viernes, 14 de abril de 2017

"Lie zi o Libro de la perfecta vacuidad".- Lie Yukou (c. 350 a. C.)


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Zhong Ni: Confucio

«11.-Cuando el ojo está a punto de perder la visión,
llega a ver el pelo más diminuto.
Cuando el oído está cerca de la sordera,
se oye el vuelo de un pequeño mosquito.
Cuando la boca está a punto de perder el gusto,
se llega a distinguir las aguas de Zi y de Sheng.
Cuando la nariz está a punto de perder el olfato,
se llega a percibir el olor de la leña quemada.
Cuando el cuerpo está a punto de anquilosarse,
alcanza una extremada agilidad.
Cuando la mente está a punto de extraviarse,
llega al conocimiento del ser y del no ser.
Por eso, sólo cuando una cosa llega a su límite,
puede conocer el retorno. [...]
 
14.-Gong zi Mou de Zhong shan era un sabio príncipe de Wei. Le gustaba reunirse con hombres sabios. No se preocupaba de los asuntos del Estado y sentía gran simpatía por Gong Sun Long, de Zhao. Yue Zheng zi Yu se rio de él.
 Gong zi Mou le preguntó: "¿Por qué os reís de que yo, Mou, sienta gran simpatía por Gong Sun Long?" Zi Yu le contestó: "Ese Gong Sun Long no sigue a ningún maestro ni tiene compañeros de doctrina. Aunque es un hábil dialéctico, sus discursos no tienen fundamento real. Divaga y no se atiene a las enseñanzas de ninguna escuela. Es extravagante y sus palabras, absurdas. Sólo pretende engañar a la gente y acallarla con su oratoria. Y eso lo practica en compañía de Han Tan". Gong zi Mou le arguyó: "Lo único que hacéis es acusar a Gong Sun Long. Quisiera conocer puntos concretos".
 Zi Yu le dijo: "Me hace gracia cómo Long engañó a Kong Chuan cuando le dijo: Un buen arquero debe ser capaz de hacer que la punta de una segunda flecha acierte en la parte posterior del astil de la primera; disparadas una tras otra, deberán coincidir de tal manera que al observar la flecha primera, que sirve de blanco y aún no ha caído a tierra, y la segunda, apoyada todavía en la cuerda del arco, se vean como una sola flecha". Kong Chuan se quedó sorprendidísimo y Long le dijo: "No os creáis que eso es algo extraordinario. Un discípulo de Feng Meng llamado Hong Chao se enfadó un día con su mujer, y para asustarla tomó un arco Niao hao y le disparó a los ojos una flecha de Qi. La flecha alcanzó la pupila sin que el párpado pestañeara y cuando cayó al suelo no levantó polvo. ¿Acaso todo este discurso de Long puede venir de una mente lúcida?"
 Gong zi Mou dijo: "Los estúpidos no pueden comprender los discursos de las mentes lúcidas. El que la punta de la segunda flecha dé en el extremo posterior de la primera se explica por la diferencia en el impulso dado a ambas flechas. Que la flecha pueda alcanzar la pupila sin que el párpado pestañee, es una propiedad de la flecha. ¿Por qué razón lo ponéis en duda?"
 Yue Zheng zi Yu dijo: "Como sois discípulo de Long no podéis dejar de adornar sus puntos débiles. Voy a exponer otros defectos. Long mixtificaba al rey de Wei cuando le decía: Las ideas no están en la mente, el dedo que apunta no alcanza el objeto, los seres corpóreos no tienen fin, la sombra no se desplaza, un cabello puede arrastrar un peso de mil jun*, un caballo blanco no es un caballo, un ternero huérfano nunca tuvo madre. Absurdos de este tipo, imposibles de discutir."
 Gong zi Mou dijo: "No habéis comprendido el sentido de esas profundas palabras y las tomáis por errores cuando el error está en vos mismo. Ved si no: cuando no hay ideas la mente permanece igual, cuando no hay dedo a todo se llega, cuando los seres se acaban es el ser permanente, la sombra que no se desplaza dícese que está cambiando, el cabello que arrastra mil jun es porque lo hace juntamente con otros cabellos, el caballo blanco no es un caballo porque hay una separación entre forma y nombre, un ternero huérfano nunca tuvo madre porque en caso contrario no sería huérfano.
 Yue Zheng zi Yu dijo: "Tenéis explicación para toda esa algarabía de Gong Sun Long. ¡Hasta sus pedos alabaríais!" Gong zi Mou permaneció largo rato en silencio. Luego se despidió diciendo: "Si no os importa, más tarde volveré a veros para proseguir la discusión". [...]
 
 16.-Guan Yin Xi dijo: "A quien no se apega a su propio ser las formas y las cosas se le hacen manifiestas: sus movimientos son como el agua, su calma como un espejo y sus respuestas como un eco. Por eso su dao** sigue a las cosas. Aunque las cosas se aparten del dao, el dao no se aparta de las cosas. El que sabe seguir el dao no usa el oído, ni la vista ni su fuerza ni su mente. Se equivoca, pues, quien aspira a seguir el dao y lo busca con la vista, con su oído, su cuerpo o su inteligencia. Intenta mirar ante sí para fijar el dao con la mirada y no se da cuenta de que está tras de sí. Cuando se usa el dao llena por completo los seis vacíos y cuando se le deja no se sabe dónde está. No se encuentra tan lejos que requiera un gran esfuerzo para ser alcanzado, ni tan cerca que se pueda conseguir sin proponérselo. Sólo en el silencio se le puede alcanzar. Sólo en la perfección de la propia naturaleza se le puede obtener. El verdadero saber, el verdadero poder, el saber que extingue los sentimientos y el poder que no actúa. ¿Cómo podría tener sentimientos quien ha borrado en sí todo conocimiento? ¿Cómo podría actuar quien ha anulado en sí toda capacidad? Eso es como acumular piedras o reunir arena; aunque no se actúe se estará lejos de los principios del dao".»
 
