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jueves, 17 de junio de 2021

Telépolis.- Javier Echeverría (1948)


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Capítulo 1.-Introducción

1.7.-Las calles

 «La vida de los seres humanos estuvo organizada en las ciudades modernas sobre la base de la distinción entre casa, calle y lugar de trabajo. Como vamos viendo, Telépolis tiende a fundir estos tres lugares en uno, si seguimos contemplando la nueva ciudad desde la perspectiva espacial clásica. A lo largo de este ensayo iremos viendo que la auténtica estructura urbanística de Telépolis es muy distinta a la de las ciudades y metrópolis modernas y contemporáneas: el recurso metafórico utilizado en este primer capítulo se mostrará inadecuado, además de deformante. Tarde o temprano (capítulos 2 y 3) habrá que introducir nuevas categorías para analizar Telépolis.
 En la gran mayoría de las ciudades, sobre todo desde la incorporación de las mujeres al mundo del trabajo, había una vida doméstica, una actividad laboral y una vida social. Genéricamente hablando, se puede llamar calle al ámbito en donde discurría esta última. Se salía a la calle para ir al trabajo, mas también para pasear, para tomar un café o unas copas, para encontrarse con alguien, para acudir a alguna fiesta o espectáculo o para ir de compras. La calle siempre ha sido el lugar del comercio, incluido el carnal: no en vano se acuñó la expresión hacer la calle. Desde los teléfonos y vídeos eróticos a las secciones de anuncios de relax en la prensa y en las guías del ocio, no cabe duda de que Telépolis también ha transformado “el oficio más viejo del mundo”.
 Pero las calles de las ciudades y de los pueblos eran mucho más. El sociólogo Lefebvre caracterizaba a las calles como “lugares de encuentro”, pero también afirmaba que “la calle es un escaparate, un camino entre tiendas” (La revolución urbana, pp. 25-26). Criticando a Le Corbusier, en cuyos “barrios nuevos” desaparecían las calles, Lefebvre resaltaba sus tres funciones sociales básicas: una función informativa, una función simbólica y una función de esparcimiento. Contrariamente a las propuestas de suprimirlas por ser ámbitos de inseguridad ciudadana, propugnaba mantenerlas como una estructura urbanística esencial para la vida social, porque “allí donde desaparece la calle, la criminalidad aumenta y se organiza” (Ibid.). Controlar la calle era el objetivo fundamental de las fuerzas del orden; inversamente, las antiguas “rebeliones de masas” tenían como objetivo principal tomar la calle, mediante manifestaciones, barricadas o, más modestamente, celebrando mítines públicos y haciendo propaganda de las nuevas ideas políticas por medio de carteles, octavillas y pintadas. La calle era el lugar principal para la actividad política de los insurgentes y los revolucionarios. Por eso surgieron las llamadas fuerzas de orden público: para mantener el orden en las calles. Los toques de queda responden a esta lógica: “el acontecimiento revolucionario tiene lugar generalmente en la calle” (Ibid.).
 Hay que decir que todas estas concepciones están periclitadas. Buena parte del romanticismo izquierdista (pero también del fascismo y del nazismo) ha estado dominado por el mito de la calle. Los cafés, los teatros, los estadios y las plazas de toros, pasando por las tertulias en las ramblas o en las plazas mayores de los pueblos, fueron los escenarios en donde se formaba la opinión pública. Desde el asalto a la Bastilla hasta la toma del Palacio de Invierno en el “octubre Rojo”, sin olvidar las proclamaciones de Independencia o de la nueva República desde algún balcón, toda la parafernalia de la política decimonónica ha tenido la calle como el lugar en donde “todos los elementos de la vida humana se liberan y confluyen” (Ibid.). La voz de la calle era la voz del pueblo, o cuando menos su oráculo. Todavía ahora cualquier teledemagogo contrapone la voz de la Calle a la voz del Gobierno o de los Parlamentos. Eso sí: todas estas afirmaciones se hacen a través de la radio, la prensa o la televisión. En el fondo, ya nadie cree en “el poder de la calle”, salvo los desesperados que salen de vez en cuando a romper escaparates y a quemar tiendas y automóviles. Los auténticos profesionales convocan manifestaciones masivas exclusivamente para que sean filmadas por las cámaras. De hecho, la manifestación y el lanzamiento de piedras y cócteles molotov sólo tiene lugar cuando la presencia de los media está garantizada. La escenografía, por supuesto, resulta muy importante. Desde los chavales enmascarados (tipo intifada palestina) hasta los mineros con casco y garrote (como en Rumanía), el objetivo principal de las acciones en la calle estriba en ofrecer un buen espectáculo, con el fin de lograr el máximo impacto en los medios de comunicación.
