Mostrando entradas con la etiqueta Frivolidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Frivolidad. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de septiembre de 2019

El cuaderno prohibido.- Alba de Céspedes (1911-1997)

Resultado de imagen de alba de cespedes 

28 de febrero

«Esta tarde, Mirella, nada más llegar a casa, me ha llamado a su cuarto.
 -Mira -me ha dicho exultante, vaciando delante de mis asombrados ojos un sobre que contenía muchos billetes. Estaba a punto de preguntarle con severidad de dónde procedía ese dinero cuando ella misma me lo ha explicado-: Es mi sueldo.
 Luego ha recogido los billetes con sumo cuidado, uno a uno, casi acariciándolos, mientras iba diciéndome las cosas que pensaba comprarse, en su mayor parte esas frivolidades que tantas veces me ha pedido y que nunca he podido darle. Será injusto, pero me ha parecido que quería humillarme, así que he adoptado una actitud casi desdeñosa y le he dicho que por fin, ahora que sabe lo que cuesta ganarlo, apreciará lo que hemos hecho por ella. Ella iba de la habitación al cuarto de baño y se frotaba vigorosamente la cara con la toalla.
 -¿Quieres saber la verdad, mamá? -me ha dicho sonriendo-. Pues verás, he descubierto que no es nada difícil. Os había oído hablar tanto de esto que después de tomar la decisión me sentía acobardada y temía no ser capaz. La noche anterior a mi primer día de oficina no pude dormir. Riccardo no había dejado de mirarme con ironía y desconfianza, dudando de que en un bufete como el de Barilesi quisieran una chica como yo. Yo misma me inclinaba a darle la razón. Al verme delante de la puerta, quise volverme atrás y llamar diciendo que renunciaba al empleo, que estaba enferma o dando otra excusa cualquiera. Si no lo hice fue por vosotros. -Yo he abierto mucho los ojos, maravillada, mientras ella continuaba-. Sí, porque tenía la impresión de que os gustaría ver confirmada la pobre opinión que tenéis de mí.
 Le he preguntado si no lo habrá hecho más bien para conservar la opinión de ese abogado, ese tal Cantoni.
 -No -me ha asegurado-. Él nunca piensa que yo sea incapaz de algo, al contrario. Pero no es eso lo importante. Lo importante es haber descubierto que trabajar no es difícil. Me divierto mucho. Muchas veces me canso, pero es un cansancio distinto a los que conocía, no sé cómo explicarme, un cansancio que casi me parece imaginario porque en realidad estar cansada después de trabajar no me desagrada. Me divierte utilizar esas palabras que me parecían tan importantes cuando os las oía a vosotros. No sé, archivar, protocolizar, actas. Te hará gracia que te confiese que también yo me siento importante cuando las digo. -Estaba animada por una alegría infantil, como si quisiera burlarse de mí cariñosamente-. Además, me gusta oír que pronuncian mi nombre como el de una persona fiable, que sabe lo que se hace. Cuando dicen, por ejemplo: "La señorita Cossati se encarga de eso", me parece que hablan de otra persona, de alguien que no me suponía capaz de ser. Hoy, el abogado Barilesi ha dicho: "El lunes, la señorita Cossati podría ir a los juzgados". Se trata de una información, una tontería que cualquiera sabría hacer, pero