jueves, 23 de agosto de 2018

El elefante en la cacharrería.- Robert Barbault (1943-2003)


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5.-La biosfera, ecosistema planetario.
Los sistemas ecológicos: una organización estabilizadora.

«La contradicción puesta de manifiesto entre el expansionismo de la vida y la aparente estabilidad o regularidad de la naturaleza se resuelve fácilmente si se considera que ésta se encuentra organizada en grandes conjuntos complejos denominados "ecosistemas": bosques tropicales, sabanas, lagos, etc. Si se entienden los sistemas ecológicos como una distribución de poblaciones en interacción, las cosas aparecen efectivamente de forma mucho más clara y se vuelven comprensibles.
 Pongamos un ejemplo: imaginemos una planta, un diente de león. Transportadas por el viento, sus semillas se implantan y germinan en una isla en la que no existía esa especie. Para desarrollarse y establecer una población duradera, las jóvenes plántulas deberán insertarse en una red de especies ya instaladas: otras especies de plantas que les darán sombra o les disputarán los escasos recursos de agua o de nitratos; insectos o mamíferos herbívoros que se las comerán; y muchas otras especies que provocarán quizá que estas últimas vean limitada su capacidad de daño: aves que limitarán la acumulación de insectos o carnívoros que frenarán el crecimiento demográfico de eventuales conejos. Una red así de especies en interacción local es lo que los ecólogos llaman unas veces una red trófica y otras un sistema ecológico. Y cuando éste es comprendido en su contexto físico y químico -las especies y sus hábitats-, se habla de ecosistema.
 Con el concepto de ecosistema franqueamos una nueva etapa en la toma en consideración de los sistemas vivos. La población, conjunto de individuos de la misma especie, sigue siendo la unidad de base. Pero aquí nos interesamos por el conjunto de las especies que coexisten y por la red que constituyen, así como por los flujos de energía y de materia que los atraviesan.
 La vida apareció y perpetúa sus estructuras en un flujo de energía cuya fuente primera es el Sol. El primer compartimento de todo ecosistema reúne a los organismos clorofílicos (algas y vegetales), capaces de fijar esta energía solar y de sintetizar sus tejidos a partir de elementos minerales. Son los productores primarios. Todo ecosistema reposa sobre la producción primaria. La materia viva así producida es fuente de materia y de energía para los herbívoros: insectos, moluscos, aves, mamíferos, etc. Estos organismos son los primeros consumidores de materia orgánica viva si seguimos el flujo de energía en el ecosistema: son los consumidores primarios. Naturalmente, estos organismos sintetizan a su vez sus propios tejidos para crecer y multiplicarse: son, pues, productores, productores secundarios. Los herbívoros son presa de numerosos consumidores secundarios, depredadores y parásitos, que son a su vez fuente de nutrición para los consumidores terciarios, etc. Sin embargo, estas cadenas tróficas no son ilimitadas: en cada etapa, en cada transmisión de energía, hay pérdidas importantes, de modo que, a partir de los consumidores terciarios, la materia explotable se vuelve escasa, dispersa y difícilmente utilizable salvo por unos pocos superdepredadores y, sobre todo, por parásitos muy especializados. En fin, para que este sistema sea completo falta considerar un proceso esencial: el reciclado de la materia, sin el cual los vegetales se verían rápidamente privados de elementos minerales (la transformación de la roca en suelo es muy lenta y en gran parte insuficiente), y la superficie de la Tierra quedaría abarrotada de cadáveres y de detritos orgánicos. Este reciclado de la materia orgánica -descomposición, mineralización- está asegurado por los organismos descomponedores, principalmente microorganismos (bacterias y hongos), pero también invertebrados.
 Este tipo de análisis puede ser ampliado fácilmente al conjunto de la biosfera, entendida como un vasto ecosistema planetario en el seno del cual se estudiarán los grandes ciclos biogeoquímicos del nitrógeno, el carbono y el fósforo -biogeoquímicos, porque vinculan la vida (bio) a lo mineral (geoquímico)-. Es fácil imaginar que esta maquinaria planetaria, controlada en parte por la dinámica de la biodiversidad, pueda desajustarse, aunque hasta ahora se han obtenido en esencia efectos benéficos de su poderoso efecto estabilizador (véase "Un equilibrio aparente" más arriba).
 En el seno de estos sistemas ecológicos, la complejidad de las interacciones (competencia, depredación, parasitismo, mutualismo*, efectos de los agentes químicos y físicos, de las variables climáticas), es un factor de diversificación a una escala temporal y sobre un espacio heterogéneo (la geografía del planeta). En otras palabras, para sobrevivir y multiplicarse en un contexto así es preciso diversificarse, ejercitar la diferencia, especializarse en un nicho ecológico o en un segmento particular en donde hay que ser más eficientes que los competidores potenciales.
 Recordemos los pinzones de Darwin. Las 13 especies actualmente censadas se diversificaron a partir de una población que se expandió por el archipiélago de las Galápagos en el curso de siglos y milenios. Cada una de ellas está mejor adaptada a las condiciones ecológicas que experimenta la isla y el hábitat en el que se encuentra de lo que podría estarlo la especie madre: la diversificación ha producido un conjunto más competitivo para la explotación de los recursos locales que una sola especie poco diversificada. La selección natural ha favorecido a las especies capaces de llevar a cabo esa estrategia mediante una simple multiplicación diferencial: de ahí la omnipresencia de una gran variabilidad genética en el seno de las poblaciones naturales y la impresionante diversidad de las especies vivas conocidas.»
*Mutualismo: relación entre dos organismos de especies diferentes que se traduce en efectos beneficiosos para ambas.
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Laetoli, en traducción de Javier Fernández de Castro. ISBN: 978-84-92422-04-3.]

