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domingo, 5 de marzo de 2023

Después del fin del arte.- Arthur C. Danto (1924-2013)


Qué es el arte?, Arthur C. Danto responde - hoyesarte.com
10.-Los museos y las multitudes sedientas


  «A causa de las cuestiones que suscita, me parece que la exposición Culture in Action fue un hito. Cristalizó muchos de los asuntos que nos dividen hasta hoy en distintos bandos, por lo que espero que se discutan hasta que se resuelvan. Algunos de ellos involucran inevitablemente al museo, y es sobre eso que quisiera hacer algunos comentarios. Hay temas en los que yo me he visto involucrado de varias maneras, y hablo en parte desde mi propia experiencia.

  1.-Arte público. Siempre hubo cierto tipo de arte público en Estados Unidos, en particular, la erección de monumentos conmemorativos. Pero en tiempos bastante recientes el espíritu de Verver se enfrenta al hecho de que el público no iría a los museos, pretendiendo que los museos vayan al público, poniendo “no monumentos” en espacios públicos para que el público respondiera de la misma manera —estéticamente— en que respondería a las obras en el museo. Esta estrategia fue sutilmente arquitectónica, en tanto que creaba un museo sin paredes para colonizar espacios en nombre del museo, a beneficio evidente del público. El mismo público no tuvo participación en la elección del arte, que fue determinado por lo que denominé el comisariado —expertos en arte que sabían, que podían evaluar lo que el público en general no conocía, lo que era bueno y lo que no—. No hay duda de que esto se puede leer como un juego de poder de los comisarios, y apareció como tal en uno de los mayores dramas artísticos de nuestro tiempo, el conflicto en torno al Tilted Arc de Richard Serra en la Plaza federal de Nueva York.
  Francamente, me enorgullece haber argumentado en mi columna de The Nation a favor del cambio de lugar de esa escultura —una posición que pienso que no fue tenida en cuenta por ninguna otra publicación en Estados Unidos—. Recuerdo que el editor de ArtForum, Tony Korner, decía que muchos estarían de acuerdo conmigo, aunque la revista no pudiera decir más que eso. Mientras se discutía sobre el tema, el mundo del arte hizo oídos sordos, pero no tuvo efecto: la pieza fue removida, y la vacía fealdad de la Plaza federal fue restituida al público para sus propios usos cotidianos. Según mi opinión esta controversia influyó más que cualquier otro evento concreto en la revelación del poder que tiene la realidad del museo sobre el público en general. Si bien los templos fueron siempre emblemas de poder, lo eran en una forma enmascarada por la espiritualidad de sus prácticas y revindicaciones. En tanto que los museos fueron presentados como templos de la verdad a través de la belleza, las realidades del poder fueron, a su vez, invisibles.

