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viernes, 19 de junio de 2020

Hedda Gabler.- Henrik Ibsen (1828-1906)

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Acto segundo

«Brack: (Detrás de la butaca.) Lo que ocurre es que usted no es feliz... Todo estriba en eso.
 Hedda: (Mirando ante sí.) No sé por qué... había de ser feliz. ¿Puede usted explicármelo?
 Brack: Sí... Entre otras razones, porque ya tiene usted la casa que deseaba.
 Hedda: (Mirándolo y sonriéndose.) ¿Pero usted también cree en esa historia?
 Brack: ¿Es que no hay algo de cierto en ella?
 Hedda: Sí; algo hay.
 Brack: ¿Entonces?
Hedda: Lo cierto es que el verano pasado Tesman acostumbraba a acompañarme hasta casa al salir de las reuniones... Una noche pasamos por aquí. El pobre Tesman estaba nervioso. No sabía de qué hablarme. Entonces me dio pena del pobre sabio.
 Brack: (Sonriendo.) ¿Lástima a usted...?
 Hedda: Sí, es verdad que me daba lástima. Y entonces..., para ayudarlo a salir del apuro..., se me ocurrió decirle sin pensarlo mucho, que me agradaría vivir en este hotel.
 Brack: ¿Nada más?
 Hedda: Aquella noche, nada más.
 Brack: ¿Pero después...?
 Hedda: Sí, mi ligereza tuvo consecuencias. Mire por dónde eso de que me gustase el hotel de la señora Falk creó un lazo entre Tesman y yo del que salió la boda, el viaje de novios y todo lo demás. ¡Así son las cosas de este mundo, querido Brack!
 Brack: Y en el fondo, a lo mejor, todo ello no le importaba lo más mínimo.
 Hedda: No, bien sabe Dios que no. […] ¡Oh, querido Brack! ¡No puede usted imaginarse lo horriblemente que me voy a aburrir aquí!
 Brack: ¿Es que la vida no ha de tener ningún objeto para usted, Hedda?
 Hedda: Un objeto..., ¿que tuviese algo de atractivo?
 Brack: Naturalmente que eso sería lo mejor.
 Hedda: Sabe Dios cómo tendría que ser. A veces pienso si no... (Interrumpiéndose.) Pero tampoco eso será posible.
 Brack: ¡Quién sabe! Usted dirá.
 Hedda: Quería decir si no me sería posible decidir a Tesman a dedicarse a la política.
 Brack: (Riendo.) Mire usted, creo que la política... no le sienta de ningún modo.
 Hedda: Sí, yo también lo creo. Pero si, pese a ello, pudiese conseguir...
 Brack: Pero ¿qué iba a adelantar con eso? ¿Y si no tuviera condiciones? ¿Para qué empeñarse en que se dedicara a la política?
 Hedda: Porque me aburro, sépalo usted. (Tras una pausa corta.) ¿Usted cree absolutamente imposible que Tesman llegue a ser ministro?
9788485471249 - Iberlibro Brack: Mire usted. Para llegar a conseguirlo, en primer lugar, tendría que tener fortuna.
 Hedda: (Levantándose impaciente.) ¡Ahí está! ¡Esta pobreza en que he caído! (Paseando por la habitación.) ¡Eso es lo que hace que la vida sea tan deplorable...! ¡Tan ridícula...! Porque lo es.
 Brack: Yo creo que la culpa está en otra cosa.
 Hedda: ¿Dónde?
 Brack: A usted no se le ha ocurrido nunca nada sugestionador.
 Hedda: ¿Quiere usted decir nada serio?
 Brack: Podríamos llamarlo así también. Pero ahora tal vez podría llegar el caso.
 Hedda: ¿Se refiere usted a los inconvenientes que se presentarán con motivo de esa plaza de catedrático? Eso es asunto exclusivo de Tesman. En ello no emplearé un solo pensamiento.
 Brack: No, no me refería precisamente a eso. ¿Pero si... se encontrase usted... con eso que en estilo elevado se llaman deberes... serios y graves? (Sonriéndose.) Nuevos deberes.
 Hedda: (Colérica.) ¡Cállese! ¡Eso no lo verá usted jamás!
 Brack: (Prudentemente.) Más tarde..., andando el tiempo..., volveremos a hablar de ellos.
 Hedda: No tengo la menor afición a esas cosas. A mí que no se me venga con deberes.
 Brack: ¿No va a tener usted, como la mayoría de las demás mujeres, disposiciones para una misión que...?
 Hedda: (En la puerta de cristales.) ¡Cállese usted, le repito! A veces me parece que sólo sirvo para una cosa en este mundo.
 Brack: (Acercándose más.) ¿Puedo preguntar qué cosa es esa?
 Hedda: (Mirando hacia fuera.) Para aburrirme mortalmente. Ya lo sabe. (Se vuelve, mira hacia el cuarto de atrás y ríe.) Bien. Ahí viene el profesor.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1987, en traducción de J. Álvarez. ISBN: 84-85471-24-5.]