miércoles, 22 de agosto de 2018

Retrato de un hombre inmaduro.- Luis Landero (1948)

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«Recuerdo que me eché en la cama con una pirueta infantil y salté un rato sobre ella y que era dichoso porque, por un lado, me había quitado de en medio el incordio de la muerte y por otro ahora estaba libre de cuidados: de las responsabilidades, del tiempo, de la enfermedad, de las guerras, de la vejez, del trabajo, de los jefes, del miedo y hasta de la esperanza. Pensé: "Ya nadie puede exigirme nada, ahora soy libre y tengo toda la eternidad por delante para estar aquí solo, a mis anchas, tan ricamente tumbado a la bartola, a salvo del prójimo y de las penalidades de vivir".
 Sería bonito que la muerte fuera así, ¿no cree? O que pudiéramos al menos morir acompañados. Tomar una mano amiga, contar hasta tres y dar juntos el saltito final. O entrar en la eternidad dando zapatiestas de arlequín y alejarse del mundo bailando al compás de la música. O que la muerte fuese como registrarse en un hotel modesto, en una pequeña habitación que da a un patio interior.  
 ¿Le parece absurdo? Bah, no crea que tanto. Vivir es convertir el absurdo en el blanco de nuestros dardos lanzados al albur del momento. Entretanto, el viento va borrando las huellas de nuestros pasos descarriados. Y así, vamos por buen camino hacia ninguna parte. Yendo al azar, vamos a lo seguro. Y, a propósito de esto, ahora recuerdo que... Pero ¿no oye? Escuche. Sí, ahora sí. Ésa es la señal. Ya están ahí. Ahora empiezo a ver claramente las nieves perpetuas de mi Kilimanjaro. Y me pregunto si se acordará usted de mí durante mucho tiempo y qué recordará. De joven vi una vez una representación de Edipo Rey, de Sófocles, y como yo estaba entonces hechizado por la música verbal, lo que vi y oí en esa obra fue ante todo la historia de una voz. Al principio, cuando Edipo sale de su palacio y se dirige al pueblo, su voz es grave, solemne, serena y quizá hasta un punto arrogante, como corresponde por otro lado a un rey que además es un hombre ejemplar, un varón famoso en todo el mundo por su poder y sus virtudes. Luego hay un momento en que, al enfrentarse a Tiresias y a Creonte, su voz va subiendo de tono y perdiendo las formas hasta hacerse colérica, feroz, soberbia, amenazante. Cuando al fin se sosiega y cuando luego empiezan las primeras sospechas de que acaso el asesino al que busca sea él mismo, el propio Edipo, la música de su voz se va quebrando, va adquiriendo matices de incertidumbre y de zozobra, y por ese camino desemboca en la autoconmiseración, en la queja, en el balbuceo, y el metal de ese tono nos produce un sentimiento de piedad que después es también de pánico y de horror cuando finalmente su voz se rompe y se desgarra y ya es sólo el grito inhumano que anuncia su caída en la mayor miseria humana que uno se puede imaginar. Y así, la línea melódica va recogiendo, como un sismógrafo, los más leves y profundos movimientos del alma. He ahí, pues, la historia de una voz. La primera vez no me enteré del argumento porque sólo atendí a aquella música de palabras que por sí misma, sin necesidad de ninguna significación, contaba a su manera la triste historia de aquel hombre.
 Y me he acordado de eso ahora, en este último instante, porque mi voz ha durado toda la noche pero siempre ha sido más o menos la misma, ¿no es así? Una voz sin historia, como mi propia vida. Me pregunto si mañana, o dentro de un mes, recordará usted algo de lo que le he contado, o al menos, la música de mi voz. Porque eso es lo que recuerdo yo en estos últimos instantes, las voces de la gente a la que conocí. Oigo la música de todos, la música de la vida, una sinfonía verbal en la que apenas se distinguen palabras. Sólo algunas frases puras, indestructibles y esenciales: "Se vende este local", "No tengo aquí las herramientas".
 Y así podría seguir hablando y hablando y hablando, pero ya no hay tiempo para más. ¿Qué le ha parecido mi vida? ¿Le parece ridícula, insípida, trivial, curiosa, o una vida a medio vivir, o solamente una más entre tantas? Yo no sabría cómo definirla y menos aún cómo juzgarla. Es así, créame. Al cabo de tanto tiempo, lo ignoro todo sobre mí. Sí, sólo ahora, al haber destilado mi vida en palabras, me doy cuenta de lo ignorante que soy de mí mismo. Por ejemplo. ¿He sido feliz en el amor? Creo que no, pero no estoy seguro. ¿Y en el trabajo? Pues tampoco está claro. Soy ateo, como ya le dije, pero ¿no habré sido sin saberlo un hombre religioso, un creyente que va por libre, la oveja aquella descarriada de la parábola? Pues quizá. ¿Ha merecido o no la pena vivir? Tampoco lo sé, porque no consigo abarcarme a mí mismo y ver mis años desplegados en panorámica, formando un argumento. Y eso sin contar que siempre me ha gustado más mirar el espectáculo del mundo que tomar parte  en él. No sé nada, nada, nada. Ni siquiera sé si he vivido o no con cierta dignidad. Aunque, eso sí, tres o cuatro veces en mi vida he tenido el privilegio de caminar sobre las aguas... Y Cecilia... Me gustaría que mi vida hubiese sido al final una historia trágica de amor, para poder despedirme ahora con un pequeño discurso altisonante. Sería bonito. Pero no puedo. Como diría Bertini: "No tengo aquí las herramientas".
 Y ahora sí, ya es hora de acabar. Adiós y suerte, amiga, y gracias por su compañía.»
 [El texto pertenece a la edición de Tusquets Editores. ISBN: 978-84-8383-192-2.]

