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sábado, 12 de octubre de 2019

Nuestra Señora de las Flores.- Jean Genet (1910-1986)

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«Finalmente, tenía que pasar por todo eso, o sea: tenía que robar. En varias ocasiones se había entregado ya a este juego: en una mesa de objetos en venta, entre los que allí había y en el lugar más inasequible dejaba, como por descuido, una cosita que había comprado y pagado como es debido en un mostrador alejado. La dejaba ahí unos cuantos minutos, apartaba la vista y se interesaba por lo que había alrededor. Cuando el objeto se había fundido suficientemente en el resto de los objetos circundantes, lo robaba. Dos veces un inspector lo había atrapado y dos veces había tenido que pedir excusas la dirección, puesto que Miñón tenía el boleto entregado por la cajera.
  El robo en mostrador se hace según varios métodos, y cada tipo de mostrador exige quizás que se emplee uno en vez de otro. Por ejemplo, con una sola mano se pueden tomar a la vez dos objetos pequeños (billeteras), sostenerlos como si sólo hubiera uno, examinarlos largamente, deslizar uno en la manga y finalmente dejar el otro en su lugar, como si no conviniera. Ante montones de retales de seda hay que colocar descuidadamente una mano en el bolsillo roto del abrigo; se acerca uno al mostrador hasta tocarlo con el vientre y mientras la mano libre toca la tela y la saca de su sitio, la mano que está en el bolsillo sube hacia la parte de arriba del mostrador (siempre a nivel del ombligo), tira hacia sí del retal que está más abajo en el montón y se lleva de ese modo, gracias a la flexibilidad de la tela, hasta debajo del abrigo que lo oculta. Pero estas recetas que doy se las saben todas las amas de casa y todas las compradoras. Miñón prefería asir el objeto, hacerle describir una rápida parábola entre el mostrador y su bolsillo. Era audaz pero más bello. Como astros que caen, frascos de perfume, pipas y encendedores trazaban una curva pura y breve y le abultaban los muslos. Era un juego peligroso; que valiera o no la pena, sólo Miñón podría decidirlo. Ese juego era una ciencia que exigía entrenamiento y preparación, lo mismo que la ciencia militar. Primeramente era necesario estudiar la disposición de los espejos y sus biseles, y también de los que, oblicuos, colgados del techo, nos muestran dentro de un mundo cabeza abajo que los detectives, mediante el juego de bastidores que funciona en su cerebro, pronto ponen de pie y orientan. Era necesario acechar el instante en que la vendedora tiene la mirada en otra parte y en que los clientes, siempre traidores, no están mirando. Finalmente, habría que hallar, como un objeto perdido -o mejor aún, como uno de esos personajes de adivinanzas cuyas líneas, en los platos de postre, también son árboles y nubes- al detective. Busquen al detective. Es una mujer. El cine -además de otros juegos- enseña la naturalidad, una naturalidad totalmente compuesta de artificios y mil veces más engañosa que la verdadera. A fuerza de lograr parecerse a un congresista o a una partera, el detective de las películas ha dado a los rostros de los verdaderos congresistas y de las verdaderas parteras aspecto de detectives, y los verdaderos detectives, hoscos en medio de ese desorden que embarulla los rostros, agotados, han aceptado tener cara de detectives, lo cual no simplifica nada... "Un espía que pareciera espía seria un mal espía" me ha dicho un día una bailarina. (Generalmente se dice: "Una bailarina, una noche"). No lo creo.
