jueves, 4 de junio de 2020

Un estudiante de Alabama y otros ensayos biográficos.- William Osler (1849-1919)

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Un estudiante de Alabama

  «En toda colectividad existen unos pocos hombres que, por temperamento o convicción, no pueden inclinarse ante los Baales de la sociedad que les rodea y, al menos de pensamiento, se mantienen alejados del rebaño común. Tales hombres caminan una empinada y espinosa senda y en cualquier época la humanidad ha gustado de convertirlos en sus mártires. Las cartas muestran al doctor Bassett como un espíritu inquieto, inconformista, que se aparta de la vacuidad y falsedad de gran parte de la vida que le rodea. Siendo estudiante sin duda sintió un arranque de entusiasmo por el rápido desarrollo de la ciencia médica y, entre las preocupaciones y aflicciones del ejercicio rural, su corazón ardía con la esperanza de visitar alguna vez los grandes centros del saber. […] Todos los estudiantes acudían en tropel a París en la cuarta década [de 1800]. En ninguna otra parte había más inquietud, y Laënnec, Broussais, Louis, Andral, Velpeau y otros dominaban las ideas de la profesión [médica]. Podemos imaginar cuán minuciosamente fue elaborado el plan y cómo las pequeñas ganancias sobrantes fueron ahorradas durante años con tal propósito. Pero la prueba que exigió mayor coraje fue dejar a su esposa e hijos; y en sus cartas hay pasajes que indican que la lucha fue dura, incluso amarga. Con frecuencia se disculpa por la aparente crueldad de abandonarlos en aras de su profesión; y los vecinos no se lo pusieron más fácil a la pobre mujer, cuyo abandono no podían entender. En una de las cartas afirma: "¿así que la gente dice que te he dejado? Bueno, así es, y debes hacer siempre la mejor interpretación de tales comentarios; cuando yo vuelva esa misma gente seguramente dirá que he regresado. A veces esta clase de comentarios se hacen descuidadamente, de la misma forma en que los humanos patean a los gusanos; a veces caprichosamente, como los niños que arrancan las alas de moscas y las atraviesan con alfileres; a veces por deporte, como los cazadores cuando disparan a inocentes criaturas que les son de utilidad; a veces por ojeriza, al igual que matamos pulgas; a veces para experimentar, como los filósofos que torturan perros; pero raramente por maldad, como paganos que desuellan cristianos y cristianos que se desuellan unos a otros". En otra dice: "mis expresiones me recuerdan el arrepentimiento de quien se siente mal. Lo reconozco, Isaphaena, me has aguantado y apoyado mucho, y tendrás que hacerlo de nuevo, y espero que amablemente lo hagas; y si te satisface saberlo, tienes un marido que agradece tu conducta". […]
 El doctor Bassett contrajo tuberculosis y la última carta del paquete que recibí estaba fechada el 16 de abril de 1851 y procedía de Florida, adonde había ido en busca de salud. Murió el 2 de noviembre del mismo año, a la edad de 46 años. El 5 de abril le escribe a un amigo: "Este mundo nunca ha ocupado gran parte de mi atención o amor. Apenas le he pedido un poco, y poco me ha dado de cuanto le pedí. Durante muchos años se ha ido empequeñeciendo más y más a mi vista, como un objeto que se aleja en el espacio, pero ante mi nostálgica mirada no ha aparecido mejor tierra. Cuanto queda tras de mí se ha vuelto insignificante; ante mí hay un vasto vacío interminable, pero no es triste, pues está lleno de agradables sueños y visiones de gloriosas esperanzas. Lo he cubierto con los paisajes de Claude y lo he poblado con los mártires de la ciencia, los pioneros de la verdad, los perseguidos y crucificados de este mundo, los que después de haber trabajado pidieron pan y recibieron una serpiente -todos los que han sufrido por la verdad-. Cuán espléndido es contemplar en el futuro el descanso de los golpeados con sus lacerados sentimientos aliviados como hoy han sido los míos por la cariñosa consideración que ha manifestado tu esposa por mi futuro bienestar". […]
Un estudiante de Alabama y otros ensayos biográficos de Osler ... Los extractos que he leído demuestran que el doctor Basset fue un hombre con dotes más que ordinarias, pero que se hallaba entre los sin voz de la profesión. El ambiente actual, las oportunidades de trabajo, las faldas de la buena suerte alzan a los hombres hasta la cumbre. La historia de esta vida puede servir de solaz para los espíritus inquietos que han tenido ambiciones sin oportunidades, e ideales irrealizables en el mundo donde se mueven. Empecé diciendo que os hablaría de un hombre del que nunca habíais oído hablar, de un humilde estudiante de un pueblecito de Alabama. ¿Y qué decir de los hombres que veneraba, por quienes dejó mujer e hijos en 1836? ¿Los conocemos mejor? Hoy día apenas uno de los que menciona nos conmueve desde el pasado con alguna fuerza. De la mayoría de ellos podemos decir que es como si no hubieran existido. Velpeau, Andral, Broussais, los grandes maestros que Basset siguió, son formas indefinidas (casi tan poco definidas como el discípulo), sacadas a relucir a la luz del día por algún laudator temporis acti*, para aprender filosofía mediante la historia. Haber luchado, haberse esforzado, haber sido fiel a ciertos ideales: ya sólo esto ha valido la pena. Ahora, y en la siguiente generación, uno o dos se librarán algo del sombrío olvido; pero en cuanto al resto de nosotros: sesenta años. También nosotros estamos con Basset y sus maestros y