me he ruborizado de satisfacción. Me ocurría lo mismo en la universidad al principio. Nunca he dicho nada, fingía que era natural, pero me halagaba estar en aquellas aulas. Pese a todo, en la universidad habrían podido prescindir perfectamente de mí. Aquí, en cambio, me pagan para que vaya. -Me hablaba con alegría, cepillándose el pelo, y se me acercaba riendo, con una excitación feliz que no conocía en ella; quería abrazarme-. Di la verdad: tú te diviertes en la oficina, y papá también. ¿Por qué no queréis confesarlo? Dilo, mamá, dilo; te doy mil liras si lo dices.
 Sostenía en la mano el cepillo y, al intentar abrazarme, debido a mi resistencia, me ha dado un golpe en una ceja. Yo me he llevado la mano al ojo dando un gritito.
 -¡Ay, perdón! -Y se ha quedado disgustada.
 -No sé qué te sucede esta noche -he observado con brusquedad, frotándome el párpado-. Estás loca. Es ese poco dinero lo que te ha hecho enloquecer. Loca e ingrata. Deberías tener en cuenta sólo una cosa: que nosotros no hemos podido disponer de lo que ganamos para comprarnos lo que nos apetece, como puedes hacer tú ahora; que todo, hasta el último céntimo, se ha destinado siempre a la casa, a Riccardo, a ti, a los estudios que ahora te proporcionan estas satisfacciones, estas diversiones, como tú las llamas.
 La he avergonzado.
 -Lo sé. Es cierto. Perdona. No hablaba así por maldad o por menosprecio. Todo lo contrario. Me gustaría saber que vosotros también os divertís trabajando, porque así me sentiría menos culpable de haber sido una carga tan grande en vuestra vida. Verás, perdona mi sinceridad, pero a veces los hijos casi se avergüenzan de haber nacido y de necesitar comer y vestirse. Perdona que te lo diga, pero mi trabajo me gusta tanto que lo haría aunque no me pagaran.
 He recordado entonces el paso ligero con que ahora salgo por las mañanas para ir a la oficina, mi alegría cuando me llama el director para que trabajemos juntos. Con un estremecimiento he rechazado esos pensamientos para decirle a Mirella que su entusiasmo se debe sólo a la novedad.
 -Es posible -ha admitido-, pero no quiero creerlo. Sería una pena, porque estos son los mejores días de mi vida. Hoy Barilesi ha defendido a un acusado de homicidio y ha conseguido que lo absolvieran. Esta mañana no he ido a la universidad para asistir al juicio. Ha sido un discurso precioso. Yo estaba conmovida, lo admiraba, lo envidiaba mucho. Ya ves, un trabajo así no puede ser una carga, estoy segura.
 -¡No me extraña! -he exclamado-. ¡Con lo que gana!
 -Crees que es sólo por eso. Barilesi es muy rico ya, podría dejar el trabajo, ¿no? En cambio, muchas veces se queja, está nervioso y cansado pero continúa aceptando pleitos y le gusta encargarse de todo. Creo que se queja de cansancio para no confesar que su trabajo le divierte. -Volvía a reír, contenta-. Quisiera convertirme en un gran abogado como él.
 Le he preguntado si le seduce la idea de hacer una carrera brillante o la de agradar a alguien; a Cantoni, por ejemplo.
 -Admitamos que sea también por eso -me ha respondido.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Contraseña, 2017, en traducción de Pepa Linares. ISBN: 978-84-945478-4-3.]

