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lunes, 28 de septiembre de 2020

Cartas filosóficas y otros escritos.- Voltaire (1694-1778)


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Primera carta: Sobre los cuáqueros

   «-Mi querido señor -le dije-, ¿estáis bautizado?
 -No -me contestó el cuáquero-, y mis compañeros de religión tampoco lo están.
 -¿Cómo? Voto al cielo -repliqué yo-. ¿Entonces no sois cristianos?
 -Hijo mío -repuso en tono suave-, no jures. Nosotros somos cristianos y nos esforzamos en ser buenos cristianos, pero no creemos que el cristianismo consista en echar un poco de agua con sal sobre la cabeza.
 -Eh, diablos -dije, ofendido por semejantes impiedades-. ¿Es que acaso habéis olvidado que Jesucristo fue bautizado por Juan?
 -Amigo, deja de jurar de una vez -dijo el piadoso cuáquero-. Efectivamente, Juan bautizó a Cristo, pero éste no bautizó a nadie. Nosotros somos discípulos de Cristo, no de Juan.
 -¡Ay! -exclamé-, si hubiera Inquisición en este país, qué pronto os quemarían, pobre hombre. Ruego a Dios que pueda yo bautizaros y convertiros en un verdadero cristiano.
 -Si ello fuera preciso para condescender con tus debilidades, lo haríamos con gusto -agregó en tono grave-. No condenamos a nadie porque practique la ceremonia del bautismo, pero pensamos que los que profesan una religión verdaderamente sana y espiritual deben abstenerse, en lo que les sea posible, de realizar prácticas judaicas.
 -Es lo que me faltaba por escuchar. ¿Qué ceremonias judaicas? -exclamé.
 -Sí, hijo mío -continuó diciendo-, y tan judaicas que muchos judíos todavía hoy en día practican en ocasiones el bautismo de Juan. Consulta la historia antigua y verás que en ella se dice que Juan no hizo más que renovar una costumbre que mucho tiempo antes de que él naciera era practicada por los judíos, de la misma forma que la peregrinación a la Meca lo era por los ismaelitas. Pero circuncisión y ablución son abolidas por el bautismo de Cristo, ese bautismo espiritual, esa ablación del alma que salva a los hombres. Ya lo decía Juan, el precursor: "Yo os bautizo en verdad con agua, peor otro vendrá después de mí, más poderoso que yo, del que no soy digno de descalzarle las sandalias. Él os bautizará con el fuego y con el Espíritu Santo". Y el gran apóstol de los gentiles, Pablo, escribió a los corintios: "Cristo no me ha enviado para bautizar, sino para predicar el Evangelio". Pablo bautizó con el agua a tan sólo dos personas y muy a su pesar circuncidó a su discípulo Timoteo. Los demás apóstoles también circuncidaron a todos aquellos que lo deseaban. ¿Tú estás circuncidado?
 Le respondí que no tenía ese honor.
 -Y bien, amigo mío; de este modo tú eres cristiano sin estar circuncidado y yo lo soy sin haber sido bautizado.
 De esta manera aquel buen hombre aprovechaba astutamente tres o cuatro pasajes de las Sagradas Escrituras que parecían dar la razón a su secta; pero con la mejor fe del mundo se olvidaba de un centenar de pasajes que se la quitaban. No me tomé el trabajo de rebatir sus argumentos. Nada se puede hacer con los entusiastas. Jamás hay que hablarle a un hombre de los defectos de su amante, ni  a uno que litiga de los defectos de su causa, ni dar razones a un iluminado. De manera que me puse a hablar de otras cuestiones.
 En lo que se refiere a la comunión -le pregunté-, ¿de qué modo la practicáis?
 -No la practicamos -dijo él.
 -¿Qué? ¿No comulgáis?
 -No, tan sólo practicamos la comunión de los corazones.