Nadie pregunta / quién o qué hemos sido,
más de lo que él pregunta qué olas, / en la apacible soledad a la luz de la luna,
en medio del océano, han crecido, / espumeado un instante, y desaparecido**.»

*El que alaba los tiempos pasados. [N. del T.]
** Matthew Arnold: "Rugby Chapel" (1857) [N. del T.]

     [El texto pertenece a la edición en español de Unión Editorial, 2010, en traducción de Manuel Fuster Siebert y Cristina Fuster Sanjurjo. ISBN: 978-84-7209-537-3.]

miércoles, 3 de junio de 2020

Poesías completas.- Antonio Machado (1875-1939)

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 He andado muchos caminos [de Soledades]

  «He andado muchos caminos, / he abierto muchas veredas:
he navegado en cien mares / y atracado en cien riberas.
En todas partes he visto / caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos / borrachos de sombra negra,
y pedantones al paño / que miran, callan y piensan
que saben, porque no beben / el vino de las tabernas.
Mala gente que camina / y va apestando la tierra...
Y en todas partes he visto / gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran / sus cuatro palmos de tierra.
Nunca, si llegan a un sitio, / preguntan adónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan / a lomos de mula vieja,
y no conocen la prisa / ni aún en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino; / donde no hay vino, agua fresca.
Son buenas gentes que viven, / laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos, / descansan bajo la tierra.

Retrato [de Campos de Castilla]

  Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla / y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla; / mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido / -ya conocéis mi torpe aliño indumentario-,
mas recibí la flecha que me asignó Cupido, / y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, / pero mi verso brota de manantial sereno;
y, mas que un hombre al uso que sabe su doctrina, / soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura y en la moderna estética / corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética, / ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos / y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos, / y escucho solamente entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera / mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,/ no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo / -quien habla solo espera hablar a Dios un día-;
mi soliloquio es plática con quien este buen amigo / que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo: debéisme cuanto he escrito. / A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito, / el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo como los hijos de la mar.

