Mostrando entradas con la etiqueta Código. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Código. Mostrar todas las entradas

domingo, 5 de junio de 2022

¿Por qué es divertido el sexo?.- Jared Diamond (1937)


La Isla de Pascua es una metáfora del mundo actual" | Babelia | EL ...
Capítulo 7: La verdad en el anuncio: la evolución de las señales corporales


 «Uno tiene que preguntarse cómo es posible que los animales evolucionaran de manera que algo tan aparentemente arbitrario como la longitud de una cola, el color de una mancha en un pico o la anchura de una banda negra produzcan respuestas de comportamiento tan grandes. ¿Por qué debería un carbonero común perfectamente normal retirarse de su posible alimento sólo porque ve a otro pájaro con una banda ligeramente más ancha? ¿Qué tiene una banda negra ancha que implica fuerza intimidatoria? Uno pensaría que un carbonero con un gen para una banda ancha, pero inferior por otras razones, podría obtener así un estatus social inmerecido. ¿Por qué tal engaño no se hace flagrante y destruye el significado de la señal?
 Estas cuestiones no están todavía resueltas y son muy debatidas por los zoólogos, en parte porque las respuestas varían para diferentes señales y diferentes especies animales. Consideremos estas cuestiones para señales sexuales corporales, es decir, estructuras que se encuentran en el cuerpo de un sexo pero no en el del sexo opuesto de la misma especie, y que son utilizadas como señal para atraer a parejas potenciales del sexo opuesto o para impresionar a rivales del mismo sexo. Tres teorías que compiten entre sí intentan explicar señales sexuales como éstas.
 La primera teoría propuesta por el genetista británico Ronald Fisher se denomina modelo de selección desenfrenada de Fisher. Las hembras humanas y las hembras de todas las demás especies animales, se enfrentan al dilema de seleccionar un macho con el que aparearse, preferiblemente uno que lleve buenos genes que serán transmitidos a la prole de la hembra. Ésta es una tarea difícil porque, como toda mujer sabe perfectamente, las hembras no tienen ningún método directo para evaluar la calidad de los genes de un macho. Supongamos que, de alguna manera, una hembra estuviera genéticamente: programada para ser atraída sexualmente por machos que llevaran cierta estructura que les diera alguna ligera ventaja en la supervivencia comparados con otros machos. Aquellos machos con la estructura preferida obtendrían así una ventaja adicional: atraerían más hembras como compañeras, y por lo tanto transmitirían sus genes a más prole. Las hembras que prefiriesen a los machos con tal estructura obtendrían también una ventaja: transmitirían el gen de la estructura a sus hijos, que a su vez serían preferidos por otras hembras.
 Un proceso desenfrenado de selección continuaría después, favoreciendo a aquellos machos con genes en favor de la estructura con un tamaño exagerado, y favoreciendo a aquellas hembras con genes en favor de una exagerada preferencia por la estructura. De generación en generación, la estructura crecería en tamaño o en vistosidad hasta que perdiera su ligero efecto beneficioso original para la supervivencia. Por ejemplo, una cola ligeramente más larga podría ser útil para volar, pero la gigantesca cola de un pavo real no es con seguridad muy útil en el vuelo. El proceso evolutivo desenfrenado sólo se detendría cuando una exageración ulterior del rasgo se convirtiera en perjudicial para la supervivencia.
  Una segunda teoría, propuesta por el zoólogo israelí Amotz Zahavi, apunta que muchas estructuras que funcionan como señales corporales sexuales son tan grandes o llamativas que deben resultar de hecho perjudiciales para la supervivencia de su propietario. Por ejemplo, la cola de un pavo real o de un tejedor no sólo no ayuda al ave a sobrevivir sino que le hace la vida más difícil. Tener una cola pesada, larga y ancha dificulta el desplazamiento a través de vegetación densa, tanto como levantar vuelo, mantenerse volando y escapar así de los depredadores. Muchas señales sexuales, como la cresta dorada de un tilonorrinco (o pájaro jardinero), son estructuras grandes, llamativas y brillantes que tienden a atraer la atención de un depredador. Además, que crezca una gran cola o cresta es costoso porque consume mucha energía biosintética del animal. En consecuencia, argumenta Zahavi, cualquier macho que se las apaña para sobrevivir a pesar de un hándicap tan costoso como ése, está en efecto anunciando a las hembras que debe tener magníficos genes en otros aspectos. Cuando una hembra ve un macho con ese hándicap tiene la garantía de que no la está engañando al portar el gen para una cola larga y que, a la vez, es inferior en lo demás. Él no habría sido capaz de permitirse elaborar esa estructura y no estaría todavía vivo a menos que fuese realmente superior.
 A uno se le ocurren inmediatamente muchos comportamientos humanos que seguramente se ajustan a la teoría del hándicap de Zahavi de las señales honestas. Mientras que cualquier hombre puede fanfarronear ante una mujer de que es rico, y de que por lo tanto ella debería irse a la cama con él con la esperanza de atraerle al matrimonio, podría estar mintiendo. Ella sólo se lo cree cuando le ve despilfarrando el dinero en joyería cara e inútil y en coches deportivos. También algunos estudiantes universitarios alardean de participar en fiestas la noche anterior a un examen importante; realmente están diciendo: “Cualquier idiota puede sacar un sobresaliente estudiando, pero yo soy tan inteligente que puedo sacar un sobresaliente a pesar del hándicap de no estudiar”.
 La otra teoría sobre las señales sexuales, tal como la formularon los zoólogos estadounidenses Astrid Kodric-Brown y James Brown, se denomina verdad en el anuncio. Como Zahavi y a diferencia de Fisher, los Brown hacen énfasis en que las estructuras corporales costosas representan necesariamente anuncios honestos de calidad, debido a que un animal inferior no podría permitirse los costes. A diferencia de Zahavi, que ve las estructuras costosas como un hándicap para la supervivencia, los Brown las ven como favorecedoras para la supervivencia, o bien ligadas de cerca a características que favorecen la supervivencia. La estructura costosa es de esta manera un anuncio doblemente honesto: sólo un animal superior puede permitirse su coste, y hace al animal incluso más superior.
