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domingo, 5 de marzo de 2023

Después del fin del arte.- Arthur C. Danto (1924-2013)


Qué es el arte?, Arthur C. Danto responde - hoyesarte.com
10.-Los museos y las multitudes sedientas


  «A causa de las cuestiones que suscita, me parece que la exposición Culture in Action fue un hito. Cristalizó muchos de los asuntos que nos dividen hasta hoy en distintos bandos, por lo que espero que se discutan hasta que se resuelvan. Algunos de ellos involucran inevitablemente al museo, y es sobre eso que quisiera hacer algunos comentarios. Hay temas en los que yo me he visto involucrado de varias maneras, y hablo en parte desde mi propia experiencia.

  1.-Arte público. Siempre hubo cierto tipo de arte público en Estados Unidos, en particular, la erección de monumentos conmemorativos. Pero en tiempos bastante recientes el espíritu de Verver se enfrenta al hecho de que el público no iría a los museos, pretendiendo que los museos vayan al público, poniendo “no monumentos” en espacios públicos para que el público respondiera de la misma manera —estéticamente— en que respondería a las obras en el museo. Esta estrategia fue sutilmente arquitectónica, en tanto que creaba un museo sin paredes para colonizar espacios en nombre del museo, a beneficio evidente del público. El mismo público no tuvo participación en la elección del arte, que fue determinado por lo que denominé el comisariado —expertos en arte que sabían, que podían evaluar lo que el público en general no conocía, lo que era bueno y lo que no—. No hay duda de que esto se puede leer como un juego de poder de los comisarios, y apareció como tal en uno de los mayores dramas artísticos de nuestro tiempo, el conflicto en torno al Tilted Arc de Richard Serra en la Plaza federal de Nueva York.
  Francamente, me enorgullece haber argumentado en mi columna de The Nation a favor del cambio de lugar de esa escultura —una posición que pienso que no fue tenida en cuenta por ninguna otra publicación en Estados Unidos—. Recuerdo que el editor de ArtForum, Tony Korner, decía que muchos estarían de acuerdo conmigo, aunque la revista no pudiera decir más que eso. Mientras se discutía sobre el tema, el mundo del arte hizo oídos sordos, pero no tuvo efecto: la pieza fue removida, y la vacía fealdad de la Plaza federal fue restituida al público para sus propios usos cotidianos. Según mi opinión esta controversia influyó más que cualquier otro evento concreto en la revelación del poder que tiene la realidad del museo sobre el público en general. Si bien los templos fueron siempre emblemas de poder, lo eran en una forma enmascarada por la espiritualidad de sus prácticas y revindicaciones. En tanto que los museos fueron presentados como templos de la verdad a través de la belleza, las realidades del poder fueron, a su vez, invisibles.