 Los economistas clásicos, a la hora de elaborar sus teorías, atribuyeron también una cierta importancia a las calles y plazas públicas. Aunque sólo fuera por motivos pedagógicos, cuando no por estrategias de persuasión, partían de la estructura del mercado tal y como éste se representaba fenomenológicamente en la calle: compradores, vendedores, tenderetes y tiendas (ambulantes o fijas), recaudadores de impuestos, fuerzas del orden y chulos y mafias que ejercían su protección y su dominio, acotando entre sí sus territorios. Basta visitar un país árabe, o cualquier ciudad latinoamericana, china o hindú (pero también los sofisticados Rastros y mercados de antigüedades europeos) para poder seguir contemplando este tipo de actividad social, cuyo interés actual es más etnográfico que económico.
 Porque, en efecto, Telépolis supone un nuevo concepto de calle. O si se prefiere, comporta la minimización de la relevancia social que han tenido las calles que históricamente hemos conocido, y que todavía persisten como monumentos y reliquias. Las principales líneas de fuerza de la actividad social ya no pasan por ellas, y aunque sigan teniendo una cierta importancia, por lo cual tampoco es cuestión de desatenderlas, cabe decir que están llamadas a desaparecer, o cuando menos a ser recesivas desde el punto de vista económico y social.
 Las tres funciones que Lefebvre asignaba a la calle son cumplidas hoy por los medios de comunicación; por consiguiente, se puede ser ciudadano activo estando en casa, sin salir a la calle. La opinión pública ya no se forma sólo en los mercados, en los mentideros y en las plazas públicas, sino que cada cual configura la suya propia desde la intimidad, y a lo sumo la contrasta luego con grupos de su elección. Sin embargo, la función informativa no se reduce en Telépolis a los medios de comunicación. Hay otro tipo de personajes que, aparezcan o no en los medios, crean opinión o distribuyen información privilegiada: localizar sus ubicaciones es fundamental para la sociología telepolitana.
 Llamaremos teleporteros a este tipo de personas. Los antiguos porteros eran quienes controlaban el tránsito entre las casas y las calles de las ciudades clásicas. No cabe duda de que desempeñaban una función relevante como transmisores privados de información. A la hora de localizar a los nuevos porteros, o si se prefiere a los teleporteros, hay candidatos claros: los llamados gate-keepers.
Resultado de imagen de javier echeverría telepolis Cuando Kurt Lewin introdujo este concepto, trataba de caracterizar a los censores que podían colapsar (o potenciar) el flujo de información entre personas y grupos, por ocupar puestos claves dentro de la estructura de un canal de comunicación. Vistos desde la perspectiva telepolitana, los porteros son identificables con los creadores de opinión, por una parte, pero también con los controladores de las claves de acceso a las informaciones especialmente valiosas. Son teleporteros los informadores, los comentaristas y los analistas sociales, sea su ámbito de actuación una ciudad, una región o un país, y sean sus temas la política, la economía, la cultura, el deporte o simplemente la jet-set; pero también son teleporteros los brokers y los traficantes de información privilegiada. Por las calles de las ciudades clásicas circulaban personas y mercancías, indistintamente. Por las calles de Telépolis sólo circulan telemercancías y en su mayor parte son de uso exclusivamente privado. Cualquier empresa económica que tenga una cierta relevancia mantiene unos canales de comunicación e información que están estrictamente protegidos por sistemas de seguridad informática. Paralelamente, las entidades públicas utilizan circuitos especiales tanto para las informaciones reservadas como para producir filtraciones de aquellas informaciones que, por uno u otro motivo, conviene que sean conocidas en las plazas públicas. Los teleporteros