 Volvió a citarme las escrituras. Me colocó un hermoso sermón contra la comunión y, en tono inspirado, me habló para probarme que todos los sacramentos eran invenciones humanas y que la palabra sacramento no figuraba en ningún lugar del Evangelio.
 -Perdona -dijo- que en mi ignorancia no haya podido darte ni la centésima parte de las pruebas de mi religión, pero de todas formas puedes encontrarlas en la exposición que de nuestra fe hace Robert Barclay; es uno de los mejores libros que hayan sido escritos por el hombre. Nuestros enemigos dicen de él que es muy peligroso, lo cual prueba que es verdadero.
 Le prometí leer el libro, con lo cual el cuáquero creyó que me había convertido.
 Luego, con unas pocas palabras, me explicó la razón de algunas singularidades de su secta, que la exponen al deprecio ajeno.
Resultado de imagen de cartas filosoficas voltaire albor -Confiesa -me dijo- que tuviste que hacer un gran esfuerzo para no echarte a reír cuando respondí a tus cumplidos con el sombrero puesto y tuteándote. Sin embargo, creo que eres lo bastante instruido como para saber que en los tiempos de Cristo ningún pueblo cometía la ridiculez de reemplazar el singular por el plural. A César Augusto se le decía: te amo, te ruego, te agradezco. Ni siquiera toleraba que se le dijese señor, dominus. Sólo después de mucho tiempo los hombres se hicieron llamar vos en lugar de tú, como si fueran dobles, y usurparon los impertinentes títulos de Grandeza, Eminencia, Santidad, que son los mismos títulos que los gusanos de tierra dan a otros gusanos de tierra, asegurándoles, con profundo respeto e insigne falsedad, que son sus más humildes y obedientes servidores. Para ponernos en guardia contra ese indigno comercio de adulaciones y mentiras tuteamos tanto a los reyes como a los zapateros remendones y no saludamos a nadie, sintiendo por los hombres caridad y respeto tan sólo por las leyes. Usamos un traje diferente al del resto de los hombres para que ello nos recuerde continuamente que no debemos parecernos a ellos. Los demás llevan las insignias de sus dignidades; nosotros, las de la humidad cristiana. Huimos de las fiestas mundanas, de los espectáculos, del juego, porque creemos que seríamos dignos de lástima si llenáramos con trivialidades semejantes unos corazones que están reservados a Dios. No juramos nunca, ni siquiera delante de la justicia. Pensamos que el nombre del Altísimo no debe prostituirse mezclándolo con las miserables querellas de los hombres. Cuando debemos comparecer ante los magistrados por asuntos que conciernen a otros (pues nosotros nunca nos metemos en procesos), decimos la verdad únicamente, un sí o un no, mientras que muchos cristianos cometen perjurio sobre los Evangelios. No vamos nunca a la guerra, no porque temamos a la muerte, ya que, al contrario, bendecimos el momento que nos une al Señor de los seres, sino porque no somos ni lobos, ni tigres, ni dogos, sino hombres cristianos. Nuestro Dios, que nos ha ordenado amar a nuestros enemigos y sufrir en silencio, no quiere que crucemos los mares para estrangular a nuestros hermanos tan sólo porque unos verdugos vestidos de rojo, con gorros de dos pies de altura, enrolan a los ciudadanos haciendo ruido con dos palitos que golpean una piel de asno tirante. Cuando tras una victoria de las armas Londres entera resplandece iluminada; cuando el cielo brilla con los fuegos de artificio; cuando los aires resuenan con el ruido de las acciones de gracias, de las campanas, de los órganos, de los cañones, nosotros nos lamentamos en silencio por esas muertes que causan el público regocijo.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Alba Libros, 1998, pp. 26-29. ISBN: 84-89592-46-2.]
  

