lunes, 24 de abril de 2017

"El rojo emblema del valor".- Stephen Crane (1871-1900)


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Capítulo I

«-Madre, voy a alistarme. 
 -Henry, no seas estúpido -le había contestado su madre. Luego se había cubierto la cara con la colcha. Aquí acabó todo aquella noche.
 Sin embargo, a la mañana siguiente había ido al pueblo que se hallaba más cerca de la granja de su madre y se había alistado en una compañía que se estaba formando allí. Al regresar a su casa, su madre estaba ordeñando la vaca pinta, y otras cuatro estaban esperando.
 -Madre, acabo de alistarme -le había dicho, respetuosamente.
 Hubo un breve silencio.
 -¡Que se haga la voluntad del Señor, Henry! -había respondido ella, finalmente, y luego había continuado ordeñando la vaca pinta.
 Unos días más tarde, cuando se había parado en el umbral con su uniforme militar y una luz de ansiedad y expectación en los ojos que casi apagaba el brillo de añorante tristeza hacia los lazos del hogar, había visto dos lágrimas deslizarse por las marchitas mejillas de su madre. Ella, sin embargo, le decepcionó al no decirle nada en absoluto sobre volver "o con su escudo o sobre él". Él se había preparado para una magnífica escena; había pensado ciertas frases, que creyó que podía usar sin efecto emocionante. Pero las palabras que ella pronunció echaron todos sus planes por los suelos. Había continuado tenazmente pelando patatas, y le había hablado así:
 -Ten cuidado, Henry, y mira bien por dónde vas en todo este lío de las batallas; ten cuidado y vigila bien. No vayas pensando que puedes aplastar a todo el ejército rebelde desde el principio, porque no puedes... Tú no eres más que un muchacho entre muchísimos más, y tienes que callarte y hacer lo que te manden. Yo sé cómo eres, Henry... Te he tejido ocho pares de calcetines, Henry, y te he puesto ahí tus mejores camisas, porque quiero que mi chico vaya tan caliente y tan cómodo como cualquiera pueda ir en el ejército. Siempre que se te agujereen, quiero que me los mandes al momento para que pueda remendártelos... Y sé siempre precavido y escoge a tus compañeros. Hay montones de hombres malos en el ejército, Henry. El ejército los hace feroces y no hay nada que les guste más que llevar por mal camino a un muchacho como tú, que nunca se ha alejado mucho de su casa y siempre ha estado con su madre, y enseñarle a beber y a blasfemar. Mantente alejado de esta gente, Henry. No quiero que hagas nunca nada de lo que pudieras avergonzarte si me lo contaras, Henry... Imagínate siempre que te estoy observando. Si tienes esto siempre presente, creo que saldrás bien... Tienes que recordar siempre a tu padre también, muchacho, y tener presente que nunca bebió una gota de alcohol en toda su vida, y que raras veces renegó... No sé qué más decirte, Henry, excepto que nunca debes tratar de evadir nada, hijo, por mi causa... Si llegara el momento en que tienes que morir o hacer algo deshonroso..., bueno... Henry, no pienses en nada más que en lo que debe hacerse, porque son muchas las mujeres que tienen que hacerse fuertes ante tales cosas en estos tiempos, y el Señor se cuidará de todas nosotras... Hijo, no te olvides de los calcetines y de las camisas; te he puesto un tarro de mermelada de moras en el paquete, porque sé que es lo que más te gusta... Adiós, Henry, ten cuidado y sé un buen muchacho...
 Él, desde luego, se había impacientado ante ese discurso. No era exactamente lo que había esperado y lo había aguantado con aspecto irritado. Se marchó experimentando un cierto alivio.
 De todos modos, cuando había mirado hacia atrás desde la verja, había visto a su madre arrodillada entre las peladuras de patata. Su cara quemada por el sol, levantada, estaba llena de lágrimas y su delgado cuerpo estaba temblando. Él inclinó la cabeza y siguió adelante, sintiéndose de repente avergonzado de sus propósitos.
 Desde su casa había ido a la escuela para despedirse de sus muchos compañeros. Todos se habían agrupado a su alrededor con asombro y admiración. Entonces se había dado cuenta de la enorme diferencia que había entre ellos y se había sentido henchido de sereno orgullo. Él y algunos otros compañeros que también vestían el uniforme azul fueron completamente colmados de honores toda la tarde y esto había sido algo verdaderamente delicioso. Se habían pavoneado. [...]
 Durante el viaje a Washington, su exaltación había ido en aumento. El regimiento había sido recibido con cariño y alimentos en cada una de las estaciones, hasta que el muchacho había creído que era en realidad un héroe. Hubo derroche de pan y embutidos, café y pepinillos y queso. Y cuando se sintió acariciado por la sonrisa de las muchachas y abrazado y felicitado por los ancianos, había sentido crecer en su interior la fuerza necesaria para llevar a cabo grandes gestas guerreras.
 Después de jornadas complicadas y de muchas pausas, habían llegado los meses de vida monótona en el campamento. Había él tenido la convicción de que una verdadera guerra era una serie de batallas a muerte con muy poco tiempo intercalado para dormir y comer; pero desde que su regimiento había llegado al campamento, el ejército había hecho poco más que quedar acampado y tratar de mantenerse caliente.
 Entonces, poco a poco, volvió a su antiguo modo de pensar. Las luchas al estilo griego ya no existían. Los hombres eran mejores o más tímidos. La instrucción seglar y religiosa había borrado el instinto del hombre de lanzarse a la garganta de su vecino, o quizá una economía sólida mantenía fuertemente cogidas las riendas de las pasiones.
 Había llegado a considerarse a sí mismo solamente como parte de una amplia demostración en azul. Su obligación era cuidarse, tanto como le fuera posible, de su comodidad personal. Y para divertirse podía mover las manos y tratar de imaginar los pensamientos que debían agitar la mente de los generales. Había además prácticas y más prácticas, y revista, y otra vez prácticas y prácticas y revista.
 Los únicos enemigos que había visto eran algunas patrullas de reconocimiento a lo largo del río. Las componían un grupo de hombres bronceados, filosóficos, que a veces disparaban meditativamente a las patrullas azules. Si más tarde se les reprochaba esto, se mostraban generalmente pesarosos y juraban por lo más sagrado que las armas habían disparado sin su permiso. El muchacho, mientras estaba de guardia una noche, entabló conversación con uno de ellos a través del río. Este era un hombre algo áspero, que escupía hábilmente apuntando al espacio que había entre sus zapatos y que poseía grandes reservas de suave e infantil desenvoltura. Al muchacho, personalmente, le gustó.
 -Yanqui -le había dicho el otro-, eres un buen rapaz.
 Este sentimiento, que le llegó flotando sobre la quietud del aire, le había hecho lamentar la guerra por unos momentos.»

