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sábado, 19 de febrero de 2022

El paraíso perdido.- John Milton (1608-1674)


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Libro IV


 «"Única compañera que conmigo / compartes sola estas delicias todas,
tú, más preciada que ellas todas juntas; / es preciso que el Poder que nos ha hecho
y este Mundo para nosotros ha creado, / sea totalmente bueno y de su bien
tan franco y liberal como infinito, / ya que del polvo nos ha levantado
y nos ha puesto aquí entre tanta dicha, / sin que nada de su mano merezcamos
y nada hacer podemos de que tenga / necesidad; él sólo nos exige
un único servicio y éste es fácil: / de todo árbol que en este Paraíso
da deleitoso fruto y tan variado, / uno solo no quiere que toquemos,
el fruto de ese Árbol de la Ciencia, / plantado junto al Árbol de la Vida,
tan cerca está la muerte de la vida, / sea la muerte lo que sea, algo
terrible debe ser sin duda; porque / bien sabes que Dios dijo que muerte era
probar de ese árbol, única prenda ésta / de nuestra obediencia, de entre todas
las muestras de poder y autoridad / que nos ha conferido, y el dominio
sobre todas las criaturas que habitan / la tierra, el mar y el aire. Siendo así,
que no nos aflija esta restricción / tan mínima, a nosotros que gozamos
de plena libertad para servirnos / de todo lo demás y de escoger
delicias infinitas y variadas; / antes loémosle siempre y ensalcemos
su generosidad, y prosigamos / la agradable tarea de podar
estas frondosas plantas y atender / estas flores, que si fuera onerosa,
contigo resultara placentera”.
 Entonces Eva le contestó: “Oh, tú, / para quien y de quien formada fui
con carne de tu carne, y sin el cual / objeto no tendría, guía y cabeza
mías, lo que has dicho es justo y cierto. / Porque a él debemos toda alabanza
y diaria acción de gracias, sobre todo / yo, que disfruto de la mejor parte
al poseerte a ti, preeminente / con tanta diferencia, mientras tú
una consorte que sea igual a ti / no es posible que halles en parte alguna.
Ese día recuerdo con frecuencia, / cuando por vez primera desperté
del sueño y me encontré recostada / y a la sombra, bajo un dosel de flores,
sin acertar quién era y dónde estaba, / y de dónde y cómo allí me habían traído.
Nada lejos de mí se oía un sonido / murmurante de aguas que brotaban
de una gruta y en líquida llanura / se esparcían y se remansaban
tan puras como el ámbito del cielo; / allí me encaminé sin experiencia
previa, y me asomé a la verde orilla / para mirar el claro y liso lago
que a mí me parecía un firmamento. / Al doblarme a mirar, apareció
justo enfrente, sobre el acuoso brillo, / una figura inclinada hacia mí:
retrocedí y ella retrocedió / mas complacida enseguida me volví
y ella, complacida, enseguida se volvió, / devolviéndome la mirada con
simpatía y amor; allí mis ojos / hubiera yo clavado hasta ahora,
lamentándome en un vano deseo / de no haberme una voz así advertido:
‘Lo que allí ves, hermosa criatura, / eres tú misma y contigo viene y va;
mas sígueme y te llevaré adonde / hay quien, no en sombra, aguarda tu llegada
y tus tiernos abrazos, aquél cuya / imagen eres tú, de él gozarás
inseparablemente, pues es tuyo; / y le darás una multitud de hijos
semejantes a ti: y te llamarán / por ello madre de la raza humana’.