siguen siendo los guardianes de las diversas puertas de acceso a los centros de poder (como en El castillo de Kafka), y siempre se remiten a otros porteros de mayor rango. Los portavoces y los encargados de relaciones públicas tienen a su cargo las puertas que comunican con las plazas públicas (medios de comunicación, servicios de atención al cliente). Mas hay otras muchas puertas en cualquiera de las calles de Telépolis. Acceder a algunas de ellas implica traspasar numerosos controles de acceso: en los locales correspondientes se contemplan aspectos de la nueva ciudad que casi nunca pasarán a ser de dominio público. Sólo de cuando en cuando los jueces obligan a la apertura pública de algunos de esos umbrales, normalmente para investigar formas de corrupción y de tráfico ilegal que en las ciudades antiguas tenían lugar en las calles asfaltadas y en sus locales colindantes.
 En resumen, también hay calles en Telépolis, y a veces muy sinuosas y retorcidas. Para localizarlas hay que adentrarse mucho en la nueva ciudad, accediendo electrónicamente a costosas bases de datos; sobre todo, hay que conocer a los correspondientes porteros y tener permiso para entrar. Hablando en términos generales, ningún individuo tiene acceso al conocimiento global y exacto de ninguna calle telepolitana. Incluso los más expertos analistas, que actúan como asesores directos (y a muy altos sueldos) en todo proceso de toma de decisiones, sólo poseen un conocimiento parcial de cada calle. Las plazas públicas (medios de comunicación) son encrucijadas de calles, pero desde ellas sólo se divisa una parte ínfima de la intrincada estructura del callejero telepolitano. Y aunque continuamente se invoca la transparencia como exigencia urbanística, lo cierto es que, pese a tanta pantalla, hoy por hoy reina la más estricta opacidad con respecto a la estructura vial por la que fluye gran parte de la vida social telepolitana. Para orientarse mínimamente en el Barrio Viejo (por ejemplo, en las Euroventanillas) hay que tener una formación técnica considerable. Así como algunas plazas están abiertas a todo el mundo (no hay que olvidar que también hay plazas de uso exclusivamente privado), para circular mínimamente por las calles de Telépolis hay que tener guías. Todo esto genera numerosos puestos de trabajo (y las consiguientes empresas de transferencia de información y tecnología), pero da lugar también a una estructura urbanística selvática, que se contrapone por completo a la aparente claridad de las plazas públicas y de la distribución de barrios que componen la ciudad.
 Pongamos un ejemplo de calle pública en Telépolis: la red Internet. Como es sabido ofrece cinco servicios básicos: acceso a catálogos bibliotecarios y de documentación, acceso a bases de datos comerciales, correo electrónico, teleconferencias y, por último, boletines y revistas electrónicas. En realidad no es una red, sino un ensamblaje de más de dos mil redes interconectadas. En 1992 tenía más de medio millón de ordenadores conectados en más de cincuenta países del mundo y era todavía una calle sin peaje, al menos para centros educativos y organizaciones sin ánimo de lucro. En tanto telecalle, se calcula que tiene unos tres millones de usuarios: ni el mayor boulevard de las metrópolis clásicas podría dar cabida a tantos paseantes. Está gestionada por una sociedad, la Internet Society (IS) que se ocupa de ordenar la circulación en dicha telecalle, así como de “barrerla”, “decorarla” y ampliarla, con el fin de que puedan “pasear” por ella un mayor número de telepeatones. Los habituales de Internet están muy orgullosos de su calle y suelen reunirse en Asambleas Generales (la última en San Francisco, 1993) para decidir sobre sus normas de circulación. Numerosas empresas y organizaciones estatales utilizan dicha telecalle, pero en las Asambleas Generales sólo pueden votar los miembros individuales de la IS: un estudiante puede serlo con sólo pagar 25 dólares al año. Por la calle de Internet sólo circulaba texto, hasta hace unos años, pero recientemente se han añadido las imágenes. Todo telepolita puede tener “portal” en la calle Internet, numerado conforme a su clave de usuario. […] Millares de “teleencuentros” entre personas se producen a diario, y por supuesto muchísimos negocios. Pese a ello, todavía no ha surgido una policía para mantener el orden en Internet
  
