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sábado, 11 de julio de 2020

Sueños de tierra y cielo.- Freeman Dyson (1923-2020)

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1.-Nuestro futuro biotecnológico
Tecnología verde

  «La domesticación de la biotecnología en la vida cotidiana puede ser también útil en la solución de problemas prácticos económicos y medioambientales. Una vez que una nueva generación de niños haya crecido, como ellos conocerán los juegos de biotecnología, igual que ahora nuestros nietos conocen los juegos de ordenador, la biotecnología ya no parecerá algo extraño y ajeno. En la era de la biología de código abierto, la magia de los genes será accesible a cualquier persona con la capacidad y la imaginación suficientes para utilizarla. La biotecnología tendrá vía libre para moverse en la corriente del desarrollo económico, para contribuir a resolver algunos de nuestros problemas sociales más acuciantes y para mejorar la condición humana en toda la Tierra. La biología de código abierto puede ser una herramienta poderosa que nos dé acceso a la abundante y barata energía solar.
 Una planta es una criatura que utiliza la energía de la luz solar para convertir agua, dióxido de carbono y otros elementos simples en raíces, hojas y flores. Para poder vivir, necesita recibir la luz solar, pero la utiliza con una baja eficiencia. Las plantas de cultivo más eficientes, como la caña de azúcar o el maíz, convierten el uno por ciento de la luz solar recibida en energía química. En cambio, los colectores solares artificiales hechos de silicio lo hacen mucho mejor. Las células solares de silicio pueden convertir la luz solar en energía eléctrica con una eficiencia de un quince por ciento, y la energía eléctrica puede convertirse en energía química sin mucha pérdida. Podemos imaginar que en el futuro, cuando hayamos dominado el arte de la ingeniería genética con plantas, produciremos nuevas plantas de cultivo que tengan hojas de silicio y sean capaces de convertir la luz solar en energía química de una manera diez veces más eficiente que las plantas naturales. Estas plantas de cultivo artificiales reducirán la superficie de terreno necesaria para la producción de biomasa en un factor de diez. Se parecerán a las plantas naturales excepto en sus hojas, que serán negras (el color del silicio) en lugar de verdes (el color de la clorofila). Sólo me pregunto cuánto tiempo nos llevará conseguir que crezcan plantas con hojas de silicio.
 Si la evolución natural de las plantas hubiera sido impulsada por la necesidad de una mayor eficiencia en el aprovechamiento de la luz solar, las hojas de todas las plantas serían negras. Las hojas negras absorberían la luz solar con mayor eficiencia que las de cualquier otro color. Obviamente, la evolución de las plantas se vio impulsada por otras necesidades, en particular por la de protegerse del sobrecalentamiento. Para una planta que crece en un clima cálido, es una ventaja reflejar tanto como le sea posible la luz solar que no utilice para su crecimiento. Como hay tanta, no es importante que la utilice con la máxima eficiencia. Las plantas han evolucionado con clorofila en sus hojas para absorber los útiles componentes rojo y azul de la luz solar y reflejar el verde. Por eso es razonable que las plantas de climas tropicales sean de color verde. Sin embargo, esta lógica no explica por qué las de climas fríos, donde la luz solar es escasa, son también verdes. Cabe imaginar que, en un lugar como Islandia, el sobrecalentamiento no sería un problema y las plantas con hojas negras, que utilizarían la luz del sol de manera más eficiente, tendrían una ventaja evolutiva. Por alguna razón que no comprendemos, nunca aparecieron plantas naturales con hojas negras. ¿Cuál es el motivo? Quizá no logremos entender por qué la naturaleza no tomó esta ruta hasta que la hayamos recorrido nosotros mismos.