 

domingo, 23 de abril de 2017

"La cuarta dimensión. Hacia una geometría más real".- Rudy Rucker (1946)


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VI.- De qué estamos hechos

«Estamos acostumbrados a considerar que el mundo está constituido de porciones de materia que flotan en el espacio vacío. La materia es algo y el espacio no es nada. Pero, ¿es esto correcto en realidad? En el pasado, muchos pensadores importantes sostuvieron que el espacio comprendido entre los objetos visibles estaba ocupado por un material más sutil, una sustancia fluida y uniforme, el "plenum universal" o éter.
 En nuestros días no se habla mucho del éter. Pero en el siglo XIX el concepto era un lugar común, como "campo" lo es hoy. En su artículo sobre el éter para la novena edición de la Encyclopaedia Britannica, James Clerk Maxwell (1831-1879), fundador de la moderna teoría del electromagnetismo, escribió:
 "Cualesquiera que sean las dificultades que tengamos en formarnos una idea consistente de la constitución del éter, no cabe ninguna duda de que los espacios interplanetarios e interestelares no están vacíos, sino que están ocupados por una sustancia material o cuerpo, que es, sin duda, el cuerpo más grande y probablemente más uniforme del que tenemos conocimiento."
  Pero, ¿por qué preocuparse en llenar el espacio de éter? ¿Qué hay de malo en que el espacio sea un medio vacío en el cual se mueve la materia? Un problema que se plantea es que si el espacio está verdaderamente vacío, resulta difícil entender cómo se transmiten las fuerzas gravitacionales. Isaac Newton expuso su famosa ley de la gravedad como una descripción cuantitativa de la fuerza gravitacional, pero muy consciente de que carecía de un conocimiento de la manera en que estas fuerzas podían actuar en el espacio vacío. [...]
 Como veremos en seguida, la moderna teoría de la gravedad comprendida en la teoría general de la relatividad de Einstein utiliza una especie de "éter que llena el espacio" para explicar de qué modo los cuerpos afectados por la gravedad pueden influir los movimientos de objetos que se hallan lejos. Para Einstein, el éter continuo es simplemente espacio en sí y la flexión de este éter en dimensiones más altas es lo que produce la atracción gravitacional. Pero, me estoy adelantando.
 A finales del siglo XVIII, Thomas Young y Augustin Fresnel sostuvieron con éxito la teoría de que la luz es un tipo de movimiento ondulatorio y no un flujo continuo de partículas. Una serie de efectos ópticos, como la difracción y la polarización, parecían indicar que la luz debía ser una vibración en un medio fundamental. Se supuso que el espacio exterior estaba lleno de un "éter luminífero" que transmitía el movimiento ondulatorio que es la luz. En el transcurso del siglo XIX, este éter llegó a considerarse asimismo el transmisor de fuerzas magnéticas y eléctricas.
 En la actualidad, nos sentimos cómodos con la idea de la mecánica cuántica de que la luz es onda y partícula. Un fotón es un pequeño paquete ondulante, aunque sólido, y que puede zumbar a través del espacio vacío sin la ayuda de ninguna invisible jalea vibratoria. Sólo para comprender lo extraña que ha llegado a ser la noción de éter lumínico, tratemos de imaginar un salón del siglo XIX del que se hubiera extraído todo el éter lumínico. ¡Los mecheros de gas están prendidos, pero nadie puede verlos! Una fuente luminosa sin éter luminífero que transporte las vibraciones de la luz sería como una campana tañendo en silencio en un recinto en el que se hubiera hecho el vacío.
 La idea de una habitación vaciada de éter es, por supuesto, completamente irreal, ya que la mayoría de los teóricos del éter creían que la materia común ofrece una estructura abierta al éter. Según las propias palabras de Thomas Young, el éter podría pasar a través de los objetos sólidos, "como el viento a través de los árboles de un bosquecillo". Si éste es el caso, las paredes de ninguna sala podrían evitar que el éter penetrara en ella.
 La idea de un viento de éter que soplara a través de nuestro cuerpo resulta refrescante. A veces, de pie en la cima da una venteada colina, tengo la ilusión de que el aire sopla a través mío y aventa el polvo de mis moléculas. Si consideramos que el éter es lo mismo que el espacio, parecería que tuviera sentido pensar que el éter sopla a través nuestro al desplazarnos por el espacio.
 Pero, ¿tiene esto realmente sentido? Podemos, sin duda, movernos con relación a otros objetos, pero, ¿el espacio es la clase de cosa respecto a la cual puede uno desplazarse? La respuesta, por supuesto, es no. En algunas ocasiones, se oye decir que los físicos modernos han probado que no hay éter. Lo que significa esto en realidad es que los físicos modernos han probado que no tiene sentido hablar de movimiento relativo en un espacio vacío. ¿Y cómo sucedió esto?
 Hacia finales del siglo XIX, físicos y astrónomos se interesaron en determinar el movimiento absoluto de la Tierra. La idea predominante suponía que el espacio estaba lleno de éter estancado, inmóvil, de modo que, como nuestra Tierra y nuestro Sistema Solar y nuestra Galaxia, daban tumbos por ahí, nosotros debíamos sentir algún tipo de brisa de éter en nuestros rostros. La dirección en que la brisa se percibiría con mayor fuerza sería así la dirección en la que realmente nos desplazamos.
 "Sentir la brisa" es, por supuesto, una manera metafórica de hablar: la verdadera técnica experimental consistió en medir la velocidad de la luz en varias direcciones. [...]
 Se hicieron numerosos intentos para medir el movimiento de la Tierra a través del éter, el más famoso de los cuales fue el conocido experimento de Michelson-Morley de 1887. Los resultados indicaron que una señal luminosa viajaba siempre a la misma velocidad, con independencia de la dirección que siguiera. Buscar el viento de éter mediante la medición de las velocidades de los rayos de luz es como sacar una bandera de una nave espacial para ver en qué dirección nos movemos. No sucede nada: no hay aire en el espacio exterior y, por tanto, tampoco hay viento. [...]
 Pero la mayoría de los científicos comenzaron a sospechar que no hay, ni siquiera en principio, ninguna posibilidad de detectar un viento de éter. [...]
 La mayoría de nosotros sonreímos cuando oímos hablar del concepto de éter del siglo XIX, pero es importante darse cuenta que nosotros en tanto en cuanto consideramos el espacio como algo existente por derecho propio, también tenemos un concepto del éter. El espacio vacío es el éter, el éter es el espacio vacío.»