  2.-El arte del público. Habría dos modos de encarar esta problemática. Uno de ellos consiste en dar al público mayor posibilidad de expresión acerca del arte con el que va a vivir en espacios que no pertenecen al museo. Esto no debería presentar dificultades extraordinarias: verdaderamente, podría ser uno de los lugares donde la democracia participativa debería poder tener una oportunidad. El público al que involucra esa obra de arte debería poder participar en las decisiones que afectarán estéticamente su vida. Christo compromete todo el tiempo a un público específico, el proceso de decidir y hacer forma parte de la obra, y ella es en gran medida efímera —las generaciones posteriores no están conectadas con ella—. Sin embargo, esta decisión está basada aún en la idea del museo como lugar del arte en cuestión: los espacios extramuseísticos son, por el tiempo que dura esa obra, recintos cerrados separados del museo, las respuestas son respuestas de museo, y el público debe tener una información primaria como si se tratara de un cuerpo consultivo —en efecto, como un cuerpo de expertos en sus propios deseos, preferencias y anhelos—. La respuesta de algunos de los dueños de tierras de California ante el Running Fence de Christo —que fue hecho con el permiso que autorizó su consecución— se puede comparar en poesía e intensidad, por aquellos que lo vieron en la película de los hermanos Meisel, a la respuesta de Ruskin ante Veronese. Más adelante volveré a la idea de la estética participativa.
  Antes de pasar a considerar la otra alternativa —crear arte no museístico transformando al público mismo en artista—, uno debe reconocer que, una vez que se permita al público tomar decisiones del museo, ambos —el museo y el público— podrán determinar dónde, si es que se encuentra en alguna parte, dibujar una línea entre lo que se puede y lo que no se puede exhibir. En Estados Unidos nuestro público está muy habituado a las consecuencias de la censura de un arte con contenido sexual. Pero, recientemente, en Canadá se dio un tremendo alboroto por la adquisición de obras que fueron muy criticadas —Voice of Fire de Barnett Newman y Number 16 de Mark Rothko—. Una ventaja evidente de tribalizar el museo —de decir que el museo es para su propio arte para “ellos”— es que ahora pertenece a “ellos” determinar cuál debería ser “su” arte, y no es asunto del público que continúa fuera del museo. Excepto que la carga impositiva caiga por igual sobre todos “ellos”, esto puede llevar a un callejón sin salida la cuestión de la censura y otras similares. Nada de esto habría sido un problema para el museo de museos, al cual los Verver de la comunidad pueden mantener con sus enormes bolsillos. Tendrían que luchar con sus conciencias para colocar sus dólares en el arte más que en otras cosas buenas. Por otro lado, no se podrían hacer exposiciones como Culture in Action sin considerar los impuestos, que involucran a otros grupos —además de los autorizados por los fondos— para producir un arte para ellos mismos. Hubo un gran apoyo del National Endowment for the Arts, sin mencionar una larga lista de organizaciones exoneradas de impuestos. El programa no nos dice qué presupuesto exigió la operación completa, por eso no tengo idea de cuánto costó a los contribuyentes producir las golosinas We Got It! Con todo el esfuerzo que se hizo para venderlas a la población de Chicago, no deben haber dado mucho dinero; la gente no tenía más apetito por tratarse de un objeto artístico. Por otra parte, la golosina no pudo ser considerada como arte si la fábrica que la produjo no estuviera en un lugar en que sus fabricantes pudiesen obtener otros beneficios mientras producían We Got It! Aunque es evidente que Richard Serra no se vio obligado a erigir una planta laminadora de acero para obtener las enormes planchas de acero envejecido que requirió Tilted Arc. Esto es sólo un modo de decirlo.
DESPUES DEL FIN DEL ARTE: EL ARTE CONTEMPORANEO Y EL LINDE DE LA ...  Ahora, el arte contemporáneo tiene un rasgo que lo distingue de todo el arte hecho desde 1400, y es que sus principales ambiciones no son estéticas. Se trata de un modo primario de relación que no es el del clásico observador, sino de otros aspectos de las personas a las cuales se dirige ese arte; de ahí que el dominio primario de todo ese arte no sea el museo mismo, y tampoco ciertamente los espacios públicos constituidos en museo en virtud de haber sido ocupados por obras de arte que son estéticas en principio y las que, en su esencia, se dirigen a las personas como si fueran meros observadores. Escribí lo siguiente en un ensayo de 1992 en ArtForum: “Lo que vemos hoy día es un arte que busca un contacto más inmediato con la gente de lo que permite el museo… y el museo a su vez se esfuerza por acomodarse a las inmensas presiones que se le imponen desde dentro y fuera del arte. Entonces, tal como lo veo, nosotros somos testigos de una triple transformación —en el hacer arte, en las instituciones del arte y en el público del arte—“.No me sorprendió ver este pasaje citado a modo de justificación en Culture in Action. En parte, no me sorprendió, porque mi pensamiento estaba en cierta medida inspirado por el esfuerzo previo de Mary Jane Jacob, la principal promotora de la exhibición, una comisaria independiente de inmensa energía y visión social, cuya exhibición de arte concebido para un entorno específico, en Spoleto-USA, consideré notable.
 El arte extramuseístico abarca ciertos géneros no fácilmente considerados pertenecientes a los museos: el arte performativo, o el arte directo —We Got It! es un ejemplo significativo—, dirigido a una comunidad particular definida según pautas raciales, económicas, religiosas, sexuales, étnicas o nacionales —o según cualquier otra pauta que identifique comunidades—. La bienal Whitney de 1993 fue una antología de arte extramuseístico al que de repente se le dio un espacio de exhibición, en un museo que reconoció así la tendencia a la que me refiero. Me temo que detesté ver ese arte en un museo, aunque estaba muy predispuesto a defenderlo. Pero esto sólo muestra mi naturaleza políticamente retrógrada. La consecuencia natural de un arte propio es un museo propio: un museo de interés especial, tipificado por el Museo Judío de Nueva York en su retorno al tribalismo, o en el Museo Nacional de Mujeres en las Artes en Washington, donde la experiencia de las artes está conectada con la forma en que los individuos se relacionan con el arte de su comunidad, y que divide al público entre los involucrados en ese arte y el resto.[168] (La afirmación de que «el» museo ya está tribalizado descansa en la afirmación de que son justamente museos propios para diferentes «ellos» —dividiendo a la audiencia entre los hombres blancos o clase autorizada en un lado y los desautorizados o marginales en el otro).

