viernes, 7 de julio de 2017

"La Europa de Hitler".- Arnold J. Toynbee (1889-1975)


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Parte primera: La estructura política de la Europa de Hitler
VI.-El trato alemán a los judíos

«Con la derrota total de Polonia se convirtieron en realidad sus peores temores. Al ir entrando los alemanes en una ciudad tras otra se vio alentada la violencia contra la población judía. Antes de terminar el año 1939 habían sido asesinados más de un cuarto de millón de judíos por el ejército alemán y las SS, por antisemitas indígenas y por elementos criminales de la población. Mientras tanto, las autoridades alemanas emprendieron una destrucción más sistemática con vistas a una evacuación total final de todos los judíos supervivientes de Europa a Madagascar.
 Al cabo de seis semanas, 57.000 habían sido deportados a Alemania para realizar trabajos forzados. En las ciudades polacas se establecieron ghetos -en Varsovia se hizo esto después de haber sacado dos millones de dólares a los judíos de la ciudad como soborno para evitar su establecimiento- y los habitantes se vieron obligados a trabajar en fábricas, en las carreteras y en todos los lugares donde obreros no especializados podían servir a la máquina de guerra alemana. Fueron introducidas las leyes de Núremberg, los judíos se vieron privados de todos sus derechos civiles; sus cartillas de abastecimiento fueron selladas y se limitó con gran severidad la distribución de raciones para ellos; los judíos que no eran "económicamente útiles" se vieron en algunos casos totalmente privados de toda clase de racionamiento; las sinagogas y las instituciones culturales judías que habían escapado a la destrucción durante los primeros excesos fueron confiscadas y destruidas; sus negocios fueron incautados y "arianizados" y se hicieron todos los esfuerzos precisos para azuzar a la población polaca contra ellos, difundiendo constantemente el rumor de que eran los judíos quienes habían causado la derrota de Polonia y la guerra y ofreciendo a los polacos propiedades o ropas que frecuentemente procedían de los robos de que eran víctimas los judíos.
 A finales de octubre se creó una reserva de cincuenta por sesenta millas de extensión en la región de Lublin y se anunció que allí serían enviados todos los judíos y que se les permitiría llevar una vida autónoma dentro de estos límites. Más de 30.000 judíos de Polonia, de Viena, de Checoslovaquia fueron enviados allí, amontonados en vagones de ganado, sin comida ni agua. Los que sobrevivieron al viaje se encontraron con que no se había hecho el menor preparativo para recibirles y que carecían de medios para ganarse la vida. Pronto fueron víctimas de epidemias y, como los alemanes temían el contagio, se vieron obligados, temporalmente, a abandonar este experimento.
 En lugar de la reserva proyectada, se intensificó el amontonamiento de judíos en los ghetos y en los campos de trabajo forzados. Al principio, los judíos eran simplemente capturados en las calles y puestos a trabajar; luego las autoridades judías se vieron obligadas a enviar diariamente cantidades determinadas de personas para las distintas clases de trabajos. Los que no podían trabajar eran abandonados para que se murieran de hambre. Durante este primer período los nazis introdujeron un sistema -extraordinario en vista de las necesidades de los transportes de guerra- de enviar simplemente a los judíos, amontonados en vagones de ganado, a largos viajes sin comida ni agua y sin más motivo aparente que el de que muriesen en el camino.
 Es muy natural que todos los judíos que vivían cerca de las fronteras tratasen de huir, pero la huida no era fácil. Los rusos habían ocupado toda la parte oriental de Polonia y, con muy pocas excepciones mantenían cerrada aquella frontera. En todas las demás direcciones era prácticamente imposible la huida, y si se intentaba, resultaba en vano. La mayoría de los que escaparon hacia el Este o hacia el Norte volvieron a ser capturados cuando los nazis avanzaron por Rusia y los Estados Bálticos en 1941, y sólo unos pocos judíos-polacos consiguieron marchar lo suficientemente hacia el Este para quedarse a salvo en los nuevos centros de municionamiento que la Unión Soviética había establecido al Este de los Urales y en Siberia.
 Entre abril y junio de 1940, las juderías de Dinamarca y Noruega, de Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Francia, con inclusión de muchos miles de refugiados de Alemania y Austria que no habían podido escapar más lejos, cayeron en manos de los nazis. En Dinamarca, donde los alemanes se habían abstenido de sustituir el régimen danés existente por una administración directamente suya, no consiguieron obligar a que aceptasen su política antijudía ni el heroico Rey ni el pueblo de aquel país. Cuando amenazaron con imponer la obligación de llevar la estrella judía, el Rey anunció que él y toda su Corte se pondrían también la estrella. Cuando trataron de abrir un abismo entre los judíos y los demás ciudadanos de Dinamarca, el Rey, acompañado de su Corte, asistió con todo el ceremonial a los servicios de los Días Santos en la sinagoga judía. En Noruega lograron colocar en el poder a Quisling, pero le resultó difícil imponer una legislación del modelo nazi a la Iglesia y al pueblo de aquel país. En Holanda y Bélgica, sus marionetas, Mussert y Degrelle, eran demasiado débiles para confiarles el poder y tuvieron que establecer sus propios gobiernos. Resulta irónico que en Francia, con su historial de tolerancia, bajo las órdenes del mariscal Pétain y de Pierre Laval, fuese donde Alemania consiguiese el mayo éxito en el establecimiento de un régimen antijudío que seguía de manera sustancial el modelo nazi.
 En todos esos países, en diversos grados, se reproduce el modelo usual. Primero fueron atacados los refugiados judíos y muchos miles de ellos fueron deportados a trabajos forzados y a campos de concentración de la Europa oriental, en las acostumbradas condiciones de barbarie. A las comunidades judías les sacaron enormes cantidades de dinero con diversos pretextos; fueron saqueadas las instituciones religiosas y culturales; las propiedades y los negocios fueron confiscados y a la población judía se la condenó a trabajos forzados, llevándola como un rebaño de un lugar a otro y privándola de los racionamientos normales. En toda la Europa central y occidental se creó un departamento para organizar el robo de las casas judías, para apoderase de sus tesoros artísticos y culturales, sus bibliotecas y cuadros, sus muebles, tapices, joyas y obras de arte.
 [...] En la misma Alemania, el primer año de guerra había acarreado una intensificación de las miserias de los judíos. Muchas ciudades pequeñas expulsaron por completo a su población judía y se proclamaban con orgullo júdenrein (limpias de judíos), y esto ocurrió de manera especial en los territorios anexionados de Polonia, a lo largo de la frontera oriental. Con frecuencia se les negaba el racionamiento o se les hacía imposible el conseguirlo. [...] Aparte de esto no había más que trabajo forzado, deportaciones absurdas, privación de raciones, expulsión de viviendas y humillaciones perpetuas. Ésta era la suerte de la población judía.
 En junio de 1941, Hitler invadió Rusia y aun antes de que comenzase la invasión se pudo percibir que ésta ofrecería nuevas oportunidades de brutalidad y violencia que incluso bajo la ocupación nazi eran impracticables en la Europa occidental y central. La decisión de completar la obra de aniquilación de los judíos de la Europa oriental fue adoptada por el mismo Himmler, siguiendo órdenes de Hitler, a mediados de junio. Se crearon escuadras especiales dentro de las SS a las que se confió esta tarea, y estas escuadras quedaron agregadas a los diversos ejércitos. Además, se tomaron medidas para extender los equipos de exterminio en masa, que ya existían en Treblinka, Belzek y Wolzek, al campo más grande de Auschwitz (Oswieçin).»
 

