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jueves, 25 de marzo de 2021

Pequeños paraísos. El espíritu de los jardines.- Mario Satz (1944)


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Los diversos verdes

  «Si nos preguntaran cuál es el color más abundante en la tierra muchos diríamos que el azul, pues los viajes al espacio exterior han condicionado nuestra percepción hasta tal punto que tendemos a ver nuestro planeta como una esfera envuelta en prodigiosos, glaucos, vibrantes océanos y mares. Aquí, sin embargo, a ras del horizonte y en nuestra casa terrestre, es el verde con sus diversos tonos y semitonos el color privilegiado que abruma nuestros sentidos al tiempo que estimula nuestros conos y bastones. Un “verde que te quiero verde” que, como viera con alegría García Lorca, nos habla de un reposo y de una querencia, de frescura y de sombra. En los anales de la historia culturas enteras han sido definidas por su devoción a un determinado color: los persas al añil o azul; los beduinos mostrando su predilección por el negro o el café oscuro; los hindúes por el azafrán y los hilos de oro de los saris; los romanos por el púrpura; los hebreos por el celeste cielo listado de blanco nube; los griegos por el lino color hueso, tan semejante a sus amados mármoles y los egipcios por los tonos transparentes, casi de espejismo en el desierto. En cuanto al verde, ha sido acaparado tanto en sus variantes de seda como de acuarela por los chinos, quienes lo llaman qing y dibujan su ideograma como un germen, un tallo que crece. Verde fue también el color oficial adoptado por la dinastía Ming, que reinó del siglo XIV al XVII y fue la mayor exportadora de cerámica de ese color en el mundo antiguo.
 Constatar que los chinos emplearon el mismo nombre para hoja que para la cabeza humana, ye, y que por ello su concepción filosófica confirió a la naturaleza que crece y se desarrolla cierto grado de conciencia lúcida, de sensibilidad omnisciente, al mismo tiempo que concedía al pensamiento humano la posibilidad de fotosintetizar para su propio bien la luz del sol, nos lleva a elogiar una vez más los logros de esa cultura. Tampoco se les escapó a sus botánicos que, por diferente que fuera una hoja de las demás en forma y aspecto, todas tenían en común el verde de su vitalidad, razón por la cual la hoja pasó, simbólicamente, a representar la felicidad y la prosperidad en cualquier lugar de la parda corteza de la tierra en la que exhibiera sus nervaduras. Irresistible, la idea parece casi un ejercicio de taichí, pues sugiere que, para ser feliz, basta con oscilar al ritmo del viento o dejarse acariciar por la brisa sin pensar demasiado en que nuestro único sostén es un mínimo y frágil tallo. En lo que atañe a los griegos, su klorós o verde se refiere siempre a un tono pálido y nos remite a las plántulas recién nacidas, al corazón de las lechugas o a los brotes tiernos, pues entre los helenos el verde oscuro se confundía con el azul marino y excedía, por ello, la exactitud de una denominación fija. Para los latinos, en cambio, viridis es inseparable del concepto de virtus que alude al vigor, a la fuerza, al triunfo que encarnó, en su día, el siempre verde laurel (Laurus nobilis). Olímpicos y poetas aún nos lo recuerdan.
 Es posible que los romanos hallaran esa creencia en Egipto y en concreto en la figura del Osiris resurrecto –representado con frecuencia por pequeños ladrillos huecos en los que elevaban su delgada aguja los coléptilos del trigo y cuyo nombre griego, jardines de Adonis, daba cuenta de un inmortal amor a la vida- y que vieran en el dios reconstruido por Isis la relación entre el verde y su espléndida victoria sobre el negro de la muerte, por cuanto gran parte de su alimentación invernal procedía de sus colonias en el valle del Nilo, de donde también importaban la turquesa y las verdes sales del cobre. Si nos fuera dado enumerar los diversos verdes –el limón, el veneciano, el manzana, el botella, el oliva, el pistacho, el huevo de perdiz, el de la menta, el jade, el oscuro y el translúcido, el amarillento y el azulado- deberíamos incluir también, y para ser fieles a su clasificación heráldica, sus referencias simbólicas, tan variadas y aún así convergentes. Ambivalente, apariencia del moho, el moco y el pus, el verde es sin embargo el color de la vida misma. Plinio, quien aseveraba que la esmeralda deleita la vista sin fatigarla porque cristaliza en sus facetas la misma serenidad de un bosque de altos helechos o fija en piedra lo que la corriente de agua mueve en juncos y algas fluviales, estaba afirmando sin saberlo una verdad óptica: la lente del ojo enfoca la luz verde casi exactamente sobre la retina, lo que significa que nuestro órgano de la vista se esfuerza menos para ver ese tono que para captar todos los demás.
 Existe una línea de parentesco directo entre La serpiente verde, relato esotérico de Goethe, y las Hojas de hierba de Walt Whitman. En ambos casos, se alude en prosa y en verso a la fertilidad espontánea como la auténtica riqueza apetecible, explicitando que la vida simple y sencilla, en contacto con los elementos, es la mejor que podamos desear. Verde es así sinónimo de natural, de todo aquello que se desarrolla según pautas generosas y al aire libre. Sabido es que, en el sufismo, la maravillosa y misteriosa figura de Al Jadir o Khadir, el Verde, encarna una especie de ángel de la evolución psíquica del hombre y alude a aquel guía que aparece una y otra vez para enseñarnos a eliminar la grisura y el desánimo, la molicie y el estancamiento. El maestro sufí Najmuddin Kubra, que vivió en el siglo XIII, formuló una curiosa teoría de los colores místicos en la cual el verde aparece como signo de la vitalidad, pues el latido de éste es semejante, según Kubra, al de la luz que pulsa en la hoja su transformación sutil, y cuando