  3.- ¿Pero eso es arte? En parte, lo que hace posible un arte basado en la comunidad, al menos del tipo ejemplificado por We Got It!, son ciertas teorías que realmente no fueron articuladas antes de principios de los setenta, o a finales de los sesenta como muy temprano, aunque se argumente que la base en que se apoyan dichas teorías fue puesta hacia 1915, cuando Marcel Duchamp presentó sus primeros ready-mades. La manifestación más radical de las teorías legitimadoras podría ser la de Joseph Beuys, quien creía que no sólo cualquier cosa podía ser una obra de arte, sino que, más radicalmente, cualquiera era un artista (lo que, por supuesto, es diferente de la idea de que cualquiera pueda ser un artista). Ambas están conectadas. Si el arte es estrechamente entendido en términos de pintura y escultura, se podría decir, entonces, que la última tesis significa que cualquiera es un pintor o un escultor, lo cual es visiblemente tan falso como que cualquiera es un músico o un matemático. No hay duda de que cualquiera puede hasta cierto punto aprender a dibujar o modelar, aunque habitualmente hasta muy cerca del punto en el cual la escultura o la pintura comienzan a ser arte. En mi opinión esto significa que en la legitimación de Beuys no hay espacio para esas gradaciones individuales. Es arte si es arte, de otra manera no es arte. Debe haber criterios especiales por medio de los cuales podamos distinguir We Got It! De otras golosinas, pero no se trata de los criterios con los cuales las golosinas se clasifican en mejores o peores —por sabor, tamaño, valor nutritivo u otros—. We Got It! puede tener alguna de las cualidades de las golosinas y seguir siendo arte aunque ellas sean sólo golosinas. Una golosina que sea una obra de arte no necesita ser una golosina especialmente buena. Sólo debe ser producida con la intención de ser arte. Uno puede incluso comérsela pues su propiedad de ser comestible es coherente con sus atributos como obra de arte. Y es digno observar que la primera de una serie de Beuys de lo que se llamaron «múltiples» consiste en una tableta de chocolate montada en un trozo de papel. Valdría la pena señalar las diferencias entre esta obra y We Got It! —y entre ambas y el inmenso bloque de chocolate que la joven artista conceptual Janine Antoni incorporó a su obra Gnaw, de 1993—. Se puede establecer la diferencia entre la subsistencia, el picoteo y la glotonería, y de aquí entre las condiciones nutricionales de un soldado, un goloso y un bulímico. Mientras tanto, con cierto uso irónico del sentido de la “calidad”, alguien nos podría advertir que los chocolates de Beuys tienen una “calidad especialmente alta” resultado de la pericia y del dinamismo del mercado secundario. Esto podría significar, entre otras cosas, que sus esquinas son agudas y sus bordes nítidos. Se podría pensar que esto no tiene nada que ver con el espíritu de lo múltiple como arte. Y sería semejante a pagar un alto precio por la pala de nieve de Duchamp basándose en que “ya no se hacen palas como ésa” —por ejemplo, por su manufactura y la dureza de su metal—. No hay mucho que hacer con el orden de significado del arte cuando las propias obras están hechas de chocolate.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Paidós Ibérica, 2010, en traducción de Elena Neerman Rodríguez  pp. 196-201. ISBN: 9788449323492.]

martes, 6 de julio de 2021

Diarios de viaje por España.- George Ticknor (1791-1871)


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Aragón


  «Al siguiente día, el cuarto de nuestro viaje, entramos en los duros páramos que comienzan en Cataluña y se extienden hasta bien entrado Aragón. Todo por aquí está seco, sin cultivar y triste. Parece como si hubiera sido quemado por un sol abrasador o arrasado por algún extraño principio de asolación. Los árboles desaparecen junto con la habitabilidad y los rebaños con los pastores. Y si por casualidad aparece un pueblo pequeño, es, como el resto de productos de este suelo duro y antipático, insignificante y miserable.
 Pronto cruzamos el pequeño pueblo de Alcaraz e, inmediatamente después, entramos en Aragón y llegamos a cenar a Fraga, que, asquerosa y ruinosa como está ahora, con una población de escasamente dos mil almas, tuvo una vez un rey independiente que gobernó las tierras yermas de su alrededor.

 Zaragoza. Los Sitios, 16 de mayo de 1818.