*Medida equivalente a 15 kgs.
** "Camino", "sendero" propio o figurado por el que el hombre avanza física o espiritualmente. También significa "método" y "doctrina". Para los taoístas, dao significa un último y supremo término, la realidad absoluta, la totalidad en la que quedan subsumidos y anulados los contrarios (ser-no ser, verdad-error, yo-no yo, y cuantas categorías ha elaborado nuestro entendimiento) en una unidad indiferenciada.  
 

jueves, 13 de abril de 2017

"Vida y muerte de las ideas".- José María Valverde (1926-1996)


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Prólogo de la primera edición (1980)

«"Vida y muerte de las ideas": querría evitar cuanto antes cualquier son catastrófico o apocalíptico en el título dado a este libro, a la vez relato y crítica del largo proceso que, desde la vieja Grecia a nosotros, ha hecho rodar ideas y palabras de modo tan ilusionado como problemático, pero que hoy parece agotado en su desarrollo y puesto en cuestión en sus supuestos. En un momento en que tan amenazadoramente se reitera el término "muerte" en cuanto al porvenir de la civilización y aun del hombre mismo -la "muerte de Dios" de Nietzsche, la "muerte de Marx", la "muerte del sexo" y, más apremiantemente aquí donde escribo, la "muerte del Mediterráneo" y aun de la vida en general, bajo especie de "crisis ecológica"-, no deberíamos, pese a todo, sumar la posible muerte de las ideas -o, mejor dicho, de un modo de creer en ellas- a ese coro agorero. Pues no es evidente que sea malo, o bueno, para el porvenir de la vida humana el hecho de que llegue a su término, en lo lógico y en la realidad histórica, un proceso del pensamiento abstracto que pretende situarse más allá del modesto alcance efectivo del lenguaje y del valor individual de cada persona y cada cosa.
 Incluso -y dando de paso un ejemplo de cómo el lenguaje condiciona la vida de las ideas- confesaré que también me tentó dar a este libro otro título, vital y feliz, con apelación al mito de Ulises, para encarnar en él la aventura del pensamiento abstracto, que, al cabo de un tormentoso periplo más que bimilenario, volvería a su Ítaca para hallar a su fiel Penélope esperándole en el telar -el telar del lenguaje-. Pero el título, entonces habría tenido que ser "la odisea de las ideas", cayendo así en una insoportable rima. Como se ve ya -y éste será uno de los leitmotiv, a veces ocultos, a veces visibles, del libro, para quedar al fin como el conclusivo-, un azar de fonética puede decidir que un planteamiento mental se presente como catástrofe o como happy ending.
 En todo caso, el resumen de nuestra película podría ser: ciertos griegos, echándose atrás o fuera -o delante- de su realidad personal, y saltando desde las palabras diarias, descubrieron el mundo del pensamiento más puro, de las ideas universales, al parecer no necesitadas de que existieran cosas ni de que hubiera palabras para decirlas. Para eso había que dejar a un lado, por lo que toca al hombre mismo, nada menos que su cuerpo, y así se hizo, viéndolo como una suerte de cárcel donde el espíritu se alojaba transitoriamente y de mala gana. Superado así el "escándalo del cuerpo", vendría otro escándalo: el del cristianismo, en que se hablaba de que el mismísimo Dios tomaría partido por el cuerpo -por la "carne", incluso-, por la Palabra y por el individuo, cada individuo insustituible e indecible en términos abstractos y genéricos. Ese escándalo fue acallado con la gran componenda de la teología y, por fin, quedó atrás, privado de interés, desde que la vida cultural