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sábado, 19 de junio de 2021

Dos viajes al Monte Athos.- Nikolái Strájov (1828-1896) y otros


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Viaje al Monte Athos

II

  «¿Adónde hacer un viaje? ¿Para qué hacer un viaje? Si nos planteamos estas preguntas con seriedad, no es sencillo darles respuesta. Salvar el alma es necesario y es posible en cualquier lugar: uno no puede escapar a su alma. En cualquier lugar hay gente y siempre están frente a nosotros la tierra y el cielo, los elementos de la naturaleza y de la vida humana… ¡Dichoso aquél que vive en paz con los elementos que lo rodean, que no se siente atraído por lo lejano, que extrae su alimento espiritual de la tierra que le es cercana y familiar! Para dichas personas el viaje no tiene mayor interés; viajar nunca será para ellas nada más que un entretenimiento, “un gusto”. Así se pasean por el planeta entero los ingleses, llevando en el pecho su Inglaterra natal y mirando al resto del mundo con indiferencia y desprecio. Les resulta muy difícil entender y entienden muy poco la vida de los otros, lo que no les impide disfrutar de buena salud espiritual.
 Para nosotros los rusos, ya se sabe, las cosas son distintas. A nosotros nos gusta ensanchar nuestros horizontes: no se nos dificulta ahondar en la vida de los demás, nos entregamos con facilidad a las ideas ajenas, aunque sabemos que muchas veces con eso estropeamos nuestra actividad espiritual. Si fuéramos un poco más serios debería aterrarnos la ausencia de lazos sólidos con toda vida –la propia y la ajena-, una ausencia con la que nos tropezamos a cada paso. Todo lo entendemos, todo nos llama la atención, pero no nos dedicamos a nada con seriedad ni tenemos verdadero interés por nada que no sea, si acaso, nuestras pequeñas veleidades y comodidades. A consecuencia de un largo errar intelectual por las distintas épocas de la historia y los distintos pueblos del planeta, el ruso culto a menudo se parece –por su forma espiritual de ser- a un gastado anciano que, sin habérselo propuesto, por fin alcanzó ese grado de comprensión abstracta en el que todas las cosas son iguales y ya nada es novedoso ni excitante, en el que todo confluye en el monótono caudal de la eternidad.
 Sea como fuere, creo que en vez de jactarme frente al lector debería reconocerme culpable, y explicarle que una de las razones de mi viaje a Tsargrad* y al Monte Athos fue, sin más rodeos, la lujuria de la vista. Tenía dos meses libres y quise ver algo nuevo, ver con mis propios ojos algún espectáculo magnífico que no se pareciera a nada de lo que había visto hasta entonces y darle a mi alma la oportunidad de atisbar alguna vida humana que no se ciñera a los principios que nosotros acatamos. Europa no me atraía, a pesar de que mis viajes a París nunca duraron más de diez días y a que todavía no he tenido la oportunidad de visitar Londres. Europa puede ser vista aquí, en Petersburgo; su vida, sus costumbres y sus preferencias nos llegan en amplias oleadas a través de la “ventana abierta” y se instalan entre nosotros con una propiedad abrumadora. Incluso hablamos en francés, aun cuando los refinados occidentalistas, como Turguéniev, comenten que el francés de Petersburgo es desagradable si se le compara con el encanto del francés auténtico. Pero no todo el mundo es tan sutil; para el ojo ordinario nuestro Petersburgo es una ciudad absolutamente europea. No sólo las calles, las casas y las tiendas están hechas a la manera europea, también los libros, los cuadros, las cocottes, los principios, los modales y los gustos –todo nos llega de Occidente y se enseñorea de nuestra vida. Petersburgo ha sido y sigue siendo una ciudad de gala; es como la habitación elegante de una casa, aquella donde se recibe a los huéspedes. Sin embargo, bajo su aspecto reluciente y lejos de los lugares principales, al ojo experimentado no le cuesta vislumbrar la dejadez, la mugre, el desorden… En una palabra, la entrañable negligencia de la vida rusa. En medio del bullicio y de los eufónicos murmullos que reinan en la capital, un oído con experiencia puede detectar sonidos puramente animales e incluso, a menudo, una grosería genuinamente tártara. Y mejor ni mencionar el grandioso espíritu que muchos atribuyen en exclusiva a Moscú y a la provincia y que, sin embargo, también está presente en Petersburgo aunque de manera más silenciosa y menos visible que en otros lados. Pese a todo, el elemento europeo en sus rasgos más importantes y más significativos es tan fuerte aquí que no hace falta viajar a Londres para conocer de cerca los principios en los que se basa la vida de los pueblos ilustrados. Con todo, nosotros los rusos, vamos mucho a Europa pero más que nada para vivir allá y para pasear, no para aprender.
