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lunes, 15 de junio de 2020

Libro de los avaros.- Al-Yahiz (776-868)

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Parlamento de Jalid Ibn Yazid

   «Este Jalid b. Yazid, cliente de los Muhallabíes -es decir Jalawayh el Bribón- alcanzó en mezquindad, picaresca y acumulación de dinero grados a los que nunca llegara nadie. […]
 Este hombre fue narrador (qass), escolástico (mutakallim), elocuente y ladino. Entre sus discípulos se contaban los cuentistas Sulayman el Tuerto y Abu Said al-Madaini.
 El mismo Jalid, cuando estaba a las puertas de la muerte, dirigiéndose a su hijo, de esta manera le habló:
 -Te dejo con qué comer si eres capaz de conservarlo, pero si lo derrochas no tendrás ni sustento. Sin embargo, mi herencia mejor son costumbres morigeradas, gobierno recto en tus negocios y ahorrativos hábitos de vida, más útil todo ello que esos dineros. Un aparato que te entregase para guardar tus tesoros  cumpliría su misión con cualquier mecanismo industrioso, pero sin ayuda de tu propia alma nada de provecho sacarías de ello. Incluso tal prohibición de derrochar se te tornaría incitación y el mismo impedimento haría rebelarse a tu obediente virtud.
 Alcancé por tierra los confines del mundo y por mar seguí las más lejanas derrotas de las naves. Nada te ocurre por no haber visto a Alejandro Magno y déjate de las doctrinas de Ibn Sarya, porque de los acontecimientos sólo explica las apariencias. De haberme conocido Tamim ad-Dari habría aprendido de mí hasta la descripción de los rumíes*, porque soy mejor baquiano que la perdiz, que Duaymis y que Rafi el Atrevido. […]
 Mas no junté tales tesoros narrando cuentos, con ardides de pícaro, o estratagemas de día y asaltos por la noche. Y nunca se amasó una fortuna de tal jaez más que sufriendo travesías marítimas, ejerciendo el poder o con alquimias de oro y plata. Conozco los arcanos del ras y entiendo a la perfección el tratamiento de la piedra filosofal. De no conocer tu estrechez de miras y de que sería causa del extravío de tu alma, te enseñaría de seguida algo […] Tengo para mí que en tu ánimo no mantendrías el secreto de un amigo, porque ¿cómo vas a soportar tú lo que alguien firme de carácter no aguantaría ni guardaría en su pecho? Y eso que conservar un secreto oral o atesorar joyas es más llevadero que mantener los secretos de la Ciencia. Si me fiase de ti, provocaría la transmigración de las almas en los cuerpos a tu vista, pues con la mera descripción no lo ibas a comprender ni darías fe al puro relato. No obstante, si Dios me hace pasar esta enfermedad, te haré conocer la ciencia de la percepción sensible, el labrado del mármol, las técnicas del mosaico, los secretos de las espadas de Qala, la aleación de los aceros del Yemen, la fabricación del cristal firawni y la preparación de las disoluciones químicas.
 Pero no estoy satisfecho contigo: aunque te halles por encima de los chicos y te cuentes entre los que ya son padres no he de fiar en ti; porque no te he puesto bien a prueba. He sido íntimo de sultanes y miserables, sirviendo a califas y bribones, mezclándome con eremitas y criminales; he poblado presidios o lugares devotos, ordeñando las desiguales ubres del Destino y viviendo tiempos abundantes en sucesos peregrinos. Si no hubiera entrado por todas las puertas, impelido por todos los vientos, conociendo dicha y desgracia de suerte que las pruebas sufridas me hacen tener presentes los efectos de cualquier acto y me aproximan a las decisiones más oscuras, no me habría sido posible amasar todo lo que te lego, ni conservar lo que te he guardado. Y me alabo menos por juntar esas riquezas que por mantenerlas, pues algunas no las conseguí mediante la resolución o la inteligencia. Y empero te las he custodiado salvas de los perjuicios de la construcción, de las intrigas de las mujeres, de las asechanzas de adulación e hipocresía y, en fin, de las manos de los administradores, que son una dolencia incurable.
Amazon.com: Libro de los avaros (Literatura) (Spanish Edition ... No te encomiendo conservarlo tanto por amor hacia ti como por odio hacia el cadí, pues Dios -cuya mención glorificada sea- no ha dado poder a los jueces sobre las fortunas de los herederos sino para castigarles. Porque cuando el padre es rico y pudiente gusta el hijo de que le haga patente su riqueza y poder, mas si es pobre o está impedido busca librarse de él y de su manutención; y de no estar comprendido en ninguno de los dos grupos, pretende quitárselo de encima por no cuidarle. Nada agradecen a quien ahorró para ellos, procurándoles una vida desahogada y ocupándose de su bienestar; ni tienen paciencia alguna con aquel al que Dios concedió derechos sobre ellos. […] Los padres se ingenian para que las herencias estén a salvo de sus hijos instituyéndolas como bienes de manos muertas (waqf), pero los jueces les defraudan con los procedimientos legales. ¡Y qué pronto cancelan la tutoría y testifican la mayoría de edad si pretenden comprar las propiedades de los tutelados! Tanto como la retrasan si buscan un premio para sus industriosidades. […]
 Tú eres mozo y tu lengua puede a tu raciocinio y tu pensamiento a tu resolución. Las desgracias aún no te han puesto a prueba porque siempre disfrutaste de la felicidad. Con una ancha fortuna tienes un brazo débil. Y lo que más temo en ti es tu buen concepto de la gente: que tu mano izquierda desconfíe de la derecha y tus oídos de tus ojos. Precávete de los servidores de Dios tanto como fíes en Él.
 Mi mayor deseo es conservar mis tesoros, siempre en continuo crecimiento, y que Dios guarde a mi posteridad detrás mío. Cierto día un capricho se apoderó de mí y saqué un dirham para satisfacer el deseo, pero mis ojos cayeron sobre la frase en él troquelada, es decir, el nombre de Dios allí escrito, y me dije: "Seré, pues, uno de los perdedores extraviados si dejo ir de mi mano y casa algo en que está escrito No hay más dios que Dios, para cambiarlo por otra cosa en la cual no se halla ese nombre. ¡Por Dios! Si el fiel al sacarse una sortija -para un menester que lo requiera- con la leyenda 'Dios me basta' o 'En Dios confío' piensa que se sale de la salvaguarda del Señor -glorificado sea su nombre- hasta devolver el anillo a su sitio, pese a no ser más que una sortija, ¿cómo voy yo a perder a diario un dirham con la base del dogma musulmán escrita? Esto sí que es una enormidad".
 Y en el punto expiró.»

