Mostrando entradas con la etiqueta Limosna. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Limosna. Mostrar todas las entradas

viernes, 19 de febrero de 2021

Guzmán de Alfarache II.- Mateo Alemán (1547-1614)

Resultado de imagen de mateo alemán 

Libro tercero: donde se refiere todo el resto de su mala vida, desde que a España volvió hasta que fue condenado a las galeras y estuvo en ellas
I.-Despedido Guzmán de Alfarache del capitán Favelo, diciéndole ir a Sevilla, se fue a Zaragoza, donde vio el arancel de los necios

  «Con ésta se pudiera bien comparar la riqueza, pues hallarán en ella cuantas virtudes tienen las cosas todas. Todas las atrae a sí, preservando de todo veneno a quien la poseyere. Todo lo hace y obra. Es ferocísima bestia. Todo lo vence, tropella y manda, la tierra y lo contenido en ella. Con la riqueza se doman los ferocísimos animales. No se le resiste pece grande ni pequeño en los cóncavos de las peñas debajo del agua, ni le huyen las aves de más ligerísimo vuelo. Desentraña lo más profundo, sobre que hacen estribo los montes altísimos y saca secas las imperceptibles arenas que cubre la mar en su más profundo piélago. ¿Qué alturas no allanó? ¿Cuáles dificultades no venció? ¿Qué imposibles no facilitó? ¿En qué peligros le faltó seguridad? ¿A cuáles adversidades no halló remedio? ¿Qué deseo que no alcanzase o qué ley hizo que no se obedeciese? Y siendo como es un tan ponzoñoso veneno, que no sólo, como el basilisco, siendo mirado, mata los cuerpos, empero con sólo el deseo, siendo cudiciada, infierna las almas; es juntamente con esto atriaca de sus mismos daños: en ella está su contraveneno, si como de condito eficaz quisieren aprovecharse de ella.
 La riqueza de suyo y en sí no tiene honra, ciencia, poder, valor ni otro bien, pena ni gloria, más de aquella para la que cada uno la encamina. Es como el camaleón, que toma la color de aquella cosa sobre la que se asienta. O como la naturaleza del agua del lago Feneo, de quien dicen los de Arcadia que quien la bebe de noche enferma y sana si la bebe después del sol salido. Quien hubiere adolecido atesorando de noche secretamente con cargo de su conciencia, en saliendo la luz del sol, conocimiento verdadero de su pecado, será sano.
 Ni se condena el rico ni se salva el pobre por ser el uno pobre y el otro rico, sino por el uso dello. Que si el rico atesora y el pobre codicia, ni el rico es rico ni el pobre, pobre, y se condenan ambos. Aquella se podrá llamar suma y verdadera riqueza que poseída se desprecia, que sólo sirve al remedio de necesidades, que se comunica con los buenos y se reparte por los amigos. Lo mejor y más que tienen es lo que menos dellas tienen, por ser tan ocasionadas en los hombres. Ellas de suyo son dulces y golosos ellos: la manzana corre peligro en las puyas del erizo.
 La Providencia divina, para bien mayor nuestro, habiendo de repartir sus dones, no cargándolos todos a una banda, los fue distribuyendo en diferentes modos y personas, para que se salvasen todos. Hizo poderosos y necesitados. A ricos dio los bienes temporales y los espirituales a los pobres. Porque, distribuyendo el rico su riqueza con el pobre, de allí comprase la gracia y, quedando ambos iguales, igualmente ganasen el cielo. Con llave dorada se abre, también hay ganzúas para él. Pero no por sólo más tener se podrá más merecer; sino por más despreciar. Que sin comparación es mucho mayor la riqueza del pobre contento, que la del rico o sediento. El que no la quiere, aquese la tiene, a ese le sobra y sólo él podrá llamarse rico, sabio y honrado. Y si el cuerdo echase la cuerda y quisiese medir lo que ha menester con lo que tiene, nuestra naturaleza con poco se contenta y mucho le sobraría; empero, si como loco alarga la soga y quiere abrazar lo que tiene con lo que desea, hincha Dios esa medida, que con cuanto el mundo tiene será pobre. Para el de mal contento es todo poco; mucho le faltará, por mucho que tenga. Nunca el ojo del codicioso dirá, como no lo dicen la mar ni el infierno: “Ya me basta”. Rico y prudente serías cuando tan concertado fueses que quien te conociese se admirase de lo poco que tienes y mucho que gastas, y no causase admiración en ti lo poco que puedes y lo mucho que otros tienen.