 ¿Dónde buscar, pues, otra vida? Los usos y las costumbres europeas se han diseminado por todo el planeta. En todos lados el poder y el movimiento, el crecimiento y la fuerza pertenecen a Europa y cualquier otra vida carece de desarrollo y porvenir. Cientos de millones de personas que aún no se asimilan a los europeos constituyen la población que sirve, que trabaja, que tributa, que no puede soñar ni con una independencia política, ni con una cultura particular, ni con tener una participación mínima en la historia de la humanidad. El campo de acción de la historia está, no cabe duda, en manos de Europa y nada hace pensar que pueda transferirse a alguien más.
 Y así, es difícil alejarse de Europa. ¿Quién puede querer visitar Egipto? Tendría que viajar Nilo arriba en un barco francés, hospedarse en El Cairo en el “Hotel Europa” y por las noches ir al teatro a oír ópera italiana. Es decir, vivir en otro punto del planeta pero a la usanza europea, con los restos de una antigua civilización como telón de fondo, pero sin hallar formas o movimientos en los que se manifieste la fuerza y la creatividad de ese pueblo único, de esa historia única. ¡No tiene ningún interés!
 Pero, ¿acaso no ocurre en el mundo entero lo mismo que en Egipto? El mundo entero está sembrado de ruinas y de civilizaciones antiguas; en el mundo entero la población aborigen se ha visto privada de un eje y de un movimiento propio y ha sido relegada a un segundo plano, mientras en primer plano vive y se mueve esa Europa de la que también aquí, en Petersburgo, podemos encontrar excelentes ejemplos. Un solo país, según dicen, ha conservado hasta hoy su vida de antaño y aún puede albergarla la esperanza de desarrollarla en el futuro. Se trata de la India, cuna de la religión más extendida, de la filosofía más abstracta y de las matemáticas. No hace mucho que uno de nuestros senadores hizo un viaje a la India, así, por dar un paseo durante el tiempo que sus ocupaciones le dejaban libre. ¡Imposible no alabarlo por su audacia! ¡Imposible, también, no envidiarlo! Pero no se puede negar que, para dar un paseo, la India queda bastante lejos y resulta bastante caro; además, si uno tiene la intención de callejear por allí ha de prepararse de antemano para que el viaje sea verdaderamente interesante. Entre tanto, aquí cerca, al lado, hay países que, sin lugar a dudas, también se revelan muy atractivos. En Constantinopla aún reina el Asia más terrible, al última forma majestuosa de la vida oriental; gracias a los esfuerzos de Europa, en el propio continente europeo todavía se conserva el que alguna vez fuera el temible imperio de los turcos.
 “Aun si no consigo entender muchas cosas de esa vida que me es ajena –pensé- sí podré, seguramente, ver ese lugar incomparable y admirar ese paisaje que no tiene igual en el mundo entero. Y además visitaré Santa Sofía, un templo con cuya belleza, a decir de muchos, nada puede compararse”.
Resultado de imagen de nikolai strajov Y de ahí ya no está lejos otro lugar que, según tengo entendido, es más interesante todavía;  un lugar que quizá sólo frente a la India podría palidecer. Se trata del Monte Athos, una pequeña península en el mar Egeo, habitada por monjes. Allí se ha conservado hasta nuestros días –y aún florece intacta- una vida muy peculiar que comenzó con los primeros siglos del Cristianismo y que hace casi mil años se consolidó definitivamente. Estos religiosos han mostrado, como si de un inmenso ejemplo histórico se tratara, la auténtica naturaleza del monacato. Es decir, son creyentes que han renunciado voluntaria e irrevocablemente al mundo y viven ajenos a cualquier asunto terrenal. Así lo entendieron los feroces turcos y los dejaron en paz. De modo que esas personas que de buen grado se privaron de todos los bienes terrenales, conservaron a lo largo de muchos desastrosos siglos el mayor bien: la independencia y una peculiar forma de vida. Su propósito era claro desde el principio y los medios para conseguirlo se definieron de una vez y para siempre; por eso a ellos no les hacía falta ningún cambio y no tuvieron progreso ni historia. Según testimonio de los investigadores, el Monte Athos es un auténtico remanente vivo de la más remota antigüedad y, en ese sentido, un lugar único en su especie, un lugar como no hay otro en ningún país del mundo habitado.
 Recordemos además qué espíritu habita allí: el de nuestra devoción ortodoxa. En el Monte Athos se encuentra una de las encarnaciones más puras  de ese principio vivificador que conforma la verdadera alma del pueblo ruso. El Monte Athos es la escuela de la santidad y su campo de acción, y no olvidemos que el hombre santo es el mayor ideal de los rusos, desde el campesinado analfabeto hasta Lev Tolstói.
 He aquí, lector, una breve explicación de por qué yo, pecador, quise visitar el Monte Athos.