tarde o temprano el sujeto siente que su sangre es paralela a la savia vegetal y que la totalidad de su sistema circulatorio se despliega  en su mente como una arborescencia extática, un bosque de luz lo abriga y protege, un bosque del que él, simplemente, es un átomo consciente y libre. Hoy diríamos, con los entendidos en colores, que esa experiencia espiritual tiene una base empírica orgánica, ya que el cobre en la hoja equivale, por su función y metabolismo, al hierro en la sangre. Ambos metales son captadores de oxígeno, y con él de luz. Ese rasgo de metálica polaridad nos conduce a la observación del sufí Sohravardi respecto de la montaña cósmica del Caf –objetivo de todo discípulo o peregrino que busca la intersección del reino de los cielos en la tierra- como una resplandeciente, elevada esmeralda ante cuya presencia se apacigua el torrente sanguíneo y se disipan ansiedad y preocupación, por cuanto el vigor y la resistencia del caminante se miran en la mencionada montaña santa para captar en ella, como en un imán, el sentido metafísico de sus pasos. Plinio ya nos había hablado de las virtudes de esa piedra preciosa, pero no de los campos de gramíneas en flor que el poeta hebreo Yoram al-Kalam llamaba “el lecho de Dios en la tierra de los hombres”.
 Las gramíneas –plantas herbáceas monocotiledóneas que extienden sus diez mil especies por estepas, prados y praderas desde hace millones de años y que con su descomposición y fermentos dan origen al humus que permite el crecimiento de todo lo demás, apoteosis del verde- son el tálamo ideal para amantes furtivos. Sus tallos cilíndricos, generalmente huecos excepto en los nudos, y sus flores dispuestas en espículas que se reúnen en espigas y llegan al fruto en forma de cariópside, inspiraron a los egipcios la figura del dios Ptah, espíritu creador activo por mediación de cuya inteligencia divina las cosas surgieron del vacío (el mencionado tallo de las gramíneas). Ptah, el alfarero divino, construía el mundo “envolviendo la nada con materia”, del mismo modo que las hojas de los árboles y la vegetación baja ocultan a partir de la luz inmaterial que las engendra las mismas ramas que las sostienen. Entre muchos pueblos africanos existe la creencia de que el color verde es un hijo que el sol le hace a la tierra, creencia que se basa en la palabra vástago, empleada tanto en un contexto vegetal como humano.
Resultado de imagen de pequeños paraisos En la tradición cristiana y durante la Edad Media las cruces se pintaban de verde porque aludían al Árbol de la Vida, el cual crecía en la Jerusalén celestial, ombligo y eje cósmico. Curiosamente, en la tradición hebrea, el verde, iarok, tiene el mismo valor numérico que todo aquello que existe a partir de la nada, iesh. Fue del vacío moral y la pobreza poética de su entorno que Jesús, partiendo del centro de una ciudad transfigurada por la luz, hizo crecer los frutos de una nueva comprensión de la realidad. Decimos centro por un motivo obvio: ése es el lugar que ocupa el verde en el espectro solar y en contigüidad con el amarillo hacia la región de lo cálido, y del azul hacia la región de lo frío. Aunque fascinante, la ya citada concepción cromática del sufí Kubra no es del todo original, por cuanto sabemos que el centro o chakra cardíaco, denominado en sánscrito anahata, es descrito –por el tantrismo y muchos siglos antes- de color verde. Las semejanzas simbólicas que se observan entre las distintas tradiciones no hacen sino aludir a una remota fuente común.
  Hildegarda de Bingen, quien solía meditar a la manera peripatética, es decir, caminando, veía en las hierbas de los prados de mayo y junio la fuerza del Corpus Christi, fiesta que, además de conmemorar la institución de la Eucaristía y precisamente por ello, debería recordarnos que cada “acción de gracias” es válida, también, para bendecir un paisaje: el que nos sostiene. En ese sentido el verde expresa benevolencia, gratitud.
 El verde es también una fuente de inagotable relajación. Por esa causa lo visten los médicos –especialmente los cirujanos-, para compensar y complementar los rojos de los derrames de sangre. Si consideramos que el verde apareció en el mundo antes que el hombre, y que el ser humano lo percibe como soporte idóneo de las flores, resulta comprensible que en muchas ocasiones se lo haya llamado “padre de los colores” (entre los sufíes) o “madre de la vida” (entre los taoístas chinos, para quienes es sin duda un color femenino). De ese modo, Jadir o Khadir reaparecería en nuestros quirófanos para calmar nuestros dolores y aliviar nuestras enfermedades, venciendo a la ira del rojo y apaciguando la nostalgia que provoca la eterna lejanía del azul.
 En el pensamiento antroposófico de Rudolf Steiner el verde representa la imagen muerta de la vida así como el encarnado simboliza la imagen viva del alma y el blanco alude a la imagen anímica del espíritu. Pero esa manera de considerar el reino vegetal está teñida, nos parece, de los aspectos negativos del verde: el tono de la hiel, del mal humor, de muchos venenos; o bien porque evoca la peligrosa clorosis, que es, en nosotros, signo de una anemia blanco verdosa. Lo cierto es que el verde, allí donde crece, es vida, y en las selvas vida lujuriosa. Es verdad que tanto la putrefacción de los cadáveres como el proceso que inicia el moho en la cadena desintegradora de lo orgánico confieren al verde un cierto prestigio de siniestro y triste, pero eso es así porque lo juzgamos desde una óptica humana y prejuiciosa. Los biólogos han ido aún más lejos en su descalificación taxonómica, ya que al denominar luciferina a la luz verde que enciende con intermitencias el vientre de las luciérnagas nos hacen pensar que se trata de una luz caída, inferior.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2017, pp.159-168. ISBN: 978-84-16748-45-7.]      

