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domingo, 18 de mayo de 2025

En el camino.- Jack Kerouac (1922-1969)

 

Cuarta parte
2

 «A medianoche [...] cogí el autobús para Washington; perdí algún tiempo callejeando por allí; me salí del camino trazado para ver el Blue Ridge, oír el pájaro de Shenandoah y visitar la tumba de Stonewall Jackson; al anochecer escupí en el río Kanawha y anduve por la noche hillbilly de Charleston, al oeste de Virginia; a medianoche Ashland, Kentucky y una chica solitaria bajo la marquesina de un teatro cerrado. El oscuro y misterioso Ohio, y Cincinnati al amanecer. Después los campos de Indiana de nuevo, y por la tarde San Luis como siempre bajo las grandes nubes del valle. Los adoquines cubiertos de barro y los troncos de Montana, los barcos fluviales destrozados, los antiguos letreros, la yerba y las maromas junto al río. El poema interminable, Missouri por la noche, y los campos de Kansas, las vacas nocturnas de Kansas en los secretos desiertos, pueblos de cartón con un mar al final de cada calle; amanecer en Abilene. [...]
 Henry Grass viajaba conmigo en el autobús. Se había montado en Terre Haute, Indiana, y ahora me decía:
 -Ya te he dicho que aborrezco este traje que llevo, es asqueroso... pero eso no es todo -me enseñó unos papeles. Acababan de soltarle de la prisión federal de Terre Haute; lo habían encerrado por robar coches y venderlos después en Cincinnati. Era un chaval de unos veinte años y pelo ondulado-. Nada más llegar a Denver venderé el traje y me conseguiré unos pantalones vaqueros. ¿Sabes lo que me hicieron en esa cárcel? Aislamiento en celdas de castigo con sólo una Biblia; como el suelo era de piedra me sentaba encima de ella; cuando vieron lo que hacía me quitaron la Biblia y me trajeron otra de bolsillo pequeñísima. No podía sentarme encima y me la leí entera y el Nuevo Testamento también. ¡Je, je! -me dio un codazo mientras seguía chupando un caramelo. Comía caramelos sin parar porque en la cárcel le habían destrozado el estómago y sólo podía soportar eso-. ¿Sabes que en la Biblia hay cosas muy interesantes? Mucha jodienda y todo eso -me explicó lo que quería decir "andar publicándose"-. El que está a punto de salir de la cárcel y empieza a hablar de ello "anda publicándose" a los otros presos que tienen que quedarse todavía. Lo cogemos por el cuello y le decimos: "¡No andes publicándote conmigo!" Mal asunto ese de andar publicándose... ¿me entiendes?
 -Nunca andaré publicándome, Henry.
 -Si alguien anda publicándose conmigo, se me hinchan las narices, me cabreo y estoy dispuesto a cargármelo. ¿Sabes por qué me he pasado la vida en la cárcel? Porque perdí la cabeza a los trece años. Estaba en el cine con otro chaval y se metió con mi madre (ya sabes lo que quiero decir), y entonces cogí la navaja y le pegué un tajo en todo el cuello y lo habría matado si no me sacan de allí. El juez dijo: "¿Sabías lo que hacías cuando atacaste a tu amigo?" "Sí, señor juez, lo sabía, quería matar a ese hijoputa y sigo queriendo." Así que no me dieron la condicional y me metieron en un reformatorio. Me salieron almorranas de tanto sentarme en el suelo de las celdas de castigo. No vayas nunca a una prisión federal, son las peores. Mierda, hace tanto que no hablo con nadie que podría pasarme la noche entera hablando. No sabes lo bien que se siente uno fuera. Ya estabas en el autobús cuando subí yo... allí en Terre Haute... ¿En qué estabas pensando?
  -En nada, simplemente viajaba.
 -Pues yo, yo estaba cantando. Me senté a tu lado porque tenía miedo de sentarme junto a una chica, podía volverme loco y empezar a meterle mano. Tendré que esperar un poco.
 -Si te detienen otra vez te meterán cadena perpetua. Vale más que te tomes las cosas con calma.
 -Eso trataré de hacer. Lo malo es que cuando se me hinchan las narices no sé ni lo que hago.
 Iba a vivir con su hermano y su cuñada; le habían buscado trabajo en Colorado. El billete se lo habían dado al salir de la cárcel; estaba en libertad condicional. Era un chaval como Dean a su edad; la sangre le hervía en las venas y no conseguía dominarla; se le hinchaban las narices, como él decía; pero carecía de la santidad natural de Dean para librarse de un destino entre rejas.
 -Sé mi tronco, Sal, y evita que se me hinchen las narices en Denver, ¿lo harás? Tal vez consiga llegar sano y salvo a casa de mi hermano.
 Cuando llegamos a Denver lo cogí del brazo y lo llevé a la calle Larimer a vender el traje de la cárcel. El viejo judío se dio cuenta inmediatamente de lo que era.
 -No quiero estas jodidas prendas; me las traen a diario los tipos de Canyon City.
 Toda la calle Larimer era un hervidero de ex presidiarios que trataban de vender su ropa de la cárcel. Henry terminó con el traje debajo del brazo metido en una bolsa de papel y luciendo unos pantalones vaqueros nuevos y una camisa sport. Fuimos al bar de Glenarm, donde solía ir Dean. Por el camino Henry tiró el traje a una papelera. Llamé a Tim Gray. Ya era por la tarde.
 -¿Eres tú? -soltó Tim Gray-. Voy ahora mismo.
 Diez minutos después entraba en el bar con Stan Shephard. Ambos habían hecho un viaje a Francia y estaban totalmente decepcionados con su vida en Denver. Les gustó Henry le invitaron a cerveza. Henry empezó a gastar el dinero que le habían dado al salir de la cárcel. Me encontraba de nuevo en la suave y oscura noche de Denver con sus sagradas callejas y sus casas locas. Fuimos a todos los bares de la ciudad, a los paradores de West Colfax, a los bares de negros de Five Points, ¡la hostia!
 Stan Sherpard llevaba años esperando conocerme y ahora estábamos juntos por primera vez frente a la aventura.
 -Sal, desde que he vuelto de Francia no tengo ni la más remota idea de qué hacer conmigo mismo. ¿Es cierto que te vas a México? Coño, ¿no podría ir contigo? Puedo conseguir cien dólares y una vez allí me matricularé en la universidad con mi paga de veterano de guerra.
 Muy bien, estaba de acuerdo, Stan vendría conmigo. Era un tipo de Denver, ágil, tímido, desgreñado, con sonrisa patibularia y movimientos lentos y fáciles a lo Gary Cooper.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1983, en traducción de Martín Lendínez, pp. 334-337. ISBN: 84-02-07680-7.]

