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domingo, 27 de diciembre de 2020

Una cama de nieve.- Roswitha Haring (1960)

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  «Mi madre no sabe esquiar, ¿verdad?, le digo a mi tío. No, creo que no, pero no estoy seguro, era muy pequeño cuando tu madre se fue a vivir a la ciudad. ¿Cuándo vio por última vez a su otro hermano?, pregunto, y mi tío lo piensa y dice, debe de hacer unos ocho o diez años. ¿Y a su otra hermana?, también, sucedió todo a la vez. Hace frío, quizá mi tía ha ventilado la sala demasiado tiempo. Quiero hundirme en un almohadón, el asiento es bajo, me resbalo como si diera una voltereta hacia atrás en la barra fija. Tengo un poco de frío, digo estremeciéndome. Mi tío se levanta y entorna la puerta. ¿Te preocupa?, dice, no sé casi nada, sólo lo que la tía me contó ayer en la heladería. ¿Qué te dijo? Que el tío hizo daño a mi hermana, que hizo con ella lo que sólo pueden hacer los que están casados. Mi tío suelta una carcajada, tu tía y yo tampoco estábamos casados, y yo respondo enseguida, no, quiero decir que hizo algo que un tío no puede hacer con su sobrina. Eso es cierto, dice mi tío, pero se trata de quién tiene razón. ¿Cómo que quién tiene razón?, le pregunto, y mi tío dice, no quiero decir nada más sobre este asunto, mueve la mano por el aire como si se pudiera cortar, yo no estaba, siempre me he mantenido al margen. Mi tío apoya el brazo como si fuera a levantarse. Lo deja descansar de nuevo y dice, pero sé que tu hermana lo soltó todo mucho más tarde y que tu madre armó un escándalo. No lo entiendo, digo. El sofá es duro y yo estoy tensa. En invierno el sofá gastado de mi padre es una sólida hamaca. Enfrente de mí están la mesa de centro cuadrada, los muebles enlustrados y lo dos sillones negros. Las páginas de la enciclopedia se enfrían. Yo tampoco lo entiendo, dice, si algo no me gusta lo digo inmediatamente y asunto liquidado. No, no me refiero a eso, digo, no entiendo por qué preguntas quién tiene razón. Porque puede ser, dice, que tu hermana mienta un poco. No me malinterpretes, no quiero acusar a nadie. Desgraciadamente estas cosas suceden a veces, mi tío mueve la cabeza, no es lo habitual, claro está, y lo siento por tu hermana. Pero, y me mira como si estuviera furioso contra mí, como si yo le hubiera mentido, lo extraño es que Helmut no negó absolutamente nada. ¿Por qué tendría que mentir mi hermana?, le pregunto. Ya no puedo hablar con tanta fluidez como querría. Incluso respiro más lentamente, a pesar de que no hace un calor de verano en el salón, y todavía consigo decir, pero nadie miente cuando siente dolor, cuando algo le hace daño. Mi tío se queda en silencio. Mira, dice tras una pausa y se desliza un poco hacia delante en el sillón, Helmut no lo niega. En realidad, tu hermana no miente, pero ¿qué consiguió con ello? ¿Por qué se lo dijo a tu madre meses después, si ella no lo había querido, si realmente le había hecho tanto daño? Ésa es la cuestión. El sofá es frío e incómodo. No puedo responder las preguntas de mi tío. Estoy sentada frente a él, se me seca la garganta. Quisiera beber algo, pero de repente no sé cómo pasar por delante de él y del sillón negro. ¿Qué quieres decir con qué consiguió?, le pregunto. Eres demasiado pequeña para entenderlo, dice, se deja caer sobre el respaldo y se incorpora de nuevo hacia delante. Mira, es como cuando uno se casa o conoce a alguien. Si dos personas se conocen, si dos personas se casan, quiere decir que ambas están de acuerdo con ello. No funciona si una no lo quiere. ¿Quizá tu hermana estaba de acuerdo? Quién sabe lo que le pasó por la cabeza. Una breve sonrisa se dibuja en el rostro de mi tío. Se reclina en el sillón. Miro hacia abajo. Me veo los pies, que están metidos en las zapatillas y permanecen inmóviles sobre la moqueta. Mi tío no ha sonreído, debo de haberme equivocado. ¿Que estaba de acuerdo?, digo. Ya no me salen las palabras, estoy cansada, agotada y eso que acaba de empezar la tarde y sólo he ido al Konsum a comprar patatas. No quiero estar más tiempo sentada en este sofá. Una lágrima me resbala por la mejilla. ¿Por qué la tía dice que le hizo daño?, ¿por qué dices tú que hizo algo que no debería haber hecho? Rompo a llorar.