 Por tierras de España [de Campos de Castilla] 

Poesías completas. antonio machado. espasa-calp - Vendido en Venta ...  El hombre de estos campos que incendia los pinares / y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares, / talado los arbustos robledos de la sierra.
Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares; / la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares; / y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.
Es hijo de una estirpe de rudos caminantes, / pastores que conducen sus hordas de merinos
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes / que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.
Pequeño, ágil, sufrido, los ojos del hombre astuto, / hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto / de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.
Abunda el hombre malo del campo y de la aldea, / capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea, / esclava de los siete pecados capitales.
Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza, / guarda su presa y llora la que el vecino alcanza;
ni para su infortunio ni goza su riqueza; / le hieren y acongojan fortuna y malandanza.
El numen de estos campos es sanguinario y fiero: / al declinar la tarde, sobre el remoto alcor,
veréis agigantarse la forma de un arquero, / la forma de un inmenso centauro flechador.
Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta / -no fue no fue por estos campos el bíblico jardín-:
son tierras para el águila, un trozo de planeta / por donde cruza errante la sombra de Caín.

A un olmo seco [de Campos de Castilla]

  Al olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina / que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina / al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores / que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores. / Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él y en sus entrañas / urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero, / con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana, / lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana / ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino; / antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras bancas; / antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas, / olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida. / Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida, / otro milagro de la primavera.

Señor, ya me arrancaste lo que más quería [de Campos de Castilla]

  Señor, ya me arrancaste lo que más quería. / Oye, otra vez, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.»

               [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa Calpe, 1980. ISBN: 84-239-2001-1.]

martes, 2 de junio de 2020

Tentaciones mahometanas.- Stefan Weidner (1967)

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Después del 11-S: Argel, Alepo y Ánnaba