  2.-El arte del público. Habría dos modos de encarar esta problemática. Uno de ellos consiste en dar al público mayor posibilidad de expresión acerca del arte con el que va a vivir en espacios que no pertenecen al museo. Esto no debería presentar dificultades extraordinarias: verdaderamente, podría ser uno de los lugares donde la democracia participativa debería poder tener una oportunidad. El público al que involucra esa obra de arte debería poder participar en las decisiones que afectarán estéticamente su vida. Christo compromete todo el tiempo a un público específico, el proceso de decidir y hacer forma parte de la obra, y ella es en gran medida efímera —las generaciones posteriores no están conectadas con ella—. Sin embargo, esta decisión está basada aún en la idea del museo como lugar del arte en cuestión: los espacios extramuseísticos son, por el tiempo que dura esa obra, recintos cerrados separados del museo, las respuestas son respuestas de museo, y el público debe tener una información primaria como si se tratara de un cuerpo consultivo —en efecto, como un cuerpo de expertos en sus propios deseos, preferencias y anhelos—. La respuesta de algunos de los dueños de tierras de California ante el Running Fence de Christo —que fue hecho con el permiso que autorizó su consecución— se puede comparar en poesía e intensidad, por aquellos que lo vieron en la película de los hermanos Meisel, a la respuesta de Ruskin ante Veronese. Más adelante volveré a la idea de la estética participativa.
  Antes de pasar a considerar la otra alternativa —crear arte no museístico transformando al público mismo en artista—, uno debe reconocer que, una vez que se permita al público tomar decisiones del museo, ambos —el museo y el público— podrán determinar dónde, si es que se encuentra en alguna parte, dibujar una línea entre lo que se puede y lo que no se puede exhibir. En Estados Unidos nuestro público está muy habituado a las consecuencias de la censura de un arte con contenido sexual. Pero, recientemente, en Canadá se dio un tremendo alboroto por la adquisición de obras que fueron muy criticadas —Voice of Fire de Barnett Newman y Number 16 de Mark Rothko—. Una ventaja evidente de tribalizar el museo —de decir que el museo es para su propio arte para “ellos”— es que ahora pertenece a “ellos” determinar cuál debería ser “su” arte, y no es asunto del público que continúa fuera del museo. Excepto que la carga impositiva caiga por igual sobre todos “ellos”, esto puede llevar a un callejón sin salida la cuestión de la censura y otras similares. Nada de esto habría sido un problema para el museo de museos, al cual los Verver de la comunidad pueden mantener con sus enormes bolsillos. Tendrían que luchar con sus conciencias para colocar sus dólares en el arte más que en otras cosas buenas. Por otro lado, no se podrían hacer exposiciones como Culture in Action sin considerar los impuestos, que involucran a otros grupos —además de los autorizados por los fondos— para producir un arte para ellos mismos. Hubo un gran apoyo del National Endowment for the Arts, sin mencionar una larga lista de organizaciones exoneradas de impuestos. El programa no nos dice qué presupuesto exigió la operación completa, por eso no tengo idea de cuánto costó a los contribuyentes producir las golosinas We Got It! Con todo el esfuerzo que se hizo para venderlas a la población de Chicago, no deben haber dado mucho dinero; la gente no tenía más apetito por tratarse de un objeto artístico. Por otra parte, la golosina no pudo ser considerada como arte si la fábrica que la produjo no estuviera en un lugar en que sus fabricantes pudiesen obtener otros beneficios mientras producían We Got It! Aunque es evidente que Richard Serra no se vio obligado a erigir una planta laminadora de acero para obtener las enormes planchas de acero envejecido que requirió Tilted Arc. Esto es sólo un modo de decirlo.
DESPUES DEL FIN DEL ARTE: EL ARTE CONTEMPORANEO Y EL LINDE DE LA ...  Ahora, el arte contemporáneo tiene un rasgo que lo distingue de todo el arte hecho desde 1400, y es que sus principales ambiciones no son estéticas. Se trata de un modo primario de relación que no es el del clásico observador, sino de otros aspectos de las personas a las cuales se dirige ese arte; de ahí que el dominio primario de todo ese arte no sea el museo mismo, y tampoco ciertamente los espacios públicos constituidos en museo en virtud de haber sido ocupados por obras de arte que son estéticas en principio y las que, en su esencia, se dirigen a las personas como si fueran meros observadores. Escribí lo siguiente en un ensayo de 1992 en ArtForum: “Lo que vemos hoy día es un arte que busca un contacto más inmediato con la gente de lo que permite el museo… y el museo a su vez se esfuerza por acomodarse a las inmensas presiones que se le imponen desde dentro y fuera del arte. Entonces, tal como lo veo, nosotros somos testigos de una triple transformación —en el hacer arte, en las instituciones del arte y en el público del arte—“.No me sorprendió ver este pasaje citado a modo de justificación en Culture in Action. En parte, no me sorprendió, porque mi pensamiento estaba en cierta medida inspirado por el esfuerzo previo de Mary Jane Jacob, la principal promotora de la exhibición, una comisaria independiente de inmensa energía y visión social, cuya exhibición de arte concebido para un entorno específico, en Spoleto-USA, consideré notable.
 El arte extramuseístico abarca ciertos géneros no fácilmente considerados pertenecientes a los museos: el arte performativo, o el arte directo —We Got It! es un ejemplo significativo—, dirigido a una comunidad particular definida según pautas raciales, económicas, religiosas, sexuales, étnicas o nacionales —o según cualquier otra pauta que identifique comunidades—. La bienal Whitney de 1993 fue una antología de arte extramuseístico al que de repente se le dio un espacio de exhibición, en un museo que reconoció así la tendencia a la que me refiero. Me temo que detesté ver ese arte en un museo, aunque estaba muy predispuesto a defenderlo. Pero esto sólo muestra mi naturaleza políticamente retrógrada. La consecuencia natural de un arte propio es un museo propio: un museo de interés especial, tipificado por el Museo Judío de Nueva York en su retorno al tribalismo, o en el Museo Nacional de Mujeres en las Artes en Washington, donde la experiencia de las artes está conectada con la forma en que los individuos se relacionan con el arte de su comunidad, y que divide al público entre los involucrados en ese arte y el resto.[168] (La afirmación de que «el» museo ya está tribalizado descansa en la afirmación de que son justamente museos propios para diferentes «ellos» —dividiendo a la audiencia entre los hombres blancos o clase autorizada en un lado y los desautorizados o marginales en el otro).