 *¿Palestina? ¿Anatolia?

   [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1984, en traducción de Serafín Fanjul. ISBN: 84-276-0674-5.]

jueves, 16 de abril de 2020

El león de Boaz-Jachin y Jachin-Boaz.- Russell Hoban (1925-2011)

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  «Jachin-Boaz se dedicaba al comercio de mapas. Los compraba y los vendía, y algunos de cierta especie, destinada a usos especiales, los hacía él mismo u otros los hacían para él. Ése había sido el oficio de su padre, y las paredes de la tienda, que había sido la suya, estaban cubiertas de vítreos océanos azules, verdes pantanos y pastizales, montañas pardas y anaranjadas con sombras delicadas. Vendía mapas de ciudades y llanuras y otros los hacía por encargo. Le vendía a un joven, por ejemplo, un mapa en el cual estuviera señalado dónde podía encontrarse una muchacha a distintas horas del día. Vendía mapas de maridos y mapas de esposas. Vendía mapas a los poetas que indicaban el sitio donde pensamientos potentes y claros habían visitado a otros poetas. Vendía mapas de lugares donde manaban las fuentes. Vendía mapas de visiones y milagros a los santones, de enfermedades y accidentes a los médicos, de dinero y de joyas a los ladrones, y de ladrones a la policía.
 Jachin-Boaz había llegado a la edad que se considera la mitad de la vida, pero él no creía que tuviera  tantos años por delante como tenía por detrás. Se había casado muy joven, y su matrimonio llevaba ya más de un cuarto de siglo de vida. Era a menudo impotente con su mujer. Los domingos, cuando la tienda estaba cerrada, y se encontraba solo con ella y con su hijo en la larga tarde, intentaba desalojar de su espíritu una persistente desesperación. Con frecuencia pensaba en la muerte, en sí mismo desaparecido y en el vasto espacio oscuro del mundo por siempre alejándose de la nada que era él, por siempre en la negrura. Acostado junto a su esposa dormida, intentaba apartarse de sus pensamientos de muerte, con los ojos abiertos y haciendo muecas en la oscuridad del dormitorio, que se encontraba sobre la tienda. […]
 Jachin-Boaz venía trabajando desde hacía años en un mapa para su hijo. De los muchos mapas diferentes que pasaban por sus manos, de los informes procurados por los investigadores que tenía a su cargo, de los libros y revistas que leía, de sus propios registros y observaciones, almacenó un gran cuerpo de conocimientos detallados y esos conocimientos los incorporaba en el mapa para su hijo. Añadía datos constantemente, revisándolo y corrigiéndolo para mantenerlo siempre actualizado.
 Jachin-Boaz no les había dicho nada del mapa a su esposa ni a su hijo, pero le consagraba la mayor parte del tiempo que le quedaba libre. No creía que su hijo le sucediera en la tienda, ni lo quería tampoco. Quería que su hijo saliera al mundo y quería que encontrase un mundo para sí mayor del que él, Jachin-Boaz, había encontrado. Había ahorrado algún dinero para que su hijo heredara, pero el mapa sería lo más importante del legado. Debía ser nada menos que un mapa maestro, que le indicara dónde encontrar fuese lo que fuese lo que deseara buscar y le asegurase de ese modo un punto de partida adecuado para su vida de hombre.
 El hijo de Jachin-Boaz se llamaba Boaz-Jachin. Cuando tuvo diez años y seis meses, su padre decidió mostrarle el mapa maestro.