III

 En 1881, el 16 de agosto cayó en domingo y a las nueve de la mañana tomé el barco que cada domingo zarpa de Sebastopol y va directamente a Constantinopla. La nave iba vacía; no había sino dos rusos, marido y mujer, y un inglés… pero, ¿dónde se ha visto un mar sin ingleses? De pronto sentí que en mi proceder había algo extraño. ¿Por qué iba a donde nadie va?
 Por lo general, Constantinopla está tan lejos de nuestros pensamientos que a veces tenemos la impresión de que se encuentra a más distancia que París, Londres o Roma. Pero en realidad está al lado. Es más sencillo y menos costoso viajar de Sebastopol o de Odesa a Constantinopla que de Petersburgo a Moscú. El lunes, hacia el mediodía, entramos en el Bósforo y, por supuesto, todo el mundo se lanzó a la cubierta. Desgraciadamente el día estaba nublado y el magnífico paisaje deslucía. Además, al observar con detenimiento las suntuosas construcciones que tan pintorescamente se recortan sobre el verde fondo de la elevada orilla, percibí cierta carencia en aquella suntuosidad. Tanto en las dimensiones de cada uno de los pisos, como en los muros que son tres veces más estrechos que las propias ventanas, se revelaba una extraña ligereza. “¡Parecen casitas de cartón!”, le dije al inglés. Más tarde me convencí de que así está construida toda Constantinopla. Delgadas paredes levantadas con tablones de madera colocados en forma de cruz y los espacios vacíos rellenos con ligeros ladrillos… La impresión arquitectónica que produce una gran cantidad de esas casas es lamentable.
 Al entrar en el Cuerno de Oro nos estaba esperando otra desilusión. En Constantinopla no existen los muelles ni los desembarcaderos. Los barcos, como si de un país desierto se tratara, sueltan el ancla en medio del golfo y la orilla sólo puede alcanzarse en lancha. Pero fuimos recibidos con gran cordialidad.»
   
    * Constantinopla.

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2007, en traducción de Selma Ancira, pp. 100-108. ISBN: 978-84-96489-74-5.]

viernes, 28 de mayo de 2021

El rey, el sabio y el bufón.- Shafique Keshavjee (1955)