  Vesme aquí ya rico, muy rico y en España; pero peor que primero. Que si la pobreza me hizo atrevido, la riqueza me puso confiado. Si me quisiera contentar y supiera gobernar, no me pudiera faltar; empero, como no hice uno ni supe otro, por el dinero puse a peligro el cuerpo y en riesgo el alma. Nunca me contenté, nada me quietó; como no lo trabajaba, fácilmente lo perdía: era como la rueda de la zacaya, siempre henchía y luego vaciaba. Estimábalo en poco y guardábalo menos, empleándolo siempre mal. Era dinero de sangre: gastábalo en sepulturas para cuerpos muertos, en obras muertas y mundanos vicios. En tal vino a parar, pues ello se fue con la facilidad que se vino. Perdílo y perdíme, como lo verás adelante. Huyendo del mal que me pudiera suceder, salí de Barcelona por sendas y veredas, de lugar en lugar y de trocha en trocha. Dije que caminaba para Sevilla. Di escusas, inventé votos y mentiras, no más de para desmentir espías y que de mí no se supiese ni por el rastro me hallasen. Las mulas eran mías, el criado nuevo y bozal en mis mañas. Íbame por donde quería, según me lo pidía el gusto y primero se me antojaba; “hoy aquí, mañana en Francia”, sin parar en alguna parte y siempre trocando de vestidos, pues a parte no llegué donde lo pudiese diferenciar, que no lo hiciese: que todo era cien escudos más o menos.
Resultado de imagen de guzman de alfarache II Desta manera caminé por aquella tierra toda hasta venir a dar en Zaragoza con mi persona. Que no me dio pequeño contento aportar en aquella ciudad tan principal y generosa. Como la mocedad instimulaba y el dinero sobraba y las damas della incitaban, me fui deteniendo allí algunos días. Que todos y muchos más fueran muy pocos para considerar y gozar de su grandeza.
 Tan hermosos y fuertes edificios, tan buen gobierno, tanta provisión, tan de buen precio todo, que casi daba de sí un olor de Italia. En solo una cosa la hallé muy estraña y a mi parecer por entonces a la primera vista muy terrible. Hízoseme dura de digerir y más de poderse sufrir, porque no sabía la causa. Y fue ver cómo, conociendo los hombres la condición de las mujeres, que muy pequeña ocasión les basta para hacer de sus antojos leyes, formando de sombras cuerpos, las quisiesen obligar a que, perdiendo el decoro y respeto que a sus defuntos maridos deben, las dejen ellos puestas de pies en la ocasión o en el despeñadero, de donde a muchas les hacen saltar a la fuerza.
 Íbame paseando por una espaciosa calle, que llaman el Coso, no mal puesto ni poco picado de una hermosa viuda, moza y al parecer de calidad y rica. Estúvela mirando y estúvose queda. Bien conoció mi cuidado; mas no se dio por entendida ni hizo algún semblante, como si yo no fuera ni allí ella estuviera. Dile más vueltas que da un rocín de anoria, que no somos menos los que solicitamos locuras tales; empero ni ella se mostraba esquiva o desgraciada ni yo le hablé palabra, hasta que a mi parecer, enfadada de verme necio de tan callado, creo diría entre sí: “¿Quién será este tan pintado pandero, que me ha tenido a terreno de puntería dos horas y no ha disparado ni aun abierto la boca?”
 Quitóse de allí. Aguardé que volviese a salir, con determinación de perder un virote, para emendar el avieso; empero ¡a esotra puerta! Fuime a la posada y preguntéle al huésped, a el descuido y dándole señas, quién sería o si la conocía, y respondióme:
 -Aquesa señora es una viuda, no una, sino muchas veces muy hermosa.
 Quise saber en qué modo, y díjome:
 -Tiene muchas hermosuras, que cualquiera bastaba en otra. Es hermosa de su rostro, como por él se deja ver. Eslo también de linaje, por ser de lo mejor de aquesta ciudad. También lo es en riqueza, por haberle quedado mucha suya y de su marido. Y sobre toda hermosura es la de su discreción.
 Vi tan llena la medida, que luego temí que había de verter y dije a el huésped:
 -¿Cómo sus deudos consienten, si tan principal es, que una señora, y tal, esté con tanto riesgo? Porque juventud, hermosura, riqueza y libertad nunca la podrán llevar por buenas estaciones. ¡Cuánto mejor sería hacerla volver a casar que consentirle viudez en estado tan peligroso!
 Y díjome:
 -No lo puede hacer sin grande pérdida, pues el día que segundare de matrimonio, perderá la hacienda que de su marido goza, que no es poca, y siendo viuda, será siempre usufrutuaria de toda.
 Entonces dije:
 -¡Oh dura gravamen! ¡Oh rigurosa cláusula! ¡Cuánto mejor le fuera hacer con esa señora y otras tales lo que algunos y muchos acostumbran en Italia, que, cuando mueren, les dejan una manda generosa, disponiendo que aquello se dé a su mujer el día que se casare, que para eso se lo deja, sólo a fin que codiciosas della tomen estado y saquen su honor de peligro.
 Fuelo apretando más en esto y díjome:
 -Señor caballero, ¿no ha oído decir Vuestra Merced: “en cada tierra su uso”? Aquesto corre aquí, como esotro en Italia. Cada cuerdo en su casa sabe más que el loco en el ajena.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra (Grupo Anaya), 2005, en edición de José María Micó, pp. 333-339. ISBN: 84-376-0709-4 (tomo II.)]
 