martes, 11 de febrero de 2020

Diario póstumo.- Ramón Gómez de la Serna (1888-1963)

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Segundo diario

«Pág. 55.- La tierra... Sí, la tierra... Ella nos alimentó, pero un día se alimentará de nosotros. […]
 Pág. 104.- En serio: "las cosas en serie" son el nuevo fetichismo humano.
 Desconcierto: dos butacas para un mal concierto. […]
 Pág. 121.- Para adelgazar, reposaba con los pies hacia arriba y se la subieron a los pies todos los pensamientos.
 El cisne del zoológico me dijo: "Muy bonito venir al zoológico una vez de vez en cuando, pero lo malo es estar siempre." […]
 Pág. 122.- Resúmenes: hay un momento en la vida en que sólo nos quedan los colmillos, como si nos hubiésemos convertido en tigres. […]
 Pág. 125.- Un seductor es el que sabe cerrar la puerta del vagón de la que despide, lo bastante antes de que salga el tren.
 Sólo los ladrones ven resplandecer las joyas en los escaparates apagados. […] 
 Pág. 149.- El envidioso no aplaude porque le salen espinas en las palmas de las manos y se las clavaría si aplaudiese.
 Me fijé, y en el fondo del cóctel, en vez de guinda, había un corazón.
 Era un ser tapón de ésos que tapan la vida y no la dejan expandirse. […]
 Pág. 151.- Tenía un fuerte ataque de reuma. La dolían los diamantes que no había tenido.
 Nunca quieren caer cerca los calcetines. Son unos hermanos poco fraternos. […]
 Pág. 160.- Encerrona y trampa. Ésa es la vida, aunque ande uno muy cauto.
 Lo peor de que le atropelle a uno un auto es que es como si le hubiese atropellado un baúl de maldita gente. […]
 Pág.161.- El comunista tiene el alma tan llena de odio y miedo, que no puede dormir, y entonces echa la culpa a los vecinos. […]
 Pág. 165.- Sé lo que va a suceder y lo que no puede suceder de ninguna manera, pero para lo que no tengo tiempo es para calcular cómo va a pasar una cosa y cómo no va a pasar otra.
 Una cosa que no sé si ha sucedido nunca: que una golondrina se haya metido por el agujero de una guitarra colgada. […]
 Pág. 196.- Llegará la T.V. a pagar una gran cantidad -ricos para toda la vida- a las parejas que dejen televisionar su noche de bodas.
 Creen los que se acuestan que no pasa nada en la noche. A lo más, unos trasnochadores que se divierten. Están equivocados.
 La noche está llena de negociados activísimos que estudian sus destinos, que preparan sus fortunas y sus ruinas. Que les señalan enfermedad -ya les ha llegado la hora-, que eligen novio para sus hijas que todavía no han tenido el primer novio, etc. etc. etc. […]
 Pág. 201.- Un jardín es un asilo de árboles.
 La mujer con las piernas cruzadas parece estar defendida contra todo.
 En el fondo, las gaviotas no son más que unas ratas que vuelan. […]
 Pág. 204.- El oboe hace que nos crezcan las orejas.
 Las raíces son las barbas del árbol.
 Se le veían ya las líneas telefónicas de las venas.
 Los pinceles son las espigas en que florece el arte.
 Bañistas: ombligos pasados por agua. […]
 Pág. 230.- Lo que hay que ser es un infeliz feliz.
 El mundo actual es terrible porque se oscila entre los que creen que todo hay que compartirlo y los que creen que todo hay que repartírselo.
 Invento próximo: máquina de lavar conciencias.
 Daban miedo aquellas piernas porque parecían piernas de cristal. […]
 Pág. 233.- T.V. HOY, 23 JUNIO, VINO A VISITARME LA TELEVISIÓN. TODAVÍA SOY INDEPENDIENTE Y FELIZ. […]
 Pág. 241.-La vida se repite demasiado y lo único genial es haber conseguido que no se repita en alguien ni en sus alrededores, que lo rutinario no se repita. […]
 ¿Piensa la cabeza de un clavo? Sí, piensa que no sea muy pesado lo que cuelguen de él. […]
 Pág. 260.- Era muy sagaz aquella mujer porque sabía que sólo sostenía a su marido poniendo encaje a sus descotes, a sus mangas y a los zócalos de sus combinaciones y sus trajes.
 Pág. 285.- Si no te encuentro, ¿para qué quiero la ciudad?
 Mujer: dos tazones para el desayuno.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Plaza & Janés, 1974. ISBN: 84-01-44077-7.]

jueves, 23 de mayo de 2019

Prosistas griegas. Testimonios y fragmentos.- Johann Christian Wolf (1679-1754)


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11.-Leoncio

«Esta filósofa epicúrea alcanzó su floruit o apogeo en torno al año 330 a.C. Escribió un libro en el que defendía las doctrinas de Epicuro frente a Teofrasto, cuyo ingenio y estilo fue alabado por Cicerón.
 