 Mi tío sonríe, me mira. Ve las lágrimas, que fluyen incontenibles, como si quisiera lavarme los ojos. Las lágrimas caen sobre mi regazo. En qué quedamos, ¿le hizo daño o no?, digo, y pienso que un hombre que no conozco quizá le tapó la boca a mi hermana y por eso no pudo hablar, quizá se torció el brazo y tuvo que esperar a que se le pasara el dolor. Quizá no pudo evitar llorar y se metió en su cuarto, cuando nosotros no estábamos en casa, y lloró. Quizá pensó, nuestro tío ha venido a vernos, y quiso hacerle un favor especial, y como estaba sola en casa, hizo algo mal. Y tal vez ese día todos llegaron  muy tarde a casa y se fueron a la cama, y no hubo tiempo para contar nada más, y al día siguiente todos tuvieron que ir de nuevo al trabajo. No sé cómo sucedió. Mi tío está recostado en su sillón. Busco un pañuelo, tengo uno, muy arrugado y duro. Digo, ¿tal vez mi hermana quería casarse con el tío?, ¿tal vez no sabía nada de eso porque todavía era demasiado joven? No, no, mi tío se ríe, eso seguro que no, se ríe como si hubiera contado un chiste, se ríe como si todo fuera un chiste. Sujeto el pañuelo delante de la nariz, no alcanza para las lágrimas. 
 Mi tío está recostado y sonríe.
Resultado de imagen de roswitha haring unacama de nieve  ¿Por qué ya no viene a vernos esa tal Gisela?, ¿qué tiene que ver ella con todo esto? Cuanto uno más llora, más grandes se vuelven las lágrimas, y si uno no para, empiezan a salir por la nariz. Mi tío levanta un brazo y lo deja caer sobre el respaldo. Se oye un ruido sordo. Apoya la cabeza sobre el brazo que tiene doblado. No conozco todos los detalles, dice, siempre intenté mantenerme al margen. Tu madre fue a ver a Helmut y le pidió cuentas. Él no negó nada, entiendes, mi tío permanece serio por un instante, pero Gisela no creyó a tu madre. Dijo, Helmut debía tener sus motivos. Se implicó en el asunto, siempre ha querido meter baza en todas partes. Más o menos dijo, o mi hermano o tu hija. ¿Entiendes?, y ahora sonríe de nuevo, lo mejor es mantenerse al margen. Yo me llevo bien con todos, tengo amigos y conocidos, y también tengo hermanos y hermanas. El pañuelo es un guiñapo mojado.
 Mi tío me mira fijamente, sonríe. ¿Estará contando las lágrimas? Bajo la vista. Algunas lágrimas me resbalan hasta la barbilla y el cuello. Mi madre se fue a la sierra en autobús y se bajó en el pueblo de su hermano Helmut. Habló con él y se enfadó. La otra hermana llamó a la puerta porque armaban mucho escándalo y le dijo a mi madre, mientes. Entonces mi madre ya no supo qué decir y regresó a casa. Quiero ir a casa con mis padres, quiero bajar de este sofá negro. Se oye el ruido que mi tía hace con la vajilla en la cocina, golpes de puerta. […] Mi madre regresó sola, llorando, en el autobús, y su hermana no la acompañó a la parada, sino que dijo, mientes, tu hija tiene la culpa. Y mi madre no dejaba de llorar. Llegó a la ciudad y le dijo a mi padre, ¿por qué ha hecho esto mi hermano?, ¿por qué me lo han hecho? Lo decía una y otra vez, no sabía la respuesta y no paraba de repetir la misma pregunta. Nadie podía responder. Antes todos venían a vernos, entonces pasó algo y no regresaron nunca más. Mi hermana no podía hablar del dolor, por eso mi madre habló por ella. Dijo, tengo que defender a mi hija. Mi padre dijo, que pase una cosa así, no puede ser, pero ahora ya no hay remedio. Mis padres lloraban. Mi madre no paraba de llorar y de preguntar. Mi padre no sabía la respuesta y se fue al huerto o a buscar tarros de conservas al sótano, o simplemente se quedó sentado en la cocina.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Acantilado, 2005, en traducción de María Pous Saltor, pp. 97-102. ISBN: 84-96489-18-3.]
 