jueves, 6 de julio de 2017

"Cómo discutir con un fundamentalista sin perder la razón".- Hubert Schleichert (1935)


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1.-Introducción
 Teorías especiales de la argumentación: la teoría del status

«Cuanto más general es una teoría de la argumentación, tanto más inane se hace; eso es irremediable. El esquema de Toulmin, y todos los esquemas parecidamente comprehensivos de argumentación, son tan generales como triviales. Las perspectivas de una teoría fructífera en la práctica mejoran claramente cuando el planteamiento se hace más restrictivo desde el punto de vista del contenido, por ejemplo: ¿cómo argumenta un abogado, un predicador, un psicótico, un publicista?
 Una limitación semejante del planteamiento puede conducir a una teoría de la argumentación más concreta, apegada a la vida, y a fin de cuentas, también más útil desde una perspectiva práctica. En determinados ámbitos especiales, las formas de argumentación quizá están delimitadas de forma tan estricta que puede plantearse una teoría útil e interesante, pero que siempre será una teoría "local", nunca una teoría "global". Puede incluso buscarse una comprensión completa de las formas de argumentación relativas a ese ámbito especial.
 Un ejemplo clásico es el del procedimiento judicial. Aquí está clara la tesis; debe demostrarse la culpabilidad o inocencia de un acusado; también están establecidos los principios del procedimiento mediante los cuales están rigurosamente predeterminados los argumentos admisibles. Estos principios son de naturaleza jurídica; nadie puede ser sancionado por una acción que no haya cometido, que no haya cometido en las circunstancias en las que se le acusa de haberla cometido, que haya cometido por ignorancia  o por motivos nobles (por ejemplo, por el bien general) o que no caiga dentro de la jurisdicción del tribunal en cuestión. De ahí se siguen los posibles argumentos de descargo, y por eso en este ámbito es posible establecer una teoría interesante de la argumentación. En su momento, se desarrolló en el marco de la antigua retórica (especialmente, Hermágoras en el siglo II antes de nuestra era). Es la teoría de los cuatro status (stasis, en griego), es decir, los principales puntos en disputa, aquellos puntos de los que depende esencialmente la defensa. Son los siguientes:
 1.-El status coniecturalis. Es decir, la pregunta por el autor. ¿Cometió de hecho el acusado la acción? El mejor argumento del acusado siempre es afirmar que no cometió el acto que se le imputa.
 2.-El status definitivus. El acusado ha hecho efectivamente algo, pero su acto no entra en la categoría utilizada en la acusación. Por ejemplo, es cierto que robó a una mujer la bolsa en el templo, pero no es un robo sacrílego porque no tocó las propiedades sagradas. O alguien ha causado de hecho la muerte a un hombre, pero no intencionadamente, por lo que hay que rechazar la acusación de asesinato.
 3.-El status qualitatis. No se discute el acto, pero es preciso investigar con más detalle su "calidad". En ocasiones, ésta es una defensa muy honrosa. Existen múltiples posibilidades, como: a la víctima/acusado se le incitó a cometer el hecho; el hecho no fue intencionado; mediaba estado de necesidad; actuar con demora ponía en peligro al estado; razones de moral o de honor prácticamente imponían actuar así (ejemplo clásico: sí, he matado a mi madre, pero porque ella había asesinado a mi padre). Los asesinatos de motivación política o religiosa suelen justificarse aduciendo la calidad especial del acto. 
 4.-El status translationis: ésta es la pregunta de si la acusación no puede rechazarse sin examinar su contenido. Eso es posible cuando el tribunal no tiene jurisdicción. Rechazar la acusación puede ser ventajoso cuando quepa esperar que el tribunal con jurisdicción efectiva juzgará de forma más favorable que aquel ante el que se está debatiendo el caso en este momento.
 