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 1994, pp. 50-59. ISBN: 84-233-2366-8.]

miércoles, 10 de marzo de 2021

El número 11.- Jonathan Coe (1961)

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El premio Winshaw
4

   «¿No era él el primer investigador criminal verdaderamente intelectual de Inglaterra? ¿No consideraba que todo crimen se resuelve mejor si se sitúa en su contexto político? ¿Qué la teoría cultural y la filosofía moral podían a menudo señalar el camino hacia la solución de un modo más claro que unas huellas dactilares en el marco de una ventana o unas huellas de pisadas en el sendero de un jardín? Era el momento de ponerse a estudiar.
 De modo que durante los siguientes cinco días el oficial Pilbeam apenas salió de su estudio.
 Al principio se sorprendió al comprobar que se había escrito tan poco sobre la historia y la filosofía del humor. Aparte de algunos comentarios dispersos de Platón, Aristóteles y Cicerón, los filósofos de la antigüedad parecían no tener mucho que decir sobre este tema. La observación más temprana en lengua inglesa al respecto era de Thomas Hobbes, quien se mostraba de acuerdo con René Descartes en que la risa derivaba del orgullo y era una expresión agresiva de superioridad sobre nuestros conciudadanos. Immanuel Kant fue uno de los primeros filósofos que planteó una incongruente teoría sobre el humor, en la que afirmaba que “la risa es una afección que brota por la repentina transformación de una expectativa fallida en nada” y que produce “una sensación de alivio al remover los intestinos”. Kierkegaard se metió de lleno en el tema sosteniendo que la comedia nacía de la contradicción, aunque en ese caso era una “contradicción indolora” frente a la “contradicción dolorosa” de la tragedia. Por otro lado, Henri Bergson volvió a la teoría de la superioridad para explicar el humor y la refinó declarando que nos reímos de otras personas cuando percibimos en ellas “une certaine raideur de mécanique là où l’on voudrait trouver la souplesse attentive et la vivante flexibilité d’une personne”. Sólo unos años después, Freud publicaba su seminal El chiste y su relación con el inconsciente, donde proponía una teoría que parecía ser la más profunda y persuasiva de todas. Freud consideraba que el golpe de efecto de un chiste creaba una suerte de cortocircuito psíquico que nos trasladaba rápidamente de una idea a otra por un camino rápido e inesperado que de este modo permitía una “economía de gasto psíquico”, un ahorro de energía mental que se expulsaba a través del explosivo estallido de la carcajada.
 Nathan leyó todas esas explicaciones con suma atención, marcando los pasajes más interesantes y tomando detalladas notas. Se fijó en que muy pocos pensadores habían abordado específicamente el tema de la sátira o el humor político, aunque localizó una desdeñosa observación de Milan Kundera. Por lo visto, Kundera menospreciaba la sátira como “arte de tesis” que pretendía conducir a los espectadores hacia una posición política o moral preconcebida, y por tanto quedaba por debajo de lo que él consideraba el auténtico propósito de una creación artística, que consistía en hacer a la gente consciente de la ambigüedad y multiplicidad de los significados.
 Cuando consideró que ya había agotado las fuentes escritas de las que disponía, Nathan exploró internet y empezó a rastrear blogs sobre comedia y foros de discusión, la mayor parte de ellos consagrados a las manifestaciones contemporáneas del humor. Se adentró en un mundo muy diferente en el que obsesos y pirados de la comedia que sabían un montón sobre el tema y estaban completamente ofuscados con el asunto, debatían sobre el humor moderno dando rienda suelta a toda la pasión sin restricciones, la compulsión, hostilidad, vitriolo, excesos escatológicos, arbitrariedad, agresividad, mezquindad, grosería, impudor y obscenidad que permitía internet. Era gente que amaba la comedia con tanta intensidad que su amor se podía transformar en odio por una minucia. Un chiste que no les parecía gracioso o un humorista que no les había hecho reír se convertían en una ofensa personal que debía vengarse multiplicando por diez el castigo. Mostraban una admiración reverente por el reducido grupo de humoristas más radicales, los que utilizaban el escenario para lanzar una crítica ácida, provocadora y profunda a la sociedad con un lenguaje que los convertía en inaceptables para la mayor parte del público. A los humoristas comunes y corrientes, los que no pretendían otra cosa que divertir y entretener a su público con un sentido del absurdo amable, se los toleraba como una distracción inocua. El auténtico odio se reservaba para aquellos cuyo trabajo se situaba entre estos dos polos: los que salpimentaban sus inofensivos espectáculos con moderadas digresiones políticas que complacían a la audiencia para dejar constancia de su conciencia social de corte progresista. Éstos eran objeto de ataques, ridiculización y escarnio por parte de esos críticos internautas aislados en el cómodo anonimato.