jueves, 3 de diciembre de 2020

Laëtitia o el fin de los hombres.- Ivan Jablonka (1973)

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22.-Del criminal como ser humano

  «Tony Meilhon nació en 1979. Su madre fue violada a los quince años por su propio padre: de esa violación nació un niño, el medio hermano mayor de Tony. Para Cécile de Oliveira, toda la defensa de Meilhon se funda en el orgullo, el sentimiento de ser diferente y superior al común de los mortales. El incesto es fundador en su familia y la ley que lo proscribe es transgredida de plano. O bien la ley tiene razón y su familia es monstruosa, o bien su familia prevalece y la ley no es nada.
 La madre se casa con Jacques Meilhon, con quien tiene tres hijos: un chico, una chica y Tony. El marido, que reconoció al hijo del incesto, es holgazán, alcohólico, violento, patológicamente celoso. Cuando lo aquejan sus crisis, les pega a su mujer y a sus hijos, salvo a Tony, porque es el más pequeño y porque se le parece. El hombre comienza a toquetear a su hija. La madre ha aceptado todo, la miseria, la borrachera agresiva, los gritos, los golpes, pero ese es el límite que no hay que cruzar: su hija no padecerá lo que ella misma padeció.
 Con sus cuatro hijos y dos maletas, se va a refugiar en un hogar de mujeres maltratadas. Su marido compra un fusil para matarla. Una vez pronunciada la sentencia de divorcio y el padre despojado de sus derechos, la madre recala en una vivienda social del complejo Bel-Air, en Couëron, a orillas del Loira. Los niños crecen. A finales de la década de 1980, rehace su vida. El pequeño Tony desarrolla un odio fanático e inexpiable por su padrastro. Nace una hermanita. La familia se muda a una casa en Couëron.
 Tony se vuelve "malo": se encierra en el baño, da puñetazos contra las paredes, agrede a otros niños, se escapa de la casa ante la menor contrariedad. En quinto grado casi apuñala a su maestra. En sexto tiene entre 0 y 1 de promedio. Comienza a fumar porros, los profesores ya no quieren ocuparse de él. En casa le dicen: "¡Eres como tu padre!" A los doce años es asignado a un hogar en Guérande, luego a una institución especializada. Su madre y su padrastro se habrían "deshecho" de él. Sentimiento de injusticia.
 Se fuga del hogar y regresa a pie a Couëron. Tras un día y una noche de caminata, llega a la casa de su madre con los pies ensangrentados, tiritando, hambriento. Su madre: "Aquí no te queremos". Meilhon narra la escena desde el banquillo de los acusados, durante el juicio en segunda instancia: "Me rechazó como a un... ¿Cómo a un qué? Ni siquiera lo sé". Loco de rabia, arranca los cables del teléfono y le pone una pistola en la sien. En otra ocasión, antes de irse rompe el ventanal de la casa a pedradas. "Tomé el mal camino, mi vida es agobiante. Me hubiera gustado tener una familia equilibrada, padres que se quieran. No tuve nada de eso. En verdad era una vida de mierda".
 A los dieciséis años, de regreso a Couëron, Tony empieza a hacerse un nombre. Duerme en la calle, acosa a la gente, roba motos y coches, engulle litros de cerveza. Rápidamente prueba todos los estupefacientes disponibles en el mercado. Llegan las primeras encarcelaciones. En 1997, asiste a las exequias de su padre maniatado y escoltado por dos policías.
 A la salida de prisión, a los dieciocho años, va a ver a su novia, que lo ha dejado, y le pone una pistola en la boca. Encuentra un empleo de adiestrador de perros, luego se gana la vida lavando coches. Un organismo de reinserción le proporciona una vivienda en Nantes. En 1999, vuelve a la prisión por haber violado a su compañero de celda. Segundo sentimiento de injusticia.
 En 2003, otra vez afuera, se va a vivir con una chica de dieciséis años. Ambos son drogadictos, pero sus vidas están más o menos ordenadas, hasta que Tony cae por los tres atracos. Regresa a la cárcel, ella no lo abandona. El bebé que conciben en las visitas es asignado enseguida a una familia de acogida. En su celda, Tony conserva una foto de su hijo, que les muestra a sus compañeros. Cuando tiene un buen día, es dulce y afectuoso, le dice a su madre: "Mamá, te quiero". Otras veces, la llama desde la prisión para tratarla de "puta", de "perra de mierda".
 El testimonio de su madre en el juicio de segunda instancia se ve entrecortado por sollozos y espasmos. La autorizan a tomar asiento.
 El presidente del tribunal: "¿Usted lo privó de su padre?"
 La mujer se vuelve, en llantos, hacia su hijo, sentado en el banquillo de los acusados: "¡Eso no es cierto, Tony!"
 Y prosigue: "Yo no descuidé a mi hijo, hice todo lo que podía hacer. Protegí a mis hijos, trabajé para alimentarlos. No abandoné a nadie, los quise a todos, hice más por Tony que por los demás. ¡Y hoy me dicen que fui una mala madre!"
 Esa mujer rubia, muy menuda, que asiste al cuarto juicio criminal de su hijo, que frecuenta los locutorios desde hace veinte años, que conoce todos los establecimientos penitenciarios de la región, Rennes, Angers, Nantes, que ha lavado la ropa de su hijo, lo ha apoyado, lo ha alentado, ha pagado fianzas, que fue a buscarlo a su trabajo, que todavía lo quiere a pesar de todas las vidas que el joven ha destruido, esa madre es una figura de tragedia antigua que uno contempla con infinita compasión. Uno de los jurados se pone a llorar.
 En febrero de 2010, Tony sale de la cárcel. "Estoy excluido de la sociedad, tengo nostalgia de la prisión. Esto es un fracaso de la justicia, de los hogares, de mi familia, de mí: todo el mundo ha participado en este fracaso. Estoy empezando a beber otra vez, a andar a la deriva". Cobra el Ingreso de Solidaridad Activa (RSA), monta un circuito de tráfico de metales y estupefacientes, asalta empresas locales, roba un Peugeot 106 blanco en Couëron. Su régimen cotidiano: un litro de whisky, varios packs de cerveza, de quince a veinte porros, dos a tres gramos de cocaína, heroína para bajar la aceleración de la coca. La mitad de alguna de esas dosis noquearía a cualquiera.
 Se encuentra una novia en Nantes, en el edificio de su hermanastra, que lo alojó. Al comienzo, se entienden bien, hacen picnics en el estanque de Lavau, pero Meilhon almacena droga en la casa de ella, que vive sola con su pequeño. Tras una primera ruptura, Meilhon se muda con su caravana a Le Cassepot. Después de un tiempo, vuelven a estar juntos, las reconciliaciones se suceden a las disputas y a las bofetadas. Ante el tribunal penal, la muchacha cuenta que un Navidad el joven apareció en su casa, con una botella de champán que se bebió él solo antes de forzarla a tener relaciones sexuales. "Después de correrse, se quedó dormido". Más tarde, al verla llorar asomada a la ventana, le espetó: "¿Por qué no saltas? ¡Me importa un carajo!"
 Cuando Meilhon pasa por Couëron, ofrece hachís a sus conocidos y extorsiona a los jóvenes del lugar. Afectado por la muerte de su mejor amigo, pierde las ganas de vivir, aumenta el consumo de cocaína. Su medio hermano lo denuncia tras una visita que terminó mal: neumáticos pinchados, jardín saqueado, conejos degollados. A partir de entonces, Tony habla de matar a su madre. Olla a presión humana en pleno in crescendo. Estamos a finales de 2010.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2017, en traducción de Agustina Blanco, pp. 164-168. ISBN: 978-84-339-7994-0.]
 