¿Qué podía yo hacer sino seguir / la voz hacia adonde invisiblemente
me guiaba? Hasta que al fin te vi, / bello y erguido, es cierto, al pie de un plátano;
pero me pareciste menos bello, / menos suavemente atractivo, menos
delicadamente dulce que la plácida / imagen que había visto sobre el agua,
yo me volví, pero tú me seguiste / y en voz alta llamaste: ‘Vuelve, hermosa
Eva, ¿de quién huyes? Si de quien huyes / eres carne de su carne y huesos de
Resultado de imagen de john milton el paraiso perdidosus huesos; para darte el ser te di / el lado más cercano al corazón,
substancia viva, para así tenerte / a mi lado desde ahora en adelante,
mi inseparable y preciado consuelo. / Como parte de mi alma yo te busco
y te reclamo la otra mitad mía’. / Con tu mano gentil la mía cogiste
y yo accedí, y desde aquel momento, / vi cuánto a la belleza aventajaban
la gracia varonil y la sapiencia, / ya que es ésta lo único que es bello”.
 Así habló nuestra madre universal, / y con ojos de cándido atractivo
conyugal y de modesto abandono, / medio abrazada se inclinó hacia nuestro
primer padre; parte del pecho túrgido / y desnudo se encuentra junto al de él,
oculto bajo la cascada de oro / de su suelto cabello. Deleitado
por su belleza, Adán, y sus sumisos / encantos le sonrió lleno de amor,
igual que Júpiter sonríe a Juno / cuando hincha las nubes que derraman
las flores sobre mayo; y de besos /  puros colmó sus labios de mujer.
El Diablo se volvió preso de envidia, / y al mirarlos celoso y malicioso
de soslayo, se lamentó a sí mismo: / “¡Visión odiosa y atormentadora!
Así estos dos, encerrados en el / paraíso de sus propios brazos,
el Edén más feliz disfrutarán / de un cúmulo de dichas sobre dichas ,
mientras yo, arrojado en el Infierno, / carezco de felicidad y amor
y sólo una ansiedad feroz, que no es / el más leve de todos mis tormentos,
permanece aún insatisfecha / y me consume de pena e impaciencia:
sin embargo, conviene no olvidar / lo que he aprendido de su propia boca.
No parece que todo esto sea suyo: / allí se yergue un árbol que es fatal,
llamado de la Ciencia y les ha sido / prohibido probar. ¿Por qué prohibida
la ciencia? Esto es sospechoso y absurdo. / ¿Por qué a envidiar les iba esto el Señor?
¿Puede ser un delito el saber, puede / ser muerte?  ¿Acaso viven solamente
por la ignorancia? ¿Es el feliz estado / de que gozan prueba de su obediencia
y de su fe? ¡Oh, cuán hermosa base / para fundar en ella su ruina!
En su ánimo, por ende, excitaré / un deseo más grande de saber
y rechazar decretos envidiosos, / inspirados por la mera intención
de mantenerlos sometidos, cuando / la ciencia podría haberlos nivelado
con los dioses. De aspirar a tales, / gustarán de su fruto y morirán.
¿Qué puede suceder más verosímil? / Mas primero con cuidadoso celo
debo reconocer este jardín / y no dejar rincón sin explorar.
Sólo el acaso puede conducirme / donde pudiera hallar a algún errante
espíritu del Cielo, al margen de una / fuente, o retirado en la espesura
umbrosa, y consiga obtener de él / lo que aún me falta por saber.
Entretanto vivid lo que podáis, / feliz pareja; y hasta mi regreso
disfrutad de vuestros breves placeres, / pues largos sufrimientos seguirán”.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2004, en traducción de Esteban Pujals, pp. 197-200. ISBN: 84-376-0591-1.]