dejó de dar por supuesto el cristianismo. En efecto, desde el siglo XVII, el intelecto abstracto campa por sus respetos hasta llegar a su totalización en el XIX, con Hegel, en cuya mentalidad y dialecto sigue viviendo la cultura de hoy, se sepa o no, se quiera o no. La razón, flexible y astutamente totalitaria, lo absorbe todo como parte de su proceso lógico de desarrollo interno. Y en la medida en que los hechos no se ajusten a esa lógica y el hombre sufra "márgenes de error" en el desarrollo histórico, tanto peor para los hechos y el hombre: eso quiere decir que no son bastante "reales" (="lógicos").
 La inevitable crisis de tal pretensión absoluta -todavía dominante y oficial- coincide hoy día con otro escándalo, en pleno desarrollo todavía, para el intelecto puro: el "escándalo del lenguaje", el caer en la cuenta de algo que parecía no haberse hecho consciente antes a fuerza de perogrullesco, el hecho de que el pensamiento sólo se puede dar en forma de lenguaje, en un proceso -tan inexplicado en su origen como trivial y aun ridículo en su realización- de marcha de la mente dentro de la gramática de una lengua, en la que se insertan y llegan a ser algo las palabras y palabritas.
 El intelecto abstracto, frente a esa toma de conciencia sobre tan humilde condición del hombre, el "animal parlante", se rebela y, en busca de un modelo de lenguaje "mejor", apela a las ordenadoras y computadoras -mientras que la ciencia propiamente dicha, como se observa sobre todo en la física, vuelve la espalda al lenguaje normal para trabajar en un supralenguaje de formalizaciones y símbolos-. Pero, por más que sólo se quiera reconocer valor a lo formalizable y clasificable, el hombre sigue siendo alguien que habla, que narra, que vacila entre el bien y el mal, que espera, ama y tal vez cree... El intelecto puro, el órgano de las ideas y sus relaciones formales, no ceja en su irrenunciable pretensión de dar razón, en términos análogos, de lo matemático y de lo moral, del Ser más abstracto y de la vida humana, sin desalentarse por dos milenios y medio de intentos; pero ahora se hace evidente que el lenguaje normal y primario -el llamado un tanto despectivamente "ordinario"- no le va a servir para eso, aunque lleve siempre a la ilusión y al anhelo de que fuera posible tal cosa. Por eso, la gran tendencia formalizadora de la civilización actual puede verse, en cierto modo, como una rebelión contra el lenguaje, que es también una rebelión contra el limitado y concreto ser del hombre.
 Al final de nuestro proyecto descriptivo y crítico -en que hemos mantenido un tono informativo, con la mayor claridad posible, servicial e incluso pedagógica, de modo que este libro también puede leerse sin desdoro simplemente como un manual de divulgación, aunque no quepa agotarlo en ese nivel de lectura-, nos limitamos a esbozar nuestra situación actual, sin ofrecer profecías de salvación ni fórmulas de vuelta a empezar. Y, sin embargo, hubiera sido muy tentador proponer la palabra poética, al modo heideggeriano, como fuente de nueva vitalidad espiritual, pero la verdad es que la actual voz literaria -lo que, de modo nefastamente significativo, es moda llamar "escritura"- parece corroída desde dentro por una autoironía que la reduce a collage de referencias y citas, cuando no a "discurso sobre el discurso". A pesar de todo, no sacamos ninguna consecuencia pesimista ni optimista hacia el porvenir de la mente y la palabra, limitándonos a invocar la coplilla machadiana: Confiamos / en que no será verdad nada / de lo que pensamos
 