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Sprint final


 «Pero una decisión inesperada sorprendió a todo el mundo. El moderador anunció una última prueba, para la que ninguno había podido prepararse:
 -Señoras y señores, hemos llegado casi al final de nuestro torneo. Dentro de poco el jurado deberá pronunciarse y concederemos las medallas a la Sabiduría y a la Verdad. Pero antes de darles la palabra, propongo a nuestros valerosos competidores una última prueba. De acuerdo con el Rey, esto es lo que les pido: que cada uno sintetice en dos palabras y un minuto lo esencial de sus convicciones. Será un sprint final, los cien metros y estoy persuadido de que nos ayudará a todos, y al jurado en especial, a completar nuestra opinión.
 Un rumor de estupefacción y excitación se extendió por la sala.
 -No he terminado –continuó el Sabio-. Queda excluido que una de esas dos palabras sea el nombre de la divinidad o de la Realidad última de las diferentes religiones. Todos hemos comprendido bien que Alá, Brahma, el tetragrama YHWH, la Tri-unidad y Buda eran los centros respectivos de cada una de las tradiciones religiosas que nos han presentado. O sea que, en dos palabras, tendrán que enunciar la esencia de lo Esencial, lo que cada uno deberá recordar de su percepción. El orden de presentación será invertido con relación al de las pruebas. Por lo tanto, le doy la palabra en primer lugar al doctor Clément.
 Molesto, éste pidió para todos un tiempo de reflexión de cinco minutos, petición que fue aceptada por el Sabio. Un silencio total se instaló poco a poco en el claustro. El Rey apreció en especial ese tiempo de concentración y mucho después del final del Torneo gustaba recordarlo con emoción.
 -Doctor Clément, le doy la palabra.
 Éste se puso de pie y dijo con firmeza:
 -Gracia y solidaridad. Estos son los dos pulmones de la fe cristiana. Hubiera podido reunir todo en una sola palabra, “amor”, pero ha sido utilizada en exceso como para maravillarnos todavía. La gracia es Dios que se inclina favorablemente hacia nosotros para arrastrarnos a todos en su alegría. La solidaridad, es Dios que se alía definitivamente con la humanidad y la creación para suscitar relaciones de justicia y ternura. Según los cristianos, la gracia culminó en Jesucristo, que se solidarizó con nosotros hasta en la muerte y la redujo a la nada con su resurrección. Desde entonces nos corresponde, en tanto que personas y comunidades, dejar que el Espíritu de Cristo brille entre nosotros, para que esta gracia y esta solidaridad se hagan visibles y reales para todos.
 El cristiano se sentó entre los aplausos del público.
 -Rabino Halévy, por favor.
 -La santidad y la fidelidad son dos de los atributos más importantes en el seno del judaísmo. “Sed santos, porque yo el Señor, vuestro Dios, soy santo”, está escrito en la Torá (Levítico 19,2). Sólo Dios es santo y es incomparable. Separado de lo creado y diferente de todo lo que conocemos, nos llama a establecer relaciones nuevas con él y con nuestro entorno. Santificamos su nombre y nuestras existencias con comportamientos que tienen la huella del amor, la justicia y la fidelidad. Puesto que Dios es fiel a sus promesas y a su pueblo nosotros también podemos expresar fidelidad en nuestras diferentes relaciones.
 El rabino miró furtivamente hacia Amina y se sintió turbado por la mirada abierta y sonriente de la joven.
 -Su turno, señor imán.
 -En el Corán, la misericordia y la sumisión son dos realidades fundamentales. Alá es el Misericordioso. Él ha creado el universo y enviado a sus profetas. A los hombres divididos y rebeldes les reveló su unidad y su justicia, su belleza y su poder. Por la sumisión –islam-, es decir, mediante la restitución amorosa de nuestras vidas individuales y sociales a Dios, el mundo puede reencontrar su identidad verdadera y original.