jueves, 20 de junio de 2019

Fiesta en una botella.- John Collier (1901-1980)

Resultado de imagen de john collier escritor 

Ah, la Universidad

«En las afueras de Londres había un padre de avanzada edad que quería mucho a su único hijo. Así que, cuando el chico era un joven de unos dieciocho años de edad, el anciano lo llamó y, con un brillo benevolente en sus gafas de carey, le dijo:
 -Bueno, Jack, has terminado la escuela. Seguro que te hace ilusión ir a la Universidad.
 -Sí, papá -contestó el hijo.
 -Muestra buen juicio -dijo el padre-. Los mejores años de la vida son sin duda los que se pasan en la Universidad. Aparte del rico panal de conocimientos, las dulces voces de los profesores, los venerables edificios grises y la atmósfera de cultura y refinamiento, está el placer de hallarse en posesión de una cómoda asignación.
 -Sí, papá -contestó el hijo.
 -Una habitación propia -continuó el padre-, pequeñas cenas con los amigos, crédito infinito con los comerciantes, pipas, cigarros, burdeos, borgoña, ropas.
 -Sí, papá -contestó el hijo.
 -Hay pequeños clubes exclusivos -dijo el anciano-, toda clase de deportes. Vacaciones, teatro, bailes, fiestas, bromas, juergas, se saltan muros, se engaña a los vigilantes en los exámenes, se practican todas las diversiones que puedas imaginar.
 -¡Sí! ¡Sí, papá! -gritó el hijo.
 -Sin duda no hay nada mejor que ir a la Universidad -dijo el padre-. ¡La primavera de la vida! ¡Un placer tras otro! El mundo parece una docena de ostras, cada una con una perla dentro. ¡Ah, la Universidad! Sin embargo, no voy a enviarte allí.
 -Entonces, ¿por qué demonios hablas tanto de ella? -preguntó el propio Jack.
 -Lo he hecho para que no pensaras que subestimaba despreocupadamente los placeres a los que te pido que renuncies -dijo su padre-. Ya ves, Jack, mi salud no es la mejor de las posibles; nada me sienta bien, salvo el champán, y, si fumo un cigarro de segunda clase, se me queda un mal sabor de boca. Mis gastos se han incrementado de forma abominable y me quedará muy poco que dejarte, pero mi mayor deseo es ver que tienes una vida cómoda.
 -Si ese es tu deseo, podrías cumplirlo mandándome a la Universidad -dijo Jack.
 -Tenemos que pensar en el futuro -dijo su padre-. Tendrás que ganarte la vida, y en un mundo en el que la cultura es el menos comercializable de los recursos. A menos que vayas a ser director de un colegio o clérigo, no obtendrás grandes ventajas de la Universidad.
 -Entonces, ¿qué debo ser? -preguntó el joven.
 -Hace poco leí -dijo su padre- unas palabras que arrojaron un repentino brillo sobre la tristeza con la que consideraba tu futuro: "La mayoría de los jugadores son malos". Esas palabras estaban en un pequeño folleto sobre ese juego delicioso y universalmente popular llamado póquer. Es un juego que se juega con fichas, normalmente, y cada una de esas fichas representa una buena cantidad de dinero.
 -¿Quieres decir que voy a ser un truhan? -gritó el hijo.
 -Nada de eso -contestó rápidamente el anciano-. Te estoy pidiendo que seas fuerte, Jack. Te estoy pidiendo que muestres algo de iniciativa, de personalidad. ¿Por qué aprender lo que todo el mundo aprende? Tú, querido hijo, serás el primero en estudiar el póquer de forma tan sistemática como otros estudian idiomas, ciencias, matemáticas, etcétera: el primero en afrontarlo como estudiante. He preparado un acogedor cuarto con silla, mesa y unas barajas completamente nuevas. Una estantería contiene varias obras clásicas sobre el juego y hay un retrato de Maquiavelo encima de la chimenea.
 Las protestas del joven fueron en vano, así que se puso a estudiar a regañadientes. Trabajó duro, dominó los libros, borró el dibujo de cien paquetes de cartas y al final del segundo año salió a afrontar el mundo con la bendición de su padre y el dinero suficiente para organizar unas partidas de poca monta.
 Cuando Jack se fue, el anciano se consoló con su copa de champán y su cigarro de primera clase y otros pequeños placeres que son el solaz de los ancianos y los solitarios. Le iba muy bien con ellos cuando un día sonó el teléfono. Era una llamada desde el extranjero de Jack, cuya existencia el anciano casi había olvidado.
 -Hola, papá -dijo Jack, con un tono de excitación-. Estoy en París, jugando una partida de póquer con unos norteamericanos.
 -¡Buena suerte! -dijo el anciano, y se preparó para colgar el teléfono.
 -¡Escucha, papá! -gritó el hijo-. Es así. Bueno... Por una vez, estoy jugando sin límite.
 -¡Que Dios se apiade de ti! -dijo el anciano.
 -Todavía quedan dos -dijo el hijo-. Han puesto cincuenta mil dólares y ya he puesto hasta mi último centavo.
 -Preferiría ver a un hijo mío en la Universidad antes que verlo en esta situación -gruñó el anciano.
 -¡Pero tengo cuatro reyes! -gritó el joven.
 -Puedes estar seguro de que los otros tienen ases o escalera de color -dijo el anciano-. Pasa, hijo mío. Sal y juégate colillas con los habituales de tu pensión.
 -¡Pero escucha, papá! -gritó el hijo-. Esto es póquer descubierto, nada disparatado. He visto un as. He visto todos los dieces y los cincos. No puede haber una escalera de color.
 -¿Es así? -gritó el anciano-. Que no se diga que no apoyé a mi hijo. Espera. Voy a ayudarte.
 El hijo volvió a la mesa y rogó a sus oponentes que pospusieran las cosas hasta que llegara su padre, y ellos, sonriendo a sus cartas, estaban más que dispuestos a hacerle caso.
 Un par de horas más tarde el anciano llegó en avión a Le Bourget y, poco después, estaba junto a la mesa, frotándose las manos, sonriente, afable, la luz brillando en sus gafas de carey. Estrechó la mano de los norteamericanos y observó su aspecto ridículo.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Contraseña, 2011, en traducción de Daniel Gascón. ISBN: 978-84-937818-7-3.]