 -Cada cual está buscando algo en el mundo -le dijo Jachin-Boaz a Boaz-Jachin- y por medio de los mapas cada cosa que se encuentra no se vuelve a perder. Siglos de hallazgos llenan las paredes y los armarios de esta tienda.
 -Si nada de lo que se encuentra vuelve a perderse -dijo Boaz-Jachin- llegará por fin el día en que no habrá más hallazgos.
 Se parecía a su madre más que a su padre. […]
 -Eso es lo que los jóvenes como tú suelen decir para fastidiar a sus mayores -dijo Jachin-Boaz-. Evidentemente siempre hay algo nuevo que encontrar. Y en cuanto a lo que ha sido ya encontrado ¿preferirías que todo el conocimiento se perdiera para poder ser tú ignorante y el mundo novedoso? ¿Es eso lo que te enseñan en la escuela?
 -No -dijo Boaz-Jachin.
9788435011136: El León de boaz-jachin y jachin-boaz - IberLibro ... -Me alegro de oírlo -dijo Jachin-Boaz- porque el pasado es el padre del presente, al igual que yo soy tu padre. Y si el pasado no puede enseñarle al presente y el padre no puede enseñarle al hijo, la historia no tiene que preocuparse por seguir adelante, y el mundo ha perdido no poco tiempo.
 Boaz-Jachin miró los mapas sobre las paredes.
 -El pasado no está allí -dijo-. Allí está el presente, en el que hay cosas dejadas atrás por el pasado.
 -Y esas cosas son parte del presente -dijo Jachin-Boaz- y, por lo tanto, el presente hace uso de ellas. Mira -dijo- esto es exactamente lo que quiero decir. -Sacó el mapa maestro de un cajón y lo desplegó sobre el mostrador para que su hijo pudiera verlo-. He estado trabajando en él durante años -dijo Jachin-Boaz- y será tuyo cuando seas un hombre. Todo lo que puedas desear figura en este mapa. Me cuido mucho de mantenerlo al día y continuamente le hago añadidos.
 Boaz-Jachin miró el mapa, las ciudades y los pueblos, los océanos azules, los pantanos y los pastizales verdes, las montañas pardas y anaranjadas sombreadas con delicadeza, las claras líneas en tintas de diferentes colores que indicaban dónde podría encontrar todas las cosas conocidas de su padre. Apartó la mirada del mapa y la fijó en el suelo.
 -¿Qué piensas de él? -preguntó Jachin-Boaz.
 Boaz-Jachin no dijo nada.
 -¿Por qué no dices nada? -preguntó su padre-. Mira este trabajo de años, con todo claramente señalado en él. Este mapa representa no sólo los años de mi vida que a él le dediqué, sino los años de otras vidas dedicadas a recopilar la información que se exhibe. ¿Qué puedes buscar que este mapa no te indique cómo encontrarlo?
 Boaz-Jachin miró el mapa, luego a su padre. Miró la tienda a su alrededor y luego se miró los pies, pero no dijo nada.
 -Por favor, no te quedes ahí sin decir nada -dijo Jachin-Boaz-. Di algo. Menciona algo a lo que este mapa no pueda guiarte.
 Boaz-Jachin miró otra vez la tienda a su alrededor. Miró el tope de la puerta de hierro. Tenía la forma de un león agazapado. Miró a su padre con un esbozo de sonrisa.
 -¿Un león? -dijo.
 -Un león -dijo Jachin-Boaz-. No creo entenderte. No creo que me hables en serio. Sabes muy bien que ya no hay leones. Los salvajes fueron cazados hasta el exterminio. Los que estaban en cautiverio murieron de una enfermedad que viajó de un país a otro transportada por las pulgas. No sé qué clase de broma pretende ser la tuya.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Edhasa, 1989, en traducción de Rubén Masera. ISBN: 84-350-1113-5.]

