sábado, 23 de abril de 2016

"Pinocho".- Carlo Collodi (1826-1890)


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 Capítulo IV
De lo que sucedió a Pinocho con el grillo-parlante, en lo cual se ve que los niños malos no se dejan guiar por quien sabe más que ellos

 "Pues, señor, sucedió que mientras el pobre Gepeto era conducido a la cárcel sin culpa alguna, el monigote de Pinocho, libre ya de las garras del guardia, escapó a campo traviesa; corría como un automóvil, y en el entusiasmo de la carrera saltaba altísimos matorrales, setos, piedras y fosos llenos de agua, como una liebre perseguida por galgos.
 Cuando llegó a su casa encontró la puerta entornada. Abrió, entró en la habitación y después de correr el cerrojo se sentó en el suelo, lanzando un gran suspiro de satisfacción.
 Pero la satisfacción le duró poco porque oyó que alguien decía dentro del cuarto:
 -¡Cri, cri, cri!
 -¿Quién me llama? -gritó Pinocho lleno de miedo.
 -Soy yo.
 Volvió Pinocho la cabeza, y vio que era un grillo que subía poco a poco por la pared.
 -Dime, grillo, ¿y tú quién eres?
 -Yo soy el grillo-parlante que vive en esta habitación hace más de cien años.
 -Bueno -contestó el muñeco-; pero hoy esta habitación es mía; si quieres hacerme un gran favor márchate prontito y sin volver siquiera la cabeza.
 -No me marcharé sin decirte antes una verdad como un templo.
 -Pues dila, y despacha pronto.
 -¡Ay de los niños que se rebelan contra su padre y abandonan caprichosamente la casa paterna! Nada bueno puede sucederles en el mundo, y pronto o tarde acabarán por arrepentirse amargamente.
 -Como quieras, señor grillo; pero yo sé que mañana al amanecer me marcho de aquí, porque si me quedo me sucederá lo que a todos los niños: me llevarán a la escuela y tendré que estudiar, quiera o no quiera. Y yo te digo en confianza que no me gusta estudiar y que mejor quiero entretenerme en cazar mariposas y en subir a los árboles a coger nidos de pájaros.
 -¡Pobre tonto! ¿Pero no comprendes que, de ese modo, cuando seas mayor estarás hecho un solemne borrico y que todo el mundo se burlará de ti?
 -¡Cállate, grillucho de mal agüero! -gritó Pinocho.
 Pero el grillo, que era paciente y filósofo, no se incomodó al oír esta impertinencia, y continuó diciendo con el mismo tono:
 -Y ya que no te gusta ir a la escuela, ¿por qué no aprendes, al menos, un oficio que te sirva para ganar honradamente un pedazo de pan?
 -¿Quieres que te lo diga? -contestó Pinocho, que empezaba ya a perder la paciencia-. Entre todos los oficios del mundo no hay más que uno que me guste.
 -¿Y qué oficio es ese?
 -El de comer, beber, divertirme y hacer desde la mañana a la noche vida de paseante en corte.
 -Te advierto -replicó el grillo-parlante con su acostumbrada calma-, que todos los que siguen ese oficio acaban siempre en el hospital o en la cárcel.
 -¡Mira, grillucho de mal agüero, si se me acaba la paciencia, pobre de ti!
 -¡Pinocho! ¡Pinocho! ¡Me das verdadera lástima!
 -¿Por qué te doy lástima?
 -Porque eres un muñeco y, lo que es peor aún, porque tienes la cabeza de madera.
 Al oír estas palabras saltó del suelo Pinocho muy enfurecido, y cogiendo un mazo de madera que había sobre el banco, se lo tiró al grillo-parlante.
 Quizás no creía que iba a darle; pero, por desgracia, le dio en la misma cabeza y el pobre grillo apenas pudo decir cri-cri mientras quedaba aplastado en la pared".  

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