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martes, 8 de enero de 2019

La herida de la esfinge.- Terenci Moix (1942-2003)


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«-[...] Me estaba usted contando lo de su esposo...
 -No hay mucho que contar. Era una cerda.
 -¡Señora! Tenga a bien moderar su lenguaje.
 -Por más que lo modere, ¿cómo llamaría usted a un marido que se escapa todas las noches para bailar con los descargadores del muelle en los más sórdidos cafetines del barrio de Abukir? Residíamos entonces en Alejandría, ciudad que predispone a los excesos y nos obliga a asumirlos. Por supuesto, una verdadera señora siempre espera que el vicio se instale en casa de los demás, nunca en la propia. Yo, en Alejandría, era muy de embajadas, consulados y five o 'clock tea en las verandas de los grandes hoteles internacionales. Fui mundana desde muy joven; lógicamente, la desilusión no me hizo tanto daño como a muchas jóvenes de mi edad y condición social, que pasan de la pubertad al matrimonio sin haber conocido, siquiera como espectadoras, las mieles de la vida. Sólo en una circunstancia compartí su abúlico destino: me dieron esposo en lugar de elegirlo yo. Intereses entre familias y, encima, familias de comerciantes. En la mutua indiferencia que presidía aquella unión, asumí desde muy pronto que mi esposo me saldría parrandero -¿qué marido no lo es, en fin de cuentas?-, pero me costó mucho más asumir que entre los marinos del puerto le llamaban la Diosa del Faro y en los mejores salones la Nefertari, esposa que fue del gran Ramsés II, como usted no debería ignorar ya que parece un joven muy leído.
 -Empiezo a comprender. ¿No se llama su hijo Ramsés, de segundo nombre?
 -En efecto. Fue un nombre que impuso mi marido, pues yo, por mi gusto, le hubiera puesto Atanasio, como algunos patriarcas de nuestra iglesia. Pero Giorgios se negó en redondo; alegaba que en los rasgos del niño, como en los suyos propios, veía una resurrección de no sé cuántas pinturas del Egipto antiguo. Yo misma caí en la trampa. No alcanzando a comprender lo equívoco de tal pretensión, compartí el orgullo de haber dado a luz a un tan alto ejemplo de pureza racial, porque al fin y al cabo soy copta y con tal de no parecerme a los moros sería capaz de parir al mismísimo enano Bes. Pero veo que incurro en aquellos delirios que, a la larga, resultarían tan funestos. Porque desde el día de su nacimiento, Petros se vio implicado en los oscuros rituales que son propios del clan de mi marido...
 -¿Esos que la desprecian porque su genealogía sólo alcanza a mil quinientos años?
 Mostró ella su desagrado con un mohín encantador.
 -Es una familia muy complicada. Mis cuñadas sin ir más lejos, también tienen a sus maridos embalsamados.
 -Entiendo que usted, por su gusto, no habría embalsamado al suyo.
 -Por mi gusto, habría dejado que su cuerpo se pudriese en el desierto. Fue Petros quien se empeñó en conservarle a toda costa. O fue Ramsés, si lo prefiere. Para él, aquella muerte equivalía a un divorcio no deseado. Entienda que mi hijo y mi marido efectuaban un matrimonio místico.
 -Señora, me está usted contando cosas que yo no debería escuchar.
 -Toda mujer tiene derecho a la venganza y toda madre al desquite. Giorgios me arrebató a mi hijo, sumiéndolo en este mundo extraño que pretendía resucitar el ambiente de la antigua Tebas. ¡Como si estuviesen los tiempos para tales frivolidades! Me llenaron la casa de objetos faraónicos cuando yo tiendo al rococó francés y, últimamente, al Beidermeier. Y lo que resultaba más humillante: tuve que renunciar a mi personalidad para convertirme en un fetiche de sus ritos. En cierta ocasión, me obligaron a disfrazarme de vaca, para mejor reproducir los misterios de Hathor, diosa del amor como usted sabe. Y ante mis propios ojos tuve que ver como mi esposo, vestido de Nefertari, obligaba a Petros-Ramsés a poseerle, cumpliendo así los ritos matrimoniales. Aquella noche llevé cuernos por partida doble: por vaca y por engañada. Pero ambos se me cayeron cuando descubrí una verdad infinitamente más dolorosa. Y era que Petros, mi pobre niño, era incapaz del menor estímulo. Tenía ya catorce años y nada que ofrecer. Un drama, créame.
 Le tendí un pañuelo. Lloraba, pero con sumo cuidado de no estropearse el rimmel.
 -Si me permite una intromisión, acaso aventurada, debieron probar con otras personas, además de su marido.
 -¿Pues no probamos? No hubo odalisca de serrallo ni meretriz de burdel ni mozuelo de taberna o capitán de la guardia del jedive que no pasase por el lecho de Petros en aquellas infaustas fechas de su pubertad. Incluso tuvimos un coronel británico que había servido en la India. Se le atribuía una especie de predilección por los adolescentes morenitos. Para que se haga cargo de cuán lindo era mi hijo, le diré que el coronel se brindaba a ponerle un pabellón privado, con servicio, carruaje y palco en la ópera, como suele hacerse con las más acreditadas cortesanas del demi-monde parisino.
 -Me gustaría escuchar que usted se rebeló contra esta idea -dije, a punto de escandalizarme...
 -Por el contrario, la aplaudí vivamente. Era un proyecto muy sensato, querido. El coronel consideró que un efebo de catorce primaveras era el complemento ideal para un caballero de ochenta y tres inviernos. Por otro lado, yo sólo pensaba en la curación de Petros, de manera que le mandé a la alcoba de su pretendiente mientras iniciaba por mi cuenta una novena a santa Judita del mar Muerto, por quien siento particular devoción y que suele ser de gran provecho en los menesteres del sexo, porque antes de abrazar la fe de Cristo fue ramerilla en un reputado burdel de Esmirna. Mas en vano la hice fiadora de mis esperanzas. Al cabo de unos días, el coronel me devolvió a mi pobre hijo, con una carta desalentadora colgada del cuello. Venía a confirmar un fatal destino: el niño era un témpano. A partir de entonces, se encerró entre montones de libros viejos convirtiéndose en una penosa reproducción de la vida verdadera...
 Quise demostrar que mi conocimiento del alma humana era tan intenso como profundo.
 -Permítame aventurar que esta patética situación fue la causa que llevó a Petros a consagrarse a la egiptología...
 -No sea usted banal -exclamó ella, con abierto sarcasmo-. ¿Qué tendrá que ver el sexo con el templo de Salomón? Mi Petros se hizo egiptólogo porque le gustaba la egiptología. Otros impotentes se han hecho ferroviarios, militares, maîtres de hotel y hasta buceadores.»
 