miércoles, 12 de abril de 2017

"La Bella y la Bestia".- Jeanne-Marie Leprince de Beaumont (1711-1780)


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«La Bella se vistió, y durante ese tiempo fueron a avisar a sus hermanas, que acudieron con sus maridos. Las dos eran muy desdichadas. La mayor se había casado con un joven gentilhombre guapo como el amor, pero estaba tan enamorado de su propio rostro que sólo se ocupaba de él de la mañana a la noche. La segunda lo había hecho con un hombre que poseía una gran inteligencia, pero sólo la utilizaba para hacer rabiar a todo el mundo, empezando por su mujer. Las hermanas de la Bella estuvieron a punto de morir de dolor cuando la vieron vestida como una princesa y más bella que el día. Nada pudo ahuyentar sus celos, que aumentaron cuando la Bella les hubo contado lo dichosa que era.
 Las dos celosas bajaron al jardín para llorar a sus anchas y se dijeron: "¿Por qué esta criatura es más feliz que nosotras? ¿Acaso no somos más encantadora que ella?"
 -Hermana -dijo la mayor-, ¡se me ha ocurrido una idea! Tratemos de retenerla aquí más de ocho días; su estúpida Bestia montará en cólera porque ella no habrá cumplido su palabra y seguramente la devorará.
 -Tienes razón, hermana -respondió la otra-. Haremos lo posible por retenerla aquí.
 Y, tras tomar aquella resolución, volvieron a subir y demostraron tanto afecto a su hermana que la Bella lloró de alegría.
 Cuando los ocho días hubieron pasado, las dos hermanas empezaron a lamentarse; tanto fingieron estar afligidas por su marcha que la Bella prometió quedarse ocho días más.
 Sin embargo, Bella se reprochaba el dolor que iba a causar a su pobre Bestia, a la que quería con todo su corazón. Además, la echaba mucho de menos.
 La décima noche que pasó en casa de su padre soñó que estaba en el jardín del palacio y que veía a la Bestia tumbada en la hierba del jardín a punto de morir y reprochándole su ingratitud.
 La Bella se despertó sobresaltada y derramó abundantes lágrimas: "Soy una malvada -dijo- por entristecer a una bestia que tan bien se ha portado conmigo. ¿Es culpa suya si es tan fea o si tiene poca inteligencia? Es buena, cosa que vale más que nada. ¿Por qué no he querido casarme con ella? Sería mucho más dichosa que mis hermanas con sus maridos. No es ni la belleza ni la inteligencia de un marido lo que hace feliz a una mujer, sino la bondad de su carácter, la virtud, y la Bestia posee todas esas buenas cualidades. No siento amor por ella, pero sí aprecio, amistad y agradecimiento. ¡No, no puedo hacerla desdichada! Toda la vida me reprocharía mi ingratitud."
 Dichas estas palabras, Bella se levantó, puso el anillo sobre la mesa y volvió a acostarse. Apenas estuvo en la cama, se durmió. 
 Cuando despertó por la mañana vio con alegría que estaba en el palacio de la Bestia. Se vistió magníficamente para agradarle y se aburrió mucho durante todo el día, esperando las nueve de la noche; pero, aunque el reloj por fin dio la hora, la Bestia no apareció. Entonces la Bella temió haber causado su muerte. Corrió por todo el palacio gritando y llamándola; estaba desesperada. Después de haber buscado por todas partes se acordó de su sueño y corrió al jardín hacia el lugar donde le había visto durmiendo.
 Encontró a la pobre Bestia allí tendida, sin conocimiento y creyó que estaba muerta. Se echó sobre su cuerpo, sin horrorizarse de su rostro y, al sentir que su corazón todavía latía, cogió agua de una fuente y roció con ella la cabeza de la Bestia. Ésta abrió los ojos y dijo a la Bella:
 -¡Olvidasteis vuestra promesa! El dolor de haberos perdido me ha decidido a dejarme morir de hambre; pero muero contento porque tengo el placer de veros una vez más.
 -No, mi querida Bestia, ¡no moriréis! -contestó la Bella-. Viviréis para convertiros en mi esposo. A partir de este momento os concedo mi mano y juro que sólo os perteneceré a vos. ¡Ay!, creía no profesaros sino amistad, pero el dolor  que experimento me hace comprender que no podría vivir sin veros.
 Apenas la Bella hubo pronunciado estas palabras, cuando vio el palacio resplandeciente de luz. Los fuegos artificiales, la música..., todo anunciaba una gran fiesta; mas aquellas bellezas no la dejaron obnubilada.
 Se volvió hacia su querida Bestia, cuyo estado era estremecedor. ¡Cuál no fue su sorpresa! La Bestia había desaparecido y ya no vio a sus pies sino a un príncipe más bello que el amor, que le daba las gracias por haber roto su encantamiento.
 Aunque el príncipe mereciera toda su atención, no pudo evitar preguntarle dónde estaba la Bestia.
 -La estáis viendo a vuestros pies -le dijo el príncipe-. Un hada perversa me condenó a permanecer bajo este aspecto hasta que una bella muchacha consintiera en casarse conmigo y me prohibió manifestar mi inteligencia. Así que sólo vos en el mundo podíais conmoveros por la bondad de mi carácter; ni siquiera ofreciéndoos mi corona puedo pagar la deuda de gratitud que os tengo.
 La Bella, agradablemente sorprendida, ofreció su mano al apuesto príncipe para que se levantara. Fueron juntos al palacio y ella estuvo a punto de morir de alegría cuando al llegar allí encontró, en la gran sala, a su padre y a toda su familia, que la bella dama que se le había aparecido en sueños había llevado al castillo.
 -Bella -dijo la dama, que era un hada-, ven a recibir la recompensa de tu buena elección: has preferido la virtud a la belleza y a la inteligencia. Mereces encontrar esas cualidades reunidas en una misma persona. Te vas a convertir en una gran reina; espero que el trono no destruya tus virtudes. En cuanto a vosotras, señoritas, -dijo el hada, señalando a las dos hermanas de Bella-, conozco vuestro corazón y toda la maldad que encierra. Convertíos en dos estatuas, pero conservad vuestra razón bajo la piedra que os envuelva. Permaneceréis a la puerta del palacio de vuestra hermana y no os impongo otra pena que la de ser testigos de su felicidad. No podréis volver a vuestro estado primitivo hasta el momento en que reconozcáis vuestras faltas. Mas temo que os quedéis como estatuas para siempre. Se corrige el orgullo, la ira, la gula y la pereza, pero es una especie de milagro la conversión de un corazón malvado y envidioso.
 En ese momento el hada agitó su varita mágica y trasladó a todos lo que estaban en la sala al reino del príncipe. Sus súbditos le recibieron con alegría y se casó con la Bella, que vivió con él mucho tiempo en perfecta dicha porque estaba basada en la virtud.»