   «Simón fue ante todo un escándalo para la Iglesia. No se conformó con ser un hermano más del monasterio. En su extrema autonegación contravino lo que cualquier hombre en su sano juicio entendería por vida monacal. Creó un patrón de conducta que se convirtió en un peligro para los demás, cuyos esfuerzos por abandonar el mundo quedaban en comparación totalmente eclipsados cuando no despojados de todo valor. Quien intentaba ser de su cuerda y seguir su ejemplo corría peligro de muerte. Quien al igual que él no comía nada en cuarenta días moría. Quien como él no bebía nada en cuarenta días moría igualmente. El que se aplicaba como él el cilicio reventándose las venas y lacerándose las carnes hasta sangrar y sentir cómo le ardían las heridas, y rechazaba como Simón hacía cualquier tipo de cuidado, terminaba por morirse. Por esa razón, para impedir que su conducta hiciera escuela, fue expulsado del monasterio. Se instaló en un pedazo de tierra en lo alto de la colina, donde luego sería erigida la columna, y mandó que lo encadenaran para no sucumbir a la tentación, para ausentarse del mundo. […]
 Poco a poco, cuando contaba aproximadamente treinta y cinco años, alcanzó tal fama que la gente peregrinaba en masa a su encuentro con la esperanza de asistir a sus proezas. […] Observaban atónitos la increíble fe de ese hombre, que lo hacía inmune a todo lo que hay sobre la tierra, a cualquier cosa que pudiera sucederle, pues no había nada que le afectara. Se quedaban pasmados frente a aquel hombre que no sentía miedo ante nada, que pese a estar preso en un cuerpo había liberado su mente como nadie había podido hacerlo antes. Aunque conviene precisar: lo que había liberado era su alma. Su mente se mantenía ligada a Dios y a los Evangelios.
 Y en el momento en que se vio asediado por la gente, atormentado, obligado a actuar, huyó hacia arriba, se subió a una columna. Nadie supo de dónde había salido, quizá fuera él mismo quien la construyera; en un primer momento su altura era de ocho pies, lo suficiente como para estar por encima de todos, aunque aún demasiado cerca de los brazos estirados de una turba histérica de peregrinos. De modo que fue ampliándola más y más hasta que, finalmente, en los últimos días de su vida, alcanzó a medir cincuenta pies. Pero mucho antes, cuando su columna no pasaba de los quince pies, constantemente exhortado y forzado como estaba, descubrió sus dotes de orador: las palabras brotaban de su interior como una cascada, mas no en un flujo continuo, sino a borbotones imprevisibles. […]
 Comenzó, como siempre hacía, a proferir todo tipo de insultos, ofensas e injurias; estaba fuera de sí, furibundo. "¡Cretinos! ¡Cerdos miserables! ¡Hatajo de corruptos, no sois más que culos que rezuman lascivia! ¿Queréis que os cure? Me hacéis reír. Seguid mi ejemplo. Alegraos de estar enfermos. Al menos así buscáis refugio en Dios. Si estuvierais sanos, ¿acaso estaría yo ahora viéndoos? Y vosotros, los que creéis estar sanos, sois los más enfermos de todos sin siquiera percataros. Os creéis especiales. Os consideráis los más devotos. ¡Bah! ¡Largaos! Escoria. Fariseos. Chusma del Señor. Judíos, persas, romanos, maniqueos... Putas e hijos de puta, vándalos, germanos, paganos convertidos, cerdos cristianos"; ése era siempre su último recurso, el último intento, la mayor de las humillaciones. Cuando volvió en sí, se vio obligado a repetir: "No son más que una panda de cerdos cristianos. Supersticiosos, histéricos, mirones, cerdos cristianos arrojados al mundo". Y sabía que estaba en lo cierto. No eran mucho mejores que eso. No se había producido progreso alguno en la religión. Si acaso retrocesos. Daba absolutamente igual quién creyera qué. Lo sabía, y también sabía que esto era lo más doloroso, la gran prueba. Había permanecido en silencio durante semanas y ahora había explotado. Había vuelto a fracasar. Había sido un belicoso orgasmo no deseado. Y lo que lo hacía aún peor: en público. Una manifestación de ira. De odio. Esa multitud era el diablo, la tentación. Su columna medía entonces quince pies, nadie podía tocarlo, pero no servía de nada. Era necesario erigir otra, una más alta. […] "¡Marchaos1 ¡Haz que se vayan! Sois los enemigos de Dios Sois el demonio hecho hombre. Si tuviera unas piedras aquí arriba, os lapidaría. Si tuviera poder en el cielo, haría que llovieran piedras sobre vosotros".
