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jueves, 20 de junio de 2019

Fiesta en una botella.- John Collier (1901-1980)

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Ah, la Universidad

«En las afueras de Londres había un padre de avanzada edad que quería mucho a su único hijo. Así que, cuando el chico era un joven de unos dieciocho años de edad, el anciano lo llamó y, con un brillo benevolente en sus gafas de carey, le dijo:
 -Bueno, Jack, has terminado la escuela. Seguro que te hace ilusión ir a la Universidad.
 -Sí, papá -contestó el hijo.
 -Muestra buen juicio -dijo el padre-. Los mejores años de la vida son sin duda los que se pasan en la Universidad. Aparte del rico panal de conocimientos, las dulces voces de los profesores, los venerables edificios grises y la atmósfera de cultura y refinamiento, está el placer de hallarse en posesión de una cómoda asignación.
 -Sí, papá -contestó el hijo.
 -Una habitación propia -continuó el padre-, pequeñas cenas con los amigos, crédito infinito con los comerciantes, pipas, cigarros, burdeos, borgoña, ropas.
 -Sí, papá -contestó el hijo.
 -Hay pequeños clubes exclusivos -dijo el anciano-, toda clase de deportes. Vacaciones, teatro, bailes, fiestas, bromas, juergas, se saltan muros, se engaña a los vigilantes en los exámenes, se practican todas las diversiones que puedas imaginar.
 -¡Sí! ¡Sí, papá! -gritó el hijo.
 -Sin duda no hay nada mejor que ir a la Universidad -dijo el padre-. ¡La primavera de la vida! ¡Un placer tras otro! El mundo parece una docena de ostras, cada una con una perla dentro. ¡Ah, la Universidad! Sin embargo, no voy a enviarte allí.
 -Entonces, ¿por qué demonios hablas tanto de ella? -preguntó el propio Jack.
 -Lo he hecho para que no pensaras que subestimaba despreocupadamente los placeres a los que te pido que renuncies -dijo su padre-. Ya ves, Jack, mi salud no es la mejor de las posibles; nada me sienta bien, salvo el champán, y, si fumo un cigarro de segunda clase, se me queda un mal sabor de boca. Mis gastos se han incrementado de forma abominable y me quedará muy poco que dejarte, pero mi mayor deseo es ver que tienes una vida cómoda.
 -Si ese es tu deseo, podrías cumplirlo mandándome a la Universidad -dijo Jack.
 -Tenemos que pensar en el futuro -dijo su padre-. Tendrás que ganarte la vida, y en un mundo en el que la cultura es el menos comercializable de los recursos. A menos que vayas a ser director de un colegio o clérigo, no obtendrás grandes ventajas de la Universidad.
 -Entonces, ¿qué debo ser? -preguntó el joven.
 -Hace poco leí -dijo su padre- unas palabras que arrojaron un repentino brillo sobre la tristeza con la que consideraba tu futuro: "La mayoría de los jugadores son malos". Esas palabras estaban en un pequeño folleto sobre ese juego delicioso y universalmente popular llamado póquer. Es un juego que se juega con fichas, normalmente, y cada una de esas fichas representa una buena cantidad de dinero.
 -¿Quieres decir que voy a ser un truhan? -gritó el hijo.
 -Nada de eso -contestó rápidamente el anciano-. Te estoy pidiendo que seas fuerte, Jack. Te estoy pidiendo que muestres algo de iniciativa, de personalidad. ¿Por qué aprender lo que todo el mundo aprende? Tú, querido hijo, serás el primero en estudiar el póquer de forma tan sistemática como otros estudian idiomas, ciencias, matemáticas, etcétera: el primero en afrontarlo como estudiante. He preparado un acogedor cuarto con silla, mesa y unas barajas completamente nuevas. Una estantería contiene varias obras clásicas sobre el juego y hay un retrato de Maquiavelo encima de la chimenea.
 Las protestas del joven fueron en vano, así que se puso a estudiar a regañadientes. Trabajó duro, dominó los libros, borró el dibujo de cien paquetes de cartas y al final del segundo año salió a afrontar el mundo con la bendición de su padre y el dinero suficiente para organizar unas partidas de poca monta.
 Cuando Jack se fue, el anciano se consoló con su copa de champán y su cigarro de primera clase y otros pequeños placeres que son el solaz de los ancianos y los solitarios. Le iba muy bien con ellos cuando un día sonó el teléfono. Era una llamada desde el extranjero de Jack, cuya existencia el anciano casi había olvidado.
 -Hola, papá -dijo Jack, con un tono de excitación-. Estoy en París, jugando una partida de póquer con unos norteamericanos.
 -¡Buena suerte! -dijo el anciano, y se preparó para colgar el teléfono.
 -¡Escucha, papá! -gritó el hijo-. Es así. Bueno... Por una vez, estoy jugando sin límite.
 -¡Que Dios se apiade de ti! -dijo el anciano.
 -Todavía quedan dos -dijo el hijo-. Han puesto cincuenta mil dólares y ya he puesto hasta mi último centavo.
 -Preferiría ver a un hijo mío en la Universidad antes que verlo en esta situación -gruñó el anciano.
 -¡Pero tengo cuatro reyes! -gritó el joven.
 -Puedes estar seguro de que los otros tienen ases o escalera de color -dijo el anciano-. Pasa, hijo mío. Sal y juégate colillas con los habituales de tu pensión.
 -¡Pero escucha, papá! -gritó el hijo-. Esto es póquer descubierto, nada disparatado. He visto un as. He visto todos los dieces y los cincos. No puede haber una escalera de color.
 -¿Es así? -gritó el anciano-. Que no se diga que no apoyé a mi hijo. Espera. Voy a ayudarte.
 El hijo volvió a la mesa y rogó a sus oponentes que pospusieran las cosas hasta que llegara su padre, y ellos, sonriendo a sus cartas, estaban más que dispuestos a hacerle caso.
 Un par de horas más tarde el anciano llegó en avión a Le Bourget y, poco después, estaba junto a la mesa, frotándose las manos, sonriente, afable, la luz brillando en sus gafas de carey. Estrechó la mano de los norteamericanos y observó su aspecto ridículo.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Contraseña, 2011, en traducción de Daniel Gascón. ISBN: 978-84-937818-7-3.]