  Por ejemplo, la cornamenta de los ciervos macho representa una gran inversión en calcio, fósforo y calorías; y aun así crece y es desechada todos los años. Sólo los machos mejor nutridos —los que sean maduros, socialmente dominantes y estén libres de parásitos— pueden permitirse esa inversión, De esta manera, una cierva puede considerar la cornamenta grande un anuncio honesto de la calidad del macho, al igual que una mujer cuy o novio compra y desecha coches deportivos Porsche cada año puede creer su afirmación de que es rico. Pero las cornamentas llevan un segundo mensaje que no comparten los Porsche. Mientras que un Porsche no genera más riqueza, las cornamentas grandes proporcionan a sus propietarios el acceso a los mejores pastos, puesto que les permiten vencer a machos rivales y combatir a los depredadores.
POR QUÉ ES DIVERTIDO EL SEXO? - DIAMOND JARED - Sinopsis del libro ... Examinemos ahora si alguna de estas tres teorías, concebidas para explicar la evolución de las señales animales, puede explicar también rasgos del cuerpo humano. Para esto necesitamos ante todo preguntar si nuestros cuerpos poseen cualquiera de esos rasgos que requieren explicación. Nuestra primera inclinación podría ser asumir que sólo los estúpidos animales requieren insignias codificadas genéticamente, como un punto rojo aquí y una banda negra allí, de modo que se den cuenta entre ellos de la edad, estatus, calidad genética y valía como pareja potencial. Nosotros, por el contrario, tenemos cerebros mucho más grandes y muchísima más capacidad de raciocinio que ningún otro animal. Es más, únicamente nosotros somos capaces de hablar y podemos por ello almacenar y transmitir información mucho más detallada de lo que puede hacerlo cualquier otro animal. ¿Qué necesidad tenemos nosotros de tener puntos rojos o bandas negras cuando determinamos de manera rutinaria y precisa la edad y estatus de otros humanos con sólo hablar con ellos? ¿Qué animal puede decirle a otro que tiene veintisiete años, recibe un salario anual de 125 000 dólares y es el segundo asistente del vicepresidente en el tercer banco más importante del país? En la selección de nuestras parejas y compañeros sexuales, ¿no pasamos por una fase de datos que es en efecto una larga serie de pruebas mediante las cuales evaluamos las habilidades parentales, las habilidades de relación y los genes de una pareja en perspectiva?
 La respuesta es sencilla: ¡tonterías! También nosotros nos basamos en señales tan arbitrarias como la cola de un tejedor y la cresta de un pájaro jardinero. Nuestras señales incluyen, caras, olores, color de pelo, barba en los hombres y pechos en las mujeres. ¿Qué es lo que hace a estas estructuras menos absurdas que una larga cola como base para seleccionar esposa o esposo, la persona más importante en tu vida adulta; nuestro compañero económico y social y el coprogenitor de nuestros hijos? Si pensamos que tenemos un sistema de señalización inmune al engaño, ¿por qué tanta gente recurre al maquillaje, los tintes de pelo y el aumento de pecho? En cuanto a nuestro supuestamente inteligente y cuidadoso proceso de selección, todos sabemos que cuando entramos en una habitación llena de gente desconocida, rápidamente sentimos quién nos atrae físicamente y quién no lo hace. Esta rápida sensación está basada en el “atractivo sexual”, que significa exactamente la suma de las señales corporales a las cuales respondemos, en gran medida inconscientemente. Nuestra tasa de divorcios, ahora alrededor de un 50 por 100 en Estados Unidos, muestra que reconocemos el fracaso en la mitad de nuestros esfuerzos al seleccionar compañero. Los albatros y muchas otras especies de animales ligados en parejas tienen tasas de “divorcio” mucho más bajas. ¡Y eso que nosotros somos sabios y ellos estúpidos!
  De hecho, al igual que otras especies animales, hemos evolucionado características corporales que señalan la edad, el sexo, el estatus reproductivo y la calidad individual, así como respuestas programadas a esas y otras características. La adquisición de la madurez reproductiva está señalada en ambos sexos por el crecimiento del vello púbico y axilar. En los machos humanos está señalizada además por el crecimiento de la barba y el vello corporal y por una caída en el tono de la voz. El episodio con el que inicié este capítulo ilustra que nuestras respuestas a esas señales pueden ser tan específicas y dramáticas como la respuesta del polluelo de gaviota al punto rojo en el pico de su progenitor. Las hembras humanas indican además la madurez reproductiva por el desarrollo de sus pechos. Más tarde en la vida señalamos nuestra decadente fertilidad y (en las sociedades tradicionales) la adquisición del estatus de sabio anciano por el encanecimiento de nuestro pelo. Tendemos a responder a la vista de los músculos humanos (en cantidades y lugares apropiados) como una señal de condición física masculina, y a la vista de grasa corporal (también en cantidades y lugares apropiados) como una señal de condición física femenina. En cuanto a las señales corporales mediante las cuales seleccionamos a nuestras parejas y compañeros sexuales, incluyen todas estas mismas señales de madurez reproductiva y condición física, con variaciones entre las poblaciones humanas en lo referente a las señales que un sexo posee y las que el otro sexo prefiere. Por ejemplo, los hombres varían por todo el mundo en relación con la abundancia de su barba y vello corporal, mientras que las mujeres varían geográficamente en el tamaño y forma de sus pechos y pezones, y en el color de estos últimos. Todas estas estructuras nos sirven a nosotros los humanos como señales análogas a los puntos rojos y las bandas negras de las aves. Además, al igual que los pechos de las mujeres cumplen simultáneamente una función fisiológica y sirven como señales, más tarde en este capítulo consideraré si lo mismo podría ser cierto del pene de los hombres.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Debate, 2007, en traducción de Victoria Laporta Gonzalo. ISBN: 978-84-8306-695-9.]

