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miércoles, 1 de diciembre de 2021

El antropólogo inocente. Notas desde una choza de barro.- Nigel Barley (1947)


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7.-“Oh, Camerún, cuna de nuestros padres”

 «Los dowayos no justifican nunca la elección de una esposa por su belleza sino más bien por su obediencia y bondad. Una mujer no debe ver nunca un pene que no haya sido circuncidado, de lo contrario enfermará. Un hombre no debe ver nunca una vagina so pena de perder el apetito sexual. De ahí que el coito sea un encuentro furtivo realizado en una oscuridad total en que ninguno de los dos participantes está desnudo. La mujer no se quita el manojo de hojas que lleva por delante y por detrás. En otro tiempo, los hombres llevaban un taparrabos que se desataba para permitir la extracción de la calabaza protectora del pene que tenían que llevar los circuncidados. Hoy en día los pantalones cortos están en boga y sólo los ancianos o los que realizan actividades rituales llevan ese tipo de protección. A modo de chiste, las mujeres imitan con los carrillos el ruido seco que hace el miembro viril al ser extraído de la calabaza; el mismo sonido sirve de eufemismo para referirse al propio acto sexual. Las mujeres esperan siempre recibir una recompensa por sus servicios, incluso de su propio esposo, hecho que ha conducido a severas comparaciones entre el concepto dowayo del matrimonio y la prostitución por parte de algunos predicadores; existe además una arraigada costumbre de llevar la cuenta de todo, incluso entre marido y mujer. Toda esta información la fui reuniendo poquito a poquito; la investigación de los festivales no relacionados con la vida diaria fue una cosa totalmente distinta.
 Por pura suerte, había llegado al país Dowayo el año siguiente a una buena cosecha de mijo (los años van aquí de una cosecha de mijo, que tiene lugar a primeros de noviembre, a la siguiente) y muchos habían aprovechado esa abundancia para organizar festivales de las calaveras en honor de sus muertos.
 Al morir, los cadáveres de los dowayos son envueltos en una mortaja de algodón autóctono y en los pellejos de las reses sacrificadas para la ocasión. Se los entierra agazapados. Unas dos semanas más tarde se retira la cabeza a través de una abertura dejada en el envoltorio para tal propósito, se la examina en busca de señales de brujería y se la mete en una olla que se coloca en un árbol. A partir de ahí los cráneos de hombres y mujeres (u hombres no circuncidados) reciben distinto tratamiento. Los de hombre son situados en el descampado de detrás de la choza donde las calaveras encuentran el descanso final. Los de mujer son colocados detrás de la choza de la aldea donde nació la mujer. Al casarse, la esposa se traslada a la aldea de su marido; al morir retorna a la suya.
 Al cabo de varios años, los espíritus de los muertos pueden empezar a importunar a sus parientes vivos apareciéndoseles en sueños, causándoles enfermedades o no dignándose penetrar en las entrañas de las mujeres para que nazcan niños y se reencarnen los espíritus. Esto quiere decir que es buen momento para organizar un festival de las calaveras. Normalmente, lo pone en marcha un hombre rico solicitando el apoyo de sus parientes y ofreciéndoles cerveza. Si se celebran dos fiestas sin desavenencias, se dispone la organización. Los dowayos se vuelven muy quisquillosos cuando están bebidos y es raro que no se produzcan disputas; para lograrlo se requiere el esfuerzo de todos los presentes. El hecho de que dos fiestas seguidas no se vean empañadas por pelea alguna indica una singular comunidad de propósitos.
 Yo me había enterado por Zuuldibo de que iba a celebrarse uno de estos festivales en una aldea distante unos veinticuatro kilómetros, y llevé a cabo un rastreo preliminar a fin de comprobar su veracidad.
 En el país Dowayo el cómputo del tiempo es una pesadilla para cualquiera que pretenda establecer un plan que abarque más allá de diez minutos en el futuro. El tiempo se mide en años, meses y días. Los más ancianos sólo tienen una vaga noción de lo que es una semana; parece que ese concepto se considera un préstamo cultural, igual que los nombres de los meses. Los viejos cuentan en días a partir del presente. Existe una complicada terminología que designa puntos determinados del pasado y el futuro como, por ejemplo, “el día anterior al día anterior a ayer”. Mediante este procedimiento, es virtualmente imposible fijar con precisión el día en que va a ocurrir una cosa. A esto se añade el hecho de que los dawayos son muy independientes y se molestan si alguien intenta organizarlos. Hacen las cosas cuando les viene en gana. Tardé mucho en acostumbrarme a ello; no me gustaba aprovechar mal el tiempo, me contrariaba perderlo y esperaba obtener una compensación por el que invertía. Estaba convencido de que tenía el récord mundial de oír la frase “No es el momento oportuno para eso”, pues era lo que contestaban los dowayos cada vez que trataba de obligarlos a enseñarme una cosa concreta en un momento concreto. Nunca quedaban en encontrarse a una hora o en un lugar determinados. La gente se