jueves, 6 de junio de 2019

El secreto de Joe Gould.- Joseph Mitchell (1908-1996)


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El secreto de Joe Gould

«El estilo literario de Gould era muy similar a su conversación; un poco rígido, artificioso y sobre todo algo opaco, pero animado de vez en cuando por una observación o un dato sorprendente, o por el sarcasmo, la malicia o el disparate. El texto estaba lleno de digresiones; había digresiones que llevaban a otras y digresiones que estaban dentro de otras. El padre de Gould había pertenecido a la Iglesia Universalista y a la masonería, y su funeral lo habían celebrado en conjunto el pastor de la Iglesia Universalista de Norwood con el capellán y el venerable Maestro de la logia masónica local. Gould describía la parte universalista del servicio, a continuación pasaba a discutir las sutiles diferencias entre los miembros de las iglesias Universalista, Unitaria y Congregacional de las ciudades de Nueva Inglaterra; de ahí pasaba a discutir las diferencias entre un servicio de Pascua en la Iglesia católica ortodoxa de Boston, al que una vez había asistido con un amigo suyo -un estudiante albanés de Harvard-, y los servicios de Pascua que había presenciado en iglesias católicas romanas, y de ahí a describir un estofado de carne raro pero insólitamente bueno que había comido una vez en Boston, situado en un sótano y frecuentado por obreros albaneses del calzado, adonde lo había llevado el estudiante albanés ("Decían que era cordero y habría podido ser oveja", escribía, "pero probablemente fuese cabra, eso o bien caballo, y no es que yo albergue objeciones contra la carne de cabra o la de caballo, habiendo tenido como tuve la experiencia de comer perro hervido con los indios chippewas, carne que dicho sea de paso sabía como la de oveja, sólo que más dulce, aunque aquí debería señalar que para los chippewas comer perro tiene un sentido ceremonial y podría compararse a nuestro rito de comunión, en virtud de lo cual el sabor per se no es de gran importancia"), y de ahí a describir un caldero para guisar alubias que una vez había visto en el escaparate de un anticuario de Madison Avenue y que era exactamente igual al caldero para guisar alubias que cuando él era niño usaban en la cocina de su casa de Norwood. "Mirando aquel caldero presuntamente ANTIGUO", escribía, "sentí por primera vez que entendía algo sobre el Tiempo." Luego empezaba la descripción de la parte masónica del funeral de su padre, pero de inmediato se extraviaba en una digresión sobre la importancia de los Masones, los Alces, los Cazadores de los Bosques y fraternidades semejantes en la vida nocturna de las ciudades pequeñas, que en un determinado momento abandonaba por una digresión accesoria sobre el tema de los seguros de vida. "Me pregunto qué habrían pensado de los seguros Lewis y Clark", escribía acerca de esto, "no digamos ya Daniel Boone." (Había tachado "no digamos ya" con una línea y arriba había escrito "o para el caso"; luego había tachado "o para el caso" y arriba había escrito "para no hablar de"; y luego, en el margen, al lado de "no digamos ya", había escrito "anulado"). Diseminadas por el libro había muchas frases totalmente irrelevantes; parecían ideas que le habían venido a la mente mientras escribía, y que las había anotado deprisa para no olvidarlas. En la descripción del servicio de Pascua en la iglesia albanesa, por ejemplo, sin que viniera a cuento con lo que antecedía o seguía, aparecía esta observación: "El señor Osgood, maestro de escuela indio de Armstrong, Dakota del Norte, decía que a los sioux el whisky los volvía asesinos y a los chippewas afables."
 En la cubierta del otro cuaderno de redacción se leía: "LA ESPANTOSA ADICCIÓN AL TOMATE. UN CAPÍTULO DE LA HISTORIA ORAL DE JOE GOULD." A este capítulo no logré encontrarle sentido hasta que empecé a saltarme líneas y descubrí que era una parodia de artículo y se proponía burlarse de las estadísticas. Gould mantenía que una enfermedad misteriosa estaba asolando el país. "Tan misteriosa es que los médicos no han notado su existencia", escribía. "Por lo demás, no quieren registrar su existencia porque es responsable de un alto porcentaje de infortunios humanos, del acné a los accidentes del tráfico y de los resfriados a las olas delictivas, que ellos achacan directa o indirectamente a microbios, virus, alergias, neurosis o psicosis, mediante lo cual se hacen ricos". Dedicaba varias páginas a describir la naturaleza de la enfermedad, para declarar por fin que el único que conocía la causa era él. "La enfermedad la causa el creciente consumo de tomates tanto crudos como cocidos y en forma de sopa, salsa, zumo y kétchup, por lo que la he llamado solanaceomanía. Baso este nombre en el de solanáceas, denominación botánica de la espantosa familia de los solanos o hierbamoras, a la cual pertenece el tomate." A partir de este punto Gould se entregaba a llenar página tras página con deshilvanadas estadísticas que evidentemente había tomado de los suplementos económicos y financieros de los periódicos. "Si esto es cierto", escribía después de cada estadística, "también debe de serlo esto", y entonces reproducía otra. De esas estadísticas había veintiocho páginas. "Y ahora", escribía al fin para rematar el capítulo, "espero haberlo probado, y sin duda lo he hecho para mi satisfacción propia, que, en los últimos siete años, el cincuenta y tres por ciento de los choques de trenes de Estados Unidos se debió a la ingesta de tomates por parte de ingenieros ferroviarios."
 Yo estaba desconcertado. Esos capítulos de la Historia oral no tenían ninguna relación visible con la Historia oral que me había descrito Gould. No había en ellos cháchara ni conversaciones, y a menos que se los considerase monólogos del propio Gould, no tenían nada de oral. Abrí las revistas que me había dado y descubrí que sus colaboraciones eran artículos breves pero divagatorios, cada uno de los cuales llevaba un título de dos o tres palabras y un subtítulo aclarando que el texto era bien "un capítulo de", bien "una selección de" la Historia oral. En Exile, el tema "El arte". En Broom, el tema era "La posición social". Había dos artículos suyos en Dial -"El matrimonio" y "La civilización"- y dos en Pagany -"La demencia" y "La libertad"-. A esas alturas yo ya había leído suficiente de Gould para saber qué eran aquellos artículos. Eran digresiones que los editores de las pequeñas revistas o el mismo Gould habían recortado de capítulos de la Historia oral, y a las cuales habían puesto título. Las estuve leyendo sin mucho interés hasta que en "La demencia" me topé con tres frases que se destacaban claramente del resto. Era obvio que aquellas frases eran una descarada exhibición de vanidad, pero me pareció que decían más de lo que Gould pretendía. En los años siguientes, a medida que lo iba conociendo más, me volverían muchas veces a la mente. Aparecían al final de un párrafo en el que Gould defendía sus dudas sobre la posibilidad de dividir a los seres humanos entre locos y cuerdos. "Juzgaría que el hombre más cuerdo es el que con más firmeza comprende el aislamiento trágico de la humanidad y persigue con calma sus objetivos esenciales", escribía. "Supongo que si yo pienso así es porque tengo delirios de grandeza. Me creo Joe Gould".»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2000, en traducción de Marcelo Cohen. ISBN: 84-339-6906-4.]