       [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta De Agostini, 1998. ISBN: 84-395-6900-9.]
 

miércoles, 10 de mayo de 2017

"El enigma de los dinosaurios".- John Noble Wilford (1933)


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Primera parte
 4.-Un nombre para un fenómeno

«Sólo aquellos con lengua ágil pueden pronunciar los nombres de los descubrimientos que siguieron a los del Megalosaurus de Buckland y del Iguanodon y el Hilaeosaurus de Mantell. Para 1841, a esa serie de reptiles arcaicos se unieron el Macrodontonphion, el Thecodontosaurus, el Paleosaurus, el Plateosaurus,  el Cladeidon y el Cetiosaurus y sus restos fósiles trataban de decir a los científicos algo sobre la vida en el mesozoico. Esas criaturas recién descubiertas parecían ser lo suficientemente distintas de los reptiles modernos o de los gigantes marinos, como el Mosasaurus de Cuvier o el Ichthyosaurus de Mary Anning, como para merecerse un nombre familiar ellos solos. Y así pasaron a ser conocidos colectivamente por el nombre más fácil de pronunciar de Dinosauria, es decir, de dinosaurios.
 Ese nombre se debe a la inspiración de Richard Owen, un brillante especialista en anatomía y paleontología a quien en su tiempo se le llamó el Cuvier inglés. Su ascensión hasta tan altas cumbres profesionales fue muy rápida. Nacido en Lancaster en 1804, se convirtió en estudiante de cirugía mientras aún era un adolescente y aprendió anatomía gracias a la realización de incontables autopsias en presos. La experiencia marcó el rumbo de su carrera. Muy pronto su fama como profesor de anatomía del Colegio Real de Cirujanos fue tan grande que se solicitaban sus opiniones en todas las cuestiones de anatomía comparada y de reptiles fósiles. Fue él quien dio nombre a los dos fósiles descubiertos más recientemente: el Cladeidon, del triásico, y el Cetiosaurus, del jurásico.
 Owen era capaz de despertar respeto pero no afecto. Era un hombre pomposo y afectado. No le gustaba ser llamado el Cuvier inglés porque se consideraba superior a su colega francés. Estaba convencido de que era infalible y ofrecía sus opiniones, consecuentemente, como veredictos mediante oscuros polisílabos. Con el transcurrir de los años sus colegas tuvieron razón en desconfiar de él porque, según decían, era capaz de apropiarse del descubrimiento de cualquier otro. "Hay que deplorar profundamente -escribió Mantell- que este eminente hombre y magníficamente dotado nunca sea capaz de actuar con sinceridad y liberalidad." El propio aspecto físico de Owen reforzaba su reputación de hombre frío y remoto. Era alto y desgarbado, con una gran cabeza de frente despejada. Tenía la boca grande y apretada, con la mandíbula prominente. Sus ojos salientes de pez podían ser terroríficos.
 Ésta fue la figura adusta que se presentó en la reunión anual de la Asociación Británica para el Progreso de las Ciencias, celebrada en Plymouth el 2 de agosto de 1841. Owen expresó muchos reparos con respecto a los reptiles fósiles, en particular sobre el Iguanodon, el Megalosaurus y el Hylaeosaurus. Eran, indudablemente, criaturas gigantescas, pero, ¿se trataba de lagartos gigantes? Aunque ya Mantell había conjeturado que eran algo distintos de los otros reptiles arcaicos, eran muchos los científicos que los consideraban simplemente como lagartos excesivamente desarrollados, debido, quizá, a la influencia de Cuvier quien, a juicio de Owen, los había conducido a error debido a su correcta identificación del Mosasaurio como una especie extinguida de lagarto. En su escrutinio de los fósiles, Owen observó muchas características que, así se lo dijo a su audiencia en Plymouth, le "ofrecían suficientes motivos para establecer una tribu o suborden distinto de reptiles saurios" para los cuales propuso el nombre de dinosaurios (Dinosauria).
