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lunes, 15 de febrero de 2021

Epigramas.- Marco Valerio Marcial (40-104)

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XXXIV.- Haz lo que quieras, pero con recato (Libro I)

 «Sin guardar, Lesbia, y abiertas siempre tus puertas, pecas y no ocultas tus devaneos y te causa más placer un mirón que un adúltero y no te son gratos los goces, si se quedan ocultos algunos. En cambio, una meretriz aleja a los testigos con la cortina y el cerrojo y son raras las rendijas abiertas en un prostíbulo del Summenio. De Quíone, al menos, o de Yade, aprende pudor: hasta los mausoleos esconden a las más degeneradas y a las zorras. ¿Acaso mi reprensión te parece demasiado dura? Te estoy prohibiendo que te sorprendan, Lesbia: no que se te tiren. […] 

XIII.- Pleitos tengas y los ganes (Libro II)

 Te reclama el juez y te reclama el abogado: mi opinión es, Sexto, que pagues al acreedor. […]

XV.- Un escrupuloso (Libro II)

 Eso de no pasar tu copa a nadie, lo haces por humanidad, Horno, no por soberbia. […]

LXXX.- Cada cosa a su tiempo (Libro IV)

 Declamas teniendo fiebre, Marón: si no sabes que eso es una locura, no estás en tus cabales, amigo Marón. Declamas estando enfermo, declamas con tercianas: si no puedes sudar de otra forma, es razonable. –“Pero es que el asunto es importante”. –Te equivocas, cuando la fiebre abrasa las entrañas, el asunto importante es callar, Marón. […]

XX.- Sabemos vivir, pero lo dejamos para más tarde (Libro V)

 Si me estuviera permitido, querido Marcial, pasar contigo unos días sin preocupaciones, disponer de un tiempo desocupado y disfrutar  juntos la verdadera vida, no conoceríamos los atrios, ni las casas de los poderosos, ni las tormentas de los pleitos, ni el triste foro, ni las imágenes soberbias de los antepasados; sino los paseos en litera, los cuentos, los libritos, el Campo, el Pórtico, la sombra, el Agua Virgen, las termas: éstos serían nuestros sitios, éstas nuestras ocupaciones. Pero ahora ninguno de los dos vive para sí y vemos que nuestros buenos días huyen y se nos escapan y, aunque los perdemos, se cargan en nuestra cuenta. ¿Alguien, sabiendo vivir, lo deja para más tarde? […]

LVI.- Cualquier ocupación da más dinero que las letras (Libro V)

 Hace tiempo, Lupo, que buscas preocupado y me preguntas a qué maestro confiar la educación de tu hijo. Te aconsejo que evites a todos los gramáticos y rétores, que no vea ni por el forro los libros de Cicerón ni de Virgilio, que deje a Tutilio con su fama. Como haga versos, deshereda al poeta. ¿Quiere aprender oficios de dinero? Procura que se haga citaredo o flautista de acompañamiento. Si el muchacho tiene visos de ser duro de mollera, hazlo pregonero o arquitecto. […]

LVIII.- ¿Vivirás mañana? (Libro V)

 Dices que empezarás a vivir mañana, “mañana” dices, Póstumo, siempre. Dime, ese “mañana”, Póstumo, ¿cuándo llega? ¡Qué lejos está ese mañana! ¿Dónde está? ¿Adónde hay que ir a buscarlo? ¿Se oculta quizás entre los partos y los armenios? Ese “mañana” tiene ya los años de Príamo o de Néstor. Ese “mañana”, ¿por cuánto, dime, se puede comprar? ¿Vivirás mañana? Vivir hoy es ya ir con retraso. Persona sensata es, Póstumo, quien vivió ayer. […]

 LXXXI.- Dinero quiere a dinero (Libro V)

Resultado de imagen de marcial epigramas fernando el catolico Siempre serás pobre, si eres pobre, Emiliano: hoy día las riquezas no se dan a nadie más que a los ricos. […]

LXXIV.- Cambias de oficio, pero no de tarea (Libro VIII)

 Ahora eres gladiador, antes habías sido oculista. Hiciste de médico lo que estás haciendo de gladiador. […]

XLVII.- Filósofo, pero maricón (Libro IX)