miércoles, 6 de mayo de 2015

"En el camino".- Jack Kerouac (1922-1969)


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Cuarta parte. 5

 "Entonces volvimos nuestras caras hacia México tímidos y maravillados mientras aquellas docenas de tipos mexicanos nos observaban desde abajo de las secretas alas de sus sombreros. Más allá había música y restaurantes abiertos toda la noche con humo saliendo por las puertas.
 -¡Vaya! ¡Vaya! -susurró Dean muy suavemente.
 -¡Es todo! -dijo un funcionario mexicano sonriente que hablaba en inglés-. Todo arreglado. muchachos. Podéis seguir. Bienvenidos a México. Que os divirtáis. Cuidado con el dinero. Conducid con cuidado. Os lo digo personalmente, soy Red, todo el mundo me llama Red. Preguntad por Red. Buen provecho. Nada de preocupaciones. Toda está bien. No es difícil divertirse en México.
 -¡Sí*! -respondió Dean estremeciéndose y cruzamos la calle y entramos en México muy suavemente.
 Dejamos el coche aparcado y los tres nos internamos por las calles españolas hacia aquella mezcla de luces mortecinas. Había viejos tomando el fresco sentados en sillas y parecían yonquis orientales. De hecho nadie nos miraba, pero todos estaban atentos a lo que hacíamos. Doblamos hacia la izquierda y entramos en un restaurante lleno de humo donde había música de guitarra en una máquina de discos americana de los años treinta. Taxistas mexicanos en mangas de camisa y tipos mexicanos con sombrero de paja estaban sentados en taburetes devorando masas informes de tortillas, judías, tacos  mil cosas más. Pedimos tres botellas de cerveza fría -cerveza* es el nombre de la cerveza- y nos costaron unos treinta céntimos mexicanos o diez céntimos americanos cada una. También compramos unos paquetes de pitillos mexicanos a seis centavos cada uno. Mirábamos y mirábamos asombrados aquel dinero mexicano que nos permitía tantas cosas y jugueteábamos con él y mirábamos a todas partes y sonreíamos a todo el mundo. A nuestras espaldas quedaba América entera y todo lo que Dean y yo habíamos conocido previamente de la vida en general y de la vida en la carretera. Al fin habíamos encontrado la tierra mágica al final de la carretera y nunca nos habíamos imaginado hasta dónde llegaba esta magia.
 -Piensa en estos tipos que están levantados toda la noche -susurró Dean-. Y piensa en ese enorme continente que se abre delante de nosotros con esas enormes montañas de Sierra Madre que hemos visto en el cine, y en las selvas que hay por ahí abajo, y en esa meseta desierta tan grande como la nuestra y que llega hasta Guatemala y hasta Dios sabe dónde. ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué vamos a hacer? ¡Movámonos!
 Nos levantamos y volvimos al coche. Una última mirada a América por encima de las potentes luces del puente sobre el río Grande. Luego le volvimos la espalda y el parachoques y nos lanzamos hacia adelante.
 Un instante después estábamos en el desierto y no había ni una luz ni un coche en los ochenta kilómetros de llanuras que siguieron. Y precisamente entonces amanecía sobe el golfo de México y empezamos a ver formas fantasmales de yucas y cactos por todas partes.
 -¡Qué país tan salvaje! -grité. Dean y yo estábamos completamente despiertos. En Laredo estábamos muertos de cansancio. Stan, que ya había estado en el extranjero antes, dormía tranquilamente en el asiento de atrás. Dean y yo teníamos a México delante de nosotros.
 -Ahora, Sal, estamos dejándolo todo atrás y entrando en una nueva y desconocida fase de las cosas. Tantos años y problemas y juergas... ¡y ahora esto! No hay que pensar en nada más, sólo hay que seguir con la cabeza bien alta, así, ya lo ves, y comprender el mundo como, hablando propiamente, tantos otros americanos lo han comprendido antes que nosotros... anduvieron por aquí... ¿no es cierto? La guerra contra México. Pasaron por aquí con cañones.
 -Esta carretera -le respondí-, es también la ruta de los antiguos forajidos americanos que se escurrían a través de la frontera y bajaban hasta el viejo Monterrey, así que si miras el desierto que ya empieza a clarear puedes imaginarte a uno de aquellos pistoleros de Tombstone galopando hacia lo desconocido, comprenderás así que...
 -¡Esto es el mundo! -interrumpió Dean-."