miércoles, 5 de junio de 2019

Antes que anochezca.- Reinaldo Arenas (1943-1990)


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Mi generación

«Paralelamente a mi amistad con Lezama y Virgilio, yo tenía también relación con muchos escritores de mi generación y celebrábamos tertulias más o menos clandestinas en las cuales leíamos los últimos textos que acabábamos de escribir. Escribíamos incesantemente y leíamos en cualquier sitio; en las casas abandonadas, en los parques, en las playas, mientras caminábamos por las rocas. Leíamos no sólo nuestros textos, sino los de los grandes escritores. En aquellas lecturas participaba Hiram Pratt, talentoso y satánico; Coco Salá, deforme de cuerpo y alma; René Ariza, un poco enloquecido, aunque no tanto como ahora; José Hernández (Pepe el Loco), con un talento tan grande y desmesurado como su propia demencia; José Mario, que acababa de salir de un campo de concentración; Luis Rogelio Nogueras, Guillermo Rosales y muchos más. Leíamos en voz alta para el disfrute de todos. Aquella generación mía leía los poemas prohibidos bajo Fidel Castro, de Jorge Luis Borges, y recitábamos de memoria los poemas de Octavio Paz. Nuestra generación, la generación nacida por los años cuarenta, ha sido una generación perdida; destruida por el régimen comunista.
 La mayor parte de nuestra juventud se perdió en cortes de caña, en guardias inútiles, en asistencia a discursos infinitos, donde siempre se repetía la misma cantaleta, en tratar de burlar las leyes represivas; en la lucha incesante por conseguir un pantalón pitusa o un par de zapatos, en el deseo de poder alquilar una casa en la playa para leer poesía o tener nuestras aventuras eróticas, en una lucha por escapar a la eterna persecución de la policía y sus arrestos.
 Recuerdo que en uno de los Festivales de la Canción de Varadero, al llegar a la playa, fuimos inmediatamente recogidos por la policía y devueltos a La Habana; iban a venir muchos invitados extranjeros y nuestra presencia, al parecer, no era deseable para la vista de tan prominentes invitados.
 ¿Qué se hizo de casi todos los jóvenes de talento de mi generación? Nelson Rodríguez, por ejemplo, autor del libro El regalo, fue fusilado; Hiram Pratt, uno de los mejores poetas de mi generación, terminó alcoholizado y envilecido; Pepe el Loco, el desmesurado narrador, acabó suicidándose; Luis Rogelio Nogueras, poeta de talento, muere recientemente en condiciones bastante turbias, no se sabe si por el SIDA o por la policía castrista. Norberto Fuentes, cuentista, es primero perseguido y convertido, finalmente, en agente de la Seguridad del Estado, ahora en desgracia; Guillermo Rosales, un excelente novelista, se consume en una casa para deshabilitados en Miami. ¿Y qué ha sido de mí? Luego de haber vivido treinta y siete años en Cuba, ahora en el exilio, padeciendo todas las calamidades del destierro y esperando además una muerte inminente. ¿Por qué ese encarnizamiento con nosotros? ¿Por qué ese encarnizamiento con todos los que una vez quisimos apartarnos de la tradición chata y de la ramplonería cotidiana que ha caracterizado a nuestra Isla?
 Creo que nuestros gobernantes y también gran parte de nuestro pueblo y de nuestra tradición nunca han podido tolerar la grandeza ni la disidencia; han querido reducirlo todo al nivel más chato, más vulgar. Quienes no se ajustasen a esa norma de mediocridad han sido mirados de reojo o puestos en la picota. José Martí tuvo que marcharse al exilio y aun en él fue perseguido y acosado por gran parte de los mismos exiliados; y regresa a Cuba, no sólo a pelear, sino a morir. El mismo Félix Varela, una de las figuras más importantes del siglo diecinueve cubano, tiene que vivir en el destierro el resto de su vida. Cirilo Villaverde es condenado a muerte en Cuba y tiene que escapar de la