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jueves, 19 de marzo de 2020

La regla del juego.- José Luis Pardo (1954)

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II.- Práxis (o del juego 2)
Undécima aporía del aprender, o del camino del colegio

«Algo parecido a lo que Sócrates llama "corrupción de la juventud" es lo que designa Richard Sennett como "corrosión del carácter", a saber: el proceso de fragmentación biográfica que las nuevas exigencias del mercado laboral mundializado provocan en las vidas personales de los trabajadores. Teniendo en cuenta que en inglés character significa también "personaje", podríamos entender este fenómeno como la imposibilidad de construir un personaje verosímil que, para los individuos que trabajan en este nuevo sistema, se deriva de tales estructuras: las "vidas" de los habitantes se desvirtúan y se hacen jirones, estallando en secciones incompatibles, como esos personajes de las malas novelas que no se sostienen por pretender su autor engarzar en ellos aspectos inconmensurables que minan su credibilidad. Esto, que en un novelista sería un defecto, se ha convertido en la virtud de las nuevas formas de subjetividad: flexible, modular, interactiva, recomponible.
 Por nuestra parte, ya conocemos este síndrome en la descripción socrática (Cf. la aporía de la duración de los estudios) de los hombres que se ganan la vida en los tribunales y que, por trabajar ora para un amo, ora para otro, se ven obligados a defender argumentos contrarios e incompatibles, siempre con la premura de tiempo provocada por quien se lo retribuye, siendo incapaces de toda entereza moral o de toda veracidad en la edificación de un carácter firme. La indicación de Sennett, al reparar en las consecuencias de la nueva configuración del mercado del trabajo mediante el llamado empleo flexible, no hace más que redefinir en términos contemporáneos esa figura dibujada por Sócrates. En efecto, el "trabajador flexible" de nuestros días es aquel cuyo oficio carece de toda delimitación rigurosa: no es zapatero, ni sastre, ni siquiera obrero de una cadena de montaje de automóviles, sino que debe ser capaz de hacer cualquier cosa en un período de "formación permanente" que se identifica con la longitud completa de su vida laboral y a lo largo del cual debe estar dispuesto a reciclarse, reformarse, redefinirse y reajustarse cuantas veces sea necesario y en la medida en que lo sea. Los célebres "rigores del trabajo", que tanto sufrimiento causaron en épocas pasadas, han sido sustituidos por una elasticidad que sólo aparentemente es una liberación de aquel yugo: un trabajo absolutamente no-riguroso que, al redimirse de toda rigidez, elimina todo el rigor del contrato de trabajo, de la proporción del salario, de la duración de la jornada o de la estabilidad de los horarios, y obliga al así empleado (o, como también podríamos decir, "desempleado", en la medida en que ha sido eximido de los rigores del puesto de trabajo fijo) a cambiar constantemente de figura, de residencia, de carácter y de personaje. Si los productos de esta clase de trabajo ilustran a la perfección el ideal sofístico de esas cosas-que-no-son-nada-en-particular y de las cuales, por tanto, se puede decir tanto P como no-P, puesto que son únicamente potencia, potencia no realizada que puede ser cualquier cosa pero no es ninguna en definitiva, el trabajador privado de la rectitud de los derechos laborales y configurado por la elasticidad del mercado de trabajo flexible, representa la aplicación de esta misma "dinámica de fluidos" a la subjetividad humana, que pasa entonces a ser concebida como un caudal heraclíteo en constante devenir, pero que nunca llega a ser nadie, una "potencialidad" infinita pero infinitamente irrealizada, porque su sumisión a un proceso permanente de "actualización (updating) de la mano de obra" prueba que no desemboca jamás en nada actual. De quienes ocupan estos empleos potenciales y efímeros habría que decir, por tanto, que son más bien empleados potenciales, trabajadores únicamente virtuales pero no actuales ni reales, permanentemente en formación y, por ende, en irrevocable minoría de edad, incapaces de abandonar la escuela para incorporarse al mundo de los adultos. Y caben pocas dudas acerca de la adaptación de este tipo de (des-)empleos y (des-)empleados a un mundo en el cual también las "enfermedades potenciales" (las tasas de morbilidad) suplantan a las enfermedades reales, los crímenes potenciales (las tasas de criminalidad) a los actuales, los comicios potenciales (las encuestas de intención de voto) a los efectivos, o las ganancias potenciales (la especulación inmobiliaria y financiera) a las seguras, y en el cual los "licenciados en algo" (los que sabían algo de algo) van siendo reemplazados por una nueva estirpe de "licenciados (potencialmente) en todo" -que, como los sofistas, saben de cualquier cosa, pero que, naturalmente, para alcanzar un saber tan absoluto necesitan permanecer en la escuela todo el tiempo del mundo- que son (actualmente) "licenciados en nada".
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De la facilidad...