  A través de pueblos miserables como éste, residencia sólo de pobreza y sufrimiento, y a través de tales páramos, donde apenas unos pocos rebaños se salvan de morir de hambre gracias a sus pastores semisalvajes, que parecen sumitas, continuamos viajando durante un día y medio hasta que, el día dieciséis por la mañana, vimos ante nosotros las torres de Zaragoza en el horizonte, y sentimos un frescor a nuestra mano izquierda que emanaba del campo cultivado que bordea el Ebro. Pasamos el Gállego y entramos en una bonita avenida que debe haber sido magnífica antes de que todo fuera destruido por el último asedio y, atravesando la escena de la famosa batalla del veinte de agosto de 1710, que fue casi fatal para las pretensiones de Felipe V, llegamos a la misma entrada de esta ciudad extraordinaria.
 No tengo palabras para expresar lo que vi allí, pues es una gloria que no tiene parangón. Personajes tales que perviven en la historia de la humanidad y dejan tras ellos monumentos, que como ocurre con las antigüedades que no han perdurado hasta hoy, no hay manera de entenderlos correctamente ni explicarlos con justicia. Porque ¿cuáles son los rivales o modelos con los que compararlos para su correcta evaluación? En mi opinión, Leipzig, Lützen y Waterloo son, comparados con Zaragoza, campos de batalla ordinarios, en los que observo que la naturaleza humana puede estar acosada en semejantes empresas y mantenerse así un día, o dos, o tres. Pero ¿cómo puede esto resistirse durante meses, en realidad, casi durante un año, como sucedió en Zaragoza? No recuerdo otro ejemplo comparable, y tampoco soy capaz de procurarme una explicación cabal o satisfactoria.
 Mientras nos aproximábamos a la ciudad, los lados del camino estaban rodeados de ruinas, que apelan a un tiempo al corazón y a la imaginación. Salí del coche y caminé. Justo en ese momento encontramos los restos de un gran convento que ha servido de fortificación, y crucé para verlo. Los campesinos estaban arando a su alrededor y, mientras pasaba por los recientes surcos, pisaba a cada paso piezas de cuero, fragmentos de armaduras y yelmos, y a veces veía hasta huesos humanos que aún permanecían sin descomponerse totalmente y al descubierto tras el cultivo de nueve veranos. ¡Tan terrible fue la carnicería y tan pequeño el respeto por los huesos!
 El puente por el que se accede a la ciudad fue destruido durante el sitio y todavía no ha sido reparado completamente. Las casas próximas a él están casi todas demolidas, y las siguientes más o menos dañadas. Entramos en la ciudad. En muchas zonas aún se encuentran calles completas en ruinas. Y se han construido o se están construyendo grandes plazas en esta ciudad donde una vez vivió una numerosa y ajetreada población.
 Dado que la ciudad carecía completamente de murallas, los conventos y las iglesias se convirtieron en fortalezas y, puesto que ni una pulgada fue entregada sino por la fuerza, los dos ejércitos con frecuencia luchaban durante varios días desde lados opuestos de la misma calle. Me enseñaron dos calles donde los españoles, obligados a retirarse, lo hicieron tirando abajo los muros traseros de las casas. Continuaron entonces el fuego durante más de veinticuatro horas desde el otro lado desde donde aún podían ser apoyados. De esta manera, a los franceses les costó tres días de fuego ininterrumpido echarlos de los departamentos del frente de una línea de casas cuando ya estaban en posesión de la calle entera. Y después otro día para obligarlos a retirarse a través de los muros a la siguiente línea, donde todo lo que tenían que hacer era volver a comenzar la misma guerra.
 ¿Y cómo es posible que la naturaleza humana pueda tener tal fuerza y resolución? Entiendo que un individuo pueda estar constituido con tal valor en su carácter físico y moral para ser capaz de hacer esto; pero aquí no era sólo un hombre o una centena, eran sesenta mil, donde no sólo no había ni un traidor ni un cobarde, sino ninguno que no se sintiera mentalmente firme y seguro, e infatigable e invencible físicamente. ¿Cómo se puede explicar esto?