cárcel para salvar su vida; y en el exilio trata de reconstruir la Isla en su novela Cecilia Valdés. Heredia es también desterrado y muere a los treinta y seis años, moralmente destruido, después de solicitar un permiso oficial al dictador de turno para volver a visitar la Isla. Lezama y Piñera mueren también de una forma turbia y en la absoluta censura. Sí, siempre hemos sido víctimas del dictador de turno y, quizás, eso forma parte no sólo de la tradición cubana, sino también de la tradición latinoamericana, es decir, de la herencia hispánica que nos ha tocado padecer.
 Nuestra historia es una historia de traiciones, alzamientos, deserciones, conspiraciones, motines golpes de estado; todo dominado por la infinita ambición, por el abuso, por la desesperación, la soberbia y la envidia. Hasta Cristóbal Colón, ya en el tercer viaje, después de haber descubierto toda la América, regresa a España encadenado. Dos actitudes, dos personalidades, parecen siempre estar en contienda en nuestra historia: la de los incesantes rebeldes amantes de la libertad y, por tanto, de la creación y el experimento, y la de los oportunistas y demagogos, amantes siempre del poder y, por lo tanto, practicantes del dogma y del crimen y de las ambiciones más mezquinas. Esas actitudes se han repetido a lo largo del tiempo: el general Tacón contra Heredia, Martínez Campos contra José Martí, Fidel Castro contra Lezama Lima o Virgilio Piñera; siempre la misma retórica, siempre los mismos discursos, siempre el estruendo militar asfixiando el ritmo de la poesía o de la vida.
 Los dictadores y los regímenes autoritarios pueden destruir a los escritores de dos modos: persiguiéndolos o colmándolos de prebendas oficiales. En Cuba, desde luego, los que optaron por esas prebendas también perecieron, y de una manera más lamentable e indigna; gente de indiscutible talento, una vez que se acogieron a la nueva dictadura, jamás volvieron a escribir nada de valor. ¿Qué fue de la obra de Alejo Carpentier, luego de haber escrito El siglo de las luces? Churros espantosos, imposibles de leer hasta el final. ¿Qué fue de la poesía de Nicolás Guillén? A partir de los años sesenta toda esa obra es prescindible; es más, absolutamente lamentable. ¿Qué se hicieron de los ensayos luminosos, aunque siempre un poco reaccionarios, del Cintio Vitier de los años cincuenta? ¿Dónde está ahora la gran poesía de Eliseo Diego, escrita en los años cuarenta? Ninguno de ellos ha vuelto a ser lo que era; han muerto, aunque, desgraciadamente, para la UNEAC y, aun para ellos mismos, sigan viviendo.
 Ahora veo la historia política de mi país como aquel río de mi infancia que lo arrastraba todo con un estruendo ensordecedor; ese río de aguas revueltas nos ha ido aniquilando, poco a poco, a todos.
 De todos modos, la juventud de los años sesenta se las arregló, no para conspirar contra el régimen, pero sí para hacerlo a favor de la vida. Clandestinamente, seguíamos reuniéndonos en las playas o en las casas o, sencillamente, disfrutábamos de una noche de amor con algún recluta pasajero, con una becada o con algún adolescente desesperado que buscaba la forma de escapar a la represión. Hubo un momento en que se desarrolló, de forma oculta, una gran libertad sexual en el país; todo el mundo quería fornicar desesperadamente y los jóvenes se dejaban largas melenas que, por supuesto, eran perseguidas por mujeres menopáusicas provistas de largas tijeras, se vestían con ropa estrecha y se ponían sellos al estilo occidental; oían a los Beatles y hablaban de liberación sexual. Enormes cantidades de jóvenes nos reuníamos en Coppelia, en la cafetería del Capri o en el Malecón, y disfrutábamos de la noche a despecho del ruido de las perseguidoras de la policía.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2000. ISBN: 84-7223-485-1.]