martes, 4 de junio de 2019

El conde Lucanor.- Don Juan Manuel (1282-1348)


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Quinta parte del Libro del conde Lucanor y de Patronio

«Pero antes de hablar de estas dos cosas, cómo se debe el hombre guardar de hacer malas obras para evitar las penas del infierno y hacerlas buenas para ganar la gloria eterna, diré algo de cómo los sacramentos son verdaderamente lo que nos enseña la Santa Iglesia Romana. [...]
 Hablaré primero del cuerpo de Dios, que es el sacramento de la Eucaristía, que se consagra en el altar. Comienzo por él por ser el sacramento más difícil de creer, y probándose éste con buenas razones se prueban todos los demás. Y desde que hubiera probado éste con ayuda de Dios, probaré los otros de tal manera que cualquier persona, aunque no sea cristiana, con sólo la luz de la razón y con su buen entendimiento comprenderá que están bien probados. Aunque para los cristianos no es necesario apelar a la razón, ya que están obligados a creerlo, pues son verdad y la Iglesia los manda creer; y aunque esto debería bastarles, no les estorba el conocimiento de las razones con que se prueban. [...]
 En lo que se refiere al bautismo, todo hombre que tenga buen entendimiento debe comprender que este sacramento tenía que ser instituido y era muy necesario, pues, aunque el matrimonio también haya sido instituido por Dios, y sea uno de los sacramentos, como en el acto de la generación no se puede excusar el deleite, por ventura no tan ordenado como sería de desear, a causa de ello todos los hombres que han nacido y que nacerán por ayuntamiento de hombre y mujer vienen al mundo marcados por el pecado del deleite en que los engendraron. A este pecado llamó la Escritura "pecado original", que quiere decir pecado en el que se incurre sólo con nacer; y como el hombre que está en pecado no puede ir al cielo, quiso Dios en su misericordia disponer la manera de limpiar el pecado original. Con este fin ordenó el Señor en la ley de Moisés la circuncisión, y aunque mientras duró su vigencia no dejó de hacerse, entenderéis mejor que todo lo que fue dispuesto en aquella ley era como figura de la santa ley que ahora profesamos, si os fijáis en las ventajas del bautismo, pues el circuncidar sólo a los hombres era como anuncio que de otra manera habría de borrarse el pecado original. Bien comprendéis que de este sacramento necesitaban hombres y mujeres y que la circuncisión sólo podía hacerse a los hombres. Si nadie podía salvarse del pecado original sino por medio de la circuncisión, cierto era que las mujeres, que no pueden ser circuncidadas, no se libraban del pecado original. Y así entended que la circuncisión fue figura de la manera de limpiarlo que Nuestro Señor Jesucristo ordenaría al fundar la religión católica. Cuando instituyó este santo sacramento había recibido el anterior de la circuncisión, pues, como él decía, no había venido a abrogar la ley sino a cumplirla; por eso cumplió la primera ley al ser circuncidado, y la segunda, que él estableció, al recibir el bautismo de otro, como él lo recibió de S. Juan Bautista.
 Y para que comprendáis que el sacramento del bautismo que él instituyó, está derechamente ordenado a limpiar el pecado original, meditad sobre ello y entenderéis con cuánta razón ha sido ordenado. Ya os dijimos antes que en el acto de la generación no se puede excusar el deleite de que se acompaña; contra tal deleite y contra la mancha que nos deja se usa el más limpio de los elementos y el más a propósito para limpiar, pues las más de las cosas, cuando no están limpias, se limpian con agua. Por eso al bautizar a la criatura dicen: "Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", y lo meten en el agua. Pues ved si este santo sacramento ha sido bien instituido, que cuando se dice "yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" se invoca a toda la Santísima Trinidad y se apela al poder del Padre y al saber del Hijo y a la bondad del Espíritu Santo, y se pide que por ellos tres, que son Dios y que están en Dios, quede limpia aquella criatura del pecado original en que nació; y las palabras llegan al agua, que es uno de los elementos, y las dos cosas juntas se convierten en sacramento. Este santo sacramento que Jesucristo instituyó es igual para todos, pues lo pueden recibir y lo reciben tanto las mujeres como los hombres. Y así, pues este santo sacramento fue tan necesario y había tanta razón para instituirlo, y lo instituyó Jesucristo, que lo podía hacer como verdadero Dios, no podría nadie decir con razón que este sacramento no sea tal y tan perfecto como lo tiene la Santa Madre Iglesia Romana.
 En lo que se refiere a los otros cinco sacramentos, que son el de la penitencia, el de la confirmación, el del matrimonio, el del orden sacerdotal y el de la extrema unción, bien os diría tantas y tan buenas razones sobre cada uno de ellos que comprenderíais que eran suficientes, pero lo dejo por dos cosas: una, por no alargar mucho el libro, y otra, porque sé que vos y cualquier otra persona que oiga esto comprenderá que con tanta razón se prueba lo uno como lo otro.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 1990, en versión española moderna de Enrique Moreno Báez. ISBN: 84-7039-024-4.]