lunes, 24 de mayo de 2021

Estrategia judicial en los procesos políticos.- Jacques Vergès (1924-2013)


Resultado de imagen de jacques vèrges
II.-Los procesos de ruptura

Luis XVI

 «Rara vez toma la acusación la iniciativa de un proceso de ruptura; por vocación es conservadora. Mas, en circunstancias excepcionales, puede prestar su voz a los que impugnan el orden establecido; entonces el proceso se invierte. Se produce la extraña situación de que el acusado reclama respeto a las leyes mientras la defensa las niega abiertamente.
 Tal fue el caso de Luis XVI, el primer proceso de la época moderna. La Convención Nacional, reunida el día de la victoria de Valmy, había proclamado la República. ¿Qué iba a hacerse del destronado rey? El problema desbordaba a la propia persona del rey, promovido al peligroso rol de símbolo. Para la mayoría moderada del gobierno y de la Convención, una medida extrema corría el riesgo de desembocar en la aventura de una guerra extranjera y de una guerra civil. Para la minoría agrupada en torno a Robespierre, la forzaba a seguir su curso hasta el final. De una y otra parte el análisis era idéntico pero los deseos contrarios. El campo de batalla era el proceso del rey.
 El proceso se abrió con una discusión de procedimiento de capital importancia. Morisson, diputado de la Vendée, alegaba la inviolabilidad del rey y la imposibilidad jurídica del proceso, con el involuntario humor de una lógica jurídica abstracta.
 “Para poder juzgar a Luis XVI, haría falta una ley positiva preexistente que pudiera serle aplicada; pero tal ley no existe… El código penal no contiene ninguna disposición que pueda ser aplicada a Luis XVI. Hasta la época de sus crímenes existía una ley positiva que aportaba una excepción a su favor; me refiero a la Constitución”.
 Mas la Constitución señalaba como inviolables tan sólo a los actos que se referían esencialmente a la realeza y el rey podía cometer crímenes con independencia de su condición de primer funcionario público. Sin duda, concedía Morisson, “pero el pueblo soberano ha determinado la pena que ha de serle infligida y esta pena es solamente el destronamiento”.
 Mailhe, ponente del comité de legislación, refutaba esta argumentación con más ingenio que pertinencia. “La inviolabilidad –pretendía- estaba ligada al funcionamiento de la Constitución”. Abolida ésta, aquélla desaparecía; “la nación había recobrado sus derechos” y Luis XVI, simple ciudadano ya, no podía enfrentarse al comité apoyándose en una Constitución caduca. Al mismo tiempo, Mailhe sostenía, paradójicamente, que el ciudadano Capeto no dependía de los tribunales ordinarios sino de la Convención en funciones del Alto Tribunal, “no desapareciendo su inviolabilidad constitucional más que ante la nación toda” representada por la Asamblea. Concluía proponiendo el nombramiento de una comisión instructora cuyos trabajos serían comunicados a Luis, asesorado por abogados de su elección.
 Fue entonces cuando Saint-Just hizo su primera aparición en la tribuna. Se pronunció contra las dos tesis a un tiempo:
 “Tanto la opinión de Morisson, que conserva la inviolabilidad, como la del comité, que quiere que se le juzgue como ciudadano, son igualmente falsas. Yo digo que el rey debe ser juzgado como enemigo”.
 Para refutar a Morisson, Saint-Just no se sitúa, como él, en el terreno de la ley civil. Parte del enfrentamiento de dos mentalidades: “Nuestro deber es, más que juzgarles, combatirle. Las formas de procedimiento no se encuentran en las leyes civiles sino en el derecho de gentes. Llegará un día en que se extrañarán de que en el siglo XVIII se haya sido menos avanzados que en la época de César. El tirano fue inmolado en pleno Senado, sin otra formalidad que veintidós puñaladas, sin otra ley que la libertad de Roma. Y hoy se lleva a cabo, con todo respeto el proceso de un hombre, asesino de un pueblo, preso en flagrante delito, con las manos ensangrentadas, ¡con las manos en el crimen! Los que conceden importancia al justo castigo de un rey nunca fundarán una república”.
 Con la misma fuerza reprocha al comité legislativo perder de vista, enfrascado en sutilezas políticas, el reproche especial contra el rey:
 “¡Juzgar a un rey como ciudadano! Palabras que asombrarán a la posteridad. Juzgar es aplicar la ley. Una ley es un dictamen de justicia. ¿Qué dictamen de justicia hay, pues, entre la humanidad y los reyes? Almas generosas de otros tiempos dirían que a un rey se le debe procesar no por los crímenes de su administración sino por el hecho de haber sido rey… No se puede reinar con inocencia”.
 Y Saint-Just reprocha  a todos los oradores haber planteado el proceso en términos de connivencia y no de ruptura: “Para mí, no hay término medio: este hombre debe reinar o morir”.
 “La virulencia de sus ideas, su oratoria clásica, su dureza magistral –escribe Michelet- arrebató a las tribunas, que vieron en él la talla de un maestro”. Saint-Just había dado el tono.
 Dos semanas después, Robespierre intervino en el mismo sentido para impedir que el proceso se desviase:
 “El rey no es un acusado. Vosotros no sois jueces. No tenéis que emitir sentencia en favor o en contra de un hombre sino tomar una medida de salud pública, ejercer un acto de previsión nacional. Luis fue rey y se ha fundado la República. La enfadosa cuestión que os ocupa queda zanjada con estas palabras tan sólo… El derecho de castigar al tirano y el de destronarle son una misma cosa; el uno no entraña distintas formas que el otro”.
 Y concluye: “Luis debe morir porque es preciso que la patria viva”.
 En la discusión del procedimiento, Saint-Just y Robespierre habían pronunciado la verdadera requisitoria. ¿Qué haría la defensa? ¿Opondría el rey la concepción de la realeza de derecho divino –en la que creía profundamente- al ideal republicano? ¿Opondría sus creencias religiosas a la política de la Convención? ¿Exigiría, sencillamente, respeto a las leyes? ¿Rompería el diálogo y apelaría al pueblo como Carlos I? No hizo nada de esto. Frente a una acusación de ruptura, el rey caído se defendió respetuosamente. Desaprobó a sus hermanos emigrados: hizo como que no reconocía las notas escritas de su puño y letra, ni su sello ni su firma; se amparó sin rubor tras la responsabilidad de sus ministros; invocó “el placer de dar a los que tienen necesidad” cuando Barère le recordó los millones que había consagrado a “la compra de conciencias”. El siguiente diálogo resume esta resignada defensa:
Estrategia judicial en los procesos políticos (Argumentos) -Luis, el pueblo francés os acusa de haber hecho derramar la sangre de los franceses. ¿Qué respondéis?
 -No, señor, yo no he sido.
 Su abogado, de Sèze, hizo la defensa a continuación. “Su defensa, hábil y patética –escribe Pierre Gaxotte-, hubiera convencido a un tribunal ordinario”; lo cual es, sin duda, el más grave reproche que se le puede hacer. El proceso estaba perdido.
 La Gironda intentó una última maniobra de diversión: el llamamiento al pueblo; pero lo hizo en pleno desconcierto. Según unos, el juicio debía ser ratificado por las asambleas primarias; según otros, la Convención debía pronunciarse sobre la culpabilidad, dejando a las asambleas el cometido de fijar la pena. Los moderados planteaban el argumento del peligro exterior. Pero fue precisamente al invocar las necesidades de la defensa de la patria y de las conquistas de la Revolución cuando la Montaña arrastró a los vacilantes: “La victoria decidirá si sois rebeldes o bienhechores de la humanidad”, exclamó Robespierre.
 La votación pública comenzó el 15 de enero. La primera pregunta se refería a la culpabilidad: “Luis Capeto, antes rey de los franceses, ¿es culpable de conspirar contra la libertad y de atentar contra la seguridad del Estado, sí o no?” Hubo 691 síes, ningún no y 27 abstenciones. La segunda pregunta se refería a la necesidad de un llamamiento al pueblo. Hubo 287 votos a favor, 424 en contra y 12 abstenciones. Esto suponía para la Gironda una derrota inesperada. La última votación nominal sobre la pena comenzó el 16 de enero a las ocho de la tarde. Se prolongó durante toda la noche y la “gris jornada” del 17. La votación por departamentos comenzó a partir de la letra G, sacada a suerte: 9 diputados girondinos de 12, incluido Vergniaud, votaron la muerte. La pena de muerte obtuvo 387 votos a favor, 334 en contra y 28 abstenciones. El 19 de enero era rechazado el aplazamiento por 380 votos contra 310. Tres días más tarde, el 21 de enero de 1793, el rey era ejecutado ante una inmensa multitud, entre la que se encontraban muchos hombres armados, en la plaza de la Concordia. “A las diez horas y diez minutos su cabeza se separó de su cuerpo y a continuación fue exhibida al pueblo, que prorrumpió en gritos de ¡Viva la República!”
 Los historiadores monárquicos se han complacido en evocar la crueldad del espectáculo, como si la muerte fuese alguna vez divertida. Han descrito a las Parcas despechugadas de las tribunas haciendo el recuento de los votos a muerte la noche del escrutinio sobre la pena; pero no han mencionado la libertad de defensa concedida a Luis XVI, la autorización a ser asistido por un sacerdote hostil a la revolución  y el régimen mismo de la prisión del Temple, con toda su servidumbre. De todas formas, no es ése el problema.
 Se trataba de un proceso político, de uno de los más serios de la historia, en el que se ponía en tela de juicio la concepción del poder como derecho divino. En él se encuentran todos los caracteres de los procesos de ruptura: olvido de la personalidad del acusado, debate puramente político, intransigencia total. Pero, excepcionalmente, la iniciativa pertenece a la acusación: Luis XVI, fascinado, es, sin quererlo, la estrella de este ballet de la muerte y de la razón de Estado.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Anagrama Editorial, 2009, en traducción de María Teresa López Pardina, pp. 69-75. ISBN: 978-84-339-6286-7.]               

domingo, 7 de marzo de 2021

La comunicación.- Mª Victoria Escandell Vidal (¿...?)

 
Resultado de imagen de victoria escandell vidal 
Capítulo 1: Algunas reflexiones iniciales
1.6.-¿Cuándo hay comunicación?