 

martes, 11 de abril de 2017

"Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?".- Nicholas G. Carr (1959)


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6.- La viva imagen del libro

«Cuando un libro impreso -ya sea un trabajo de erudición recién publicado o una novela  victoriana con dos siglos de antigüedad- se transfiere a un dispositivo electrónico conectado a Internet, se convierte en algo muy parecido a una página web. Su texto queda preso de todas las distracciones que ofrece un ordenador conectado a Internet. Sus hipervínculos y demás mejoras digitales son un constante foco de atracciones infructuosas para el lector, que pierde lo que John Updike llamaba "sus aristas" para disolverse en las vastas y procelosas aguas de la Red. La linealidad del libro impreso se quiebra en pedazos; y con ella, la calmada atención que induce en el lector. Las prestaciones altamente tecnológicas de dispositivos como el Kindle y el nuevo iPad de Apple nos facilitarán la lectura de libros electrónicos, pero nuestra manera de leerlos será muy distinta del modo en que leíamos las ediciones impresas.
 Estos cambios en la lectura también provocarán cambios en el estilo de escritura: autores y editores se adaptarán a los nuevos hábitos y expectativas de los lectores. Japón ya presenta un llamativo ejemplo de este proceso: en 2001 varios jóvenes japonesas empezaron a componer relatos en sus teléfonos móviles, bajo la forma de mensajes textuales que cargaban en una página web, Maho no i-rando, donde otras personas los leían y comentaban. Estas historias se expandieron como seriales o "novelas telefónicas" de popularidad creciente. Algunas de estas novelas tuvieron millones de lectores online. Los editores tomaron nota y empezaron a sacarlas como libros impresos. A finales de la década estas novelas de teléfono móvil habían pasado a dominar las listas de los libros más vendidos del país. Las tres novelas japonesas más vendidas en 2007 fueron escritas originalmente por medio de teléfonos móviles.
 La forma de una novela refleja su origen. Éstas, según el periodista Norimitsu Onishi, son "sobre todo historias de amor escritas en el estilo breve característico de los mensajes enviados por el móvil, pero apenas contienen instrucciones argumentales o el desarrollo de los personajes que se observa en la novela tradicional". Una de las novelistas telefónicas más populares, una joven de veintiún años que se hace llamar Rin, explicaba a Onishi por qué los jóvenes abandonan la novela tradicional: "No leen novelas de escritores profesionales porque sus frases son demasiado complicadas, con expresiones deliberadamente rebuscadas; y las historias que cuentan no les resultan familiares". Puede que la popularidad de las novelas telefónicas nunca se extienda más allá del Japón, un país dado a las rarezas, pero aun así este ejemplo demuestra cómo los cambios en la lectura acaban afectando a la escritura.
 Otro síntoma del modo en que la Web comienza a influir en la literatura se produjo en 2009, cuando O'Reilly Media, editorial estadounidense de libros sobre tecnología, sacó un libro sobre Twitter escrito en Power-Point, un programa de Microsoft para hacer presentaciones visuales. "Hacía tiempo que nos interesaba explorar cómo el medio online altera la presentación, la narrativa y la estructura del libro", declaró el consejero delegado de la editorial Tom O'Reilly, al presentar el volumen, que está disponible en forma tanto impresa como electrónica. "La mayoría de los libros siguen ateniéndose al viejo modelo de una narración sostenida como principio organizador. Aquí más bien hemos usado un modelo del tipo Internet, con páginas independientes, cada una de las cuales puede leerse sola (o como mucho dentro de un grupo de dos o tres)". Según O'Reilly, esta "arquitectura modular" refleja el modo en que las prácticas de lectura de la gente han variado para adaptarse al texto en pantalla: "La Web ofrece incontables lecciones de cómo los libros deben adaptarse al formato online".
 Algunos cambios del modo en que los libros se escriben y presentan serán radicales. Al menos una editorial importante, Simon&Schuster, ya ha empezado a publicar novelas electrónicas con vídeos incrustados en sus páginas virtuales. Estos híbridos se han dado en llamar vooks. Otras empresas han emprendido ya experimentos multimedia similares. "Todo el mundo intenta pensar en la mejor manera de organizar los libros y la información en el siglo XXI", opina Judith Curr, ejecutiva de Simon&Schuster, cuando explica el impulso que está detrás de estos vooks. "Lisa y llanamente, ya no se puede disponer el texto de manera lineal, sin más".
 Otras alteraciones de la forma y el contenido serán más sutiles y se desarrollarán más lentamente. Por ejemplo, a medida que los lectores accedan a las novedades bibliográficas fundamentalmente a través de búsquedas en Internet, los autores serán cada vez más presionados para usar determinadas palabras con más probabilidades de ser elegidas en esas búsquedas. Es lo que hacen hoy día los blogueros y otros escritores online. Steve Johnson apunta algunas probables consecuencias: "Los escritores y editores empezarán a preocuparse por cómo determinadas páginas o capítulos vayan a aparecer en los resultados de Google, y diseñarán las secciones específicamente con la esperanza de que atraigan esa corriente constante de visitantes llegados mediante una búsqueda. Los párrafos iniciales llevarán marcadores descriptivos que orienten a los potenciales buscadores; y se probarán distintos títulos de capítulos para determinar su visibilidad para las búsquedas".
 Muchos observadores creen que es mera cuestión de tiempo el que las funciones de las redes sociales se incorporen a los lectores digitales, con lo que la lectura se convertiría en una especie de deporte de equipo. Charlaremos online y nos pasaremos notas virtuales mientras escaneamos textos electrónicos. Nos suscribiremos a servicios que actualizarán automáticamente nuestros libros añadiéndoles críticas, comentarios y revisiones de otros lectores. En palabras de Ben Vershbow, del Instituto para el Futuro del Libro, dependiente del Centro de Comunicación Annenberg de la USC, "pronto los libros contendrán literalmente discusiones, en forma tanto de charla como de intercambios asíncronos mediante comentarios y anotaciones sociales. Uno podrá ver quién más está leyendo un libro dado, pudiéndose establecer un diálogo entre lectores". En un controvertido ensayo el escritor científico Kevin Kelly llegó a sugerir que se celebrarían fiestas comunales de "cortar y pegar" a través de Internet. Confeccionaremos nuevos libros con retazos de libros viejos.»
 

lunes, 10 de abril de 2017

"Amor y odio. Historia natural del comportamiento humano".- Irenäus Eibl-Eibesfeldt (1928)


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VIII.- ¿Qué es lo que liga a las personas?
La solicitación de asistencia y la imploración infantil en el comportamiento humano