domingo, 6 de octubre de 2019

La balada del café triste.- Carson McCullers (1917-1967)

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 «Pero creemos que el comportamiento de miss Amelia requiere una explicación; ha llegado el momento de hablar de amor. Porque miss Amelia estaba enamorada del primo Lymon. Esto lo podía ver cualquiera. Vivían en la misma casa y nunca se les veía separados. Por lo tanto, según la señora MacPhail, mujer chata y atareada que se pasa la vida cambiando de sitio los muebles de su sala, según ella y sus amigas, aquellos dos vivían en pecado. Si de verdad eran parientes, sólo lo eran en segundo o tercer grado y ni siquiera eso se podía probar. Claro que miss Amelia era una mujerona inmensa, de más de seis pies de altura, y el primo Lymon un enanillo que no le llegaba a la cintura. Pero eso era una razón de más para la señora MacPhail y sus comadres, que eran de esa clase de personas que se regodean hablando de uniones monstruosas y otras aberraciones. Dejémoslas hablar. Las buenas almas del pueblo pensaban que, si aquellos dos habían encontrado alguna satisfacción de la carne, era un asunto que sólo les importaba a ellos y a Dios. Pero todas las personas sensatas estaban de acuerdo en negar aquellas relaciones. ¿Qué clase de amor era pues, aquél?
 En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y hay el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y este conocimiento le hace sufrir. No le queda más que una salida, alojar su amor en su corazón del mejor modo posible; tiene que crearse un nuevo mundo interior, un mundo intenso, extraño y suficiente. Permítasenos añadir que este amante no ha de ser necesariamente un joven que ahorra para un anillo de boda; puede ser un hombre, una mujer, un niño, cualquier criatura humana sobre la tierra.
 Y el amado puede presentarse bajo cualquier forma. Las personas más inesperadas pueden ser un estímulo para el amor. Se da por ejemplo el caso de un hombre que es ya abuelo que chochea, pero sigue enamorado de una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw, hace veinte años. Un predicador puede estar enamorado de una perdida. El amado podrá ser un traidor, un imbécil o un degenerado; y el amante ve sus defectos como todo el mundo, pero su amor no se altera lo más mínimo por eso. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor arrebatado, extravagante y bello como los lirios venenosos de las ciénagas. Un hombre bueno puede despertar una pasión violenta y baja, y en algún corazón puede nacer un cariño tierno y sencillo hacia un loco furioso. Es sólo el amante quien determina la valía y la cualidad de todo amor.
 Por esta razón, la mayoría preferimos amar a ser amados. Casi todas las personas quieren ser amantes. Y la verdad es que, en el fondo, el convertirse en amados resulta algo intolerable para muchos. El amado teme y odia al amante, y con razón: pues el amante está siempre queriendo desnudar a su amado. El amante fuerza la relación con el amado, aunque esta experiencia no le cause más que dolor.
 Ya dijimos antes que miss Amelia había estado casada. Ahora podemos traer a colación aquel curioso episodio. Recordad que todo ocurrió  hace mucho tiempo, y que fue el único contacto personal que había tenido miss Amelia, antes de la llegada del jorobado, con este fenómeno, el amor.
 El pueblo era entonces el mismo de ahora: la única diferencia es que había dos tiendas en lugar de tres y que los melocotoneros que bordeaban la calle eran entonces más torcidos y más pequeños. Miss Amelia tenía diecinueve años y su padre había muerto meses atrás. En aquel tiempo vivía en el pueblo un mecánico reparador de telares que se llamaba Marvin Macy. Era el hermano de Henry Macy, pero no se parecían en absoluto; ya que Marvin Macy era el hombre más guapo de la región; muy alto, fuerte, con unos ojos grises de mirar lento, y el pelo rizado. Se desenvolvía muy bien, ganaba buenos jornales y tenía un reloj de oro que se abría por detrás y se veía un cromo con unas cataratas. Desde un punto de vista externo y social, Marvin Macy pasaba por ser un sujeto afortunado: no estaba a las órdenes de nadie y conseguía todo cuanto se le antojaba. Pero desde un punto de vista más serio y profundo, Marvin Macy no era un hombre envidiable porque tenía un carácter endiablado. Su fama era tan mala como la del muchacho más perverso de la comarca, o aún peor. Cuando era todavía un niño, llevaba siempre en el bolsillo la oreja seca y en salazón de un hombre al que había matado con una navaja de afeitar en una pelea. Les cortaba las colas a las ardillas del pinar sólo por divertirse y llevaba en el bolsillo izquierdo del pantalón matas de marihuana  (prohibida) para tentar a los que andaban deprimidos y propensos al suicidio. Pero, a pesar de su fama, era el ídolo de numerosas chicas de la región, entre las cuales había siempre varias muchachitas de pelo limpio y dulces ojos, de tiernas formas y modales encantadores. Marvin Macy echaba a perder a aquellas dulces muchachitas. Por fin, a los veintidós años, Marvin Macy escogió a mis Amelia. Aquélla era la mujer que deseaba, aquella joven solitaria, desgarbada, de extraño mirar. Y no la quería por su dinero; se había enamorado de ella.
 El amor cambió a Marvin Macy. Antes de enamorarse de miss Amelia, todos dudaban que aquel bruto pudiera tener alma y corazón. Pero había una explicación para su maldad; Marvin Macy había tenido una infancia muy dura. Había sido uno de los siete hijos de una pareja de desalmados. Sus progenitores, indignos del nombre de padres, eran unos jóvenes montaraces que se pasaban la vida pescando y remando en el pantano. Cada hijo que les nacía (y tenían uno todos los años) era un estorbo para ellos. Por las noches, cuando volvían a casa, se quedaban mirando a los niños  como preguntándose de dónde habían podido salir. Si los niños lloraban, les pegaban, y lo primero que aprendieron aquellas criaturas en este mundo fue a buscar el rincón más oscuro de la casa para esconderse bien. Estaban tan delgados que parecían duendecillos blancos, y no hablaban nunca, ni siquiera entre ellos. Los padres acabaron por abandonarlos definitivamente, dejándolos a merced de los vecinos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de RBA, 1984, en traducción de María Campuzano. ISBN: 84-322-2240-2.]