   «¿Cuándo podemos decir genuinamente que hay comunicación? Podemos entender esta pregunta en dos sentidos diferentes. En uno de ellos, orientamos la pregunta hacia la recepción, de modo que equivale más o menos a cuándo diríamos que la comunicación se ha producido con éxito; la respuesta obvia es que ha habido comunicación cuando la persona a la que se dirige el mensaje lo recibe e interpreta correctamente. No es este, sin embargo, el sentido sobre el que quiero llamar la atención: el que me interesa es el otro sentido, en el que la pregunta se orienta hacia la producción. ¿Qué requisitos tienen que cumplirse para que podamos hablar propiamente de 'comunicación'?
 Para dar respuesta a esta pregunta, consideremos la siguiente situación. A su centro de trabajo ha llegado un nuevo profesor y se lo presentan. Charlan un rato y él le explica en qué otros centros ha trabajado anteriormente, qué materias prefiere, dónde ha encontrado casa... Por su acento, se ve que es andaluz, y por el modo de relacionarse y la manera de vestir parece un hombre campechano y amante de los deportes al aire libre; en el dedo anular ve la marca blanca que queda al quitarse un anillo: quizá se acaba de divorciar y por eso ha pedido el traslado... Usted no conocía al profesor de antes y no tenía sobre él ninguna información previa, de modo que toda la que ahora posee la ha obtenido en la conversación que acaban de mantener.
 La pregunta es la siguiente: todos los datos de que ahora dispone, ¿le han sido comunicados? Algunos, desde luego, sí: todos los relativos a su trabajo anterior y a sus preferencias docentes, es decir, todas las informaciones que le ha proporcionado explícitamente su colega durante la conversación. Hay otros, en cambio, que ha obtenido sin que su interlocutor haya hecho nada para transmitírselos: son las deducciones sobre su procedencia, sus aficiones o el cambio reciente en su estado civil. Para usted constituyen, obviamente, información nueva. Y, sin embargo, no parece que podamos decir que su interlocutor le haya comunicado esta información; es usted el que la ha inferido a partir de ciertos indicios disponibles.
 Imaginemos de nuevo la situación anterior, pero modificando un detalle: cuando usted lo conoce, el profesor lleva una alianza. Más tarde, usted se entera de que las cosas entre el profesor y su pareja no van bien. Un día, se cruza de nuevo con su colega, y éste levanta la mano y le muestra la marca blanca en su dedo anular. ¿Constituye esto una muestra de comunicación? Los elementos son los mismos que en el caso anterior: usted ve una marca blanca en el dedo anular y de ella deduce que el profesor se ha divorciado. Hay, sin embargo, una diferencia decisiva: en el primer caso, usted simplemente notó la marca de manera casual; en el segundo, su colega le ha mostrado la marca de manera patente, sabiendo que en cuanto la vea, y en función de su conocimiento previo, hará usted la deducción adecuada. En este segundo caso sí podemos hablar de comunicación, porque ha habido una intención manifiesta por parte de una persona de producir un gesto visible para que, a partir de ese gesto, pueda usted inferir los contenidos que dicha persona pretendía transmitirle.
 En consecuencia, parece acertado no agrupar bajo la misma denominación los procesos en los que se transmiten contenidos intencionalmente (sea por medios lingüísticos o de otra naturaleza) y aquellos otros en los que los contenidos se obtienen como fruto de la deducción a partir de datos observados más o menos fortuitamente: sólo hay comunicación cuando hay 'intención comunicativa'. Es cierto que se puede obtener información de muchas fuentes (de señales producidas intencionalmente y de la observación de las cosas), pero sólo cuando aquella se ofrece de manera voluntaria es legítimo hablar  de comunicación. Al inicio del capítulo recogíamos la toma de contacto como una propiedad característica de la comunicación; pues bien, ahora estamos en condiciones de refinar algo más aquella idea y de incluir la intencionalidad como un nuevo elemento en nuestra caracterización: una información que no se transmite intencionalmente no es una información comunicada.
Resultado de imagen de victoria escandell vidal la comunicacion  La intencionalidad confiere, además, una dimensión añadida de credibilidad a la información recibida. Efectivamente, cuando un emisor comunica intencionalmente unos datos, se hace responsable de la verdad de la información que proporciona: si lo que dice es falso, siempre podrá ser acusado de haber mentido. Los datos que uno obtiene a partir de fenómenos no intencionales, en cambio, no tienen más garantía que la propia de la deducción que se ha hecho. Uno puede equivocarse, por ejemplo, al confundir el acento andaluz con el acento canario; o atribuir a la ropa que lleva el profesor una significación que no le corresponde: por ejemplo, puede ser que al nuevo profesor le perdieran la maleta en el vuelo de llegada y las prendas que viste son las que le ha prestado otro colega y no tienen nada que ver con su manera habitual de vestir, y la marca blanca del anillo puede deberse a un olvido casual... Lo importante es que, si cualquiera de las deducciones que uno ha hecho por cuenta propia resulta ser falsa, no se puede culpar a nadie de haber proporcionado una información inexacta. Por supuesto, entra dentro de lo posible el que alguien manipule conscientemente algunos elementos para provocar deducciones falsas: el profesor puede imitar un acento andaluz para ocultar su procedencia. Pero tampoco en este caos puede hablarse de comunicación ya que, aunque la modificación es consciente, su éxito depende precisamente de que esa voluntariedad permanezca oculta. 
 La intención es fundamental porque establece una diferencia decisiva entre los actos voluntarios y los involuntarios: los actos voluntarios representan formas de comportamiento; los actos involuntarios son actos reflejos. Si tiene algún interés estudiar la comunicación humana es porque constituye una variedad específica y compleja de comportamiento y no, simplemente, un acto reflejo.
 La comunicación humana contrasta así con la comunicación animal en varios sentidos. Es cierto que se habla del lenguaje de las abejas, para referirse a los mecanismos por los que las abejas exploradoras comunican al resto de la colmena la distancia y la dirección en la que se encuentra una nueva fuente de alimento, utilizando para ello una danza especial. De los monos vervet se dice que cuentan con tres llamadas de alerta diferentes, para advertir al grupo de la presencia de diversos tipos de depredadores: una, para los leopardos, que hace que todo el grupo se suba a lo más alto de los árboles; otra, para las águilas, que hace que todos se vayan a las ramas bajas o al suelo; y otra, para las serpientes, que hace que todos salten, golpeen el suelo y agiten los brazos. Ahora bien, incluso en los casos que parecen más complejos, lo que solemos llamar 'comunicación animal' no pasa de ser, en realidad, un acto reflejo, en el que un individuo reacciona ante un estímulo o una situación (la visión de un predador, o de una presa; la visión de un competidor o de una posible pareja reproductora...) de la única manera en que puede hacerlo; esta reacción consiste en emitir una señal analógica, sin posibilidades de elección o de modificación.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 2005, pp. 17-20. ISBN: 84-249-2739-7.]
 