 La teoría del status tenía la seguridad de agotar con estos cuatro aspectos todas las posibilidades de la argumentación, y al defensor le bastaba con demostrar uno de ellos. El esquema de los cuatro status también puede interpretarse como guía para el juez: esos cuatro aspectos son los que tiene que tener en cuenta cuando emite su sentencia. Las reflexiones que subyacen a este esquema se refieren al contenido; aquí no servirían de gran ayuda análisis puramente lógicos.
 Está claro que la teoría del status no es un esquema de argumentación universal y que no es de aplicación a incontables ámbitos. Por otro lado, tampoco es tan particular y limitado como podría parecer; puede aplicarse en todos aquellos casos en los que se trata de defenderse de acusaciones. Recurriendo a la teoría del status pueden, por ejemplo, analizarse bien las diversas "soluciones" al problema de la teodicea. El problema consiste en la pregunta por la relación entre un dios omnisciente, todopoderoso e infinitamente bondadoso y los múltiples males y dolores en el mundo creado y preconcebido por ese dios. Ese dios, por tanto, es acusado del mal en el mundo. El problema, para las religiones altamente evolucionadas, como el cristianismo, es muy acuciante, pero se formuló  ya en época precristiana. En el filósofo Epicuro (341-270 antes de nuestra época) podemos leer:
 "O dios quiere suprimir el mal del mundo, pero no puede. (En cuyo caso es débil y, por tanto, no es dios).
 O puede pero no quiere hacerlo. (En cuyo caso es malévolo y, por tanto, no es dios).
 O ni puede ni quiere hacerlo.
 O bien puede y quiere hacerlo (como únicamente corresponde a un dios): ¿de dónde proviene, entonces, el mal en el mundo?"
 En Epicuro, el planteamiento de estas preguntas tiene como objetivo poner en cuestión el concepto de dios. Dentro de la teología cristiana, sin embargo, era preciso infirmar de algún modo la acusación contra dios. Las posibilidades de argumentación que pueden considerarse a ese fin pueden clasificarse de acuerdo con la teoría del status. [...]
 1.-Status coniecturalis: ¿proceden efectivamente los males del mundo de dios o son atribuibles a algún otro poder, a los poderes de las tinieblas, como enseñaban los maniqueos? [...]
 2.-Status definitivus: indiscutiblemente, en el mundo hay muchas cosas que nos parecen desagradables, ¿pero se trata realmente de males que se le pueden reprochar a dios? Podrían, por ejemplo, ser castigos por nuestros pecados. [...]
 3.-Status qualitatis: ¿no podría ser que los supuestos males fueran irremediables por razón de la armonía del universo en su conjunto? El mundo quizá no fuera tan perfecto si estuviera totalmente desprovisto de mal. [...]
 4.-Status translationis: ¿compete al hombre juzgar a dios? El argumento de la inescrutabilidad divina, tan caro a los teólogos desde tiempos de Job, afirma que los pensamientos y atributos de dios son incomprensibles para nosotros.»
 

miércoles, 5 de julio de 2017

"Siddharta".- Hermann Hesse (1877-1962)