 Después de rastrear todo ese material durante dos o tres horas, Nathan clicó en un enlace a un blog que lo dejó pasmado porque combinaba una evidente solidez argumentativa con una evidente tendencia al desvarío. El autor parecía una especie de aspirante a anarquista/terrorista, aunque no quedaba claro si sus impulsos revolucionarios lo habían llevado en alguna ocasión más allá de la pantalla de su ordenador portátil. Había una foto de perfil, pero en ella tenía la cara girada noventa grados con respecto a la cámara, en sombra, y además la imagen estaba desenfocada como para hacer que el retratado resultase (deliberadamente) inidentificable. El blog se llamaba estaestullamadadespertador y el nombre de usuario del autor era ChristieMalry2.
 La entrada que llamó la atención de Nathan se titulaba “No es broma” y le pareció interesante por varios motivos. Para empezar era obvio que ChristieMary2 aceptaba la teoría de Freud sobre el origen de la risa, pero él, de un modo fascinante, la trasladaba de la esfera psicológica a la política:
 Freud [escribía el bloguero] consideraba que la risa es placentera porque genera un ahorro de gasto psíquico. Quintaesencialmente, en otras palabras, absorbe energía y la LIBERA o la DISIPA y por lo tanto la convierte en inútil. De modo que ¿cómo se aplica esto al (llamado) humor “político” por el que Inglaterra es mundialmente famosa? Se aplica de este modo: el humor político es la antítesis de la acción política. So sólo su antítesis, sino su enemigo mortal.
Resultado de imagen de jonathan coe el numero 11  Cada vez que nos reímos de la desvergüenza de un político corrupto, de la codicia del gestor de un fondo de inversión, de las espurias efusiones de una columnista de derechas, los estamos librando de la culpa. La RABIA que deberíamos sentir hacia esa gente, que de otro modo debería conducir a la ACCIÓN, es liberada y disipada en forma de RISA. Lo cual es una manera de dar al público lo que desea y exactamente por lo que están pagando: otra excusa para seguir sentados sobre sus posaderas y continuar su propio camino egoísta y cómodo sin recibir ningún tipo de verdadera amenaza o reto a su preciado estilo de vida.
 Por eso no son Josephine Winstan-Eaves y los de su tediosa índole los que generan la mayor amenaza a la justicia social en la Inglaterra de hoy. Son los Mickey Parr, Ray Turnbull y Ryan Quirky, con sus siempre predecibles mofas hacia ella, ante las que los gilipollas de clase media que escuchan la jodida Radio-4, leen el Guardian, beben litros de Pinot Grigio y pagan por ver a esos humoristas en estadios y sintonizan sus programas de radio, babean y se ríen y después sienten que no tienen que hacer NADA excepto reacomodarse en sus butacas con los brazos cruzados a la espera de la siguiente ironía cutre. Reírse a carcajadas de esos chistes patéticos y superficiales, que podría escribir mientras duerme un chimpancé ciego, les proporciona la excusa perfecta para aplacar su mala conciencia y conformar la engañosa imagen que se han creado de sí mismos como combatientes del bando correcto en una batalla entre la izquierda y la derecha, que en cualquier caso se combatió y perdió hace años.
 Odio a estos jodidos humoristas de clase media progresistas de izquierda y lo mismo deberías hacer tú. Me parece quintaesencial que sean barridos de la faz de este planeta porque de lo contrario jamás acumularemos la energía necesaria para derrocar a nuestra actual casta política podrida, corrupta y destructora de almas. ¡Abajo el humor, joder! ¡Y arriba la auténtica lucha!
 El oficial Pilbeam leyó varias veces esos párrafos. Después guardó la web en favoritos y, para asegurarse de no perder la información, imprimió los bloques más significativos y guardó escrupulosamente las hojas en uno de sus archivadores. Bostezó y miró el reloj.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2017, en traducción de Mauricio Bach, pp. 241-246. ISBN: 978-84-339-7970-4.]