martes, 21 de agosto de 2018

Sonetos y canciones.- Petrarca (1304-1374)

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Primera parte: En vida de Laura
1 (Soneto I)
«Los que, en mis rimas sueltas, el sonido
oís del suspirar que alimentaba
al joven corazón que desvariaba
cuando era otro hombre del que luego he sido:

del vario estilo con que me he dolido
cuando a esperanzas vanas me entregaba,
si alguno de saber de amor se alaba,
tanta piedad como perdón le pido.

Que anduve en boca de la gente siento
mucho tiempo y, así, frecuentemente
me advierto avergonzado y me confundo:

y que es vergüenza y loco sentimiento,
el fruto de mi amor sé claramente
y breve sueño cuanto place al mundo.

5 (Soneto XII)
Si del tormento áspero mi vida
puede guardarse, y de los desengaños,
tanto que vea en los postreros años
la luz de vuestros ojos extinguida,

la áurea melena en plata convertida,
dejar guirnaldas y vistosos paños,
y ajarse el bello rostro que, en mis daños,
me hace lento el lamento y me intimida:

al fin me dará Amor tanta osadía
que podré de mis penas descubriros
cuáles fueron el año y hora y día;

y aunque la edad me impida conseguiros,
que llegue al menos a la angustia mía
un socorro de ya tardos suspiros.

20 (Soneto LXI)
Benditos sean el año, el mes, el día,
la estación, la hora, el tiempo y el instante,
y el país y el lugar en que delante
de los ojos que me atan me veía;

y el dulce afán primero que sentía
cuando me ataba Amor y aquel tirante
arco, y sus flechas, y, en mi pecho amante,
las profundas heridas que me abría.

Bendito sea el incesante acento
que llamando a mi dama he difundido,
y el llanto y el deseo y el lamento,

y bendito el papel con que he solido
ganarle fama y, ¡ay!, mi pensamiento,
que parte en él tan sólo ella ha tenido.

42 (Soneto CXXII)
Diecisiete años ha girado el cielo
desde que ardo y jamás me he apagado;
mas cuando pienso en mi presente estado
en medio de las llamas siento un hielo.

Cierto es el dicho, que uno cambia el pelo
mas no el vicio; y si el cuerpo está cansado,
no está el afecto humano atenuado:
causa es la sombra del humano velo.

¡Ay, triste!, ¿llegará el día dichoso
en que, mirando huir a la edad mía,
salga del fuego, libre ya de enojos?

¿Podré mirar cuanto desee un día
ese aire dulce de su rostro hermoso
y un sensato placer dar a mis ojos?

49 (Soneto CXXXII)
Si no es amor, ¿qué es esto que yo siento?
Mas si es amor, por Dios, ¿qué cosa y cuál?
Si es buena, ¿por qué es áspera y mortal?
Si mala, ¿por qué es dulce su tormento?

Si ardo por gusto, ¿por qué me lamento?
Si a mi pesar, ¿qué vale un llanto tal?
Oh viva muerte, oh deleitoso mal
¿por qué puedes en mí, si no consiento?

Y si consiento, error grave es quejarme.
Entre contrarios vientos va mi nave
-que en altamar me encuentro sin gobierno-

tan leve de saber, de error tan grave,
que no sé lo que quiero aconsejarme
y, si tiemblo en verano, ardo en invierno. »

 [Los poemas pertenecen a la edición en español de Ediciones Orbis y Editorial Origen, en traducción de Ángel Crespo. ISBN: 84-7530-160-6.]

lunes, 20 de agosto de 2018

Retrato del artista adolescente.- James Joyce (1882-1941)