domingo, 2 de junio de 2019

El beso.- Kathryn Harrison (1961)


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«Mi madre se convirtió al catolicismo cuando yo tenía diez años, y yo la seguí en su devoción. Yo la perseguía a ella y ella buscaba lo que no había encontrado en la Ciencia Cristiana.
 Para prepararme para la primera comunión recibí catequesis de un sacerdote llamado padre Dove. A pesar de este oportuno nombre*, el padre Dove no era la encarnación del Espíritu Santo: fumaba un cigarrillo tras otro, y la cara que había sobre su alzacuellos tenía rasgos sanguíneos. De un modo semejante a mi humillante aprendizaje del francés, frustré al sacerdote y enfurecí a mi madre al responder siempre invariablemente mal una pregunta en concreto.
 -¿Qué es lo que se convierte en cuerpo y sangre de Cristo? -quería saber el padre Dove.
 -El pan y el agua -decía yo cada vez, sustituyendo el alimento eucarístico por la comida de los presos.
 Al final, como ésta era la única pregunta de las quince que yo no conseguía acertar, me aprobó. Sin embargo, era "un deplorable error", dijo, mirándonos a mi madre y a mí a través del humo de su cigarrillo.
 -Confío en que no signifique nada.
 Por Navidad recibí una colección de Vidas de santos en una caja. Había dos tomos de vidas de santos, que leí una sola vez y abandoné en un cajón, y dos de santas, que estudiaba, y con los que hasta me iba a dormir. Los libros tenían láminas de colores, reproducciones de obras maestras. Santa Lucía ciega. Santa Ágata mutilada, con los senos en una bandeja. Santa Inés decapitada. Santa Margarita aplastada hasta morir por una pila de piedras. Santa Perpetua y santa Felicia despedazadas por animales salvajes.
 Y santa Dymphna, patrona de quienes sufren enfermedades mentales. Santa Dymphna era la hija de un rey irlandés que, al enviudar, quiso casarse con ella. Ella huyó, pero él la persiguió. Ella le rechazó y él le cortó la cabeza.
 