 Después de haber explorado esta ruta hasta el final, cuando hayamos creado nuevos bosques de plantas de hojas negras que puedan utilizar la luz solar de manera diez veces más eficiente que las plantas naturales, nos enfrentaremos a un nuevo conjunto de problemas ambientales. ¿Quién estará autorizado a cultivar plantas de hojas negras? ¿Permanecerán éstas acotadas como variedades artificiales o invadirán y cambiarán para siempre la ecología natural? ¿Qué haremos con los residuos de silicio que estas plantas dejen tras de sí? ¿Seremos capaces de diseñar toda una ecología de microbios, hongos y lombrices que se alimenten de silicio para mantener las plantas de hojas negras en equilibrio con el resto de la naturaleza y poder reciclar ese silicio? El siglo XXI nos traerá nuevas y poderosas herramientas de ingeniería genética con las que manipular nuestros cultivos y nuestros bosques. Y con las nuevas herramientas surgirán nuevos interrogantes y nuevas responsabilidades.
 La pobreza es uno de los grandes males del mundo moderno. La falta de trabajo y de oportunidades económicas en las poblaciones pequeñas impulsa a millones de personas a emigrar de los pueblos a ciudades superpobladas. La continua emigración provoca enormes problemas sociales y medioambientales en las principales urbes de los países pobres. Los efectos de la pobreza son más visibles en las ciudades pero las causas se encuentran principalmente en los pueblos. Lo que el mundo necesita es una tecnología que ataje el problema de la pobreza rural de raíz, mediante la creación de riqueza y puestos de trabajo en los pueblos. Una tecnología que cree industrias y posibilidades de hacer carrera en las zonas rurales ofrecería a sus pobladores una alternativa práctica a la emigración. Se les daría la oportunidad de sobrevivir y prosperar sin sufrir desarraigo.
Sueños de tierra y cielo eBook: Dyson, Freeman: Amazon.es: Tienda ... El desequilibrio de riqueza y población entre los pueblos y las ciudades es uno de los principales hechos de la historia de la humanidad durante los últimos diez mil años. La emigración del campo a la urbe está sin duda asociada al tránsito de un tipo de tecnología a otro. Encuentro conveniente llamar "verde" y "gris" a los dos tipos de tecnología. Del adjetivo "verde" se han apropiado de manera abusiva diversos movimientos políticos, sobre todo en Europa, por lo que debo explicar claramente en qué pienso cuando hablo de verde y de gris. La tecnología verde se basa en la biología y la tecnología gris en la física y la química.
 En términos generales, la tecnología verde es la que dio origen a las comunidades rurales hace diez mil años con la domesticación de plantas y animales, la invención de la agricultura, la cría de cabras, ovejas, caballos, vacas y cerdos y la producción de tejidos, quesos y vinos. La tecnología gris es la que, cinco mil años más tarde, dio origen a las ciudades y a los imperios con la fundición del bronce y el hierro, la invención de los vehículos con ruedas y las carreteras pavimentadas, la construcción de barcos y carros de guerra, y la fabricación de espadas, armas de fuego y bombas. La tecnología gris produjo asimismo los arados de acero, los tractores, las cosechadoras y las plantas de procesamiento, que volvieron a la agricultura más productiva y transfirieron gran parte de la riqueza generada por los agricultores de los pueblos a las empresas radicadas en las ciudades.
 Durante los primeros cinco mil años de los diez mil de civilización humana, la riqueza y el poder pertenecieron a las poblaciones pequeñas con tecnología verde, y durante los cinco mil años siguientes, pertenecieron a las ciudades con tecnología gris. Desde hace unos quinientos años que la tecnología gris se ha vuelto cada vez más dominante pues aprendimos a construir máquinas que utilizan la energía del viento, el agua, el vapor y la electricidad. En los últimos cien años, la riqueza y el poder se han concentrado aún más en las ciudades conforme avanza la tecnología gris. A medida que las ciudades se hacen más ricas, la pobreza rural aumenta.
 Este bosquejo de los últimos diez mil años de historia human sitúa el problema de la pobreza rural en una nueva perspectiva. Si dicha pobreza es una consecuencia del crecimiento desequilibrado de la tecnología gris, es posible que un cambio en la balanza de gris a verde la haga desaparecer. Éste es mi sueño.»
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Debate, 2017, en traducción de Joaquín Chamorro Mielke. ISBN: 978-84-9992-707-7.]