martes, 22 de diciembre de 2020

La montaña del alma.- Gao Xingjian (1940)

Resultado de imagen de gao xingjian 

47

  «Es él el primero en retomar la palabra:
 -Pregúnteme sobre todo lo que usted quiera, el que ha entrado en religión puede hablar de todo.
 Voy, pues, directo al grano:
 -Me gustaría saber por qué se hizo bonzo, si no tiene inconveniente en decírmelo.
 Ríe con dulzura y sorbe un trago de té tras haber soplado ligeramente para apartar las hojas que flotan en la superficie de la taza, luego me mira fijamente:
 -No es usted un viajero normal y corriente, ¿tiene alguna tarea que cumplir?
 -No, claro que no, no tengo que llevar a cabo ninguna investigación, y cuando le veo a usted tan activo, no puedo dejar de sentir admiración. Yo no tengo ninguna meta precisa, pero tampoco consigo abandonarlo.
 -¿Abandonar el qué? -pregunta con la misma sonrisa.
 -El mundo de los hombres.
 Y estallamos a reír los dos.
 -Basta con tomar la decisión -dice él con franqueza.
 -Es cierto -corroboro yo asintiendo con la cabeza-, pero quisiera saber cómo lo hizo usted.
 Sin escurrir el bulto, me cuenta entonces toda su historia.
 Me dice que, a los dieciséis años, cuando estaba todavía estudiando en el colegio, tomó parte durante un año entero en la revolución como guerrillero en las montañas. A los diecisiete años, volvió a la ciudad con el ejército regular. Allí asumió la gestión de un banco y habría podido convertirse en un dirigente. Sin embargo, no dejó de reclamar el poder seguir estudios de medicina. Una vez se hubo sacado el título, fue nombrado mando de la oficina de higiene municipal, pero persistía en querer convertirse en médico. Más tarde, tuvo un enfrentamiento con el secretario del Partido de su hospital, fue expulsado del mismo, tachado de "derechista" y mandado al campo a cultivar la tierra. Terminó por convertirse en médico durante algunos años, cuando se fundó un hospital en su comuna popular. Entretanto, se casó con una campesina que le dio tres hijos. ¿Quién hubiera dicho que iba a creer en Dios? Al tener noticia de que un cardenal enviado por el Vaticano se hallaba de visita en Cantón, viajó allí expresamente para conocer por él el verdadero significado de la religión católica. Resultado: no sólo no tuvo ocasión de ver al cardenal, sino que además resultó sospechoso de querer entrar en contacto con el extranjero, y esta sospecha se convirtió en un cargo contra él. Expulsado de su puesto en el hospital de la comuna, siguió estudiando por su cuenta la medicina china y ganándose la vida mezclándose con vagabundos y charlatanes. Un buen día, se dio cuenta de repente de que el catolicismo occidental resultaba inaccesible y que era preferible, por consiguiente, volver a las tradiciones ancestrales y renunciar resueltamente a su familia. A partir de aquel día, se hizo bonzo. Concluye su relato con una gran carcajada.
 -¿Sigue pensando en su familia?
 -Pueden satisfacer sus necesidades.
 -¿No siente realmente ninguna preocupación por ellos?
 -El discípulo de Buda no siente ni inquietud ni odio.
 -¿Es que le odian?