miércoles, 12 de junio de 2019

Poesía.- Fray Luis de León (1527-1591)


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I.-Vida retirada

«¡Qué descansada vida / la del que huye el mundanal rüido,
y sigue la escondida / senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!
Que no le enturbia el pecho / de los soberbios grandes el estado,
ni el dorado techo / se admira fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.
No cura si la fama / canta con voz su nombre pregonera,
ni cura ni encarama / la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.
¿Qué presta a mi contento / si soy del vano dedo señalado?
¿Si en busca deste viento / ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?
¡Oh monte, oh fuente, oh río, / oh secreto seguro deleitoso!
Roto casi el navío / a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.
Un no rompido sueño, / un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño / vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.
 Despiértenme las aves / con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves / de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.
Vivir quiero conmigo, / gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas sin testigo, / libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.
Del monte en la ladera / por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera / de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.
Y como codiciosa / por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa / una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.
Y luego sosegada, / el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada / de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.
El aire el huerto orea, / y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea / con un manso rüido,
que del oro y del cetro pone olvido.
Téngase su tesoro / los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro / de los que desconfían
cuando el Cierzo y el Abrego porfían.
La combatida antena / cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena / confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.
A mí una pobrecilla / mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla / de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.
Y mientras miserable- / mente se están los otros abrasando
con ser insaciable / del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.
A la sombra tendido, / de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído / al dulce son acordado
del plectro sabiamente meneado.