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3

«-Nuestro fuego terreno, sean cuales sean su furia y su extensión, tiene siempre una zona limitada; pero el lago de fuego del infierno no tiene límites, ni playas, ni fondo. Se dice que una vez el mismo diablo, preguntado por cierto soldado, se vio obligado a confesar que si toda una montaña fuera arrojada en aquel océano hirviente sería consumida en un instante como un pedazo de cera. Y este terrible fuego no aflige las almas de los condenados solamente por fuera, sino que cada alma condenada será un infierno dentro de sí misma, abrasada por aquel fuego devorador en sus mismos centros vitales. ¡Oh, cuán terrible es la suerte de aquellos miserable seres! La sangre bulle y hierve en sus venas, los sesos se les abrasan en el cráneo, el corazón se les quema en el pecho como un ascua, sus intestinos son una masa rojiza de ardiente pulpa, sus tiernos ojos llamean como globos candentes.
 -Y todavía lo que he dicho referente a la fuerza, cualidad e ilimitación de este fuego, no es nada si se compara con su intensidad, una intensidad que ha sido el instrumento escogido por designio divino para castigo del alma y del cuerpo a la par. Es un fuego que procede directamente de la ira de Dios y que no obra por propia actividad, sino como un instrumento de la divina venganza. Como las aguas del bautismo purifican el alma y el cuerpo al mismo tiempo, así el fuego del castigo tortura el espíritu y la carne. Todos los sentidos de la carne sufren tortura y todas las facultades del alma al mismo tiempo. Los ojos, la impenetrable y absoluta obscuridad; la nariz, los pestilentes olores; el oído, los alaridos, bramidos e imprecaciones; el gusto, las materias corrompidas, el estiércol sofocante e indescriptible; el tacto, las punzadas de las candentes aguijadas y púas y los crueles lamidos de las lenguas de fuego. Y a través de los múltiples tormentos de los sentidos, el alma inmortal se ve torturada eternamente en su íntima esencia entre leguas y leguas de llamas ardientes inflamadas en los abismos por la majestad ofendida del omnipotente Dios y alimentadas con una furia perdurable y cada vez más intensa por el soplo de la cólera de la divinidad.
 -Considerad, finalmente, que el tormento de esta infernal prisión está aumentado por la misma compañía de los condenados. La mala compañía es tan dañina que, aun en la tierra, las plantas se retiran como por instinto de todo lo que es fatal o nocivo para ellas. En el infierno todas las leyes están cambiadas; ya no hay allí idea de familia, ni vínculo ni parentesco. Los condenados braman y se maldicen los unos a los otros y tienen su tortura y su rabia intensificadas por la presencia de otros seres tan torturados y rabiosos como ellos mismos. Todo sentimiento de humanidad está olvidado allí. Los alaridos de los atormentados pecadores llenan los más remotos rincones del vasto abismo. Las bocas de los condenados están llenas de blasfemias contra Dios y de odio para sus compañeros de sufrimiento y de maldiciones contra las almas de aquellos que fueron sus cómplices en el pecado. Allá en tiempos antiguos había la costumbre de castigar al parricida, al hombre que se había atrevido a levantar la mano asesina contra su padre, arrojándole a los profundos del mar dentro de un saco en compañía de un gallo, de un mono y de una serpiente. La intención de los legisladores que forjaron tal ley, que hoy en nuestros tiempos nos parece cruel, fue la de castigar al criminal con la compañía de aquellas odiosas y dañinas bestias. Pero, ¿qué valor tiene la furia de aquellos mudos animales comparada con la furia de execración que estalla de los resecos labios del condenado en los infiernos cuando contempla en sus compañeros de sufrimiento, a aquéllos que le ayudaron en el pecado y le indujeron a él, a aquéllos cuyas palabras sembraron la primera semilla del mal pensamiento y del mal vivir en su mente, a aquéllos que con impúdicas sugestiones le llevaron a pecar, a aquéllos cuyos ojos le sedujeron y le apartaron del camino de la virtud? Y se vuelven a sus cómplices y les reprochan y los maldicen. Pero ya no tienen socorro ni esperanza: es ya demasiado tarde para el arrepentimiento.
 -Considerad por último el horrible tormento que sufren aquellas almas, las de los tentadores lo mismo que las de los inducidos, en la compañía de los demonios. Los demonios les afligen de dos modos distintos: con su presencia y con sus sarcásticos reproches. No podemos formarnos idea de lo horribles que los demonios son. Santa Catalina de Siena vio una vez uno y ha dejado escrito que mejor que volver a ver, aunque fuera por un solo instante, un monstruo tan espantoso, preferiría estar marchando toda su vida sobre un rastro de carbones encendidos. Porque los diablos, que antes fueron ángeles hermosísimos, se convirtieron en monstruos tan horrendos y repugnantes cuanto primero bellos. Los diablos befan y escarnecen a las almas condenadas, empujadas por ellos a la ruina. Son ellos, los protervos demonios, los que hacen en el infierno el papel de la voz de la conciencia. ¿Por qué pecaste? ¿Por qué prestaste oídos a las tentaciones de los amigos? ¿Por qué te apartaste de las prácticas piadosas y de las buenas obras? ¿Por qué no evitaste las ocasiones de pecar? ¿Por qué no abandonaste aquella mala compañía? ¿Por qué no abandonaste aquella lasciva costumbre, aquel hábito impuro? ¿Por qué no seguiste los consejos de tu confesor? ¿Por qué, después de haber caído la primera vez, o la segunda, o la tercera, o la cuarta, o la centésima, por qué no te apartaste del mal camino y te volviste a Dios, que sólo esperaba tu arrepentimiento para absolverte de tus pecados? Ahora ya ha pasado el tiempo del arrepentimiento. ¡Tiempo hay, tiempo hubo, pero ya no lo habrá más! Tiempo hubo para pecar en secreto, para regodearte en la pereza y el orgullo, para ambicionar lo ilegítimo, para entregarte a los más bajos ímpetus de la naturaleza, para vivir como las bestias del campo, ¡qué digo!, peor que las bestias el campo, pues ellas por lo menos son simples brutos y no tienen razón que las guíe. ¡Hubo tiempo, pero ya no lo habrá más! Dios te habló tantas veces... ¡pero no le quisiste oír! No querías arrojar aquel orgullo y aquella cólera de tu corazón, no querías devolver aquellos bienes mal adquiridos, no querías obedecer los preceptos de tu Santa Madre la Iglesia, no querías cumplir con tus deberes religiosos, no querías abandonar aquellas malvadas compañías, no querías evitar aquellas peligrosas tentaciones. Tal es el lenguaje de aquellos diabólicos atormentadores: palabras de vituperio y de reproche, de odio y de repulsión. ¡De repulsión, sí! Porque hasta ellos, los mismos demonios, pecaron sólo tal como era posible a sus angélicas naturalezas, sólo por la rebelión de la inteligencia; y ellos, hasta ellos mismos, se vuelven, asqueados y repelidos, al contemplar aquellos innombrables pecados, con los cuales el hombre ultraja y mancilla el templo del Espíritu Santo, se mancilla y se empuerca a sí mismo.
 -¡Oh, queridos hermanitos míos en Cristo, que no nos esté destinado el oír este lenguaje! ¡Que no nos esté destinado, os digo! Yo le ruego fervientemente a Dios que en el último día de la terrible cuenta, ni una sola alma de las que ahora están en esta capilla pueda hallarse entre los miserables seres a los cuales el Gran Juez ha de mandar apartarse para siempre de su vista, que ni uno solo de nosotros pueda oír retumbar en sus oídos la espantosa sentencia de su condenación: ¡Apartaos de mí, malditos, id al fuego que os ha sido preparado por el demonio y sus ángeles!»