sábado, 24 de agosto de 2019

La enzima prodigiosa. Una forma de vida sin enfermar.- Hiromi Shinya (1935)

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Capítulo 4: Pon atención al "guión de tu vida"
La relación inseparable entre nuestros cuerpos y la tierra

«Los norteamericanos han consumido una dieta animal mucho más tiempo que los japoneses y el equilibrio intestinal no se ha trastornado por comer carne con tanta facilidad como el equilibrio intestinal de los japoneses. Con frecuencia me he preguntado por qué hay tal diferencia entre ambos. Veo algunas razones.
 En primer lugar, la cultura alimenticia cultivada a lo largo de muchos años es diferente en cada país.
 Los occidentales han consumido carne durante siglos, pero los japoneses no adoptaron esta dieta hasta el período Meiji (1868-1912), por lo que es un fenómeno bastante reciente. Los intestinos de los japoneses que han seguido durante siglos una dieta basada principalmente en granos y verduras, son 1,2 veces más largos que los intestinos de los occidentales en proporción a su tamaño corporal. Dado que sus intestinos son más largos, tardan más en excretar la comida. Como la comida queda en sus cuerpos durante más tiempo, el efecto de la carne en sus dietas es mucho mayor.
 La otra diferencia la encontramos en el suelo. El cuerpo humano y la tierra tienen una conexión inseparable. Somos capaces de comer alimentos de todo el mundo, pero todavía comemos principalmente alimentos de donde vivimos. Por lo tanto, la salud de la gente depende en gran medida del estado de la tierra de su región de origen.
 Ésta es una historia de hace algunos años, pero la primera vez que vi las verduras que se vendían en Estados Unidos quedé sorprendido por su tamaño. Las verduras japonesas, ya fuera una berenjena o un pepino, eran claramente más pequeñas. Pensé que esto se debía a que eran de diferente clase. Pero, de hecho, si plantas semillas japonesas en Norteamérica, las verduras crecerán más grandes que si lo hicieran en Japón. Esto es porque el suelo norteamericano contiene más calcio, minerales y vitaminas que el suelo japonés. Por ejemplo, hay de tres a cinco veces más calcio en una espinaca cultivada en Norteamérica que en una espinaca cultivada en Japón.
 Otro ejemplo es el brócoli. De acuerdo con algunos datos que encontré, hay 178 miligramos de calcio en 100 gramos de brócoli norteamericano. En comparación hay sólo 57 miligramos de calcio en los mismos 100 gramos de brócoli en Japón.
 Mi teoría es que aunque los norteamericanos han centrado su dieta en la carne, sus cuerpos no están tan afectados como los de los japoneses porque comen verduras que crecen en una tierra rica en nutrientes, lo cual les permite neutralizar, hasta cierto grado, el equilibrio ligeramente ácido de sus cuerpos debido a la carne.
 Años atrás había una diferencia clara entre el físico de los japoneses y de los norteamericanos. Sin embargo, los cuerpos de los japoneses son mucho más grandes que antes y la causa aparente es el cambio general a una dieta occidentalizada. En otras palabras, los hábitos alimenticios y la psique japonesa han cambiado con la importación de una cultura alimenticia consistente en carne, leche, queso y mantequilla.
 A pesar de eso, si los japoneses quieren occidentalizarse de esta manera, hay una sola cosa que no va a cambiar y es el suelo japonés. La riqueza del suelo no puede ser imitada por más que lo intenten. Uno puede decir que la riqueza del suelo está determinada por el número de pequeños animales y microorganismos que habitan en él. Pero en Japón la tierra se origina principalmente de restos volcánicos y no contiene tantos nutrientes para las bacterias del suelo.
 Así, el suelo japonés no es muy rico en nutrientes, para empezar. Los japoneses ha sido capaces de mantener el equilibrio en su dieta y salud en el pasado debido a que comían granos y verduras que crecían en la tierra, así como pescados y vegetales marinos de los océanos cercanos. Creo que esto está en línea con la naturaleza.
 No hay energía viviente en cosechas cultivadas con químicos agrícolas