Tentaciones mahometanas (DE): Amazon.es: Weidmer, Stefan, Ugarte ... Un murmullo atravesó la muchedumbre de peregrinos. ¡Qué alegría! Ha reaccionado. Ha reparado en su presencia. Sí, ha entrado en contacto con ellos: ha querido lapidarlos. Entonces la multitud empezó a rugir: ¡Lapídanos, Sam'an, apedréanos, por favor, ven y lapídanos! -sonaban a coro cientos de gargantas-. ¿No tienes piedras? ¡Aquí están las piedras que nos merecemos!" […] Y como Simón no tenía piedras a mano, algunos empezaron a lanzarlas a la plataforma que culminaba su columna, como si se tratara de un partido de baloncesto, para que éste pudiera luego arrojárselas. Cada vez volaban más piedras hacia él, y sin embargo se incorporó y permaneció erguido con el fin de que impactaran en su cuerpo. Por un momento dio la impresión de que era él el lapidado, de que era él quien había querido que lo apedrearan. Sus cuatro adeptos, los guardianes de la columna, intervinieron emprendiéndola a garrotazos con la turba, mientras Simón pareció tranquilizarse. Era evidente que las piedras le hacían un gran bien, que las frescas e inesperadas heridas, que la sangre en la frente y en el pecho, le proporcionaban alivio. Cuando se dieron cuenta de que volvía a enmudecer, de que su ira remitía y de que soportaba bien las piedras, cesaron bruscamente de arrojarlas y volvieron a aullar: "¡Lapídanos, apedréanos!" Mas él volvió a sumergirse en sí mismo, se arrodilló en lo alto de su columna y dio gracias a Dios por haberlo liberado al fin de esa tentación.
 Demasiado tarde. La multitud estaba histérica. […]
 Entonces alzó la voz para decir: "¿A qué habéis venido? ¿Con qué fin? Si queréis ser como yo, si realmente eso es lo que queréis (cosa que no acabo de creerme), idos de aquí, dispersaos, buscad una cueva, un desierto o una montaña. Pero sé muy bien que sois débiles. Habéis venido aquí para que os ayude. Mas vuestro único mal es precisamente haber venido a mí. Lo único que puedo hacer por vosotros es echaros. Idos de aquí y sólo con eso ya estaréis curados, os digo. Vuestra enfermedad son vuestros anhelos y no otra cosa, enfermáis porque creéis necesitarme. Pero nadie puede ayudaros salvo vosotros mismos. No necesitáis a nadie. No me necesitáis a mí. Ni siquiera necesitáis un dios. Tan sólo os empeñáis en necesitarlo. Si lo necesitáis a Él, ¿por qué venís a mí? ¿Por qué venís a escucharme a mí en vez de escuchar la palabra de Dios? ¿Qué puedo deciros que no haya dicho Dios? No necesitáis a Dios, necesitáis pastores, igual que el ganado. No necesitáis un salvador, ni santos, ni bendiciones, necesitáis pan. No necesitáis compasión, necesitáis amor. Dios os ha dejado a vuestra suerte. Ni siquiera el demonio quiere manifestarse ante vosotros. Sois criaturas más allá del bien y del mal. Fijaos en las bestias. ¿Qué saben ellas de la creación? ¿Qué sabéis vosotros acerca de Dios? Decís que anheláis lo que hay detrás de la muerte. Me dais risa. Dedicaros a vivir sin más. ¿Quién ha confundido vuestro entendimiento? ¿No soy un modelo para vosotros? ¡Pues entonces seguid mis pasos! No hacéis nada en absoluto. ¿Qué queréis de mí? ¿Es que no tenéis nada más importante que hacer? Habéis estado aquí apostados durante semanas, hombres fuertes, jóvenes esperanzados, mujeres hermosas, ancianos experimentados... ¿No tenéis tareas que hacer, no tenéis tierras? ¿No tenéis hijos? ¿No tenéis obligaciones? No necesitáis preocuparos del más allá. Para Dios sois insignificantes. Dedicaros a vuestros quehaceres y dejad que Dios se dedique a los suyos. Rezad si os hace bien. Pero sólo cuando hayáis pagado todas vuestras deudas, cuando hayáis acabado con la tarea del día. No le debéis nada a Dios. Dios no es un acreedor. ¿Qué va a reclamaros quien nada necesita? ¿Qué ibais a darle? ¡Miraos bien! ¿Darle algo a Dios? No le debéis nada a Dios, le debéis todo a vuestras vidas, vosotros, sentados aquí, contemplándome, gandules, vagos, descarriados. ¿Habéis arado hoy vuestras tierras? ¿Habéis ordeñado vuestras cabras? ¿Habéis jugado hoy con vuestros hijos? ¿Os habéis acostado con vuestras mujeres? ¿Habéis embarcado vuestras mercancías? ¿Habéis contado vuestro dinero? ¿Habéis honrado a vuestros padres? ¿Habéis arreglado el tejado? ¿Habéis cortado leña para el invierno? Si es así, ¡rezad! Cuando hayáis hecho todo lo que tengáis que hacer, rezad, rezad y rezad. Que la paz sea con vosotros por siempre. Amén".
 A partir de entonces, Simón pronunció sus sermones dos veces al día, una por la mañana y otra por la tarde, siempre a la misma hora.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Lengua de Trapo, 2005, en traducción de Valentín Ugarte. ISBN: 84-96080-63-3.]