 

sábado, 22 de abril de 2017

"La novela de la Momia".- Théophile Gautier (1811-1872)


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III

«La música, que ya por sí sola hubiese podido formar un pequeño ejército, se componía de tambores, tamboriles, trompetas y sistros.
 Pasó el primer pelotón, tocando una estridente fanfarria de triunfo en sus cortos clarines de cobre brillantes como el oro. [...] El traje de aquellos trompetas consistía en una especie de túnica corta ceñida por un cinturón cuyas largas puntas colgaban por delante; [...] Los tambores, vestidos con una simple cota plisada y desnudos hasta la cintura [...] Después de los tambores venían los tañedores de sistro, que sacudían su instrumento con un gesto brusco y entrecortado [...] Los tamboriles llevaban su caja oblonga transversalmente ante sí, colgada al cuello en bandolera [...] Cada cuerpo de música no contaba menos de doscientos hombres, pero el huracán de ruido que producían clarines, tambores, sistros y tamboriles, y que hubiese hecho sangrar los oídos en el interior de un palacio, nada tenía de demasiado restallante ni de demasiado formidable bajo la vasta cúpula del cielo, en medio de aquel inmenso espacio, entre aquel pueblo zumbador y a la cabeza de aquel ejército que cansaría a los nomencladores, que avanzaba con el rugido de masas de agua.
 ¿Eran demasiado, además, ochocientos músicos para preceder a un Faraón amado de Amón-Ra, representado por colosos de basalto y granito de sesenta codos de altura, [...]?
 Tras la música llegaban los cautivos bárbaros, de porte extraño, de expresión bestial, de piel negra, de cabellera crespa, que se parecían tanto al mono como al hombre y vestidos con el traje de su país: una falda por encima de las caderas y sostenida por un único tirante, bordada con adornos de diversos colores.
 Una ingeniosa y antojadiza crueldad había presidido el encadenamiento de aquellos prisioneros. Unos iban atados a la espalda por los codos; otros, por las manos elevadas por encima de la cabeza, en la más violenta postura; quiénes llevaban las muñecas apresadas en cangas de madera, quiénes el cuello estrangulado en un dogal o en una cuerda que encadenaba a toda una fila, haciendo un nudo en cada víctima. Parecía que se hubiesen complacido en contrariar en lo posible las actitudes humanas, al agarrotar a aquellos desdichados que avanzaban ante su vencedor con un paso torpe y forzado, poniendo los ojos en blanco y entregándose a contorsiones arrancadas por el dolor.
 A su lado caminaban unos guardianes que regulaban su paso a bastonazos.
 Detrás venían mujeres curtidas, de largas trenzas colgantes, que llevaban a sus hijos en un jirón de tela anudada a la frente, avergonzadas, encorvadas, dejando ver su desnudez frágil y deforme, vil rebaño destinado a los usos más ínfimos.
 Otras, jóvenes y bellas, con la piel de un matiz menos intenso, con los brazos adornados por anchos círculos de marfil y las orejas alargadas por grandes discos de metal, se envolvían en largas túnicas de anchas mangas, rodeadas en el cuello por un ribete de bordados y que caía en pliegues finos y apretados hasta los tobillos, en los que tintinaban varios aros; pobres muchachas arrancadas de su patria, de sus padres, tal vez de sus amores; sonreían sin embargo a través de sus lágrimas, porque el poder de la belleza no conoce límites, la novedad hace nacer el capricho y tal vez a alguna de aquellas cautivas bárbaras le esperase el favor real en las secretas profundidades del gineceo.
 Unos soldados las acompañaban y las preservaban del contacto de la gente.
 A continuación venían los portaestandartes, alzando los mástiles dorados de sus enseñas que representaban baris místicas, gavilanes sagradas, cabezas de Hathor coronadas por plumas de avestruz, íbices alados, historiadas cartelas con el nombre del rey, cocodrilos y otros símbolos religiosos o guerreros. A aquellos estandartes iban anudadas largas colas blancas, oceladas de puntos negros, a las que hacía revolotear graciosamente el movimiento de la marcha.
 Ante el aspecto de los estandartes que anunciaba la venida del Faraón, las diputaciones de sacerdotes y notables tendieron hacia él sus manos suplicantes, o las dejaron colgar sobre sus rodillas, con las palmas vueltas hacia arriba. Algunos incluso se prosternaron con los codos apretados a lo largo del cuerpo, la frente en el polvo, con actitudes de sumisión absoluta y de adoración profunda; los espectadores agitaban en todos sentidos sus grandes palmas.
 Un heraldo o pregonero, que llevaba en la mano un rollo cubierto de signos jeroglíficos, se adelantó en solitario entre los portaestandartes y los pebeteros que precedían a la litera del rey.
 Proclamaba con voz fuerte, vibrante como una trompeta de bronce, las victorias del Faraón: decía la fortuna de los diversos combates, el número de cautivos y de carros de guerra quitados al enemigo, el monto del botín, las medidas de polvo de oro, los colmillos de elefante, la plumas de avestruz, las masas de goma odorífera, las jirafas, los leones, las panteras y otros raros animales; citaba el nombre de los jefes bárbaros muertos por los dardos o las flechas de Su Majestad, el Aroeris omnipotente, el favorito de los dioses. 
 A cada enunciación, el pueblo lanzaba un clamor inmenso, y desde lo alto de los taludes, arrojaba al paso del vencedor largas ramas verdes de palmera que agitaba.
 ¡Por fin apareció el Faraón!
 Unos sacerdotes, que se volvían a intervalos regulares, tendían hacia él sus amschirs tras arrojar incienso a los carbones encendidos en el pequeño cáliz de bronce [...].
 Doce oeris o jefes militares, con la cabeza cubierta por un ligero casco coronado por una pluma de avestruz, el torso desnudo y el talle ceñido en un taparrabo de pliegues tiesos, que llevaban ante sí la tarja colgada del cinturón, sostenían una especie de pavés sobre el que descansaba el trono del Faraón. [...]
 A ambos lados de la parihuela, cuatro flabelíferos agitaban, en la punta de unos mástiles, unos enormes abanicos dorados de plumas de forma semicircular; dos sacerdotes sostenían una gran cornucopia ricamente ornamentada, de la que caían en manojos gigantescas flores de loto.
 El Faraón se tocaba con un casco apuntado en forma de mitra, que recortaba mediante una muesca la curva de la oreja y caía hacia la nuca para protegerla. [...] Un ancho pectoral con siete vueltas de esmaltes, piedras preciosas y cuentas de oro desplegaba su curva sobre el pecho del Faraón y lanzaba vivos resplandores al sol.»