11.1.-La tortuosa relación con Epicuro
Leoncio a Lamia
 Nada hay más triste, al parecer, que un viejo que se ha vuelto adolescente. Tal es como me trata ese Epicuro que lo critica todo, que sospecha de todo, que me escribe cartas irresolubles y me echa del Jardín. ¡Por Afrodita!, si Adonís tuviera ya cerca de ochenta años, no lo soportaría, piojoso como es, enfermizo y todo cubierto de vellones en vez de ropas. ¿Hasta cuándo soportará una a este filósofo? ¡Que se quede con sus máximas capitales sobre la naturaleza y con sus retorcidas normas! A mí que me deje mi máxima principal de mí misma cómodamente, que no se encoleriza ni ultraja. Realmente, tengo a un asaltante como éste, no como tú, Lamia, a Demetrio.
 ¿No va a ser posible vivir con moderación por culpa de este hombre? Quiere socratizar, charlatanear, ironizar y considera a uno Alcibíades o Pitocles y piensa que me va a convertir en Jantipa. En última instancia, me levantaré y huiré a cualquier parte de la tierra antes que soportar sus cartas descosidas. Y ya se ha atrevido a lo más terrible e insoportable de todo por lo que te he escrito, deseosa de recibir tu opinión sobre qué he de hacer.
 Sin duda conoces al hermoso Timarco de Cefisia. No niego que tengo trato familiar con este joven desde hace mucho y conviene que tú me digas la verdad, Lamia. Hace poco que he conocido con él a mi primera Afrodita, pues él me ha desflorado, siendo como soy su convecina. Desde aquel momento, no ha dejado de enviarme todo tipo de obsequios: vestidos, joyas de oro, esclavas, esclavos, indios, indias... Lo demás me lo callo. Incluso se anticipa a los más mínimos detalles para que nadie pruebe antes que yo los frutos de la estación. Y me dice: "Aparta de ti ahora a tal amante y que no se te acerque". Y, ¿con qué nombres crees que lo llama? Ni ático ni filósofo, sino el primer llegado de Capadocia a Grecia. Pero yo, aunque en toda la ciudad de Atenas no hubiera más que Epicuros, ¡por Artemis! que no los sopesaría a todos en el brazo de Timarco, o más bien, ni siquiera en su dedo. ¿Qué dices tú, Lamia? ¿No es verdad esto? ¿No tengo razón? No, por Afrodita, te pido que no te acuda eso a la mente, sino un filósofo, uno ilustre y que tiene trato con muchos amigos. Que coja lo que tengo, que enseñe a otros, porque a mí no me sirve de nada la gloria.
 Pero, ¡oh, Démeter!, concédeme al que quiero, a Timarco. Es que, por mi culpa, este joven se ha visto obligado a todo tipo de cosas: a abandonar el Liceo, su propia juventud, a sus camaradas y su compañía, y a vivir con él, a adularlo y a celebrar sus inconsistentes opiniones. Y le dice: "Tú, Atreo, sal de mi finca solitaria y no te acerques a Leoncio". Igual que él no te va a replicar con más razón que ésta, ¡no te acerques tú a la mía! Pero él, joven como es, soporta a otro rival amoroso viejo, mientras que el otro no soporta a quien lo es con más derecho. ¿Qué puedo hacer, ¡por los dioses!, te lo suplico, Lamia? Por los misterios, por el alejamiento de estas desgracias que, considerando la ausencia de Timarco, hace poco que expiro, sudo y mis extremidades y mi corazón me dan vueltas. Te pido que me acojas contigo unos pocos días y haré que este se dé cuenta de qué clase de bienes ha disfrutado teniéndome en su casa.
 Ya no soporta al muchacho, lo sé de sobra, e inmediatamente nos enviará como embajadores a Metrodoro, a Hermarco y a Polieno. ¿Cuántas veces crees que yo, Lamia, me he presentado en privado ante él y le he dicho: "¿Qué haces, Epicuro? ¿No te das cuenta de que Timócrates, el hijo de Metrodoro, se burla de ti por esto en las asambleas, en los teatros ante los demás sabios?". Pero ¿qué se puede hacer con él? Es un desvergonzado en el amor. Así que también yo seré igual de desvergonzada que él y no dejaré a mi Timarco. Salud.
Alciphr. 2, 2.
 
 11.2.-Amores de Leoncio y Epicuro
"Cuentan que Epicuro" cohabitaba con la hetera Leoncio.
"Cuentan que Epicuro" la ensalzaba y la halagaba en las Cartas dirigidas a Leoncio: ¡Soberano Peán, querida Leoncito! ¡Con que aplauso nos hemos llenado al leer tu cartita! 
 Y "cuentan que Epicuro" escribía a otras muchas heteras, pero en particular a Leoncio, de la que también Metrodoro se había enamorado.
 "Cuentan que Epicuro" gastaba una mina diaria en comer, según él escribe en la carta dirigida a Leoncio.
 Siendo tal y como era, entregó a su hermana Bátide como esposa a Idomeneo y cogió a Leoncio, la hetera ática, a la que tuvo por concubina.
 D.L. 10, 4, 5, 6, 7, 23.
 