  3.- ¿Pero eso es arte? En parte, lo que hace posible un arte basado en la comunidad, al menos del tipo ejemplificado por We Got It!, son ciertas teorías que realmente no fueron articuladas antes de principios de los setenta, o a finales de los sesenta como muy temprano, aunque se argumente que la base en que se apoyan dichas teorías fue puesta hacia 1915, cuando Marcel Duchamp presentó sus primeros ready-mades. La manifestación más radical de las teorías legitimadoras podría ser la de Joseph Beuys, quien creía que no sólo cualquier cosa podía ser una obra de arte, sino que, más radicalmente, cualquiera era un artista (lo que, por supuesto, es diferente de la idea de que cualquiera pueda ser un artista). Ambas están conectadas. Si el arte es estrechamente entendido en términos de pintura y escultura, se podría decir, entonces, que la última tesis significa que cualquiera es un pintor o un escultor, lo cual es visiblemente tan falso como que cualquiera es un músico o un matemático. No hay duda de que cualquiera puede hasta cierto punto aprender a dibujar o modelar, aunque habitualmente hasta muy cerca del punto en el cual la escultura o la pintura comienzan a ser arte. En mi opinión esto significa que en la legitimación de Beuys no hay espacio para esas gradaciones individuales. Es arte si es arte, de otra manera no es arte. Debe haber criterios especiales por medio de los cuales podamos distinguir We Got It! De otras golosinas, pero no se trata de los criterios con los cuales las golosinas se clasifican en mejores o peores —por sabor, tamaño, valor nutritivo u otros—. We Got It! puede tener alguna de las cualidades de las golosinas y seguir siendo arte aunque ellas sean sólo golosinas. Una golosina que sea una obra de arte no necesita ser una golosina especialmente buena. Sólo debe ser producida con la intención de ser arte. Uno puede incluso comérsela pues su propiedad de ser comestible es coherente con sus atributos como obra de arte. Y es digno observar que la primera de una serie de Beuys de lo que se llamaron «múltiples» consiste en una tableta de chocolate montada en un trozo de papel. Valdría la pena señalar las diferencias entre esta obra y We Got It! —y entre ambas y el inmenso bloque de chocolate que la joven artista conceptual Janine Antoni incorporó a su obra Gnaw, de 1993—. Se puede establecer la diferencia entre la subsistencia, el picoteo y la glotonería, y de aquí entre las condiciones nutricionales de un soldado, un goloso y un bulímico. Mientras tanto, con cierto uso irónico del sentido de la “calidad”, alguien nos podría advertir que los chocolates de Beuys tienen una “calidad especialmente alta” resultado de la pericia y del dinamismo del mercado secundario. Esto podría significar, entre otras cosas, que sus esquinas son agudas y sus bordes nítidos. Se podría pensar que esto no tiene nada que ver con el espíritu de lo múltiple como arte. Y sería semejante a pagar un alto precio por la pala de nieve de Duchamp basándose en que “ya no se hacen palas como ésa” —por ejemplo, por su manufactura y la dureza de su metal—. No hay mucho que hacer con el orden de significado del arte cuando las propias obras están hechas de chocolate.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Paidós Ibérica, 2010, en traducción de Elena Neerman Rodríguez  pp. 196-201. ISBN: 9788449323492.]