extrañaba de que me sintiera ofendido cuando aparecían un día o una semana más tarde, o cuando recorría quince kilómetros para descubrir que no estaban en casa. Sencillamente, el tiempo no podía ser distribuido. Otras cosas de naturaleza más material entraban dentro de la misma categoría. El tabaco, por ejemplo, no admitía una separación clara entre lo mío y lo tuyo. Al principio me desconcertó que mi ayudante cogiera mi tabaco sin un formulario “con permiso” siquiera, mientras que no se le hubiera ocurrido jamás tocar mi agua. El tabaco, como el tiempo, es un área en que el grado de flexibilidad permitido por la cultura se halla muy lejos del nuestro. No es permisible negarse a compartir el tabaco; los amigos tienen derecho a registrarte los bolsillos y coger lo que encuentren. Cuando pagaba a mis informantes con un paquete, se lo escondían rápidamente pasando por alto todas las normas del recato y salían corriendo hacia casa, preocupadísimos por no encontrarse a nadie camino del lugar donde pretendían ocultarlo definitivamente.
Resultado de imagen de nigel barley el antropologo inocente Este viaje fue mi primera visita al valle conocido como Valle de las Palmeras Borassa, por los numerosos árboles de esta especie que tan sólo se dan allí. En los mapas antiguos todavía consta que una carretera discurre por el valle, pero en la actualidad se encuentra en un estado bastante lamentable. No obstante, conduciendo cuidadosamente se podía penetrar varios kilómetros en la fértil hondonada teniendo como telón de fondo las magníficas montañas que señalan la frontera con Nigeria. Allí los poblados se acercaban mucho más a la tradición de los dowayos del monte que los de mi zona. Por otra parte, era imposible comprender una palabra de lo que decía nadie, pues los tonos eran bastante distintos, exagerados hasta convertirse en enormes subidas y bajadas. Después de un par de horas de andar por el camino precedido por Matthieu y Zuuldibo llegamos al recinto del jefe de la región. Las chozas estaban tan juntas, con propósitos defensivos, que había que ponerse a cuatro patas para pasar entre ellas. Las de la entrada eran tan bajas que todos tuvimos que tumbarnos panza abajo y arrastrarnos para poder penetrar. La estatura media de los habitantes de Kongle es aproximadamente de un metro sesenta y ocho. Aquí todos eran fornidos individuos de más de metro ochenta, de modo que tal disposición debía de resultarles muy molesta.
 El jefe, un asombroso pirata viejo con un solo ojo y profundas escarificaciones ornamentales por todo el rostro, nos recibió con gran ceremonia. Puso cerveza a nuestra disposición y Zuuldibo se lanzó al ataque con avidez. Yo empecé a temer que nos pasáramos el día allí. Nos confirmaron que se iba a celebrar el festival de las calaveras, aun cuando no conseguimos precisar la fecha exacta. Hasta que no empezaron el consabido “el día siguiente al día siguiente…” no me di cuenta de que el jefe estaba borracho. Zuuldibo se esforzaba por alcanzarlo. Él hablaba dowayo, los demás fulani. Uno de sus hijos se incorporó a la reunión y se puso a habla en francés. Al poco se hizo patente que no tenía ni idea de quién era yo, pues me había confundido con el lingüista holandés, treinta años mayor que yo, que había vivido en su aldea durante varios años y se había marchado hacía poco. Por lo visto, todos los blancos le parecíamos iguales. Estaría encantado de que los acompañara cuando se celebrara la ceremonia. Ya me avisaría. Yo sabía por experiencia que no lo haría, pero le di las gracias efusivamente y conseguí convencer a Zuuldibo de que nos marcháramos a cambio de llenar mi cantimplora de cerveza para el viaje.
 Eran las últimas horas la tarde de un día muy caluroso y la piel de la cara se me caía a tiras. Los dowayos no me quitaban ojo, sin duda esperando que pronto empezara a aparecer mi verdadera naturaleza negra.
 Incluso los ancianos de esa raza caminan a una velocidad que duplica la de los europeos y saltan de una piedra a otra como las cabras. Empecé a arrepentirme de no haber llevado agua. Mis acompañantes se acomodaron amablemente a mi paso, perplejos por el hecho de que un blanco pudiera andar. Todos tenían exagerados prejuicios sobre nuestra inutilidad y nuestra vulnerabilidad ante la enfermedad y la incomodidad, que se explicaban por el hecho de que teníamos la “piel delicada”. Lo cierto es que la piel de los pies y los codos de los africanos mide dos centímetros de espesor y ese pétreo pellejo les permite andar descalzos sobre piedras afiladas o incluso sobre cristal sin sufrir daño alguno. Por fin llegamos al coche y emprendimos el regreso, no sin antes recoger a una mujer que pasaba. Apenas habíamos recorrido kilómetro y medio cuando empezó a vomitar, como de costumbre, encima de mí. Mientras estuve entre los dowayos, fueron no pocas las personas y los perros que aprovecharon para vomitarme encima. En la estación lluviosa no había problema, te detenías junto a un río y te zambullías totalmente vestido para limpiarte.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2005, en traducción de Mª José Rodellar y revisión técnica de Alberto Cardín, pp.101-105. ISBN: 84-339-258-0.]