 

viernes, 21 de abril de 2017

"Introducción a la psicología".- George A. Miller (1920-2012)


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16.- Aguijones y guías

«Dijo una vez Emerson que el hombre es tan perezoso como se atreve a serlo. Es éste el tipo de error que cabe esperar de un puritano de Nueva Inglaterra. No es que no nos atrevamos a ser perezosos: lo que ocurre es que no queremos serlo. Si verdaderamente nos aplicáramos a ello, podríamos ser mucho más vagos de lo que en verdad somos.
 ¿Qué grado de ociosidad puede alcanzar el hombre? Los límites absolutos vienen impuestos, desde luego, por su propio organismo: como mínimo tendrá que obtener y consumir comida y bebida; de vez en cuando tendrá que apartarse de algún peligro; tendrá que depositar sus desperdicios a alguna distancia de su lugar de reposo; tendrá que cubrirse cuando haga demasiado frío y quitarse del sol cuando haga demasiado calor; y, aun cuando no sea vital para él en el mismo sentido, a buen seguro que comenzará un día a exhibirse para atraer la atención de una compañera. Pero en un ambiente amable, donde encuentre a mano lo necesario para la vida, estas exigencias mínimas de la biología sólo ocuparán una fracción de sus horas de vigilia. Juzgando por todo lo que cabría aprender en un texto de fisiología, el hombre podría atreverse a ser perezosísimo.
 En algunas tierras idílicas favorecidas por ventajas naturales en lo que se refiere a alimento y seguridad, la vida puede aproximarse mucho más a este mínimo biológico que en nuestra cultura. Pero incluso en su forma más sencilla la vida humana bulle a una temperatura varios grados por encima del letargo absoluto. Las dificultades comienzan cuando nos vemos mezclados con otra gente, con otros individuos, los cuales experimentan en el ocio tanto placer como nosotros. Tenemos que competir con ellos por la comida y la bebida. Asimismo, nos encontramos con que los demás se han apropiado ya de todos los sitios abrigados  y prendas de vestir apetecibles y que insisten, además, en que depositemos nuestros desperdicios lejos de sus lugares de reposo. Por añadidura, suelen tener opiniones firmes en relación con la debida forma de resolver estos problemas. Lo que resulta peligroso y exige verdadera osadía es ser más perezoso de lo que los vecinos de uno creen que debería tolerarse. En resumen, existen límites tanto sociales como biológicos en cuanto al grado de ociosidad que puede alcanzar un vago de siete suelas.
 Y aun cuando nos hemos adentrado en los confines de la conveniencia social, hay todavía otros aguijones que funcionan dentro de nosotros. Algo nos mantiene activos: la curiosidad, el juego, el humor, las fábulas, el aburrimiento. La mente es un órgano que no descansa. Hasta Emerson admitiría que el demonio encuentra trabajo para las manos ociosas.
 El estudio de la motivación es el estudio de todos esos impulsos y acicates -biológicos, sociales, psicológicos- que desafían nuestra pereza y nos mueven, de grado o por fuerza, a actuar. Los psicólogos hablan a veces como si el estudio de la motivación fuera su coto de caza particular; sin embargo, es un dominio mucho más extenso e indefinido que va desde la bioquímica en un extremo hasta la sociología, la economía y la antropología en el otro.  Participan en él muy diversos mecanismos y ninguna teoría unitaria dará jamás cuenta de todos ellos.
 Pero no siempre ha sido patente esta diversidad. La historia del tema ha sido una búsqueda pertinaz de un principio simple y soberano que explicara todo cuanto hacemos. El placer, el instinto, las facultades mentales, la volición, la pasión y la razón se hallan entre los candidatos propuestos para el título.
 A partir de Darwin el instinto se convirtió en la explicación favorita. Esta noción convenientemente vaga significaba que los hombres actúan como lo hacen porque han nacido así y porque no pueden evitarlo. En consecuencia, cuando la psicología trató, por primera vez, de hacerse científica, era lógico que intentara confeccionar un catálogo de todos los instintos con los que ha nacido el hombre.
 William James fue un catalogador sobremanera entusiasta. Mantuvo la opinión inusitada, pero interesante, de que los hombres nacen con muchos, muchísimos instintos, que se mantienen en actividad sólo durante el tiempo suficiente para establecer los hábitos necesarios y que luego, si el desarrollo se produce de manera natural, se esfuman tranquilamente. En 1890 mencionaba en su lista los siguientes:
 chupar, morder, masticar, lamer, gesticular, escupir, asir, señalar, llevarse a la boca, llorar, sonreír, volver la cabeza, levantar la cabeza, sentarse, ponerse de pie, andar a gatas, andar, trepar, vocalizar, imitar sonidos, imitar gestos, rivalidad, pugnacidad, ira, resentimiento, simpatía, cazar, miedo de los ruidos, miedo de las personas extrañas, miedo de los animales extraños, miedo de las cosas negras, miedo de los sitios altos, etc. atesorar, construir, jugar, curiosidad, sociabilidad, timidez, reserva, limpieza, modestia, vergüenza, amor, sexo, celos y amor paternal.
 Suponíase que todos esto instintos -y aún más- eran instintos humanos transitorios. Con tantas reacciones heredadas espoleándole, el niño tendría poco tiempo para holgar. "El reposo -dijo el amigo íntimo de James, el juez Oliver Wendell Homes, como si quisiera corregir a Emerson- no es el sino del hombre."
 Naturalmente, la lista de James no fue la última palabra. Cada nuevo autor proponía su propia versión. En 1908 una lista especialmente famosa confeccionada por William McDougall apareaba siete instintos humanos con sus emociones primarias correspondientes, de la siguiente manera:
 el instinto de volar y la emoción del miedo, el instinto de la repulsión y la emoción del asco, el instinto de la curiosidad y la emoción del asombro, el instinto de la pugnacidad y la emoción de la ira, el instinto de la autohumillación y la emoción de la sumisión, el instinto de la autoafirmación y la emoción del orgullo y el instinto de los cuidados paternales y la emoción de la ternura.
 Además de estos siete instintos, McDougall creía que había otros que no despertaban emociones tan específicas y bien definidas: la reproducción, el instinto gregario, la adquisición y la construcción. [...]
 En los años veinte los psicólogos norteamericanos se resolvieron  a tirar por la borda estas teorías demasiado exuberantes y empezar de nuevo. Gran parte de la conducta a la que se había denominado instintiva era, en realidad, adquirida por medio del aprendizaje.»

 

jueves, 20 de abril de 2017

"Imitación de Cristo".- Tomás de Kempis (1379-1471)

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 Segundo tratado
Capítulo X: Del agradecimiento por la gracia de Dios