jueves, 14 de enero de 2021

La sociedad informe.- Gerard Imbert (1949)

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VII.-La tribu informática: anonimato y máscaras en Internet
7.- Del nomen a la marca en el juego de identidades prestadas

  «En internet es donde más se traduce la crisis de la centralidad y la disolución del yo a las que me he referido en el segundo capítulo, que es la crisis misma de la auctoritas: del principio de autoridad (del saber autorizado) y de la autoría (de la creación personalizada y del control sobre esta). En internet estoy al amparo de la masa, no sólo del número, del anonimato, con la subsiguiente disolución de la responsabilidad (como lo hemos visto en la televisión con el experimento La zone Xtrême), sino también al amparo de un saber multiforme, por la cantidad de información que ahí se vierte.
 La multivocalidad, la polifonía del medio facilitan la pluralidad de puntos de vista, de proyecciones del yo y de identificaciones con otros, que favorecen una dispersión tanto de la producción de saber como de su recepción. Refleja una pérdida de valor y de dominio, empezando por el del sujeto sobre su propia producción: lo que "suelto" ahí se vuelve de dominio público, pertenece al medio -es un saber "compartido", que pierde su autoría-, lo que plantea un problema de derechos (sobre la autoría) y promueve la creación de una memoria de la red usurpadora -datos que se almacenan en los servidores sin que se pueda deshacer-, que no controla el sujeto.
 Es el efecto perverso de internet: la red, medio por excelencia de lo efímero, está creando una memoria objetiva basada en una congelación del máximo presente, de lo que unos y otros cuelgan como algo provisional, vinculado con la vivencia del  momento, con fragmentos de intimidad y esto nos afecta a todos (¿quién no tiene hoy existencia numérica?). Lo efímero -un presente de inmediata caducidad-, se fosiliza y se constituye en memoria perpetua, con los chantajes y represalias que esto implica, en particular en el mundo laboral (se están dando muchos casos últimamente). Sin contar con la usurpación de identidad en Twitter y Facebook, el pirateo consistente en sustituir los nicknames por los nombres auténticos y nuevas formas de acoso. En Estados Unidos, un 40% de los adolescentes declara sufrir acoso en la red. Las riñas y pullas que antes se daban en el patio de recreo ante un par de testigos se cuelgan hoy en Facebook y son asequibles a millones de usuarios.
 Como comenta Zeynep Tufecki (2010), profesora de sociología de la Universidad de Maryland: "El problema es que todas nuestras relaciones sociales y familiares se encuentran en una red única. No podemos compartimentar nuestra vida fácilmente, mientras que en el mundo real nuestras vidas están naturalmente separadas. Facebook tenía que haber respetado esta separación, pero su modelo de business lo empuja a exponernos al máximo: hay un conflicto permanente entre la socialización natural y la que desea Facebook que no hubiera existido si hubiera sido una entidad con fines no lucrativos".
 A esto se añade el desarrollo del nivel paródico en el uso del medio -otro rasgo de la cultura posmoderna-, con su tendencia al pastiche (el retomar una forma existente para reinterpretarla), o sea el no respeto de la autoría, el jugar a partir del texto de otro, sin contar con el reciclaje constante.
 Todo ello hace que los contenidos se renueven constantemente, que no se construya un saber progresivo sino que todo sea acumulación y sustitución; propicia una cultura mosaico, un modelo patchwork, hecho de retazos, como lo vimos en la glosa de la actualidad. Fomenta también la creación de una memoria del presente, de índole mediática, un juego de intertextualidad, autorreferencial, en el que televisión y red se retroalimentan mutuamente (es patente en los videoclips de YouTube, en programas de televisión como Tonterías las justas de la Cuatro).
Resultado de imagen de gerard imbert la sociedad informe Se produce de esta manera un desplazamiento del lugar de la identidad, cada vez menos planteada en términos personales y más en términos mediáticos, con la subsiguiente deriva hacia lo lúdico, sobre la base de una desidentificación con lo que uno es socialmente. Uno es, en el medio, de acuerdo con los nombres y los roles que se asigna en la red, de acuerdo con los marcos creados, cosa que le puede llevar a decir y decir que hace lo que no diría ni haría en la vida real.
  El nomen -lo que identifica patrimonialmente al individuo (patrimonium: lo que viene del padre)- deja paso a la marca (lo que marca públicamente) e incide en los comportamientos. ¿Qué rupturas produce esto con el modelo identitario? En el nombrar antiguo -nos dice Carlos Thiebaut (1990)-, había unidad entre el nombrar, el ser y el hacer (y podríamos añadir el saber). La identidad reflejaba la personalidad: mi nombre, mi origen, mi situación me identificaban irreversiblemente; uno era único porque sólo tenía un nombre, que marcaba una identidad estable y determinaba su hacer. El nombrar moderno produce una primera ruptura, introduce la subjetividad, emanación del yo, facilitando la apreciación personal, dentro de una dialéctica entre sujetos y objetos. La posmodernidad va a provocar una fractura, situándose más allá de lo subjetivo, produciendo identificaciones con el mundo de los objetos (las situaciones creadas, con sus respectivos roles) y también con las imágenes asociadas a las marcas.
 Pasamos de una cultura basada en las marcas de identidad a una cultura asentada en la identidad de la marca: es la marca (la identificación a un producto de marca, a una imagen de marca, esto es una identificación genérica) la que define al individuo como "unidad partitiva", que forma parte de un conjunto que es precisamente la tribu con todas sus microcomunidades y las subculturas, modas e iconos que vehiculan. Este sujeto está dominado por la serialidad, un estado en el que el individuo vive por separado la experiencia social. Hay una soledad en la serie, opuesta a la solidaridad del grupo y a la unión del colectivo. De ahí una identidad que se define por su carácter informe. El sujeto amorfo es el que no tiene identidad establecida ni forma estable, es el que se identifica con formas sociales y no con experiencias. Es un sujeto mutante, autorreferente, como lo es el medio.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Icaria Editorial, 2010, pp. 244-247. ISBN: 978-84-9888-305-3.]
 