lunes, 3 de junio de 2019

Cuentos de los tres hemisferios.- Lord Dunsany (1878-1957)


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Los dones de los dioses

«Hubo una vez un hombre que quiso pedir un deseo a los dioses. Pues la paz imperaba en el mundo y todas las cosas resultaban igualmente monótonas, había llegado a sentirse en el fondo cansado de la paz, y por ello echaba de menos las tiendas de campaña y los campos de batalla. Así, pues, pidió un deseo a los dioses antiguos, y presentándose ante ellos, habló así:
 "Dioses antiguos, reina la paz hasta en los rincones más remotos de esta tierra en la que habito, y estamos ya demasiado cansados de la paz. ¡Por eso, oh dioses antiguos, concedednos la guerra!"
 Y los dioses, atendiendo a su ruego, le concedieron la guerra. El hombre partió blandiendo su espada, y desde ese momento bastaba mirarla para que la guerra estallara por doquier. Pero entonces el hombre empezó a recordar las pequeñas cosas que había conocido antes, los días serenos del pasado, y cada noche, sobre la dura tierra, soñaba con la paz. Las cosas habituales empezaron a volverse a sus ojos cada vez más queridas, aquellas cosas monótonas pero serenas de los tiempos de la paz, y recordando estas cosas, comenzó a lamentar la guerra y, una vez más, pidió un deseo a los dioses antiguos. Y presentándose ante ellos, habló así:
 "Oh, dioses antiguos, lo cierto es que el hombre prefiere los tiempos de paz. Así, pues, llevaos vuestra guerra y concedednos la paz, pues de todos vuestros dones no hay ninguno más deseable".
 El hombre regresó entonces a la morada de la paz. Sin embargo, nuevamente no tardó en cansarse de ella, de todas las cosas que ya le eran conocidas y su monotonía. Y añorando de nuevo las tiendas de campaña, se presentó ante los dioses y dijo así:
 "Dioses antiguos, no deseamos vuestra paz, pues la paz no hace sino llenar de tedio nuestros días, y el hombre está mejor en la guerra".
 Y los dioses volvieron a concederle la guerra. De nuevo se oyeron tambores, se vio el humo de las hogueras, el viento azotó la tierra asolada, volvió a escucharse el sonido de los caballos que se dirigen al combate, y ardieron las ciudades y todas las cosas que los trotamundos conocen. Entonces los pensamientos del hombre regresaron a las costumbres de la paz. Y de nuevo añoró la hierba sobre los prados, la luz en los viejos torreones, el sol encendiendo los jardines, las flores en los bosques, el sueño y los senderos en calma de la paz.
 Y el hombre una vez más se presentó ante los dioses antiguos y volvió a implorarles:
 "Dioses antiguos, el mundo y yo estamos cansados de la guerra y añoramos las viejas costumbres y los senderos en calma de la paz".
 Y los dioses se llevaron la guerra y le concedieron la paz. Pero, cierto día, el hombre celebró consejo y conversó largamente consigo mismo hasta concluir: "Mis deseos, que los dioses conceden, no son precisamente deseables, y si un día los dioses me concedieran uno de ellos y jamás accedieran a revocarlo, que es algo que los dioses suelen hacer, yo sería juzgado con severidad por mi deseo. Mis deseos son peligrosos y, por lo tanto, no debo formularlos más".
 De modo que resolvió enviar a los dioses una carta anónima que decía lo siguiente:
 "Oh, dioses antiguos, este hombre que hasta en cuatro ocasiones os ha perturbado con sus deseos, pidiendo a veces la paz y a veces la guerra, es un hombre que no muestra respeto por los dioses, que los denuesta cuando no atienden a sus ruegos y únicamente los alaba en los días santos y en las horas señaladas en que los dioses escuchan sus plegarias. Así, pues, no concedáis más deseos a este impío".
 Los días de paz fueron sucediéndose y de la tierra volvió a surgir, como la niebla en otoño de los campos arados durante generaciones, el sabor de la monotonía. Entonces el hombre se presentó una buena mañana de nuevo ante los dioses y rogó:
 "Oh dioses antiguos, concedednos una sola guerra más para que pueda volver a los campos de batalla y a las fronteras disputables por última vez".
 Y los dioses le respondieron: "No hemos oído buenas cosas de ti. Tu mal proceder ha llegado hasta nosotros. Por ello nunca volveremos a cumplir tus deseos".»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Espuela de Plata, 2011, en traducción de Victoria León Varela. ISBN: 978-84-15177-23-4.]
 