 «¿Para qué buscar descanso, pues naciste para trabajo? Ponte a paciencia más que a consolación, a llevar cruz más que a tener alegría.
 Cierto no hay hombre en el mundo que no tomase muy de gana la consolación y alegría espiritual, si siempre la pudiese tener, porque las consolaciones espirituales exceden a todos los placeres del mundo y a los deleites de la carne, los cuales son torpes y vanos; mas los espirituales sólo son alegres y honestos, engendrados de las virtudes e infundidos de Dios en los corazones limpios.
 Mas no puede ninguno usar de contino de estas consolaciones divinas como quiere, porque el tiempo de la tentación pocas veces cesa.
 Muy contraria es a la soberana visitación la falsa libertad de ánima y la gran confianza de sí.
 Bien hace Dios dando la gracia de la consolación; mas el hombre hace mal no lo atribuyendo todo a Dios, haciéndole gracias.
 Y por esto no abundan en nos los dones de la gracia, porque somos ingratos al Hacedor y no lo atribuimos todo a la fuente original.
 Siempre se debe gracia al que dignamente es agradecido y es quitado al soberbio lo que se suele dar al humilde.
 No quiero consolación que me quite la compunción y conocimiento de mí mismo, ni deseo contemplación que me lleve en soberbia.
 Por cierto, no es santo todo lo alto; ni todo deseo, puro; ni todo lo dulce, bueno; ni todo lo que amamos, agradable a Dios.
 De grado acepto yo la gracia que me haga más humilde y temeroso y me disponga más a renunciarme a mí.
 El enseñado con el don de la gracia y avisado con el azote de haberla perdido no osará atribuirse a sí bien alguno; mas antes confesará ser pobre y desnudo.
 Da a Dios lo que es de Dios y atribuye a ti lo que es tuyo; esto es, da gracias a Dios por la gracia y a ti sólo atribuye la culpa y conoce serte debida por la culpa dignamente la pena.
 Ponte siempre en lo más bajo y darte han lo alto, porque no está lo muy alto sin lo hondo.
 Los grandes santos cerca de Dios son pequeños cerca de sí, y cuanto más gloriosos, tanto en sí más humildes, llenos de verdad y de gloria celestial; y no son codiciosos de gloria vana: fundados y confirmados en Dios, en ninguna manera pueden ser soberbios.
 Y los que atribuyen a Dios todo cuanto bien reciben, no buscan ser loados unos de otros, mas buscan la gloria que de sólo Dios viene y codician que sea Dios glorificado sobre todos en sí mismos y en todos los santos, y siempre tiene esto por fin.
 Pues, hermano, sé agradecido en lo poco y serás digno de recibir mayores cosas.
 Ten en  muy mucho lo poco y lo más despreciado por singular don porque si se mira a la dignidad del dador, ningún don te parecerá pequeño.
 Por cierto, no es poco lo que el soberano Dios da.
 Y aunque dé penas y azotes, se lo debemos agradecer; que siempre es para nuestra salud todo lo que permite que nos venga.
 El que desea guardar la gracia de Dios, agradézcale la gracia que le ha dado y sufra con paciencia cuando le fuere quitada.
 Haga oración continua para que le sea tornada, y sea cauto, prudente y humilde porque no la pierda.

Capítulo XI: De cuán pocos son los que aman la cruz de Cristo
 
 Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, mas muy poquitos que llevan su cruz.
 Tiene muchos que desean la consolación, y muy pocos que quieran la tribulación.
 Muchos compañeros para la mesa, y pocos para la abstinencia.
 Todos quieren gozar con Cristo, mas pocos quieren sufrir algo por Él.
 Muchos siguen a Jesús hasta el partir del pan, mas pocos a beber el cáliz de la Pasión.
 Muchos honran sus milagros, mas pocos siguen el vituperio de la cruz.
 Muchos aman a Jesús cuando no hay adversidades.
 Muchos le alaban y bendicen en el tiempo que reciben de Él consolaciones; mas si Jesús se escondiese y los dejase un poco, luego se quejarían o desesperarían.
 Mas los que aman a Jesús por el mismo Jesús y no por su propia consolación, bendícenlo en la tribulación y angustia tan bien como en la consolación.
 Y si nunca les quisiese dar consolación, siempre lo alabarían y harían gracias.
 ¡Oh, cuánto puede el amor puro de Jesús, sin mezcla de amor propio!
 Muy claro está que se pueden llamar propiamente mercenarios los que siempre buscan consolaciones.
 Ciertamente, más se aman a sí mismos que a Cristo los que de contino piensan en sus ganancias y provechos.
 ¿Dónde se hallará uno que sea tal que quiera servir a Dios de balde?
 Pocas veces se halla alguno tan espiritual que esté desnudo de todas las cosas.»
 

miércoles, 19 de abril de 2017

"Leyendas de la Tierra".- Dorothy Vitaliano (1916-2008)

 
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 IV.- Folklore sobre la forma de la tierra