lunes, 25 de noviembre de 2019

Los jardines de Beatriz.- José María Latorre (1945-2014)

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Capítulo 4: Una exposición de pintura después del tenis

«Augusto les dio la espalda, temeroso de que le reconocieran, y centró su atención en un desnudo femenino en el que la cabeza había sido sustituida por una espiral tricolor, roja, azul y negra; el espacio alrededor del cuerpo estaba formado por diminutas figuras cúbicas y manchas de caprichosas formas y distintos colores que creaban la impresión de ser una cohorte de admiradores o de celosos vigilantes de la desnudez. A la inversa de lo que suelen hacer quienes contemplan un cuadro -retroceder unos pasos para observarlo a cierta distancia-, Augusto se aproximó a él para leer la firma del pintor. Era una pintora: Isabel R.
 -Audaz, ¿no le parece que es realmente audaz? -alguien que parecía hablarle al oído le hizo volverse sobresaltado. Un hombre de unos sesenta años, inverosímilmente delgado, vestido con un traje dos o tres tallas mayor de lo que necesitaba, con barba canosa y moño prendido con una aguja de joyería, le dedicó una mirada cómplice-. Eres uno de los pocos que ha acertado a hacer lo que debía; seré más atrevido, de todos los que estamos en esta sala sólo tú y yo nos hemos dado cuenta de que este cuadro exige a gritos ser admirado de cerca. Y fíjate bien en que no he dicho "necesita" sino "exige a gritos". Es un cuadro caliente, atrae igual que el abismo a los suicidas..., y si te descuidas, quema; yo diría que uno de los dones que posee nuestra querida Isabel es el de haber sabido aplicar la hipnosis a la pintura. Tiene una tonalidad entre poética y siniestra, tras la que despuntan destellos de una cierta ternura reprimida. La vieja dicotomía entre la forma y el fondo se expresa de un modo poco complaciente..., nada pacífico diría yo... No hay duda de que es una artista excepcional.
 Augusto se volvió a mirar el elogiado cuadro intentando encontrar algo en él que justificara tanta palabrería.
 -Sí -hizo un gesto para marcharse pero el otro se lo impidió  cogiéndole por un brazo.
 -Observa este otro cuadro... -el hombre del moño señaló un lienzo que se hallaba colgado junto al desnudo: un confuso collage; una mano vellosa asomó por la boca de la manga de la chaqueta beige-. Para cualquiera que sepa mirar debería ser evidente que existe una voluntad de búsqueda del equilibrio que, para que el arte sea operativo de verdad, forzosamente debe surgir de la inestabilidad del artista. Para cualquiera que tenga ojos, claro... ¿Quieres saber una teoría? A menudo pienso que la condición sine qua non para ejercer como crítico de arte es tener amplios conocimientos de psiquiatría: el auténtico artista nos abre su mente sin pudor y es tarea obligatoria del crítico saber interpretarla, igual que un psiquiatra hace con su paciente.
 -Conozco a críticos de música y de literatura que no lo consideran una condición -dijo Augusto, molesto; en realidad, no conocía a ningún crítico.
 -Me refería a críticos de pintura, a críticos de arte.
 -¿Tratas de decir que la literatura y la música no son arte? ¿Qué sólo es arte la pintura? -no tenía ningún deseo de entablar una discusión: si dijo eso fue para ahuyentar al hombre de su lado.
 La doble pregunta de Augusto surtió el efecto deseado: su interlocutor lo miró con desagrado y se alejó en silencio para integrarse en un grupo que, a juzgar por los retazos de conversación que le llegaban, discutía sobre la pertinencia de aplicar a las naturalezas muertas colores agresivos, fuertes, que rompieran la idea de la quietud.
  Augusto se volvió de espaldas. No podía soportar la jerga de los críticos ni la costumbre de asociar automáticamente el término arte con el turbio negocio de los lienzos emborronados, sin aclarar nunca qué es el arte para quien pinta, qué es el arte para quien expone y vende, qué es el arte para los autodenominados críticos y qué es el arte para el público que visita las galerías de pintura y para los poderosos que invierten en cuadros caros un pellizco de sus fortunas. Cerca de él, dos hombres apostaban sobre cuál sería el país donde tendría lugar el primer estallido bélico a lo largo de las próximas veinticuatro o cuarenta y ocho horas; uno de ellos, el más joven, se inclinaba por Argelia, el otro lo hacía por Rusia. Ambos le miraron como invitándole a que participara en la discusión, mas no se dio por aludido. Empezaba a sentirse asqueado de estar allí.
 Se abrió paso como pudo a través del gentío, procurando dar la espalda en todo momento a Beatriz Fuster y a la rubia, y se aproximó a la mesa de los canapés y las bebidas, donde, al cabo de un rato y después de haber tenido que soportar varios codazos ilustrados, consiguió que le sirvieran un vaso de whisky con más hielo que líquido. Deseaba secarse el sudor que le resbalaba por el cuello, pero pensaba que su gesto llamaría la atención en una reunión donde nadie parecía sudar.
 -Lo que más me agrada es el acoplamiento de las figuras en el interior de los lienzos -oyó Augusto que decía una mujer mientras se abanicaba con el catálogo de la exposición.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Tierra, 2002. ISBN: 84-932408-3-4.]