lunes, 1 de junio de 2020

Una vida violenta.- Pier Paolo Pasolini (1922-1975)

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Primera parte
3.-Irene

   «Muy ufano por su primer domingo transcurrido con su novia, Tommaso volvió a Pietralata; y, en cuanto llegó, el Zimmio, el Cagone y otros dos o tres de la pandilla lo pararon y le preguntaron si estaba dispuesto a ir con ellos a la Anguillara, para un trabajito de gallinas. Tommasino dijo:
 -Claro. ¿Cómo no?
 Ya era tarde y partieron en un "Mil cien" que los otros habían robado por la tarde.
 El robo de gallinas en Anguilara resultó bien y, al día siguiente, realizaron otro por el lado de Tívoli y después otros más en Villalba y en Settecamini, cada vez más cerca de la ciudad. El Sábado Santo, para evitar la fatiga de ir lejos, dieron un golpe en Ponte Mammolo, a dos pasos, a orillas del Aniene.
 Dejando de lado las bromas, he aquí cómo se desarrollaron las cosas. El Cagone, el Zellerone, Cazzitini, el Budda, el Gricio, el Sciacallo y Nazzareno, en unión con los más jovencitos, Tommasino, el Zimmio y el Zucabbo, habían ido a Tiburtino para alquilar un furgón, pues se les presentaba la ocasión de hacer un trabajito por otro lado, hacia Ciampino: se trataba de tres o cuatro quintales de bronce. Llovía. Calados hasta la médula, los compinches llegaron a Tiburtino y se pusieron a silbar frente a la ventana de una casa que daba al campo. Carlo el Sordo salió al zaguán y, cuando los otros le pidieron el furgón, se los rehusó:
 -¡No, no y no! Yo no les doy mi furgón. Ya van tres veces que lo doy, después las cosas quedan en la nada y yo me quedo con las ganas.
 -Pero nosotros no somos así -protestaron.
 -Bueno -contestó Carlo el Sordo-. Ustedes me dan enseguida cinco mil liras y yo les doy el furgón.
 -Es que nosotros no tenemos ahora cinco mil liras -replicaron los compinches.
 -Siendo así -dijo el Sordo-, lo siento, pero el furgón no sale.
 -Nos arruinas -le explicaron-. Mañana es Pascua. ¿Qué vamos a hacer sin una lira en el bolsillo?
 -Ven con nosotros -propuso el Sciacallo-, si no nos crees.
 -No, no -dijo Carlo-, a mí la policía me conoce demasiado. Tendría calabozo para años si nos agarrasen.
 -Te dejamos los abrigos -propuso el Cagone.
 -¿Y qué hago con los abrigos? -contestó Carlo-. Mañana es Pascua, quiero pasármela tranquilo, no quiero estar toda la noche en vela pensando en el furgón.
 Así que, quieras o no quieras, tuvieron que marcharse sin furgón. El Cagone, el Zellerone, el Sciacallo, el Budda, el Gricio, Cazzitini y Nazzareno se metieron en el "Bar Duemila", que estaba por allí, frente al Monte del Pecoraro. Los tres más jóvenes se quedaron en la calle, ante el lote de casas en que vivía Carlo el Sordo, sin resolverse a marcharse.
 -Nada que hacer -dijo deprimido el Zimmio.
 -Estaríamos locos si nos fuéramos a dormir -profirió el Zucabbo-. Hagamos algo. De algún modo tendremos que encontrar dinero.
 -¿No sabes -dijo Tommaso, que era el más ávido desde que se había metido con la Irene- que cuando los trabajos se improvisan uno cae fácilmente en la trampa?
 -Mañana es Pascua. Prefiero pasármela en la cárcel antes que estar sin un lira en el bolsillo -replicó el Zucabbo.
 -Ni siquiera podemos ir por ropa tendida -observó amargamente el Zimmio-, porque llueve. ¿A quién se le va a ocurrir tender ropa con este tiempo?