jueves, 29 de agosto de 2019

Paradiso.- José Lezama Lima (1910-1976)

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Capítulo IX

«-Aristóteles nos afirma que "la substancia de un ser consiste en ser lo que era", lo cual quiere decir la presencia en la permanencia, con lo que al mismo tiempo el verbo se sitúa en el espacio y en el tiempo. El ser está y ese estar es siempre en la permanencia. Pero no se crea, mi inquieto Foción, que voy a seguir utilizando esa jerga, ni usted ni yo vamos a ser escolásticos, y por eso no creo que debamos ir más allá de los libros de la metafísica aristotélica para tener un sentido que no sea vagoroso de la esencia y la substancia, algo como para contestar alguna interrogación inopinada, como por ejemplo, ¿la gota de oro de los alquimistas del período taoísta, es una esencia o una substancia? Y podernos sentir dignificados al responder con entereza que ese tema no tiene nada que ver con el ser esencial o el ser substancial de los aristotélicos. Pero lo que nos interesa saber es que ese ser tiene reminiscencia y tiene permanencia. El estar en su permanencia no puede tener contingencia. Desde que el ser surgió en nosotros, en la cultura griega no se altera por el andrógino o por la diada universal, que hay una categoría superior al sexo, que recuerda los mitos androginales o al que se proyecta sobre los misterios complementarios. Pero como hubo épocas anteriores a la aparición del ser en los griegos, y como casi toda la filosofía contemporánea se dirige a barrenar el ser aristotélico, podemos todavía buscar el juego de las imágenes sexuales en los muslos de oro, las orejas paridoras, las derivaciones de la relación excesiva del escita con su corcel, o de la cópula de la madre de Alejandro con una serpiente; apenas la imagen logra un punto de apoyo, la tierra vuela encontrando un centro en todas partes, logrando ese punto surge la esfera, ya tenemos un cosmos cuyo centro es la imagen, flotando en el aceite de la reminiscencia y en las brumas de un devenir que se mueve tan sólo en las llanuras de la cantidad como abstracción.
 -San Agustín parece estar convencido de que el amor es un germen  que se siembra también en la muerte. Así como a los biólogos, y a Goethe también, les ha seducido que dentro de la misma especie perfeccionada surja otra nueva especie, San Agustín creía que el Eros mataba algo dentro de nosotros. El amor, dice, mata "lo que hemos sido", la substancia que recuerda, los mitos previos al dualismo de los sexos, para que lleguemos "a ser lo que no éramos". Luego ya estamos en otra encrucijada: ¿los deseos sexuales surgen de la reminiscencia o del intento de formar una nueva especie, un nuevo ser, un nuevo cuerpo? En otra de sus sentencias, que guarda estrecha relación con la anterior, nos dice que el alma se enferma cuando pierde el sentimiento del dolor. La conclusión no puede ser otra, que hay un Eros de muerte que se expresa a través del sentimiento del dolor. En el pasaje de San Mateo, que aquí se ha citado, se alude a los eunucos que cantarán en el paraíso, expresando la muerte del Eros, el dolor, un salto que ni ellos mismos saben de qué reminiscencia viene ni a qué nueva especie lo conducirá. Es la avalancha de la muerte que viene sobre nosotros, es el demonio que juega su partida por adelantado, pues en el valle de la gloria no habrá bodas y todos seremos como los ángeles. Cuando por el pecado de la caída, todo se hizo concupiscible, el diablo jugó otra partida, creó dentro de la caída otra caída. El hombre procreó dentro de lo concupiscible, pero con esa segunda caída o concupiscencia, el diablo lo vuelve a llevar a su estado de inocencia, al mito indiferenciado. Es decir, el hombre va a la mujer con concupiscencia, pero el hombre vuelve al hombre por falsa inocencia, por la sombra que el demonio le regala como compañía de su cuerpo, por laberinto intestinal respirante, por escorpión que asciende en busca de la vulva para matar a su hembra.