 Cuando Ali ben Ahmed volvió a sentarse con la ayuda de su hija, los aplausos fueron aún más intensos que para los participantes anteriores. Ese hombre ciego y humilde había logrado ser especialmente querido por el público. ¿Era a causa de su ceguera? ¿O por la ausencia de cualquier forma de arrogancia en sus palabras? ¿O porque Amina era tan discreta y hermosa a su lado? Todavía hoy se discute sobre esto en el reino.
 -Swami Krisnananda, por favor.
 -Libertad e inmortalidad constituyen la esencia del hinduismo. En nuestro mundo desgarrado y escindido entre el bien y el mal, la salud y la enfermedad, el amor y el odio, la vida y la muerte, nuestra aspiración profunda es la libertad. Con la meditación cada uno puede descubrir su Sí mismo verdadero, libre de todas las esclavitudes y más allá de todos los determinismos. Ahora bien, ese Sí mismo, unificado y aun idéntico a la Realidad suprema, es inmortal. Por la experiencia es posible ser liberado de la muerte en todas sus formas y acceder a lo Inmortal en nosotros.
  -Gracias. Usted, maestro Rahula.
 -Según las enseñanzas de Buda, el desprendimiento y la compasión es lo que más necesitan los humanos. Por ignorancia y codicia, sufrimos porque nos aferramos a lo que no tiene consistencia. Cuando comprendemos la vacuidad del mundo exterior e interior, entonces nos desprendemos de él. Lejos de volvernos insensibles a los sufrimientos de los otros, percibimos sus causas con mayor claridad. Por compasión, tratamos de enseñar el camino de la liberación a todos los seres, hasta que el sufrimiento se desvanezca por completo.
 Después de los aplausos, el moderador le pidió a Alain Tannier que hablara.
Resultado de imagen de el rey el sabio y el bufon -Como ateo sólo puedo hablar en mi nombre. Complejidad y humanidad son las dos palabras que me vienen a la mente. Una ley de la complejidad puede ser descifrada en la tortuosa evolución del universo, producto del azar y de la necesidad, de innumerables mutaciones y de continuas selecciones. Desde los primeros quarks surgidos hace quince mil millones de años, cuando el Big Bang, hasta los cien mil miles de millones de células interconectadas en un cuerpo humano, es perceptible un mismo y largo proceso de diferenciaciones y ensamblajes, de especializaciones y simbiosis. Desde lo más simple hasta lo más elaborado, del caos al orden, de la materia a la vida, la complejidad parece actuar y tal vez seguirá actuando. Nuestra humanidad es bella y frágil. Los núcleos atómicos de nuestras células fueron fabricados en el centro de las primeras estrellas hace más de diez mil millones de años y nuestras moléculas orgánicas, en el caldo atmosférico, hace cerca de cuatro mil millones de años. Los primeros hombres aparecieron en la tierra hace apenas tres millones de años y sólo durante nuestro siglo hemos sido capaces de inventar un arsenal nuclear que podría destruirnos a todos. Tributarios de una larga y misteriosa historia, debemos preservar a la humanidad de sus fuerzas autodestructivas.
 Varios oyentes quedaron impresionados por el discurso casi religioso de Alain Tannier, donde la “ley” de la que había hablado se parecía extrañamente a lo que ellos mismos llamaban “Providencia” o “voluntad divina”. Pero nadie quiso volver a hablar, por temor a alargar el problema y sobre todo a suscitar una polémica que podría volverse en su contra.
 Se produjo un largo silencio. El Sabio, en lugar de cumplir su tarea de moderador, parecía absorto en sus pensamientos.
 El Bufón, que ya no podía mantenerse en su lugar, exclamó:
 -¡Eh! Al ritmo que se producen las mutaciones en el universo, en millones o miles de millones de años, tendremos que esperar mucho tiempo para que se produzca algo significativo. Pero, por el contrario, no tengo deseos de pudrirme aquí hasta la próxima epifanía de la ley de la complejidad.
 El Sabio parecía no haber escuchado nada. De hecho, ni siquiera había escuchado la observación del Bufón. En él había brotado una intuición. Su primer reflejo fue compartirla, pero sensatamente eligió esperar los resultados del jurado. Después de darle media hora para deliberar, levantó la sesión.