miércoles, 22 de enero de 2020

Historia de la columna infame.- Alessandro Manzoni (1785-1873)

Resultado de imagen de alessandro manzoni 

II

«La falta de conjuntos de leyes elaboradas con un propósito generalizador tenía dos naturales consecuencias: que los intérpretes se convirtieran en legisladores y que se los aceptara casi como tales; porque cuando las cosas necesarias no son hechas por aquellos a quienes incumbe, o no se realizan de manera que puedan servir, surge en algunos la idea de hacerlas, al paso que en otros la disposición a aceptarlas, sea cual fuere su autor. El obrar sin reglas es la más fatigosa y difícil tarea de este mundo.
 Los estatutos de Milán, por ejemplo, prescribían como únicas normas y condiciones para la facultad de someter un hombre a la tortura (facultad implícitamente aceptada y considerada ya como connatural al hecho de juzgar) que la acusación fuese confirmada por la reputación, que el delito implicara pena de sangre y que existieran indicios, pero sin decir cuáles. Tampoco lo dice la ley romana (que tenía vigor en aquellos casos a los que no proveyeran los estatutos), aunque emplee más palabras: "Los jueces no deben comenzar por los tormentos, sino valerse primero de argumentos verosímiles y probables, y si llevados por éstos, en cuanto indicios seguros, creyeren tener que servirse de los tormentos para descubrir la verdad, que lo hagan, cuando la condición de la persona lo permita". Es más: en esta ley está expresamente instituido el arbitrio del juez sobre la cualidad y el calor de los indicios, arbitrio que después quedó implícito en los estatutos de Milán.
 En las llamadas Nuevas Constituciones, promulgadas por orden de Carlos V, la tortura ni siquiera se menciona; sin embargo, desde entonces hasta la época del proceso que nos ocupa, y por mucho tiempo más, hallamos gran cantidad de actos legislativos que la imponen como pena; y no hay ninguno, que yo sepa, en el cual sea regulada la facultad de adoptarla como medio de prueba.
 Y también de esto se ve claramente la razón: el efecto se había mudado en causa; aquí, como en otros lugares, el legislador había encontrado un suplente (sobre todo para la parte que llaman procedimiento) que conseguía que la necesidad de su intervención, por decirlo así, no sólo no se echase de menos, sino que incluso se olvidara. Los escritores (especialmente a partir de los tiempos en que comenzaron a disminuir los simples comentarios sobre las leyes romanas y a proliferar las obras de carácter más independiente, bien sobre toda la práctica criminal, bien sobre este o aquel punto especial) trataban la materia con métodos globales, al tiempo que elaboraban las partes minuciosamente; multiplicaban las leyes al interpretarlas, extendiendo su aplicación, por analogía, a otros casos, extrayendo reglas generales de leyes especiales. Y cuando esto no bastaba, suplían con ideas propias, con aquellas reglas que les parecían mejor fundadas en la razón, la equidad o el derecho natural, unas veces concordando entre sí, incluso copiándose y citándose, otras veces con disparidad de criterios; de suerte que los jueces, doctos en esa ciencia, y algunos también autores, tenían en casi todos los casos y sus distintas circunstancias decisiones para escoger y seguir. La ley, digo, se había convertido en una ciencia; es más: la denominación de ley sólo convenía a la ciencia, esto es, al derecho romano interpretado, a las antiguas leyes de diversos países (que el estudio y la autoridad creciente del derecho romano no habían hecho olvidar y que eran igualmente interpretadas por la ciencia) y a sus preceptos convertidos en costumbre. En cambio, los actos de la autoridad soberana, cualesquiera que fuesen, se llamaban órdenes, decretos, bandos, pregones y otros nombres similares; y entrañaban algo de ocasional y transitorio. Por citar un ejemplo: los bandos y pregones de los gobernadores de Milán, cuya autoridad era también legislativa, sólo valían por el tiempo que durara el gobierno de sus autores, y el primer acto del sucesor era confirmarlos provisionalmente. Cada colección de bandos y pregones, o gridario, como se las llamaba, era una especie de Edicto del Pretor, elaborado discontinuamente, en diversas ocasiones; la ciencia, en cambio, trabajaba de manera constante y sobre el entero conjunto e iba modificándose, aunque insensiblemente; y al tener siempre por maestros a aquellos que habían empezado siendo sus discípulos, puede decirse que era poco menos que una revisión continua, y en parte una compilación continua, de las Doce Tablas, confiada o cedida a un decenvirato perpetuo.
 Más tarde, cuando se examinó a la vez la conveniencia y la posibilidad de abolir esta autoridad tan general y duradera de los particulares sobre la ley, para hacer nuevas leyes, más completas, precisas y ordenadas, esta autoridad fue considerada (y, si no me engaño, todavía se la ve así) como un hecho extraño y funesto para la humanidad, sobre todo por lo que se refiere a la parte criminal, y especialmente en punto al procedimiento. Ya hemos visto cómo surgió de modo natural; por lo demás, no era un hecho nuevo, sino una extensión extraordinaria, por decirlo así, de un hecho antiquísimo y acaso, con otras proporciones, sempiterno; puesto que por muy pormenorizadas que sean las leyes, nunca dejarán quizá de tener necesidad de intérpretes y es probable que tampoco los jueces dejen nunca de someterse, aquí más, allá menos, a los intérpretes más reputados, en cuanto hombres que han estudiado expresamente la materia antes que ellos y con una visión general. Y tal vez un examen más sosegado y cuidadoso podría revelarnos que ello fue incluso, comparativa y relativamente, un bien, porque sustituyó a un estado de cosas harto peor.
 Es difícil, en efecto, que hombres que estudian una generalidad de casos posibles, buscando sus reglas en la interpretación de leyes positivas o principios más universales y elevados, aconsejen cosas más inicuas, insensatas, violentas y caprichosas que las que puede aconsejar el arbitrio en los diversos casos de una práctica fácilmente apasionada. El número mismo de volúmenes y autores, la multiplicidad y el desmenuzamiento progresivo de las reglas por ellos prescritas, son un indicio de la intención de restringir el arbitrio y de guiarlo (todo lo posible) conforme a la razón y en pos de la justicia; ya que no se necesitaría tanto para instruir a los hombres en el abuso de la fuerza según los casos. No se trabaja en acicalar y enjaezar un caballo al que se quiere dejar correr a su capricho: basta con soltarle las riendas, si las tiene.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1984, en traducción de Elcio Di Fiori. ISBN: 84-02-10291-3.]