domingo, 22 de marzo de 2020

Reflejos en el ojo de un hombre.- Nancy Huston (1953)

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IX.-El desnudo para los hombres
Arte versus pornografía

«N.: En tu opinión, ¿cuáles son las diferencias entre los dibujos o los cuadros de desnudos y las imágenes pornográficas?
 H.: Para mí, la pornografía está vinculada a la invención de la fotografía. Estoy seguro de que hay una amplia zona intermedia, pero no conozco muchos dibujos realmente groseros. En los últimos tiempos he visto muchos dibujos japoneses. Algunos son muy "atrevidos", pero ninguno me parece pornográfico. Cuando pienso en la pornografía -en internet, por ejemplo-, me digo que es como el fast food. McDonald's y todas esas empresas saben que si fabricas comida barata y rápidamente disponible, las personas que tengan hambre irán a atiborrarse a tu local. Así tienes en Estados Unidos a toda esa gente enorme, con mala salud. La pornografía es algo parecido. ¿Qué les gusta a los hombres? Las tetas grandes, Entonces las mujeres se inyectan silicona, los tíos se meten Viagra, habrá primeros planos de pollas que entran y salen... para mí es fast food. Es verdad, hay miles de millones de fotos de este tipo en  la red, una cantidad inimaginable. Lo que no entiendo es por qué todo el mundo hace lo mismo. No tienen mucha imaginación.
 Los que se pasan la vida haciendo pornografía seguramente no son lumbreras. Cuando escuchamos entrevistas a esos tipos, casi todos parecen personas más bien groseras y feas, así que hacen películas groseras y feas. Algún gran cineasta habrá que haya filmado una buena película erótica, pero no lo conozco. Es un auténtico problema para los jóvenes de nuestra época. Cuando yo era un crío, el Playboy nunca mostraba el pelo del pubis. Luego, cuando tenía unos doce o trece años, el Penthouse empezó a mostrarlo. Para mí fue como un electroshock. Creí que no sólo se abrían las piernas, sino también el cielo. Ahora pienso en mi hijo. Nunca hemos hablado del tema, pero están tan inundados por este tipo de imágenes que no sé cómo afectan a su vida sexual.
 N.: Sí, es difícil que no afecte a su modo de relacionarse con las mujeres reales. En nuestros días muchos chicos han crecido con la pornografía, e internet es su principal fuente de educación sexual, incluso la única. A los ocho o nueve años, antes de haber tenido experiencias personales, empiezan a ver esas películas con violaciones, felaciones forzosas y demás. Para algunos, estos gestos pasan a ser tan triviales que si participan en violaciones en grupo y los denuncian por violación, les cuesta entender qué se les reprocha.
 R.: No sé cuál es la solución, porque no podemos recomendar la censura. Quizá deberíamos inventar para la sexualidad algo equivalente al movimiento slow food.
 N.: ¿No sería un buen antídoto a la pornografía impartir clases obligatorias de desnudo en todos los colegios e institutos del país?
 H.: Sí, sin duda. Porque la pornografía es automáticamente algo que hay que esconder. Pero ahí tienes a una mujer real desnuda delante de ti, y tienes no sólo el derecho, sino también el deber de mirarla, y de mirarla bien para que tu dibujo sea equilibrado. Observas la realidad de sus nalgas, de sus tetas, de sus tobillos... o el rabo del chico. Sí, seguro que sería un avance. Si no, es la pornografía o nada.