 El espíritu del pueblo

 Rindo homenaje al espíritu del pueblo que defendió Zaragoza, pero soy consciente de que hay que buscar otras causas, además de las morales, para explicar tal fenómeno. Es el mismo espíritu que en el 536 entregó sólo un montón de ruinas de Sagunto a Aníbal, y en el 621 en Numancia, después de tres sitios, no rindió más que una población masacrada a Escipión. Este espíritu, que me siento satisfecho de haber conocido, ha existido siempre en España y nunca en otro país.
Resultado de imagen de george ticknor diarios de viajeEste espíritu se pone de manifiesto en sus guerras, con los romanos, los godos y los moros. Se mostró meridianamente y en repetidas ocasiones en la Guerra de Sucesión, y todo español que conocía bien su país supo predecir la Revolución que estalló en 1808. Este es el espíritu moral de todas aquellas personas, quienes, aunque puedan ser humildes y abyectas en la relación con sus mandatarios nacionales, nunca se someten a la usurpación extranjera, sin importarles la forma que asuma. Pero no es suficiente explicación. Porque ¿cómo es que tienen la fuerza física necesaria para soportar este espíritu implacable?
 Rindo homenaje al carácter español y especialmente al aragonés. Confiaría mi cartera o mi vida sin dudar a un aragonés de la clase más baja. Pero esta robustez física proviene de su necesidad de civilización. Hasta este momento, el aragonés sabe poco de las conveniencias y nada de las comodidades de la vida. Y es que estaba tan lejos de todo esto durante los sufrimientos de un sitio, como casi lo estaba en sus tierras yermas, estériles y sin alegría, donde con frecuencia carecía de los medios de subsistencia suficientes casi la mitad del año.
 En resumen, está tan acostumbrada a privaciones y sufrimientos de todo tipo que puede soportar ser golpeado, mientras que un ejército de una nación más civilizada no puede aguantar ni las privaciones que siguen a una victoria. Por consiguiente, sólo debe evitar el desánimo. ¿Y quién ha visto alguna vez a un español desanimado? ¿Quién que conozca la historia de los Sitios de Sagunto, Numancia y Zaragoza puede ni siquiera sospechar que el español pueda llegar a estarlo?

 La Torre Nueva. La catedral vieja

 El día que pasamos aquí no pude hacer otra cosa sino dar vueltas entre estas terribles ruinas; sentía que no había visto ni en Alemania ni en Italia nada que indicara un carácter como éste. Hay, sin embargo, muchas cosas que merece la pena ver en Zaragoza y mi amigo Madrazo, quien tiene un excelente gusto y juicio, me las enseñó casi a pesar de mí mismo.
 En primer lugar, está la Torre Nueva, como se suele llamar, construida sin embargo en el año 1504, que está, o así me lo parece, tan fuera de la perpendicular como la famosa torre de Pisa, de la que todo el mundo ha leído u oído hablar. Y posee, además, otra característica notable: está construida con ladrillos. Desconozco su altura, pero es tan alta que son necesarios doscientos ochenta y cuatro escalones para llegar hasta la parte de arriba, donde te ves recompensado con una magnífica vista de la inmensa llanura de Zaragoza. […]
 La catedral, llamada –no sé por qué- la Seo, es, en su interior, uno de los ejemplos más nobles de la arquitectura gótica. […]

 La iglesia del Pilar

  Lo más bonito, sin embargo, que vi en Zaragoza en lo que al arte se refiere es la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, que exceptuando la mezcla de un poco de gótico en un extremo, que es de una arquitectura más antigua, es una iglesia que podría ser ciertamente enumerada entre las iglesias más notables de Italia, si estuviera al otro lado de los Alpes. Las proporciones son inimitables y además de su enorme riqueza y esplendor, los franceses la encontraron tan sagrada que se vieron obligados a respetarla.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Prensas Universitarias de Zaragoza, 2012, en traducción de Antonio Martín Ezpeleta, pp. 28-34. ISBN: 978-84-15538-25-7.]

sábado, 25 de abril de 2020

Las Siete Maravillas del mundo antiguo.- Kai Brodersen (1958)

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1.-Presentación de las Siete Maravillas del mundo
Las listas más antiguas de las maravillas del mundo