martes, 28 de agosto de 2018

El médico de Sefarad.- César Vidal (1958)


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Segunda parte: El libro de la ausencia de Sefarad
16.-Erets Israel

«Dice el Tenaj en el libro de los Meshalim que, en el curso de un pleito, aparece uno de los litigantes y expone su punto de vista y parece que tiene razón, pero luego comparece su adversario y al hablar provoca la sensación de que el cargado de justicia es él. Mi padre, que fue dayán en Qurduba, me confirmó repetidas veces lo veraz de esta afirmación. Al fin y a la postre, no todos ven la verdad de la misma manera e incluso no faltan los que pueden llegar a convencer a otros de que su postura es la más acertada, la más correcta, la más justa.
 Sin embargo, a pesar de que todo lo que he referido es cierto, de ahí no debe desprenderse que la verdad no exista o que todas las afirmaciones que escuchamos sean de valor semejante. En realidad, la verdad es algo tan sólido, recio y valioso como el más caro y puro de los diamantes. Buscarla constituye uno de los empleos más nobles que puedan darse a nuestra breve existencia, y aquél que la encuentra, por dura que pueda resultarle en un primer momento, ha descubierto una fuerza que lo libertará e infundirá una fuerza nueva en su vida. Precisamente porque la verdad existe, no todas las opiniones tienen la misma validez y nadie debería caer en el absurdo de pensar lo contrario.
 El que consume veneno en dosis suficientes, muere; el que no administra su capital y lo dilapida en francachelas, acabará pobre; el que no recuerda que tiene un Creador y que ante Él deberá comparecer algún día, habrá desaprovechado esta corta existencia de la peor manera posible. Todas esas son realidades que no admiten alternativa porque lo ponzoñoso nunca es bueno sino mortal, porque sólo se aumenta lo que no se gasta estúpidamente y sin seso y porque, salvo algún necio, no he visto jamás negar que después de esta vida existe otra, e incluso a algunos de los que así desvariaban  los he contemplado cambiando de opinión en su lecho de muerte.
 Al igual que el que escucha las instrucciones para montar mejor a caballo o pescar con aprovechamiento no se siente coaccionado sino agradecido por el conocimiento que se acaba de brindar, la verdad existe y esa innegable realidad no limita nuestra libertad. Por el contrario, nos permite dilucidar quién es el que verdaderamente tiene razón en un pleito e incluso vivir de la mejor manera. [...]