 -Prefiero retroceder a otra empalizada: el tomismo. Ahí se suma la Grecia aristotélica a la verdad revelada, es decir, como si se reuniera la substancia reminiscente de los griegos con la substancia participante en el ser substancial de los cristianos. Santo Tomás cuando habla de los pecados de lujuria, lo primero que hace su habitual método es señalar el antecedente en la patrística y principalmente en San Agustín. La frase del vehemente cartaginés que cita es: "De todos los vicios el pésimo es el que se hace contra la naturaleza." Sin rebajar la severidad agustiniana, el aquinatense lleva la maza de su razonamiento a golpear otras piedras duras, situadas en otra margen del río. En Santo Tomás hay siempre la concepción del hombre y de sus sentidos, como algo glorioso, hecho para establecer la verdad que deberá reinar en la gloria. Es decir, para Santo Tomás, la visión beatífica es una operación intelectiva, o lo que es lo mismo, al alcance de los sentidos del hombre. Entre los tres concurrentes de la visión beatífica, cita la fruición, y con frecuencia dice, "la posesión o fruición". Le llama también a la posesión, "la potencia apetitiva". Luego señala un éxtasis donde se vuelcan: apetito, posesión y delectación frutal. Y ese éxtasis que él señala, es el de la visión de la gloria.
 Santo Tomás señala como dos de los pecados contra el Espíritu Santo: la envidia de la gracia fraterna y el temor desordenado de la muerte. El aquinatense comprende de inmediato que hay una gracia fraterna, regalo del Espíritu Santo, que va a ser muy odiada, muy envidiada. Al colocar también entre los pecados contra el Espíritu Santo, el temor desordenado de la muerte, quiere dar a conocer que hay un amor desordenado de la muerte, o un temor ordenado de la muerte, que son tolerables. Pero lo que queda en su fascinación de misterio es que hay una gracia fraterna, que va a ser muy combatida, que se puede caracterizar por un amor desordenado de la muerte, un apetito fruitivo que excluye la participación en el misterio de la Suprema Forma; ahí empiezan los desvíos pues existirán siempre los hombres que van por la obscuridad a participar en la forma, en la luz, pero existirán también los insuficientes, aquellos que van por la luz besando como locos las estatuas griegas de los lanzadores de discos, hasta hundirse en la obscuridad descensional y fría. Pero estos desdichados ni siquiera se acogen a la sentencia de Edipo: ¡ah obscuridad, mi luz!, sino se arrastran por la luz como ahogados, hasta que encuentran la obscuridad donde flotan. No ven cómo la noche al caer sobre el árbol le presta la fluencia inmóvil, se han quitado como un sayón la placenta creadora de la noche, sino que como saurios trepando por el poliedro de la luz, van a caer en la noche como benévola, como muerte. El hombre que ve claro en lo obscuro, jamás podrá estar dañado, pero el que ve obscuro en lo claro, jamás tendrá misterio sexual, haga lo que haga, al cobrar conciencia de ese acto tendrá una culpabilidad morosa, que es la única cosa que logra erotizarlo. Siente la culpabilidad, la presunta culpabilidad que sólo está en él, del acto de la madre al engendrarlo.»
 [El texto pertenece a la edición en español de Planeta-De Agostini, 1985. ISBN: 84-7551-436-3.]