 Todo en el mundo natural está conectado. Todo influye en todo y mantiene un delicado balance. Aun esas cosas que sentimos innecesarias son necesarias en el mundo natural.
 Cuando cultivamos cosechas agrícolas, los químicos agrícolas se usan con frecuencia para prevenir el daño a las cosechas por insectos nocivos. Sin embargo, "insecto nocivo" es un término acuñado por los seres humanos. En el mundo natural no puede concebirse un insecto que cause daño.
 A los humanos les disgusta cuando los insectos se meten en las cosechas agrícolas, pero la verdad es que, sean dañinos o útiles, los insectos añaden ciertos nutrientes a las cosechas cuando llegan a ellas. Ese nutriente es la quitina.
 La quitina se encuentra en las corazas de los cangrejos y camarones, también la coraza que cubre el cuerpo de los insectos está formada por quitina. Cuando los insectos se posan en las hojas de las plantas de las cosechas, las hojas secretan enzimas como la quitonasa y la quitinasa. Esas enzimas permiten a las plantas absorber pequeñas cantidades de quitina, como un nanogramo más o menos, del cuerpo y las patas del insecto y la usan como nutriente.
 De esta forma, los nutrientes que las plantas absorben de los insectos contribuyen a la vida de los animales que se comen esas plantas.
 Sin embargo, esta cadena de nutrición es interrumpida por los químicos agrícolas. En lugar de la quitina las plantas y vegetales absorben los químicos agrícolas que se usan para repeler los insectos, generando, a fin de cuentas, gran daño a los humanos que se comen esas plantas.
 Más aún, los químicos agrícolas quitan la vida de seres vivos en el suelo. Estos seres vivos son la fuente de energía para las cosechas. Las tierras de las huertas que se rocían periódicamente con químicos agrícolas carecen de gusanos o bacterias benéficas de la tierra. Dado que las cosechas no pueden crecer en tierra estéril sin energía viviente, se tiene que usar fertilizantes químicos. Las cosechas pueden crecer con los fertilizantes químicos, per su sabor y su valor nutritivo es deficiente. Ésta es la razón por la que los nutrientes de las cosechas agrícolas disminuye cada año.
 Otro peligro se genera por la irrigación de las cosechas. El agua para el uso agrícola no se esteriliza con cloro como el agua del grifo. Pero el agua está contaminada con químicos agrícolas, la contaminación de los ríos y las aguas negras. Se necesita mucha agua para hacer crecer las cosechas. Las toxinas que entran en el cuerpo humano son, hasta cierto punto, excretadas por el cuerpo al beber agua. Lo mismo se puede decir de las plantas. Sin embargo, dado que el agua de riego que se supone debe excretar las toxinas de las plantas está contaminada, es inevitable que las toxinas se acumulen en las cosechas.
 El tercer problema es el cultivo en invernadero. El propósito de usar el invernadero es reducir el daño de los insectos nocivos y controlar la temperatura. Sin embargo, el lado negativo de esto, aunque no sea del todo conocido, es que la cubierta de vinilo bloquea la luz del sol. Las plantas no se pueden mover como los animales. Por esa razón están expuestas a grandes cantidades de rayos ultravioleta. Los rayos ultravioleta del sol hacen que las plantas y animales acumulen radicales libres y se oxiden. Para que las plantas se protejan de esto poseen un mecanismo que les permite producir grandes cantidades de antioxidantes.
 Esos agentes antioxidantes incluyen las vitaminas, como la A, la C y la E, y los polifenoles como el flavonoide, el isvaflavonoide y la catequina, los cuales se encuentran  en gran cantidad en las plantas. Esos antioxidantes son producidos cuando las plantas se exponen a los rayos ultravioleta. En otras palabras, si cortas los rayos de luz usando el vinilo, la intensidad de los rayos ultravioleta que reciben las plantas se reduce. Como resultado las plantas terminan produciendo menos antioxidantes, como las vitaminas y los polifenoles.
 En la industria agrícola actual la prioridad es producir alimentos sin imperfecciones en lugar de producir alimentos con valor nutritivo.»
 [El texto pertenece a la edición en español de Santillana Ediciones Generales, 2013, en traducción de Salvador Alanís. ISBN: 978-84-03-01357-5.]
    