domingo, 9 de junio de 2019

Una rubia imponente.- Dorothy Parker (1893-1967)


Resultado de imagen de dorothy parker 
IV

«Dos días después la señora Morse despertó. Primero en un profundo estado de confusión, luego su entendimiento se fue recuperando, lo que le condujo a una congoja cada vez más profunda.
 -¡Dios mío! ¡Dios mío! -lloraba, y las lágrimas que derramaba por ella y por su vida, surcaban sus mejillas.
 Nettie entró nada más oírla. Durante dos días enteros se había encargado de la desagradable y continua tarea de hacer de enfermera; durante dos noches enteras no había logrado dormir unas pocas horas del tirón en el sofá del cuarto de estar. Nettie miró con frialdad a la mujer tumbada en la cama, corpulenta e hinchada.
 -¿Qué es lo que quería hacer, señora Morse? -preguntó-. ¿Qué se proponía tomándose toda esa porquería?
 -¡Dios mío! -continuaba sollozando la señora Morse, mientras intentaba taparse los ojos con los brazos; pero las articulaciones estaban rígidas y sin fuerza y comenzó a gemir por el dolor.
 -Esa no es manera de hacer las cosas: tomarse las pastillas -dijo Nettie-. Debería dar las gracias al cielo por haberse curado. ¿Cómo está ahora?
 -Bien, estoy bien -contestó la señora Morse-. Como una rosa -y comenzó a llorar con lágrimas calientes, de dolor, que parecía que no se iban a acabar nunca.
 -Así no: llorar así no -exclamó Nettie-. ¡Después de lo que ha hecho! El médico ha dicho que podrían arrestarla por lo que ha hecho. Estaba muy cabreado.
 -¿Por qué no me ha dejado en paz? -se quejó la señora Morse-. ¿Por qué demonios no lo ha hecho?
 -Eso es terrible, señora Morse, hablar de esa manera. Después de lo que hemos hecho por usted. Llevo dos noches sin dormir y he tenido que dejar en la estacada a las otras señoras.
 -Lo siento, Nettie -exclamó-. Eres un encanto. Siento haberte causado tantas molestias. No podía evitarlo: estaba hundida. ¿No se te ha pasado nunca por la cabeza...? Cuando sientes que la vida es un asco...
 -Ni por asomo -protestó Nettie-. Tiene que animarse. Eso es. Todo el mundo tiene problemas.
 -Ya, ya lo sé -dijo la señora Morse.
 -Ha recibido una postal muy bonita -añadió Nettie-. Igual la alegra.
 Le entregó a la señora Morse una postal. Ella tuvo que taparse un ojo con una mano para poder leer el texto escrito: sus ojos eran incapaces de enfocar.
 Era de Art. En la parte de delante había una vista del Club Deportivo de Detroit, y detrás Art había escrito: "Saludos. Espero que se te haya pasado la tristeza. Anímate y déjate de bobadas. Te veo el jueves".
 Dejó caer la postal al suelo. La embargó una sensación de angustia, como si estuviera en un callejón sin salida. Acudió a su mente la lenta sucesión de los días lentos que había pasado tumbada en su apartamento, de las noches en el bar de Jimmy, despreocupada y alegre, en las que se entregaba a la risa y los arrumacos de Art y del resto de hombres como Art. Vio una fila de caballos exhaustos, de mendigos ateridos de frío y de toda clase de seres abatidos, agobiados y tambaleantes. Sentía que sus pies latían con fuerza, como si los tuviera embutidos en unos zapatitos de color champán. Le parecía que su corazón crecía en su pecho y que estaba cada vez más rígido.
 -Nettie -exclamó-, por el amor de Dios, prepárame una copa por favor.
 La criada se quedó atónita.
 -Pero, señora Morse -exclamó-, ha estado a punto de morir. No sé si el médico la va a dejar beber aún.
 -Olvida eso -dijo-. Ponme una copa y tráeme la botella. Ponte otra para ti.
 -Bueno -dijo Nettie.
 Preparó un par de copas, con la deferencia de dejar la suya en el baño, para bebérsela a solas, y le acercó el otro vaso a la señora Morse.
 La señora Morse miró dentro de la copa y el olor le produjo una náusea. Quizá le vendría bien. Quizá, cuando has estado fuera de combate durante unos días, la primera copa te devuelve a la vida. Quizá el whisky y ella volverían a ser buenos amigos. Rezó, pero no a Dios, sin fe alguna en ninguna divinidad, y pidió que, por favor, por favor, pudiera emborracharse, que estuviera siempre borracha.
 Levantó el vaso.
 -Gracias, Nettie -dijo-. A tu salud.
 A la criada le entró una risa floja.
 -Eso está mejor, señora Morse -exclamó-. Alégrese.
 -Sí -dijo la señora Morse-. Seguro.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Nórdica Libros, 2013, en traducción de Jorge Cano. ISBN: 978-84-15717-35-5.]