jueves, 16 de agosto de 2018

Historia sexual del cristianismo.- Karlheinz Deschner (1924-2014)


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Capítulo 23: El pecado original
La doctrina del pecado original no aparece ni en Jesús ni en San Pablo
«El peccatum originale es, según la doctrina cristiana, la corrupción generalizada de la humanidad, consecuencia del desliz de Adán y Eva; en cierta medida, se trata de una participación de todos en la "Caída".
 Como resultado de ello, todos los seres humanos, salvo María, son, desde el primer momento, pecadores; es decir, que están automáticamente implicados en el yerro de nuestros primeros padres. La mancha invisible -por razones comprensibles- del pecado original es borrada por el bautismo, como es natural, de forma asimismo invisible. No obstante, lamentablemente sus consecuencias visibles no desaparecen: las penalidades de la vida, la enfermedad, la muerte y, sobre todo, el deseo sexual, específicamente relacionado con el pecado original.
 Como ocurre con todo lo demás, este abstruso teologúmenon, "parte esencial e irrenunciable de la religión cristiana", según Pío XII, y "centro y corazón del cristianismo", según Schopenhauer, no es algo privativo del pensamiento cristiano. Los cultos paganos han recurrido a ideas análogas durante siglos e incluso milenios.
 En Jesús no hay ninguna referencia al pecado original, así que se ha explicado su silencio por la incapacidad de sus oyentes "para asimilar el sentido de un misterio de tales características". (¡En cambio, comprendieron misterios mucho más complicados, como el de la Trinidad!).
 La doctrina se convirtió en dogma tardíamente y, aunque entonces se invocó a San Pablo (Rom., 5, 12), éste -como el resto de los autores neotestamentarios- no la sostuvo, a pesar de que para él los seres humanos son malos "por naturaleza" y están hundidos, sin excepción, en el "cieno de la inmoralidad" y de las "pasiones infames". Ésa es la razón de que, en su comunidad de Corinto, los hijos de padres cristianos no fueran bautizados. Y aunque se supone que el bautismo es imprescindible para borrar el pecado original y que nadie que no haya sido bautizado puede entrar en el Cielo, se mantuvo la costumbre de no bautizar a los niños, habida cuenta de que los primeros Padres de la Iglesia señalaban expresamente que estaban libres de pecado. Aunque algunos han querido atribuirle la tesis del pecado original, Tertuliano también combatió enérgicamente el bautismo de niños. Pero conforme se imponía la nueva doctrina, los bautizos se hacían a más temprana edad.

San Agustín y "la dinámica de la vida moral"

 Pero el verdadero padre del dogma del pecado original -que no adquirió la categoría de artículo de fe hasta el siglo XVI- fue San Agustín, que creía que el pecado de Adán era un crimen de naturaleza múltiple y que a los niños no bautizados les esperaban las penas eternas del Infierno (¡eso sí, las más suaves!). Influido por el odio sexual de San Pablo y por las ideas maniqueas de maldad heredada, totalmente intoxicado por una cupiditas reprimida e incapaz de pensar naturalmente sobre lo natural, Agustín llegó a la conclusión de que la humanidad es un "conglomerado de corrupción" (massa perditionis) y una "masa condenada" (massa damnata), entrelazando pecado original y concupiscencia hasta tal punto que para él ambas cosas son casi idénticas: el mal se transmite mediante el acto de la generación.
 San Agustín que, como psicólogo y ético, describe ante todo "la dinámica de la vida moral" dice que, justo después de la terrible pérdida del estado de gracia, los primeros padres notaron que "ocurría algo nuevo en sus cuerpos". ¡Ay, todo habría ido bien o, por decirlo en palabras de la Cassie de Dos Passos, "cazto y puro", si "los ojos de los primeros padres no hubiesen descubierto esta conmoción indecorosa"! Y si el padre de Agustín se había puesto muy contento al ver el pene erecto de su vástago en el baño (no es extraño que la historiografía cristiana apenas mencione a este hombre y sólo se refiera a su virtuosa mujer, Mónica), el hijo se deprimía con la misma intensidad al pensar en el miembro enhiesto de nuestro primer padre Adán.