*Así en el original.

miércoles, 11 de febrero de 2015

"Tratado de perversiones".- Francisco Umbral (1932-2007)

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"Si al mundo clásico le atribuimos un sentido panteísta de la existencia, y al mundo medieval un sentido místico, en el mismo orden de generalizaciones podemos decir que el sentido del mundo contemporáneo es erótico. El erotismo no es un panteísmo ni un misticismo en cuanto que el hombre contemporáneo no aspira a fundirse con la naturaleza, ni a desprenderse de ella huyendo hacia arriba, sino que aspira a algo más elemental, más brutal y estupefaciente: aspira a comérsela.
 La denominación de civilización consumista que recibe la nuestra, se justifica (como casi siempre ocurre) a un nivel más profundo que el meramente periodístico. Somos una civilización consumista, una cultura consumista, una época consumista porque practicamos la mística del consumo, tanto en los sistemas socialistas como capitalistas. Pero no sólo el consumo de camisas, tarjetas de crédito, licores, viajes, señoritas, cigarrillos y maquinarias ingeniosas y pulimentadas, sino también el consumo de la vida misma, la vida como consumo y la visión del otro -del Otro- como consumible, como digerible.
 Eso que se dice de los hombres con iniciativas: se quiere comer el mundo. Toda la humanidad de hoy se quiere comer el mundo, y de hecho se lo come. Hemos descubierto que todo es deglutible. Hay una vasta comunión en las cosas, una eucaristía y una antropofagia, todos estamos comulgando el planeta: caen los bosques, se secan los ríos y los mares, alcanzamos la Luna, asumimos todas las formas de sexualidad, comemos a todas horas, "devoramos" kilómetros con el automóvil o el aeroplano. La velocidad es una forma de voracidad. La humanidad se ha propuesto comerse, no sólo el planeta, sino el universo.
 Esta es, digamos, la dimensión ecológica del erotismo. [...] Lo positivo y lo negativo del erotismo están aquí, confundidos, simultáneos, en esta mística digestiva del hombre contemporáneo, de las masas. Si los panteístas respetaban el mundo como sagrado y los místicos lo repudiaban como indigno, nosotros hemos decidido comérnoslo, y en este apetito cósmico entran a partes iguales el amor y el odio -está claro-, la agresividad y la posesión, la sexualidad creadora y la voracidad destructiva. Queremos fornicar con todo lo fornicable y deglutir todo lo deglutible. No hay más que observar a las pandillas de chicos y chicas, de adolescentes.
 Todo el tiempo comen cosas, llevan bolsitas en la mano con alimentos simbólicos, como el maíz, con alimentos reales, como el perrito caliente, y cuando no comen nada realizan el ritual de la comida: mascan chicle. Y beben continuamente. Cocacolas, refrescos, helados, agua. Hay una sed adolescente que no se sacia con nada. Como que es la sed de la vida. Estas nuevas generaciones han descubierto -más allá de todas las limitaciones y austeridades de otras épocas- que se puede estar todo el tiempo comiendo, bebiendo, masticando algo. Es un poco lo de los romanos de la decadencia. En una novela de un discípulo de Miller, en "On the road", de Kerouac, el beatnik, un joven le dice a una joven, o viceversa:
 -Eres tan bucal...
 Está siempre comiendo, bebiendo, besando, chupando. Todos ellos son bucales. El psicoanálisis le encontraría a esto fáciles significados de infantilismo. Pero creo que no es sólo el reconocimiento bucal del mundo, típico de la primera infancia, lo que lleva al hombre de hoy a comerse ese mundo.
 Hay también y sobre todo una rara mezcla de desesperación y epicureísmo, una suerte de hedonismo patético que viene determinado por la bomba atómica y el cáncer, por la cercanía de las grandes guerras recientes o próximas, y un estímulo constante hacia el placer o la realización en todos los órdenes, estímulo que debemos no sólo a la publicidad o a las técnicas del consumo, sino al descubrimiento de que el mundo es infinitamente practicable, descubrimiento hecho por los científicos, los investigadores, los exploradores y los pensadores".