 «A diferencia de las tectitas que, a pesar del interés que revisten desde el punto de vista científico, no tienen un valor económico, excepto como curiosidad  o piezas de museo, los depósitos de minerales reúnen un gran interés práctico. Sus orígenes han preocupado desde la antigüedad. La tribu de Ngadjuri, del sur de Australia, describe en un relato cómo se formaron dos depósitos de pigmentos naturales que ellos utilizan para pintarse cuando practican sus ritos. Desde algún lugar del norte llegó una anciana con dos perros salvajes, uno rojo y otro negro. La anciana era caníbal y los perros mataban gente para ella y compartían el festín, de modo que los pobladores abandonaban frecuentemente los terrenos en los que acampaban para así apartarse de su camino. Sin embargo, cuando se supo que se aproximaba a uno de sus campamentos más grandes, la gente decidió, en lugar de huir, matar al salvaje trío. Dos hermanos fueron elegidos para realizar la tarea y, armados de sus bumeráns, se dispusieron a hacerles frente. Uno de los jóvenes se escondió en un árbol y llamó a los perros para atraer su atención. El perro rojo lo divisó y se lanzó sobre el árbol, mientras el otro hermano salía de su escondrijo, detrás de un arbusto, y arrojaba el bumerán con tal habilidad que cortó al perro en dos. De nuevo, el joven que trepó al árbol llamó la atención del perro negro y éste corrió la misma suerte. Después, los hermanos mataron a la mujer caníbal y así concluyó aquella terrible amenaza. En el lugar en el que se derramó la sangre del perro rojo se formó un depósito de ocre de este color y donde se esparció la del perro negro, uno de ocre negro. (El ocre rojo es una forma impura, en polvo, del mineral de óxido de hierro, hematita; el negro, es una mezcla impura de óxido de manganeso y otros óxidos.)
 El descubrimiento de oro o plata es, en sí mismo, un acontecimiento fascinante. En nuestra memoria surgen historias que, frecuentemente, constituyen más bien folklore que realidad, acerca de depósitos particulares. Se supone que el descubrimiento de plata en Tonopah, en Nevada, en 1902, se debe a un mono del que se dice que pateó un trozo del metal, llamando así la atención de su amo, el buscador de yacimientos Jim Butler.
 Cuando los inicios de una empresa minera se pierden en las brumas del tiempo, las circunstancias que motivaron su descubrimiento adquieren visos de leyenda. Tal es la historia de Banská Stiavnica, una vieja ciudad minera de Eslovaquia que, según Tácito, producía oro y plata desde el siglo I a.C. (El oro y la plata hace mucho que ya no existen, pero el depósito de Banská Stiavnica aún contiene plomo, zinc y cobre.) De acuerdo con la leyenda, un hombre poseía dos salamandras, una de las cuales tenía la habilidad de oler el oro, y la otra la plata. Lo único que el hombre tenía que hacer era soltarlas, seguirlas a donde le condujeran y, si había oro o plata en el suelo, le indicaban dónde era preciso cavar. Estas salamandras, por tanto, le señalaron el lugar en el que se encontraba el mineral en Banská Stiavnica. La leyenda está tan firmemente unida a este depósito que el emblema del lugar presenta dos salamandras, y las procesiones festivas hasta allí están dirigidas por un hombre que lleva una figura exageradamente grande de una salamandra. No se sabe si alguna salamandra tuvo algo que ver con este descubrimiento... Cabe considerar que, quizás, alguien vio desaparecer una salamandra por un orificio, o debajo de una roca -lo que es completamente natural en el caso de una criatura que se sobresalta tan fácilmente- y puesto que desde siempre se ha atribuido a las salamandras un increíble poder mágico (incluida la habilidad de vivir en las llamas), se habría sentido impulsado a investigar y... ¡eureka!
 Retrocediendo un poco más en el tiempo, llegamos hasta el Jasón de la mitología clásica, cuya principal aventura, el apoderarse del Vellocino de Oro, presenta matices geológicos. Jasón, hijo de un rey de Tesalia, fue con sus acompañantes los Argonautas a capturar el Vellocino de Oro que se hallaba en un huerto sagrado en el reino de Cólquide, en Fasis (mar Negro), donde lo custodiaba un dragón que nunca dormía. Ayudado por la hechicera Medea, princesa de Cólquide, Jasón realizó hechos prodigiosos y finalmente consiguió apoderarse del Vellocino de Oro y escapar con él, llevando consigo, de regreso a Tesalia, a Medea. Una antigua interpretación de este mito indica que la expedición de los Argonautas era semi-pirata y que el Vellocino de Oro representa el botín que obtuvieron. Una posibilidad más interesante, desde el punto de vista geológico, ha sido expuesta por T.A. Rickard. En su opinión, Jasón es el antecesor espiritual de los Forty-Niners de California, los Sourdoughs del Klondike y todos los buscadores de oro de todos los tiempos. Parece que existía una tribu, llamada Tibareni, en la antigua Cólquide, que practicaba una técnica de búsqueda consistente en lavar mediante una corriente de agua los yacimientos que contenían oro, dejando correr el agua sobre pieles de oveja que retenían las auríferas partículas. Después de sacudir las escamas gruesas y las pepitas, colgaban los vellones en los árboles para que se secaran y, luego, los golpeaban para extraer el polvo de oro más fino. Fue el rumor acerca de estos "vellones de oro" lo que impulsó a Jasón a emprender su expedición a Cólquide. En esta explicación, dice Rickard, también se encuentra implícito el moderno método de flotación, según el cual el aceite natural de los vellones coge y retiene las partículas metálicas.
 El nombre de un pequeño yacimiento minero, hoy desaparecido, en la Paradise Range (Cordillera del Paraíso) de Nevada es Pactolus. Nunca se materializaron las esperanzas de encontrar oro allí. El nombre se debe a alguien que, sin duda, recibió una educación clásica. El río Pactolus, en Lidia, Asia Menor, era una fuente de aluvión aurífero en la antigüedad. La explicación geológica de cómo llegó allí el oro es prosaica si la comparamos con el mito que inspiró el nombre del yacimiento de Nevada.»

 

martes, 18 de abril de 2017

"La colina de Watership".- Richard Adams (1920)