 De hecho, es difícil contemplar las desventuras de los trabajadores del nuevo mercado laboral mundial sin sentir una extraña sensación de comprensión por sus personajes. Podría decirse incluso "piedad", si se entendiese que no se trata solamente de una compasión del tipo de la que siente quien está en una situación segura y confortable por alguien que llama a la puerta pidiendo limosna o pasa frío en la calle. Es más bien una compasión cómplice, y por tanto podría merecer el tan sobado nombre de solidaridad. Lo que nos hace sentirnos solidarios de los problemas que padecen esos personajes es, claro está, que también padecemos o hemos padecido esos problemas. Se diría que, en el fondo, a través de la simpatía que en el lector despiertan esas figuras, se extiende la solidaridad de toda una muchedumbre de personas en el mundo. Si no fuera por el temor al anacronismo, podría incluso sugerirse que esa muchedumbre de personas son lo que alguien llamaba, en el siglo XIX, los proletarios de todos los países. Esta solidaridad se basa, pues, en una experiencia común, la que han tenido alguna vez todos los trabajadores asalariados, incluyendo probablemente al criado de Eutifrón, la experiencia de lo que el trabajo nos hace. Lo que el trabajo nos hace es arrancarnos brutalmente de nuestra comunidad natal, de nuestros lazos afectivos, de nuestras lealtades familiares, de nuestros vínculos de amistad e incluso de nuestras convicciones personales y arrojarnos a la intemperie, retirándonos todo aquello que sentíamos como protector. Es como pasar repentinamente a una situación de orfandad. […]
 En el trabajo tiene uno -uno que haya tenido la suerte de vivir preservado de esta sensación hasta su primer empleo-, por primera vez, la certeza de no ser nadie. Ésta es una experiencia de humillación tan completa que probablemente es extraña a aquellas formas de organización social no basadas en el empleo asalariado. Y uno intenta, por supuesto defenderse de esta humillación, pero, en la medida en que no puede eliminarse la necesidad de tener que trabajar, esta defensa es una defensa en la humillación, un consuelo o una estrategia para soportarla, no un combate contra ella que tenga una mínima expectativa de victoria.»
      
   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2004. ISBN: 84-8109429-3.]

viernes, 13 de marzo de 2020

La metamorforsis.- Franz Kafka (1883-1924)