 Callaron, cariacontecidos. En el silencio circundante sólo se oía caer la lluvia. Y he aquí que, de pronto, oyeron cantar un gallo: era el gallo de Carlo el Sordo.
 -¿Y si le limpiáramos el gallinero al Sordo? -dijo el Zucabbo, brillantes los ojos-. ¿Por qué ese hijo de p... no quiso alquilarnos su furgón?
CUENTOS de MARIETA: Brújulas y Espirales: Pier Paolo Pasolini "Una ... -¡Aoh! -exclamó entonces el Zimmio-. A propósito de gallinas... ¿Quieren venir conmigo? Ahora que lo pienso, junto a la iglesia de Ponte Mammolo los curas tienen un gallinero. Yo sé dónde están las gallinas, porque hace unos años fui allí a robar huevos. ¡Ammazza, son muchas!
 -¿Cuántas, más o menos? -preguntó Tommaso. 
 -Doscientas, trescientas -repuso el Zimmio.
 -Entonces, vamos, vale la pena -dijo Tommaso-. A quinientas liras cada una, son ciento cincuenta mil.
 -¿Y dónde las ponemos? -preguntó el Zucabbo.
 -Yo llevo el forro del colchón -contestó sin titubeos el Zimmio-. Mi madre lavó la lana. Figúrense las gallinas que caben... Podemos meter al mismo sacristán...
 Así, llenos de esperanza, se pusieron en marcha.
 […]
 Tommaso y el Zucabbo llegaron a casa del Zimmio y lo llamaron. Estaba durmiendo. Como tenía a su novia en Ponte Mammolo, y ella y su madre eran muy católicas, él, aunque cayéndose de sueño, había tenido que madrugar para ir allá a oír misa con ellas. Había vuelto hacía poco más de media hora y se había echado otra vez en la cama, quedándose dormido inmediatamente. Tommaso y el Zucabbo lo despertaron:
 -¿Y las gallinas? -preguntaron-. ¿Qué? ¿No nos vas a dar las nuestras?
 -Dos se las di a mi madre -dijo el Zimmio, hinchado de sueño y sombrío, pero con una cara tan rara que no convencía a nadie-, y las otras dos las dejé allá, en la Via Casal dei Pazzi.
 Los miró unos instantes, con las bolas de los ojos que se le llenaban de risa.
 -A propósito... -prosiguió, y largó la risa-. A propósito, ¿saben lo que dijo el cura en la misa?
 Y seguía riéndose con tantas ganas que no podía pronunciar una sola palabra; los otros sabían que había ido a oír misa precisamente allá donde tres horas antes habían estado robando, y lo miraban también regocijados.
 -Dijo -empezó a contar el Zimmio cuando se hubo calmado un poco- que anoche le robaron treinta gallinas... Que unos ladrones sacrílegos se introdujeron anoche en su gallinero y que los condenados le robaron treinta gallinas, aprovechándose de él, que hace la caridad... ¡Treinta gallinas, dijo aquel hijo de perra!
 A Tommaso y el Zucabbo les brillaban los ojos por la alegría de saber que habían hablado de ellos durante la misa, ante tanta gente.
 -¡Ahh! -exclamó el Zucabbo-. ¿Lo oyes, Tommaso? Somos peores que el Tinea. ¿Qué te parece?
 -¡Aoh! -dijo Tommaso-. ¿Vamos a misa a oír lo que dice?
 -¡Vamos! -contestó con entusiasmo el Zucabbo.
 -Lárgate con nosotros, ¡dale! -dijo Tommasino al Zimmio.
 Así, hicieron la caminata hasta Ponte Mammolo y no se dieron por satisfechos con escuchar el sermón de la segunda misa, sino que también quisieron oír el de la última, de mediodía. El cura hablaba de ellos, de estos ladrones, de estas almas perdidas, de estos sacrílegos, etcétera, etcétera... Se hicieron una panzada de misas; por lo demás, hacía más de diez años que no pisaban una iglesia y ya ni siquiera recordaban quién había creado el mundo.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Monte Ávila Editores, 1969, en traducción de Attilio Dabini. ]