martes, 8 de enero de 2019

La herida de la esfinge.- Terenci Moix (1942-2003)


Resultado de imagen de terenci moix 

«-[...] Me estaba usted contando lo de su esposo...
 -No hay mucho que contar. Era una cerda.
 -¡Señora! Tenga a bien moderar su lenguaje.
 -Por más que lo modere, ¿cómo llamaría usted a un marido que se escapa todas las noches para bailar con los descargadores del muelle en los más sórdidos cafetines del barrio de Abukir? Residíamos entonces en Alejandría, ciudad que predispone a los excesos y nos obliga a asumirlos. Por supuesto, una verdadera señora siempre espera que el vicio se instale en casa de los demás, nunca en la propia. Yo, en Alejandría, era muy de embajadas, consulados y five o 'clock tea en las verandas de los grandes hoteles internacionales. Fui mundana desde muy joven; lógicamente, la desilusión no me hizo tanto daño como a muchas jóvenes de mi edad y condición social, que pasan de la pubertad al matrimonio sin haber conocido, siquiera como espectadoras, las mieles de la vida. Sólo en una circunstancia compartí su abúlico destino: me dieron esposo en lugar de elegirlo yo. Intereses entre familias y, encima, familias de comerciantes. En la mutua indiferencia que presidía aquella unión, asumí desde muy pronto que mi esposo me saldría parrandero -¿qué marido no lo es, en fin de cuentas?-, pero me costó mucho más asumir que entre los marinos del puerto le llamaban la Diosa del Faro y en los mejores salones la Nefertari, esposa que fue del gran Ramsés II, como usted no debería ignorar ya que parece un joven muy leído.
 -Empiezo a comprender. ¿No se llama su hijo Ramsés, de segundo nombre?
 -En efecto. Fue un nombre que impuso mi marido, pues yo, por mi gusto, le hubiera puesto Atanasio, como algunos patriarcas de nuestra iglesia. Pero Giorgios se negó en redondo; alegaba que en los rasgos del niño, como en los suyos propios, veía una resurrección de no sé cuántas pinturas del Egipto antiguo. Yo misma caí en la trampa. No alcanzando a comprender lo equívoco de tal pretensión, compartí el orgullo de haber dado a luz a un tan alto ejemplo de pureza racial, porque al fin y al cabo soy copta y con tal de no parecerme a los moros sería capaz de parir al mismísimo enano Bes. Pero veo que incurro en aquellos delirios que, a la larga, resultarían tan funestos. Porque desde el día de su nacimiento, Petros se vio implicado en los oscuros rituales que son propios del clan de mi marido...
 -¿Esos que la desprecian porque su genealogía sólo alcanza a mil quinientos años?
 Mostró ella su desagrado con un mohín encantador.
 -Es una familia muy complicada. Mis cuñadas sin ir más lejos, también tienen a sus maridos embalsamados.
 -Entiendo que usted, por su gusto, no habría embalsamado al suyo.
 -Por mi gusto, habría dejado que su cuerpo se pudriese en el desierto. Fue Petros quien se empeñó en conservarle a toda costa. O fue Ramsés, si lo prefiere. Para él, aquella muerte equivalía a un divorcio no deseado. Entienda que mi hijo y mi marido efectuaban un matrimonio místico.
 -Señora, me está usted contando cosas que yo no debería escuchar.