 A los Demócritos, a los Zenones y Platones, que no has visto ni por el forro, y a todos aquéllos que se representan desaliñados en bustos greñudos, los mencionas como si fueras el sucesor y heredero de Pitágoras. Y, ciertamente, no te cuelga una barba menos corrida. Pero –algo que para los que huelen a bosque es deseable y vergonzoso para los de pelo en pecho- a ti te gusta tenerla tiesa entre tus muelles nalgas. Tú que conoces los orígenes y el peso de las escuelas filosóficas, dime, Pánico, ¿qué principio filosófico es que a uno se la metan? […]

XCII.- Vive mejor el siervo que el señor (Libro IX)

 Cuáles son los inconvenientes del señor, cuáles las ventajas del esclavo, no los sabes, Cóndilo, tú, que te quejas de llevar mucho tiempo de esclavo. Tu esterilla sin ningún valor te proporciona sueños sin preocupaciones; Gayo, fíjate, se acuesta sobre plumas sin pegar ojo. Con las primeras luces, Gayo saluda tiritando a innumerables señores; en cambio, tú, Cóndilo, ni a tu dueño. “Lo que me debes, Gayo, devuelvémelo”, dice Febo y, desde el otro lado, Cínamo; esto, Cóndilo, no te lo dice nadie a ti. ¿Tienes miedo al verdugo? La podagra y la quiragra tienen a Gayo hecho trizas y preferiría sufrir mil azotes. El hecho de no vomitar por la mañana ni lamer coños, Cóndilo, ¿no lo prefieres a ser tres veces tu propio Gayo?  […]

XLVII.- Requisitos de una vida feliz (Libro X)

 Lo que hace más feliz la vida, gratísimo Marcial, es esto: una hacienda no ganada con el trabajo sino por herencia; un campo no desagradecido, un hogar siempre encendido; pleitos nunca, toga poca, la conciencia tranquila; un vigor congénito, un cuerpo saludable; una prudente sencillez, unos amigos de la misma condición; unos convites fáciles, una mesa sin artificio; unas noches sin borracheras, pero libres de preocupaciones; un lecho nada triste y, sin embargo, púdico; un sueño que haga cortas las noches; lo que uno sea, querer serlo y no querer nada más; el último día, ni temerlo ni desearlo. […]

XXXIV.- No hay que aficionarse demasiado a nadie (Libro XII)

 Treinta y cuatro siegas, si no recuerdo mal, he pasado contigo, Julio. Sus dulzuras se han mezclado con amarguras, pero, sin embargo, han sido agradables en su mayor parte. Y si todas las piedrecitas, distintas y de dos colores, se apartan a un lado y a otro, vencerá el montón blanco al más negro. Si quieres evitar ciertas amarguras y guardarte de los mordiscos de un alma afligida, no te hagas demasiado familiar para nadie: gozarás menos y menos sufrirás. […]

XLII.- Boda de homosexuales (Libro XII)

 El barbudo Calístrato se desposó ayer con el rudo Afro, con el mismo ritual con que una doncella es costumbre que se despose con un hombre. Alumbraban en cabeza las antorchas, cubrió su rostro el velo de novia y no te faltaron, Talaso, tus palabras. La dote también se fijó. ¿Todavía no te parece esto, Roma, suficiente? ¿Esperas, acaso, que también para?»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de la Institución “Fernando el Católico” de la Diputación Provincial de Zaragoza, 2004, en traducción de José Guillén y Fidel Argudo, pp. 24, 48-49, 108, 116, 125, 131, 198, 213, 225, 241, 292-293. ISBN: 978-84-7610-107-0.]
 

lunes, 5 de octubre de 2020

El lugar sin límites.- José Donoso (1924-1996)