viernes, 26 de octubre de 2018

La hija de Homero.- Robert Graves (1895-1985)


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1.-El collar de ámbar

«Una desdichada tarde, hace tres años, cuando hacía aún muy poco tiempo que mi hermano Laodamante estaba casado, comenzó a soplar el viento que llamamos siroco y una enorme nube se echó pesadamente sobre los hombros del monte Erix. Como de costumbre, se agostaron las plantas de mi jardín, mi cabello perdió sus rizos y todos se volvieron quisquillosos y pendencieros; mi cuñada Ctimene no menos que los demás. Esa noche, en cuanto se encontró a solas con Laodamante en el asfixiante dormitorio, que estaba en el piso superior y daba al patio de los banquetes, comenzó a reprocharle su pereza y falta de espíritu emprendedor. Ctimene habló en detalle sobre el valor de su dote y le preguntó si no le avergonzaba pasarse los días cazando o pescando, en lugar de conquistar riquezas mediante audaces aventuras al otro lado del mar.
 Laodamante rio y respondió, con tono ligero, que la única culpable era ella: su rozagante belleza era lo que lo retenía en el hogar.
 -En cuanto me canse de tu delicioso cuerpo, esposa mía, emprenderé viaje... Me iré tan lejos como pueda llevarme un barco, a la Tierra de Cólquida y a los Establos del Sol, si hace falta; pero ese momento no ha llegado aún.
 -Sí -respondió Ctimene, malhumorada-; pareces destinado a no cansarte de mis abrazos durante mucho tiempo, a juzgar por la forma en que me importunas con tus atenciones nocturnas. Pero en cuanto raya el alba sales corriendo, preocupado sólo por tus sabuesos, tu lanza de cazar jabalíes y tu arco. Y no vuelvo a verte hasta el anochecer y entonces comes como un lobo, bebes como una marsopa, juegas una o dos partidas de ajedrez, en las que empleas la astucia de un zorro, y te diriges una vez más, tambaleándote, a la cama, donde vuelves a ahogarme con tus calurosas caricias osunas.
 -No me tendrías en muy elevada opinión si no cumpliera con mis deberes maritales.
 -Los deberes de un esposo no se cumplen sólo entre las sábanas.
 Fue como si un pugilista de brazos largos tratase de mantener a distancia a su rival, pequeño y que golpeaba duro, sólo con algunos breves puñetazos de izquierda, hasta que al cabo el contricante se desliza bajo la guardia del hombre de más estatura y lo aporrea bajo el corazón. Laodamante se encolerizó, pero demostró que tampoco él era un novicio en materia de luchas cuerpo a cuerpo.
 -¿Pretendes que haraganee por la casa todo el día -preguntó-, que te narre historias mientras tú hilas la lana; que la enmadeje y lleve recados de tu parte? Pienso quedarme en Drépano hasta que me hayas complacido quedando embarazada (eso, siempre que no seas estéril, como tu tía y tu hermana mayor), pero mientras esté aquí considero que es más varonil cazar cabras salvajes o jabalíes que matar el tiempo entre el almuerzo y la cena como lo hacen la mayoría de los jóvenes de mi edad y rango: es decir, bebiendo, jugando a los dados, bailando, chismorreando en el mercado, pescando con línea, anzuelo y flotador desde el muelle y jugando al tejo en el patio. O quizá prefieras que yo mismo hile y teja, como lo hizo Hércules en Lidia, cuando la reina Onfalia lo hechizó...