 -Toda mujer tiene derecho a la venganza y toda madre al desquite. Giorgios me arrebató a mi hijo, sumiéndolo en este mundo extraño que pretendía resucitar el ambiente de la antigua Tebas. ¡Como si estuviesen los tiempos para tales frivolidades! Me llenaron la casa de objetos faraónicos cuando yo tiendo al rococó francés y, últimamente, al Beidermeier. Y lo que resultaba más humillante: tuve que renunciar a mi personalidad para convertirme en un fetiche de sus ritos. En cierta ocasión, me obligaron a disfrazarme de vaca, para mejor reproducir los misterios de Hathor, diosa del amor como usted sabe. Y ante mis propios ojos tuve que ver como mi esposo, vestido de Nefertari, obligaba a Petros-Ramsés a poseerle, cumpliendo así los ritos matrimoniales. Aquella noche llevé cuernos por partida doble: por vaca y por engañada. Pero ambos se me cayeron cuando descubrí una verdad infinitamente más dolorosa. Y era que Petros, mi pobre niño, era incapaz del menor estímulo. Tenía ya catorce años y nada que ofrecer. Un drama, créame.
 Le tendí un pañuelo. Lloraba, pero con sumo cuidado de no estropearse el rimmel.
 -Si me permite una intromisión, acaso aventurada, debieron probar con otras personas, además de su marido.
 -¿Pues no probamos? No hubo odalisca de serrallo ni meretriz de burdel ni mozuelo de taberna o capitán de la guardia del jedive que no pasase por el lecho de Petros en aquellas infaustas fechas de su pubertad. Incluso tuvimos un coronel británico que había servido en la India. Se le atribuía una especie de predilección por los adolescentes morenitos. Para que se haga cargo de cuán lindo era mi hijo, le diré que el coronel se brindaba a ponerle un pabellón privado, con servicio, carruaje y palco en la ópera, como suele hacerse con las más acreditadas cortesanas del demi-monde parisino.
 -Me gustaría escuchar que usted se rebeló contra esta idea -dije, a punto de escandalizarme...
 -Por el contrario, la aplaudí vivamente. Era un proyecto muy sensato, querido. El coronel consideró que un efebo de catorce primaveras era el complemento ideal para un caballero de ochenta y tres inviernos. Por otro lado, yo sólo pensaba en la curación de Petros, de manera que le mandé a la alcoba de su pretendiente mientras iniciaba por mi cuenta una novena a santa Judita del mar Muerto, por quien siento particular devoción y que suele ser de gran provecho en los menesteres del sexo, porque antes de abrazar la fe de Cristo fue ramerilla en un reputado burdel de Esmirna. Mas en vano la hice fiadora de mis esperanzas. Al cabo de unos días, el coronel me devolvió a mi pobre hijo, con una carta desalentadora colgada del cuello. Venía a confirmar un fatal destino: el niño era un témpano. A partir de entonces, se encerró entre montones de libros viejos convirtiéndose en una penosa reproducción de la vida verdadera...
 Quise demostrar que mi conocimiento del alma humana era tan intenso como profundo.
 -Permítame aventurar que esta patética situación fue la causa que llevó a Petros a consagrarse a la egiptología...
 -No sea usted banal -exclamó ella, con abierto sarcasmo-. ¿Qué tendrá que ver el sexo con el templo de Salomón? Mi Petros se hizo egiptólogo porque le gustaba la egiptología. Otros impotentes se han hecho ferroviarios, militares, maîtres de hotel y hasta buceadores.»
 