 Dice que prefiere no saberlo. Llevaba muchos años en el templo cuando su hijo mayor vino a verle para informarle de que había sido totalmente rehabilitado. Si regresaba, podría disfrutar de un trato de viejo mando revolucionario, podría retomar su trabajo y, por último, percibiría una gran suma, correspondiente a los salarios adeudados desde hacía un buen número de años. Le dijo que no quería ni un fen, que no tenían más que repartirse ese dinero. Dado que había una relación de causa y efecto, ellos no tenían por qué ser víctimas de la misma injusticia que él. A continuación, su hijo no volvió más y su familia le perdió totalmente el rastro.
 -Ahora, ¿vive usted de las limosnas que le dan por los caminos?
 Me explica que los hombres se han vuelto malvados, que las limosnas reportan menos que la mendicidad. Vive sobre todo del ejercicio de la medicina, pero para esto se viste de paisano a fin de no dañar la imagen de su religión.
 -¿Se tolera ese tipo de arreglos por parte de los discípulos del budismo?
 -Buda vive en los corazones.
Resultado de imagen de gao xingjian la montaña del alma oriental Estoy convencido de que ha llegado a liberarse de todos sus tormentos interiores, parece estar totalmente en paz consigo mismo. Va a partir lejos y está contento por ello.
  Le preguntó cómo se las arreglará para alojarse a lo largo del camino. Dice que, en los templos, le basta con enseñar su acreditación de bonzo para ser acogido en ellos. Pero actualmente las condiciones son malas un poco por todas partes, pues los bonzos no son numerosos, todos trabajan para ganarse el sustento y no le permiten quedarse por mucho tiempo, pues nadie hace ofrendas a los templos. Tan sólo los grandes templos reciben algún subsidio del Estado, casi insignificante. Naturalmente, él no quiere ser una carga para otros bonzos. Dice que tiene alma de viajero, que ha ido ya a numerosas montañas célebres. Se siente con una salud de hierro, capaz de recorrer aún diez mil lis.
 -¿Podría ver esa acreditación?
 Tengo la impresión de que me sería aún más útil que mi carnet de escritor.
 -No hay nada secreto, los discípulos de Buda no cultivan el misterio, están abiertos a todos.
 Extrae de su pecho una gran hoja de papel doblada en la que hay impreso un Buda Tathagata, sentado en postura de meditación en un trono en forma de flor de loto, la cabeza alta, marcado con un enorme sello bermellón. Figura asimismo el nombre de religión del maestro que le rasurara la cabeza y que le ordenara sacerdote. Por último están anotados sus estudios en religión y su grado. Es maestro de la ley, puede por tanto explicar las sutras y presidir ceremonias.
 -Un día, partiré tal vez con usted -digo medio en broma.
 -Es el destino -responde él con gran sinceridad. Luego se levanta, junta las dos manos y se despide con un saludo.
 Se va muy deprisa. Le sigo un momento, pero se pierde rápidamente entre la multitud de paseantes. Comprendo que no he roto aún con mis raíces terrenales.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta De Agostini, 2005, en traducción de Liao Yanping y José Ramón Monreal, pp. 362-365. ISBN: 84-674-1198-8.]
 

martes, 17 de noviembre de 2020

¿Qué fueron las cruzadas?- Jonathan Riley-Smith (1938-2016)