«La primera lista de las Siete Maravillas que se conserva íntegramente se encuentra en una antología (colección de poesías). Se trata de un manuscrito de la Bibliotheca Palatina de Heidelberg y por esa razón se lo denomina Anthologia Palatina. Uno de los poemas, atribuido a un tal Antípatro -se suele considerar a Antípatro de Sidón, de finales del siglo II a.C., como su autor- dice lo siguiente:
Y de la rocosa Babilonia la muralla accesible a los carros
y el Zeus junto al Alfeo contemplé,
también los Jardines Colgantes y el Coloso de Helios,
y la gran labor de las escarpadas pirámides
también el enorme sepulcro de Mausolo. Pero cuando vislumbré
de Artemis el templo alzándose hasta las nubes,
aquellos empalidecieron y dije: "¡Mira, salvo el Olimpo,
Helios jamás vio nada igual!"
 Antípatro nombra, por tanto, las mismas Siete Maravillas que aparecen tratadas detalladamente en nuestro libro: las Murallas de Babilonia, la Estatua de Zeus en Olimpia (situada junto al río Alfeo), los Jardines Colgantes de Babilonia, el Coloso de Helios en Rodas, las Pirámides de Egipto, el Mausoleo de Halicarnaso y, finalmente, celebrada como la obra más significativa, el Templo de Artemis en Éfeso.
 Todas ellas se hallaban en los reinos helenísticos incluidos dentro del área grecoparlante del Mediterráneo oriental (véase el mapa de la pág. 8). Como esta lista incluye el Coloso de Rodas, finalizado en el 292 a.C. (y destruido 66 años más tarde por un terremoto), pero no menciona el Faro de Alejandría, que suele ser incluido tardíamente entre las Siete Maravillas y que es apenas una docena de años posterior, el origen de esta idea de la siete obras maestras debe ser fechado, por consiguiente, a principios del siglo III a.C.
 El término "maravillas del mundo" fue acuñado, en la medida en que tenemos constancia del mismo, por el erudito romano Marco Terencio Varrón (116-27 a.C.), que en una obra casi completamente perdida habla de los septem opera in orbe terrae miranda, es decir, de las "siete obras que deben ser admiradas en el mundo". El que precisamente se trate de siete monumentos podría deberse a la gran importancia que esta cifra tenía en el pensamiento antiguo: de la Antigüedad clásica conocemos, por ejemplo, los siete sabios o los siete contra Tebas; de la Biblia, los siete días de la creación o los siete años de vacas gordas y los siete de vacas flacas. […]
Las Siete Maravillas del mundo antiguo - Alianza Editorial 
La Guía de Viaje por las Siete Maravillas del Mundo de Filón

 Cada una de las Siete Maravillas del Mundo [literalmente: espectáculos] es bien conocida de todos por su fama, pero pocos las han visto en persona, pues hay que viajar a Persia, navegar por el Éufrates, ir a Egipto, residir entre los eleos en Grecia, marchar a Halicarnaso en Caria, ponerse rumbo a Rodas y visitar Éfeso en Jonia. Aquél que deambulare por el mundo y quedare desfallecido por las fatigas del viaje, sólo vería satisfecho su deseo cuando hubiera pasado ya lo mejor de su vida a través de los años.
 Por eso la formación es algo asombroso y un gran regalo, ya que libera al hombre de viajar y le enseña en su propia casa cosas preciosas al dar ojos a su alma. Y lo curioso es que el que llega a los sitios, los ve sólo una vez, y al marcharse se olvida de ellos, pues el detalle de las obras está oculto y los recuerdos de cada cosa particular se desvanecen, mientras que el que gracias a mis palabras investiga lo que es digno de admiración y los productos de la actividad, observa como en un espejo toda la obra de arte y guarda de manera indeleble las características de cada una de estas imágenes, pues ha ido contemplando con el alma sus curiosidades.
 Lo que estoy diciendo se revelará convincente cuando mis palabras se encaminen con claridad a cada una de las Siete Maravillas del mundo y persuada al oyente para que afirme que ha tenido la impresión de haberlas contemplado. Y, en efecto, por lo común sólo se recibe con muestras de aprobación a las cosas que se ven iguales pero se admiran de un modo distinto. Lo bello, al igual que el sol, no deja de contemplar las demás cosas cuando él mismo reluce.
 Según este prólogo, el autor pretende ahorrar a sus lectores el fatigoso viaje a las maravillas del mundo, ofreciéndoles una bella descripción de los Jardines Colgantes de Babilonia, de las Pirámides de Egipto, de la Estatua de Zeus en Olimpia, del Coloso de Rodas, de las Murallas de Babilonia y del Templo de Artemis en Éfeso en esta misma sucesión. La del Mausoleo de Halicarnaso, también anunciada, no se ha conservado.
 ¿Quién era este autor? Filón de Bizancio, bajo cuya autoría se hace pasar la Guía de viaje por la Siete Maravillas del mundo, fue un ingeniero griego en activo en torno al 200 a.C. De sus escritos sólo se han conservado en griego algunas partes. Sin embargo, a partir de estos fragmentos se puede apreciar con claridad que los escritos de Filón eran trabajos objetivos, por no decir libros técnicos redactados de manera muy seca, cuyos datos son en ocasiones tan precisos que permiten reconstruir en la actualidad las máquinas de guerra que describe.»
    