 11.3.-Los placeres epicúreos
 Las veces que se reunieron con Hedea y Leoncio, sin duda bebían vino de Tasos y ¡cuántos vigésimos días cenaron con todo lujo!
 Delicadezas, vino de Tasos, perfumes, guisos, pasteles regados en abundancia con el líquido de la abeja de amarillas alas los buscan los apetitos de los lujuriosos. Y, además de eso, mujeres bellas y jóvenes, como Leoncio, Boidio, Hedea y Nicedio que campaban por el Jardín.
 Plu. Non posse suaviter vivi secundum Epicurum 1089 C, 1097 D.
 
11.4.-Leoncio y Hedea
 Claro que sí, voy a vivir con la hetera Hedea y a convivir con Leoncio y a "escupir en la belleza" y a situar el bien "en la carne y los cosquilleos"; estos ritos requieren la oscuridad, requieren la noche y los acompañan el olvido y la ignorancia.
 Plu. De latentr vivendo 1129 B.»
 
 
    [El texto pertenece a la edición en español de KRK Ediciones, 2011, en traducción de Manuel González Suárez. ISBN: 978-84-8367-338-6.]

 
 

viernes, 17 de agosto de 2018

Bienvenido, Mister Chance (Desde el jardín).- Jerzy Kosinski (1933-1991)