XVI.-Contra un juez avaro

Aunque en ricos montones / levantes el cautivo inútil oro,
y aunque tus posesiones / mejores con ajeno daño y lloro,
y aunque cruel tirano / oprimas la verdad, y tu avaricia
vestida en nombre vano / convierta en compra y venta la justicia,
y aunque engañes los ojos / del mundo a quien adoras, no por tanto
no nacerán abrojos / agudos en tu alma, ni el espanto
no velará en tu lecho / ni huirás la cuita, la agonía,
el último despecho, / ni la esperanza buena en compañía
del gozo tus umbrales / penetrará jamás, ni la Meguera
con llamas infernales, / con serpentino azote la alta y fiera
y diestra mano armada, / saldrá de tu aposento sola un hora;
y ni tendrás clavada / la rueda, aunque más puedas, voladora
del tiempo hambriento y crudo / que viene con la muerte conjurado
a dejarte desnudo / del oro y cuanto tienes más amado;
y quedarás sumido / en males no finibles y en olvido.»

   [Los textos pertenecen a la edición en español de Editorial Ebro, 1979, en edición de J.M. Alda Tesán. ISBN: 84-7064-089-5.]

martes, 12 de marzo de 2019

El amor de un hombre de cincuenta años.- Anthony Trollope (1815-1882)


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Volumen I
II.-El señor Whittlestaff

«El señor Whittlestaff no había sido un hombre con suerte, teniendo en cuenta lo que la gente considera suerte. No había tenido éxito en los negocios que había emprendido. En efecto, sólo había experimentado superficialmente su necesidad de éxito en cuanto al dinero se refiere, pero había fracasado en algunos otros asuntos que le habían afectado de cerca. Su vida había cosechado éxitos en algunos aspectos; pero ésos eran asuntos que la gente no consideraba como la buena suerte que, por lo general, propiciaba la felicidad de un hombre. Nunca le dolía la cabeza, se había resfriado muy pocas veces y no tenía gota en absoluto. Se había torcido un dedo meñique y le habían recomendado que bebiera whisky, cosa que hizo de buen grado porque era barato. Ahora tenía cincuenta años y estaba tan dispuesto como siempre para el trabajo duro, tanto física como mentalmente. Y tenía mil libras al año para gastar y las gastaba sin jamás sentir la necesidad de ahorra un chelín. Y además, no odiaba a nadie, y todos los que le conocían le apreciaban. No pisaba a nadie para beneficiarse y, en términos generales, era el hombre más estimado de la parroquia. Estas características no suelen considerarse como señales de la buena suerte; pero sí aumentan la felicidad de la que un hombre goza en este mundo. Se necesitaría una crónica de su vida algo más extensa para hablar de sus desgracias. Pero aquí tan sólo hace falta mostrar las circunstancias. Se había opuesto a todas las expectativas de su padre. Éste, quien le consideraba un muchacho inteligente, había planeado en un principio que fuera abogado. Pero él rechazó por completo toda actividad jurídica antes de abandonar Oxford. "¿Qué demonios quieres ser?", le preguntó su padre que, por aquel entonces, podía darle a su hijo dos mil libras al año. El hijo contestó que trabajaría para obtener una beca y que se dedicaría a la literatura. El viejo almirante mandó la literatura al infierno y le dijo a su hijo que era idiota. Pero el muchacho no consiguió la beca y ni su padre ni su madre supieron nunca lo mucho que sufrió por ese motivo. Inspiraba lástima, escribía poesía y se gastaba sus ahorros para publicarla, lo que de nuevo le provocaba sufrimiento, no por la pérdida de su dinero sino por la oscuridad de su poesía. Tuvo que admitir que Dios no le había concedido el don de escribir poesía; y, tras aceptarlo, nunca más volvió a escribir dos líneas seguidas. No dijo nada de todo esto; pero la sensación de fracaso apenó su corazón. Y en esos difíciles momentos, su padre sólo se burlaba de él, sin creerse las palabras de su mujer que, de vez en cuando, le aseguraba que su hijo estaba sufriendo.
 Entonces el viejo almirante declaró que, como su hijo no haría nada por sí mismo, él debía trabajar por su hijo. Y olvidó su vejez para ir a la ciudad y especular con acciones. Entonces el almirante murió. Las acciones no llegaron a nada y hubo reclamaciones; y cuando la señora Whittlestaff siguió a su marido, su hijo, considerando la situación, compró Croker's Hall, recortó gastos y prescindió del criado, lo que para la señora Bagget fue un asunto que le causó una profunda tristeza.
 Pero el señor Whittlestaff se había enfrentado al mayor sufrimiento de su vida antes de eso. Ni la beca perdida, ni la poesía rechazada le habían causado tanto sufrimiento como eso. Había amado a una joven, ésta lo había aceptado pero luego la joven lo había dejado plantado. Por aquel entonces rondaba los treinta; y en lo que respecta al mundo exterior, la catástrofe le dejó totalmente confuso. Hasta ese momento había sido un moderado deportista, había pescado bastante, había disparado un poco y había salido de caza únicamente con su caballo. Pero desde que sucedió la desgracia, nunca más volvió a pescar, a disparar o a cazar. [...]
 