martes, 4 de junio de 2019

El conde Lucanor.- Don Juan Manuel (1282-1348)


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Quinta parte del Libro del conde Lucanor y de Patronio

«Pero antes de hablar de estas dos cosas, cómo se debe el hombre guardar de hacer malas obras para evitar las penas del infierno y hacerlas buenas para ganar la gloria eterna, diré algo de cómo los sacramentos son verdaderamente lo que nos enseña la Santa Iglesia Romana. [...]
 Hablaré primero del cuerpo de Dios, que es el sacramento de la Eucaristía, que se consagra en el altar. Comienzo por él por ser el sacramento más difícil de creer, y probándose éste con buenas razones se prueban todos los demás. Y desde que hubiera probado éste con ayuda de Dios, probaré los otros de tal manera que cualquier persona, aunque no sea cristiana, con sólo la luz de la razón y con su buen entendimiento comprenderá que están bien probados. Aunque para los cristianos no es necesario apelar a la razón, ya que están obligados a creerlo, pues son verdad y la Iglesia los manda creer; y aunque esto debería bastarles, no les estorba el conocimiento de las razones con que se prueban. [...]
 En lo que se refiere al bautismo, todo hombre que tenga buen entendimiento debe comprender que este sacramento tenía que ser instituido y era muy necesario, pues, aunque el matrimonio también haya sido instituido por Dios, y sea uno de los sacramentos, como en el acto de la generación no se puede excusar el deleite, por ventura no tan ordenado como sería de desear, a causa de ello todos los hombres que han nacido y que nacerán por ayuntamiento de hombre y mujer vienen al mundo marcados por el pecado del deleite en que los engendraron. A este pecado llamó la Escritura "pecado original", que quiere decir pecado en el que se incurre sólo con nacer; y como el hombre que está en pecado no puede ir al cielo, quiso Dios en su misericordia disponer la manera de limpiar el pecado original. Con este fin ordenó el Señor en la ley de Moisés la circuncisión, y aunque mientras duró su vigencia no dejó de hacerse, entenderéis mejor que todo lo que fue dispuesto en aquella ley era como figura de la santa ley que ahora profesamos, si os fijáis en las ventajas del bautismo, pues el circuncidar sólo a los hombres era como anuncio que de otra manera habría de borrarse el pecado original. Bien comprendéis que de este sacramento necesitaban hombres y mujeres y que la circuncisión sólo podía hacerse a los hombres. Si nadie podía salvarse del pecado original sino por medio de la circuncisión, cierto era que las mujeres, que no pueden ser circuncidadas, no se libraban del pecado original. Y así entended que la circuncisión fue figura de la manera de limpiarlo que Nuestro Señor Jesucristo ordenaría al fundar la religión católica. Cuando instituyó este santo sacramento había recibido el anterior de la circuncisión, pues, como él decía, no había venido a abrogar la ley sino a cumplirla; por eso cumplió la primera ley al ser circuncidado, y la segunda, que él estableció, al recibir el bautismo de otro, como él lo recibió de S. Juan Bautista.
 Y para que comprendáis que el sacramento del bautismo que él instituyó, está derechamente ordenado a limpiar el pecado original, meditad sobre ello y entenderéis con cuánta razón ha sido ordenado. Ya os dijimos antes que en el acto de la generación no se puede excusar el deleite de que se acompaña; contra tal deleite y contra la mancha que nos deja se usa el más limpio de los elementos y el más a propósito para limpiar, pues las más de las cosas, cuando no están limpias, se limpian con agua. Por eso al bautizar a la criatura dicen: "Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", y lo meten en el agua. Pues ved si este santo sacramento ha sido bien instituido, que cuando se dice "yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" se invoca a toda la Santísima Trinidad y se apela al poder del Padre y al saber del Hijo y a la bondad del Espíritu Santo, y se pide que por ellos tres, que son Dios y que están en Dios, quede limpia aquella criatura del pecado original en que nació; y las palabras llegan al agua, que es uno de los elementos, y las dos cosas juntas se convierten en sacramento. Este santo sacramento que Jesucristo instituyó es igual para todos, pues lo pueden recibir y lo reciben tanto las mujeres como los hombres. Y así, pues este santo sacramento fue tan necesario y había tanta razón para instituirlo, y lo instituyó Jesucristo, que lo podía hacer como verdadero Dios, no podría nadie decir con razón que este sacramento no sea tal y tan perfecto como lo tiene la Santa Madre Iglesia Romana.
 En lo que se refiere a los otros cinco sacramentos, que son el de la penitencia, el de la confirmación, el del matrimonio, el del orden sacerdotal y el de la extrema unción, bien os diría tantas y tan buenas razones sobre cada uno de ellos que comprenderíais que eran suficientes, pero lo dejo por dos cosas: una, por no alargar mucho el libro, y otra, porque sé que vos y cualquier otra persona que oiga esto comprenderá que con tanta razón se prueba lo uno como lo otro.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 1990, en versión española moderna de Enrique Moreno Báez. ISBN: 84-7039-024-4.]

