgar en materia de arte?". A esta posición populista se puede oponer otra, igualmente burda, evocada por una de las preguntas (la 7): "¿El artista puede imponer su gusto, crear nuevas categorías artísticas?". La respuesta elitista consiste en estimar que el artista es único juez en materia de arte y que tiene, incluso, el derecho de imponer su gusto. Pero ¿esto no es exponerse a la anarquía de los juicios antagónicos, siendo cada artista juez y parte? ¿Cómo no dudar de que quienes participan del juego y de las apuestas artísticas —artistas pero también coleccionistas, críticos, historiadores del arte, etc.— puedan someter a la duda radical los presupuestos tácitamente aceptados de un mundo con el que están de acuerdo? Hay que apelar a instancias exteriores (pregunta 8): "¿Quién forma el valor del arte contemporáneo? ¿Los coleccionistas?".
  Uno piensa en esa suerte de bolsa de valores artísticos creada por un crítico, Willy Bongart, cuando publica, en Kunst Kompass, la lista de los cien pintores más citados por un panel de coleccionistas y críticos. Bernard Pivot procedió de la misma manera con la literatura, publicando la lista de los autores más citados por doscientos o trescientos jueces designados por él. Pero ¿cómo no ver que la que será la lista de premiados se decide decidiendo quiénes serán los jueces? Para decirlo de manera rigurosa: ¿quién será juez de la legitimidad de los jueces? ¿Quién decidirá en última instancia? Se puede pensar que, en el mundo social, la escuela o el Estado constituyen perfectamente (poniendo a Dios entre paréntesis) el tribunal de última instancia cuando se trata de certificar el valor de las cosas. Para que comprendan, les doy, muy rápidamente, un ejemplo: cuando un médico redacta un certificado de enfermedad, ¿quién certifica al que certifica? ¿La facultad que le ha concedido un diploma? De regresión en regresión se llega al Estado, esa suerte de última instancia de consagración. Y no es por azar que, en los conflictos a propósito de la Escuela de Bellas Artes de Nimes, nos volvamos hacia el Estado.
 Hay también todo un conjunto de preguntas sobre la escuela, sobre la enseñanza del arte (la 9): "¿Es necesaria una escuela de Bellas Artes?". Dicho de otro modo, ¿el arte debe y puede enseñarse?»

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