 
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19.- Miedo en la oscuridad

«Sin duda, los agujeros eran toscos. -"Lo más apropiado para un grupo de vagabundos como nosotros", dijo Pelucón-, pero los que están exhaustos y aquellos que vagan por un territorio extraño no son escrupulosos respecto a su vivienda. Por lo menos había sitio para doce conejos y las conejeras estaban secas. Dos de las galerías -las que estaban entre los espinos- conducían directamente a agujeros excavados en la parte superior del subsuelo de greda. Los conejos no forran los lugares donde duermen y un suelo demasiado duro, casi rocoso, resulta muy incómodo para los que no están acostumbrados. No obstante, los agujeros del declive tenían galerías en la habitual forma de arco que bajaban a la greda y luego volvían a curvarse hacia arriba para acceder a conejeras con suelos de tierra batida. No había pasajes de comunicación, pero los conejos estaban demasiado cansados para preocuparse por eso. Durmieron cuatro en cada conejera, abrigados y seguros. Avellano permaneció despierto un buen rato, lamiendo la pata de Espino Cerval, que estaba rígida y sensible. Le tranquilizó descubrir que no había olor a infección, pero las cosas que había oído sobre las ratas le impulsaron a cuidar de que Espino Cerval hiciera mucho reposo y se mantuviera alejado de la suciedad hasta que la herida hubiese mejorado. "Es el tercero que se hace daño: no obstante, en conjunto, las cosas podrían haber ido mucho peor", pensó, adormeciéndose.
 La breve oscuridad de junio se escurrió en pocas horas. La luz volvió pronto a la alta colina, pero los conejos no se movieron. Siguieron durmiendo hasta mucho después del amanecer, en medio del silencio más profundo que habían conocido en su vida. Hoy en día, el nivel de ruido en campos y bosques es elevado, excesivo para ser tolerado por algunas especies de animales. Pocos lugares escapan al estrépito de la vida de los humanos: coches, autobuses, motocicletas, tractores, camiones. El ruido de una urbanización por la mañana puede oírse a gran distancia. La gente que graba el canto de los pájaros suele hacerlo muy temprano -antes de las seis-, siempre que puede. Pocos después, la invasión de ruidos lejanos en los bosques se torna demasiado alta y constante. Durante los últimos cincuenta años el silencio ha desaparecido en buena parte del mundo natural. Pero allí, a la colina de Watership, sólo llegaban débiles ecos de los ruidos de la llanura.
 El sol ya estaba alto, aunque no tanto como la colina, cuando Avellano despertó. Con él se encontraban en la conejera Espino Cerval, Quinto y Puchero. Era él el que estaba más cerca de la entrada y no los despertó cuando se deslizó hacia el corredor. Cuando salió al exterior se detuvo para hacer hraka y luego fue dando saltitos a través de los espinos hasta la hierba. Abajo, el campo aparecía cubierto de niebla temprana que ya empezaba a dispersarse. Aquí y allá, en la lejanía, se distinguían las formas de árboles y tejados de los que pendían jirones de niebla como olas que rompieran contra las rocas. No había nubes en el cielo y su azul intenso se tornaba en malva en la franja del horizonte. El viento había remitido y las arañas se habían escondido bajo la hierba. Sería un día muy caluroso.