Volumen II
XIII.- En Little Alresford
 
 El señor Hall era un agradable caballero inglés que ya rozaba los setenta años y que "jamás en la vida había tenido un quebradero de cabeza", como solía alardear, pero que vivía cautelosamente, como quien procura no tener demasiados quebraderos de cabeza. Sin duda alguna, él no tenía ninguna intención de calentarse la cabeza con problemas mundanos. Era un hombre muy bien acomodado, es decir, con bastantes miles de libras al año y se las apañaba para vivir con la mitad de ese dinero. Esto había sido así durante muchos años, ya que se habían reducido los derechos de propiedad de la finca de un pariente lejano y porque había escogido no dejar a su progenie en la indigencia. Cuando llegaron las chicas, él decidió de inmediato que nunca iría a Londres y mantuvo su resolución. Se suponía que no era necesario ir a un peluquero londinense más que una vez cada tres o cuatro años; y estaba bastante satisfecho de tener a un médico fuera de Alresford, al que pagaba un chelín,  incluido el desplazamiento. En estos tiempos difíciles, sus aparceros siempre habían pagado los alquileres, pero lo habían hecho porque éstos no habían aumentado desde que el terrateniente había llegado al trono. El señor Hall sabía perfectamente que si deseaba librarse de quebraderos de cabeza en ese sentido, lo mejor que podía hacer era arrendar sus tierras facilitando el pago. Era muy hospitalario, pero nunca ofrecía tortugas marinas de Londres o pescado de Southampton, ni tampoco fresas o guisantes a primeros de abril. Podía servir una cena sin champaña y hasta dar cuarenta chelines para pagar doce botellas de porto o de Jerez o incluso un burdeos. Tenía un carruaje para sus cuatro hijas y no le contaba a nadie, por nada del mundo, que los caballos pasaban la mitad de su tiempo en faenas de labranza. Las cuatro hijas tenían dos sillas de montar para repartirse entre ellas y el padre tenía una para su uso particular. No cazaba el zorro (viviendo en esa zona de Hampshire, creo que hacía bien) y disparaba igual que nuestros antepasados; salía a dar una vuelta, por ejemplo, con el señor Blake y quizás el señor Whittlestaff y traía a casa tres faisanes, cuatro perdices, una liebre y los conejos que la cocinera pudiera haber pedido. Era un hombre decidido a no vivir por encima de sus posibilidades y no tenía gran necesidad de parecer rico; no sentía especial cariño por nadie, ni tampoco es que fuera especialmente generoso. Aquellos que lo conocían, y a quienes no les gustaba, decían que era un egoísta. Aquellos que estaban de su parte decían que jamás había debido un chelín que no pudiera pagar y que sus hijas estaban muy contentas de tener un padre así. Era un hombre atractivo y de bonitas facciones, pero de los que se tienen que ver a menudo para recordarlos, y como he dicho antes, él "jamás en la vida había tenido un quebradero de cabeza".»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Funambulista, 2012, en traducción de Alma Fernández Simón y Maite Roig Costa. ISBN: 978-84-940293-8-7.]
 

sábado, 23 de abril de 2016

"Pinocho".- Carlo Collodi (1826-1890)