 «No en todos los casos se efectúa la alimentación del niño con la boca. Entre los waikas, el alimento se mastica y luego se le da al niño con la mano. De este modo de alimentación también se derivan ritos vinculatorios. En diversos pueblos africanos es usual masticar el alimento para el huésped y ofrecérselo después, y aun dárselo con la mano en la boca. Derivada es también la común costumbre de demostrar amistad regalando algo comestible. Los niños de un año lo intentan ya de forma espontánea. Este comportamiento es tan regular que uno se siente tentado a suponerle una base innata. Pero falta una investigación al respecto mediante la comparación de diversas culturas. los niños pequeños emplean el ofrecimiento de comida (o de otros regalos) con mucha frecuencia para establecer contacto con personas desconocidas para ellos. Un ejemplo: un matrimonio joven, con una niña de tres años y dos meses, estaba invitado en nuestra casa. La niña se mostraba tímida y retraída en aquel ambiente desconocido y observaba atentamente el comportamiento de sus padres con nosotros. Comimos juntos, pues, y acabada la comida se sirvió café en la terraza. De pronto, la niña, que estaba jugando aparte, corrió a la mesa, tomó una pastita y me la ofreció sonriendo turbada. Yo la tomé y me la comí, y su rostro resplandeció; inmediatamente tomó otra y me la ofreció del mismo modo. Así me alimentó unas cuantas veces, y aceptó también lo que yo le ofrecí. El hielo se había roto y la niña se mostró confiada y alegre. También conocí hace poco una niña de diez meses que siempre me metía sus juguetes en la boca.
 Los niños sienten por lo demás la necesidad perentoria de comer con sus padres cuando éstos se llevan algo a la boca, y el modo en que esta pauta de conducta se manifiesta  pone de relieve su finalidad de fortalecer el vínculo que los une. El niño que no tiene apetito pero muerde el pan o la manzana que el padre o la madre están comiendo desencadena una alimentación confirmadora del vínculo y al mismo tiempo se asegura de que todo va bien.
 El ofrecimiento de regalos comestibles cumple en el hombre sin ninguna duda una función vinculadora, al mismo tiempo que calma la agresión. Un conocido mío vivió un caso conmovedor en la guerra. Estaba encargado de sacar de las trincheras a los centinelas enemigos para interrogarlos y ya lo había hecho muchas veces. Esta vez, al saltar dentro de la trinchera enemiga y tratar de llevar consigo al sorprendido centinela, éste, que estaba precisamente comiendo en aquel momento, le ofreció un trozo de pan. Mi conocido tomó el pan y quedó tan inhibido en su ataque que se retiró. Según me aseguró, a partir de entonces ya no pudo cumplir misiones de ese tipo. En la vida cotidiana se suavizan del mismo modo situaciones tensas. Lévi-strauss (citado por Goffman) cuenta cómo los franceses suelen resolver la incómoda situación que se produce cuando dos comensales de un restaurante que no se conocen se sientan frente a frente en la misma mesa. Convencionalmente, la situación se resuelve llenando cada uno con su botella de vino el vaso del otro. Este intercambio de cortesía permite que ambos comensales puedan empezar a hablarse.
 El comer en compañía crea en muchos pueblos salvajes un vínculo de amistad y en muchos ritos vinculadores se utiliza esta actividad. Nevermann describe un caso que le sucedió entre los makleugas de Nueva Guinea. "Cuando habló del jengibre, Mitu arrancó una planta de cuajo, le sacudió algo la tierra y mordió animosamente la raíz. El resto me lo metió en la boca. Más tarde se habló de la caza de cabezas de los makleugas y yo pregunté al despedirme si había tenido razón en dormir con los makleugas tan confiado como lo había hecho. Mitu suspiró misteriosamente y me dijo en tono lastimero: "Yo te hubiera quitado la cabeza, aunque ya no esté muy bella, pero comimos juntos y ya no eres extranjero".
 Hablando de los ritos de salutación, quiero dar todavía otros ejemplos de comparación entre culturas. Podemos afirmar que los ritos derivados de la alimentación de los pequeñuelos en general se aplican a la vinculación. El beso y el regalo son las formas más ritualizadas de la alimentación.
 No debe confundirse con el beso el movimiento de sacar fugazmente la lengua, que muchas veces va acompañado por una succión o chupadura en el vacío. Se trata ciertamente de un chupar ritualizado. Entre nosotros, ese gesto se considera indecente. En Europa central, las mujeres de vida alegre muestran de ese modo su buena disposición o su querencia. Pero también se puede observar ese gesto entre novios que flirtean, y con frecuencia es muy rápido, y menos intencional que involuntario. En Europa occidental también se lamen la cara en tales ocasiones de flirteo. Las muchachas waika me sacaban la lengua para incitarme a coquetear con ellas, y los varones le hacían la misma proposición descaradamente a mi acompañante. El gesto es en estos casos una invitación de tipo heterosexual. El sacar fugazmente la lengua debe derivarse de una actividad de cuidado corporal, como el beso-mordisco. Muchos mamíferos lamen a su pareja en el preludio al acoplamiento y los machos espulgan de preferencia la región genital, que la madre limpia también de preferencia en sus pequeñuelos. Ya dijimos que el perro que se somete a otro se le presenta como un perrillo y se orina, lo cual provoca el enjugamiento con la lengua. Finalmente, en algunos monos se presentan como ademanes de salutación movimientos de lamida en el vacío.
 Todo el complejo de actividades de cuidado corporal sirve también en el hombre en forma no ritualizada para conservar las relaciones amistosas. Los papúes se espulgan mutuamente con pasión, y otro tanto hacen los balineses o los indios sudamericanos. Este comportamiento también sirve de preludio amoroso entre las parejas. En Europa, los enamorados se desgreñan los cabellos con mucho gusto, porque eso tiene un extraordinario sentido erótico. A orillas del Mediterráneo filmé unas muchachas que rascaban y exprimían con entusiasmo los granitos a sus acompañantes varones.»
 

domingo, 9 de abril de 2017

"Los secretos de una casa. El mundo oculto del hogar".- David Bodanis (...)


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  Primera parte: las horas diurnas.
 III.-A última hora de la tarde
 
