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lunes, 1 de junio de 2020

Una vida violenta.- Pier Paolo Pasolini (1922-1975)

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Primera parte
3.-Irene

   «Muy ufano por su primer domingo transcurrido con su novia, Tommaso volvió a Pietralata; y, en cuanto llegó, el Zimmio, el Cagone y otros dos o tres de la pandilla lo pararon y le preguntaron si estaba dispuesto a ir con ellos a la Anguillara, para un trabajito de gallinas. Tommasino dijo:
 -Claro. ¿Cómo no?
 Ya era tarde y partieron en un "Mil cien" que los otros habían robado por la tarde.
 El robo de gallinas en Anguilara resultó bien y, al día siguiente, realizaron otro por el lado de Tívoli y después otros más en Villalba y en Settecamini, cada vez más cerca de la ciudad. El Sábado Santo, para evitar la fatiga de ir lejos, dieron un golpe en Ponte Mammolo, a dos pasos, a orillas del Aniene.
 Dejando de lado las bromas, he aquí cómo se desarrollaron las cosas. El Cagone, el Zellerone, Cazzitini, el Budda, el Gricio, el Sciacallo y Nazzareno, en unión con los más jovencitos, Tommasino, el Zimmio y el Zucabbo, habían ido a Tiburtino para alquilar un furgón, pues se les presentaba la ocasión de hacer un trabajito por otro lado, hacia Ciampino: se trataba de tres o cuatro quintales de bronce. Llovía. Calados hasta la médula, los compinches llegaron a Tiburtino y se pusieron a silbar frente a la ventana de una casa que daba al campo. Carlo el Sordo salió al zaguán y, cuando los otros le pidieron el furgón, se los rehusó:
 -¡No, no y no! Yo no les doy mi furgón. Ya van tres veces que lo doy, después las cosas quedan en la nada y yo me quedo con las ganas.
 -Pero nosotros no somos así -protestaron.
 -Bueno -contestó Carlo el Sordo-. Ustedes me dan enseguida cinco mil liras y yo les doy el furgón.
 -Es que nosotros no tenemos ahora cinco mil liras -replicaron los compinches.
 -Siendo así -dijo el Sordo-, lo siento, pero el furgón no sale.
 -Nos arruinas -le explicaron-. Mañana es Pascua. ¿Qué vamos a hacer sin una lira en el bolsillo?
 -Ven con nosotros -propuso el Sciacallo-, si no nos crees.
 -No, no -dijo Carlo-, a mí la policía me conoce demasiado. Tendría calabozo para años si nos agarrasen.
 -Te dejamos los abrigos -propuso el Cagone.
 -¿Y qué hago con los abrigos? -contestó Carlo-. Mañana es Pascua, quiero pasármela tranquilo, no quiero estar toda la noche en vela pensando en el furgón.
 Así que, quieras o no quieras, tuvieron que marcharse sin furgón. El Cagone, el Zellerone, el Sciacallo, el Budda, el Gricio, Cazzitini y Nazzareno se metieron en el "Bar Duemila", que estaba por allí, frente al Monte del Pecoraro. Los tres más jóvenes se quedaron en la calle, ante el lote de casas en que vivía Carlo el Sordo, sin resolverse a marcharse.
 -Nada que hacer -dijo deprimido el Zimmio.
 -Estaríamos locos si nos fuéramos a dormir -profirió el Zucabbo-. Hagamos algo. De algún modo tendremos que encontrar dinero.
 -¿No sabes -dijo Tommaso, que era el más ávido desde que se había metido con la Irene- que cuando los trabajos se improvisan uno cae fácilmente en la trampa?
 -Mañana es Pascua. Prefiero pasármela en la cárcel antes que estar sin un lira en el bolsillo -replicó el Zucabbo.
 -Ni siquiera podemos ir por ropa tendida -observó amargamente el Zimmio-, porque llueve. ¿A quién se le va a ocurrir tender ropa con este tiempo?