     [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2010, en traducción de Francisco Javier Martínez García. ISBN: 978-84-206-4978-8.]

martes, 4 de febrero de 2020

Los tres viajes alrededor del mundo. Diarios.- James Cook (1728-1779)

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Segundo viaje
Descripción de la isla de Pascua

«Ninguna nación tiene interés en reivindicar el descubrimiento de esta isla, pues pocos lugares del mundo ofrecen menos comodidades para la navegación. No hay un fondeadero seguro ni agua dulce útil para llevarse. La naturaleza se ha mostrado muy avara con sus dones hacia esta isla. Todo se debe hacer crecer a fuerza de fatiga, y no hay pues razón para que sus habitantes planten más allá de cuanto ellos necesitan, y dado que no son numerosos es imposible que tengan mucho de superfluo para poner a disposición de los extranjeros de paso. Los productos de la isla son: patatas, ñames, raíces de taro, bananas y caña de azúcar, todo de buena calidad, especialmente las patatas, que son, en su especie, las mejores que jamás haya comido. Tienen también calabazas pero en una cantidad tan pequeña que un racimo de nueces de coco era lo más preciado que pudiéramos darles. Tienen también algunas aves domesticadas, tales como gallos y gallinas, pequeñas pero con buen sabor. También hay ratones, y creo que se los comen, pues vi a un hombre con algunos muertos en la mano y no quería desprenderse de ellos, dándome a entender que estaban destinados a su nutrición. Casi no había pájaros terrestres y pocas aves marinas; tan sólo pájaros tropicales, algunos cola de paja, etc. Tampoco había abundancia de peces en la costa; en todo caso, fueron muy pocos los que vimos en manos de los indígenas.
  Tales son los productos de la isla de Pascua o tierra de Davis, que está situada en la latitud sur a 27º 5’ 30’’, longitud oeste a 109º 46’ 20’’. Su contorno es de unas diez a doce leguas, con superficie pedregosa y montañosa y una costa escarpada. Sus colinas tienen una altura que permite verlas desde cuarenta o cincuenta leguas. Frente al extremo meridional hay dos islotes de roca situados cerca de la ensenada. Las puntas del norte y este de la isla se elevan directamente desde el mar con una altura considerable; entre ellas, por el sureste, la costa forma una bahía abierta donde creo que fondearon los holandeses. Echamos ancla, según he dicho, al lado oeste de la isla, a tres millas al norte de la punta meridional, con la playa de arena que nos quedaba al estesureste. Es una buena rada con viento del este, pero peligrosa con viento del oeste, lo mismo que debe serlo la otra, al lado sur, con viento del este.
  Por esta razón, y a causa de los demás inconvenientes ya mencionados, tan sólo en caso de necesidad absoluta debería alguien decidirse a tocar esta isla, a menos que no pudiera hacerlo sin un gran desvío, y en este caso tocar aquí podría tener sus ventajas, pues los habitantes ofrecen gustosos y con facilidad de lo poco de que disponen y a precios razonables. Los pocos víveres que nos sirvieron fueron sin duda un gran alivio, pero un navío debe tener ciertamente auténtica necesidad de agua para arribar aquí y eso es justamente lo que uno puede venir a buscar. Subimos a bordo algo de agua, que no era potable, pues no se trata sino de agua salada filtrada a través de una playa de arena en un pozo construido por los nativos con este fin, un poco al sur de la playa de arena de la que he hablado, y el agua subía y bajaba en el interior con la marea.
  No debe haber en esta isla más de seis o setecientos habitantes, y más de dos tercios de los que vimos eran del sexo masculino. O bien las mujeres son pocas aquí, o a muchas se les impidió ser vistas durante nuestra estancia. Nada, sin embargo, parecía aparentemente indicar que los hombres fueran de un temperamento celoso o que las mujeres temieran mostrarse en público, pero es ciertamente un motivo de esta naturaleza lo que determina su conducta. Por su color, las costumbres y la lengua, tienen una semejanza tan grande con los pueblos de las islas más occidentales que nadie puede dudar de su origen común. Es extraordinario que la misma raza se haya expandido en todas las islas de este vasto océano, desde Nueva Zelanda a esta isla, pues ello abarca casi un cuarto de la circunferencia del globo. Muchos de ellos no poseen ningún conocimiento mutuo, unos de otros, más que los transmitidos por antiguas tradiciones en el transcurso de los tiempos; se puede decir que se han convertido en naciones distintas y cada una ha adoptado una costumbre o uso particular. No obstante, un observador atento no tardará en descubrir las afinidades que tienen entre sí.