sábado, 11 de enero de 2020

1984.- George Orwell (1903-1950)

Resultado de imagen de george orwell 

Segunda parte
IX

«La esencia del gobierno oligárquico no es la herencia de padres a hijos, sino la persistencia de cierta visión del mundo y cierto modo de vida, impuestos a los vivos por los muertos. Un grupo dirigente lo es sólo en tanto es capaz de nombrar a sus sucesores. Al Partido no le preocupa perpetuar su sangre, sino perpetuarse a sí mismo. Quien ejerza el poder carece de importancia con tal de que la estructura jerárquica continúe siendo siempre la misma.
  Todas las creencias, las costumbres, los gustos, las emociones y las actitudes mentales que caracterizan nuestro tiempo están diseñados en realidad para preservar la mística del Partido e impedir que pueda percibirse la verdadera naturaleza de la sociedad actual. La rebelión física, o cualquier movimiento preliminar que pudiera favorecerla, son imposibles en la actualidad. Los proletarios no constituyen ninguna amenaza. Si se les deja en paz, seguirán trabajando, reproduciéndose y muriendo generación tras generación  y siglo tras siglo, no sólo sin sentir el impulso de rebelarse, sino sin llegar a entender que el mundo podría llegar a ser diferente. Sólo podrían llegar a ser peligrosos si el avance de la técnica industrial hiciese necesario proporcionarles una educación mejor; pero puesto que la rivalidad comercial y militar ha dejado de tener importancia, el nivel de la educación popular está decayendo. Lo que opinen o dejen de opinar las masas se considera falto de importancia. Se les puede conceder la libertad intelectual porque carecen de intelecto. En cambio, entre los miembros del Partido no puede tolerarse ni la más mínima desviación de opinión sobre la cuestión más irrelevante.
  Los miembros del Partido viven, desde que nacen hasta que mueren, bajo la vigilancia de la Policía del Pensamiento. Ni siquiera cuando están solos pueden estar seguros de estarlo de verdad. Dondequiera que se encuentren, dormidos o despiertos, trabajando o descansando, en el baño o en la cama, pueden ser inspeccionados, sin previo aviso y sin saber que los están inspeccionando. Nada de lo que hacen es indiferente. Sus amistades, sus aficiones, su comportamiento con la mujer y los hijos, las expresiones de su cara cuando están a solas, las palabras que murmuran en sueños, incluso los movimientos característicos de su cuerpo son celosamente analizados. No sólo cualquier falta, sino cualquier excentricidad, por pequeña que sea, cualquier cambio de costumbres, cualquier tic nervioso que pudiera ser síntoma de una lucha interior, es detectado inevitablemente. Carecen, en todos los sentidos, de libertad de elección. Por otro lado, sus actos no están regulados por la ley ni por ningún otro código de comportamiento formulado con claridad. En Oceanía no hay leyes. Los pensamientos y los actos que, en caso de ser detectados, implican la muerte segura no están prohibidos formalmente y las incontables purgas, detenciones, torturas, encarcelamientos y vaporizaciones no se infligen como castigo por delitos cometidos en realidad, sino que son la forma de eliminar a personas que en el futuro tal vez pudieran llegar a cometer un crimen.  A los miembros del Partido se les exige no sólo que tengan las opiniones correctas sino los instintos correctos. Muchas de las creencias y las actitudes que se les exigen no se expresan con claridad, y no podrían expresarse sin poner en evidencia las contradicciones inherentes al Socing. Si se trata de alguien ortodoxo por naturaleza (en nuevalengua, un “bienpiensa”), sabrá en cualquier circunstancia, sin pararse a reflexionar, cuál es la creencia verdadera o la emoción deseable. Pero, en cualquier caso, el elaborado entretenimiento mental, llevado a cabo desde la infancia y concentrado en torno a las palabras en nuevalengua “antecrimen”, “blanconegro” y “doblepiensa”, le vuelven incapaz de pensar con demasiada profundidad en nada.
  Se espera que los miembros del Partido no tengan emociones privadas y que su entusiasmo no decaiga. Se supone que viven en un continuo frenesí de odio a los enemigos y los traidores internos, de triunfalismo ante las victorias y de humillación ante el poder y la sabiduría del Partido. El descontento producido por esa vida vacía e insatisfactoria se elimina y disipa mediante recursos como los Dos Minutos de Odio y las especulaciones que podrían inducir una actitud rebelde o escéptica se eliminan por anticipado gracias a una disciplina interior adquirida desde la infancia. El paso primero y más sencillo de dicha disciplina, que puede enseñárseles incluso a los niños pequeños, se denomina en nueva lengua “antecrimen”, y se refiere a la facultad de detenerse, como por instinto,  en el umbral de cualquier pensamiento peligroso. Incluye la capacidad de no captar las analogías, de no reparar en los errores lógicos, de no entender los argumentos más sencillos si van en contra del Socing, y