[El fragmento pertenece a la edición en español de la editorial Argos Vergara, en traducción de Dámaso Alonso. ISBN: 84-7017-952-7.]

domingo, 19 de agosto de 2018

El clon.- Danielle Steel (1947)


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8

«En dos años su consulta apenas había cambiado, la butaca en la que me senté delante de él estaba un poco más gastada y los cuadros en la pared parecían un poco más deprimentes. Él estaba más calvo y la alfombra, un poco más raída. Aparte de eso, todo seguía igual. El doctor se alegró de verme. Tras los preliminares habituales, decidí ir al grano. Me sentía muy confusa por culpa de Peter y Paul. Estaba más enamorada de Peter que nunca, él era todo lo que siempre había querido y nos llevábamos muy bien. Pero cuando se marchaba, me veía inmersa en una aventura demencial con Paul, mi amigo imaginario, como lo llamaba ahora, aunque el problema era que no tenía nada de imaginario. De hecho, cada día era más real y estaba loca por él de una manera que asustaba, por eso había ido a ver al doctor Steinfeld.
 -Bueno, Stephanie, ¿y qué te trae por aquí? –preguntó con amabilidad el doctor Steinfeld-. No habrás vuelto con Roger, ¿verdad?
 -No, claro que no.
 Charlotte acababa de contarme que Helena y él iban a tener un hijo y lo cierto es que no me importó en absoluto. Siempre había pensado que me sentaría fatal, pero estaba demasiado ocupada haciendo el cuádruple salto mortal con Paul y echando de menos a Peter en California como para preocuparme por el hijo de Roger y Helena.
 -No, es otra cosa. –No quería perder ni un segundo contándole lo de Helena y el bebé-. Estoy teniendo una relación con dos hombres que me está volviendo loca. No, en realidad no son dos, es uno solo. Bueno, más o menos. –Al ver la expresión del doctor Steinfeld comprendí que no me resultaría fácil explicárselo.
 -¿Tienes una relación con un hombre o con dos? No sé si te he entendido bien.
 En fin, yo tampoco lo entendía y él parecía casi tan confuso como yo.
 -Uno es real y el otro imaginario –respondí-. Aunque con este último me lo paso muy bien la cama. Sólo aparece cuando el real se va de viaje. De hecho, es el real el que me lo envía. –El doctor Steinfeld asentía y me miraba fascinado. Era evidente que me había vuelto mucho más interesante y neurótica de lo que jamás sospechó que podía llegar a ser.
 -¿Y cómo es tu vida sexual con… el real?
 -Fantástica –respondí sin la menor vacilación, y él asintió.
 -Me alegro. ¿Y el otro sólo es una fantasía? ¿De qué clase? Puedes contármelo, sé que confías en mí.
 -En realidad, se trata de los dos. Sé que le sorprenderá, doctor Steinfeld, pero el otro, Paul, en realidad, es un clon del primero, que se llama Peter.
 -¿O sea que se parecen mucho? ¿Son gemelos?
 -No, me refiero a que son la misma persona. Paul es el clon de Peter, más o menos… Verá, Peter se dedica a la biónica y ha realizado unos experimentos muy originales, y le amo. –La frente del doctor Steinfeld se perló de pequeñas gotas de sudor. Tuve que admitir que el asunto que me había llevado allí no iba a ser fácil para ninguno de los dos y casi me arrepentí de haber ido a verlo.
 -Dime, Stephanie, ¿has estado automedicándote? Ya sabes, algunos medicamentos tienen graves efectos secundarios y pueden provocar alucinaciones.
 -No estoy alucinando. Paul es el clon biónico de Peter y éste me lo envió cuando se marchó de viaje. Me acosté con él durante dos semanas en otoño y ahora ha vuelto. Creo que me estoy volviendo loca. Con cualquiera de los dos me siento enamorada… pero sé que amo a Peter. Él es real.
 -Stephanie –dijo el médico con firmeza-, ¿oyes voces? ¿Incluso cuando no estás con ellos?
 -No, no oigo voces, doctor. Me acuesto con dos hombres y no sé qué hacer.
 -Bueno, eso está claro.¿Son los dos hombres reales, Stephanie? Es decir, ¿son humanos, como tú y yo?
 -No –repuse con cautela-. Uno de ellos no lo es. Ahora Paul está aquí, porque Peter se ha ido de viaje. Él me lo envió –insistí.
 El doctor Steinfeld se enjugó la frente sin dejar de mirarme, mientras yo deseaba estar en cualquier sitio del planeta menos en su consulta. 
 -¿Está Paul en esta habitación ahora mismo? –preguntó-. ¿Lo ves?
 -Claro que no.
 -Muy bien. ¿Te sientes abandonada cuando Peter se va? ¿Necesitas llenar ese vacío con otra cosa, incluso con una persona imaginaria?
 -No, no me lo invento porque me sienta rechazada. Me lo envía Peter.
 -¿Cómo te lo envía? ¿Quizá en un ovni? –Sin duda esperaba que le contestara algo así. Era inútil.
 -Paul aparece con unas quince maletas moradas de piel de cocodrilo de Hermès. También tiene una manera de vestir algo extravagante, pero me divierto mucho con él.
 -¿Y Peter? ¿Cómo es?
 -Fantástico, conservador, listo, cariñoso y muy bueno con los niños. Estoy loca por él.
 -¿Y cómo viste?
 -Vaqueros y camisas normales, pantalones de franela gris y chaqueta.
 -¿Preferirías que se pareciera a Paul?
 -No, me encanta tal como es. De hecho, es más atractivo que Paul y eso sin esforzarse. Cuando le veo me flaquean las rodillas. –Sonreí al pensarlo.
 -Me parece muy bien, Stephanie. ¿Y cómo te sientes con Paul?
 -También le amo. Le encanta divertirse y a veces es un poco maleducado. Pero también quiere mucho a  mis hijos y es muy cariñoso y bueno en la cama. Sabe hacer una especie de voltereta en el aire y después aterrizamos en el suelo, yo encima de él y… -En ese momento vi que el doctor Steinfeld estaba al borde de un ataque de nervios y me dio pena.
 -¿Volteretas en el aire? ¿Eso es con el imaginario o con el real?
 -No es imaginario, doctor, es un clon. Un clon biónico. Tiene cables. Pero es idéntico a Peter.
 -¿Qué ocurre cuando Peter vuelve? ¿Desaparece o sigues “viéndolo”?
 -No. Se lo llevan otra vez al taller, le revisan los cables y le quitan la cabeza.
 Para entonces, el doctor Steinfeld sudaba abundantemente y me miraba frunciendo el entrecejo. No había ido a verlo para torturarlo, sino para desahogarme y obviamente la cosa no iba bien… para ninguno de los dos.
 -Stephanie, ¿has pensado alguna vez en medicarte?
 -¿Con qué? ¿Con Prozac? ¿Antes tomaba Valium. Me lo recetó usted.
 -De hecho, estaba pensando en algo un poco más fuerte, algo más adecuado para tu problema, quizá Depakote. ¿Lo conoces? ¿Has tomado algún medicamento desde la última vez que te vi?
 -No.
 -¿Has estado ingresada recientemente? –preguntó apenado y de pronto temí que el médico estuviera pensando en encerrarme en un manicomio. Sin embargo, quizá ese era el lugar donde debía estar.
 -No. Y sé que todo esto parece ridículo, pero es la verdad. Se lo juro.»