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«Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.
 -¿Qué me ha sucedido?
 No soñaba, no. Su habitación, una habitación de verdad, aunque excesivamente reducida, aparecía como de ordinario entre sus cuatro harto conocida paredes. Presidiendo la mesa, sobre la cual estaba esparcido un muestrario de paños -Samsa era viajante de comercio-, colgaba una estampa ha poco recortada de una revista ilustrada y puesta en un lindo marco dorado. Representaba esta estampa una señora tocada con un gorro de pieles, envuelta en un boa también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía contra el espectador un amplio manguito, asimismo de piel, dentro del cual desaparecía todo su antebrazo.
 Gregorio dirigió luego la vista hacia la ventana: el tiempo nublado (sentíanse repiquetear en el cinc del alféizar las gotas de lluvia) infundióle una gran melancolía.
 -Bueno -pensó-; ¿qué pasaría si yo siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas las fantasías? -Mas era esto algo de todo punto irrealizable, porque Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar esta postura. Aunque se empeñaba en permanecer sobre el lado derecho, forzosamente volvía a caer de espaldas. Mil veces intentó en vano esta operación; cerró los ojos para no tener que ver aquel rebullicio de las piernas, que no cesó hasta que un dolor leve y punzante al mismo tiempo, un dolor jamás sentido hasta aquel momento, comenzó a aquejarle en el costado.
 -¡Ay, Dios! -díjose entonces-. ¡Qué cansada es la profesión que he elegido! Un día sí y otro también de viaje. La preocupación de los negocios es mucho mayor cuando se trabaja fuera que cuando se trabaja en el mismo almacén, y no hablemos de esta plaga de los viajes: cuidarse de los enlaces de los trenes, la comida mala, irregular; relaciones que cambian de continuo, que no duran nunca, que no llegan nunca a ser verdaderamente cordiales, y en que el corazón nunca puede tener parte. ¡Al diablo con todo!
 Sintió en el vientre una ligera picazón. Lentamente, se estiró sobre la espalda, alargándose en dirección a la cabecera, a fin de poder alzar mejor la cabeza. Vio que el sitio que le escocía estaba cubierto de unos puntitos blancos, que no supo explicarse. Quiso aliviarse tocando el lugar del escozor con una pierna; pero hubo de retirar ésta inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos.
Resultado de imagen de la metamorfosis alianza editorial -Estos madrugones -díjose- le entontecen a uno por completo. El hombre necesita dormir lo justo. Hay viajantes que se dan una vida de odaliscas. Cuando a media mañana regreso a la fonda para anotar los pedidos, me los encuentro muy sentados, tomándose el desayuno. Si yo, con el jefe que tengo, quisiese hacer lo mismo, me vería en el acto de patitas en la calle. Y ¿quién sabe si esto no sería para mí lo más conveniente? Si no fuese por mis padres, ya hace tiempo que me hubiese despedido. Me hubiera presentado ante el jefe y, con toda mi alma, le habría manifestado mi modo de pensar. ¡Se cae del pupitre! Que también tiene lo suyo eso de sentarse encima del pupitre para, desde aquella altura, hablar a los empleados, que, como él es sordo, han de acercársele mucho. Pero, lo que es la esperanza, todavía no la he perdido del todo. En cuanto tenga reunida la cantidad necesaria para pagarle la deuda de mis padres -unos cinco o seis años todavía-, ¡vaya si lo hago! Y entonces, sí que me redondeo. Bueno; pero por ahora, lo que tengo que hacer es levantarme, que el tren sale a las cinco.
 Volvió los ojos hacia el despertador que hacía su tictac encima del baúl.
 -¡Santo Dios! -exclamó para sus adentros.
 Eran las seis y media y las manecillas seguían avanzando tranquilamente. Es decir, ya era más. Las manecillas estaban casi en menos cuarto. ¿Es que no había sonado el despertador? Desde la cama podía verse que estaba puesto efectivamente en las cuatro; por tanto, tenía que haber sonado. Mas ¿era posible seguir durmiendo impertérrito, a pesar de aquel sonido que conmovía hasta a los mismos muebles? Su sueño no había sido tranquilo. Pero, por lo mismo, probablemente tanto más profundo. Y ¿qué se hacía él ahora? El tren siguiente salía a las siete; para cogerlo era preciso darse una prisa loca. El muestrario no estaba aún empaquetado y, por último, él mismo no se sentía nada dispuesto. Además, aunque alcanzase el tren, no por ello evitaría la filípica del amo, pues el mozo del almacén, que habría bajado al tren de las cinco, debía de haber dado ya cuenta de su falta. Era el tal mozo una hechura del amo, sin dignidad ni consideración. Y si dijese que estaba enfermo, ¿qué pasaría? Pero esto, además de ser muy penoso, infundiría sospechas, pues Gregorio, en los cinco años que llevaba empleado, no había estado malo ni una sola vez. Vendría de seguro el principal con el médico del Montepío. Se desataría en reproches, delante de los padres, respecto a la holgazanería del hijo, y cortaría todas las objeciones alegando el dictamen del galeno, para quien todos los hombres están siempre sanos y sólo padecen de horror al trabajo. Y la verdad es que, en este caso, su opinión no habría carecido completamente de fundamento. Salvo cierta somnolencia, desde luego superflua después de tan prolongado sueño, Gregorio sentíase admirablemente, con un hambre particularmente fuerte.
 Mientras pensaba y meditaba atropelladamente, sin poderse decidir a abandonar el lecho, y justo en el momento en que el despertador daba las siete menos cuarto, llamaron quedo a la puerta que estaba junto a la cabecera de la cama.
 -Gregorio -dijo una voz, la de la madre-, son las siete menos cuarto. ¿No ibas a marcharte de viaje?
 ¡Qué voz más dulce! Gregorio se horrorizó al oír en cambio la suya propia, que era la de siempre, sí, pero que salía mezclada con un doloroso e irreprimible pitido, en el cual las palabras, al principio claras, confundíanse luego, resonando de modo que no estaba uno seguro de haberlas oído. Gregorio hubiera querido contestar dilatadamente, explicarlo todo; pero, en vista de ello, limitóse a decir:
 -Sí, sí. Gracias, madre. Ya me levanto.
 A través de la puerta de madera, la mutación de la voz de Gregorio no debió de notarse, pues la madre se tranquilizó con esta respuesta y se retiró.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1980. ISBN: 84-206-1004-6.]