  Miñón iba a salir del almacén. Por no tener nada que hacer, para aparentar naturalidad y también porque resulta difícil salirse de toda esa turbulencia, movimiento browniano tan poblado y moviente, conmovedor, como el aturdimiento de la mañana -se quedaba mirando al pasar los mostradores donde se ven camisas, tarros de pegamento, martillos, corderos y esponjas de hule. Tenía en los bolsillos dos encendedores y una cigarrera. Lo venían siguiendo. Cuando estuvo cerca de la puerta guardada por un coloso cubierto de galones, una ancianita le dijo tranquilamente:
  -¿Qué se ha robado usté, jovencito?
  Lo de "jovencito" encantó a Miñón; de no ser por eso, se habría abalanzado. Las palabras inocentes son las más perniciosas, hay que cuidarse de ellas. Casi al instante el coloso estuvo junto a él y lo tomó de la muñeca: se lanzó como la ola más formidable contra el bañista dormido en la playa. Las palabras de la anciana y el gesto del hombre abrieron instantáneamente a Miñón un nuevo universo: el universo de lo irremediable. Es el mismo que aquel en que nos encontramos, pero tenía esto de particular: que en vez de actuar y de sabernos actores, nos sabemos actuados. Una mirada -tal vez de nuestros ojos- tiene la agudeza repentina y exacta de lo extralúcido, y el orden de este mundo, visto del revés, aparece tan perfecto en lo ineludible que a este mundo no le queda más que desaparecer. Y es lo que hizo en un abrir y cerrar de ojos. El mundo se vuelve como un guante. Resulta que el guante soy yo y que comprendo por fin que en el día del juicio, habrá de llamarme Dios con mi voz misma: "¡Jean, Jean!"
  Miñón, lo mismo que yo, había conocido demasiados de esos fines del mundo para lamentarse, al volver a ponerse en pie después de ésta, sublevado contra ella. Una rebelión no habría sacado de él más que sobresalto de carpa en una carpeta, y eso lo habría vuelto ridículo. Dócilmente, como atado por una correa o en sueños, se dejó llevar por el portero y el detective-hembra hasta la oficina del comisario especial del almacén, en los sótanos. ¡Estaba fresco, trincado! Aquella misma noche el coche celular lo llevó al depósito donde pasó la noche con más de un vagabundo, mendigo, ladrón, ratero, chulo, falsificador, todo tipo de gente salida de entre las piedras mal unidas de las casas levantadas una junto a otra en los callejones más oscuros. Al día siguiente llevaron a Miñón y sus compañeros hasta la cárcel de Fresnes. Entonces tuvo que dar su apellido, el de su madre, y el nombre de pila, secreto hasta entonces, de su padre (inventó: Romualdo). También le preguntaron su edad y su profesión.
  -Su profesión? -dijo el escribano.
  -¿La mía?
  -Pos claro, la suya.
  Miñón estuvo a punto de ver salir de entre sus labios floridos: "moza de restaurant", pero contestó:
  -No tengo profesión, yo. No chambeo.
  Y, sin embargo, para Miñón esas palabras tuvieron el valor y el sentido de "moza de restaurant".
  Finalmente se encontró desnudo y le registraron la ropa hasta los dobladillos. El guardián le mandó abrir la boca, la inspeccionó, le pasó la mano por los tupidos cabellos y furtivamente, después de haberlos separado sobre la frente, le rozó la nuca, hueca aún, vibrante y cálida, sensible y dispuesta a provocar, bajo la caricia más leve, considerables estragos. En su nuca reconocemos que Miñón puede hacer todavía un delicioso tragahombres. Finalmente le dijo:
  -Échese usted hacia delante.
  Se inclinó. El guardián le miró el ano y vio una mancha negra.
  -Expela -le dijo.
  Miñón esperó, pero se había equivocado: el guardián dijo expela. La mancha negra era una cazcarria bastante gorda que crecía de día en día y que Miñón había tratado de arrancar ya en varias oportunidades, pero tenía que haberse arrancado los pelos o tomado un baño caliente.
 -Tiés cólico -dijo el guardián. (Pues bien, tener cólico significa también tener miedo, y eso no lo sabía el guardián).»
    [El texto pertenece a la edición en español de Juan Pablos Editor, 1973, en traducción de Leonor Tejada.]