domingo, 2 de septiembre de 2018

Rosa cándida.- Audur Ava Ólafsdóttir (1958)


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Ocho
«Primero me quito la mochila con mucho cuidado, para que los esquejes no pierdan la humedad, después me tumbo cuan largo soy sobre la camilla de exploración, cubierta de plástico; veintidós años de edad y ya he llegado a mi destino, al final del viaje, cuando estaba apenas comenzando. Necesitan largo rato para escribir mi nombre en un papel, letra a letra, toda una eternidad. La que me ayuda a desvestirme en la sala de exploración con lámparas fluorescentes tiene lustrosos cabellos y ojos castaños y muchos deseos de ayudarme; estoy desnudo hasta la cintura y a punto de quitarme los pantalones. ¿Sentiría mamá lo mismo que yo cuando estaba muriéndose en medio del malpaís, en manos de desconocidos? Está bien claro que el día de mi muerte será un día de alegría para muchos habitantes de este mundo, pues antes de la puesta del sol habrán nacido incontables niños para sustituirme, y se habrá celebrado una infinidad de bodas.
 No es que morir sea nada especial, la mayor parte de los mejores hijos e hijas de la tierra han muerto antes que yo. Mi anciano padre se verá muy afectado; naturalmente, mi hermano gemelo, algo atrasado, se integrará en otra red sin mí, y el infante que es aún demasiado pequeño para dormir fuera de casa nunca llegará a conocer a su padre. Pero no dejo de lamentar no haber podido hacer algunas cosas, me habría gustado acostarme con muchas otras chicas y haber plantado los esquejes en tierra fértil.
 Cuando la chica del cabello reluciente me pone la palma de la mano sobre el vientre, con mucho cuidado, me doy cuenta de que lleva en el pelo un prendedor con forma de mariposa: la mujer que me cuida el último cuarto de hora de mi vida lleva en el cabello el símbolo del más allá.
 Los esquejes del rosal no pueden vivir sin agua, por eso me incomodo sobre un codo y señalo la mochila.
 -Plantas -digo.
 Levanta la mochila y la acerca a la cama; ni siquiera necesito conocer las palabras adecuadas, señalo con el dedo y ella es una mujer que me comprende. Pienso por un momento si podríamos llegar a ser pareja, si yo no estuviera, por así decir, despidiéndome de este mundo; ella puede tener diez años más que yo, debe de andar por los treinta y dos, aunque en este momento ésa no me parece una diferencia de edad significativa. Pero el siniestro dolor del vientre me impide madurar del todo la idea de una relación estable con ella. Después de vomitar lo que aún me quedaba de la comida del avión, empanado y relleno de crema de queso, ella me ayuda a desenrollar con mucho cuidado los periódicos húmedos para dejar a la vista los esquejes, como si estuviera quitando la venda de la pierna de un enfermo tras una operación concluida con éxito.
 -¿Llevas plantas? -pregunta, y cuando se acerca veo que las alas de las mariposas tienen puntitos amarillos.
 -Sí -digo con fluidez en la lengua de los nativos.
 Ella asiente con la cabeza, como si yo fuera un hombre que hubiera hablado con gran sabiduría.
 Luego añado, para algo fui el primero de mi clase en latín:
 -Rosa candida -cuando se trata de plantas y de jardinería, crecen mi osadía y mi vocabulario. Y además, añado-: Sin espinas.
 -¿Sin espinas, de verdad? -dice ella mientras dobla cuidadosamente mis pantalones vaqueros y los coloca sobre la silla, encima pone mi jersey azul con dibujo de ochos, el último jersey que me tejió mamá. Dentro de poco, la mujer del prendedor de mariposa en el pelo será también la última de las siete mujeres que me han visto desnudo.
 -Y las otras dos plantas, ¿son también -vacila- Rosa candida?
 -Sí, por si acaso una de ellas muriese -digo, y me dejo caer otra vez sobre el colchón de plástico.
 Como ya ha sido testigo de mi sufrimiento, me ha ayudado a vomitar y a empapar los esquejes, tengo la impresión de que debo confiarle algo personal. Por eso saco la foto del bebé y se la paso.
 -Mi hija -digo.
 Coge la foto y la observa detenidamente.
 -Muy linda -me dice con una sonrisa-. ¿Cuántos meses tiene? -hace preguntas más simples y accesibles de lo que permiten mis conocimientos del idioma.
 -Casi siete.
 -Muy linda -repite-, pero quizá no tenga mucho pelo para una niña de siete meses.
 No me esperaba eso. Uno confía a otra persona algo de importancia en sus últimos momentos y sufre una decepción. De pronto me parece fundamental que el último ser humano con el que tendré cualquier clase de relación en esta vida comprenda lo del pelo. Que las fotos engañan y que el pelo de los bebés rubios quizá no resulte tan visible el primer año, que no es comparable de ninguna manera con los niños morenos, que suelen nacer con pelo abundante. Me siento profundamente humillado y tan sólo mis sufrimientos y las insuficiencias de mi conocimiento del idioma me impiden lanzarme en defensa de mi hija. [...]
 Cierro los ojos mientras empujan mi cama hacia el quirófano, siento frío debajo de la sábana. El dolor se ha convertido de nuevo en la única realidad tangible, aunque mis sufrimientos, naturalmente, son insignificantes en comparación con las penalidades y las miserias del mundo, las sequías, los huracanes y las guerras.
 Intento adivinar por los gestos y los movimientos de aquellas personas vestidas de verde si tengo alguna esperanza de vida. Alguien le dice algo a otra persona y luego ríe tan contento detrás de su mascarilla verde, no parece que suceda nada serio, no parece que nadie vaya a morir. Nada hay más espantoso en el momento del adiós que el regocijo y la indiferencia de todas esas personas que seguirán aquí cuando yo me haya ido. Ni siquiera hablan de mí (hasta ahí comprendo), sino de una película a la que ha ido uno de ellos y que otro piensa ir a ver esta misma tarde. Justamente El campo de amapolas, conozco la película, trata de un hombre que es rechazado de muy mala manera y rapta  a la mujer que le rechazó y los dos asaltan un banco; esa película obtuvo hace poco un premio especial en un festival de cine. 
 De pronto, alguien me acaricia suavemente el cabello. La pelambrera roja, habría dicho mamá.
 -No tengas miedo, es el apéndice -dice la persona detrás de la mascarilla.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de la editorial Alfaguara, 2011, en traducción de Enrique Bernárdez Sanchís. ISBN: 978-84-204-0791-3.] 