El jurado se pronuncia

 Los miembros del jurado volvieron con mucho retraso. Parecían contrariados y hasta irritados. El presidente tomó la palabra:
 -Oh Rey, señor moderador, dignos representantes de las religiones y del ateísmo, señoras y señores. Después de larga deliberación del jurado, me corresponde la delicada tarea de transmitirles nuestra decisión.
 En la sala era perceptible cierto nerviosismo.
 -Después de vehementes discusiones, hemos llegado a una total unanimidad. Y es ésta: nos es imposible ser unánimes. En realidad cada participante recibió un voto y no vemos a qué representante en particular se le puede conceder una medalla de oro. Para un miembro del jurado, el hinduismo merece la palma porque reconoce lo Divino en todas partes. Para otro, es el Islam porque contiene la Revelación más reciente. Para un tercero es el judaísmo, porque es la base de las religiones monoteístas. Para un cuarto, es el ateísmo, porque permite evitar las trampas de las ideologizaciones mitológicas. Para un quinto es el budismo porque  es el más tolerante y el menos violento. Y para el último es el cristianismo porque como el decatlón es el más completo aunque en cada disciplina no sea el que más marcas consigue. Oh Rey, os corresponde desempatar y tomar la decisión final.
 Una vez más, en el claustro, algunos silbaron porque no apreciaron esa pirueta y otros aplaudieron aliviados por la no decisión.
 El Rey, cogido por sorpresa, tuvo la idea de pedir el parecer del Bufón y del Sabio antes de emitir su veredicto.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2004, en traducción de Eduard Gonzalo, pp. 169-173. ISBN: 84-233-3659-X.]
              

lunes, 7 de diciembre de 2020

Dichos de luz y amor.- San Juan de la Cruz (1542-1591)

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3.-Avisos que tenía la Madre Magdalena del Espíritu Santo

  «159 (1).- El que con puro amor obra por Dios, no solamente no se le da de que lo sepan los hombres, pero ni lo hace porque lo sepa el mismo Dios; el cual, aunque nunca lo hubiese de saber, no cesaría de hacer los mismos servicios y con la misma alegría y amor.
 160 (2).- (Otro para vencer los apetitos). Traer un ordinario apetito de imitar a Jesucristo en todas sus obras, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como él se hubiera.
 161 (3).- Para poder hacer esto, es necesario que cualquier apetito o gusto, si no fuere puramente por honra y gloria de Dios, renunciarlo y quedarse en vacío por amor del que en esta vida no tuvo ni quiso más de hacer la voluntad de su Padre, la cual llamaba su comida y manjar.
 162 (4).- (Para mortificar las cuatro pasiones naturales, que son gozo, tristeza, temor y esperanza, aprovecha lo siguiente). Procurar siempre inclinarse no a lo más fácil sino a lo más dificultoso; no a lo más sabroso, sino a lo más desabrido; no a lo más gustoso, sino a lo que no da gusto; no inclinarse a lo que es descanso, sino a lo más trabajoso; no a lo que es consuelo, sino a lo que no es consuelo; no a lo más sino a lo menos; no a lo más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciado; no a lo que es querer algo, sino a lo que es no querer nada; no andar buscando lo mejor de las cosas, sino lo peor, y traer desnudez y vacío y pobreza por Jesucristo de cuanto hay en el mundo.
 163 (5).- (Para la concupiscencia). Procurar obrar en desnudez y desear que los otros lo hagan; procurar hablar en desprecio y desear que todos lo hagan; procurar pensar bajamente de sí y desear que los otros lo hagan.
 164 (6).- Tenga fortaleza en el corazón contra todas las cosas que le movieron a lo que no es Dios y sea amiga de las pasiones por Cristo.
 165 (7).- Prontitud en la obediencia, gozo en el padecer, mortificar la vista, no querer saber nada, silencio y esperanza.
 166 (8).- Refrene mucho la lengua y el pensamiento y traiga de ordinario el afecto en Dios, y calentársele ha el espíritu divino mucho. Léale muchas veces.

 4.-Otros avisos (Antequera)