[El fragmento pertenece a la edición en español de la editorial Planeta DeAgostini, en traducción de Isabel Ferrer. ISBN: 84-395-8897-6.]

sábado, 18 de agosto de 2018

Vender la moto. Trucos de la manipulación del lenguaje.- Matteo Rampin (1966)


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No nombrarás en vano o la manipulación sin palabras
La última palabra

«Los medios de comunicación pueden inclinar la balanza a favor de un contendiente sin que nadie lo note y haciendo al mismo tiempo alardes de objetividad.
 Si bien es cierto que la ley obliga a que la oposición disfrute de la misma cobertura mediática que el gobierno, no lo es menos que la medida no basta para garantizar el equilibrio entre las partes. Ateniéndose estrictamente a las leyes, se puede influir engañosamente en el público por el sencillo método de dar la palabra en primer lugar al grupo que se quiere perjudicar y de lanzar a las ondas inmediatamente la respuesta de la parte política cuyos intereses se protegen. La mente humana, es cierto, registra ambos mensajes, pero siendo el último el que queda impreso y puesto que contiene argumentaciones contrarias al primero (que no habrá ocasión de negar), el juego está servido.
 Será, pues, útil fijarnos en el orden de exposición de las ideas al ver la televisión o escuchar la radio.
[…]

No levantarás falsos testimonios si puedes evitarlo o cómo mentir diciendo la verdad
Suelos escurridizos
 Todo lo que se lee a continuación es cierto: “Existe un poderosísimo disolvente químico que tiene las siguientes propiedades: empleado en dosis mínimas (menos de un centímetro cúbico) puede dañar un electrodoméstico de un modo irreversible; se evapora a temperatura ambiente y se difunde silenciosamente por el aire de la casa; se ha localizado en el 99 por ciento de las células tumorales; se usa en las centrales nucleares y en las industrias de armas químicas; es necesario para la producción de armas bacteriológicas; se distribuye en las bases militares de la OTAN mediante conductos subterráneos ramificados y complejos de cuyo control se ocupan ciertos organismos estatales; cuando lo absorbe el cuerpo humano pasa a la placenta y se filtra por la leche materna; a temperaturas elevadas, produce quemaduras. Finalmente, y éste es el dato trascendental, hay más de veinte multinacionales de la alimentación que emplean todavía hoy esta sustancia química en la preparación de productos dulces destinados a la infancia.
 ¿Prohibiría el lector el uso de esta sustancia?
En caso afirmativo, sepa que complicaría enormemente la vida a los fabricantes de bollería, porque les impediría emplear agua.
 Esta espantosa sustancia química no es otra cosa que agua clara y fresca, la cual posee, efectivamente, todas las propiedades y características que hemos mencionado. Claro, tiene otras muchas y éstas podrían haberse descrito de otro modo (por ejemplo, podríamos haber dicho que el agua llega a los cuarteles –como a todos los edificios occidentales- por un sistema de canalizaciones, o que su empleo no está restringido a la industria química porque se usa en todas las industrias, y que todas las sustancias producen quemaduras a temperaturas elevadas), pero queríamos sembrar el terror.
 ¿Lo hemos conseguido? En tal caso, debería aterrorizarnos mucho más la facilidad con que se nos puede inducir a error. Al fin y al cabo, si hubiera sido por el lector toda la industria dedicada a la bollería habría entrado rápidamente en crisis…