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Segunda parte: Kamala

«Kamala exclamó riendo:
 -No, querido, no me basta. Tienes que ir vestido con ropas elegantes y debes llevar finos zapatos y mucho dinero encima, y traer también regalos para Kamala. ¿Vas aprendiendo? ¿Te fijas, samana del bosque?
 -Naturalmente, me fijo -repuso Siddharta-. ¿Cómo podría desatender las palabras de esa boca? Tus labios son como un higo recién abierto, Kamala. También mi boca es roja y fresca y hará juego con la tuya, lo verás. Pero, dime, bella Kamala, ¿no temes ni siquiera un poco al samana del bosque, que ha venido a aprender el amor?
 -¿Cómo podría tener miedo de un samana? ¿De un necio samana del bosque, que habita con los chacales y que todavía desconoce lo que es una mujer?
 -¡Ah! Pero el samana es fuerte y no se arredra ante nada. Podría forzarte, bella muchacha. Robarte, hacerte daño.
 -No, samana, no temo nada de eso. ¿Alguna vez un samana o un brahmán ha temido que alguien le pudiera robar su sabiduría, su devoción o su profundidad de pensamiento? No, pues es suyo, y sólo da lo que quiere dar y a quien quiere. Lo mismo, exactamente, pasa con Kamala y las alegrías del amor. La boca de Kamala es bonita y encarnada, pero intenta besarla contra la voluntad de Kamala, y no disfrutarás ni una sola gota de la dulzura que sabe dar. Tú tienes facilidad para aprender, Siddharta, pues aprende también esto: el amor se puede suplicar, comprar, recibir como obsequio, encontrar en la calle, ¡pero no se puede robar! El camino que te has imaginado es erróneo. Sería una lástima que un joven tan agraciado como tú, empezara tan mal.
 Siddharta se inclinó sonriendo y contestó:
 -¡Sería una lástima! ¡Tienes razón! ¡Sería una verdadera lástima! ¡No, de tu boca no se debe perder ni una sola gota de dulzura, ni tú de la mía! Quedamos, pues, así, en que Siddharta volverá cuando tenga lo que le falta: vestidos, zapatos, dinero. Pero antes, bella Kamala, ¿no podrías darme un pequeño consejo, todavía?
 -¿Un consejo? ¿Por qué no? ¿Quién se negaría a dar un consejo a un pobre e ignorante samana que viene de los chacales del bosque?
 -Dime, pues, querida Kamala: ¿dónde debo ir para encontrar rápidamente esas cosas?
 -Amigo, eso es lo que muchos quisieran saber. Debes hacer lo que has aprendido y exigir por ello dinero, vestidos y zapatos. De otra forma, un pobre no logra tener dinero. ¿Qué sabes hacer?
 -Sé pensar. Esperar. Ayunar.
 -¿Nada más?
 -Nada más... Pues sí, también sé hacer poesías. ¿Quieres darme un beso por una poesía?
 -Si me gusta la poesía, sí. ¿Cómo se llama?
[...]
 Kamala aplaudió tan fuerte que sus pulseras de oro resonaron argentinas.
 -Me gustan tus versos, moreno samana. Y, en verdad, no pierdo nada, si te doy un beso.
 Con los ojos le atrajo; Siddharta inclinó el rostro sobre el de Kamala y depositó su boca sobre la del higo recién abierto. El beso de Kamala fue largo; con profundo asombro, Siddharta se dio cuenta de que le enseñaba, pues era sabia; le dominaba, le rechazaba, le atraía, y tras el primer beso le esperaba una larga sucesión de besos bien ordenados, bien probados, cada uno distinto del siguiente. Respiró profundamente y en ese momento sintióse sorprendido como un niño ante la abundancia de cosas nuevas y dignas de aprender que se descubrían ante sus ojos.
 -Tus versos son muy bellos -exclamó Kamala-; si yo fuera rica te los pagaría a precio de oro. Pero te será difícil ganar con versos tanto dinero como el que tú necesitas. Pues necesitarás mucho si quieres ser amigo de Kamala.
 -¡Cómo sabes besar, Kamala! -balbució Siddharta.
 -Sí, eso lo sé hacer; por ello no me faltan vestidos ni zapatos ni pulseras ni otras cosas bonitas. ¿Pero qué será de ti? ¿No sabes otra cosa que pensar, ayunar y hacer poesías?
 -También sé las canciones de los sacrificios -comentó Siddharta-, pero ya no las quiero cantar. También conozco las fórmulas mágicas, pero ya no las quiero pronunciar. He leído las escrituras...
 -¡Alto! -le interrumpió Kamala-. ¿Sabes leer? ¿Sabes escribir?
 -Sí, naturalmente. Hay muchos que saben.
 -La mayoría, no. Tampoco yo lo sé. Es muy interesante que sepas leer y escribir, muy interesante. También te servirán las fórmulas mágicas.
 En ese instante entró corriendo una sirvienta y dijo unas palabras al oído de su ama.
 -Tengo visita -exclamó Kamala-. ¡Date prisa! ¡Vete, Siddharta, nadie debe encontrarte por aquí, no lo olvides! Mañana te veré de nuevo. 
[...]
 Contento, hizo lo que se le había mandado. [...] De repente, se le encendió el orgullo. Ya no era un samana, ya no debía pedir limosnas. Arrojó el pastel de arroz a un perro y se quedó sin comer.
 "La vida que se vive en este mundo es simple -reflexionó Siddharta-. Cuando todavía era un samana todo era difícil, y al final desesperado. Ahora todo es fácil, tan sencillo como las enseñanzas en el arte de besar que me ofrece Kamala. Necesito vestidos y dinero, nada más; son dos metas pequeñas y cercanas, que no quitan el sueño."
 [...] en la casa de Kamala se presentó al día siguiente. [...] Siddharta replicó:
 -Ayer te conté que sé pensar, esperar y ayunar y tú encontraste que todo ello no servía para nada. Sin embargo, sirve para mucho, Kamala, ya lo verás. Te darás cuenta de que los ignorantes samanas aprenden en el bosque y saben muchas cosas hermosas que vosotros no sabéis. Anteayer todavía era un mendigo sucio; ayer besé a Kamala; y pronto seré un comerciante, y tendré dinero y todas las cosas que a ti te gusten.
 -Eso es cierto -respondió Kamala-. ¿Pero qué sería de ti si no fuera por Kamala? ¿Qué serías tú sin mi ayuda?»
 

martes, 4 de julio de 2017

"La casa grande".- Álvaro Cepeda (1926-1972)