viernes, 17 de agosto de 2018

Bienvenido, Mister Chance (Desde el jardín).- Jerzy Kosinski (1933-1991)


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II

«Cuando oyó el teléfono que sonaba en su cuarto se precipitó a atender la llamada. Una voz de hombre le pidió que fuera a la biblioteca.
 Chance se cambió rápidamente la ropa de trabajo por uno de sus mejores trajes; se peinó con esmero, se puso un par de gafas de sol que usaba para trabajar en el jardín y subió la escalera. En la pequeña habitación repleta de libros le esperaban un hombre y una mujer. Habían tomado asiento detrás del escritorio, sobre el cual había varias carpetas con documentos. Chance se quedó en el centro de la habitación, sin saber qué hacer. El hombre se puso de pie y se dirigió hacia él con la mano tendida.
 -Soy Thomas Franklin, de la firma Hancock, Adams y Colby. Somos los abogados encargados de esta testamentaria. Y la señorita Hayes -añadió, volviéndose hacia la mujer- es mi asistente.
 Chance estrechó la mano del hombre y miró a la mujer. Ésta le sonrió.
 -La criada me ha dicho que en esta casa vive un hombre que trabaja como jardinero.
 Franklin inclinó la cabeza hacia donde estaba Chance.
 -Sin embargo, no hay ninguna anotación en los registros que indique que algún hombre, cualquier hombre, haya sido empleado por el difunto ni residido en esta casa durante los últimos cuarenta años. ¿Cuántos días hace que está usted aquí?
 Chance se sorprendió de que en tantos documentos como había sobre el escritorio no se mencionara su nombre para nada; se le ocurrió que acaso tampoco se mencionaba en ellos el jardín. Titubeó antes de responder.
 -He vivido en esta casa hasta donde alcanzan mis recuerdos, desde muy niño, mucho antes de que el Anciano se rompiera la cadera y empezara a quedarse en cama la mayor parte del tiempo. Estoy aquí desde antes de que crecieran los arbustos, de que instalaran el riego automático en el jardín. Desde antes de que existiera la televisión.
 -¿Qué dice usted? -preguntó Franklin-. ¿Ha estado viviendo aquí, en esta casa, desde que era niño? ¿Y puedo preguntarle cómo se llama usted?
 Chance se sintió incómodo. Sabía que el nombre de una persona tenía mucha importancia en su vida. Por eso la gente de la televisión tenía siempre dos nombres: el propio, fuera de la televisión, y el que adoptaban cada vez que actuaban.
 -Mi nombre es Chance -dijo.
 -¿El señor Chance? -preguntó el abogado.
 Chance asintió.
 -Examinaremos nuestros registros -dijo el señor Franklin.
 Levantó algunos de los papeles que tenía delante de sí.
 -Tengo aquí un registro completo de toda la gente empleada por el difunto o por su hacienda. Aunque al parecer había hecho testamento, no hemos podido hallarlo. En realidad el difunto dejó muy pocos documentos personales. No obstante, sí tenemos una lista de todos sus empleados -recalcó, al tiempo que fijaba la vista en el documento que sostenía en la mano.
 Chance se quedó en actitud de espera.
 -Haga el favor de sentarse, señor Chance -dijo la mujer.
 Chance acercó una silla hacia el escritorio y se sentó.
 El señor Franklin apoyó la cabeza en una mano.
 -Estoy muy sorprendido, señor Chance -dijo, sin levantar la vista del documento que estaba estudiando-, pero su nombre no aparece en ninguno de nuestros archivos. Nadie llamado Chance ha estado relacionado con el difunto. ¿Está usted seguro... realmente seguro... de haber estado empleado en esta casa?
 Chance respondió con prudencia.
 -Siempre he sido el jardinero. He trabajado en el jardín de la parte de atrás de esta casa toda mi vida. Desde que tengo memoria. Era un niño pequeño cuando empecé. Los árboles no habían crecido todavía y casi no había setos vivos. Mire cómo está el jardín ahora.
 El señor Franklin se apresuró a interrumpirle.
 -Pero no existe el menor indicio de que un jardinero haya estado viviendo y trabajando en esta casa. Nosotros..., es decir, la señorita Hayes y yo..., nos hemos hecho cargo de la testamentaria del difunto por disposición de nuestra firma. Todos los inventarios obran en nuestro poder. Puedo asegurarle que no hay ninguna indicación de que usted haya estado empleado aquí. No hay ninguna duda de que en los últimos cuarenta años no se dio empleo a ningún hombre en esta casa. ¿Es usted jardinero de profesión?
 -Soy jardinero -contestó Chance-. Nadie conoce el jardín mejor que yo. Desde que era un niño, he sido el único que ha trabajado aquí. Hubo alguien antes de mí..., un negro alto; se quedó sólo el tiempo suficiente para indicarme lo que debía hacer y para enseñarme el trabajo. Desde entonces, he trabajado solo. Yo planté algunos de los árboles -dijo, al tiempo que inclinaba el cuerpo en dirección al jardín- y las flores, limpié los senderos y regué las plantas. El Anciano acostumbraba sentarse en el jardín a descansar y leer. Pero luego dejó de hacerlo.
 El señor Franklin caminó desde la ventana hasta el escritorio.
 -Me gustaría creerle, señor Chance -dijo-, pero si lo que usted dice es cierto, como usted sostiene, entonces... por alguna razón difícil de desentrañar... su presencia en esta casa, su condición de empleado, no han sido asentados en ninguno de los documentos existentes. Es verdad -añadió, dirigiéndose a su asistente- que muy pocas personas trabajaban aquí; él se retiró de nuestra firma a los sesenta y dos años, hace ya más de veinticinco años, cuando la fractura de cadera le impidió moverse. Sin embargo -continuó-, a pesar de su edad avanzada, el difunto se mantuvo siempre al tanto de sus propios asuntos y todas las personas que empleó fueron inscritas como correspondía en nuestra firma para los pagos, seguros y demás. Después de la partida de la señorita Louise, la única anotación que figura en nuestros archivos se refiere al empleo de una criada "importada"; nada más.
 -Yo conozco a la vieja Louise. No recuerdo haber estado en esta casa sin ella. Todos los días me traía la comida a mi habitación y de tanto en tanto se sentaba conmigo en el jardín.
 -Louise murió, señor Chance -lo interrumpió Franklin.
 -Se fue a Jamaica -dijo Chance.
 -Sí, pero hace poco cayó enferma y murió -acotó la señorita Hayes.
 -No sabía que hubiera muerto -dijo Chance con voz queda.
 -Sin embargo -insistió el señor Franklin-, todas las personas empleadas por el difunto han recibido siempre los sueldos que les correspondían. Nuestra firma estaba al cargo de esos asuntos; de ahí que estén asentados en nuestros libros todos los detalles relativos a esta propiedad.
 -No conocí a nadie más que trabajara en la casa. Siempre estuve en mi habitación y trabajé en el jardín.
 -Quisiera creer lo que usted me dice. Sin embargo, por lo que hace a su presencia anterior a esta casa, no tenemos el más mínimo indicio. La nueva criada no tiene idea del tiempo que ha estado usted aquí. Nuestra firma ha tenido en su poder todas las escrituras, cheques, reclamaciones por seguros, durante los últimos cincuenta años. -El señor Franklin sonrió-. En la época en que el difunto era socio de nuestra firma, algunos de nosotros no habíamos nacido todavía o éramos muy, muy jóvenes.»
 [El fragmento pertenece a la edición en español de MDS Books/ Mediasat, en traducción de Nelly Cacici. ISBN: 84-96075-12-5.]