 Owen acuñó ese nombre a partir del griego deinos, que significa "terrible" o "espantosamente grande" y sauros que significa "lagarto". Dinosaurio, el terrible lagarto. Es curioso que eligiera una palabra que significaba lagarto cuando estaba pensando, precisamente, en separar a esta criatura de la familia de los lagártidos, pero es posible que utilizara la palabra saurio en su sentido más general que significa "reptil".
 Durante dos horas y media Owen siguió hablando, estableciendo sus razones para una nueva clasificación de la vida animal extinguida. Su principal argumento era que, a diferencia de otros saurios gigantes, aquéllos eran criaturas terrestres más que acuáticas. Otra diferencia era que, en contraste con otros reptiles, tenían la característica común de poseer cinco vértebras fundidas en el cinturón pélvico. Sus enormes esqueletos -aún no habían sido descubiertos los pequeños dinosaurios- sugerían que tenían cuerpos más masivos y pesados que los alargados lagartos y mosasaurios. A Owen le recordaban a los mamíferos paquidermos. [...]
 Owen, en efecto, estaba dibujando el primer diseño de lo que más tarde serían los grandes murales que encantarían a la humanidad. No tenía dudas de que habían sido criaturas imponentes, lagartos terribles del tamaño de un elefante. Sin embargo, tenía la impresión de que algunas estimaciones de su estatura, que se basaban en extrapolaciones sobre las medidas estandarizadas de los lagartos, eran ridículas. Debido a la comparación de los dientes y la clavícula del Iguanodon con los de la iguana, por ejemplo, los paleontólogos habían llegado a aceptar dimensiones de treinta y cinco metros de longitud para el extinguido reptil. Owen propuso que, en vez de hacerse así, los cálculos se basaran en el tamaño y el número de las vértebras, un método que aún se sigue empleando en la actualidad. Eso nos da una longitud más razonable para el Iguanodon, de ocho metros, y de nueve metros para el Megalosaurus.
 Pero el interés de Owen por los dinosaurios iba más allá de su tamaño y forma. Cuando continuó con la exposición de su "Informe sobre los reptiles fósiles en Gran Bretaña", reveló sus auténticos matices. Era esencialmente antievolucionista o, cuando menos, antilamarckiano. Aunque creía que las especies habían cambiado con el paso del tiempo, Owen estaba convencido de que cada uno de los animales dentro de uno de los grandes grupos eran variaciones de un mismo tema, del "arquetipo ideal" y de que la "mente divina que había planeado el arquetipo también conocía anticipadamente todas sus modificaciones". Su evolución preplaneada era antitética a las heréticas ideas de Jean Baptiste Lamarck, contemporáneo de Cuvier. Lamarck creía en la evolución pero no en la extinción; las especies no desaparecían sino que iban cambiando gradualmente, transformándose en algo diferente y, a su juicio, mejor.
 Aunque Darwin  aún tenía que publicar su teoría, la evolución era ya materia divisoria en el campo científico.»