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El hermano

«Frente a mi hermana muerta no tengo lágrimas sino preguntas. El llanto nos lo quitaron después de la infancia: el odio que no entendíamos y sobre el cual se fundó la continuidad de la familia, nos secó el llanto, nos negó el gran descanso de las lágrimas. Ahora no me quedan sino las preguntas; las preguntas que no pude hacer cuando eran necesarias, cuando surgían atormentadoras ante cada hecho, ante cada acción y más atormentadoras aún y más apremiantes después de cada catástrofe. Las preguntas que no tuve tiempo  de hacer porque todo se me vino encima de golpe, con la misma violencia del viento inesperado e ineluctable que dobla las bananeras, desolando lo que había sido seguridad y esperanza. Primero, el Padre, que irrumpió en mi vida como una fuerza maligna e implacable, destrozando de pronto el delicado arreglo de la adolescencia, la maravillosa y prometedora continuación de una niñez resguardada de toda sorpresa exterior; el Padre para quien las preguntas eran una afrenta a sus decisiones indiscutibles, todopoderosas, estableció con su sola existencia la imposibilidad de las preguntas.
 Después la soledad alucinada de los años en el colegio lejano que no permitía las preguntas porque las respuestas comenzaban a vislumbrarse aterradoramente claras; inadmisibles todavía dentro del enmarañado orden de los sentimientos confundidos. Y entonces era necesario agotar los sentidos, amontonar sensaciones, tapar la piel con manos indeseadas para no dejar entrar a las preguntas que me rondaban como animales hambrientos y feroces. Fue la noche larga de los sentidos formidables. Y su recuerdo es solamente una desvanecida aglomeración de caras, de palabras, de sensaciones, sin explicación ni consecuencia.
 Y por último, todas las preguntas que no pudieron hacerse cuando la poca y miserable vida de los jornaleros les fue arrebatada a tiros en las estaciones, a lo largo de las vías del ferrocarril, frente a las puertas entreabiertas de sus casas, porque precisamente trataban de ejercer lo que ellos creían, lo que yo principalmente creía, que era su derecho a preguntar, a indagar la razón para la desigualdad y la injusticia. Las preguntas que luego hubo que aplazar porque era más apremiante la tarea de reconstruir y restañar lo que un militar abyecto había tratado de abatir y desangrar. Todas estas preguntas se amontonaban ahora ante la muerte de mi hermana. ¿Dónde encontraré las respuestas? ¿Están acaso en mí? ¿O es su dolorosa y ya definitiva y total respuesta el cuerpo muerto de mi hermana?
 Yo odiaba la lluvia. Le temía más que al peor de los castigos porque la lluvia me aislaba de todas las cosas agradables que la casa grande ofrecía a mi niñez con su laberíntico universo de pasillos, habitaciones, patios y sitios encantados que mi hermana y yo explorábamos ávidamente todos los días. La lluvia era precedida siempre por un calor infernal que ni aun los gruesos y altos paredones de la casa grande lograban mantener fuera; se metía en los cuartos, lo invadía todo, se volcaba pesadamente sobre las cosas y personas de la casa. De pronto, sorpresivamente el cielo se volvía gris, las nubes se amontonaban sobre los picos de la sierra, cubriéndolos con un nimbo sucio y pavoroso, y un viento helado, agudo, nos recorría el cuerpo minuciosamente.
 Los truenos rebotaban insistentes y ensordecedores dentro de la gran campana gris con que habían cubierto nuestros patios. Al fin, por las resquebraduras luminosas que habían abierto en el cielo los estampidos de los truenos, se derramaban los primeros goterones, como de plomo, que al estrellarse contra el suelo reseco levantaban una minúscula polvareda. Entonces, en medio de la baraúnda creada por la lluvia, se oía la voz preocupada de Isabel que me buscaba por toda la casa gritando: "¡este viento helado te va a hacer daño! ¡No te vayas a mojar con la lluvia, que te vas a enfermar!" Yo, en esos momentos, la odiaba. Mi hermana y yo nos escondíamos apretujados contra el arco de un corredor, o debajo del alero de una ventana cerrada, o protegidos precariamente por las hojas de los arbustos bajos en el patio de los caimitos. Cuando Isabel nos encontraba, ya la lluvia nos había empapado las ropas y un frío suave y agradable comenzaba a cubrirnos la piel humedecida.
 Y al final de la madrugada, cuando la creciente opresión en el pecho, que yo había tratado de disimular durante la comida frente a los ojos conocedores de mi hermana, me ahogaba y me impedía respirar, tenía que llamar a Isabel. Sentada a mi lado reprendiéndome en voz baja pero cariñosamente y frotándome las espaldas con sus manos grandes y aliviadoras, Isabel y yo veíamos meterse la mañana por entre las rendijas de la ventana cerrada. Mi hermana entreabría la puerta de mi cuarto silenciosamente y se quedaba allí, mirándome. Cuando Isabel me dejaba para ir a avisar que yo había amanecido enfermo, mi hermana se acercaba a mi cama, me tocaba la cabeza hirviente con sus manos frescas y me decía: "Yo tampoco pude dormir anoche: me ahogaba." Luego se iba. Y a mí me parecían menos duros los días del encierro y de la enfermedad que comenzaban en ese momento.

***
 ¿Dónde está ahora mi sitio? ¿Cuál es mi lugar en este gran desorden de la vida? La Hermana ha ocupado con su cuerpo el único sitio que me pertenecía: era una sola muerte para los dos y ella la ha acaparado totalmente.»
 

lunes, 3 de julio de 2017

"Tratado del origen y arte de escribir bien".-Fray Luis de Olod (s. XVIII)


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Capítulo XV: De la buena crianza civil y christiana que han de dar los Maestros a los discípulos
VI.-De cómo han de jugar o divertirse los discípulos