«En todos los hábitats que pueden formarse en una cocina reposa una colonia de salmonelas que fue trasladada allí de manera accidental. Esta colonia descansa varios días pacíficamente, y cada uno de sus miembros se empapa sin esfuerzo con la ligera película de agua que le rodea, utilizando sus flagelos ondulantes -como los tentáculos de un pulpo- para atraer los gránulos alimenticios que circulan en el ambiente. Sin humedad, la salmonela de una cocina moriría de sed al cabo de una semana, y lo único que quedaría de ella sería un cuerpo en gradual descomposición. No obstante, antes de que transcurra ese lapso, un dedo que toque su lugar de reposo recibirá lo que para una persona no es más que un micropunto invisible, pero que para estas criaturas constituye una gran familia de varios centenares de miembros.
 Estas bacterias son semejantes a algunas de las primeras formas de vida que se desarrollaron en el planeta Tierra, y han sobrevivido durante tanto tiempo porque, gracias a su diminuto tamaño, hay una cantidad enorme de territorios donde pueden prosperar. En una casa existen para ellas tantos refugios como los que habría para los seres humanos en un nuevo planeta, el extenso terreno que proporciona una pila de lavar húmeda o una mesa seca en una sala. (Más adelante se hará referencia a los atractivos territorios que brinda el cuerpo humano.) A veces resulta tentador atribuir determinadas intenciones a estas criaturas, pero esto sería erróneo, ya que no son más que células aisladas y microscópicas, una especie de plantas químicas en movimiento que no tienen cabeza, ni cerebro, ni nervios, son sólo vida.
 Una vez que llegan al dedo, las salmonelas tratan de adaptarse a este nuevo hábitat. No les perturba este súbito traslado a un objeto vivo y móvil (excepto, naturalmente, aquellas pocas que resultan aplastadas por el contacto). Son demasiado pequeñas para orientarse y darse cuenta de lo que era antes el asa de la puerta del refrigerador y lo que es ahora el dedo. A escala de una salmonela, un dedo es un terreno agreste y cenagoso. Hay redondeadas colinas formadas por la capa superior de las células cutáneas que acaban en repentinas cavernas. También hay numerosas y atractivas piscinas de limo y de grasa sobre la rugosa superficie, que son los resultados de la transpiración y de otros fluidos de la piel, donde la salmonela se sumerge. Esta transpiración es nutritiva, ya que el sudor de los dedos contiene potasio, sodio, zinc, glucosa, vitamina C, riboflavina y más de una docena de aminoácidos. En este terreno la salmonela se puede reproducir, dividiéndose por la mitad o introduciendo en otros individuos largas cintas de protoplasma con ADN, a través de orificios en sus cuerpos.
 No obstante, en este medio tan propicio para el desarrollo y la nutrición, también existen aspectos negativos. Las yemas de los dedos que inadvertidamente recogieron la salmonela mientras se movían por la cocina constituyen un territorio tan atractivo que muchos otros diminutos organismos unicelulares han acabado por instalarse allí a lo largo del tiempo. Estos otros organismos tratan a las salmonelas recién llegadas como una amenaza que hay que exterminar lo antes posible, ya que la nutritiva transpiración, indispensable también para su desarrollo, se produce en cantidades limitadas.
 Este comité de recepción microbiano no tiene necesariamente un aspecto temible ya que todos sus miembros son ciegos, muchos padecen hambre, y su velocidad máxima se limita a un lento arrastrarse por las anfractuosidades y los pantanos cutáneos. Sin embargo, cuando se aproximan a alguna de las salmonelas recién llegadas, muchos de ellos emiten chorros concentrados de antibióticos mortales; otros serpentean a corta distancia de la salmonela e intentan absorber toda la comida que encuentren alrededor para que, al cabo de un tiempo, la salmonela muera de inanición. Al principio, las salmonelas quedan desconcertadas por la sorpresa y se produce una matanza, pero más tarde se recuperan. Algunas devuelven el golpe y lanzan su propio chorro concentrado de antibióticos en contra de los atacantes. (Estos sprays defensivos no se limitan a matar individuos microscópicos, sino que se muestran muy rudos con las colonias de criaturas microcelulares que habitan en el intestino humano, y son los que provocan el envenenamiento a causa de la salmonela si llegan a ingerirse.) Otras salmonelas se dedican a acosar a los atacantes más cercanos y los expulsan de su lado sin haber saciado su hambre. Algunas otras, finalmente, que se encuentran en el centro de la colonia, continúan con sus actividades reproductivas, para producir nuevos efectivos que se enfrenten con las amenazas externas.
 Estas batallas tienen lugar sobre la superficie de la piel de casi todas aquellas personas que pasan una hora en la cocina preparando la comida. Si en un momento de concentración se frotan las yemas de los dedos sobre la frente, aquí se desencadenará una nueva batalla, y si se tamborilea con los dedos sobre una superficie cualquiera, parte de las colonias bacterianas morirán y sus previsiones tácticas quedarán absolutamente perturbadas, ya que los sobrevivientes se hundirán en la fragosidad de la superficie dactilar. Cualquier movimiento que realice una persona representa una catástrofe para algunos individuos bacterianos, y el nirvana para otros. Un roce casual del brazo mientras se intenta descifrar una receta del libro de cocina hará que algunas salmonelas aterricen sobre un territorio especialmente húmedo e invitante, la parte interior del codo. Si a continuación se toca la punta de la lengua con el índice como paso previo al giro de la página del libro de cocina se producirá una matanza, ya que las colonias se han visto expuestas a la feroz alcalinidad de la saliva. Incluso puede haber momentos de recuperación milagrosa para estos individuos microscópicos. Abrir la nevera para sacar más mantequilla, por ejemplo, equivale a dejar caer algunas salmonelas en su lugar de origen, y los fatuos atacantes que residían en la piel -y que han sido trasladados junto a ellas- se ven completamente superados en número por las hordas de salmonelas que hay en el asa de la puerta de la nevera.
 Al mismo tiempo que realizan todas sus otras operaciones, las salmonelas se introducen en la comida recién preparada. Quizás ello se deba al fugaz roce de un dedo sobre un trozo de zanahoria tierna que acompaña al estofado ya preparado, o a que se ha tocado sin darse cuenta el puré de patatas. Casi todas las salmonelas que caigan en el estofado, que sigue estando muy caliente, morirán rápidamente. Pero en el puré de patatas que se enfría con gran rapidez, y donde hay abundante almidón, agua y probablemente un trozo de mantequilla en algún sitio, las salmonelas prosperan. Y prosperan de tal modo que, gracias a su reproducción individual o en grupo, aproximadamente cada 50 minutos su número se multiplica por dos.»
 