La controversia pelagiana (411-431)

¿No respondía ese pesimismo sexual al espíritu de la época? ¿No se podía reconocer en él la mojigatería, la perversidad y el absurdo de aquel tiempo?
 El contemporáneo de Agustín, Pelagio, un monje irlandés, refutó convincentemente el complejo de pecado original. Al principio, incluso el papa Zósimo intervino en favor de Pelagio; el sínodo de Dióspolis (Palestina) le absolvió en el año 415 del cargo de herejía y en el año 418 todavía diecinueve obispos italianos se negaban a condenar a Pelagio. En fin, el obispo Julián de Eclana (sur de Italia) puso a Agustín en una situación difícil al hacer constar que el impulso sexual había sido creado por Dios y era, por tanto, moralmente irreprochable. Poco antes, el monje Joviniano había obtenido una resonante acogida en Roma predicando que la virginidad y el ayuno no constituían méritos especiales y que las mujeres casadas estaban a la misma altura que las viudas y las vírgenes.
 Jerónimo y Agustín replicaron a sus adversarios, como era usual en estos casos, acusándoles de herejía y, para mostrar la mayor fuerza probatoria de sus tesis, apelaron al Estado, con lo que, poco después, Joviniano fue azotado con un látigo de bolas de plomo y deportado a una isla dálmata junto con sus seguidores. Debido al celo de Agustín, Pelagio también sufrió el anatema, primero en Cartago, luego en Roma y finalmente en el concilio de Éfeso (431): ¡aunque Agustín representaba a las nuevas ideas y Pelagio a la tradición!
 La historia occidental habría sido quizás distinta si la Iglesia no se hubiera doblegado en aquel momento a Agustín. Y es que se trataba fundamentalmente de una discusión sobre el libre albedrío de los seres humanos y sobre si se puede mejorar "este" mundo o, como enseña el clero, por culpa de la condición pecaminosa de la persona no cabe sino esperar un Más Allá más hermoso.
 Más tarde, la gran controversia también dividió a los protestantes: Calvino y Lutero -que negó rotundamente el libre albedrío, comparando al ser humano con una caballería cuyo jinete es Dios o Satanás- se mantuvieron del lado de San Agustín, pero el íntegro Müntzer tomó partido por Pelagio. Zwinglio, calificado por Lutero como pagano a causa de su tolerancia, rechazó el dogma del pecado original como antievangélico y la mayor parte de la moderna teología protestante lo ha abandonado: Karl Barth lo definió como contradictio in adjectio.
 Todo en el dogma del pecado original está desde hace tiempo tan desacreditado que ni siquiera el catolicismo lo valora demasiado y, por ejemplo, se puede leer -con imprimatur- que la doctrina clásica sobre el pecado original ha desembocado "desde hace siglos en un punto muerto", necesitando "urgentemente la integración de otros elementos". Cuentos nuevos que sustituyan a los antiguos...
 El odio sexual agustiniano se propagó de generación en generación. Todo lo corporal se convirtió en "fomes peccati", combustible del pecado, todo lo sexual era, simplemente, "turpe" y "foedum" indecente y sucio y colocaba a los seres humanos al nivel de los animales.
 Para los primeros escolásticos, el instinto sexual es el colmo de la depravación y toda sensación libidinosa es pecado. Más tarde, San Buenaventura califica el acto amoroso de "corrupto y en cierto modo apestoso". Tomás de Aquino lo relega a "lo más vil"; habla de "suciedad obscena" y anuncia que la incontinencia "bestializa". Y San Bernardo de Claraval, para quien todos hemos sido "concebidos por el deseo pecaminoso" y destruidos por "la comezón de la concupiscencia", declara que el ser humano apesta más que el cerdo, por culpa del placer perverso.»

[El fragmento pertenece a la edición en español de la editorial Yalde, 1993, en traducción de Manuel Ardid Lorés. ISBN : 84-87705-09-X.]