 Callaron, cariacontecidos. En el silencio circundante sólo se oía caer la lluvia. Y he aquí que, de pronto, oyeron cantar un gallo: era el gallo de Carlo el Sordo.
 -¿Y si le limpiáramos el gallinero al Sordo? -dijo el Zucabbo, brillantes los ojos-. ¿Por qué ese hijo de p... no quiso alquilarnos su furgón?
CUENTOS de MARIETA: Brújulas y Espirales: Pier Paolo Pasolini "Una ... -¡Aoh! -exclamó entonces el Zimmio-. A propósito de gallinas... ¿Quieren venir conmigo? Ahora que lo pienso, junto a la iglesia de Ponte Mammolo los curas tienen un gallinero. Yo sé dónde están las gallinas, porque hace unos años fui allí a robar huevos. ¡Ammazza, son muchas!
 -¿Cuántas, más o menos? -preguntó Tommaso. 
 -Doscientas, trescientas -repuso el Zimmio.
 -Entonces, vamos, vale la pena -dijo Tommaso-. A quinientas liras cada una, son ciento cincuenta mil.
 -¿Y dónde las ponemos? -preguntó el Zucabbo.
 -Yo llevo el forro del colchón -contestó sin titubeos el Zimmio-. Mi madre lavó la lana. Figúrense las gallinas que caben... Podemos meter al mismo sacristán...
 Así, llenos de esperanza, se pusieron en marcha.
 […]
 Tommaso y el Zucabbo llegaron a casa del Zimmio y lo llamaron. Estaba durmiendo. Como tenía a su novia en Ponte Mammolo, y ella y su madre eran muy católicas, él, aunque cayéndose de sueño, había tenido que madrugar para ir allá a oír misa con ellas. Había vuelto hacía poco más de media hora y se había echado otra vez en la cama, quedándose dormido inmediatamente. Tommaso y el Zucabbo lo despertaron:
 -¿Y las gallinas? -preguntaron-. ¿Qué? ¿No nos vas a dar las nuestras?
 -Dos se las di a mi madre -dijo el Zimmio, hinchado de sueño y sombrío, pero con una cara tan rara que no convencía a nadie-, y las otras dos las dejé allá, en la Via Casal dei Pazzi.
 Los miró unos instantes, con las bolas de los ojos que se le llenaban de risa.
 -A propósito... -prosiguió, y largó la risa-. A propósito, ¿saben lo que dijo el cura en la misa?
 Y seguía riéndose con tantas ganas que no podía pronunciar una sola palabra; los otros sabían que había ido a oír misa precisamente allá donde tres horas antes habían estado robando, y lo miraban también regocijados.
 -Dijo -empezó a contar el Zimmio cuando se hubo calmado un poco- que anoche le robaron treinta gallinas... Que unos ladrones sacrílegos se introdujeron anoche en su gallinero y que los condenados le robaron treinta gallinas, aprovechándose de él, que hace la caridad... ¡Treinta gallinas, dijo aquel hijo de perra!
 A Tommaso y el Zucabbo les brillaban los ojos por la alegría de saber que habían hablado de ellos durante la misa, ante tanta gente.
 -¡Ahh! -exclamó el Zucabbo-. ¿Lo oyes, Tommaso? Somos peores que el Tinea. ¿Qué te parece?
 -¡Aoh! -dijo Tommaso-. ¿Vamos a misa a oír lo que dice?
 -¡Vamos! -contestó con entusiasmo el Zucabbo.
 -Lárgate con nosotros, ¡dale! -dijo Tommasino al Zimmio.
 Así, hicieron la caminata hasta Ponte Mammolo y no se dieron por satisfechos con escuchar el sermón de la segunda misa, sino que también quisieron oír el de la última, de mediodía. El cura hablaba de ellos, de estos ladrones, de estas almas perdidas, de estos sacrílegos, etcétera, etcétera... Se hicieron una panzada de misas; por lo demás, hacía más de diez años que no pisaban una iglesia y ya ni siquiera recordaban quién había creado el mundo.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Monte Ávila Editores, 1969, en traducción de Attilio Dabini. ]