lunes, 3 de junio de 2019

Cuentos de los tres hemisferios.- Lord Dunsany (1878-1957)


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Los dones de los dioses

«Hubo una vez un hombre que quiso pedir un deseo a los dioses. Pues la paz imperaba en el mundo y todas las cosas resultaban igualmente monótonas, había llegado a sentirse en el fondo cansado de la paz, y por ello echaba de menos las tiendas de campaña y los campos de batalla. Así, pues, pidió un deseo a los dioses antiguos, y presentándose ante ellos, habló así:
 "Dioses antiguos, reina la paz hasta en los rincones más remotos de esta tierra en la que habito, y estamos ya demasiado cansados de la paz. ¡Por eso, oh dioses antiguos, concedednos la guerra!"
 Y los dioses, atendiendo a su ruego, le concedieron la guerra. El hombre partió blandiendo su espada, y desde ese momento bastaba mirarla para que la guerra estallara por doquier. Pero entonces el hombre empezó a recordar las pequeñas cosas que había conocido antes, los días serenos del pasado, y cada noche, sobre la dura tierra, soñaba con la paz. Las cosas habituales empezaron a volverse a sus ojos cada vez más queridas, aquellas cosas monótonas pero serenas de los tiempos de la paz, y recordando estas cosas, comenzó a lamentar la guerra y, una vez más, pidió un deseo a los dioses antiguos. Y presentándose ante ellos, habló así:
 "Oh, dioses antiguos, lo cierto es que el hombre prefiere los tiempos de paz. Así, pues, llevaos vuestra guerra y concedednos la paz, pues de todos vuestros dones no hay ninguno más deseable".
 El hombre regresó entonces a la morada de la paz. Sin embargo, nuevamente no tardó en cansarse de ella, de todas las cosas que ya le eran conocidas y su monotonía. Y añorando de nuevo las tiendas de campaña, se presentó ante los dioses y dijo así:
 "Dioses antiguos, no deseamos vuestra paz, pues la paz no hace sino llenar de tedio nuestros días, y el hombre está mejor en la guerra".
 Y los dioses volvieron a concederle la guerra. De nuevo se oyeron tambores, se vio el humo de las hogueras, el viento azotó la tierra asolada, volvió a escucharse el sonido de los caballos que se dirigen al combate, y ardieron las ciudades y todas las cosas que los trotamundos conocen. Entonces los pensamientos del hombre regresaron a las costumbres de la paz. Y de nuevo añoró la hierba sobre los prados, la luz en los viejos torreones, el sol encendiendo los jardines, las flores en los bosques, el sueño y los senderos en calma de la paz.
 Y el hombre una vez más se presentó ante los dioses antiguos y volvió a implorarles:
 "Dioses antiguos, el mundo y yo estamos cansados de la guerra y añoramos las viejas costumbres y los senderos en calma de la paz".
 Y los dioses se llevaron la guerra y le concedieron la paz. Pero, cierto día, el hombre celebró consejo y conversó largamente consigo mismo hasta concluir: "Mis deseos, que los dioses conceden, no son precisamente deseables, y si un día los dioses me concedieran uno de ellos y jamás accedieran a revocarlo, que es algo que los dioses suelen hacer, yo sería juzgado con severidad por mi deseo. Mis deseos son peligrosos y, por lo tanto, no debo formularlos más".
 De modo que resolvió enviar a los dioses una carta anónima que decía lo siguiente:
 "Oh, dioses antiguos, este hombre que hasta en cuatro ocasiones os ha perturbado con sus deseos, pidiendo a veces la paz y a veces la guerra, es un hombre que no muestra respeto por los dioses, que los denuesta cuando no atienden a sus ruegos y únicamente los alaba en los días santos y en las horas señaladas en que los dioses escuchan sus plegarias. Así, pues, no concedáis más deseos a este impío".
 Los días de paz fueron sucediéndose y de la tierra volvió a surgir, como la niebla en otoño de los campos arados durante generaciones, el sabor de la monotonía. Entonces el hombre se presentó una buena mañana de nuevo ante los dioses y rogó:
 "Oh dioses antiguos, concedednos una sola guerra más para que pueda volver a los campos de batalla y a las fronteras disputables por última vez".
 Y los dioses le respondieron: "No hemos oído buenas cosas de ti. Tu mal proceder ha llegado hasta nosotros. Por ello nunca volveremos a cumplir tus deseos".»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Espuela de Plata, 2011, en traducción de Victoria León Varela. ISBN: 978-84-15177-23-4.]
 