sábado, 8 de abril de 2017

"El mirón".- Alain Robbe-Grillet (1922-2008)


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III

«El cuerpo de la niña fue encontrado a la mañana siguiente, con la marea baja. Unos pescadores de bueyes de mar -cangrejos de caparazón liso, también llamados "dormilones"- lo descubrieron por casualidad buscando entre las rocas, bajo la curva de los dos kilómetros.
 El viajero se enteró de la noticia mientras se tomaba un aperitivo en la barra del café "A la esperanza". El marino que lo estaba contando parecía muy bien informado en cuanto al emplazamiento, la postura y el estado del cadáver; pero no era uno de los que lo habían encontrado, ni tampoco, según lo que decía, lo había examinado personalmente. Tampoco parecía afectado en absoluto por lo que estaba contando: igual podía haberse tratado de un maniquí que hubiesen arrojado a la playa. El hombre hablaba despacio y con una cierta voluntad de precisión, facilitando -aunque en un orden muchas veces poco lógico- todos los detalles materiales necesarios y proporcionando incluso, para cada uno de ellos, explicaciones muy plausibles. Todo parecía claro, evidente, banal.
 La pequeña Jacqueline yacía totalmente desnuda, sobre una alfombra de algas oscuras, entre unas enormes rocas de forma redonda. Sin duda el vaivén de las olas la había desnudado, pues era improbable que se hubiese ahogado, al querer bañarse, en aquella época del año y en una costa tan peligrosa. Debía haber perdido el equilibrio mientras jugueteaba por el borde del acantilado que en aquel lugar era muy abrupto. Tal vez hubiera intentado bajar hasta el agua por un espolón escarpado, más o menos practicable, que había a la izquierda. Pudo dar un paso en falso, resbalar o buscar apoyo en una aspereza demasiado frágil de la roca. Se mató al caer -desde una altura de varios metros- y se rompió su delicado cuellecito.
 También había que rechazar, junto con la del baño, la hipótesis de que una ola imprevista la hubiese arrastrado al subir la marea; efectivamente tenía muy poca agua en los pulmones, mucho menos, ciertamente, que si hubiera muerto ahogada. Presentaba además unas heridas en la cabeza y en los miembros que podían atribuirse más fácilmente a una caída y a los golpes contra los salientes de las piedras que a las alteraciones de un cuerpo sin vida sacudido por la mar contra las rocas. No obstante -y era lógico- también podían verse, en la carne del resto del cuerpo, marcas superficiales que parecían más bien las consecuencias de aquellos roces.
 De todos modos, a pesar de estar acostumbrados  a aquel tipo de accidentes, resultaba difícil, para quienes no eran especialistas, determinar a ciencia cierta cuál había sido el origen de las diferentes heridas y hematomas que podían apreciarse sobre el cuerpo de la muchacha; más aún cuando los estragos de algunos cangrejos y peces de gran tamaño, se habían hecho notar en algunos puntos particularmente tiernos. El pescador opinaba que un hombre -sobre todo un adulto- habría podido resistirlos durante más tiempo.
 Dudaba por otra parte de que un médico hubiese podido decir algo más sobre aquel caso que, a su juicio, no se prestaba a equívocos. De paso, el viajero se enteró de que no había ningún médico en la isla y de que el hombre que hablaba con tanta seguridad había servido como enfermero en la marina nacional. Tan sólo había un viejo guardia civil en la isla que se había limitado, como de costumbre, a levantar en acta el fallecimiento.
 Llevaron el cadáver a casa de la madre, junto con dos o tres fragmentos del vestido, dispersados y rasgados, que habían recogido por los alrededores, entre las algas. Según el narrador, la señora Leduc parecía "haberse calmado" al saber qué había sido de la menor de sus hijas y conocer la razón mayor que le había impedido volver a casa el día anterior. Ninguno de los allí presentes se sorprendió.
 Los oyentes -otros cinco marinos, el dueño y la joven camarera- escucharon el relato sin  interrumpirlo, limitándose a mover la cabeza en los pasajes más decisivos. Mathias se contentó con hacer lo mismo que ellos.
 Al final, hubo una pausa. Después el enfermero repitió algunos de los elementos de su historia tomados de aquí y allá, utilizando exactamente los mismos términos y construyendo frases idénticas.
 "Los cangrejos ya habían empezado a mordisquear las partes más tiernas: los labios, el cuello, las manos... también otros sitios... sólo empezado: apenas nada. O tal vez fue una anguila roja, o algún barbo..."
 Tras un nuevo silencio, alguien dijo:
 "¡Al final el demonio la castigó!"
 Era uno de los marinos -uno joven.
 Hubo un murmullo a su alrededor, bastante débil, que no llegaba a significar ni el asentimiento ni la protesta. Después todos callaron. Al otro lado de la puerta de cristal, más allá de las baldosas y de la arena, el agua del puerto tenía aquella mañana un color grisáceo, apagado y sin profundidad. El sol no había vuelto a aparecer.
 Sonó una voz, detrás de Mathias:
 "Quizás alguien la empujó -¿por qué no?- a propósito...  Esa niña era más bien lista."
 Esta vez el silencio fue más largo. El viajero se volvió hacia la sala y buscó entre los rostros el del hombre que acababa de hablar.»