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Capítulo VI 

  «Dos hombres que oyeron el diálogo comenzaron a reírse de la Manuela, tratando de tocarla para comprobar si tenía o no pechos. Mijita linda... qué será esto. Déjeme que la toquetee, ándate para allá roto borracho, qué venís a toquetearme tú. Entonces ellos dijeron que era el colmo que trajeran maricones como éste, que era un asco, que era un descrédito, que él iba a hablar con el jefe de carabineros que estaba sentado en la otra esquina con una de las putas en la falda, para que metiera a la Manuela en la cárcel por inmoral, esto es una degeneración. Entonces la Manuela lo rasguñó. Que no se metiera con ella. Que él podía delatar al Jefe de Carabineros por estar medio borracho. Que tuviera cuidadito porque la Manuela era muy conocida en Talca y tenía muy buen trato con la policía. Una es profesional, me pagaron para que haga mi show... 
La Japonesa fue a buscar a don Alejo y lo trajo apurada para que interviniera. 
-¿Qué te están haciendo, Manuela? 
-Este hombre me está molestando. 
-¿Qué te está haciendo? 
-Me está diciendo cosas...
-¿Qué cosas?
-Degenerado... y maricón...
 Todos se rieron.
 -¿Y no eres?
 -Maricón, seré, pero degenerado no. Soy profesional. Nadie tiene derecho a venir a tratarme así. ¿Qué se tiene que venir a meter conmigo este ignorante? ¿Quién es él para venir a decir cosas a una, ah? Si me trajeron es porque querían verme, asique... Si no quieren show, entonces bueno, me pagan la noche y me voy, yo no tengo ningún interés en bailar en este pueblo de porquería lleno de muertos de hambre...
 -Ya, Manuela, ya... toma...
 Y la Japonesa lo hizo tomarse otro vaso de tinto.
 Don Alejo dispersó el grupo. Se sentó a la mesa, llamó a la Japonesa, echó a alguien que quiso sentarse con ellos y sentó a un lado suyo a la Rosita y al otro a la Manuela: brindaron con el borgoña recién traído.
 -Porque sigas triunfando, Manuela...
 -Lo mismo por usted, don Alejo.
 Cuando don Alejo salió a bailar con la Rosita, la Japonesa acercó su silla a la de la Manuela.
Resultado de imagen de el lugar sin limites bruguera -Le caíste bien al futre, niña. Eso se nota de lejos. No, no hay nadie como don Alejo, es único. Aquí en el pueblo es como Dios. Hace lo que quiere. Todos le tienen miedo. ¿No ves que es dueño de todas las viñas, de todas, hasta donde se alcanza a ver? Y es tan bueno que cuando alguien lo ofende, como éste que te estuvo molestando, después se olvida y los perdona. Es bueno o no tiene tiempo de preocuparse de gente como nosotros. Tiene otras preocupaciones. Proyectos, siempre. Ahora nos está vendiendo terrenos aquí en la Estación, pero yo lo conozco y no he caído todavía. Que todo se va a ir para arriba. Que para el otro año va a parcelar una cuadra de su fundo y va a hacer una población, va a vender propiedades modelo, dice, con facilidades de pago, y cuando haya vendido todos los sitios de su parcelación va a conseguir que pongan electricidad aquí en el pueblo y entonces sí que nos vamos a ir todos para arriba como la espuma. Entonces vendrían de todas partes a mi casa, que tú sabes que tiene  nombre, de Duao y de Pelarco... Me agradaría y mi casa sería más famosa que la de la Pecho de Palo. Ay, Manuela, qué hombre éste, tan enamoradaza que estuve de él. Pero no se deja agarrar. Claro que tiene señora, una rubia muy linda, muy señora, distinguida ella te diré, y otra mujer más en Talca y qué sé yo cuántas más en la capital. Y todas trabajando como chinas por él en las elecciones. Si hubieras visto a Misia Blanca, hasta sin medias estaba, y la otra mujer, la de Talca, también, trabajando por él, para que saliera. Claro, a todos nos conviene. Y el día de las elecciones él mismo vino con un camión y a todos los que no querían ir a votar los echó arriba a la fuerza y vamos mi alma, a San Alfonso a votar por mí, y les dio sus buenos pesos y quedaron tan contentos que después andaban preguntando por ahí cuándo iba a haber más elecciones. Claro que hubieran votado por él de todas maneras. Si es el único candidato que conocen. Los otros por los cartelones de propaganda nomás, mientras que don Alejo, a él sí que sí. ¿Quién no lo ha visto pasar por estos caminos en su tordillo, rumbo a la feria de los lunes en San Alfonso? Y además de su platita, a los que votaron por él les dio sus buenos tragos de vino y mató un novillo, dicen, para tener asado todo el día, y de San Alfonso los hizo traer para acá en camión otra vez, tan bueno el futre dicen que decían, pero después desapareció porque se tuvo que ir a la capital a ver cómo fue la cosa... Mira cómo baila el Jefe de Estación con esa rucia... 
[...]
 Don Alejo se acercó a la mesa. Con sus ojos de loza azulina, de muñeca, de bolita, de santo de bulto, miró a la Manuela, que se estremeció como si toda su voluntad hubiera sido absorbida por esa mirada que la rodeaba, que la disolvía. ¿Cómo no sentir vergüenza de seguir sosteniendo la mirada de esos ojos portentosos con sus ojillos parduscos de escasas pestañas? Los bajó.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1980, pp. 96-100. ISBN: 84-02-05161-8.]