martes, 4 de junio de 2019

El conde Lucanor.- Don Juan Manuel (1282-1348)


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Quinta parte del Libro del conde Lucanor y de Patronio

«Pero antes de hablar de estas dos cosas, cómo se debe el hombre guardar de hacer malas obras para evitar las penas del infierno y hacerlas buenas para ganar la gloria eterna, diré algo de cómo los sacramentos son verdaderamente lo que nos enseña la Santa Iglesia Romana. [...]
 Hablaré primero del cuerpo de Dios, que es el sacramento de la Eucaristía, que se consagra en el altar. Comienzo por él por ser el sacramento más difícil de creer, y probándose éste con buenas razones se prueban todos los demás. Y desde que hubiera probado éste con ayuda de Dios, probaré los otros de tal manera que cualquier persona, aunque no sea cristiana, con sólo la luz de la razón y con su buen entendimiento comprenderá que están bien probados. Aunque para los cristianos no es necesario apelar a la razón, ya que están obligados a creerlo, pues son verdad y la Iglesia los manda creer; y aunque esto debería bastarles, no les estorba el conocimiento de las razones con que se prueban. [...]
 En lo que se refiere al bautismo, todo hombre que tenga buen entendimiento debe comprender que este sacramento tenía que ser instituido y era muy necesario, pues, aunque el matrimonio también haya sido instituido por Dios, y sea uno de los sacramentos, como en el acto de la generación no se puede excusar el deleite, por ventura no tan ordenado como sería de desear, a causa de ello todos los hombres que han nacido y que nacerán por ayuntamiento de hombre y mujer vienen al mundo marcados por el pecado del deleite en que los engendraron. A este pecado llamó la Escritura "pecado original", que quiere decir pecado en el que se incurre sólo con nacer; y como el hombre que está en pecado no puede ir al cielo, quiso Dios en su misericordia disponer la manera de limpiar el pecado original. Con este fin ordenó el Señor en la ley de Moisés la circuncisión, y aunque mientras duró su vigencia no dejó de hacerse, entenderéis mejor que todo lo que fue dispuesto en aquella ley era como figura de la santa ley que ahora profesamos, si os fijáis en las ventajas del bautismo, pues el circuncidar sólo a los hombres era como anuncio que de otra manera habría de borrarse el pecado original. Bien comprendéis que de este sacramento necesitaban hombres y mujeres y que la circuncisión sólo podía hacerse a los hombres. Si nadie podía salvarse del pecado original sino por medio de la circuncisión, cierto era que las mujeres, que no pueden ser circuncidadas, no se libraban del pecado original. Y así entended que la circuncisión fue figura de la manera de limpiarlo que Nuestro Señor Jesucristo ordenaría al fundar la religión católica. Cuando instituyó este santo sacramento había recibido el anterior de la circuncisión, pues, como él decía, no había venido a abrogar la ley sino a cumplirla; por eso cumplió la primera ley al ser circuncidado, y la segunda, que él estableció, al recibir el bautismo de otro, como él lo recibió de S. Juan Bautista.
 Y para que comprendáis que el sacramento del bautismo que él instituyó, está derechamente ordenado a limpiar el pecado original, meditad sobre ello y entenderéis con cuánta razón ha sido ordenado. Ya os dijimos antes que en el acto de la generación no se puede excusar el deleite de que se acompaña; contra tal deleite y contra la mancha que nos deja se usa el más limpio de los elementos y el más a propósito para limpiar, pues las más de las cosas, cuando no están limpias, se limpian con agua. Por eso al bautizar a la criatura dicen: "Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", y lo meten en el agua. Pues ved si este santo sacramento ha sido bien instituido, que cuando se dice "yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" se invoca a toda la Santísima Trinidad y se apela al poder del Padre y al saber del Hijo y a la bondad del Espíritu Santo, y se pide que por ellos tres, que son Dios y que están en Dios, quede limpia aquella criatura del pecado original en que nació; y las palabras llegan al agua, que es uno de los elementos, y las dos cosas juntas se convierten en sacramento. Este santo sacramento que Jesucristo instituyó es igual para todos, pues lo pueden recibir y lo reciben tanto las mujeres como los hombres. Y así, pues este santo sacramento fue tan necesario y había tanta razón para instituirlo, y lo instituyó Jesucristo, que lo podía hacer como verdadero Dios, no podría nadie decir con razón que este sacramento no sea tal y tan perfecto como lo tiene la Santa Madre Iglesia Romana.
 En lo que se refiere a los otros cinco sacramentos, que son el de la penitencia, el de la confirmación, el del matrimonio, el del orden sacerdotal y el de la extrema unción, bien os diría tantas y tan buenas razones sobre cada uno de ellos que comprenderíais que eran suficientes, pero lo dejo por dos cosas: una, por no alargar mucho el libro, y otra, porque sé que vos y cualquier otra persona que oiga esto comprenderá que con tanta razón se prueba lo uno como lo otro.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 1990, en versión española moderna de Enrique Moreno Báez. ISBN: 84-7039-024-4.]

jueves, 16 de agosto de 2018

Historia sexual del cristianismo.- Karlheinz Deschner (1924-2014)