 167 (1).- Cuanto más te apartas de las cosas terrenas, tanto más te acercas a las celestiales y más hallas a Dios.
 168 (2).- Quien supiere morir a todo, tendrá vida en todo.
Resultado de imagen de san juan de la cruz los poetas jucar 169 (3).- Apártate del mal, obra el bien y busca la paz.
 170 (4).- Quien se queja o murmura ni es perfecto ni aun buen cristiano.
 171 (5).- Humilde es el que se esconde en su propia nada y se sabe dejar a Dios.
 172 (6).- Manso es el que sabe sufrir al prójimo y sufrirse a sí mismo.
 173 (7).- Si quieres ser perfecto, vende tu voluntad y dala a los pobres de espíritu, y ven a Cristo por mansedumbre y humildad y síguele hasta el Calvario y sepulcro.
 174 (8).- Quien de sí propio se fía, peor es que el demonio.
 175 (9).- Quien a su prójimo no ama, a Dios aborrece.
 176 (10).- Quien obra con tibieza, cerca está de la caída.
 177 (11).- Quien huye de la oración, huye de todo lo bueno.
 178 (12).- Mejor es vencerse en la lengua que ayunar a pan y agua.
 179 (13).- Mejor es sufrir por Dios que hacer milagros.
 180 (14).- ¡Oh, qué bienes serán aquellos que gozaremos con la vista de la Santísima Trinidad!»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Júcar, 1973, en edición de José Luis López Aranguren, pp. 175-177. ISBN: 84-334-0020-7.]
 

sábado, 15 de agosto de 2020

La bella de Moscú.- Víktor Yeroféiev (1947)