No matarás. Basta con que hables o cuando las palabras crean las cosas
El nombre de la cosa

 En las palabras se basan las relaciones de las personas y se fundamentan las sociedades y, con ellas, se decide la suerte de millones de individuos. Naturalmente, ese poder mágico del lenguaje se emplea también para dominar la conducta humana. Una de las formas más sencillas de lograrlo tiene que ver con esta curiosa propiedad del lenguaje: una misma realidad contada con palabras diferentes produce en nosotros impresiones distintas e incluso opuestas. Cuando la televisión habla de “fuego amigo” dice que unos soldados nuestros han matado por error a otros soldados nuestros, pero en el cerebro se crea una imagen inocua (fuegos artificiales en la playa, el calorcillo de una hoguera en un vivaque alpino al caer la noche…). Si el periódico habla de “conflicto de baja intensidad” está diciendo que sólo unos pocos (!) seres humanos han dejado de respirar para siempre, pero en la mente se forma, a lo sumo, la imagen de un tiroteo de poca importancia, como los que se ven en el cine. Cuando la radio habla de “operación” está diciendo que unos soldados han matado a otros (en la mejor de las hipótesis), y no que un médico está suturando una herida superficial en el hospital de campaña. En otros tiempos los médicos militares italianos empleaban tres diagnósticos distintos para nombrar la misma enfermedad (una infección parasitaria): “dermatosis”, cuando la padecían los oficiales; “sarna” cuando les tocaba a los suboficiales; “roña” cuando los que se rascaban pertenecían a la tropa. […]
Caras y cruces
 La multiplicidad de las definiciones posibles de una misma realidad se presta también a dirigir al interlocutor hacia el lado positivo o negativo de una misma cosa. Si hablando con una persona aludo a su
 Miedo a equivocarse
creo en su mente toda una serie de conexiones relativas al “miedo” (ansiedad, sensaciones desagradables, recuerdos de experiencias negativas, visión pesimista del futuro, etc.) y al hecho de “equivocarse” (recuerdos de castigos, sentimientos de culpa, sentimientos de inferioridad e incapacidad, etc.). Pero si hablo de su
 Deseo de acertar
evocaré toda una serie de asociaciones con el concepto de “deseo” (placer, esperanza, optimismo, etc.) y con el hecho de “acertar” (premio, satisfacción, autoestima, etc.). Diciendo lo mismo, pero con palabras diferentes, obtengo resultados distintos.
 No es necesario que se trate de conjuntos de palabras, puesto que para orientar la visión del mundo en un sentido u otro son suficientes las palabras sueltas. Veamos una lista de sinónimos que conviene emplear según el resultado que se pretenda:
 Miedo=prudencia
 Timidez=pudor
 Introversión=introspección
 Testarudez=tenacidad
 Doblez= diplomacia
 Prepotencia=carácter
 Fragilidad=hipersensibilidad
 Impulsividad=impetuosidad
 Locura=extravagancia
 Cicatería=precisión
 Inconsciencia=valor
 Vileza=prudencia
etc.»
[Los fragmentos pertenecen a la edición en español de Alianza Editorial, 2016, en traducción de Pepa Linares. ISBN: 978-84-206-6231-2.]

viernes, 17 de agosto de 2018

Bienvenido, Mister Chance (Desde el jardín).- Jerzy Kosinski (1933-1991)