sábado, 1 de julio de 2017

"Ideas. Historia intelectual de la humanidad".- Peter Watson (1943)


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Capítulo 3: El nacimiento de los dioses, la evolución de la casa y el hogar

«Como hemos visto, Merlin Donald considera que la gran transformación de la historia humana fue el paso del pensamiento episódico al pensamiento mimético, lo que permitió el desarrollo de la cultura: "el gran escape del sistema nervioso". Antes de que este libro llegue a su fin, encontraremos muchos otros candidatos a la idea más importante en la historia de la humanidad: el alma, el experimento, el Único Dios Verdadero, el universo heliocéntrico, la evolución (y cada una cuenta con apasionados partidarios). Algunas de estas ideas son conceptos tremendamente abstractos. Sin embargo, para la mayoría de los arqueólogos la idea humana más grandiosa es una noción mucho más práctica y terrenal. Para ellos, la domesticación de las plantas y los animales, es decir, la invención de la agricultura, es claramente la idea más grandiosa de la historia, pues fue ella la que produjo la transformación más profunda que ha experimentado nuestro modo de vida.
 La domesticación de las plantas y los animales tuvo lugar en algún momento hace entre 14.000 y 6.500 años, y es una de las ideas mejor estudiadas de la prehistoria. Sus orígenes en ese período de la historia están íntimamente vinculados al registro climatológico del planeta. Hasta hace aproximadamente 12.000 años, la temperatura media de la tierra era mucho más fría y variable de lo que lo es en nuestros días. La temperatura podía cambiar hasta siete grados en menos de una década, mientras que hoy apenas ha cambiado tres grados en un siglo. Hace 12.000 años, sin embargo, la tierra se calentó de forma considerable a medida que la última Edad de Hielo llegaba a su fin y, lo que no es menos importante, el clima se estabilizaba. Este calentamiento y estabilización marcaron la transición entre los dos grandes períodos de la historia terrestre, el Pleistoceno y el Holoceno y fueron, de hecho, el gran desencadenante de la historia que hizo posible nuestro mundo.
 Podemos afirmar con cierta confianza que aunque estamos bastante seguros de dónde surgió la agricultura, de cómo empezó y de con qué plantas y animales lo hizo, no sabemos con igual certeza por qué tuvo lugar un cambio tan trascendental. Las teorías, al respecto, como veremos, se dividen en dos categorías. Por un lado, tenemos teorías ambientales y económicas que son varias, y por el otro, teorías religiosas, de las que hasta el momento sólo existe una. 
 Sabemos con certeza que la domesticación de las plantas y los animales (en este orden) surgió de forma independiente en dos regiones del mundo, y existen otros cinco lugares en los que quizá ello también haya ocurrido. La primera de estas áreas es el suroeste asiático, Oriente Próximo y en particular la "media luna fértil", que se extiende desde el valle del Jordán en Israel hasta el Líbano y Siria y un región del sureste de Turquía, y desde allí hasta las montañas Zagros, en Irak e Irán, la región conocida en la antigüedad como Mesopotamia. La segunda área en la que sin duda la agricultura surgió de forma independiente fue en Centroamérica, entre lo que hoy es Panamá y el norte de México. Además, existen otros cinco lugares en los que la domesticación también se dio, pero en los que no podemos estar seguros de que lo haya hecho de forma espontánea y no como resultado de los tempranos progresos realizados en Oriente Próximo y Centroamérica. Son éstos: las tierras altas de Nueva Guinea; China, donde la domesticación del arroz parece tener una historia propia; una estrecha franja del África subsahariana que se extiende desde lo que hoy es Costa de Marfil, Ghana y Nigeria hasta Sudán y Etiopía; la región de los Andes y la Amazonia, cuya accidentada geografía acaso provocó desarrollos independientes; y el oriente de Estados Unidos.