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21

  «Me puse a rezar a trancas y barrancas, como pude. Mis labios empezaron a moverse, y por primera vez en mi vida, me dirigí a Dios.
 ¡Señor! Aquí estoy de rodillas ante Ti. Hasta ahora sólo había pronunciado Tu nombre en momentos de placer y mezclado con dulces suspiros. Perdona, pero no era para ofenderte sino por costumbre e ignorancia. Pero hoy es otra cosa. Tú lo sabes todo de mí. Conoces incluso el humilde rezo que voy a dirigirte, en el que no voy a tratar de encontrar las palabras más convenientes, porque eso sería ir con picardía. Tú sabes también lo que me va a suceder después de esta plegaria, mañana, pasado mañana y en días sucesivos. Conoces la hora de mi muerte, pero tal vez puedas cambiarla si me arrepiento. Tú sabes incluso si voy a arrepentirme o no. ¿Qué debo hacer? Las cosas no han sucedido como se las he contado a Vitali. Tú eres el único que sabe cómo han sido en realidad. Yo ya no comprendo nada de nada. Xenia tenía razón cuando dice que tengo más culo que cabeza. Y es que las mujeres somos así. ¿Qué quiero decirte, entonces? ¿Qué es lo que quiero pedirte? Quiero pedirte...
 Las palabras empezaron a salirme a chorro. El primer rezo es como el primer amor: se olvida uno de todo y llora.
 ¿Dónde está la justicia? Hay mujeres mucho peores que yo, mucho más canallas, que viven maravillosamente bien, en medio del lujo y mimadas por sus maridos... Desde luego que he cometido pecados. Pero ¿he merecido un castigo tan horrible? ¿Es por haber ayudado a Leonard a morir? Si es así, vamos a dejar las cosas claras. Él fue el primero en no cumplir la promesa que me había hecho de casarse conmigo. El polvo de lo cotidiano se mezcla en mi plegaria. Perdona, pero tienes que reconocer que toda nuestra vida en la tierra no es más que polvo coloreado. No se había casado conmigo, los años pasaban y yo ya había comenzado a perder la esperanza, sobre todo teniendo en cuenta que Carlos se había ido. ¿Qué podía hacer? Sí, corrí por ese campo, pero no lo hice por mí. Me dirás que trataba de convertirme en una santa o simplemente en una heroína nacional. ¡Pero he arriesgado mi vida! ¿Qué más se puede hacer? Se es santo o héroe precisamente porque se colocan los intereses del pueblo por encima de la propia vida. ¡Y si el santo es un poco pillo, y al hacerlo piensa en sí mismo porque no puede hacer otra cosa, eso es asunto suyo! Yo he aceptado la muerte porque había oído una voz y me sentía capaz de cumplir mi misión. ¡Lo que pasa es que no contaba con que a nuestra brujería rusa no es capaz de vencerla ni la mujer más seductora! El cebo tenía que ser mucho más dulce... No he pensado en cuál podía ser ni quiero pensarlo. Perdona la grosería, pero la he cagado. Y ahora, una nueva desgracia: Leonard. Ha venido y me ha follado. ¿Por qué? Dice que quiere casarse conmigo. Pero ¿es posible casarse con un muerto? Dice que somos dos almas gemelas, que hemos vivido en otra época sin habernos encontrado. Y que cuando nos hemos encontrado por fin ha sido para volver a separarnos. Que se ha dado cuenta de eso después de muerto, cuando ya era demasiado tarde. Y ahora languidece en la antecámara celeste que Tú le has asignado, de la que al parecer todavía puede volver. Ha venido a verme antes de perder definitivamente su forma para decirme que su amor no había hecho más que aumentar después de su muerte. Eso es. Y ahora dime Tú lo que yo tengo que hacer. Lo más terrible de todo no es que me haya follado, aunque también eso me da miedo, sino que me haya pedido que vaya con él... Y yo lo estoy dudando. Vitali, que está aquí a mi lado de rodillas, me ha dicho cuando veníamos que todos los caminos conducen a Dios, pero que hay poca gente que se atreva a seguirlos. La mayoría se paran al dar el primer paso y no se mueven más hasta el final de sus días. "Pero tú, Ira, has ido muy lejos", me ha dicho Él. "Sí, hasta el infierno", le he respondido. Seguro que ahora me vas a preguntar qué es lo que quiero. Si lo que quiero es un marido como Carlos. Si me bastaría con eso. Pues te diré que "sí". Aunque sé que estarás algo decepcionado. Quería ser santa y me conformo con tan poco. Carlos o un cosmonauta cualquiera. Mira, un cosmonauta no. No me iría un cosmonauta. No pararía de llorar mientras él volaba por el cosmos.
La bella de Moscú de Víktor Yeroféiev: Bien Encuadernación de tapa ... -¿Qué quieres entonces, Ira?
 -¡Estoy confundida, Señor! He empujado a un hombre a la muerte y ahora me quejo de que me viene a ver.
 -¿Qué vamos a hacer, entonces?
 -Mi fe es tan débil, Señor, que algunas veces escribo Tu nombre con minúscula. ¡Estoy completamente perdida, Señor! ¡Dame tiempo! Deja que te comprenda a Ti y también a mí misma.
 -No lo conseguirás, Ira.
 -¿Y por qué no?
 -Porque no te ha sido dado.
 -¿Y qué es lo que me ha sido dado entonces, Señor?
 -Que vivas entre la gente e ilumines su miseria y fealdad.
 -¡Señor! ¿Hasta cuándo voy a tener que mirar a los hombres para atestiguar su negrura? Sí, conozco un montón así. Feos, monstruosos y que me han decepcionado. Pero ¿será posible que no valga para otra cosa que para señalar su ignominia? ¡Tú, Señor, los ves de manera diferente! ¡Tú perpetúas y multiplicas la especie, y no los quemas en tu ardiente brasero! ¿No Te pertenezco? ¡Sí, soy tuya! ¡Tuya! ¡No me entregues a ningún otro! ¡Te lo ruego! ¡Dame otros ojos! ¡Redímeme, Señor!
 -No, Ira.
 -¡Señor! ¿Se puede acaso privar de esperanza a los hombres?
 -Cuando hayas cumplido tu destino, vendrás a Mí y Yo te lavaré. Ese día está cercano, pues tu belleza se está agostando...
 -¡Pero si ni siquiera he sido madre, Señor! ¡Concédeme al menos eso!
 Vitali me estaba sacudiendo por el hombro.
 -¡Calla! ¿Estás loca? ¡No se puede gritar en las iglesias!
 Las mujeres de la limpieza se acercaban con aire amenazador y las faldas remangadas. Vitali se levantó y se les acercó. Un pope se asomó a una de las puertas laterales, me miró y desapareció. Más tarde supe que se trataba del padre Veniamín. Vitali, deprisa y en voz baja, trataba de explicar algo a las mujeres de la limpieza. Pero éstas denegaban insistentemente con las cabezas. Vitali me arrastró hacia la puerta. A nuestra espalda, las mujeres no hacían más que soltar tacos.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1991, en traducción de Helena S. Kriúkova y Vicente Cazcarra. ISBN: 84-339-1154-6.]