lunes, 30 de septiembre de 2019

Los ritos de paso.- Arnold van Gennep (1873-1957)

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9.-Otros grupos de ritos de paso

«No obstante, en el caso de algunos de los ritos que interpreto como ritos de paso, es preciso que ofrezca, aunque sea rápidamente, mis razones:
 1º Cabellos.-Han sido objeto de una monografía de Wilken, cuyas opiniones han sido aceptadas y desarrolladas, entre otros, por Robertson Smith, Sidney Hartland, etcétera. En realidad, lo que se llama "el sacrificio de los cabellos" comprende dos operaciones distintas: a) cortar el pelo; b) dedicarlo, consagrarlo o sacrificarlo. Pues bien, cortarse el pelo es separarse del mundo anterior; dedicarlo es vincularse al mundo sagrado y más especialmente a una divinidad o a un demonio, con quien de ese modo se emparenta. Pero ésta es sólo una de las formas de utilización del pelo cortado, en el cual reside, como en el prepucio o en las uñas cortadas, una parte de la personalidad. Con mucha frecuencia, esta idea no existe, y no se hace nada en absoluto con los desperdicios. En otros lugares sí que existe y son enterrados, quemados, conservados en un saquito, confiados a un pariente, etc. Asimismo, el rito de cortar el pelo o una parte de la cabellera (tonsura) se utiliza en muchas circunstancias diferentes: se afeita la cabeza del niño para indicar que entra en otro estadio, la vida; se afeita la cabeza de la muchacha en el momento de casarse, con objeto de cambiarla de clase de edad; de igual manera, las viudas se cortan el pelo para romper el lazo creado por el matrimonio, reforzándose el rito con el depósito de la cabellera sobre la tumba; a veces es al muerto al que se le corta el pelo, siempre con la misma idea. Pues hay una razón de que el rito de separación afecte a los cabellos: es que éstos son, por su forma, su color, su longitud, el modo de disponerlos, un carácter distintivo fácilmente reconocible tanto individual como colectivo. "Cuando son muy jóvenes, las niñas de los rehamna (Marruecos) llevan la cabeza afeitada, excepto los cabellos de delante y un mechón sobre el vértex; cuando llegan a la pubertad, dejan crecer sus cabellos, conservando los que están sobre la frente y enrollando los demás sobre la cabeza; cuando se casan, se dividen los cabellos en dos trenzas que quedan colgando por detrás; pero a partir del momento en que son madres, se pasan esas dos trenzas delante del pecho, por encima de los hombros". El peinado sirve así a las mujeres rehamna para marcar los períodos de su vida y su pertenencia a esta o aquella categoría de la sociedad femenina. Sería fácil citar muchos otros documentos del mismo género. Lo que quería indicar es que el tratamiento dispensado a los cabellos entra con mucha frecuencia en la clase de los ritos de paso.
 2º Velo.-"¿Por qué -se preguntaba Plutarco- ponerse un velo sobre la cabeza para adorar a los dioses?" La respuesta es simple: para separarse de lo profano (ya que hasta la vista, como se dijo a propósito de los shammar, es un contacto) y para no vivir ya más que en el mundo sagrado. En la adoración, en el sacrificio, en los ritos del matrimonio, etc., el "velamiento" es temporal. Pero en otros casos, la separación o la agregación, o ambas, son definitivas. Tal es el caso para las mujeres musulmanas, las judías de Túnez, etc., que, al pertenecer por una parte a la sociedad sexual, por la otra a una sociedad familiar determinada, deben aislarse del resto del mundo resguardándose con un velo. Del mismo modo, en