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sábado, 1 de junio de 2019

Albertine desaparecida.- Marcel Proust (1871-1922)


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Capítulo primero

«En realidad es nuestra previsión, nuestra esperanza de acontecimientos felices, lo que nos colma de una alegría que atribuimos a otras causas, y que cesa para sumirnos en la zozobra si ya no estamos tan seguros de que lo que deseamos se realizará. Lo que sostiene el edificio de nuestro mundo sensitivo es siempre una invisible creencia, y privado de ella se tambalea. Hemos visto que fijaba para nosotros el valor o la nulidad de los seres, el entusiasmo o el hastío de verlos. Nos da asimismo la posibilidad de soportar un disgusto que no nos atosiga sencillamente porque estamos convencidos de que pasará, o de repente nos lo agranda hasta que una presencia cobra igual importancia para nosotros, a veces incluso más que nuestra vida. Hubo algo, además, que acabó martirizándome tanto como en el primer minuto, y preciso es decir que ya no me sentía martirizado. Fue el releer una frase de la carta de Albertine. Por mucho que amemos a los seres, el dolor de perderlos, cuando en nuestro aislamiento nos quedamos a solas con él, al que nuestra mente da en cierto modo la forma que quiere, ese dolor es soportable y distinto del menos humano, menos nuestro, tan imprevisto y extraño como un accidente en el mundo moral y en la región del corazón, que viene causado, más que por los propios seres, por la forma de enterarnos de que no volveríamos a verlos. Podía pensar en Albertine llorando quedamente, aceptando no verla más aquella noche que el día anterior, pero el releer: "Mi decisión es irrevocable" era muy distinto, era como tomar un medicamento peligroso que me provocase un ataque cardíaco al que fuese imposible sobrevivir. Hay en las cosas, en los acontecimientos, en las cartas de ruptura, un peligro peculiar que amplifica y distorsiona el propio dolor que pueden causarnos los seres. Pero ese dolor dura poco. A pesar de todo, estaba tan convencido de que triunfaría la habilidad de Saint-Loup, el regreso de Albertine me parecía cosa tan segura, que me pregunté si había hecho bien en desearlo. Pero me alegraba.
 Junto con los coches, quería comprar el yate más hermoso que existía entonces. Estaba en venta, pero era tan caro que no aparecía comprador. Además, una vez comprado, aun suponiendo que no hiciésemos más que cruceros de cuatro meses, supondría más de doscientos mil francos al año de mantenimiento. Llevaríamos un ritmo de gastos anual de medio millón. ¿Podría aguantarlo yo más de siete u ocho años? Pero qué importa, cuando ya no me quedasen más que cincuenta mil francos de renta, podría dejárselos a Albertine y matarme. Fue la decisión que tomé. Me hizo pensar en. Y como el yo vive de continuo pensando cantidad de cosas, como no es más que el pensamiento de tales cosas, cuando por casualidad en vez de tenerlas delante piensa de pronto en sí mismo, tan sólo se encuentra un aparato vacío, algo que desconoce, al que, para infundirle alguna realidad, incorpora el recuerdo de una cara avistada en el espejo. Esa extraña sonrisa, esos bigotes asimétricos, eso es lo que desaparecerá de la superficie de la tierra. Cuando me matase dentro de cinco años, se acabaría para mí el poder pensar en todas esas cosas que desfilaban sin cesar por mi mente. Desaparecería de la superficie de la tierra y nunca más regresaría, mi pensamiento se detendría para siempre. Y mi yo se me antojó aún más inútil, al verlo ya como algo que había dejado de existir. ¿Cómo puede resultar difícil sacrificar a la mujer en la que tenemos puesto constantemente el pensamiento (la mujer amada), sacrificarle ese otro ser en el que jamás pensamos: nosotros mismos? Por eso ese pensamiento de mi muerte me pareció en ese sentido, al igual que la noción de mi yo, singular; no me resultó nada desagradable. De pronto lo encontré espantosamente triste; porque, al pensar que si no podía disponer de más dinero era porque vivían mis padres, pensé de pronto en mi madre. Y no pude soportar la idea de lo que sufriría tras mi muerte.
 Desgraciadamente para mí, que creía liquidado el asunto de la policía, vino Françoise a anunciarme que se había presentado un inspector preguntando si yo acostumbraba recibir jovencitas en casa, que la portera, imaginando que se referían a Albertine, había contestado que sí, y que desde entonces la casa parecía vigilada. Nunca más podría traer a una niña a que me consolase de mis penas, sin exponerme a sufrir el oprobio ante ella de que apareciese un inspector y la niña me viese como un malhechor. Y comprendí a un tiempo hasta qué punto vivimos aferrados a determinados sueños, pues esa imposibilidad de volver a mecer a una niña despojaba a la vida para mí definitivamente de todo valor; pero comprendí asimismo lo lógico que resulta que la gente rechace fácilmente la fortuna y arrostre la muerte, pese a que nos figuramos que el interés y el miedo mueven el mundo. Pues de habérseme ocurrido que incluso una niña desconocida pudiese tener un concepto execrable de mí, por la aparición de un policía, habría preferido mil veces matarme. No existía ni comparación posible entre ambos sentimientos. Pero en la vida las personas no reparan jamás en que aquellos a quienes ofrecen dinero, a quienes amenazan de muerte, pueden tener una amante, o aun sencillamente un amigo, cuya estima les interesa, aunque no les interesa la propia. Pero de pronto, por una confusión que me pasó inadvertida (pues no pensé que siendo mayor de edad Albertine podía vivir en mi casa y hasta ser mi amante), me pareció que la corrupción de menores podía aplicarse también a Albertine. Entonces, ya, vi que la vida se me cerraba por todas partes. Y pensando que no había vivido castamente con ella, hallé, en el castigo que se me infligía por haber mecido en mis rodillas a una niña desconocida, esa relación que existe casi siempre en los castigos humanos, y que no hace que no haya casi nunca ni condena justa, ni error judicial, sino una especie de armonía entre la idea falsa que se forma el juez de un acto inocente y los hechos culpables que ha ignorado. Pero entonces, al pensar que el regreso de Albertine podía acarrearme una condena infame que me degradaría a sus ojos y quizá ocasionarle a ella un quebranto que no me perdonaría, dejé de desear aquel regreso, me espantó.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1988, en traducción de Javier Albiñana. ISBN: 84-339-3132-6.]