 Andrew Sherratt, del Ashmolean Museum en Oxford, nos ofrece una explicación de la forma en que estas áreas se distribuyen alrededor del globo. Su teoría es que tres de ellas -Oriente Próximo, Centroamérica y los archipiélagos del sureste asiático- son lo que denomina "puntos calientes": en términos geográficos y geológicos se trata de regiones de constante cambio, donde la increíble presión generada por las placas tectónicas al moverse bajo la superficie terrestre creó en estos lugares delgados istmos en los que se dieron características especiales que no existen en otros lugares del planeta. Estas características especiales fueron, primero, una abrupta yuxtaposición de colinas, desiertos y terrenos de aluvión (depósitos de arena o barro creados por el paso de las aguas) y, segundo, estrechas franjas de tierra que provocaron un aumento de la población hasta tal punto que el istmo ya no pudo abastecer la caza y recolección tradicionales. Estos "puntos calientes" se convirtieron entonces en "áreas nucleares" en las que las condiciones imperantes hicieron que el desarrollo de un nuevo modo de subsistencia resultara más apremiante para el hombre primitivo que habitaba esas regiones.
 Más allá de la veracidad de esta teoría, cuya sencillez es bastante atractiva, e independientemente del número de ocasiones en que se "inventó" la agricultura, de lo que no hay duda es de que, en términos cronológicos, las plantas y los animales fueron domesticados por primera vez en la "media luna fértil" del suroeste de Asia. Para comprender de manera cabal de qué estamos hablando, necesitamos conocer la naturaleza de las pruebas que tenemos a nuestra disposición, lo que significa, en primera instancia, dar un vistazo a una ciencia relativamente nueva, la palinología, el estudio del polen. Cada planta, y en especial las especies de árboles polinizadas gracias a la acción del viento, produce anualmente miles de granos de polen, la pared exterior de los cuales es muy fuerte y resistente a la descomposición. El polen tiene diversas formas y tamaños y, siendo orgánico, puede someterse a la datación por carbono. Por tanto, con frecuencia es posible determinar su edad y género, si no su especie, lo que permite a los arqueobotánicos (una especialidad más o menos reciente) reconstruir cómo era la vegetación del planeta en diferentes períodos del pasado.
 [...] En primer lugar, tenemos tres cereales que formaban los principales "cultivos fundadores" de la agricultura neolítica. En orden de importancia, éstos eran el trigo racimal (Triticum turgidum, subespecie dicoccum), la cebada (Hordeum vulgare) y el trigo alonso (Triticum monococcum) que aparecieron por primera vez en el décimo y noveno milenios de nuestra era. La domesticación de estos cereales estuvo acompañada por el cultivo de varias "plantas compañeras", en particular, el guisante (Pisum sativum), la lenteja (Lens culaniris), el garbanzo (Cicer arietinum), la arveja amarga (Vicia ervila) y el lino (Linum usitatissimum).»