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II

«Cuando oyó el teléfono que sonaba en su cuarto se precipitó a atender la llamada. Una voz de hombre le pidió que fuera a la biblioteca.
 Chance se cambió rápidamente la ropa de trabajo por uno de sus mejores trajes; se peinó con esmero, se puso un par de gafas de sol que usaba para trabajar en el jardín y subió la escalera. En la pequeña habitación repleta de libros le esperaban un hombre y una mujer. Habían tomado asiento detrás del escritorio, sobre el cual había varias carpetas con documentos. Chance se quedó en el centro de la habitación, sin saber qué hacer. El hombre se puso de pie y se dirigió hacia él con la mano tendida.
 -Soy Thomas Franklin, de la firma Hancock, Adams y Colby. Somos los abogados encargados de esta testamentaria. Y la señorita Hayes -añadió, volviéndose hacia la mujer- es mi asistente.
 Chance estrechó la mano del hombre y miró a la mujer. Ésta le sonrió.
 -La criada me ha dicho que en esta casa vive un hombre que trabaja como jardinero.
 Franklin inclinó la cabeza hacia donde estaba Chance.
 -Sin embargo, no hay ninguna anotación en los registros que indique que algún hombre, cualquier hombre, haya sido empleado por el difunto ni residido en esta casa durante los últimos cuarenta años. ¿Cuántos días hace que está usted aquí?
 Chance se sorprendió de que en tantos documentos como había sobre el escritorio no se mencionara su nombre para nada; se le ocurrió que acaso tampoco se mencionaba en ellos el jardín. Titubeó antes de responder.
 -He vivido en esta casa hasta donde alcanzan mis recuerdos, desde muy niño, mucho antes de que el Anciano se rompiera la cadera y empezara a quedarse en cama la mayor parte del tiempo. Estoy aquí desde antes de que crecieran los arbustos, de que instalaran el riego automático en el jardín. Desde antes de que existiera la televisión.
 -¿Qué dice usted? -preguntó Franklin-. ¿Ha estado viviendo aquí, en esta casa, desde que era niño? ¿Y puedo preguntarle cómo se llama usted?
 Chance se sintió incómodo. Sabía que el nombre de una persona tenía mucha importancia en su vida. Por eso la gente de la televisión tenía siempre dos nombres: el propio, fuera de la televisión, y el que adoptaban cada vez que actuaban.
 -Mi nombre es Chance -dijo.
 -¿El señor Chance? -preguntó el abogado.
 Chance asintió.
 -Examinaremos nuestros registros -dijo el señor Franklin.
 Levantó algunos de los papeles que tenía delante de sí.
 -Tengo aquí un registro completo de toda la gente empleada por el difunto o por su hacienda. Aunque al parecer había hecho testamento, no hemos podido hallarlo. En realidad el difunto dejó muy pocos documentos personales. No obstante, sí tenemos una lista de todos sus empleados -recalcó, al tiempo que fijaba la vista en el documento que sostenía en la mano.
 Chance se quedó en actitud de espera.
 -Haga el favor de sentarse, señor Chance -dijo la mujer.
 Chance acercó una silla hacia el escritorio y se sentó.
 El señor Franklin apoyó la cabeza en una mano.
 -Estoy muy sorprendido, señor Chance -dijo, sin levantar la vista del documento que estaba estudiando-, pero su nombre no aparece en ninguno de nuestros archivos. Nadie llamado Chance ha estado relacionado con el difunto. ¿Está usted seguro... realmente seguro... de haber estado empleado en esta casa?
 Chance respondió con prudencia.
 -Siempre he sido el jardinero. He trabajado en el jardín de la parte de atrás de esta casa toda mi vida. Desde que tengo memoria. Era un niño pequeño cuando empecé. Los árboles no habían crecido todavía y casi no había setos vivos. Mire cómo está el jardín ahora.
 El señor Franklin se apresuró a interrumpirle.
 -Pero no existe el menor indicio de que un jardinero haya estado viviendo y trabajando en esta casa. Nosotros..., es decir, la señorita Hayes y yo..., nos hemos hecho cargo de la testamentaria del difunto por disposición de nuestra firma. Todos los inventarios obran en nuestro poder. Puedo asegurarle que no hay ninguna indicación de que usted haya estado empleado aquí. No hay ninguna duda de que en los últimos cuarenta años no se dio empleo a ningún hombre en esta casa. ¿Es usted jardinero de profesión?
 -Soy jardinero -contestó Chance-. Nadie conoce el jardín mejor que yo. Desde que era un niño, he sido el único que ha trabajado aquí. Hubo alguien antes de mí..., un negro alto; se quedó sólo el tiempo suficiente para indicarme lo que debía hacer y para enseñarme el trabajo. Desde entonces, he trabajado solo. Yo planté algunos de los árboles -dijo, al tiempo que inclinaba el cuerpo en dirección al jardín- y las flores, limpié los senderos y regué las plantas. El Anciano acostumbraba sentarse en el jardín a descansar y leer. Pero luego dejó de hacerlo.
 El señor Franklin caminó desde la ventana hasta el escritorio.
 -Me gustaría creerle, señor Chance -dijo-, pero si lo que usted dice es cierto, como usted sostiene, entonces... por alguna razón difícil de desentrañar... su presencia en esta casa, su condición de empleado, no han sido asentados en ninguno de los documentos existentes. Es verdad -añadió, dirigiéndose a su asistente- que muy pocas personas trabajaban aquí; él se retiró de nuestra firma a los sesenta y dos años, hace ya más de veinticinco años, cuando la fractura de cadera le impidió moverse. Sin embargo -continuó-, a pesar de su edad avanzada, el difunto se mantuvo siempre al tanto de sus propios asuntos y todas las personas que empleó fueron inscritas como correspondía en nuestra firma para los pagos, seguros y demás. Después de la partida de la señorita Louise, la única anotación que figura en nuestros archivos se refiere al empleo de una criada "importada"; nada más.
 -Yo conozco a la vieja Louise. No recuerdo haber estado en esta casa sin ella. Todos los días me traía la comida a mi habitación y de tanto en tanto se sentaba conmigo en el jardín.
 -Louise murió, señor Chance -lo interrumpió Franklin.
 -Se fue a Jamaica -dijo Chance.
 -Sí, pero hace poco cayó enferma y murió -acotó la señorita Hayes.
 -No sabía que hubiera muerto -dijo Chance con voz queda.
 -Sin embargo -insistió el señor Franklin-, todas las personas empleadas por el difunto han recibido siempre los sueldos que les correspondían. Nuestra firma estaba al cargo de esos asuntos; de ahí que estén asentados en nuestros libros todos los detalles relativos a esta propiedad.
 -No conocí a nadie más que trabajara en la casa. Siempre estuve en mi habitación y trabajé en el jardín.
 -Quisiera creer lo que usted me dice. Sin embargo, por lo que hace a su presencia anterior a esta casa, no tenemos el más mínimo indicio. La nueva criada no tiene idea del tiempo que ha estado usted aquí. Nuestra firma ha tenido en su poder todas las escrituras, cheques, reclamaciones por seguros, durante los últimos cincuenta años. -El señor Franklin sonrió-. En la época en que el difunto era socio de nuestra firma, algunos de nosotros no habíamos nacido todavía o éramos muy, muy jóvenes.»
 [El fragmento pertenece a la edición en español de MDS Books/ Mediasat, en traducción de Nelly Cacici. ISBN: 84-96075-12-5.]