el catolicismo, pasar del estadio liminar (noviciado) al estadio de agregación definitiva a la comunidad es "tomar el velo". De igual manera, en fin, en ciertos pueblos una viuda se separa de su marido muerto, bien únicamente durante su luto, bien para siempre, o incluso de las demás mujeres casadas y de los hombres, llevando un velo. Cubriéndose con un velo tras haber bebido la cicuta, Sócrates se separaba del mundo de los vivos para agregarse al mundo de los muertos y de los dioses; pero habiendo tenido que recomendar a Critón que sacrificara un gallo a Esculapio, es decir, queriendo de nuevo actuar como vivo, se descubrió el rostro, para volver a cubrírselo inmediatamente después. Del mismo modo, cuando los romanos "consagraban" a los dioses, entendían que, cubriendo con un velo a las víctimas designadas, las separaban de este mundo para agregarlas al otro, divino y sagrado. El rito cristiano que hemos señalado existía en el momento de la iniciación a los misterios, y la explicación es la misma en los dos casos.
 3º Lenguas especiales.-Durante la mayoría de las ceremonias de que hemos hablado, y sobre todo durante los períodos de margen, se emplea un lenguaje especial que, a veces, comporta todo un vocabulario desconocido o inusitado en la sociedad general y, otras veces, sólo consiste en la prohibición de emplear ciertas palabras de la lengua común. Hay así lenguas para las mujeres, para los iniciados, para los herreros, para los sacerdotes (lengua litúrgica), etc. No hay que ver en ello más que un fenómeno del mismo tipo que el cambio de ropa, las mutilaciones, la alimentación especial (tabúes alimenticios), etc., es decir, un procedimiento de diferenciación perfectamente normal. No insisto en este punto, puesto que ya lo he discutido en otro lugar más detalladamente.
 4º Ritos sexuales.-La prohibición del acto sexual es un elemento de la mayoría de los conjuntos ceremoniales y, al igual que las lenguas especiales, no debe ser clasificado aparte. En los pueblos en que el coito no implica ni impureza ni peligro mágico-religioso, el tabú en cuestión no se presenta: pero allí donde esta opinión existe, es natural que el individuo que desee entrar en el mundo sagrado y, tras entrar en él, actuar deba alcanzar un estado de "pureza" y mantenerse en él. Pero, por otra parte, y ésta es una de las formas de la rotación de la noción de sagrado a que nos hemos referido en el capítulo 1, al tiempo que es impuro, el coito es "poderoso"; ésa es la razón de que lo encontremos empleado como un rito de una eficacia superior. Está claro que el coito con una prostituta consagrada a una divinidad no es más que uno de los medios, del mismo género que la comunión, para agregarse a la divinidad, o incluso identificarse con ella. Pues conviene asignar al acto su sentido material, de penetración. Otros ritos, como el de Mylitta (toda muchacha debía ofrecerse una vez a un extranjero y recibir de él una moneda), son más complejos. Su mejor interpretación la ha dado Westermarck: piensa que era un medio para asegurar la fecundidad de la muchacha, basado en el poder sagrado del extranjero. Ésta no era, propiamente hablando, una prostituta sagrada; el acto se realizaba en terreno sagrado; es posible que su finalidad fuera al mismo tiempo agregar el extranjero a la divinidad o a la ciudad.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2008, en traducción de Juan Aranzadi. ISBN: 978-84-206-6217-6.]

domingo, 10 de marzo de 2019

El sabor de la miel.- Salwa Al-Neimi (finales de 1950)


  