 Avellano erró de un lado a otro como suelen hacer los conejos cuando comen: cinco o seis brincos lentos y oscilantes por la hierba; una pausa para mirar a su alrededor, sentados con las orejas tiesas: luego mordisquean otro rato y saltan de nuevo unos metros. Por primera vez en muchos días se sentía relajado y seguro. Empezó a preguntarse si habría muchas cosas que aprender sobre su nuevo hogar.
 "Quinto tenía razón -pensó. Éste es el lugar que nos conviene. Pero debemos acostumbrarnos a él y cuantos menos errores cometamos, mejor. Me pregunto qué fue de los conejos que hicieron estos agujeros. ¿Dejaron de correr o se limitaron a mudarse? Si pudiéramos encontrarlos, podrían contarnos muchas cosas."
 En ese momento vio a un conejo salir indeciso del agujero más apartado. Era Zarzamora. Él también hizo hraka, se rascó y entonces salió a plena luz y se peinó las orejas. Cuando empezó a comer, Avellano le alcanzó y siguió a su lado, mordisqueando las matas de hierba y yendo adonde se le antojaba a su amigo. Encontraron una mata de polígala -de un azul tan intenso como el del cielo-, con largos tallos que se arrastraban entre la hierba y unas flores diminutas que extendían sus pétalos como alas. Zarzamora la olió, pero las hojas eran ásperas y nada apetitosas.
 -¿Qué es esto? ¿Lo sabes? -preguntó.
 -No, no lo sé -dijo Avellano-. Nunca lo había visto.
 -Hay muchas cosas que no sabemos -dijo Zarzamora-. Acerca de este lugar, quiero decir: las plantas son nuevas, los olores son nuevos. También nosotros necesitamos ideas nuevas.
 -Bueno, tú eres el tipo de las ideas -observó Avellano-. Nunca sé nada hasta que tú me lo dices.
 -Pero tú vas al frente y arrostras los peligros antes que nadie -contestó Zarzamora-. Todos lo hemos visto. Y ahora nuestro viaje ha terminado, ¿verdad? Este lugar es tan seguro como vaticinó Quinto. Nada puede acercarse a nosotros sin que lo sepamos: es decir, mientras podamos olerlo, verlo y oírlo.
 -Todos podemos hacer eso.
 -Menos cuando dormimos: y no podemos ver en la oscuridad.
 -Pero la noche es oscura -dijo Avellano- y los conejos tienen que dormir.
 -¿A la intemperie?
 -Bueno, podemos seguir utilizando estos agujeros, si queremos, pero supongo que muchos se acostarán al aire libre. Después de todo, no puedes esperar que un grupo de conejos machos se ponga a cavar. Tal vez escarben un poco, como aquel día que cruzamos el berzal, pero nada más.
 -Eso es lo que estaba pensando -dijo Zarzamora-. Esos conejos que hemos dejado, Prímula y el resto, hacían muchas cosas que no eran naturales en los conejos, como clavar piedras en la tierra y llevarse comida bajo tierra y Frith sabe qué más.
 -Bien pensado, al Threarah le llevaban la lechuga bajo tierra.
 -Exactamente. ¿No lo entiendes? Cambiaban lo que los conejos hacen de modo natural porque pensaban que podían mejorar. Y si ellos cambiaban sus costumbres, también podemos hacerlo nosotros, si queremos. Dices que los conejos machos no cavan. Y es verdad. Pero podrían cavar si quisieran. Supón que tuviéramos madrigueras profundas y cómodas para dormir. Para protegernos del mal tiempo y estar a cubierto por la noche. Entonces sí que estaríamos seguros. Y no hay nada que nos impida tenerlas, excepto que los machos no quieren cavar. No es que no puedan, es que no quieren.
 -¿Qué piensas, entonces? -preguntó Avellano, interesado y reacio al mismo tiempo-. ¿Quieres que intentemos convertir estos agujeros en una buena madriguera?»