viernes, 15 de noviembre de 2019

La conjura de los necios.- John Kennedy Toole (1937-1969)

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Siete

«-Lo siento -masculló-. Sólo me quedan unas cuantas salchichas y tengo que reservarlas. Quítese de mi camino, por favor.
 -¿Reservarlas? ¿Para quién?
 -Eso no es asunto suyo, jovencito. ¿Por qué no está usted en la escuela? Haga el favor de dejar de molestarme. Además, no tengo cambio.
 -Yo tengo suelto -silbaron aquellos labios blancos y delgados.
 -No puedo venderle a usted un bocadillo, caballero, ¿está claro? 
 -Pero, ¿qué te pasa a ti, hombre?
 -¿Qué me pasa a mí? ¡Qué le pasa a usted! ¿Cómo es usted un antinatural que desea un bocadillo a esta hora tan temprana de la tarde? Mi conciencia no me permite vendérselo. Piense en su cutis repugnante. Está usted en pleno desarrollo y su organismo necesita un buen suministro de verduras y zumo de naranja y pan integral y espinacas y cosas así. Yo, por mi parte, no estoy dispuesto a contribuir a la corrupción de un menor.
 -Pero, ¿de qué habla usted? Deme ese bocadillo, venga. Tango hambre. No he comido.
 -¡No! -gritó Ignatius, tan furioso que los transeúntes miraron-. Lárguese de aquí antes de que le atropelle con mi carro.
 George abrió la trampilla del compartimento de los panecillos y dijo:
 -Oiga, tiene aquí material de sobra. Prepáreme uno.
 -¡Socorro! -gritó Ignatius, recordando de pronto las advertencias del viejo sobre los ladrones-. ¡Quieren robarme los panecillos! ¡Policía!
 Ignatius echó atrás el carrito  lo lanzó luego contra la entrepierna de George.
 -¡Ay! Cuidado con lo que haces, loco.
 -¡Socorro! ¡Ladrones!
 -Cállate, por amor de Dios -dijo George, cerrando la tapa de golpe-. Deberían encerrarte, maricón de mierda.
 -¿Qué? -gritó Ignatius-. ¿Qué impertinencia es ésa?
 -Eres un maricón y estás chiflado -bufó George más fuerte y se alejó, las tapas de los tacones rayando la acera-. ¿Quién va a querer comer algo que ha tocado esas manos mariconas?
 -¿Cómo te atreves a gritar semejantes indecencias? ¡Que alguien agarre a ese muchacho! -dijo Ignatius furioso, mientras George desaparecía calle abajo entre la multitud-. Que alguien tenga la decencia de coger a ese delincuente juvenil. Ese menor desvergonzado. Ya no hay respeto. ¡A ese rufián deberían azotarle hasta dejarle sin sentido!
 Una mujer del grupo que rodeaba la salchicha móvil, dijo:
 -Hay que ver. ¿De dónde sacarán a esos vendedores?
 -Borrachos  vagabundos. Son todos igual -le contestó alguien.
 -Un borracho, eso es lo que es. A todos los ha vuelto locos el vino. No deberían dejar a gente como ésta suelta por la calle.
 -¿Es mi paranoia que se ha desmandado por completo? -preguntó Ignatius al grupo-. ¿O están ustedes mongoloides, hablando realmente de mí?
 -Es mejor dejarle en paz -dijo alguien-. Fíjense qué ojos.
 -¿Qué les pasa a mis ojos? -preguntó Ignatius malévolamente.
 -Vámonos de aquí.
 -Sí, por favor -replicó Ignatius, con labios temblorosos y se preparó otro bocadillo para tranquilizar su alterado sistema nervioso. Con manos temblonas se llevó los treinta centímetros de plástico rojo y pasta a la boca, engulléndolo de cinco en cinco centímetros por vez. Aquella masticación activa masajeó su boca palpitante. Después de tragar el último milímetro de miga, se sintió ya mucho más tranquilo.