domingo, 2 de junio de 2019

El beso.- Kathryn Harrison (1961)


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«Mi madre se convirtió al catolicismo cuando yo tenía diez años, y yo la seguí en su devoción. Yo la perseguía a ella y ella buscaba lo que no había encontrado en la Ciencia Cristiana.
 Para prepararme para la primera comunión recibí catequesis de un sacerdote llamado padre Dove. A pesar de este oportuno nombre*, el padre Dove no era la encarnación del Espíritu Santo: fumaba un cigarrillo tras otro, y la cara que había sobre su alzacuellos tenía rasgos sanguíneos. De un modo semejante a mi humillante aprendizaje del francés, frustré al sacerdote y enfurecí a mi madre al responder siempre invariablemente mal una pregunta en concreto.
 -¿Qué es lo que se convierte en cuerpo y sangre de Cristo? -quería saber el padre Dove.
 -El pan y el agua -decía yo cada vez, sustituyendo el alimento eucarístico por la comida de los presos.
 Al final, como ésta era la única pregunta de las quince que yo no conseguía acertar, me aprobó. Sin embargo, era "un deplorable error", dijo, mirándonos a mi madre y a mí a través del humo de su cigarrillo.
 -Confío en que no signifique nada.
 Por Navidad recibí una colección de Vidas de santos en una caja. Había dos tomos de vidas de santos, que leí una sola vez y abandoné en un cajón, y dos de santas, que estudiaba, y con los que hasta me iba a dormir. Los libros tenían láminas de colores, reproducciones de obras maestras. Santa Lucía ciega. Santa Ágata mutilada, con los senos en una bandeja. Santa Inés decapitada. Santa Margarita aplastada hasta morir por una pila de piedras. Santa Perpetua y santa Felicia despedazadas por animales salvajes.
 Y santa Dymphna, patrona de quienes sufren enfermedades mentales. Santa Dymphna era la hija de un rey irlandés que, al enviudar, quiso casarse con ella. Ella huyó, pero él la persiguió. Ella le rechazó y él le cortó la cabeza.
 
 Mi padre es un teólogo de una brillantez que sólo la arrogancia puede conferir. Su fe se compone de respuestas, no de incertidumbres. Él define el hecho de haberme conocido como su primera crisis de fe: en mí encontró una criatura más digna de devoción que el Creador. Cuando sintió que me amaba más que a Dios se asustó, pero la herejía quedó resuelta cuando Dios le anunció que se le estaba revelando a través de mí.
 -¿Dios te ha dicho eso? -le pregunto-. ¿Cómo lo sabes?
 Al hablar me cubro la cara; no puedo mirarlo. Sus palabras sobre Dios me marean, casi me enferman. Me asustan más que cualquier referencia sexual. ¿Cómo puede invocar a semejante aliado? ¿Cómo puedo defenderme si lo hace? Su dios debe de ser distinto y más fuerte que el mío, el que murió en el Gran Cañón.
[...]
 