 -Quiero un collar -dijo Ctimene de pronto-. Quiero un hermoso collar de ámbar hiperbóreo, con gruesas cuentas de oro entre las de ámbar, y un broche de oro en forma de dos serpientes entrelazadas por la cola.
 -Si, ¿eh? ¿Y dónde encontrar semejante tesoro?
 -La madre de Eurímaco ya tiene uno y el capitán Dimas le ha prometido otro a su hija Procne, la amiga de Nausícaa, cuando regrese de su próximo viaje a la arenosa Pilos.
 -¿Deseas que le tienda una emboscada al barco cuando pase ante Motia y le robe el collar para ti... al estilo de Bucinna?
 -Me niego a entender tu chiste sobre mi isla... si hay que considerarlo un chiste. ¡No, no te atrevas a besarme! El viento es tremendo y me duele la cabeza. Vete a dormir a otra parte. Espero que el alba te encuentre en un estado de ánimo más razonable.
 -No puedo darle las buenas noches a mi esposa con un beso: ¿es eso lo que quieres decir? ¡Ten cuidado, no sea que te devuelva a la casa de tus padres, con dote y todo!
 -¿Con dote y todo? Eso no sería fácil. De los doscientos lingotes de cobre y las veinte balas de lienzo rescatadas del barco sidonio que mi padre encontró a la deriva, sin tripulación, frente a Bucinna...
 -¿A la deriva, dices? Asesinó a toda la tripulación al estilo tradicional de Bucinna, como de sobra se sabe en todos los mercados de Sicilia.
 -... de los lingotes de cobre y balas de lienzo, repito, invertiste casi la mitad en una empresa comercial en Libia. Querías trocarlos por benjuí, polvo de oro y huevos de avestruz, pero dudo que alguna vez vuelvas a verlos.
 -Las mujeres jamás pueden creer que una vez que un barco ha levado anclas y enarbolado el velamen llega siempre a puerto.
 -No pongo en duda las condiciones marineras del barco, sino sólo la integridad de su capitán, en quien confiaste como un tonto, por consejo de tu amigo Eurímaco. No sería la primera vez que un libio delinquiera y si alguien me dice que Eurímaco exigió una comisión por su participación en el fraude, me sentiré dispuesta a creerle.
 -Mira, esta discusión no puede hacerle mucho bien a tu jaqueca -replicó Laodamante-. Deja que te traiga un cuenco de agua y una tela suave para humedecerte las sienes. El siroco nos está matando a todos.
 Ella tomó como una ironía lo que él había dicho por bondad. Se quedó echada, inmóvil y silenciosa, hasta que Laodamante le llevó el tazón de plata y entonces se incorporó de repente, se lo arrebató de las manos y le arrojó el agua.
 -¡Para refrescarte los acalorados muslos, Príapo! -exclamó.
 Laodamante no perdió los estribos ni la tomó del cuello, como habrían hecho muchos hombres más impetuosos. Nunca he sabido que tratase con violencia a mujer alguna, ni siquiera a una esclava descarada, para castigarla. No hizo más que lanzarle a Ctimene una mirada incendiaria y decirle:
 -Muy bien. Tendrás tu collar, no te aflijas, ¡y ojalá traiga a nuestra casa menos dolor que el de la tebana Erífile de la canción de Homero!»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones RBA, 2001,  en traducción de Floreal Mazia. Depósito legal: B-19672-2001.]