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Capítulo 23: El pecado original
La doctrina del pecado original no aparece ni en Jesús ni en San Pablo
«El peccatum originale es, según la doctrina cristiana, la corrupción generalizada de la humanidad, consecuencia del desliz de Adán y Eva; en cierta medida, se trata de una participación de todos en la "Caída".
 Como resultado de ello, todos los seres humanos, salvo María, son, desde el primer momento, pecadores; es decir, que están automáticamente implicados en el yerro de nuestros primeros padres. La mancha invisible -por razones comprensibles- del pecado original es borrada por el bautismo, como es natural, de forma asimismo invisible. No obstante, lamentablemente sus consecuencias visibles no desaparecen: las penalidades de la vida, la enfermedad, la muerte y, sobre todo, el deseo sexual, específicamente relacionado con el pecado original.
 Como ocurre con todo lo demás, este abstruso teologúmenon, "parte esencial e irrenunciable de la religión cristiana", según Pío XII, y "centro y corazón del cristianismo", según Schopenhauer, no es algo privativo del pensamiento cristiano. Los cultos paganos han recurrido a ideas análogas durante siglos e incluso milenios.
 En Jesús no hay ninguna referencia al pecado original, así que se ha explicado su silencio por la incapacidad de sus oyentes "para asimilar el sentido de un misterio de tales características". (¡En cambio, comprendieron misterios mucho más complicados, como el de la Trinidad!).
 La doctrina se convirtió en dogma tardíamente y, aunque entonces se invocó a San Pablo (Rom., 5, 12), éste -como el resto de los autores neotestamentarios- no la sostuvo, a pesar de que para él los seres humanos son malos "por naturaleza" y están hundidos, sin excepción, en el "cieno de la inmoralidad" y de las "pasiones infames". Ésa es la razón de que, en su comunidad de Corinto, los hijos de padres cristianos no fueran bautizados. Y aunque se supone que el bautismo es imprescindible para borrar el pecado original y que nadie que no haya sido bautizado puede entrar en el Cielo, se mantuvo la costumbre de no bautizar a los niños, habida cuenta de que los primeros Padres de la Iglesia señalaban expresamente que estaban libres de pecado. Aunque algunos han querido atribuirle la tesis del pecado original, Tertuliano también combatió enérgicamente el bautismo de niños. Pero conforme se imponía la nueva doctrina, los bautizos se hacían a más temprana edad.

San Agustín y "la dinámica de la vida moral"

 Pero el verdadero padre del dogma del pecado original -que no adquirió la categoría de artículo de fe hasta el siglo XVI- fue San Agustín, que creía que el pecado de Adán era un crimen de naturaleza múltiple y que a los niños no bautizados les esperaban las penas eternas del Infierno (¡eso sí, las más suaves!). Influido por el odio sexual de San Pablo y por las ideas maniqueas de maldad heredada, totalmente intoxicado por una cupiditas reprimida e incapaz de pensar naturalmente sobre lo natural, Agustín llegó a la conclusión de que la humanidad es un "conglomerado de corrupción" (massa perditionis) y una "masa condenada" (massa damnata), entrelazando pecado original y concupiscencia hasta tal punto que para él ambas cosas son casi idénticas: el mal se transmite mediante el acto de la generación.
 San Agustín que, como psicólogo y ético, describe ante todo "la dinámica de la vida moral" dice que, justo después de la terrible pérdida del estado de gracia, los primeros padres notaron que "ocurría algo nuevo en sus cuerpos". ¡Ay, todo habría ido bien o, por decirlo en palabras de la Cassie de Dos Passos, "cazto y puro", si "los ojos de los primeros padres no hubiesen descubierto esta conmoción indecorosa"! Y si el padre de Agustín se había puesto muy contento al ver el pene erecto de su vástago en el baño (no es extraño que la historiografía cristiana apenas mencione a este hombre y sólo se refiera a su virtuosa mujer, Mónica), el hijo se deprimía con la misma intensidad al pensar en el miembro enhiesto de nuestro primer padre Adán.