 Cogiendo de nuevo el carro, enfiló Calle Carondelet arriba, arrastrándose lentamente detrás de su vehículo. Fiel a su promesa de dar una vuelta a la manzana, giró de nuevo en la esquina siguiente y se detuvo junto a las gastadas paredes de granito del Gallier Hall a consumir dos salchichas más, antes de cubrir el último trecho de su recorrido. Cuando dobló la última esquina y vio de nuevo el letrero de Vendedores Paraíso, Inc. colgando en ángulo sobre la acera de la calle Poydras, inició un trote relativamente rápido, que le llevó a cruzar jadeando las puertas del garaje.
 -¡Socorro! -dijo y resopló penosamente, haciendo saltar la salchicha de lata por el escaloncillo bajo de cemento de la entrada.
 -¿Qué pasa, amigo? ¿No habíamos quedado que estaría una hora entera?
 -Somos los dos afortunados por el hecho de que haya podido regresar siquiera. Sepa que han atacado de nuevo.
 -¿Quién?
 -El sindicato del crimen. Dios sabe quiénes son. Mire mis manos -Ignatius plantó sus dos manazas delante de la cara del viejo-. Todo mi sistema nervioso está a punto de rebelarse contra mí por someterlo a este trauma. Si caigo de pronto en una crisis nerviosa no se extrañe.
 -¿Qué demonios pasó?
 -Un miembro del inmenso hampa juvenil me acorraló en la Calle Carondelet.
 -¿Le robó a usted? -preguntó nervioso el viejo.
 -Brutalmente. Me colocó en las sienes una pistola grande y oxidada. En realidad, me la aplicó directamente sobre un punto vital, impidiendo que la sangre me circulara por el lado izquierdo de la cabeza durante un buen rato.
 -¿En la Calle Carondelet a esta hora del día? ¿Y no intervino nadie?
 -Por supuesto que no. La gente alienta a los delincuentes en estos casos. Quizás experimente una especie de placer ante el espectáculo de un pobre y afanoso vendedor al que se humilla públicamente. Quizá quisiesen respetar el espíritu de iniciativa del muchacho.
 -¿Y qué aspecto tenía?
 -El de miles de jóvenes. Granos, tupé, adenoides, el equipaje adolescente estándar. Quizá tuviera alguna marca de nacimiento o una rodilla débil. La verdad es que no puedo acordarme. Cuando me incrustó la pistola en la cabeza, me desmayé por falta de riego en el cerebro y por el miedo. Mientras estaba allí tumbado en la acera, parece ser que saqueó el carro.
 -¿Cuánto dinero se llevó?
 -¿Dinero? No robó dinero. En realidad, no había dinero que robar pues no había conseguido vender ni uno de esos manjares siquiera. Robó las salchichas. En fin, al parecer no se las llevó todas. Cuando recobré el conocimiento, examiné el carro. Aún quedan una o dos, creo.
 -Nunca oí nada parecido.
 -Quizá tuviera mucha hambre. Quizás alguna deficiencia vitamínica de su organismo en desarrollo necesitase urgentemente una compensación. El deseo humano de alimento y de sexo es relativamente similar. Si hay violaciones a mano armada, ¿por qué no habría de haber robos de salchichas a mano armada? No veo nada insólito en el asunto.
 -Todo eso es un cuento.
 -¿Un cuento? El incidente es sociológicamente válido. La culpa la tiene nuestra sociedad. Los jóvenes, enloquecidos por sugestivos programas de televisión y publicaciones lascivas se han dedicado, al parecer, a asociarse con ciertas adolescentes más bien convencionales que se niegan a participar en sus imaginativos programas sexuales. Sus deseos físicos insatisfechos han de buscar, en consecuencia, una sublimación en la comida. Yo, por desgracia, fui la víctima de todo esto. Podemos dar gracias a Dios de que el muchacho haya recurrido a la comida como vía de desahogo. Si no, podría haberme violado allí mismo en plena calle.
 -Sólo ha dejado cuatro -dijo el viejo, atisbando en el pocillo de las salchichas-. El muy hijo de puta... y cómo habrá podido llevárselas todas...»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1986, en traducción de J.M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez. ISBN: 84-339-3014-1.]