       [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta De Agostini, 1998. ISBN: 84-395-6900-9.]
 

sábado, 20 de mayo de 2017

"Hombre lento".- John Maxwell Coetzee (1940)


Resultado de imagen de j m coetzee 
3

«"Frívolo". ¡Cómo se esforzó, aquel día en Magill Road, por escuchar la palabra de los dioses, tecleada en su máquina de escribir esotérica! Cuando ahora mira hacia atrás, solamente puede sonreírse. Qué extravagante, qué pintoresco ciertamente el creer que a uno le iban a mandar una notificación, cuando le llegara la hora, para que pusiera en orden su alma. ¿Qué seres podrían quedar, y en qué rincón del universo, que estuvieran interesados en comprobar todos los relatos de los agonizantes que ascienden a los cielos, con el debe en una columna y el haber en otra?
 Y, sin embargo, "frívolo" no es una mala palabra para resumirlo a él, tal como era antes del suceso y tal como quizá sigue siendo. Si bien en el curso de una vida entera no ha hecho mal a nadie, tampoco ha hecho ningún bien. No dejará ningún rastro tras de sí, ni siquiera un heredero que lleve su nombre. "Pasar sin hacer ruido por el mundo", así es como, en tiempos pasados, se describían las vidas como la suya: ocupándose de sus intereses personales, prosperando con discreción, sin llamar la atención. Si no queda nadie para emitir un juicio sobre una vida así, si el Gran Juez de Todo ha renunciado a juzgar y se ha retirado a cortarse las uñas, entonces lo dictaminará él mismo: "Una oportunidad perdida".
 Nunca había creído que tendría nada que decir a favor de la guerra pero, acostado en su cama de hospital, consumiendo tiempo y siendo consumido, parece estar revisando sus opiniones. En el hecho de arrasar ciudades, de saquear sus tesoros, de masacrar a inocentes, en toda esa destrucción insensata, empieza a detectar cierta sabiduría, como si en su nivel más profundo la historia supiera lo que está haciendo. ¡Abajo lo viejo, abrid paso a lo nuevo! ¿Qué puede haber más egoísta, más mezquino -esto en concreto es lo que lo atormenta- que morir sin hijos, acabando con el linaje, sustrayéndose a sí mismo de la gran obra de la generación? Peor que mezquino, de hecho: antinatural.
 El día antes de su alta hospitalaria tiene una visita inesperada: el chico que lo atropelló. Wayne no sé cuántos, Bright o Blight. Wayne ha venido para ver cómo le está yendo, aunque parece que no para admitir ninguna culpa.
 -Se me ha ocurrido pasar a ver cómo le iba, señor Rayment -dice Wayne-. Siento mucho lo que pasó. Qué mala suerte.
 No es un artista de las palabras, el joven Wayne. Y, sin embargo, su declaración es meticulosamente evasiva, como si le hubieran dicho que había micrófonos en la habitación. Y ciertamente, tal como descubre más tarde, el padre de Wayne se pasa en el pasillo todo el tiempo que dura la visita, escuchando a escondidas. No hay duda de que le ha dado instrucciones previas a Wayne: "Sé respetuoso con el vejestorio, dile que lo sientes, pero, pase lo que pase, no admitas que hiciste nada malo".
 Lo que padre e hijo se dicen en privado sobre ir en bicicleta por calles atestadas de tráfico se lo puede imaginar perfectamente. Pero la ley es la ley: incluso los vejestorios estúpidos que van en bicicleta tienen derecho a no ser arrollados, y Wayne y su padre lo saben. Deben de estar temblando ante la perspectiva de un pleito, puesto por él o por la compañía de seguros. Debe de ser por eso por lo que Wayne elige sus palabras con tanto cuidado.
 "Qué mala suerte." A él se le ocurre una larga serie de respuestas posibles, empezando por "No tuvo nada que ver con la suerte, Wayne, es que conduces de pena". Pero, ¿de qué sirve meterle puyas a un chaval que no tiene capacidad para arreglar lo que ha roto? "Vete y no peques más": eso es lo mejor que se le ocurre ahora mismo. La típica sentenciosidad de vejestorio que haría que los Blight, padre e hijo, se fueran a su casa riéndose a carcajadas. Cierra los ojos y desea que Wayne se marche.
 Un accidente: algo que sucede a uno, algo no intencionado, inesperado. Según esa definición, está claro que él, Paul Rayment, ha tenido un accidente. Pero, ¿qué hay de Wayne Blight? ¿Acaso Wayne también sufrió un accidente? ¿Cómo se sintió Wayne en el instante en que el misil que estaba pilotando en medio de una nube de música a todo trapo se clavaba en la carne humana agradablemente blanda? Una sorpresa, sin duda, algo inesperado y no intencionado; y, sin embargo, no exento de placer. ¿Puede decirse que lo que sucedió en el cruce maldito le ocurrió a Wayne? Si algo le ocurrió a alguien, a su parecer, fue Wayne lo que le ocurrió a él.
 Abre los ojos: Wayne sigue junto a la cama, el sudor le cae sobre el labio superior.  ¡Por supuesto! A Wayne deben de haberle machacado en la escuela que uno no sale de la habitación hasta que el maestro anuncia que se ha acabado la clase. ¡Qué alivio debió de sentir Wayne cuando por fin se vio libre de la escuela y los maestros y demás, y pudo pisar a fondo el acelerador, bajar las ventanillas y sentir el viento en la cara, mascar chicle, subir la música a todo volumen y gritar "¡A tomar por culo, colega!" a los vejestorios a los que iba arrollando! Y ahora aquí está, constreñido de nuevo, teniendo que poner cara de obediencia, buscando palabras que suenen a disculpa.
 Así que el enigma se resuelve. Wayne está esperando una señal y él quiere que Wayne salga de su vida.
 -Está bien que hayas venido, hijo -dice-. Pero me duele la cabeza y tengo que dormir, así que adiós.»