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 Capítulo IV
De lo que sucedió a Pinocho con el grillo-parlante, en lo cual se ve que los niños malos no se dejan guiar por quien sabe más que ellos

 "Pues, señor, sucedió que mientras el pobre Gepeto era conducido a la cárcel sin culpa alguna, el monigote de Pinocho, libre ya de las garras del guardia, escapó a campo traviesa; corría como un automóvil, y en el entusiasmo de la carrera saltaba altísimos matorrales, setos, piedras y fosos llenos de agua, como una liebre perseguida por galgos.
 Cuando llegó a su casa encontró la puerta entornada. Abrió, entró en la habitación y después de correr el cerrojo se sentó en el suelo, lanzando un gran suspiro de satisfacción.
 Pero la satisfacción le duró poco porque oyó que alguien decía dentro del cuarto:
 -¡Cri, cri, cri!
 -¿Quién me llama? -gritó Pinocho lleno de miedo.
 -Soy yo.
 Volvió Pinocho la cabeza, y vio que era un grillo que subía poco a poco por la pared.
 -Dime, grillo, ¿y tú quién eres?
 -Yo soy el grillo-parlante que vive en esta habitación hace más de cien años.
 -Bueno -contestó el muñeco-; pero hoy esta habitación es mía; si quieres hacerme un gran favor márchate prontito y sin volver siquiera la cabeza.
 -No me marcharé sin decirte antes una verdad como un templo.
 -Pues dila, y despacha pronto.
 -¡Ay de los niños que se rebelan contra su padre y abandonan caprichosamente la casa paterna! Nada bueno puede sucederles en el mundo, y pronto o tarde acabarán por arrepentirse amargamente.
 -Como quieras, señor grillo; pero yo sé que mañana al amanecer me marcho de aquí, porque si me quedo me sucederá lo que a todos los niños: me llevarán a la escuela y tendré que estudiar, quiera o no quiera. Y yo te digo en confianza que no me gusta estudiar y que mejor quiero entretenerme en cazar mariposas y en subir a los árboles a coger nidos de pájaros.
 -¡Pobre tonto! ¿Pero no comprendes que, de ese modo, cuando seas mayor estarás hecho un solemne borrico y que todo el mundo se burlará de ti?
 -¡Cállate, grillucho de mal agüero! -gritó Pinocho.
 Pero el grillo, que era paciente y filósofo, no se incomodó al oír esta impertinencia, y continuó diciendo con el mismo tono:
 -Y ya que no te gusta ir a la escuela, ¿por qué no aprendes, al menos, un oficio que te sirva para ganar honradamente un pedazo de pan?
 -¿Quieres que te lo diga? -contestó Pinocho, que empezaba ya a perder la paciencia-. Entre todos los oficios del mundo no hay más que uno que me guste.
 -¿Y qué oficio es ese?
 -El de comer, beber, divertirme y hacer desde la mañana a la noche vida de paseante en corte.
 -Te advierto -replicó el grillo-parlante con su acostumbrada calma-, que todos los que siguen ese oficio acaban siempre en el hospital o en la cárcel.
 -¡Mira, grillucho de mal agüero, si se me acaba la paciencia, pobre de ti!
 -¡Pinocho! ¡Pinocho! ¡Me das verdadera lástima!
 -¿Por qué te doy lástima?
 -Porque eres un muñeco y, lo que es peor aún, porque tienes la cabeza de madera.
 Al oír estas palabras saltó del suelo Pinocho muy enfurecido, y cogiendo un mazo de madera que había sobre el banco, se lo tiró al grillo-parlante.
 Quizás no creía que iba a darle; pero, por desgracia, le dio en la misma cabeza y el pobre grillo apenas pudo decir cri-cri mientras quedaba aplastado en la pared".  

miércoles, 8 de julio de 2015

"El sobrino de Rameau".- Denis Diderot (1713-1784)