martes, 3 de febrero de 2015

"Por el camino de Swann".- Marcel Proust (1871-1922)

 

"Y otra vez me pregunto: ¿cuál puede ser ese desconocido estado que no trae consigo ninguna prueba lógica, sino la evidencia de su felicidad, y de su realidad junto a la que se desvanecen todas las restantes realidades? Intento hacerle aparecer de nuevo. Vuelvo con el pensamiento al instante en que tomé la primera cucharada de té. Y me encuentro con el mismo estado, sin ninguna claridad nueva. Pido a mi alma un esfuerzo más, que me traiga otra vez la sensación fugitiva. Y para que nada la estorbe en ese arranque con que va a probar a captarla, aparto de mí todo obstáculo, toda idea extraña y protejo mis oídos y mi atención contra los ruidos de la habitación vecina. [...]
 ¿Llegará hasta la superficie de mi conciencia clara ese recuerdo, ese instante antiguo que la atracción de un instante idéntico ha ido a solicitar tan lejos, a conmover y alzar el fondo de mi ser? No sé. Ya no siento nada, se ha parado, quizá desciende otra vez, quién sabe si tornará a subir desde lo hondo de su noche. Hay que volver a empezar una y diez veces, hay que inclinarse en su busca. Y cada vez esa cobardía que nos aparta de todo trabajo dificultoso y de toda obra importante, me aconseja que deje eso y que me beba el té pensando sencillamente en mis preocupaciones de hoy y en mis deseos de mañana, que se dejan rumiar sin esfuerzo.
 Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa) cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. Ver la magdalena no me había recordado nada, antes de que la probara; quizá porque, como había visto muchas, sin comerlas, en las pastelerías, su imagen se había separado de aquellos días de Combray para enlazarse a otros más recientes; ¡quizá porque de esos recuerdos por tanto tiempo abandonados fuera de la memoria, no sobrevive nada y todo se va disgregando!; las formas externas -también aquélla tan gratamente sensual de la concha, con sus dobleces severos y devotos-, adormecidas o anuladas, habían perdido la fuerza de expansión que las empujaba hasta la conciencia. Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.
 En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tila que mi tía me daba (aunque todavía no había descubierto y tardaría mucho en averiguar el porqué ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres, y en donde estaba ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces; y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando hacía buen tiempo. Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té".