«No hay donde las pasiones queden más libres que en el juego ni donde se encienden más fácilmente. En el juego (según dice el V.P. Murillo) se descubre el natural de cada uno sin disfraz. Los inciviles y mal criados demuestran lo que son en los movimientos que hacen y palabras que dicen; y quien en el trato parecía dulce y afable, el juego le demuestra bronco, descortés e intratable. Es por otra parte indispensable que los muchachos jueguen y se diviertan para que conserven mejor la salud corporal y la viveza de sus potencias; pues si estuviesen continuamente aplicados perderían, con la salud del cuerpo, la viveza de sus potencias porque el espíritu humano es como la tierra que para llevar buen fruto quiere estar con descanso y sin trabajo. Y así, enseñando la experiencia que los muchachos, después de un moderado juego, se aplican más ávida y gustosamente a los estudios; [...] Y por esto será la mayor destreza de un maestro el divertirles con fructuosas ocupaciones.
 Deben, pues, los maestros ser muy prudentes en esta materia porque si dexan jugar mucho a los discípulos, después aborrecen el estudio y, si no los dexan jugar y recrear, pierden entrambas saludes. [...] Los juegos, pues, y entretenimientos de los niños christianos han de ser honestos y a su tiempo, con sus iguales en calidad y edad; y aquellos son mejores para gente moza en que se haga algún exercicio corporal para aumentar más las fuerzas y también la salud, como es: el juego de marro y el de los bolos, barra y pelota; y para diversión de asiento el axedrez, damas, oca y trompillos, etc. Pero les será muy dañoso, y no han de permitir los maestros, el que jueguen los discípulos a los dados, a los naypes, al billart, etc. porque estos juegos no son a propósito para conservar la salud y son juegos que suelen ser la perdición de los hombres y, una vez aficionados a estos juegos, pierden el tiempo en ellos, los bienes que tienen, la devoción de las cosas santas y la conciencia, maldiciendo, jurando, blasfemando y haciendo embustes, fraudes y engaños.
 Por esto dixo Platón que a los niños desde los primeros años se les han de connaturalizar las buenas costumbres porque si se ocupan en juegos impropios, o menos decentes, nunca saldrán virtuosos. [...] Por lo que deben desvelarse mucho los maestros que los juegos que para su diversión les permiten sean siempre honestos y nunca incentivos de sus pasiones, procurando también con grande cuidado, que sea por poco tiempo, sin pasión y por divertimento y que, si algo apostan, sea únicamente aquello cuya pérdida no pueda afligirles, teniendo el maestro siempre la mira a que se diviertan de tal modo que el mismo juego sirva y contribuya a su buena educación.
 Acuérdense que un hombre de bien jamás ha de jugar sino por diversión y luego que la pasión domina en el juego ya no es diversión sino un exercicio penoso y nocivo. Sobrado ardor en el juego y conocida ansia en ganar son, por lo ordinario, el origen de muchas acciones descomedidas, groseras y aun villanas; pues si un tahúr se despeña contra la razón y la ley, el que goza sobradamente en el lucro, ofende a quien pierde y ocasiona disgustos, desayres y enemistades; eviten, pues, con cuidado todos esos excesos; estén siempre sobre sí mismos en el juego. Un poco de frialdad y alegre indiferencia está bien en el juego, quando juegue en él gente de garbo y civil; la política y la modestia, todo lo hermosean.
 No dexen de afearles los clamores súbitos y los insultos de júbilo e indignación, según la suerte del juego. Háganse ley de ceder siempre a su compañero la primacía, asiento y elección; pues como no hay cosa más decente, ni que haga mayor honra, que el ceder generosamente estas pequeñas ventajas; de ahí el hombre de buena crianza adquiere estimación con la gente civil a poco gasto. La disputa, la temeridad, el ardor y la impaciencia en el juego son de gente ordinaria, pero la cortesanía tiene un no sé qué de noble, que atrae y satisface. No hay cosa más ridícula que volverse con indignación contra los instrumentos del juego y querer atribuir a ellos los efectos de nuestra inhabilidad y desventura. Hablando siempre con mucho respeto y circunspección y evitando la aspereza, así en la voz como en los gestos; acostumbrándose a ser civiles, graciosos y afables en el juego y lo serán en todo lo demás.

VII.-De las buenas compañías que han de tener los discípulos

El primer lazo que arma el diablo a la salvación de los jóvenes es el hacerles que encuentren con malas compañías y, por esto, importará mucho que quando los niños tendrán otros de su edad para estudiar, jugar y divertirse, esté el maestro muy vigilante con qué género de compañías se han de juntar y entretenerse, apartándoles de las ruines y depravadas costumbres. Al modo que dice la Sagrada Escritura de Sara, que viendo a su único hijo Isaac jugar con su medio hermano Ismael, hijo de Agar esclava, no paró ni sosegó hasta apartarle de su compañía [...] porque echó de ver, como dice San Gerónimo, que el juego de Ismael era hacer idolillos o provocándole a cosas indecentes y malas.
 En este tiempo que los niños comienzan a entrar en el mundo les son las malas compañías más dañosas y peligrosas de lo que se puede pensar; porque el mundo abunda de ellas y es imposible el que no tropiecen con ellas a menudo; y de otra parte, no tienen todavía bastante conducta para evitarlas, ni fortaleza para resistirlas. Los malos los rodean incesantemente para atraerlos a sí, como se lee en los Proverbios: [...] Dícenles que es menester hacer como los demás; la complacencia los mueve; la vergüenza les estorva el contradecir; de suerte que se hallan vencidos y pervertidos en poco tiempo y no hay cosa más perniciosa que las malas compañías.
 Experiencia es muy clara que, sin saber la inclinación de una persona ni su vida, en viendo la compañía que trae, luego se dice quién es. En Roma era Catilina tan infame, según escribe dél Salustio, que, con ser mancebo tan noble, cada padre vedaba a su hijo juntarse con él: porque como le tenían por vicioso y disoluto, pegaba tiña de malas costumbres a quantos trataba; con todo ese recato, dice Plutarco, que destruyó la flor de la juventud romana. [...]
 Los muchachos deben ser apartados de las malas compañías porque son peste que los infecta y principalmente los aduladores o lisongeros; porque estos son los más pestilentes, y los que más presto precipitan a la juventud, porque alaban lo que es malo y con eso se arrojan a los vicios. Y acabo esta plática con aquella doctrina de San Pablo: Nescitis quia modicum fermetum totam massam corrumpit. Que una poca de levadura corrompe mucha masa. Y así del luxurioso se pegan torpezas; del iracundo, venganzas; del comedor, glotonerías; y del soverbio, vanidades y locuras. Y con esto se ve quan perniciosas son las malas compañías.»
 

domingo, 2 de julio de 2017

"El Cabra".- Alexandre Jardin (1965)