*

Resultado de imagen de nancy huston reflejos en el ojo de un hombre La pornografía, como la industria de la belleza, ha "explotado" gracias al avance tecnológico de la civilización occidental. Hasta el siglo XIX los hombres intercambiaban chistes verdes, dibujos guarros y, como máximo, en la aristocracia, grabados libertinos, pero en nuestros días si se aburren en una reunión de trabajo o en una clase de matemáticas, no tienen más que pulsar su iPhone para ver la foto de una vulva abierta o una sodomización filmada.
 Tanto en la pornografía como en la industria de la belleza las cifras nos dejan atónitos. Ahora mismo hay más de cuatro millones de sitios web pornográficos, lo que supone más de 400 millones de páginas (más de la mitad de ellas estadounidenses). La edad media del primer contacto con la pornografía es once años. El 90% de los niños entre ocho y dieciséis años ha visto pornografía en la red mientras hacía los deberes; 40 millones de adultos estadounidenses ven regularmente pornografía en internet; en todo el mundo, cada segundo se conectan 30.000 personas a un sitio pornográfico; entre 1992 y 2006 los beneficios de la venta de vídeos porno en Estados Unidos pasaron de 1.600 a 3.620 millones de dólares. Los ingresos anuales de la industria pornográfica son superiores a los de Microsoft, Google, Amazon, eBay, Yahoo!, Apple, Netflix y EarthLink juntos.
 Por mucho que nos sorprenda a nosotras, las mujeres occidentales, que, a diferencia de las "pobres mujeres con velo y oprimidas del Oriente oscurantista", estamos orgullosas de nuestra insolente autonomía, que somos libres de pasearnos por donde nos dé la gana, como los hombres, ¿verdad?, por todos los barrios y a todas las horas, ¿verdad?, Annie Leclerc concluye su crítica a la pornografía con un elogio del velo: "Mejor la umbría y definitiva cárcel del velo que la desnudez irremediablemente librada a todas las salvajadas de la luz. Mejor oculta para siempre que inexorablemente expuesta. La verdad es que no veo qué podríamos hacer sin velo. Y ante todo, ¿en qué se convertiría la verdad si ya no hubiera velos? ¿Si ya no hubiera espacio entre lo que se ve y lo que no se ve? Si todo estuviera fuera, expuesto a la luz del día, si no quedara nada más allá de lo aparente, la palabra quedaría callada y moriría".
 Treinta y cinco años después de la publicación de Hommes et femmes, al negar la diferencia de sexos, ¿estamos efectivamente dirigiéndonos a la descarada comercialización de la seducción, a la trivialización absoluta de la pornografía, al rechazo del misterio y a la muerte del deseo?»

    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2013, en traducción de Noemí Sobregués. ISBN: 978-84-672-5387-0.]