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II

«Cuando oyó el teléfono que sonaba en su cuarto se precipitó a atender la llamada. Una voz de hombre le pidió que fuera a la biblioteca.
 Chance se cambió rápidamente la ropa de trabajo por uno de sus mejores trajes; se peinó con esmero, se puso un par de gafas de sol que usaba para trabajar en el jardín y subió la escalera. En la pequeña habitación repleta de libros le esperaban un hombre y una mujer. Habían tomado asiento detrás del escritorio, sobre el cual había varias carpetas con documentos. Chance se quedó en el centro de la habitación, sin saber qué hacer. El hombre se puso de pie y se dirigió hacia él con la mano tendida.
 -Soy Thomas Franklin, de la firma Hancock, Adams y Colby. Somos los abogados encargados de esta testamentaria. Y la señorita Hayes -añadió, volviéndose hacia la mujer- es mi asistente.
 Chance estrechó la mano del hombre y miró a la mujer. Ésta le sonrió.
 -La criada me ha dicho que en esta casa vive un hombre que trabaja como jardinero.
 Franklin inclinó la cabeza hacia donde estaba Chance.
 -Sin embargo, no hay ninguna anotación en los registros que indique que algún hombre, cualquier hombre, haya sido empleado por el difunto ni residido en esta casa durante los últimos cuarenta años. ¿Cuántos días hace que está usted aquí?
 Chance se sorprendió de que en tantos documentos como había sobre el escritorio no se mencionara su nombre para nada; se le ocurrió que acaso tampoco se mencionaba en ellos el jardín. Titubeó antes de responder.
 -He vivido en esta casa hasta donde alcanzan mis recuerdos, desde muy niño, mucho antes de que el Anciano se rompiera la cadera y empezara a quedarse en cama la mayor parte del tiempo. Estoy aquí desde antes de que crecieran los arbustos, de que instalaran el riego automático en el jardín. Desde antes de que existiera la televisión.
 -¿Qué dice usted? -preguntó Franklin-. ¿Ha estado viviendo aquí, en esta casa, desde que era niño? ¿Y puedo preguntarle cómo se llama usted?
 Chance se sintió incómodo. Sabía que el nombre de una persona tenía mucha importancia en su vida. Por eso la gente de la televisión tenía siempre dos nombres: el propio, fuera de la televisión, y el que adoptaban cada vez que actuaban.
 -Mi nombre es Chance -dijo.
 -¿El señor Chance? -preguntó el abogado.
 Chance asintió.
 -Examinaremos nuestros registros -dijo el señor Franklin.
 Levantó algunos de los papeles que tenía delante de sí.
 -Tengo aquí un registro completo de toda la gente empleada por el difunto o por su hacienda. Aunque al parecer había hecho testamento, no hemos podido hallarlo. En realidad el difunto dejó muy pocos documentos personales. No obstante, sí tenemos una lista de todos sus empleados -recalcó, al tiempo que fijaba la vista en el documento que sostenía en la mano.
 Chance se quedó en actitud de espera.
 -Haga el favor de sentarse, señor Chance -dijo la mujer.
 Chance acercó una silla hacia el escritorio y se sentó.
 El señor Franklin apoyó la cabeza en una mano.
 -Estoy muy sorprendido, señor Chance -dijo, sin levantar la vista del documento que estaba estudiando-, pero su nombre no aparece en ninguno de nuestros archivos. Nadie llamado Chance ha estado relacionado con el difunto. ¿Está usted seguro... realmente seguro... de haber estado empleado en esta casa?
 Chance respondió con prudencia.
 -Siempre he sido el jardinero. He trabajado en el jardín de la parte de atrás de esta casa toda mi vida. Desde que tengo memoria. Era un niño pequeño cuando empecé. Los árboles no habían crecido todavía y casi no había setos vivos. Mire cómo está el jardín ahora.