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I

«El amor conyugal es un pescado lleno de espinas, pensaba Gaspard. No comestible, una ilusión, un espejismo, sí, pero sublime; un resumen de la belleza del mundo, por decirlo de algún modo.
 La falta de entusiasmo de Camille le abrumaba. Ah, el matrimonio... Tienes una amante, pero si cuelga unas cortinas en las ventanas la veréis convertida en "ama de casa". ¡Qué estropicio! Gaspard iba macerando en su tristeza sin demostrarlo. ¿A quién confiarse, además? A Alphonse, claro. ¿Pero, qué decirle? ¿Que había creído y seguía creyendo en lo imposible, en la perpetua pasión, en el dedo alianzado? Un sueño, ¿verdad? Incluso a su amigo campesino la empresa podía parecerle, con razón, descabellada.
 Afligido, el notario consagró toda su atención a las actividades tradicionales: la construcción del helicóptero de madera con Alphonse, las sucesiones, las ventas de inmuebles y las lavativas que propinaba a su pasante. Lo aprovechó, también, para ayudar a su hija en la empresa de "poner orden" en el cementerio de Sancy.
 Natacha se había empeñado en restablecer cierta justicia en aquel lugar. Desde lo alto de sus siete años, encontraba inicuo que algunas sepulturas desbordaran de flores mientras que otras, desheredadas, fueran presas de líquenes y malas hierbas. Así, de vez en cuando, iba al cementerio para repartir equitativamente  coronas y ramos entre los pensionistas. La vecindad de los muertos no parecía afectar su moral, muy al contrario, esa promiscuidad la incitaba a tararear canciones infantiles mientras llevaba a cabo su labor o, mejor dicho, su misión.
 Pero aquel socialismo post mortem no gustaba a Malbuse, el hombre para todo del ayuntamiento, más o menos encargado de la jardinería del cementerio. Las familias indígenas se habían quejado por aquellas prácticas calificadas de "subversivas" o, incluso, de "comunistas". ¡Siempre la dichosa política...! Lo cierto es que Malbuse se había jurado atrapar a aquel anarquista de cuchillo entre los dientes que se permitía perjudicar a los más honrados difuntos del municipio. Su ardor se debía a que, para complementar su paga, se encargaba de cavar las tumbas en cada entierro. Consecuentemente, cuidaba su imagen ante los feligreses del lugar. Por lo de la propina después de la inhumación. Así fue cómo, cierto día, oculto tras una capilla funeraria, sorprendió con asombro a la minúscula Natacha mientras estaba actuando.
 La cogió por la oreja, le pegó una bronca de no te menees y fue a advertir al notario de que, si volvía a sorprenderla en flagrante delito, avisaría a los gendarmes, palabra de Malbuse. Poco hospitalario, el Cabra le trató de zoquete y le aconsejó, calurosamente, ir a que le sodomizaran o, si tenía prejuicios, a que le metieran un pepino gigante por el ojete. Corramos un tupido velo ante el resto de las invectivas. El Cabra se encendía cuando tocaban a sus renacuajos.
 Atónito, Malbuse puso pies en polvorosa sin más tardanza, perseguido por el notario que blandía las tenazas de la chimenea. En el portal, se detuvo jadeante y le expidió un postrer envío, un último cargamento de sustantivos zoológicos. Natacha reía aplaudiendo. ¡Cómo le gustaba que su padre estuviera como una cabra!
 Naturalmente, siguió haciéndolo; pero esta vez escoltada por el Cabra. Zarparon entre las brumas del alba, provistos de una laya y un rastrillo para limpiar las estelas y las losas más olvidadas. Natacha llevaba incluso un cepillo metálico para devolver su lozanía a los epitafios grabados en el granito o el mármol. Habían decidido que ella se encargaría de todo mientras su padre vigilaba apostado a la entrada del cementerio. De este modo, si el siniestro Malbuse sacaba la nariz, podría darse el piro por la puerta trasera.
 Natacha estaba dichosa. Se habían levantado al alba, los dos solos, sin hacer ruido. Camille y el Tulipán seguían empollando su sueño. No les habían puesto al corriente de su expedición. Un secreto de verdad entre ambos, una intimidad más. El Cabra le hirvió la leche, sí, logrando que se saliera, le sirvió dos rebanadas de pan tostado con mantequilla y miel en los bordes; luego, furtivamente, se fueron con los bolsillos llenos de provisiones y cargados con sus herramientas. La verja del cementerio estaba cerrada. Tuvieron que saltar la tapia: una sillita con las manos y ¡hala!. Cayendo sobre sus cortas piernas, Natacha se volvió entonces hacia la concurrencia.
 -¡Buenos días a todos! -les gritó alegremente a las losas.
 Sorprendido por esa familiaridad, el Cabra se instaló junto al portal y fingió escrutar los alrededores. No había, pues, peligro alguno; pero Natacha conservaría durante mucho tiempo la imagen de un padre cómplice y protector. Le estaba, así, regalando un recuerdo. Cada uno educa a sus hijos como puede.
 Gaspard era un profano en el arte de ser papá, como en el de ser marido. Improvisaba con la esperanza de que algún día lograría representar bien esos papeles.
 Triste, triste, triste estaba el notario. Ah, si al menos Camille... Casi deseaba que no fuera suya para conquistarla; pero era su mujer, y legítima además. Incluso habían tenido testigos.»
 

sábado, 1 de julio de 2017

"Ideas. Historia intelectual de la humanidad".- Peter Watson (1943)


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Capítulo 3: El nacimiento de los dioses, la evolución de la casa y el hogar