Resultado de imagen de jonathan riley-smith 

III.-Autoridad legítima
Financiación

   
  «Las cruzadas eran caras y tendieron a encarecerse aún más a medida que se incrementaban los costes de la guerra. El papa Urbano II, al darse cuenta de que el dinero iba a ser un problema, había hecho un llamamiento a los ricos para que ayudaran a los menos favorecidos, y los grandes señores de la primera cruzada, como el duque Roberto de Normandía y el conde Raimundo de Saint Gilles, habían subvencionado a sus contingentes de caballeros. No era infrecuente que aquellos que pudieran permitírselo pagaran incentivos a sus seguidores o corrieran con parte de los gastos. Se calcula que el coste total de la cruzada de 1248-1254 para el rey Luis IX de Francia fue de 1.537.570 livres o más de seis veces sus ingresos anuales; y esta cifra se queda corta, ya que se ha demostrado que gastó más de 1.000.000 livres en Palestina después de su desastrosa campaña en Egipto. Pero siempre había caballeros que tenían que empeñarse o vender tierras para cubrir los gastos, y tenemos pruebas documentales de que cada vez eran más reacios a pagar las facturas en solitario. Desde el principio se hizo evidente que era necesario buscar otras fuentes de financiación que no fueran los propios bolsillos de los cruzados.
 Los gobernantes empezaron a exigir pagos a sus súbditos. En 1146, Luis VII de Francia negoció una serie de ayudas financieras por parte de las instituciones religiosas y las ciudades de su reino. En 1166, Luis y Enrique II de Inglaterra recaudaron un impuesto para Tierra Santa basado en el valor de los bienes muebles y los ingresos. En 1185 Enrique y Felipe II de Francia aplicaron un impuesto gradual a los ingresos y los bienes muebles y exigieron una décima parte de las limosnas que dejaran los fallecidos en los diez años siguientes al 24 de junio de 1184. Continuaron esta iniciativa en 1188 al imponer el famoso diezmo de Saladino durante un año a los ingresos y bienes muebles de los clérigos y seglares que no tomaran la cruz. En junio de 1201, el legado papal Octavio persuadió a Juan de Inglaterra y a Felipe de Francia para que contribuyeran con un cuarenta por ciento anual de los ingresos de sus tierras y que recaudaran la misma cantidad de las propiedades de sus vasallos. Encontramos este tipo de impuestos esporádicos a lo largo del siglo XIII. Luis IX de Francia, por ejemplo, insistió en que las ciudades le dieran dinero para su cruzada en la década de 1240 y el parlamento inglés concedió a lord Eduardo un veinte por ciento de los ingresos anuales en 1270. En 1274 el papa Gregorio X exigió (ignoramos con qué garantía de éxito) que todos los gobernantes temporales recaudaran un penique de plata de cada súbdito.
 Las limosnas y las herencias proporcionaron otra valiosa fuente de ingresos desde el principio y especialmente en el apogeo del entusiasmo popular que siguió a la conquista de Palestina. Los papas ordenaron colocar cofres en las iglesias para recaudar fondos, y desde mediados del siglo XII concedieron indulgencias, aunque no de carácter plenario, a quienes contribuyeran al movimiento de este modo. Al mismo tiempo, alentaban a los fieles a legar sus bienes a Tierra Santa.
 Evidentemente, los papas desempeñaban el papel más importante en la financiación de las cruzadas. Supieron explotar los procesos judiciales normales de la Iglesia -con el papado de Gregorio IX y Gregorio X la recaudación por las sanciones impuestas a los blasfemos se enviaban a Tierra Santa-, aunque también adoptaron nuevas medidas. Empezaron a permitir la redención de los votos de la cruzada a cambio de dinero. Varias corrientes de pensamiento promovieron esta iniciativa. En primer lugar, la creencia de que todos debían contribuir de algún modo a la causa se reflejaba en la práctica cada vez más implantada de conceder indulgencias a cambio de donativos, en vez de una participación directa en la cruzada. En segundo lugar, la Iglesia debía enfrentarse a un gran número de personas que no eran capaces de luchar pero que habían tomado la cruz, aunque, como ya hemos visto anteriormente, tampoco podía hacer mucho al respecto. Y tercero, los clérigos y los canonistas tenían que tratar con personas que se habían comprometido a la causa en un arrebato de entusiasmo y después querían ser dispensados de su voto. Desde el siglo X se consideraba enviar a sustitutos a un peregrinaje, y en el siglo XII, aunque era difícil obtener una relajación de las obligaciones de un voto cruzado, tampoco era imposible; al parecer, ya era una práctica bastante habitual en la época de la tercera cruzada.