domingo, 12 de julio de 2015

"Fragmentos de noches romanas".- Pier Paolo Pasolini (1922-1975)


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 "Arnardo fue visto por Cacarella una noche de falsa tibieza precisamente al final del Puente Garibaldi. Lo siguió con todo lo ridículo del caso a plena luz.
 Arnardo dobló por una calleja, y hurgando con la punta del pie en un montón de basura, preguntó: "¿Me dice la hora que es, por favor?"
 Eran exactamente las diez menos cinco, y el poseedor del reloj, y del tiempo, se lo comunicó. Después siguieron las frases, no del todo sacramentales... En realidad, Arnardo -quizá por la exorbitante capacidad de expresión del inusitado gilipollas- empezó a preguntar tartamudeando precisiones... sí... se trataba sólo de ir de paseo... de estar juntos... "Si quieres venir sólo de paseo -respondió el otro cándidamente-, bien... pero si quisieras concederme algún otro favor, mejor. Me harías el hombre más feliz de la tierra."
 Y así Arnardo se dispuso a hacerlo el hombre más feliz de la tierra.
 [...] Llegado a casa, empezó en seguida a aclararse. He aquí, en cursiva, las aclaraciones:
 
 La oferta.
 -¿Reirás como en un día del cuarenta y cinco -cuando no te conocía- con tu rostro de comparsa, con tu rostro romano degeneradamente rubio...? En el fondo de la garganta impura tienes la feroz seriedad del destino de un casto. Te ofreceré mis pulmones, mis entrañas y mis zapatos.
 -En Ostia, medianoche, el carnaval. Cuidado... ahora blasfemo de alegría, pensando que hay una cama donde tú, con tus ojos de oro, tendrás una sonrisa de ahorcado.
 -Te he dado un solo beso, ayer noche, en el Puente Mazzini, pero he besado a toda Roma.
 -Tú lo sabes todo, yo nada. En tus ojos el Trastevere es como un muchacho en una tumba...
 -En Ostia, en Ostia, toda la noche... Cenaremos, solos. Tus ojos cubren el Tirreno; pero ¿por qué ayer noche, al conocernos, estabas casi a punto de llorar?
 -Eres frágil, mi doloroso comparsa, el sol de Roma te ha devorado.
 -La espera de una noche y de un día, para la cita en el lungotevere*, me ha matado. A ti esta noche irá sólo mi sombra, a mendigar un poco de carne.
 -...es tan leve tu espalda... tan pesados tus cabellos... tan pálidos tus ojos... tu rostro tan vulgar... ¡Ah!, un talle estrechado sobre un par de pantalones agotados de miseria y belleza es la más dulce alabanza al creador.
 -Soy una pura llaga, y tú, suelto, por las calles de Roma, perdido y feliz como en la virginidad de tu madre... Yo estoy bañado en sangre y tú, intacto, ¡en el tranvía? ¿En los lungoteveri* vespertinos? ¿En el Farnese? ¿En las callejas donde el asfalto tiene ya un horrendo olor de abril?
 -El tiempo pasa, de diez en diez minutos, 5 y media, 8 y media, si es que estás, si acaso estás... Mi vida está ausente como la calle donde vives. Hemos hablado apenas pero cada palabra creaba el mundo. Y el beso...
 -Multiplica tu misterio por cada calle del Trastevere, por cada exclamación vespertina... por cada gota de una vida vivida por cien mil muchachos romanos, y comprenderás cuánto te amo.
 -No lo sospechas, pero cada bocado, cada sorbo y cada bocanada de humo, en el primer bar, te esculpía en el mármol de tu belleza aún no creada. Y, además, ¿no hablabas? Volviendo un poco la cabeza, con una sonrisa donde la timidez y la corrupción luchaban en el avellana de tus ojos... Vi sucumbir la timidez y la corrupción reinar estúpida de indiferencia, vi sucumbir la corrupción, y la timidez reinar en el avellana de las lágrimas.
 
 Post amorem.
 -San Paolo -los pinos melancólicos de latinidad, contra un horizonte carbonizado por la luna. Entre cañas y hierba sucia, bajo un terraplén orientado a Etruria, tu traje apestaba a vagón, tu fascinación cedía. Y tú tenías miedo. Y en realidad me has dicho con ojos trémulos: "Ya no me quieres, lo comprendo por tu mirada". Pero yo te volví a abrazar, porque seguías siendo un milagro, está bien.
 -Mi sombra llegó al final del Puente Mazzini cuando ya el viento estaba lleno de tu ausencia. Ya no había amor, sino sangre. Has encontrado un comprador muerto. San Paolo... las estrellas que tú con dulzura imprevisible has admirado... el terraplén sobre el que pasaban sombras voseantes y alarmantes... Los papeles se habían invertido: ahora eras tú el que mendigabas. Sentías tu miseria como yo había sentido tu belleza".
 
 
*Lungotevere: "a lo largo del Tíber", designa las avenidas de Roma que corren pegadas al río.