viernes, 21 de junio de 2019

Todo Ubú.- Alfred Jarry (1873-1907)


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Confesión de un hijo del siglo
(Personajes: Padre Ubú, su Conciencia)
En el dormitorio del Padre Ubú.

«Padre Ubú: ¿El siglo? ¿Pero no comenzó el año pasado? ¡Oh, cómo pasa el tiempo! Ahora recuerdo que el año pasado como no me encontraba con ganas de moverme, pensé que mi vagancia adelantaba.
 Conciencia: Y de ese modo, por culpa vuestra, montones de gentes que no admiten otra verdad que la que sale de vuestra boca, todavía no saben si fue con el año pasado, o con éste, cuando comienza el siglo XX. ¿No os da vergüenza, Padre Ubú?
 Padre Ubú: Nunca sentimos vergüenza, señor conciencia mía. En primer lugar, por cuestión de principios. Así que contened vuestra lengua. Esas gentes a que os referís no son más que idiotas; sé muy bien lo que me digo. Por mis conocimientos de meteorología, y porque así me viene en gana, puedo asegurar que hoy es cuando empieza el siglo XX. Pero si tal cosa no me placiera, afirmaría que mi reloj de siglos retrasa y que, cuando ocurrió, fue el año pasado. Además, sea como fuere, ello no impide que este despertador secular haga el mismo ruido todos los años. Mas como no tiene garantía más que para dos, sabré tener paciencia. Espero que el año que viene no funcione ya y me deje tranquilo de una vez.
 Conciencia: Padre Ubú, ¿os habéis preparado para lo que tenéis costumbre de hacer cada comienzo de siglo?
 Padre Ubú: ¿A qué os referís? ¿A cambiarme de camisa? Pienso que sería hacerlo con demasiada frecuencia.
 Conciencia: No. No hablaba de la colada de los revestimientos de vuestra panza, Padre Ubú, sino del lavado de vuestra alma. No descuidéis este último. ¿Quién puede atreverse a asegurar que vivirá cien años más?
  Padre Ubú: Nada en absoluto comprendo de lo que me estáis diciendo, señor.
 Conciencia: Tiempo es de que hagáis vuestro examen de conciencia, la recapitulación de todo lo bueno y lo malo que habéis vivido durante la última centuria. Sobre todo, porque pocas aventuras hay en que no os hayáis visto mezclado, aunque no os importara un comino su meollo. En el fondo, sois responsable de todo lo que ha ocurrido, y así el mundo va como va.
 Padre Ubú: Como va de bien, querréis decir, señor. Pues si dirigimos el mundo al revés, como si se tratase de un río que fluye hacia su manantial, es, precisamente, para conseguir que cada vez esté más lejos de su fin. En cualquier caso, de acuerdo. Consentiré en darme bombo en vuestra presencia, señor conciencia mía. De mis últimas hazañas no me acuerdo demasiado bien. Es decir, de cuando era Napoleón o Faraón y hacia admirar a mis soldados los siglos encaramados en lo alto de las pirámides... Bueno, pero no importa. Todo ello quedó ya impreso para hacer creer que ocurrió y para que sirva para la educación de los niños. Y eso fue en  tiempos prehistóricos, es decir, cuando ni siquiera había aparecido nuestro anterior Almanaque, que, dicho sea de paso, tenía menos páginas que el presente, porque yo era pequeño.
 Conciencia: ¿Os habéis acercado a la Exposición Universal, Padre Ubú?
 Padre Ubú: Teniendo en cuenta que ninguna manifestación de la industria humana nos debe resultar ajena, sí, señor, nos hemos acercado.
 Conciencia: ¿Cuántas veces?