«Como hemos visto, Merlin Donald considera que la gran transformación de la historia humana fue el paso del pensamiento episódico al pensamiento mimético, lo que permitió el desarrollo de la cultura: "el gran escape del sistema nervioso". Antes de que este libro llegue a su fin, encontraremos muchos otros candidatos a la idea más importante en la historia de la humanidad: el alma, el experimento, el Único Dios Verdadero, el universo heliocéntrico, la evolución (y cada una cuenta con apasionados partidarios). Algunas de estas ideas son conceptos tremendamente abstractos. Sin embargo, para la mayoría de los arqueólogos la idea humana más grandiosa es una noción mucho más práctica y terrenal. Para ellos, la domesticación de las plantas y los animales, es decir, la invención de la agricultura, es claramente la idea más grandiosa de la historia, pues fue ella la que produjo la transformación más profunda que ha experimentado nuestro modo de vida.
 La domesticación de las plantas y los animales tuvo lugar en algún momento hace entre 14.000 y 6.500 años, y es una de las ideas mejor estudiadas de la prehistoria. Sus orígenes en ese período de la historia están íntimamente vinculados al registro climatológico del planeta. Hasta hace aproximadamente 12.000 años, la temperatura media de la tierra era mucho más fría y variable de lo que lo es en nuestros días. La temperatura podía cambiar hasta siete grados en menos de una década, mientras que hoy apenas ha cambiado tres grados en un siglo. Hace 12.000 años, sin embargo, la tierra se calentó de forma considerable a medida que la última Edad de Hielo llegaba a su fin y, lo que no es menos importante, el clima se estabilizaba. Este calentamiento y estabilización marcaron la transición entre los dos grandes períodos de la historia terrestre, el Pleistoceno y el Holoceno y fueron, de hecho, el gran desencadenante de la historia que hizo posible nuestro mundo.
 Podemos afirmar con cierta confianza que aunque estamos bastante seguros de dónde surgió la agricultura, de cómo empezó y de con qué plantas y animales lo hizo, no sabemos con igual certeza por qué tuvo lugar un cambio tan trascendental. Las teorías, al respecto, como veremos, se dividen en dos categorías. Por un lado, tenemos teorías ambientales y económicas que son varias, y por el otro, teorías religiosas, de las que hasta el momento sólo existe una. 
 Sabemos con certeza que la domesticación de las plantas y los animales (en este orden) surgió de forma independiente en dos regiones del mundo, y existen otros cinco lugares en los que quizá ello también haya ocurrido. La primera de estas áreas es el suroeste asiático, Oriente Próximo y en particular la "media luna fértil", que se extiende desde el valle del Jordán en Israel hasta el Líbano y Siria y un región del sureste de Turquía, y desde allí hasta las montañas Zagros, en Irak e Irán, la región conocida en la antigüedad como Mesopotamia. La segunda área en la que sin duda la agricultura surgió de forma independiente fue en Centroamérica, entre lo que hoy es Panamá y el norte de México. Además, existen otros cinco lugares en los que la domesticación también se dio, pero en los que no podemos estar seguros de que lo haya hecho de forma espontánea y no como resultado de los tempranos progresos realizados en Oriente Próximo y Centroamérica. Son éstos: las tierras altas de Nueva Guinea; China, donde la domesticación del arroz parece tener una historia propia; una estrecha franja del África subsahariana que se extiende desde lo que hoy es Costa de Marfil, Ghana y Nigeria hasta Sudán y Etiopía; la región de los Andes y la Amazonia, cuya accidentada geografía acaso provocó desarrollos independientes; y el oriente de Estados Unidos.
 Andrew Sherratt, del Ashmolean Museum en Oxford, nos ofrece una explicación de la forma en que estas áreas se distribuyen alrededor del globo. Su teoría es que tres de ellas -Oriente Próximo, Centroamérica y los archipiélagos del sureste asiático- son lo que denomina "puntos calientes": en términos geográficos y geológicos se trata de regiones de constante cambio, donde la increíble presión generada por las placas tectónicas al moverse bajo la superficie terrestre creó en estos lugares delgados istmos en los que se dieron características especiales que no existen en otros lugares del planeta. Estas características especiales fueron, primero, una abrupta yuxtaposición de colinas, desiertos y terrenos de aluvión (depósitos de arena o barro creados por el paso de las aguas) y, segundo, estrechas franjas de tierra que provocaron un aumento de la población hasta tal punto que el istmo ya no pudo abastecer la caza y recolección tradicionales. Estos "puntos calientes" se convirtieron entonces en "áreas nucleares" en las que las condiciones imperantes hicieron que el desarrollo de un nuevo modo de subsistencia resultara más apremiante para el hombre primitivo que habitaba esas regiones.
 Más allá de la veracidad de esta teoría, cuya sencillez es bastante atractiva, e independientemente del número de ocasiones en que se "inventó" la agricultura, de lo que no hay duda es de que, en términos cronológicos, las plantas y los animales fueron domesticados por primera vez en la "media luna fértil" del suroeste de Asia. Para comprender de manera cabal de qué estamos hablando, necesitamos conocer la naturaleza de las pruebas que tenemos a nuestra disposición, lo que significa, en primera instancia, dar un vistazo a una ciencia relativamente nueva, la palinología, el estudio del polen. Cada planta, y en especial las especies de árboles polinizadas gracias a la acción del viento, produce anualmente miles de granos de polen, la pared exterior de los cuales es muy fuerte y resistente a la descomposición. El polen tiene diversas formas y tamaños y, siendo orgánico, puede someterse a la datación por carbono. Por tanto, con frecuencia es posible determinar su edad y género, si no su especie, lo que permite a los arqueobotánicos (una especialidad más o menos reciente) reconstruir cómo era la vegetación del planeta en diferentes períodos del pasado.
 [...] En primer lugar, tenemos tres cereales que formaban los principales "cultivos fundadores" de la agricultura neolítica. En orden de importancia, éstos eran el trigo racimal (Triticum turgidum, subespecie dicoccum), la cebada (Hordeum vulgare) y el trigo alonso (Triticum monococcum) que aparecieron por primera vez en el décimo y noveno milenios de nuestra era. La domesticación de estos cereales estuvo acompañada por el cultivo de varias "plantas compañeras", en particular, el guisante (Pisum sativum), la lenteja (Lens culaniris), el garbanzo (Cicer arietinum), la arveja amarga (Vicia ervila) y el lino (Linum usitatissimum).»