 Desde el pontificado de Alejandro III, los decretos de los papas y los comentarios de los canonistas empezaron a tener en cuenta la dispensación, la sustitución (el envío de otra persona en lugar de un cruzado), la redención (la dispensación a cambio de dinero) y la conmutación (la ejecución de otro acto penitente en sustitución del voto original). En los primeros años de su pontificado, Inocencio III estableció ciertos principios generales. Eran excepcionalmente severos, puesto que corroboraban el concepto de derecho romano de la herencia de los votos -un hijo debía cumplir un voto que su padre no había cumplido-, pero también afirmaban que el papa (aunque no sólo él) podía conceder una demora en el cumplimiento de un voto de cruzada, una conmutación o redención. La cantidad que se tenía que pagar en el caso de la redención debía equivaler a la suma que el cruzado se habría gastado durante la expedición. A partir del año 1213 se aprecia la influencia de estos reglamentos en cartas papales y en el decreto conciliar Ad liberandam (1215), referidos a procesos de conmutación, redención y aplazamiento. También se advierte dicha influencia en las acciones de Roberto de Courçon y del arzobispo Simón de Tiro, los legados responsables de la predicación de la quinta cruzada en Francia, quienes animaron a todas las personas, fuera cual fuera su condición social o estado de salud, a tomar la cruz, de modo que se pudieran recaudar fondos con las posteriores redenciones. Este proceder desató un escándalo, pero desde 1240, y a pesar de las advertencias papales, las redenciones se concedían automáticamente a cualquiera que las pidiera y pagara por ellas. No obstante, durante un breve período de tiempo tras la pérdida de los baluartes en Palestina en el año 1291, estas concesiones fueron más difíciles de obtener. Durante el siglo XIII se convirtieron en importantes fuentes de financiación, pero el sistema se prestaba al abuso y fue duramente criticado, especialmente después de los intentos poco entusiastas de los papas para reformarlo.
Resultado de imagen de jonathan riley-smith que fueron las cruzadas  La fuente más importante de financiación era la imposición directa de la Iglesia por mediación de los papas: una parte sustancial de los gastos de Luis IX corría a cargo del clero francés. Los primeros atisbos de ideas novedosas en este terreno se encuentran en las cartas escritas en 1188 por el papa Clemente III al clero de Canterbury y Génova, en que los alentaba a asignar parte de sus ingresos a la causa de la cruzada. Diez años después, Inocencio III ordenó a los prelados de la cristiandad que enviaran hombres y dinero a la cuarta cruzada, y repitió este mandamiento en su carta Quia major de 1213. Sin embargo, en diciembre de 1199, había dado un paso decisivo. Al concebir el plan de enviar un nutrido ejército mercenario que cruzara el Mediterráneo hasta Egipto, había llegado a la conclusión de que la única solución era aplicar un impuesto a la Iglesia, aunque, anticipándose a la posible reacción de los obispos, les aseguró que este proceder no se convertiría en costumbre ni en ley ni establecería un precedente y les informó de que él mismo asignaría una décima parte de sus ingresos a la causa de Oriente. Ordenó al clero pagar una cuadragésima parte de sus ingresos, después de deducir todas sus posesiones en unos contratos inevitablemente usurarios; a unos cuantos religiosos se les permitió pagar una quincuagésima parte. […]
 La recaudación resultó muy difícil. En el año 1201 no se había llegado a cobrar el impuesto en Inglaterra ni en Francia, y en 1208 ni siquiera se percibió en algunas partes de Italia. Aunque en 1209 Inocencio III aplicó un impuesto a las iglesias de las regiones de los cruzados que se proponían combatir los cátaros, debió de ser el fracaso de la medida de 1199 lo que le persuadió de no reclamar otra recaudación en 1213. Al cabo de dos años, el Cuarto Concilio Laterano exigió una vigésima parte durante tres años, y, aunque una vez más se hizo hincapié en la propia contribución del papa, ahora un concilio general había confirmado su derecho a cobrar impuestos al clero.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Acantilado, 2012, en traducción de Carmen Font Paz, pp. 76-80. ISBN: 978-84-15277-60-6.]