 El señor Franklin se apresuró a interrumpirle.
 -Pero no existe el menor indicio de que un jardinero haya estado viviendo y trabajando en esta casa. Nosotros..., es decir, la señorita Hayes y yo..., nos hemos hecho cargo de la testamentaria del difunto por disposición de nuestra firma. Todos los inventarios obran en nuestro poder. Puedo asegurarle que no hay ninguna indicación de que usted haya estado empleado aquí. No hay ninguna duda de que en los últimos cuarenta años no se dio empleo a ningún hombre en esta casa. ¿Es usted jardinero de profesión?
 -Soy jardinero -contestó Chance-. Nadie conoce el jardín mejor que yo. Desde que era un niño, he sido el único que ha trabajado aquí. Hubo alguien antes de mí..., un negro alto; se quedó sólo el tiempo suficiente para indicarme lo que debía hacer y para enseñarme el trabajo. Desde entonces, he trabajado solo. Yo planté algunos de los árboles -dijo, al tiempo que inclinaba el cuerpo en dirección al jardín- y las flores, limpié los senderos y regué las plantas. El Anciano acostumbraba sentarse en el jardín a descansar y leer. Pero luego dejó de hacerlo.
 El señor Franklin caminó desde la ventana hasta el escritorio.
 -Me gustaría creerle, señor Chance -dijo-, pero si lo que usted dice es cierto, como usted sostiene, entonces... por alguna razón difícil de desentrañar... su presencia en esta casa, su condición de empleado, no han sido asentados en ninguno de los documentos existentes. Es verdad -añadió, dirigiéndose a su asistente- que muy pocas personas trabajaban aquí; él se retiró de nuestra firma a los sesenta y dos años, hace ya más de veinticinco años, cuando la fractura de cadera le impidió moverse. Sin embargo -continuó-, a pesar de su edad avanzada, el difunto se mantuvo siempre al tanto de sus propios asuntos y todas las personas que empleó fueron inscritas como correspondía en nuestra firma para los pagos, seguros y demás. Después de la partida de la señorita Louise, la única anotación que figura en nuestros archivos se refiere al empleo de una criada "importada"; nada más.
 -Yo conozco a la vieja Louise. No recuerdo haber estado en esta casa sin ella. Todos los días me traía la comida a mi habitación y de tanto en tanto se sentaba conmigo en el jardín.
 -Louise murió, señor Chance -lo interrumpió Franklin.
 -Se fue a Jamaica -dijo Chance.
 -Sí, pero hace poco cayó enferma y murió -acotó la señorita Hayes.
 -No sabía que hubiera muerto -dijo Chance con voz queda.
 -Sin embargo -insistió el señor Franklin-, todas las personas empleadas por el difunto han recibido siempre los sueldos que les correspondían. Nuestra firma estaba al cargo de esos asuntos; de ahí que estén asentados en nuestros libros todos los detalles relativos a esta propiedad.
 -No conocí a nadie más que trabajara en la casa. Siempre estuve en mi habitación y trabajé en el jardín.
 -Quisiera creer lo que usted me dice. Sin embargo, por lo que hace a su presencia anterior a esta casa, no tenemos el más mínimo indicio. La nueva criada no tiene idea del tiempo que ha estado usted aquí. Nuestra firma ha tenido en su poder todas las escrituras, cheques, reclamaciones por seguros, durante los últimos cincuenta años. -El señor Franklin sonrió-. En la época en que el difunto era socio de nuestra firma, algunos de nosotros no habíamos nacido todavía o éramos muy, muy jóvenes.»
 [El fragmento pertenece a la edición en español de MDS Books/ Mediasat, en traducción de Nelly Cacici. ISBN: 84-96075-12-5.]