 Mi padre es un teólogo de una brillantez que sólo la arrogancia puede conferir. Su fe se compone de respuestas, no de incertidumbres. Él define el hecho de haberme conocido como su primera crisis de fe: en mí encontró una criatura más digna de devoción que el Creador. Cuando sintió que me amaba más que a Dios se asustó, pero la herejía quedó resuelta cuando Dios le anunció que se le estaba revelando a través de mí.
 -¿Dios te ha dicho eso? -le pregunto-. ¿Cómo lo sabes?
 Al hablar me cubro la cara; no puedo mirarlo. Sus palabras sobre Dios me marean, casi me enferman. Me asustan más que cualquier referencia sexual. ¿Cómo puede invocar a semejante aliado? ¿Cómo puedo defenderme si lo hace? Su dios debe de ser distinto y más fuerte que el mío, el que murió en el Gran Cañón.
[...]
 
 No llevo un diario de mis sueños, pero el 7 de febrero de 1995 tengo uno tan peculiar que marco esa fecha en mi calendario y escribo la palabra Madre. En realidad no tengo necesidad de recordar lo que ocurre en el sueño. Sé que siempre podré recordarlo entero.
 Mi madre entra en mi cocina. Es una mañana de invierno, muy temprano, y estoy preparando el desayuno para mi familia, que todavía duerme en el piso de arriba. Cuando levanto la cabeza de la tabla de trinchar y la veo, me asusto, tengo miedo. Lo único que he soñado sobre mi madre han sido pesadillas. Pero parece amistosa, casi feliz. La luz que atraviesa la puerta de cristal y da sobre ella es absolutamente clara, limpia: el reflejo del sol sobre la nieve. Viste un traje azul marino entallado, de buen corte y de una tela tan buena que incluso brilla. Me sorprende que se presente años después de su muerte y me fascina cada detalle de su presencia. Incluso sus solapas... ¡qué perfectas son!, quiero tocarlas, tocarla a ella, pero temo disipar su fantasma. Quiero enseñarla a mis hijos, pero no puedo arriesgarme a abandonar la cocina para ir a levantarlos ni asustarla a ella llamándolos.
 Sin embargo, no desaparece, es luminosamente real. Con la conciencia dividida que a veces caracteriza a los sueños, le digo a mi parte durmiente que quizás el espíritu de mi madre esté realmente conmigo, que yo no puedo haberme inventado su presencia de un modo tan convincente, sólo en virtud de mi deseo.
 -Ay, mamá -digo al fin, sin atreverme a tocarla-, estás tan bonita, y llevas un traje tan elegante.
 Ella se encoge de hombros ante el cumplido como si no le importara su apariencia, como si ya no le importaran estas cosas; y sé que ambas estamos pensando en cómo era al final, cuando el cáncer le robó la juventud y la belleza y se burló de la vanidad.
 Después no pasa nada, pero lo siento todo. Mi madre y yo nos miramos de cerca. Nos miramos profundamente a los ojos, como nunca lo hicimos en vida, y durante mucho más tiempo. Nuestros ojos no se mueven ni parpadean, y se pone de manifiesto todo lo que sentimos y nunca nos dijimos. Su juventud y su egoísmo y su mezquindad; mi juventud y mi egoísmo y mi mezquindad. Nuestra soledad. El modo en que nos traicionamos una a otra.
 En este sueño siento que por fin me conoce, y yo a ella. Siento que, al fin, las dos dejamos de esperar una hija diferente y una madre diferente.»
 
*Dove significa "paloma" en inglés. (N. del T.)
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1999, en traducción de Susana Camps. ISBN: 84-226-7566-8]

jueves, 4 de abril de 2019

Rimado de Palacio.- Pero López de Ayala (1332-1407)


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Los pecados mortales

«Otrosí, Señor, pequé en los siete pecados / muy malos e muy feos, de muerte condenados,
que son dichos mortales, por su nombre llamados, / quales yo aquí dire, ca los he bien usados.
[...]
 
Luxuria es pecado de la carrne mortal, / que destruye el cuerpo e faze mucho mal
al alma e a la fama; a todos es egual / en darles perdimiento, por lo que çedo fal'.
 
Es de muchas maneras este feo pecado; / en él es adulterio, que es de omne casado;
otro es el [estupro] de monja de sagrado, / del santo monesterio, que a Dios está fundado.
 
Otro es [inçesto], quien peca con parienta; / pecado es que a Dios pesa, e dello mucho se sienta;
pone en grant vergüença a omne e en afruenta, / e pénalo grauemente si se non arrepienta.
 
A todos es común nombre fornicación; / qualquier' que así peca en esta ocasión,
fornicador lo llaman, e es tribulación / si en ello perseuera, el mesquino varón.
 
Los viejos que a Susaña falsamente acusaron, / por este mal pecado, a sí mesmos çegaron;
muchos señores grandes en esto tronpeçaron; / quál fue la fin de ellos, muchos la señalaron.
 
Esta es la enemiga de la virginidat, / de santa continençia e noble castidat;
su contraria es della la limpia puridat, / la sinple inoçencia, la derecha bondat.
 