 Padre Ubú: ¡Oh, mucha es vuestra indiscreción...! La verdad es que no me acuerdo... ¡Ah, sí! Una vez nada más, como máximo. Entré por una puerta y salí por la otra, cosa que no fueron capaces de hacer las miríadas de pasmarotes atrapados en aquel recinto como en una ratonera. Si mi designio hubiera sido ver a los visitantes, podría haberlos visto en su medio natural en los bulevares de la ciudad de cada uno. Y en cuanto a las casetas alineadas y demás barracones, en absoluto me han interesado. Ninguna gana tenía de contemplar alguna de las curiosidades que pregonaban mostrar, pues por "curiosidad" entiendo yo algún objeto que descubro solo y por mí mismo, en el curso de mis expediciones particulares a territorios bárbaros... ¡Sí! Prefiero que se me deje descubrir por mis propios medios. El más hermoso objeto de arte acaba por banalizarse si es puesto al alcance de la mayoría... No me entretuve en la Exposición por la misma causa por la que no acostumbro leer manuales de divulgación, ni a cubrir mi barriga si no es con ropa de encargo, ni a montar en ómnibus.
 Conciencia: Dado que os gusta no hacer nada como los demás, os imagino muy interesado por la reforma de la ortografía...
 Padre Ubú: Más bien poco, señor. Y me sorprende que se atreva a fatigarme la inteligencia interrogándome sobre tal inepcia.
 Conciencia: Sin embargo, Padre Ubú, en modo alguno podéis negar que, por ejemplo, preferís escribir oneja y phinanza...
 Padre Ubú: ¿Tendrá eso algo que ver? Los individuos que quieren cambiar la ortografía no tienen idea de nada y yo sí. Ellos trastornan la total estructura de las palabras y, so pretexto de simplificación, las destrozan. Por mi parte, las perfecciono y embellezco a mi imagen y semejanza. Escribo phinanza y oneja porque pronuncio phinanza y oneja y, sobre todo, para subrayar que se trata de phinanzas y de onejas especiales, personales, en cantidad tal y con tales cualidades, que nadie dispone de ellas sino yo. Y si a la gente le parece mal, empezaré a escribir honejas y fimpanzas a partir de ahora, y el que siga reclamando caerá de cabeza en mi saco.
 Conciencia: Os estáis pasando de la raya, padre Ubú. Nos veremos obligado a presentar una demanda ante el señor Magnaud.
 Padre Ubú: ¡Oh! En absoluto nos da miedo ese pobre magistrado. Incluso es amigo nuestro. Hemos tenido la bondad de halagarle escribiendo en algún sitio que es el culo de la carrera judicial. Y ello a fin de actuar como válvula de seguridad en un momento en que la justicia estuvo a punto de tener una indigestión de injusticia. Como se trata de un individuo desprovisto de escrúpulos y que hace tabla rasa de su propia conciencia, no dejamos de tenerle afecto, y hemos concebido el proyecto de valernos de él para llevar a buen puerto nuestra más importante reivindicación feminista, es decir, servicio militar no para todos, sino para todas. De tal modo, será la Madre Ubú quien se vaya a la guerra.
 Conciencia: Escogéis mal el momento, Padre Ubú. De sobra sabéis que incluso se está llegando a hablar demasiado de despoblamiento. Hay que dejar que las mujeres fabriquen hijos.
 Padre Ubú: Descuidad. Los seguirán fabricando sólo con que los hombres las ayuden de vez en cuando. Por mi parte, no me importaría dar ejemplo ayudándolas tantas veces como les pareciera bien.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1980, en traducción de José-Benito Alique. ISBN: 84-02-07380-8.]