viernes, 17 de agosto de 2018

Bienvenido, Mister Chance (Desde el jardín).- Jerzy Kosinski (1933-1991)


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II

«Cuando oyó el teléfono que sonaba en su cuarto se precipitó a atender la llamada. Una voz de hombre le pidió que fuera a la biblioteca.
 Chance se cambió rápidamente la ropa de trabajo por uno de sus mejores trajes; se peinó con esmero, se puso un par de gafas de sol que usaba para trabajar en el jardín y subió la escalera. En la pequeña habitación repleta de libros le esperaban un hombre y una mujer. Habían tomado asiento detrás del escritorio, sobre el cual había varias carpetas con documentos. Chance se quedó en el centro de la habitación, sin saber qué hacer. El hombre se puso de pie y se dirigió hacia él con la mano tendida.
 -Soy Thomas Franklin, de la firma Hancock, Adams y Colby. Somos los abogados encargados de esta testamentaria. Y la señorita Hayes -añadió, volviéndose hacia la mujer- es mi asistente.
 Chance estrechó la mano del hombre y miró a la mujer. Ésta le sonrió.
 -La criada me ha dicho que en esta casa vive un hombre que trabaja como jardinero.
 Franklin inclinó la cabeza hacia donde estaba Chance.
 -Sin embargo, no hay ninguna anotación en los registros que indique que algún hombre, cualquier hombre, haya sido empleado por el difunto ni residido en esta casa durante los últimos cuarenta años. ¿Cuántos días hace que está usted aquí?
 Chance se sorprendió de que en tantos documentos como había sobre el escritorio no se mencionara su nombre para nada; se le ocurrió que acaso tampoco se mencionaba en ellos el jardín. Titubeó antes de responder.
 -He vivido en esta casa hasta donde alcanzan mis recuerdos, desde muy niño, mucho antes de que el Anciano se rompiera la cadera y empezara a quedarse en cama la mayor parte del tiempo. Estoy aquí desde antes de que crecieran los arbustos, de que instalaran el riego automático en el jardín. Desde antes de que existiera la televisión.
 -¿Qué dice usted? -preguntó Franklin-. ¿Ha estado viviendo aquí, en esta casa, desde que era niño? ¿Y puedo preguntarle cómo se llama usted?
 Chance se sintió incómodo. Sabía que el nombre de una persona tenía mucha importancia en su vida. Por eso la gente de la televisión tenía siempre dos nombres: el propio, fuera de la televisión, y el que adoptaban cada vez que actuaban.
 -Mi nombre es Chance -dijo.
 -¿El señor Chance? -preguntó el abogado.
 Chance asintió.
 -Examinaremos nuestros registros -dijo el señor Franklin.
 Levantó algunos de los papeles que tenía delante de sí.
 -Tengo aquí un registro completo de toda la gente empleada por el difunto o por su hacienda. Aunque al parecer había hecho testamento, no hemos podido hallarlo. En realidad el difunto dejó muy pocos documentos personales. No obstante, sí tenemos una lista de todos sus empleados -recalcó, al tiempo que fijaba la vista en el documento que sostenía en la mano.
 Chance se quedó en actitud de espera.
 -Haga el favor de sentarse, señor Chance -dijo la mujer.
 Chance acercó una silla hacia el escritorio y se sentó.
 El señor Franklin apoyó la cabeza en una mano.
 -Estoy muy sorprendido, señor Chance -dijo, sin levantar la vista del documento que estaba estudiando-, pero su nombre no aparece en ninguno de nuestros archivos. Nadie llamado Chance ha estado relacionado con el difunto. ¿Está usted seguro... realmente seguro... de haber estado empleado en esta casa?
 Chance respondió con prudencia.
 -Siempre he sido el jardinero. He trabajado en el jardín de la parte de atrás de esta casa toda mi vida. Desde que tengo memoria. Era un niño pequeño cuando empecé. Los árboles no habían crecido todavía y casi no había setos vivos. Mire cómo está el jardín ahora.