 De los matrimonios de placer y los libros eróticos

«Sé que, al contrario de lo que nos han enseñado, soy polígama por naturaleza. Quizá como la mayoría de las mujeres. Aunque polígama no es la palabra adecuada. Debería decir que practico el poliamor o, más exactamente, la poliandria.
 Hace años, vi a Alberto Moravia en una entrevista, hablando sobre la multiplicidad natural de la mujer. Lo que dijo fue como una revelación espiritual. Moravia tradujo en palabras lo que yo sabía en la teoría y lo que vivía en la práctica. Más tarde, leí la misma afirmación escrita por un filósofo francés contemporáneo que teoriza sobre el placer y asigna la idea de la multiplicidad a todos nosotros, ya se trate de hombres o mujeres. Leí su libro con voracidad feliz, incluso aunque no lo necesitara: mi vida constituía una prueba de sus ideas.
 ¿Oí lo que dijo Moravia antes de o después del Pensador? No lo recuerdo. ¿Leí al filósofo francés antes o después del Pensador? No lo recuerdo.
 Lo único que recuerdo es que conocí al Pensador cuando estaba inmersa en la lectura de los clásicos de la literatura erótica. Me divertía trasladar lo que ocurría entre nosotros a los textos antiguos, se los leía, y se me daba bien detallarlos. Él sólo conocía uno: "El retorno del anciano a su juventud".
[...]
 Era joven, pero mis mundos secretos hacía ya tiempo que habían puesto sus cimientos. Pronto adquirí el don del desdoblamiento y lo practiqué como defensa de mi libertad, para afrontar así la hipocresía del mundo.
 Algunos años más tarde indagué, a través de la experiencia práctica, sobre la certeza de lo que escribieron los decanos de los escritores árabes acerca de los "beneficios del acto sexual", como lo llamaban ellos, en relación con el cuerpo, el espíritu y la mente: "Pues el acto apacigua la cólera y contribuye a alegrar el alma de aquéllos cuyo temperamento es ardiente. Cura el mal de ojo, los vértigos, el dolor de cabeza y las molestias en las extremidades, que ciegan el corazón y cierran las puertas del raciocinio." También sé el daño que supone no hacerlo. Mohamed ben Zakarya dijo: "Quien deja de practicar el acto sexual durante un tiempo prolongado experimenta la lasitud de todos los miembros, la sangre le circula mal y la memoria se le debilita. He visto a algunos que lo abandonaron para vivir en la castidad y su cuerpo se enfrió, sus movimientos se entorpecieron, les sobrevino la aflicción sin motivo y reconocí en ellos los males de la melancolía, la falta de deseo y problemas de digestión."
 ¿Enfermedades del cuerpo y del espíritu? ¿La locura, la depresión y la melancolía, en un solo lote, por practicar la abstinencia sexual? Que Dios nos proteja y nos guarde de todo eso.
 Ibn al-Azrak dijo: "Todo deseo que el hombre satisface le endurece el corazón, excepto el acto sexual." De ahí viene mi empeño por preservar la ternura de mi corazón.
 Me acostumbré a hablar siempre con los demás, cuando el tema estaba relacionado con el sexo, sólo desde el plano teórico. Citaba ejemplos extraídos de los libros o de experiencias ajenas, pero lo tocante a mi doble vida quedaba oculto en una lámpara que sólo frotaba a solas para que saliera el genio de mi memoria.
 Llegó el Pensador y le dije que sí.
 Al principio no le hablé a nadie de mi ansia de conocimiento. Aquellos libros conformaban un secreto que no compartía con nadie. Llegó el Pensador y le dije: "Sí". Llegó el Pensador y la lámpara se activó. En la cama, le hablé de mis lecturas clandestinas. Los dos secretos se mezclaron y ambos cursos de agua se transformaron en un solo río.
 En esa época me bastaba con saborear aquellos libros y revivirlos con él. Al principio, buscaba el nombre de cada postura sexual y se lo decía. Los que hacían más gracia se convertían a menudo en un código secreto que intercambiábamos con aparente inocencia. Aderezábamos con él nuestra conversación en presencia de terceros y nos las ingeniábamos para introducirlo en cualquier contexto. Pero no resultaba fácil: ¿cómo es posible pronunciar expresiones como "el sofocado", "los carneros", "la silla del camello", "el curvado" y "la sastrería del amor" en una frase con sentido? La ignorancia de los demás contribuía a un juego que desplegábamos sin reparos.
 Estaba segura de que nadie podría reparar en esas expresiones, salvo en el caso de que se tratara de un experto en libros eróticos, que los leyera y los releyera, como yo. Y eso era algo poco frecuente, incluso en los círculos de eruditos conocedores del legado literario. Lo comprobé a través de la experiencia práctica, y siempre resultó ser divertido.
 Gracias al Pensador, comprendí el valor de lo que leía y tomé conciencia de su importancia. Empecé a frecuentar a Ahmed ben Yusuf al-Tifashi, Ali ben Nasr, Samuel ben Yahia, Nasir al-Din al-Tusi, Mohamed al-Nefzawi, Ahmed ben Suleiman, Ali al-Katibi al-Qazwini, al-Suyuti y al-Tijani como si estuviera entre amigos. Los leía y los releía, degustaba sus escritos y aplicaba sus palabras a mi vida. Las atesoraba como un lenguaje secreto que no osaba desvelar a otro que no fuera el Pensador.
 Se me ocurre que, junto a él, me adentré en una fase de conciencia erótica que no era posible desligar de mis lecturas. La experiencia práctica se entrelazaba con la norma teórica y de ese cruce no podían sino salir chispas. [...]
 La libertad con que escribían los antiguos se burlaba de mí con su séquito de palabras que no me atrevo a pronunciar y tampoco a redactar. Es un lenguaje excitante.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2009, en traducción de Myriam Fraile. ISBN: 978-84-96580-48-0.]