18.-Erets Israel
No deberíamos empeñarnos en dar a nuestros hijos más que aquello que dispuso el Creador. De nosotros reciben la vida y con ella el color de la piel, del cabello, de los ojos. Poco más tarde adquieren nuestra religión e incluso aprenden a hablar en nuestra propia lengua. Se espera que a ellos les entreguemos los bienes, pocos o muchos, que formen nuestro peculio personal. Incluso no resulta extraño que sigan nuestro oficio, trabajo o negocio siquiera porque es algo conocido en cuyo desempeño podemos ayudarlos. Es en este punto donde, generalmente, se puede empezar a romper el equilibrio de lo razonable, porque cabe la posibilidad de que pretendamos -quizá sin darnos cuenta de ello- que nuestros hijos nos sustituyan en el alcance de las metas con que hemos soñado durante años.
 No nos percatamos de ello, pero en ese momento los hijos dejan de ser individuos para convertirse en instrumentos, los instrumentos que nos permitirán de manera vicaria y sustitutoria llegar a los lugares donde nunca pudimos poner los pies. Ellos serán los que estudiarán aquello que no nos fue permitido estudiar, los que adquirirán aquello que resultó imposible adquirir, los que cosecharán los aplausos que nadie nos brindó. Cuando hemos llegado a ese punto, igual que sucede con la luna que mengua en el cielo, poco a poco el hijo deja de ser él mismo, transformado por nuestras ansias de ganarle a esta vida más bazas en otro yo.
 Al final, la mayoría de los padres no logra que su hijo sea un trasunto suyo por la sencilla razón de que se trata de un ser independiente que siente, padece y ama por su cuenta. Por añadidura, en ese proceso de retorcimiento de la voluntad no pocas veces el hijo se aparta de sus progenitores más de lo que hubiera sido normal. Siempre que pretendemos sobrepasar lo que ya quedó dispuesto por el Creador los resultados son, más tarde o más temprano, pésimos. [...]

20.-Erets Israel
Como señala el Tenaj en el libro de Meshalim, la observación de los seres creados por Adonai constituye un verdadero pozo de sabiduría del que podemos beber continuamente. De las hormigas aprendemos la necesidad de trabajar y almacenar para los tiempos difíciles; de las abejas, lo imprescindible de un orden sistemático; de las serpientes, la imposibilidad de seguir ciertos rastros. Creo que, descontadas las diversas peculiaridades de cada especie, existen algunos aspectos que las unen y entre ellos destaca el instinto de conservación.
 Existe algo en nuestro interior que nos impulsa a seguir vivos, que nos llama a no dejarnos llevar por la desmoralización, que nos enseña con palabras no escritas que después de la tempestad viene la calma. A ese bendito don colocado por el Sumo Hacedor en todos nosotros se debe que la desgracia nos abata pero no siempre nos hunda, que la pérdida de un miembro importante no nos incapacite del todo sino que incluso nos impulse a luchar más, que la muerte de un ser querido no nos arrastre en pos suyo a la tumba. Por supuesto, me consta que existen excepciones y que no son pocos los que no pueden resistir la dureza del embate. Sin embargo, en nuestro interior algo nos dice que resistamos, que nos aferremos a la vida con uñas y dientes, que sigamos combatiendo porque aún no se ha dado la señal de que la lucha ha concluido, de que la canción ha llegado a sus últimas notas, de que la obra de teatro ha terminado.
 Solamente con la muerte perecen los pensamientos, los proyectos, los planes que albergaba el corazón humano, pero aun entonces, si uno conoció al Creador, ese paso no significa una desgracia sino el cambio a un lugar mucho mejor que cualquiera de los que hayamos transitado en este mundo. Hasta que llegue ese trance, hay que sobrevivir y hacerlo de la manera más digna.»
 
 [Los fragmentos pertenecen a la edición de Grupo editorial Random House Mondadori, 2006. ISBN: 84-9793-537-3 (vol. 562/2)]