 El señor Franklin se apresuró a interrumpirle.
 -Pero no existe el menor indicio de que un jardinero haya estado viviendo y trabajando en esta casa. Nosotros..., es decir, la señorita Hayes y yo..., nos hemos hecho cargo de la testamentaria del difunto por disposición de nuestra firma. Todos los inventarios obran en nuestro poder. Puedo asegurarle que no hay ninguna indicación de que usted haya estado empleado aquí. No hay ninguna duda de que en los últimos cuarenta años no se dio empleo a ningún hombre en esta casa. ¿Es usted jardinero de profesión?
 -Soy jardinero -contestó Chance-. Nadie conoce el jardín mejor que yo. Desde que era un niño, he sido el único que ha trabajado aquí. Hubo alguien antes de mí..., un negro alto; se quedó sólo el tiempo suficiente para indicarme lo que debía hacer y para enseñarme el trabajo. Desde entonces, he trabajado solo. Yo planté algunos de los árboles -dijo, al tiempo que inclinaba el cuerpo en dirección al jardín- y las flores, limpié los senderos y regué las plantas. El Anciano acostumbraba sentarse en el jardín a descansar y leer. Pero luego dejó de hacerlo.
 El señor Franklin caminó desde la ventana hasta el escritorio.
 -Me gustaría creerle, señor Chance -dijo-, pero si lo que usted dice es cierto, como usted sostiene, entonces... por alguna razón difícil de desentrañar... su presencia en esta casa, su condición de empleado, no han sido asentados en ninguno de los documentos existentes. Es verdad -añadió, dirigiéndose a su asistente- que muy pocas personas trabajaban aquí; él se retiró de nuestra firma a los sesenta y dos años, hace ya más de veinticinco años, cuando la fractura de cadera le impidió moverse. Sin embargo -continuó-, a pesar de su edad avanzada, el difunto se mantuvo siempre al tanto de sus propios asuntos y todas las personas que empleó fueron inscritas como correspondía en nuestra firma para los pagos, seguros y demás. Después de la partida de la señorita Louise, la única anotación que figura en nuestros archivos se refiere al empleo de una criada "importada"; nada más.
 -Yo conozco a la vieja Louise. No recuerdo haber estado en esta casa sin ella. Todos los días me traía la comida a mi habitación y de tanto en tanto se sentaba conmigo en el jardín.
 -Louise murió, señor Chance -lo interrumpió Franklin.
 -Se fue a Jamaica -dijo Chance.
 -Sí, pero hace poco cayó enferma y murió -acotó la señorita Hayes.
 -No sabía que hubiera muerto -dijo Chance con voz queda.
 -Sin embargo -insistió el señor Franklin-, todas las personas empleadas por el difunto han recibido siempre los sueldos que les correspondían. Nuestra firma estaba al cargo de esos asuntos; de ahí que estén asentados en nuestros libros todos los detalles relativos a esta propiedad.
 -No conocí a nadie más que trabajara en la casa. Siempre estuve en mi habitación y trabajé en el jardín.
 -Quisiera creer lo que usted me dice. Sin embargo, por lo que hace a su presencia anterior a esta casa, no tenemos el más mínimo indicio. La nueva criada no tiene idea del tiempo que ha estado usted aquí. Nuestra firma ha tenido en su poder todas las escrituras, cheques, reclamaciones por seguros, durante los últimos cincuenta años. -El señor Franklin sonrió-. En la época en que el difunto era socio de nuestra firma, algunos de nosotros no habíamos nacido todavía o éramos muy, muy jóvenes.»
 [El fragmento pertenece a la edición en español de MDS Books/ Mediasat, en traducción de Nelly Cacici. ISBN: 84-96075-12-5.]