domingo, 18 de noviembre de 2018

Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos.- Élisabeth Roudinesco (1944)


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5.-La sociedad perversa

«En un texto sorprendente, Henri F. Ellenberger comparaba en 1964 las diversas modalidades de reclusión de los animales. Distinguía tres: los antiguos paradeisos persas, donde los animales vivían en libertad; los jardines zoológicos de los aztecas, donde se clasificaba metódicamente a los animales que convivían con los enanos, los jorobados, los anormales de nacimiento y los albinos; y, por último, las casas de fieras del mundo occidental, en las que, cual bufones, los animales servían para divertir a los reyes. A continuación subrayaba que la Revolución había puesto fin a este dominio del soberano sobre el animal.
 La Revolución, decía Ellenberger, había dado nacimiento simultáneamente al manicomio y al parque zoológico moderno. Y acto seguido observaba que cuanto más se había sustraído a los locos, por las virtudes de la reclusión, de la mirada de las multitudes deseosas de humillarlos, más se encontraban expuestos a ella, por el contrario, los animales. En conclusión, Ellenberger se interrogaba sobre la eficacia terapéutica que podía tener en los perturbados la visita a los zoológicos. Al contacto con la mirada del animal, subrayaba, el alienado reconquista una especie de dignidad. En contra de los integristas de la liberación animal, a los que reprochaba una visión antropomórfica de éste, y en contra de los destructores de la naturaleza y del reino animal, alababa la utopía futura de un posible retorno de los antiguos paradeisos.
 Más que explorar las diferentes facetas de esta historia cruzada de los locos, los animales y los anormales, o incluso de describir la manera en que los hombres califican la animalidad, como harán Jacques Derrida y Élisabeth de Fontenay, los etólogos, cognitivistas y comportamentalistas centraron sus trabajos ya no sólo en una clasificación de las especies y en el modo de vida de los animales, sino en su sexualidad, con el objetivo principal -al menos los especialistas en los grandes simios- de descubrir todas las similitudes posibles entre los primates humanos y no humanos. Desde esta perspectiva posdarwiniana ya no se trataba de hacer descender al hombre del mono sino de hacer que el mono accediera al estatus del hombre.
 En una primera época se había aventurado la idea de que la ausencia en los mamíferos de toda forma de cópula frontal era el signo de cierta organización de la sexualidad basada en el bestialismo, la violencia, la agresividad, la dominación y, por qué no, el goce del otro. En consecuencia, la cópula frontal se contemplaba como lo propio del hombre o como el signo de la normalidad de la sexualidad humana, centrada en el necesario reconocimiento de que la diferencia de sexos resulta prioritaria. De esta constatación se deducía que el orgasmo femenino no existía en el reino animal.
 Por consiguiente, primatólogos y especialistas en mamíferos dieron a este acoplamiento de frente el nombre de "postura del misionero" con el fin de certificar que estaba relacionado con la civilización o, más bien, con la misión civilizadora del Occidente cristiano: "Vemos en el acoplamiento frontal una marca de dignidad y de sensibilidad", escribe Frans de Waal, "que separa a los humanos civilizados de los supuestos infrahumanos. Esta postura copulatoria fue elevada al rango de innovación cultural que modificaba fundamentalmente la relación entre hombres y mujeres. Se creía que los pueblos sin escritura obtendrían con ello gran provecho. De ahí la expresión de postura del misionero."