Desta son ocasión el mucho conuersar / sienpre con las mujeres, e non se bien tenprar
en comer e en beuer, e ociöso estar; / por ende de todo [esto], conuiene [se] bien guardar.
 
Tú me libra, Señor, deste duro pecado; / ca por él, mucho tienpo, só por tierra abaxado;
la tu graçia me acorra e sea ayudado, / non me vença el diablo, que asaz me ha dañado.
 
Enbidia es un pecado, que muchos males ha: / de bienes de tu próximo, grant pesar te fará,
e de sus grandes daños sienpre te alegrará; / ésta pierde al alma e al cuerpo gastará.
 
Peca en el Spirtu Santo, quien de inbidia pecó, / que contra la voluntad de Dios, Señor, erró,
e de çierta maliçia, della se enbargó; / por ende es menester perdón si fallesçió.
 
El diablo artero, que del cielo cayó, / por [aqu]este pecado, al omne engañó,
quando en paraíso del árbol le mandó / comer por que perdiese el bien que Dios le dio.
 
Los fijos de Isrrael con envidia perdieron / a Josep, su hermano, quando le así vendieron,
e después a su padre con maliçia mintieron / que bestia fiera lo matara, falsamente dixeron.
 
Leemos que Saúl por esto aborresçía / a Dauid, maguer mucho menester lo avía;
con grant envidia pura, sienpre lo perseguía; / por ende después ouo fuerte postrimería.
 
Enbidioso e malo, e de mal coraçón / fue, yo sienpre, Señor, e en toda sazón;
busqué mal a mi hermano sin ninguna razón; / plógome de su daño e de su perdición.
 
Señor, perdón te pido, non quieras Tú catar / atanta culpa mía, en que te fiz' pesar:
aya yo tu perdón e puédame emendar, / e segunt Tú me mandaste, a mi próximo amar.
 
Gula e tragonía es un mortal pecado; / por éste fue Adam del paraíso echado,
porque quiso comer lo que le era vedado, / maguera lo él comió, caro costo el bocado.
 
Leemos que Noé, después que fue poblar / la viña, el vino quiso ende gustar;
beuiendo dello mucho, óvose a desnudar, / mostrando sus vergüenças, non podía acordar.
 
El uno de sus fijos luego le fue cobrir, / el otro començó fuertemente a rreír;
quando el padre lo vio, óuole a maldezir: / en él la seruidumbre començó a venir.
 
Lot, el que [en] Sodoma non pudieran vençer, / vençiólo mucho vino, por que se fue perder,
e ouo sus dos fijas él mesmo a conosçer; / desto muchos enxienplos, se podrían traer.
 
Escripto es que Esaú por un pobre manjar, / la primogenitura a Jacob fuera dar;
fincó desuenturado por una vez fartar / el vientre, que non puede farto mucho durar.
 
Léese que Judi[t], que ha Olifernes mató, / desque de mucho vino, muy farto lo sintió,
e con el desatiento, luego se adormeció: / pero mujer e flaca, la cabeça le cortó.
 
E dexo yo al pobre de fanbre peresçer, / que con pan e agua, le pudiera acorrer,
e d'él he poco duelo por verle irse perder, / tanto que al mi cuerpo, cunpla [e]l su placer.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 1987. ISBN: 84-7039-486-X.]
  

martes, 8 de enero de 2019

La herida de la esfinge.- Terenci Moix (1942-2003)