de sentir repulsión y tedio ante cualquier concatenación de pensamientos que conduzca a una herejía. El antecrimen es, en suma, una estupidez defensiva. Pero la estupidez no es suficiente. Al contrario, la ortodoxia en sentido amplio exige un control de los propios procesos mentales tan completo como el de un contorsionista sobre su cuerpo. La sociedad de Oceanía se basa en la creencia de que el Hermano Mayor es omnipotente y el Partido infalible. Pero, como en realidad no lo son, se hace necesaria una flexibilidad constante e implacable a la hora de tratar los hechos. La palabra clave es “negroblanco”. Como tantas otras palabras en nuevalengua, tiene dos sentidos contradictorios. Aplicado a un oponente, se refiere a la costumbre de llamar descaradamente blanco a lo negro, en contradicción con los hechos evidentes. Aplicado a un miembro del Partido, alude a su leal disposición a afirmar que lo negro es blanco cuando la disciplina del Partido así lo exige. Pero también significa la capacidad de creer que lo negro es blanco y, más aún, de saber que lo negro es blanco, y de olvidar que alguna vez uno creyó lo contrario. Lo cual exige una constante alteración del pasado, posible gracias a un sistema de pensamiento que engloba a todo lo demás, y que se conoce en nuevalengua como “doblepiensa”.
  La alteración del pasado es necesaria por dos motivos, uno de ellos es subsidiario y, por así decirlo, preventivo. Consiste en que los miembros del Partido, al igual que los proletarios, toleran las condiciones presentes sólo porque carecen de un patrón de comparación. Es necesario aislarlos del pasado, igual que de los países extranjeros, porque es preciso que crean que viven mejor que sus antepasados y que el nivel de vida está aumentando constantemente. Pero, con diferencia, la razón más importante de ese reajuste del pasado es la necesidad de salvaguardar la infalibilidad del Partido. No sólo hay que poner constantemente al día los discursos, las estadísticas y los registros de todo tipo para demostrar que las predicciones del Partido siempre han sido correctas, sino que no puede admitirse el menor cambio en la doctrina o los alineamientos políticos, pues cambiar de opinión, o incluso de política, implica una confesión de debilidad. Si, por ejemplo, Eurasia o Esteasia (cualquiera de las dos)  es hoy el enemigo, deberá haberlo sido siempre. Y si los hechos dicen lo contrario, entonces es necesario alterarlos. De ese modo, la historia se reescribe continuamente. Esta falsificación diaria del pasado, llevada a cabo por el Ministerio de la Verdad, es tan necesaria para la estabilidad del régimen como la labor de espionaje y represión que realiza el Ministerio del Amor.
  La mutabilidad del pasado es el principio central del Socing. Los acontecimientos pasados, se argumenta, carecen de existencia objetiva y sólo perduran en los registros escritos y el recuerdo de las personas. El pasado es lo que dicen los archivos y la memoria de la gente. Y, puesto que el Partido controla todos los archivos, y lo que piensa cada uno de sus miembros, se deduce que el pasado es cualquier cosa que quiera el Partido. También se deduce que, aunque el pasado es alterable, nunca se ha alterado en un caso concreto. Pues, cuando se recrea del modo en que se considere necesario en un momento dado, la nueva versión se convierte en el pasado, y ningún otro puede haber existido jamás. Y eso es así incluso cuando, como ocurre a menudo, se hace necesario alterar el mismo suceso hasta volverlo irreconocible varias veces a lo largo del  año. En todo momento, el Partido está en posesión de la verdad absoluta y está claro que el absoluto jamás ha podido ser diferente del que es hoy. Ya se entenderá que el control del pasado depende, por encima de todo, del entrenamiento de la memoria. Asegurarse de que los registros escritos coinciden con la ortodoxia del momento es un acto puramente mecánico. Pero también es necesario recordar que los sucesos ocurrieron de la forma deseada. Y, si hace falta reorganizar los recuerdos o manipular los archivos, también hay que olvidar que se ha hecho tal cosa, lo cual puede aprenderse como cualquier otra técnica mental. La mayor parte de los miembros del Partido lo aprenden, sobre todo los más inteligentes y ortodoxos. En viejalengua se llama, con bastante franqueza, “control de la realidad”. En nuevalengua se denomina “doblepiensa”, aunque el doblepiensa comprende también otras muchas cosas.
  El doblepiensa se refiere a la capacidad de sostener dos creencias contradictorias de manera simultánea y aceptar ambas a la vez. El intelectual del Partido sabe en qué dirección debe alterar sus recuerdos, por tanto sabe que está modificando la realidad; pero, mediante el ejercicio del doblepiensa, también se convence de que no está violando la realidad.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Penguim Random House, 2018, en traducción de Miguel Temprano García. ISBN: 978-84-9989-094-4.]