 No llevo un diario de mis sueños, pero el 7 de febrero de 1995 tengo uno tan peculiar que marco esa fecha en mi calendario y escribo la palabra Madre. En realidad no tengo necesidad de recordar lo que ocurre en el sueño. Sé que siempre podré recordarlo entero.
 Mi madre entra en mi cocina. Es una mañana de invierno, muy temprano, y estoy preparando el desayuno para mi familia, que todavía duerme en el piso de arriba. Cuando levanto la cabeza de la tabla de trinchar y la veo, me asusto, tengo miedo. Lo único que he soñado sobre mi madre han sido pesadillas. Pero parece amistosa, casi feliz. La luz que atraviesa la puerta de cristal y da sobre ella es absolutamente clara, limpia: el reflejo del sol sobre la nieve. Viste un traje azul marino entallado, de buen corte y de una tela tan buena que incluso brilla. Me sorprende que se presente años después de su muerte y me fascina cada detalle de su presencia. Incluso sus solapas... ¡qué perfectas son!, quiero tocarlas, tocarla a ella, pero temo disipar su fantasma. Quiero enseñarla a mis hijos, pero no puedo arriesgarme a abandonar la cocina para ir a levantarlos ni asustarla a ella llamándolos.
 Sin embargo, no desaparece, es luminosamente real. Con la conciencia dividida que a veces caracteriza a los sueños, le digo a mi parte durmiente que quizás el espíritu de mi madre esté realmente conmigo, que yo no puedo haberme inventado su presencia de un modo tan convincente, sólo en virtud de mi deseo.
 -Ay, mamá -digo al fin, sin atreverme a tocarla-, estás tan bonita, y llevas un traje tan elegante.
 Ella se encoge de hombros ante el cumplido como si no le importara su apariencia, como si ya no le importaran estas cosas; y sé que ambas estamos pensando en cómo era al final, cuando el cáncer le robó la juventud y la belleza y se burló de la vanidad.
 Después no pasa nada, pero lo siento todo. Mi madre y yo nos miramos de cerca. Nos miramos profundamente a los ojos, como nunca lo hicimos en vida, y durante mucho más tiempo. Nuestros ojos no se mueven ni parpadean, y se pone de manifiesto todo lo que sentimos y nunca nos dijimos. Su juventud y su egoísmo y su mezquindad; mi juventud y mi egoísmo y mi mezquindad. Nuestra soledad. El modo en que nos traicionamos una a otra.
 En este sueño siento que por fin me conoce, y yo a ella. Siento que, al fin, las dos dejamos de esperar una hija diferente y una madre diferente.»
 
*Dove significa "paloma" en inglés. (N. del T.)
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1999, en traducción de Susana Camps. ISBN: 84-226-7566-8]

sábado, 1 de junio de 2019

Albertine desaparecida.- Marcel Proust (1871-1922)