 Si la ausencia de esta postura en el reino animal podía entenderse como uno de los signos principales que permiten diferenciar al hombre del animal, en contrapartida eso significaba que la presencia entre los humanos del coito a tergo debía interpretarse como la supervivencia de un comportamiento animal. Como recordaremos, para los moralistas este tipo de cópula tenía que ver con un instinto bestial y por lo tanto demoníaco o perverso, pues al diablo siempre se lo representaba con los rasgos de un animal lúbrico. Asimismo, desde esta perspectiva el orgasmo femenino se designaba como la expresión de una animalidad de naturaleza perversa.
 En una segunda época los naturalistas darwinianos y evolucionistas afirmaron que la presencia en los humanos del coito a tergo no hacía sino probar la realidad de una continuidad absoluta entre los dos reinos. Desde este punto de vista existiría en los animales una especie de conciencia del bien y del mal; unos serían perversos y otros no, o lo serían en grados diversos. Semejante hipótesis equivalía a demostrar que la perversión era un fenómeno natural y que si los monos machos se acoplaban entre ellos es porque eran invertidos. ¿Y por qué no las vacas? Desde el momento en que llegaban a mamar sus propias ubres, nada impedía deducir que eran asimilables a los fetichistas o a los masturbadores.
 Por lo que respecta a los psicoanalistas, tendían a ver en la cópula frontal, exclusivamente humana, una especie de prueba de la existencia de un complejo preedípico que convertía a todo hombre en un hijo que quería fusionarse con su madre y a toda mujer en una madre que transformaba al hombre inseminador en un anexo de su propio cuerpo. Al acoplarse de ese modo, decían en sustancia, el hombre ocupa, con respecto a la mujer, el lugar de un bebé que ésta tendría en sus brazos, y a su vez, en esta posición ella es un sustituto del bebé para el hombre.
 Entonces, la observación de los bonobos hizo saltar por los aires todas estas opiniones. Primos de los chimpacés, estos monos excepcionales forman una extraña sociedad en la que machos y hembras parecen más atraídos por los placeres del sexo y del alimento que por la conquista y la dominación. Copulan de frente, conocen la práctica de la felación y de la masturbación y, lo que es más, su sexualidad no está directamente ligada a la reproducción. En ocasiones los machos tienen relaciones con otros machos y las hembras con otras hembras. El orgasmo, compartido por ambos sexos, da lugar a manifestaciones de placer intenso.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2009, en traducción de Rosa Alapont. ISBN: 978-84-339-6285-0.]
 

jueves, 3 de agosto de 2017

"La sexualidad de la mujer".- Marie Bonaparte (1882-1962)


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Primera parte: De la bisexualidad en la mujer
 Capítulo 4: De los factores perturbadores de la evolución femenina
 c) Del peligro vital y del peligro moral inherente a las funciones sexuales femeninas