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«-[...] Me estaba usted contando lo de su esposo...
 -No hay mucho que contar. Era una cerda.
 -¡Señora! Tenga a bien moderar su lenguaje.
 -Por más que lo modere, ¿cómo llamaría usted a un marido que se escapa todas las noches para bailar con los descargadores del muelle en los más sórdidos cafetines del barrio de Abukir? Residíamos entonces en Alejandría, ciudad que predispone a los excesos y nos obliga a asumirlos. Por supuesto, una verdadera señora siempre espera que el vicio se instale en casa de los demás, nunca en la propia. Yo, en Alejandría, era muy de embajadas, consulados y five o 'clock tea en las verandas de los grandes hoteles internacionales. Fui mundana desde muy joven; lógicamente, la desilusión no me hizo tanto daño como a muchas jóvenes de mi edad y condición social, que pasan de la pubertad al matrimonio sin haber conocido, siquiera como espectadoras, las mieles de la vida. Sólo en una circunstancia compartí su abúlico destino: me dieron esposo en lugar de elegirlo yo. Intereses entre familias y, encima, familias de comerciantes. En la mutua indiferencia que presidía aquella unión, asumí desde muy pronto que mi esposo me saldría parrandero -¿qué marido no lo es, en fin de cuentas?-, pero me costó mucho más asumir que entre los marinos del puerto le llamaban la Diosa del Faro y en los mejores salones la Nefertari, esposa que fue del gran Ramsés II, como usted no debería ignorar ya que parece un joven muy leído.
 -Empiezo a comprender. ¿No se llama su hijo Ramsés, de segundo nombre?
 -En efecto. Fue un nombre que impuso mi marido, pues yo, por mi gusto, le hubiera puesto Atanasio, como algunos patriarcas de nuestra iglesia. Pero Giorgios se negó en redondo; alegaba que en los rasgos del niño, como en los suyos propios, veía una resurrección de no sé cuántas pinturas del Egipto antiguo. Yo misma caí en la trampa. No alcanzando a comprender lo equívoco de tal pretensión, compartí el orgullo de haber dado a luz a un tan alto ejemplo de pureza racial, porque al fin y al cabo soy copta y con tal de no parecerme a los moros sería capaz de parir al mismísimo enano Bes. Pero veo que incurro en aquellos delirios que, a la larga, resultarían tan funestos. Porque desde el día de su nacimiento, Petros se vio implicado en los oscuros rituales que son propios del clan de mi marido...
 -¿Esos que la desprecian porque su genealogía sólo alcanza a mil quinientos años?
 Mostró ella su desagrado con un mohín encantador.
 -Es una familia muy complicada. Mis cuñadas sin ir más lejos, también tienen a sus maridos embalsamados.
 -Entiendo que usted, por su gusto, no habría embalsamado al suyo.
 -Por mi gusto, habría dejado que su cuerpo se pudriese en el desierto. Fue Petros quien se empeñó en conservarle a toda costa. O fue Ramsés, si lo prefiere. Para él, aquella muerte equivalía a un divorcio no deseado. Entienda que mi hijo y mi marido efectuaban un matrimonio místico.
 -Señora, me está usted contando cosas que yo no debería escuchar.
 -Toda mujer tiene derecho a la venganza y toda madre al desquite. Giorgios me arrebató a mi hijo, sumiéndolo en este mundo extraño que pretendía resucitar el ambiente de la antigua Tebas. ¡Como si estuviesen los tiempos para tales frivolidades! Me llenaron la casa de objetos faraónicos cuando yo tiendo al rococó francés y, últimamente, al Beidermeier. Y lo que resultaba más humillante: tuve que renunciar a mi personalidad para convertirme en un fetiche de sus ritos. En cierta ocasión, me obligaron a disfrazarme de vaca, para mejor reproducir los misterios de Hathor, diosa del amor como usted sabe. Y ante mis propios ojos tuve que ver como mi esposo, vestido de Nefertari, obligaba a Petros-Ramsés a poseerle, cumpliendo así los ritos matrimoniales. Aquella noche llevé cuernos por partida doble: por vaca y por engañada. Pero ambos se me cayeron cuando descubrí una verdad infinitamente más dolorosa. Y era que Petros, mi pobre niño, era incapaz del menor estímulo. Tenía ya catorce años y nada que ofrecer. Un drama, créame.
 Le tendí un pañuelo. Lloraba, pero con sumo cuidado de no estropearse el rimmel.
 -Si me permite una intromisión, acaso aventurada, debieron probar con otras personas, además de su marido.
 -¿Pues no probamos? No hubo odalisca de serrallo ni meretriz de burdel ni mozuelo de taberna o capitán de la guardia del jedive que no pasase por el lecho de Petros en aquellas infaustas fechas de su pubertad. Incluso tuvimos un coronel británico que había servido en la India. Se le atribuía una especie de predilección por los adolescentes morenitos. Para que se haga cargo de cuán lindo era mi hijo, le diré que el coronel se brindaba a ponerle un pabellón privado, con servicio, carruaje y palco en la ópera, como suele hacerse con las más acreditadas cortesanas del demi-monde parisino.
 -Me gustaría escuchar que usted se rebeló contra esta idea -dije, a punto de escandalizarme...
 -Por el contrario, la aplaudí vivamente. Era un proyecto muy sensato, querido. El coronel consideró que un efebo de catorce primaveras era el complemento ideal para un caballero de ochenta y tres inviernos. Por otro lado, yo sólo pensaba en la curación de Petros, de manera que le mandé a la alcoba de su pretendiente mientras iniciaba por mi cuenta una novena a santa Judita del mar Muerto, por quien siento particular devoción y que suele ser de gran provecho en los menesteres del sexo, porque antes de abrazar la fe de Cristo fue ramerilla en un reputado burdel de Esmirna. Mas en vano la hice fiadora de mis esperanzas. Al cabo de unos días, el coronel me devolvió a mi pobre hijo, con una carta desalentadora colgada del cuello. Venía a confirmar un fatal destino: el niño era un témpano. A partir de entonces, se encerró entre montones de libros viejos convirtiéndose en una penosa reproducción de la vida verdadera...
 Quise demostrar que mi conocimiento del alma humana era tan intenso como profundo.
 -Permítame aventurar que esta patética situación fue la causa que llevó a Petros a consagrarse a la egiptología...
 -No sea usted banal -exclamó ella, con abierto sarcasmo-. ¿Qué tendrá que ver el sexo con el templo de Salomón? Mi Petros se hizo egiptólogo porque le gustaba la egiptología. Otros impotentes se han hecho ferroviarios, militares, maîtres de hotel y hasta buceadores.»
 
       [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta De Agostini, 1998. ISBN: 84-395-6900-9.]