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Capítulo primero

«En realidad es nuestra previsión, nuestra esperanza de acontecimientos felices, lo que nos colma de una alegría que atribuimos a otras causas, y que cesa para sumirnos en la zozobra si ya no estamos tan seguros de que lo que deseamos se realizará. Lo que sostiene el edificio de nuestro mundo sensitivo es siempre una invisible creencia, y privado de ella se tambalea. Hemos visto que fijaba para nosotros el valor o la nulidad de los seres, el entusiasmo o el hastío de verlos. Nos da asimismo la posibilidad de soportar un disgusto que no nos atosiga sencillamente porque estamos convencidos de que pasará, o de repente nos lo agranda hasta que una presencia cobra igual importancia para nosotros, a veces incluso más que nuestra vida. Hubo algo, además, que acabó martirizándome tanto como en el primer minuto, y preciso es decir que ya no me sentía martirizado. Fue el releer una frase de la carta de Albertine. Por mucho que amemos a los seres, el dolor de perderlos, cuando en nuestro aislamiento nos quedamos a solas con él, al que nuestra mente da en cierto modo la forma que quiere, ese dolor es soportable y distinto del menos humano, menos nuestro, tan imprevisto y extraño como un accidente en el mundo moral y en la región del corazón, que viene causado, más que por los propios seres, por la forma de enterarnos de que no volveríamos a verlos. Podía pensar en Albertine llorando quedamente, aceptando no verla más aquella noche que el día anterior, pero el releer: "Mi decisión es irrevocable" era muy distinto, era como tomar un medicamento peligroso que me provocase un ataque cardíaco al que fuese imposible sobrevivir. Hay en las cosas, en los acontecimientos, en las cartas de ruptura, un peligro peculiar que amplifica y distorsiona el propio dolor que pueden causarnos los seres. Pero ese dolor dura poco. A pesar de todo, estaba tan convencido de que triunfaría la habilidad de Saint-Loup, el regreso de Albertine me parecía cosa tan segura, que me pregunté si había hecho bien en desearlo. Pero me alegraba.
 Junto con los coches, quería comprar el yate más hermoso que existía entonces. Estaba en venta, pero era tan caro que no aparecía comprador. Además, una vez comprado, aun suponiendo que no hiciésemos más que cruceros de cuatro meses, supondría más de doscientos mil francos al año de mantenimiento. Llevaríamos un ritmo de gastos anual de medio millón. ¿Podría aguantarlo yo más de siete u ocho años? Pero qué importa, cuando ya no me quedasen más que cincuenta mil francos de renta, podría dejárselos a Albertine y matarme. Fue la decisión que tomé. Me hizo pensar en. Y como el yo vive de continuo pensando cantidad de cosas, como no es más que el pensamiento de tales cosas, cuando por casualidad en vez de tenerlas delante piensa de pronto en sí mismo, tan sólo se encuentra un aparato vacío, algo que desconoce, al que, para infundirle alguna realidad, incorpora el recuerdo de una cara avistada en el espejo. Esa extraña sonrisa, esos bigotes asimétricos, eso es lo que desaparecerá de la superficie de la tierra. Cuando me matase dentro de cinco años, se acabaría para mí el poder pensar en todas esas cosas que desfilaban sin cesar por mi mente. Desaparecería de la superficie de la tierra y nunca más regresaría, mi pensamiento se detendría para siempre. Y mi yo se me antojó aún más inútil, al verlo ya como algo que había dejado de existir. ¿Cómo puede resultar difícil sacrificar a la mujer en la que tenemos puesto constantemente el pensamiento (la mujer amada), sacrificarle ese otro ser en el que jamás pensamos: nosotros mismos? Por eso ese pensamiento de mi muerte me pareció en ese sentido, al igual que la noción de mi yo, singular; no me resultó nada desagradable. De pronto lo encontré espantosamente triste; porque, al pensar que si no podía disponer de más dinero era porque vivían mis padres, pensé de pronto en mi madre. Y no pude soportar la idea de lo que sufriría tras mi muerte.
 Desgraciadamente para mí, que creía liquidado el asunto de la policía, vino Françoise a anunciarme que se había presentado un inspector preguntando si yo acostumbraba recibir jovencitas en casa, que la portera, imaginando que se referían a Albertine, había contestado que sí, y que desde entonces la casa parecía vigilada. Nunca más podría traer a una niña a que me consolase de mis penas, sin exponerme a sufrir el oprobio ante ella de que apareciese un inspector y la niña me viese como un malhechor. Y comprendí a un tiempo hasta qué punto vivimos aferrados a determinados sueños, pues esa imposibilidad de volver a mecer a una niña despojaba a la vida para mí definitivamente de todo valor; pero comprendí asimismo lo lógico que resulta que la gente rechace fácilmente la fortuna y arrostre la muerte, pese a que nos figuramos que el interés y el miedo mueven el mundo. Pues de habérseme ocurrido que incluso una niña desconocida pudiese tener un concepto execrable de mí, por la aparición de un policía, habría preferido mil veces matarme. No existía ni comparación posible entre ambos sentimientos. Pero en la vida las personas no reparan jamás en que aquellos a quienes ofrecen dinero, a quienes amenazan de muerte, pueden tener una amante, o aun sencillamente un amigo, cuya estima les interesa, aunque no les interesa la propia. Pero de pronto, por una confusión que me pasó inadvertida (pues no pensé que siendo mayor de edad Albertine podía vivir en mi casa y hasta ser mi amante), me pareció que la corrupción de menores podía aplicarse también a Albertine. Entonces, ya, vi que la vida se me cerraba por todas partes. Y pensando que no había vivido castamente con ella, hallé, en el castigo que se me infligía por haber mecido en mis rodillas a una niña desconocida, esa relación que existe casi siempre en los castigos humanos, y que no hace que no haya casi nunca ni condena justa, ni error judicial, sino una especie de armonía entre la idea falsa que se forma el juez de un acto inocente y los hechos culpables que ha ignorado. Pero entonces, al pensar que el regreso de Albertine podía acarrearme una condena infame que me degradaría a sus ojos y quizá ocasionarle a ella un quebranto que no me perdonaría, dejé de desear aquel regreso, me espantó.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1988, en traducción de Javier Albiñana. ISBN: 84-339-3132-6.]