«A menudo, las mujeres tienen miedo de la maternidad. Las causas de este fenómeno no son únicamente económicas, las mismas que pueden incitar al hombre a no engendrar. La mujer experimenta también el miedo ante el dolor y el miedo ante el peligro; ambos se oponen al deseo instintivo, por otra parte tan profundo, de la maternidad.
 Este miedo tiene sus raíces en la más lejana infancia de la niña. Parece evidente, entonces, que en la base de esta actitud se encuentra una percepción, o más exactamente aún, una aprehensión de hechos biológicos. Tal como Karen Horney ha señalado acertadamente, el coito de los adultos es interpretado por los niños que lo observan -hecho muy frecuente- según se identifiquen de forma predominante con el padre o con la madre. En tales casos, el niño, como resultado de la comparación de su excesivamente pequeño pene con el orificio interior de la madre, ve herido de modo narcisista su amor propio, y disminuido su valor; en cambio, la niña, al comparar su reducido orificio interior con el gran pene paterno, teme que el acto, tan deseado por otra parte, provoque en ella una herida vital. Se trata, pues, de un temor totalmente fundado, ya que la unión de un hombre adulto con una niña de corta edad, tanto si este coito fuese vaginal como anal, daría lugar a peligrosos desgarramientos.
Ciertamente, en la observación del coito de los adultos, el niño -varón o hembra- se identifica siempre, aunque en proporciones variables, con los dos adultos a la vez. En estos casos, el niño lleva a cabo una identificación psíquica bisexual, debida, precisamente, a su primitiva bisexualidad biológica. Posteriormente, el niño conservará el temor y el deseo de ser penetrado pasivamente por el pene paterno, y la niña ciertos restos de deseo fálico de "penetrar" activamente o, más exactamente, de empujar hacia adelante con su pequeño clítoris. Sólo podemos afirmar que, en los casos favorables -cuando la sexualización psíquica corresponde al sexo de las gónadas- la actitud masculina debe ser predominante en el niño y la femenina, en la niña, desde el principio.
 Sin embargo, y permítaseme insistir una vez más, parece imposible que, incluso la niña, perciba el orificio propio a la penetración del pene de un modo verdaderamente vaginal, es decir, con una neta representación de la membrana recto-vaginal. Este orificio es percibido, incluso después que los pequeños dedos lo han descubierto, de modo cloacal. Ciertamente, la niña posee para esta concepción de la "vagina-agujero" una base anatómica, de la que el niño, por su parte, carece; pero, al contrario de lo que ocurre con los demás agujeros o conductos que ya tienen para el niño una utilidad concreta -boca, orejas, nariz, ano- la vagina, por la que todavía no pasa nada, no puede ser concebida, en esta edad temprana, en su circunscrita y neta individualidad. Es probable, además, que el horror ante su propia castración, materializada por la huella-herida de la vulva, contribuya a impedir que la niña lleve a cabo una observación detallada de esas regiones.
 En cualquier caso, la posible penetración por el gran pene adulto de su orificio interior debe ser considerada, y con razón, por la niña, como un peligro, aun cuando al mismo tiempo la desee.
 Hay que añadir a este temor, el miedo -más específicamente femenino- a la maternidad.
 La idea de que los bebés crecen en el cuerpo, en el vientre de la madre, suele ser muy precoz en el niño, a pesar de las historias acerca de las coles* o de las cigüeñas, que le han sido contadas y que simula creer. Sin embargo, el niño está convencido de que el bebé germina, crece y nace en el aparato digestivo, tal como Freud ha observado desde hace ya mucho tiempo, concordando con el testimonio de infinidad de cuentos y de mitos en los que la reina concibe después de haber comido determinados alimentos -y en particular, una manzana. Es posible que esta visión se halle ya influida, desplazada, por la censura. Por mi parte, creo que el presimbolismo inicial, anterior al desplazamiento provocado por la censura, es utilizado por ésta de una forma secundaria, es decir, me inclino a pensar que el presimbolismo universal se halla en la base de estas teorías sexuales infantiles.
 No obstante, el bebé cloacal debe ser considerado por el niño que lo imagina -dada la desproporción existente entre aquél y el cuerpo de éste- como un peligro más amenazador aún que el pene. ¿Cómo es posible que un objeto tan voluminoso pase por el cuerpo sin desgarrarlo? Por otra parte, la niña ha oído decir que el parto es doloroso; ha visto a su madre, o a otras mujeres postradas en el lecho, heridas y enfermas, cada vez que han dado a luz: el lecho de dolor está cerca de la cuna. Más significativo es aún el caso de las niñas que han visto morir a su madre en un parto; para ellas, la muerte aparece como el precio de la maternidad.
 La aceptación de estos peligros vitales inherentes a la función femenina, la neutralización de la angustia que éstos provocan, exige que la mujer esté dotada de un cierto masoquismo erógeno; masoquismo, por otra parte, típicamente femenino.
 Sin embargo, la niña que aspira a identificarse, en los actos de amor, con la mujer adulta, con la madre, se ve amenazada también por otros peligros. Ocupar el lugar de la madre quiere decir agredirla y esta agresión implica, a su vez, una venganza por parte de la madre. Se trata del miedo edipiano ante la madre rival, miedo que es ya de esencia moral.»
 
 *En Francia, suele decirse que los niños nacen debajo de una col.