  Los habitantes de esta isla son, en general, de una raza débil y su talla es pequeña. No he visto ningún hombre que llegara a los seis pies de altura, tanto es lo que les aleja de ser unos gigantes, según afirma uno de los autores del Viaje de Roggewin. Son vivaces y activos, con rasgos regulares bastante agradables, bien dispuestos y hospitalarios con los extranjeros, pero rivalizando con sus vecinos por su propensión al hurto.
  El tatuaje, o marcas sobre la piel, está muy extendido en esta isla. Los hombres están marcados de pies a cabeza con signos más o menos iguales, a los que dan direcciones distintas según sus gustos. Las mujeres van menos marcadas, pero se adornan con pintura roja y blanca; también los hombres suelen pintarse; el rojo se hace con tamarisco, pero no sé de dónde sacan el blanco… Confieso que ignoro por completo en qué consiste el poder o la autoridad de los jefes, o el gobierno de estos pueblos.
  Tampoco conocemos su religión mucho mejor. Las gigantescas estatuas tan a menudo mencionadas no son ídolos, nada indica que lo sean por el modo como son hoy en día consideradas por los habitantes de la isla, aunque pudieron serlo cuando los holandeses visitaron la isla. Creo más bien que se trata de las sepulturas de ciertas tribus o familias. He visto, y también otras personas, un esqueleto humano que se acababa de cubrir de piedras, extendido sobre una de las terrazas. Hay terrazas de albañilería que tienen treinta o cuarenta pies de longitud, de doce a dieciséis de ancho por tres a doce de alto. La altura depende de la naturaleza del suelo. Estas estatuas se hallan por lo general justo al borde de los acantilados y de cara al mar, de suerte que de este lado pueden llegar a medir diez o doce pies de altura, o más, midiendo del otro tres o cuatro únicamente. En la fachada están construidas por grandes piedras talladas con un trabajo no inferior al de las mejores obras de albañilería simple que hemos visto en Inglaterra. No se emplea ningún tipo de cemento y, no obstante, las juntas son extremadamente prietas, con las piedras muescadas e insertadas unas en las otras con enorme pericia. Los muros de los lados no son perpendiculares, sino algo inclinados hacia dentro, de la misma forma que se construyen los parapetos en Europa. Y, sin embargo, tanto cuidado, tanto esfuerzo y destreza no han podido preservar esos curiosos monumentos de los estragos del tiempo, que lo devora todo.
  La mayor parte de las estatuas se levanta sobre estas plataformas que les sirven de base. Están talladas hasta medio cuerpo, en la medida en que se puede juzgar,  y terminan en una especie de tronco que llega hasta la base sobre la que se apoyan. El trabajo es algo grosero, pero no malo, y no están mal indicados los rasgos del rostro, especialmente la nariz y la barbilla, pero con unas orejas de una longitud desmesurada; en cuanto al cuerpo, apenas se puede decir que tenga una forma humana.
  Tan sólo he tenido ocasión de examinar dos o tres de estas estatuas próximas al desembarcadero; eran de piedra gris, que parecía ser del mismo tipo que la de las plataformas. Pero algunos de nuestros señores que recorrieron la isla examinando varias de ellas, eran de la opinión que la piedra de la que estaban hechas era diferente de cualquier otra que hubiesen visto en la isla, y tenía el aspecto de ser facticia. Nos costaba imaginar cómo esos isleños totalmente desprovistos de medios mecánicos pudieron levantar estas sorprendentes esculturas y colocar luego sobre sus cabezas las grandes piedras cilíndricas de las que ya he hablado. El único procedimiento que puedo imaginar sería elevar un extremo poco a poco, sosteniéndolo con piedras a medida que se levanta y construyendo debajo hasta tenerla de pie. Se habría hecho así una especie de montículo o de andamio que luego se retiraría. Pero si se trata de bloques que no son de una sola pieza, o facticios, las estatuas pudieron erigirse en el lugar en su posición actual, o colocar luego el cilindro superior mediante la construcción de un montículo circular, tal como ya he expuesto. Fuera por éste o por otros medios, debió de ser una obra de largo aliento y muestra bien el grado de empresa y perseverancia de estos isleños en la época en que se levantaron las estatuas. Los que actualmente habitan la isla no han tenido nada que ver, ya que ni siquiera han reparado los fundamentos de las estatuas que se deterioran. Las llaman con nombres diferentes, tales como Gotomoaro, Marapti Kanaro, Gohounitougou, Matta-Matta, etc., precedidos a veces del nombre Moi, o seguidos del nombre Driki. Si hemos entendido bien, esta última palabra significa “jefe” y la primera “lugar de sepultura” o “de sueño”.»

       [El texto pertenece a la edición en español de José J. de Olañeta, Editor, 2000, en traducción de Mateu Grimalt. ISBN: 84-7651-862-5.]