La controversia pelagiana (411-431)

¿No respondía ese pesimismo sexual al espíritu de la época? ¿No se podía reconocer en él la mojigatería, la perversidad y el absurdo de aquel tiempo?
 El contemporáneo de Agustín, Pelagio, un monje irlandés, refutó convincentemente el complejo de pecado original. Al principio, incluso el papa Zósimo intervino en favor de Pelagio; el sínodo de Dióspolis (Palestina) le absolvió en el año 415 del cargo de herejía y en el año 418 todavía diecinueve obispos italianos se negaban a condenar a Pelagio. En fin, el obispo Julián de Eclana (sur de Italia) puso a Agustín en una situación difícil al hacer constar que el impulso sexual había sido creado por Dios y era, por tanto, moralmente irreprochable. Poco antes, el monje Joviniano había obtenido una resonante acogida en Roma predicando que la virginidad y el ayuno no constituían méritos especiales y que las mujeres casadas estaban a la misma altura que las viudas y las vírgenes.
 Jerónimo y Agustín replicaron a sus adversarios, como era usual en estos casos, acusándoles de herejía y, para mostrar la mayor fuerza probatoria de sus tesis, apelaron al Estado, con lo que, poco después, Joviniano fue azotado con un látigo de bolas de plomo y deportado a una isla dálmata junto con sus seguidores. Debido al celo de Agustín, Pelagio también sufrió el anatema, primero en Cartago, luego en Roma y finalmente en el concilio de Éfeso (431): ¡aunque Agustín representaba a las nuevas ideas y Pelagio a la tradición!
 La historia occidental habría sido quizás distinta si la Iglesia no se hubiera doblegado en aquel momento a Agustín. Y es que se trataba fundamentalmente de una discusión sobre el libre albedrío de los seres humanos y sobre si se puede mejorar "este" mundo o, como enseña el clero, por culpa de la condición pecaminosa de la persona no cabe sino esperar un Más Allá más hermoso.
 Más tarde, la gran controversia también dividió a los protestantes: Calvino y Lutero -que negó rotundamente el libre albedrío, comparando al ser humano con una caballería cuyo jinete es Dios o Satanás- se mantuvieron del lado de San Agustín, pero el íntegro Müntzer tomó partido por Pelagio. Zwinglio, calificado por Lutero como pagano a causa de su tolerancia, rechazó el dogma del pecado original como antievangélico y la mayor parte de la moderna teología protestante lo ha abandonado: Karl Barth lo definió como contradictio in adjectio.
 Todo en el dogma del pecado original está desde hace tiempo tan desacreditado que ni siquiera el catolicismo lo valora demasiado y, por ejemplo, se puede leer -con imprimatur- que la doctrina clásica sobre el pecado original ha desembocado "desde hace siglos en un punto muerto", necesitando "urgentemente la integración de otros elementos". Cuentos nuevos que sustituyan a los antiguos...
 El odio sexual agustiniano se propagó de generación en generación. Todo lo corporal se convirtió en "fomes peccati", combustible del pecado, todo lo sexual era, simplemente, "turpe" y "foedum" indecente y sucio y colocaba a los seres humanos al nivel de los animales.
 Para los primeros escolásticos, el instinto sexual es el colmo de la depravación y toda sensación libidinosa es pecado. Más tarde, San Buenaventura califica el acto amoroso de "corrupto y en cierto modo apestoso". Tomás de Aquino lo relega a "lo más vil"; habla de "suciedad obscena" y anuncia que la incontinencia "bestializa". Y San Bernardo de Claraval, para quien todos hemos sido "concebidos por el deseo pecaminoso" y destruidos por "la comezón de la concupiscencia", declara que el ser humano apesta más que el cerdo, por culpa del placer perverso.»

[El fragmento pertenece a la edición en español de la editorial Yalde, 1993, en traducción de Manuel Ardid Lorés. ISBN : 84-87705-09-X.]