 

martes, 16 de febrero de 2016

"Nueve cuentos".- Jerome David Salinger (1919-2010)


Resultado de imagen de jd salinger 
Justo antes de la guerra con los esquimales

 "Ginnie decidió ir al grano. El taxi se estaba acercando a la casa de Selena.
 -No tengo ganas de cargar otra vez con el pago de todo el viaje -dijo-. No soy millonaria, ¿sabes?
 Selena puso primero expresión de asombrada, después de ofendida:
 -¿Acaso no pago siempre la mitad? -preguntó con ingenuidad.
 -No -replicó Ginnie rotundamente-. Pagaste la mitad el primer sábado, a comienzos del mes pasado. Y desde entonces, nunca más. No quiero ser mezquina pero estoy viviendo con cuatro dólares y medio por semana. Y de ahí tengo que...
 -Yo siempre traigo las pelotas de tenis, ¿no es cierto? -preguntó Selena con tono desagradable.
 A veces Ginnie sentía ganas de matar a Selena.
 -Tu padre las fabrica o algo así -dijo-. No te cuestan nada. Yo me tengo que pagar hasta la más mínima cosa que...
 -Está bien, está bien -dijo Selena levantando la voz y con un aire de suficiencia como para asegurarse la última palabra.
 En forma displicente, se revisó los bolsillos del abrigo.
 -Sólo tengo treinta y cinco centavos -dijo, fríamente-. ¿Es bastante?
 -No. Lo siento, pero me debes un dólar sesenta y cinco. He llevado la cuenta de cada...
 -Tendré que subir y pedírselo a mamá. ¿No puedes esperar hasta el lunes? Podría llevarte el dinero a la clase de gimnasia, si eso te hace más feliz.
 La actitud de Selena no invitaba a la clemencia.
 -No -dijo Ginnie-. Tengo que ir al cine esta noche. Necesito el dinero.
 Sumidas en un silencio hostil, las dos chicas miraron por ventanillas opuestas hasta que el taxi se detuvo frente a la casa de Selena. Entonces Selena, sentada del lado de la acera, se bajó. Dejando apenas abierta la puerta del automóvil, caminó con vivacidad y soltura hasta el edificio, como si fuera una reina de Hollywood de visita. Ginnie, con la cara ardiendo, pagó el importe del viaje. Después recogió sus cosas de tenis -raqueta, toalla y sombrero para el sol- y fue detrás de Selena. A sus quince años, Ginnie medía alrededor de un metro setenta y cinco y su calzado de tenis era del número 40. Al entrar en el hall de la casa su sensación de torpeza, caminando sobre suelas de goma, le daba un aire de oso. Selena juzgó preferible contemplar fijamente el indicador de pisos del ascensor.
 -Ahora me debes un dólar noventa -dijo Ginnie, acercándose al ascensor con grandes zancadas.
 Selena se dio la vuelta.
 -Tal vez te interese saber -dijo- que mi madre está muy enferma.
 -¿Qué le pasa?
 -Prácticamente tiene pulmonía, y si te parece que me divierte molestarla sólo por un asunto de dinero... -Selena pronunció la frase incompleta con todo el aplomo posible.
 A Ginnie esta información la desconcertó un poco, aunque no sabía hasta qué punto podía ser verdad, pero no por eso cayó en sentimentalismos.
 -Yo no se la contagié -dijo, y entró en el ascensor.
 Luego que Selena tocó el timbre del piso las hicieron pasar, o mejor dicho, la puerta fue entornada por una criatura negra con la que, al parecer, Selena no se hallaba en muy buenas relaciones. Ginnie dejó caer sus cosas de tenis en una silla del vestíbulo y siguió a Selena. En la sala, Selena se volvió y dijo:
 -¿Te molesta esperar aquí? Tal vez tenga que despertar a mamá y todo eso.
 -De acuerdo -dijo Ginnie, y se dejó caer en un sofá.
 -Nunca hubiera creído que podías ser tan mezquina -dijo Selena, que estaba lo bastante enojada como para usar la palabra "mezquina", aunque le faltaba valor para poder subrayarla.
 -Ahora estás enterada -dijo Ginnie, y le abrió en la cara un ejemplar del Vogue".