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 "Él: Ya me perdonaréis, pero a veces resulta difícil conseguir más dinero; y es una medida de prudencia atender a ello con tiempo suficiente.
 Yo: Poco cuidaríais de vuestra mujer.
 Él: ¡Por Dios, nada en absoluto! El mejor trato que puede dársele a nuestra cara mitad, a mi entender, es dejarle hacer lo que le venga en gana. ¿No os parece que nuestra sociedad sería mucho más divertida si cada cual fuera a la suya?
 Yo: Quizá sí. Para mí, las tardes más agradables son aquellas en las que me siento satisfecho de lo sucedido por la mañana.
 Él: Para mí también.
 Yo: Lo que hace  a los ricos tan exigentes con sus diversiones es su profunda ociosidad.
  Él: No lo creáis. Están todo el día en continua agitación.
 Yo: Como nunca se cansan, nunca reposan.
 Él: No lo creáis. Están siempre agotados.
 Yo: El placer, para ellos, es un negocio, no una necesidad.
 Él: Tanto mejor, la necesidad siempre es dolorosa.
 Yo: Todo lo gastan. Su espíritu se embrutece. El aburrimiento les invade. En medio de su abrumadora abundancia, si alguien les librara de la vida les haría un inmenso favor. La razón de ello es que sólo conocen la parte más efímera de la felicidad. No desprecio los placeres sensuales. También yo tengo un paladar y también agradezco un manjar delicado o un vino delicioso. Tengo un corazón y dos ojos: y me gusta ver una mujer hermosa. Me gusta sentir en mis manos la tersura y rotundidad de sus pechos; juntar mis labios a los suyos; beber la voluptuosidad en su mirada, y desfallecer en sus brazos. No me disgusta en absoluto, de cuando en cuando, un cierto desenfreno, incluso algo tumultuoso, en compañía de mis amigos. Pero no voy a ocultaros que me resulta infinitamente más agradable socorrer al desgraciado, llevar a buen término un asunto espinoso, dar un buen consejo, hacer una lectura agradable; dar un paseo con un hombre o una mujer gratos a mi corazón; pasar algunas horas instructivas con mis hijos, escribir una buena página, cumplir los deberes propios de mi estado; decirle a quien amo cosas tiernas y delicadas que le impulsen a poner sus brazos alrededor de mi cuello. Conozco más de una buena acción que me gustaría llevar a cabo aunque fuera a cambio de todo cuanto poseo. El Mahomet es un drama sublime; pero preferiría haber rehabilitado la memoria de los Calas. Un conocido mío tuvo que refugiarse en Cartagena. Era el miembro más joven de la familia y en su país la costumbre hace que se transfiera toda la herencia a los primogénitos. Allí se enteró de que el hermano mayor, un niño mimado, tras despojarles de todos sus bienes, había expulsado del castillo a sus excesivamente complacientes padres y de que los bondadosos ancianos languidecían indigentes en un pueblecito de la provincia. ¿Qué hizo entonces aquel hombre quien, por el duro trato de sus padres, se había visto obligado a buscar fortuna en país extranjero? Enviarles socorro; apresurarse a liquidar sus negocios, pues había logrado enriquecerse; regresar para reintegrar a sus padres al lugar que les pertenecía y sacar a sus hermanas. ¡Ah, querido Rameau! Aquel hombre consideraba este episodio como el más feliz de su vida. Me lo contaba con lágrimas en los ojos y yo noto, al contároslo, que mi corazón se conmueve de gozo y que el placer me deja sin palabras.
 Él: ¡Sois gente muy rara!
 Yo: Y vos muy digno de lástima si no comprendéis que es posible elevarse por encima de la fatalidad y que es imposible ser infeliz si uno está protegido por buenas acciones como la que os acabo de relatar.
 Él: Con esa clase de felicidad me sería difícil familiarizarme, dado lo poco que abunda. En todo caso, vuestra opinión es que debemos ser honrados.
 Yo: ¿Para ser felices? Con toda seguridad.
 Él: Pues estoy cansado de ver infinidad de gente honrada que no es, en absoluto, feliz; e infinidad de gente feliz que no es, en absoluto, honrada.
 Yo: Eso os parece".