martes, 26 de julio de 2016

"Melmoth, el errabundo".- Charles R. Maturin (1782-1824)


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 "-¿Te aburre mi conversación, Immalee? -dijo él.
 -Me apena; sin embargo, quiero seguir escuchándote -respondió la india-. Me gusta oír el murmullo de la corriente aunque el cocodrilo se deslice bajo sus ondas.
 -Tal vez desees conocer a la gente de ese mundo, tan llena de crímenes y desventura.
 -Sí, porque es el mundo del que vienes; y cuando vuelvas a él, todos serán felices menos yo.
 -¿Está en mi poder, entonces, procurar felicidad? -dijo su compañero-; ¿acaso vago entre la humanidad con este fin? -una encontrada e indefinible expresión de burla, malevolencia y desesperación se extendió por su semblante al añadir-: Me haces demasiado honor al atribuirme una ocupación tan amable y benévola y apropiada a mi espíritu.
 Immalee, cuyos ojos miraban a otra parte, no advirtió su expresión, y contestó:
 -No lo sé, pero tú me has enseñado el gozo de la aflicción; antes de verte, yo sonreía solamente; desde que te conozco, lloro, y mis lágrimas son deliciosas. ¡Oh, son muy distintas de las que derramaba al ponerse el sol o cuando se marchitaba una rosa! Y, sin embargo, no lo sé...
 Y la pobre india, abrumada por emociones que no  entendía ni podía expresar, apretó sus manos sobre su pecho, como ocultando el secreto de sus nuevas palpitaciones y con una instintiva timidez que emanaba de su pureza, reveló el cambio de sus sentimientos alejándose unos pasos de su compañero, bajando unos ojos que no podían retener más tiempo las lágrimas. El desconocido pareció turbarse; por un instante, le invadió una emoción nueva para él; luego, una sonrisa de autodesprecio curvó su labio como si se reprochase haberse permitido un sentimiento humano, siquiera fugazmente. Relajó su semblante y se volvió hacia la apartada e inclinada figura de Immalee, sintiéndose como el que es consciente de la agonía de su alma pero prefiere burlarse de la agonía del otro. No es rara esa unión de desesperación interior y veleidad exterior. Las sonrisas son hijas legítimas de la felicidad pero la risa es a menudo hija bastarda de la locura, que se burla de su parienta en su propia cara. Con esa expresión se volvió hacia ella y le preguntó:
 -Pero, ¿qué quieres dar a entender Immalee?
 Una larga pausa siguió a este pregunta. Finalmente, la india contestó: "No lo sé", con esa natural y deliciosa facilidad que enseña el sexo femenino a revelar la intención con palabras que parecen contradecirla. "No lo sé" significa "Lo sé demasiado bien". Su compañero lo había comprendido y saboreó anticipadamente su triunfo.
 -¿Y por qué derramas lágrimas, Immalee?
 La dificultad de hablar un lenguaje que fuese a la vez inteligible y secreto que pudiese transmitir sus deseos sin traicionar su corazón, y la desconocida naturaleza de sus nuevas emociones, hicieron vacilar a Immalee antes de que pudiera contestar.
 -Quédate conmigo; no vuelvas a ese mundo del mal y del dolor. Aquí todo estará siempre en flor y el sol brillará como el primer día en que te vi. ¿Para qué quieres volver al mundo, a pensar y a ser desgraciado?
 La risa salvaje y discordante de su compañero la sobresaltó y enmudeció.
 -Pobre muchacha -exclamó, con esa mezcla de amargura y conmiseración que al mismo tiempo aterra y humilla-, ¿acaso es ése el destino que debo cumplir? ¿Escuchar el trino de los pájaros y contemplar la eclosión de los capullos? ¿Es ése mi destino? -y con otra salvaje carcajada rechazó la mano que Immalee le había tendido al terminar su sencilla súplica-. Sí, sin duda estoy bien preparado para semejante destino y para semejante pareja. Dime -añadió con más ferocidad-, dime en qué rasgo de mi semblante, en qué acento de mi voz, en qué frase de mi discurso has podido cifrar una esperanza que me ofende con esa perspectiva de felicidad.
 Immalee, que podía haber replicado "entiendo la furia de tus palabras pero no entiendo tus palabras", encontró suficiente ayuda en su orgullo de virgen y en la perspicacia femenina para descubrir que era rechazada por el desconocido; y una breve emoción de indignado pesar luchó con la ternura de su expuesto y ferviente corazón. Calló un instante; luego, reprimiendo las lágrimas dijo con el tono más firme:
 -Vete, entonces, a tu mundo ya que quieres ser desgraciado; ¡vete! ¡Ay! No hace falta ir allí para ser desgraciada pues yo lo voy a ser aquí. Vete... pero llévate esas rosas porque se marchitarán cuando te hayas ido; llévate estas conchas porque no me las pondré cuando no las veas tú.
Y mientras hablaba, con sencillo pero enérgico ademán, desprendió de su pecho y de su pelo las conchas y flores con que se adornaba [...]".

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